domingo, 1 de enero de 2023

Iluminar el presente, aquilatar el pasado, modular el futuro

 



  22 de Marzo de 2017  


El primer titular del primer número de Excélsior, el 18 de marzo de 1917, fue “Vientos Republicanos soplan sobre el Imperio Moscovita”. Siempre me ha intrigado esa formulación, pues hacía dos siglos que Moscú había dejado de ser la capital del imperio en favor de San Petersburgo, que cambiaría su nombre, unos años antes de la gran convulsión, a Petrogrado. Muy poco tiempo después Moscú recuperaría la capitalidad, hasta nuestros días.

No deja de ser curioso. He preguntado y no se me ha sabido responder. O bien algo sabían de lo que iba a ocurrir un año después los perspicaces redactores de aquel primer número, o bien la expresión “Imperio Moscovita” había permanecido a través de los siglos, cautiva, inamovible dentro de las murallas del majestuoso Kremlin.

En todo caso, el titular indica otra cosa, mucho más importante, y es la vocación internacional e internacionalista con la que nace el nuevo rotativo y que, con altas y bajas, ha mantenido hasta nuestros días. La Sección Internacional del Excélsior, hoy Global, siempre ha sido la más amplia y documentada de todas cuantas aparecen en los rotativos del país y de una muy buena parte de los del mundo entero.

Es por ello que fue el elegido por mi padre cuando llegó refugiado a México, al igual que la mayoría de los lectores ilustrados del país. Y los años que viví en mi exilio en Cataluña lo encontraba puntualmente, con algunos días de retraso, en los célebres kioscos de la Rambla de Barcelona, junto a Le Monde, The New York Times, Il Corriere della Sera o el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Y no sólo yo lo compraba.

Un siglo es mucho tiempo. Que ni qué. Pero mucho me temo que éste, el nuestro, lo fue más. Lo sigue siendo. Más intenso, más abigarrado, más convulso e innovador. En estos cien años la vida sobre la Tierra se ha visto transformada y transtornada en un grado y de una manera nunca vista ni soñada antes. Los siglos célebres de la historia, el de Pericles, el de Oro y el de las Luces, se quedan chicos.

Digamos que algunas de las grandes realizaciones técnicas y científicas de la época  nacieron antes que el Excélsior. Algunas. Pero fue él quien dio cuenta de su expansión, popularización y florecimiento: la electricidad, el radio, el cine, el teléfono, la aviación. La teoría de la relatividad de Einstein y la de la mecánica cuántica Planck y Bohr. Las vacunas, los analgésicos y las anestesias. De todas ellas, su biografía, sus progresos y avatares, dio cuenta El Periódico de la Vida Nacional.

De otras asistió al parto e hizo la crónica detallada. Fue testigo del descubrimiento del ADN, a cargo de Watson y Crick. La televisión y las naves espaciales. La computación y todos sus retoños. Los antibióticos, la píldora anticonceptiva, los trasplantes de órganos, la clonación y la bomba atómica.

De la Revolución Rusa ya no es necesario decirlo. Empieza su andar, como ya hemos visto, junto a ella. De la Mexicana ni qué hablar, nace en pleno fragor de su etapa más virulenta. Y será testigo directo de la Revolución China y de la Cubana.

Imposible hacer un inventario ordenado, ni cronológica ni temáticamente, de los acontecimientos capitales que le ha tocado cubrir. Los enumero así como me vienen a la cabeza, hasta que se me acabe el espacio.

De aquí informa y relata los asesinatos de Zapata, de Carranza, de Villa y de Obregón. Incluso el del delfín Francisco R. Serrano en Huitzilac. El de Trotsky. Y mucho después, claro, el de Colosio y el de los hermanos Ruiz Massieu.

Y allende nuestras fronteras el de Allende. Pero también el de los hermanos Kennedy, el muy probable de Marilyn Monroe, el de Martin Luther King y de Malcolm X. El de Ali Ben Barkha y de Patricio Lumumba. El de Olof Palme y, si me apura, el de Dag Hammarskjöld.

El espacio se me agota, y me vienen a la mente nuevos hechos fundamentales en cascada. Descubro azorado que hay ahora más cosas por decir que las que había al comienzo.

Le prometo que seguiré la semana que viene. No puedo dejarlo así, ni a usted ni a mí. Pero no debo no mencionar hoy el gran drama: el nacimiento del fascismo y del nazismo. Los alemanes, contrariamente a lo que se suele considerar, van tras las huellas de los italianos. Tanto en Berlín como en Roma decidieron poner fin al gran desbarajuste dejado por la Primera Guerra Mundial, que a lo mejor no es sino la misma que la Segunda, con una tregua de veinte años. Fatal tregua.

Decidieron “levantar la casa”. Y ese delirio organizativo llevó a la catátrofe.

Poner orden significa estrechar entre reglamentos los atropellos, tener esa necesaria ecuanimidad rigiendo la autoridad. Mussolini intentó validarla invirtiéndola, decidió establecer artefactos de estado violentísimos eliminando radicalmente anhelos singulares.

Y el Excélsior, nuestro Excélsior, también estuvo ahí. En todo ello estuvo ahí. conservando, preservando la memoria, para que los hombres de esos y estos tiempos, pero también los del mañana, tengan de donde asirse. Para que sepan mirar hacia atrás. No es promisorio el acontecer de quien no sopesa y aquilata lo ya acontecido.

Marcelino Perelló

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