28 de Marzo de 2017
Never did sun more beautifully steep
In his first splendour, valley, rock, or hill;
Ne’er saw I, never felt, a calm so deep!
Upon Westminster
Bridge William Wordsworth(1802)
Sí se estremecieron cuando pasó. No era morena pero sí moreno. Y si abrazo hubo fue el de la muerte.
Khalid Masood, nació en Kent hace 52 años, a bordo de un Hyundai todo terreno, enfiló el puente de Westminster, al ladito de la City de Londres, en el mero centro.
Manejaba por la izquierda, cosa que allá se acostumbra —gente rara— y se subió a la banqueta, cosa que allá no se acostumbra, pero que los todo terreno permiten. Iba hecho a la mecha no porque tuviera prisa, aunque sí la tenía.
Arrolló a dos docenas de transeúntes, cosa que por raros que sean, no se acostumbra. Tres murieron, mientras otro número considerable, una buena docena, quedó malherido. Halid continuó su estrepitoso y sangriento itinerario hasta el vecino Palacio del Parlamento. Ahí estrelló su Hyundai contra las rejas que lo resguardan y lo hizo pedazos (El concepto de “todo terreno” por lo visto no incluye las cercas de hierro).
Él debe haber salido mal parado de la colisión, pero tuvo las fuerzas suficientes para descender de los restos de su vehículo y apuñalar a uno de los guardias que custodiaban el palacio, y que nunca entendió de qué iba la cosa. Otros, que sí entendieron, abatieron entonces al desaprensivo conductor.
Khalid Masood había nacido 52 años antes bajo el nombre de Adrian Elms, en el seno de una familia cristiana. Fue detenido por delitos menores varias veces y purgó algunos meses de prisión. Fue durante una de sus estancias tras las rejas que se radicalizó políticamente, se convirtió al islamismo y decidió modificar su nombre. No he sabido encontrar el origen de su familia (en los tiempos que corren cualquier referencia genealógica que no sea “strictly clean” corre el riesgo de ser anatemizada como racista y xenófoba). El caso es que era más bien negro. Y lo que se dice de él es bien poca cosa: que no fundó una familia ni tuvo hijos, que era crítico, antisocial, huraño. Que era feo y olía mal.
Escaso material para una biografía.
Después del desaguisado, Khalid Masood fue inmediata y unánimemente calificado como terrorista, cosa que no es del todo inapropiada. No del todo. Aunque existen otros adjetivos que a lo mejor le convendrían más.
Las cosas, ay, son más complicadas. Siempre lo son. A ver si nos entendemos. Empecemos por una pregunta, que es siempre la manera más aconsejable de empezar: ¿El Reino Unido está en guerra o no?
Declaración formal de guerra, hasta donde yo sé, no la ha habido. Los señores del Parlamento precisamente de Westminster no se han pronunciado. Pero los aviones de la mítica RAF, Rotal Air Force, desde hace años y hasta el momento de teclear estas líneas, no cesan de bombardear Libia, Siria e Irak. Y probablemente otros países. Eso ya no lo sé, ya se encargan ellos de que uno no lo sepa, pero de Libia, Siria e Irak, no hay duda alguna. Pongo la mano bajo la metralla. No sólo no lo esconden sino que incluso se vanaglorian.
Las guerras no, pero las declaraciones de guerra han caído en franco desuso. No hacen falta. Ya no se llevan, como los pantalones de campana, la música disco o los flecos con crepé. Uno puede destruir, masacrar e invadir sin andarse con esas mamadas. Las dos Coreas se declararon la guerra hace casi 60 años y que yo sepa nunca se ha firmado la paz. Ai siguen, en guerra. Dizque. Así que diga uno qué bien se llevan, no exactamente. Se caen más bien mal. Pero tiznadazos, lo que se dice tiznadazos, lo que una guerra digna y respetable exige, pos no.
La última declaración de guerra formal, así, con todas las de la ley, de la que tengo noticia fue entre Georgia y Osetia del Sur en 2008. Ya llovió. Quién sabe que esté pasando por ahí.
El caso es que con declaración o sin declaración, el Reino Unido anda bombardeando y matando un chingo de gente en Oriente Medio y en África. Que si Al Assad, que si el EI, tú túndeles.
La manera más cómoda de cometer tropelías de todo tipo, militares, comerciales o financiera, es la de callar y engañar. Cuántas más mentiras, omisiones, deformaciones y “palabras ciénaga” se lancen al aire, más difícil será hacer la luz y sacar el agua clara del estercolero.
Intentar seguir, con un discreto mínimo de aproximación el devenir del mundo se ha convertido hoy en un desafío abrumador. Como jugar una partida de ajedrez a ciegas con un ruso o resolver un sudoku de 90x90.
Para entender determinadas operaciones secretas y peligrosas es decisivo avanzar suspicacias. Maniobras inesperadas ventilan incógnitas, quizás una estrategia fundamental involucre necesariamente diversas especulaciones, que ubicar esas falsas informaciones no desanuda embrollos.
Y ni así. Desmadejar requiere poder salirse del lodazal. A mí que no me vengan con cuentos. Inglaterra está haciendo la guerra y matando cientos de inocentes, tan inocentes como los que cruzaban ese infausto mediodía el puente sobre el Támesis.
No dudo que los londinenses prefieren las “guerras de lejos”. Que se mueran ellos. Pero a lo mejor no está mal que deban acordarse tantito cómo era cuando debían sufrir, no hace tanto, los bombardeos alemanes.
Y a lo mejor tampoco está mal que empiecen a considerar que Khalid Masood era, también, un soldado. Que actuó en, no por insuficiente menos legítima, defensa. Y que lo que estremeció los barandales del Puente de Westminster ese miércoles fue en realidad un acto de guerra.
Marcelino Perelló
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