viernes, 29 de diciembre de 2023

La naturaleza, siempre sí existe


  28 de Octubre de 2015  


Los habitantes de las grandes ciudades hemos olvidado que, detrás de los muros de cemento que nos rodean, la naturaleza, empecinada, persiste. Hemos olvidado que, pese a todo, vivimos en la naturaleza. Que aunque cada vez lo parezca menos y, tal vez, nos guste menos, somos naturaleza.

Extraviados en el laberinto de asfalto, recluidos en nuestros nichos de concreto, ya no nos sorprende que la comida aparezca regularmente de manera mágica e incomprensible en los mercados y en los anaqueles. Para nosotros la lluvia hace mucho que dejó de ser una bendición, fuente de la vida, para convertirse en contrariedad, inevitable molestia de las tardes de verano y otoño. Incluso la metódica sucesión de los días y las noches nos aparece establecida en alguna secretaría de Estado y susceptible de ser modificada intempestivamente por algún alto funcionario con iniciativa.

Alguien me contó que en el zoológico de Chicago, entre los ciervos y los bisontes, se exhibe una vaca, para que los niños —y los no tan niños— habitantes de la urbe puedan ver a tan exótico cuadrúpedo.

Así, casi siempre la naturaleza se ve obligada a recordarnos su existencia de manera violenta, encolerizada. Parecería que sólo las catástrofes pudieran confrontarnos con nuestra frágil condición natural. Esta vez no fue así. Patricia, como las mujeres con carácter, nos amenazó, nos asustó y finalmente, con un guiño, nos perdonó.

Hace un mes el cosmos también nos mimó, y nos regaló esa asombrosa bola de fuego que se alzó hacia los cielos, junto al Popo y al Ixta, y que, a los que las pinches nubes no se los prohibieron, dejó maravillados.

La “gran linterna roja” me provocó al menos dos sentimientos que me siguen pareciendo contradictorios. Una sensación mezclada de humildad y soberbia. Por un lado, la exaltante irrupción del ballet de los astros, un intenso sentimiento de comunión, de pertenencia. Pertenencia al cosmos, al mundo, a ese mundo “ancho pero mío”. Una vertiginosa certeza de participar del curso del universo y de la futilidad de las pretensiones humanas frente al orden de los cielos y la Tierra.

Reconocí con sorpresa la misma emoción que me provocaban las grandes —en todos los sentidos— manifestaciones callejeras de los años 60. Esa sensación de formar parte de algo importante y justo. De algo definitivo.

Intoxicados como estamos por lo artificial, por lo falso, el eclipse fue calificado por muchos como “espectáculo”, en términos que lamentablemente iban más allá de la simple metáfora. Para ellos se trató, consciente o inconscientemente de un entretenimiento, de un show. Algo destinado a ser observado, que llama espectadores. Como todos los espectadores, ajenos y pasivos. (La inconcebible consigna del “vea el eclipse por televisión” no hizo sino subrayar ese carácter).

Sin duda, pensar el eclipse como espectáculo, con todo lo de programado e inocuo que implica, algo tiene de tranquilizante; el eclipse, sin embargo, no fue un show ni nosotros espectadores. El eclipse fue un fenómeno y nosotros protagonistas. No se trataba de presenciarlo sino de vivirlo.

El otro sentimiento, paradójicamente simultáneo, fue el orgullo de pertenecer a una especie animal capaz de predecir algo tan excepcional y tan complejo como un eclipse. Algo que, precisamente, no había sido programado, pero de lo que sabíamos con siglos de anticipación, con toda precisión, en milímetros y en segundos, su advenimiento.

Horas antes bromeábamos especulando qué pasaría si a la mera hora resultaba que los científicos habían equivocado sus cálculos y el eclipse no se producía. No fue así. De nuevo los astrónomos acertaron. La predicción de los eclipses es un monumento a la inteligencia humana, a la ciencia. Quiere decir que toda la historia esa de la Tierra redonda, las órbitas y todo lo demás no es tan descabellada. Finalmente, y pese a todo, sí hay una verdad detrás de todo eso. Es increíble. Sería increíble si no fuera por la contundencia del eclipse.

Si la ciencia se hubiera limitado a eso, pienso melancólico, a observar, comprender y explicar la Tierra y el cielo, como hacían los antiguos, y no hubiera pretendido transformarlos, otro gallo nos cantara. Si el hombre se limitara a ser sabio y a aceptar y querer a su mundo sin pretender cambiarlo, que es como se quiere deveras, otro sería el desenlace.

La astronomía es una ciencia noble. Tal vez la más noble de todas las ciencias, la que menos lastima aquello que estudia y la que menos pretende “aprovecharlo” (al menos hasta la aparición de los satélites artificiales). Las otras disciplinas —y en general el quehacer del hombre— deberían imitar a los astrónomos y renunciar a ese espíritu intervencionista, modificador.

Pueblos ancestrales nos dejaron en mandato un estricto respeto totalmente olvidado. Mirar ilusionados la única fortuna en los inalcanzables zafiros. Dejar impecable cada espacio que utilicemos en mantenernos mientras morimos, legando ofrendas a discípulos orgullosos resueltamente audaces.

Si llega el día en que la astronomía pueda no sólo predecir, sino intervenir y controlar, los eclipses se podrán programar y llevar a cabo, aquí y allá. Entonces, también ellos serán sólo un espectáculo, para beneplácito de los showmasters del mundo entero, los mercaderes del entretenimiento, los ponedores en escena. De Ricardo Arjona, del Pitbull, y para deleite de todos los consumidores de emociones chatarra. Prefabricadas.

Hasta ese momento, sin embargo, aún podemos constatar que el mundo y la naturaleza existen. Siempre sí.


Marcelino Perelló

martes, 26 de diciembre de 2023

Blitzkrieg

  03 de Noviembre de 2015  


En principio, sólo en principio, nuestros compatriotas no tenían vela en ese entierro. Ni vela ni velo. O al menos eso creyeron ellos, pues, tal como se demostró, la acabaron teniendo, y de la manera más trágica posible.

Cuál no será el clima que reina en aquellas tierras, las arenas, de los antiguos faraones, que el ejército egipcio decide atacar un pequeño convoy de vehículos inermes que se desplazan inofensivamente por el desierto. Y atacar por tierra y aire (y por agua no, simplemente porque ahí no abunda), con armas mayores y saña inaudita.

Una de dos, o los milicos egipcios están presas de pánico y se les frunce ante el terror que puedan infundir los yijadistas y disparan a mansalva sobre todo lo que se mueve, o bien tienen órdenes lapidarias de sus comandantes: mátenlos y después virigüen.

En todo caso, es inconcebible e inadmisible. Como inadmisible es que el gobierno mexicano, más que pedir explicaciones y disculpas (por cierto, hasta donde yo sé, nunca ofrecidas), no haya denunciado de manera airada lo sucedido y haya retirado inmediatamente a su embajador en El Cairo. Mínimo.

Al margen de cualquier otra consideración, la bestial matanza demuestra a qué nivel están llegando las cosas en la zona, y en particular en Egipto. Como resultado, por supuesto, de la tan cacareada “primavera árabe”, perpetrada por los gringos hace tres años.

Este sábado un avión civil de la compañía rusa de chárters Metrojet (Kogalymavia), con más de 200 pasajeros a bordo, se desplomó en pleno desierto del Sinaí, a muy pocos kilómetros de la frontera con Israel. Se trataba de turistas que volvían a Leningrado después de sus vacaciones en las célebres -y baratas- playas de Sharm el-Sheikh, sobre el Mar Rojo.

El grupo islamista Wilayat Sina se proclamó autor del atentado en respuesta a los ataques rusos contra el Estado Islámico y los opositores a Bashar al-Assad en Siria. Sin embargo, en un principio las autoridades rusas, con premura incomprensible, atribuyeron el desastre a fallas técnicas y descartaron la hipótesis del atentado. Antes, incluso, de que hubieran recuperado las lúgubres cajas negras.

Varios indicios, no obstante, apuntaban hacia esta última posibilidad. La mitad de la aeronave siniestrada, cuyos restos se esparcieron en un área de veinte kilómetros cuadrados, aparece calcinada, mientras que la otra no, lo que podría sugerir la conjetura de una explosión, ya sea debida a un artefacto en el interior del fuselaje, o al ataque con un misil tierra-aire, con los que cuenta Wilayat Sina. Ora sí que habrían volado el avión.

Las compañías Air France y Lufthansa, por otra parte, no titubearon ni tantito en anunciar que suspendían ipso facto, sus vuelos sobre el Sinaí. No vaya a ser que ellas también sufran “fallas técnicas” en los míticos escenarios de los Diez Mandamientos.

Y por si faltaran elementos para la sospecha, el malhadado vuelo 7K9268 de Metrojet, inició su ruta sobre el Golfo de Aqaba para evitar al máximo sobrevolar la península, y sólo entró a ella,  en un previsto breve trayecto, para eludir el territorio israelí al este de la península.

Pocas aeronaves sobrevuelan oasis diseminados en los intrincados corredores adunados del oriente. Milicias insurgentes vagan incesantes, suben a las montañas ocultando nichos artillados, pertrechan otros núcleos guerrilleros al sur entre tribus rebeldes utilizándolas como hostigamiento alternativo.

Si para las desdichadas víctimas las cosas acabaron ahí, para los que seguimos en esta ribera de la laguna Estigia no. Resulta que tres días antes Barack Obama anunció, rompiendo de manera desvergonzada su compromiso público y solemne, que ordenaba el envío de tropas terrestres a Siria. “Son sólo 50 asesores”. Omitió decir que se trata de los “primeros” cincuenta.

La coincidencia no casual no puede ser más elocuente. Es la jugada de ajedrez en respuesta a la ofensiva rusa sobre sus mercenarios en el terreno. El flamante premio Nobel de la Paz no lo rumió demasiado. El tablero se calienta y la partida entra en fase crítica.

Dicen por ai que la inteligencia es la capacidad de asociar datos aparentemente inconexos. Según como se asocien, añado yo, también puede ser signo de burricie. En todo caso, puestos a asociar, no me parece descabellado suponer que, coordinado con el arribo de los “asesores”, el presunto ataque al avión estepario haya sido también obra de los ajedrecistas de Washington. (A través de sus aliados árabes o israelíes. En este caso es lo mismo). Un tate quieto difícil de pasar por alto.

Blitzkrieg.

Marcelino Perelló

martes, 19 de diciembre de 2023

Día de muertos, noche de muerte


  04 de Noviembre de 2015  


Han pasado cuarenta años justos. Amanece sobre Roma. Se termina la noche de muertos y hace fresco. Es domingo y la ciudad se despereza lentamente y un poco de mejor humor que de costumbre. En el barrio de Ostia, junto al viejo aeropuerto, los escasos trabajadores que hoy deben laborar caminan apresurados, las manos en los bolsillos, a tomar los autobuses de suburbios. Ya se escuchan a lo lejos los primeros claxons y los ruidosos y obscenos saludos de las mujeres que van a la pila por las cubetas de agua.

Muy cerca de las pistas hay un terregal grande. A esta hora del domingo todavía está desierto. Por ahí no pasa nadie. Salvo Lollobrigida. No Gina, sino Maria Teresa, una comadre del barrio, que se acerca, sin duda atraída por el bulto que se distingue cerca del borde del baldío, junto a una zanja. Es un amasijo de ropa azul verde gris. Basura seguro. Una de esas cosas que luego dejan caer los camiones. Pero a lo mejor se puede aprovechar algo.

Más tarde, pasado el mediodía, Maria Teresa Lollobrigida declarará a la prensa: “Fui yo la que encontró al muerto... Tenía la cabeza destrozada. El pelo impregnado de sangre seca. Estaba boca abajo, con las manos debajo del cuerpo. Iba sucio y mal vestido, con una camiseta y unos jeans manchados de grasa. Llevaba unas botas café y un cinturón también café”.

Algún crimen de rutina, sin duda. Un arreglo de cuentas entre “accattoni”. Pero esta vez, incluso, el forense se impresionará un poco. Esta vez se pasaron; no es común ver tanta saña y brutalidad. Pondrá cinta adhesiva con una clave apresurada en la muñeca del cadáver y dará su visto bueno para que lo levanten. En el parte escribirá: “...rostro desfigurado, tórax ensanchado e informe, los dedos de las manos fracturados...”.

Sólo hacia las primeras horas de la tarde se sabrá el nombre que llevó en vida el amasijo hallado en el baldío de Ostia. En el esparadrapo del brazo, y en los papeles que van y vienen de una oficina a otra, en la policía y en los tribunales romanos, se garabatean tres letras. O, mejor, una sola letra se repite cada vez tres veces: P P P: las iniciales de Pier Paolo Pasolini.

Es la noche del domingo 3 de noviembre de 1975. Un pasmo recorre el mundo intelectual, a velocidad vertiginosa: primero por teléfono entre los romanos. Suena el de Moravia, y suena el de Bolognini, y suenan los de Fellini y de Visconti. Suena el de Quasimodo y el de Eco. Suena también el de Andreotti, el de los aposentos más reservados del Vaticano y del Chirinale: Hanno amazzato Pasolini. Hanno amazzato Pasolini. Es el alarido del grand finale de Cavaleria Rusticana, sin aplausos.

Esa misma madrugada repicarán los teléfonos de todas las ciudades del mundo: Mataron a Pasolini. La noticia se expande como flama en pajar, como reguero de pólvora, como si hubieran asesinado a Pasolini. A Pier Paolo Pasolini. A las diez de la mañana del lunes 4, hora de Roma, todos lo saben. Todos los que deben saberlo. Su muerte no ocupará los encabezados. No es presidente de Estado alguno, ni cantante de ningún grupo. No es deportista ni ha salido demasiado por televisión. Pero entre los que saben, entre aquellos que sospechan lo que significó, es la conmoción.

¿Quién y por qué? No tiene la más remota importancia. Todos sabemos quién y todos sabemos por qué. Ignoramos tal vez los nombres concretos y las circunstancias exactas, pero ¿qué desdichada y puta importancia tiene? Hicieron callar a Pier Paolo. Tenía 53 años. Su boca yace, llena de tierra, sobre un solar de los suburbios de Roma. Sus ojos, opacos para siempre más, no volverán a mirar por nosotros.

El crimen nunca será esclarecido. Esa misma mañana será detenido, manejando como un demente el Alfa Romeo Giulia 2000 GT de Pasolini, un jovencito prostituto, Giuseppe Pelosi, llamado Pino la Rana, de 17 años, que confesará sin demasiados problemas haber matado al artista. Demasiado pocos problemas. Un Aburto cualquiera. El caso es rápidamente resuelto y cerrado. Ese tal Pino a la cárcel y, sobre todo, Pasolini bajo tierra y en silencio.

Han transcurrido ocho lustros y el señor Pelosi, hoy de 57 años, anda por ahí tan campante.

Pasó un rato en intermitente libertad condicional ameritando nuevos encierros, incluso logró ganar algunos tolecos ofreciéndose en intrigas odiosas. Muchos agraviados suyos en numerosas zonas aseguran tenerle encono, Visconti incluso consideró asesinarlo.

Sin embargo, finalmente, aquí no pasó nada. Pero a Pasolini no lo revive ni Dios. Ni a Pasolini ni a todo lo que fue y representó. Él sigue bajo tierra, la boca llena de tierra. O ya no. Él es tierra ya. Y su boca y sus manos y sus ojos son tierra. Así lo quiso el poder. El silencio para siempre más, por los siglos de los siglos. Amén.

Mas no. No. Ahí están todos sus poemas, y cada una de sus películas, y cada una de sus novelas, y cada uno de sus gestos. Y ahí estamos todos los que lo hemos visto y lo hemos leído, todos los que lo hemos llorado y todos los que vamos a hablar de él y por él. A ver cómo le hacen. Por los siglos de los siglos. Amén.

Marcelino Perelló

martes, 5 de diciembre de 2023

La otra estrella de cinco puntas

 


  10 de Noviembre de 2015  


Se declaró formal, solemne y textualmente “iniciar el proceso de constitución del Estado Catalán Independiente bajo la forma de República”. A la resolución se añade el compromiso de garantizar los servicios y prestaciones sociales dignas al conjunto de la población. Y proclama que a partir de ese momento se desconoce al Tribunal Constitucional Español y sus resoluciones. En otras palabras, se instituye de manera oficial el principio y el derecho a la desobediencia.

La cosa es muy seria y no es necesario subrayar que se trata tan sólo de un paso, pero de un paso decisivo. Así como lo predije, hace algunas semanas, es el Rubicón. No hay marcha atrás.

El hecho constituye un acto, en el sentido estricto, doctrinario, del término, es decir, de una acción significativa, con implicaciones y consecuencias fundamentales. Y tal como digo al principio, la trascendencia de ese acto rebasa con mucho las fronteras catalanas, y se extiende por encima de los Pirineos y más allá del Ebro. Asistimos al alumbramiento de un nuevo país libre, en condiciones y con características históricas, sociales, políticas, económicas, culturales y geográficas sin precedentes.

Acto que no podrá no encontrar eco y provocar réplicas en todos los rincones del mundo. Nuestro mundo, esa esfera con rincones.

La cosa es muy seria y la situación es de enorme exaltación y, al mismo tiempo, de extrema gravedad. En el momento de teclear estas líneas, doce horas después, el gobierno español no ha respondido, entre otras cosas porque a todas luces no sabe cómo. Mariano Rajoy ha convocado a un Consejo de Ministros extraordinario para mañana miércoles, pero por lo visto no hay ni prisa ni urgencia. Lo que hay es el susto y el pasmo. Todo lo que han acertado a mascullar es “aténganse a las consecuencias”.

Como dice Osiris que dijo el ciego: ya veremos.

La decisión del Parlamento es, jurídica y políticamente, inapelable. Los diputados, democráticamente electos, votaron y se contaron los votos: 72 a favor, 63 en contra. Ni una abstención. No habría nada qué alegar, pero alegan. Los españolistas alegan. Y, a la Ripley, aunque usted no lo crea, sostienen que no había mayoría para tomar tal determinación. Que no es legítima. El debate es tan absurdo como interminable. Y las razones esgrimidas por intelectuales y estudiosos catalanes de primera línea no encuentran sino oídos sordos en la meseta castellana.

Pensadores independientes lanzan argumentaciones sólidas. Mientras intentan vadear incongruencias, promueven otro nivel general al menos otro nivel operativo sin permitirse ignorar las amenazas subyacentes. Urge realmente generar expectativas.

La principal razón de los detractores, si razón se le puede llamar, es tan simple como falaz: ante la prohibición de Madrid de celebrar un referéndum formal, se convocan los comicios extraordinarios del 27S a modo de plebiscito. Hubo dos partidos explícitamente a favor de la independencia y tres explícitamente en contra. Además, otros que no se pronunciaron, es decir, que no tomaron parte en el plebiscito propiamente dicho. Que la gente decida y vote. Se hace el escrutinio y ya. Participó el 77.5 del padrón. Afluencia sin precedentes. Por el sí votó el 47.8%, por el no 39.1%. Por las opciones ajenas al plebiscito, más los votos en blanco y nulos 13.1 por ciento.

Es decir, en el plebiscito tal cual participó el 67.3% de los empadronados, y de ellos 55% votó a favor de la independencia y 45% en contra. El resultado es incuestionable y definitivo. La trampa grosera de los unionistas es considerar como “no” el 13.1% de los sufragios a las opciones que se abstuvieron de pronunciarse ante la disyuntiva. Más claro que el agua Bonafont. Y la manipulación más burda que el show de Laura Bozzo.

Como si fuera poco, y para acabarlo de adobar, muchos de los votantes de ese 13% no plebiscitario son independentistas declarados. Entre ellos el propio Lluis Rabell, líder de CSQP que obtuvo 9% de los votos, o la mismísima Ada Colau, alcaldesa de Barcelona. A ellos habría que añadir a personalidades como el histórico Manuel Delgado o los emblemáticos Arcadi Oliveres y Teresa Forcades. O la exvicepresidente Joana Ortega de UDC.

De manera que incluso esas cifras abrumadoras aún deberían ser corregidas a favor del anhelo y voluntad independentistas. Y todo ello bajo el diluvio de amenazas y mentiras inconcebibles que desató el gobierno español y que no pueden no haber acobardado a los más crédulos o timoratos (entre ellos —ya puestos a contar— una tía de mi yerno, anciana soberanista de toda la vida y que acabó votando por los fascistas de Ciudadanos para que no le fueran a quitar su pensión).

Así están las cosas. Y hoy por sobre el vertedero inmundo brilla una estrella de cinco puntas. La estrella de la libertad. Que no se eclipse. Que por nada del mundo se eclipse.


domingo, 26 de noviembre de 2023

El oftalmólogo


  11 de Noviembre de 2015  


Soy anarquista. Más exactamente comunista libertario, extraño injerto sincrético de difícil manejo. Muchos años de militancia, acción y pensamiento revolucionario me han llevado hasta tan incómoda posición, actitud y convencimiento. No voy a discutir aquí las connotaciones de tal filiación. Ya lo he hecho en otras ocasiones y sin duda lo volveré a hacer, contra viento y marea, contra tiento y ralea.

Hoy quiero, debo, hablar de otra cosa. Como el buen mal ácrata que soy, pues, considero que el mejor gobierno es el que no existe. Sueño en una sociedad que sólo existe en mi sueño, y que sepa, pueda y quiera regularse y regirse a sí misma, sin necesidad de tutela o coerción alguna. Sé que es difícil, endemoniadamente difícil, pero también sé que es posible, sorprendentemente posible.

Lo que no sé es cómo, cuándo y por dónde se llegará a ese Punto Omega, pero estoy convencido de que llegará. Y también sé que la acracia es una utopía, pero que la verdadera democracia es otra utopía, aún más descabellada.

Supongo que en el camino hacia la desaparición del Estado y sus instrumentos habrá etapas intermedias, estaciones de paso. Y una de esas estaciones, con toda probabilidad se parecerá mucho al sistema con el que se gobierna actualmente la Universidad Nacional Autónoma de México.

En contra de la opinión de algunos, no pocos, considero que el sistema de gobierno de la UNAM es harto satisfactorio y pertinente. Cuando le pregunté al brillante y admirado químico y político Heribert Barrera si se autodefinía como liberal o libertario, me contestó, con media sonrisa, que se consideraba “libertarista”. Entre el orden y la libertad, me dijo que elegía la mínima dosis de orden necesaria para que la libertad fuera posible.

En la Universidad Nacional existen tres órganos de gobierno central, que se entrelazan entre sí de manera muy particular. El Consejo Universitario, el Claustro, es el “Poder Legislativo”, elegido democráticamente y, como resultado de luchas memorables, integrado de manera paritaria entre académicos —investigadores y profesores— y estudiantes. Los empleados también están representados. Es el Consejo el que designa a los miembros de la Junta de Gobierno, el “Cuerpo de Sabios”, constituido por 15 universitarios eminentes, y que a su vez designan al rector, el “Poder Ejecutivo”. De la armonía con la que se articulan las tres instancias, depende el buen funcionamiento del enorme y complejo organismo que es nuestra Alma Máter. Es un genuino mecanismo de relojería, al que hay que cuidar como tal. Cualquier intervención imprudente podría echarlo a perder.

Aquellos que proponen modificar este delicado engranaje y propugnan por una elección democrática, universal y directa del rector, cometen un error craso, con resultados funestos, como se ha demostrado con creces en otras universidades que practican tal sistema. Un desastre, una auténtica barbaridad.

Como ya lo sabe usted, informado y comprometido lector, el pasado viernes la Junta de Gobierno designó como nuevo rector de la Máxima Casa de Estudios, para el periodo 2015-2019, al doctor Enrique Graue. Siguiendo la tradición, no se dio información pública del contenido de las deliberaciones ni del resultado de la votación final, si es que votación hubo. Tradición que, aunque remita a otros cónclaves menos loables, encomio y defiendo. Convertir debates y decisiones delicadas en espectáculos y carnaza para los medios representaría una irresponsabilidad frívola y entorpecedora.

El doctor Graue Wiechers llega a la Rectoría después de una sólida trayectoria científica, académica y ejecutiva, que lo autorizan a tan alta responsabilidad y nos autorizan a nosotros los universitarios a albergar esperanzas fundadas en que capitaneará esta nave con pericia y compromiso.

La recibe en condiciones inmejorables. La gestión del doctor José Narro fue impecable y supo sortear más de un temporal amenazante. Consiguió que el quehacer universitario pudiera desarrollarse durante ocho años, de manera fructífera y sin grandes sobresaltos. No fue fácil.

Poner orden requirió favorecer iniciativas nuevas, gestionar aspectos neurálgicos atendiendo muchas opiniones saludables. Mientras identificaba varias inquietudes, vio imprescindible volver a meditar opciones salvando los obstáculos. Juzgó urgente negociar toda objeción sensata.

Con Graue serán tres médicos los que habrán dirigido la UNAM de forma consecutiva durante 24 años, si todo transcurre de la mejor manera. El hecho no puede no invitar a la alegoría. En efecto, cuando el doctor De la Fuente acude al rescate en 1999, la Universidad Nacional se encontraba gravemente enferma. Fue necesaria la terapia intensiva, que a todas luces funcionó, logró estabilizarla y transferirla a piso.

Hoy ya fue dada de alta, pero los riesgos de una recaída están ahí. La situación en el país es delicada y la Máxima Casa de Estudios no puede ser ni es ajena a las asechanzas de un panorama proceloso. Las aguas están agitadas y la hierba seca. Graue lo sabe y lo asume. En particular le tocará estar en el puente de mando durante la sucesión presidencial en 2018. Todo un desafío. Su responsabilidad es grande. Y sólo nos cabe esperar en que su talento y entrega sean mayores. Tenemos todas las razones para confiar.

Necesitará estar en permanencia ojo avizor. Para fortuna nuestra, en afortunada metáfora, el doctor Enrique Graue Wiechers es oftalmólogo.


sábado, 25 de noviembre de 2023

Acto de guerra


  17 de Noviembre de 2015  


Sin embargo, el hecho es de una significación enorme y posee numerosas connotaciones y derivaciones. Y no todo, ni mucho menos, ha sido dicho. En medio de ese diluvio de noticias y comentarios, aunque parezca mentira, hay huecos, ausencias. Faltas. Dejemos de lado que muchas de las crónicas son contradictorias e incluso falsas. Y muchas de las opiniones insuficientes, fáciles o erróneas.

De manera que, venciendo esa tentación, y abusando de su paciencia e indulgencia, me dispongo yo también a trillar lo trillado. No perderé la oportunidad áurea que lo acontecido me brinda para expresar, desde mi propia e inusual perspectiva, aquello que está clamando a gritos ser expresado. Y que amenaza prolongarse y convertirse en una serie especialmente larga de escritos y reflexiones.

Ello tiene que ver con la historia, pasada y futura de la civilización. Y tiene que ver con la actual coyuntura crítica por la que atraviesa, estos precisos años, esta precisa civilización.

Entrémosle. Lo sucedido ha provocado un auténtico alud mundial de indignación y repudio. Es natural. No obstante, a pesar de ser del todo comprensible, no deja de ser exagerado. Como que se han desgarrado demasiadas vestiduras, con demasiada teatralidad. Ello ha comportado que en un sector nada despreciable se produzca un sentimiento crítico y de descalificación ante tales muestras desmedidas de horror y condena.

Dichas voces enfatizan el que en acciones mortíferas equivalentes y recientes no se haya desatado semejante alboroto. Recuerdan que cuando hace apenas unas semanas la aviación estadunidense bombardeó el hospital de Médicos sin Fronteras de Kunduz en Afganistán, provocando la muerte de decenas de víctimas, entre pacientes y personal médico, muchos de ellos quemados vivos, no se desató, ni mucho menos, un escándalo ni una condena semejantes. Reconozcamos que en ese caso existían dos atenuantes, tan claros como definitivos: uno, se había tratado de “un error” y dos, los atacantes eran gringos.

Hace dos semanas un grupo guerrillero cercano al Estado Islámico derribó un avión de pasajeros que regresaban de sus vacaciones en las playas del Mar Rojo, matando a más de doscientas personas. De ello se habló un poco más porque eran muchos, pero no demasiado porque eran rusos.

Y el jueves, un día antes de Francia, el propio Estado Islámico reivindicó las explosiones que mataron a más de 40 personas en las calles de Beirut, y cuya muerte quedó del todo oscurecida por las de la Ciudad Luz.

De acuerdo, París es París, y lo que suceda ahí, de un desfile de modas a un atentado, gozará de una resonancia de la que carecen otros pueblos y urbes. Lo que sea de cada quien. Pero ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. Dicha resonancia es ante todo, sobra decirlo, mediática, y cada vez más los pobladores de la Tierra nos dejamos pastorear por ese Cuarto Poder que, me temo, ya se ha convertido en el Primero.

Digámoslo claro: la cadena de atentados en la rive droite, la margen derecha del Sena fueron espectaculares. Sensacionales. En el sentido estricto de ambos adjetivos. Hubo quien no dudó en calificar lo acontecido como “el 11 de septiembre francés”, comparación únicamente sostenible si se equiparan no cuantitativamente, sino por el papel que ambas metrópolis juegan como centros del mundo.

Ello no justifica, sin embargo, las expresiones definitivamente desorbitadas que hablan de una “agresión a la humanidad en su conjunto” o de un “ataque a la libertad y a la civilización occidental”. Afirmaciones fuera de lugar, que sólo estados de ánimo cercanos a la histeria pueden explicar.

La única cosa sensata que ha dicho desde ese momento el presidente Hollande fue, ayer en la mañana frente al Pleno del Parlamento reunido de urgencia, cuando proclamó que “Francia está en guerra”. Así es. Lástima que se haya dado cuenta apenas orita y que haya sido necesario que la sangre corra sobre los emblemáticos adoquines de sus calles. Francia ya estaba en guerra cuando atacó a Libia y Mali, y cuando, hasta hoy día, sigue atacando a Siria, la República Centrofricana y el Chad.

La pregunta clave es, después de lo acaecido, cómo y qué tanto están dispuestos los gabachos de allá a continuar esa guerra, si se van a aliar a los Estados Unidos en su inminente expedición punitiva, y si la Unión Europea va a aprobar tales propósitos

Proponer a semejante estructura acatar normas leoninas originaría sin duda objeciones severas. En los ámbitos decisivos europeos la aventura nunca tendría éxito. Vemos incluso cómo algunos diplomáticos externan tajante rechazo a secundarla.

En efecto, monsieur Hollande, La France est en guerre. Sigue en guerra. La única novedad es que los tiznadazos ya están llegando al otro lado del frente. Los atentados del viernes, al margen de cualquier otra consideración, sólo pueden ser definidos así: como un acto de guerra.


viernes, 24 de noviembre de 2023

La buena miel


  18 de Noviembre de 2015  


En general soy considerado una persona crítica. Esto no quiere decir necesariamente que le ande buscando el lado malo a las cosas. Se trata más bien de que reconozco mejor lo que no me gusta que lo que me gusta. Vaya usted a saber de qué oscura manera se organizó alguna vez mi constelación síquica.

Si esto fuera poco, además, creo que la historia esa de la crítica “positiva” o “propositiva” son pamplinas. La crítica —ya lo he dicho aquí—, cuanto más negativa, mejor. El saber bien aquello que rechazo no me obliga —sólo eso faltaba— a saber qué es lo que quiero en su lugar.

Esta vez, sin embargo, sucede que no me limito a hacer astillas lo que detesto y arrojarlo a la pira, sino que, por una vez, tengo una propuesta alternativa, aunque dicha propuesta haya parecido a más de un amigo “irrealizable”, compasivo eufemismo para designar lo que se considera de plano delirante.

Esta semiserie la he querido dedicar a la convivencia armónica, o a menudo funesta, del hombre con su entorno natural, aquello que desde hace cinco o seis décadas bautizaron con el nombre de ecología y que se enfoca al estudio del medio ambiente. Así lo llaman: medio ambiente, precisamente porque ya sólo queda una mitad. La otra ya nos la echamos.

Hoy quiero dar por terminada esta reflexión interminable, aunque obligatoriamente volverá a aparecer de manera recurrente una y otra vez. El problema y las dificultades siguen ahí, y por lo tanto el esfuerzo colectivo de unos por agravarlas y de otros por enfrentarlas y resolverlas, también deben permanecer presentes, incólumes, activas y prestas. Aunque sea desde el modesto papel de una página de periódico. La realidad pasa por la conciencia o a menudo, ay, por la inconsciencia.

Albert Einstein dijo alguna vez que si las abejas desaparecieran, a la humanidad le quedarían cuatro años de vida. Einstein no era biólogo ni ecólogo, pero en general sabía lo que decía. Su pronóstico/advertencia tiene que ver precisamente con la concatenación complejísima de las distintas formas de vida sobre nuestra esfera voladora.

El ejemplo clásico es el de una isla, aislada (no todas las islas están aisladas) en la que habitan conejos, lobos y pastizales. Las fieras comen conejos, los orejones comen yerba y ésta se nutre de las heces de ambos. Ahí la llevan. El mayor de mis hermanos mayores, en todos los sentidos, Carles Perelló, construyó un modelo matemático a base de ecuaciones diferenciales para explicar esta dinámica. Y hace unos días me la recordó mi conversación con el joven y brillante biólogo Manuel Palomo, que como su nombre lo indica, es ornitólogo.

Se trata de una estructura simple, endemoniadamente compleja. Ni quiero ni puedo describírsela con detalle, ávido lector. Sólo le diré que si los lobos se extinguieran por alguna razón, una enfermedad digamos, también desaparecerían los conejos y la hierba. La isla quedaría desierta y yerma.

En efecto, sin la presencia de su predador los conejos se multiplicarían como tales, su población crecería exponencialmente y terminarían acabando con el pasto. Y entonces morirían todos de hambre. El pasto, a su vez privado de nutrientes, también desaparecería al final.

No es necesario que le diga que la catástrofe se produce igualmente si la primera especie en borrarse del mapa fuera la de los dientudos o la de los vegetales. Cae por su propio peso.

El ejemplo es harto ilustrativo y no puede no hacer pensar. El asunto es que se piense bien. De otra manera sirve de bastante poca cosa, y lobos, conejos, hierbas se van al carajo. Y nosotros con ellos. Pues no es necesario darle muchas vueltas para entender que nuestro planeta es precisamente esa isla. Un poco más complicada, digamos. Ya lo dijo el gran Silvio: “No es lo mismo, pero es igual”.

La conclusión, pues, se impone sola. Conclusión no solamente del problema del enigma de la isla sino de toda mi reflexión sobre tal encrucijada y de nuestro papel en ella. Reflexión que hoy, como ya le anuncié, doy por terminada.

Dicha conclusión es la de que aprendemos a vivir con los otros, de los otros, humanos o no, pero no contra los otros. De lo contrario nos lleva a todos la chingada. A los otros y a nosotros.

Considere ahora este ejemplo, distinto y semejante: un pequeño emprendedor, un apicultor digamos, para no alejarnos de las abejas, quiere montar su granja y sabe que en China saben de eso. Hacen colmenas padres y baratas. Pero no lo dejan. Los voraces productores nacionales, más caros y chafas, se lo impiden, en nombre de la defensa de la “industria nacional” y con el apoyo de leyes chovinistas e improcedentes.

Planea importar enjambres nuevos sencillamente aventajados, luego unos empresarios granujas ostentan esa xenofobia intolerable sin temer ocultarla. Mientras intenta vencer impedimentos, plantan incontables escollos normativos sentenciando expresamente el natural movimiento innovador.

El resultado es evidente, se friegan el empresario, el apicultor y las abejas. O nos queremos, a los otros y a nosotros mismos, o colaboramos o nos aniquilamos. O amamos a la Tierra o la extinguimos. Tertio excluso. O lo entendemos o no: la Tierra no es nuestra, nosotros somos de ella. Si nos gusta la buena miel más nos vale que la mimemos.

lunes, 20 de noviembre de 2023

Hilar fino


  24 de Noviembre de 2015  


Al mismo tiempo es preciso establecer sus características y circunstancias en el momento en que se produce e identificar concatenaciones con otros fenómenos simultáneos. Es decir, darle su lugar al qué, quién, dónde, cómo y cuándo. En otras palabras, dotar al acontecimiento en cuestión de un contexto. De otra manera nos veremos constreñidos al mundo de las apariencias e iremos inevitablemente a la deriva.

Esta óptica contextual se instaló apenas en el pensamiento del siglo XIX y ha regido hasta la fecha todo razonamiento serio. En ella se basa la dialéctica de Hegel y Marx, el estructuralismo de Levy-Strauss, Saussure y Lacan, o el abordaje gestalt de  Wertheimer y Lewin.

Esto no quiere decir de ninguna manera que el punto de vista contextual esté reservado únicamente al dominio de los análisis sabios o especializados. Es obligatorio en toda persona mínimamente culta que pretenda acercarse a la verdad, a una versión sustentable y sustentada de la realidad cotidiana.

Así, la reciente traca de atentados en París sólo puede ser razonablemente juzgada y aquilatada en términos históricos, políticos, económicos y culturales, muy por encima de las reacciones meramente emocionales, fáciles y maniqueas.

Afligirse, compadecer y anatemizar a lo mejor es inevitable, pero sin duda es del todo insuficiente. Siento desengañarlo, sensible y francófilo lector, pero ésta no es una historia de buenos y malos. De hecho, después de las de Andersen y de las de los hermanos Grimm, pocas, si alguna, lo son.

Andar poniendo los colores de la bandera francesa a diestra y siniestra en los perfiles de Facebook o en los monumentos públicos, tal vez atenuará nuestros más recónditos sentimientos de culpa y nos permitirá formarnos en las filas de los buenos, pero poca cosa más. Y por encima, pondrá de manifiesto una cierta pobreza intelectual y una capacidad de juicio más bien elemental.

En algún caso dicha indigencia espiritual y cultural ha llegado a límites ridículos cuando no vejatorios. Yo no sé de quién fue la iniciativa de iluminar de azul, blanco y rojo el monumento al general Ignacio Zaragoza, al pie de los fuertes de Loreto y Guadalupe. No sé si fue del alcalde Gali Fayad o del mismísimo gobernador Moreno Valle (aunque él probablemente habría prescindido del rojo). En cualquier caso se trata de una enormidad. Es más que un ultraje. Es una estupidez.

Son pocas las cosas que aún podemos decir acerca de la verdadera autoría de los ataques y de sus verdaderos propósitos. Tendremos que refugiarnos en la ciudadela de las conjeturas. Y ello haremos, no le quepa la menor duda. Pero algunas certezas ya las poseemos. Y una de ellas, tal vez la más hiriente, es la asimetría de muchos de los análisis y juicios de valor que han visto la luz a lo largo de estos días.

Resulta que en la bolsa de valores éticos y en el mercado cambiario de lamentos un muerto a orillas del Sena vale como quinientas veces un muerto a orillas del Éufrates. Que la geografía tiene un peso indiscutible, admitámoslo. Pero que la historia valga madres, eso es inadmisible. Cuando en Mesopotamia Hammurabi redactaba códigos, junto a Lutecia Obelix devoraba jabalíes.

No es preciso ir tan lejos, sin embargo, para poner de relieve la estrechez de ciertas ópticas. Mi querida amiga y fiel lectora Laura Fasén me hace llegar un lúcido e irritado comentario del que entresaco el siguiente párrafo: “Lo que sí se me hace un descaro total es el del papa Francisco, que condena a los yihadistas en su condición de musulmanes, pues matan en nombre de Dios, llamándoles por eso blasfemos. ¿Pues que ya no recuerda que durante las Cruzadas era el Papa en turno quien mandaba a los cristianos a matar herejes a Tierra Santa en nombre de su propio Dios? ¿Y ya no se acuerda que durante la conquista de América y la colonización de África era también el Papa, en complicidad con los monarcas europeos, el que ordenaba matar nativos en nombre del mismo Altísimo?”.

Ejemplo preciso y precioso el de Laura. Tales simplificaciones, descalificaciones y maniqueísmos no hacen sino llevar la situación, de por sí enmarañada y empantanada, a un callejón sin salida.

Propiciar un trato ofensivo significa minar aquellas rutas remotamente asequibles nutriendo odios seculares. Maniobras infames vuelven especialmente sinuoso superar intransigencias, quebrantan una esperanza razonable en poder atenuar sus atavismos diametralmente antagónicos.

Difícil ciertamente esperar lucidez y ecuanimidad en jerarcas y pontífices. Pero la debacle del todo irreversible se producirá únicamente si los hombres y mujeres de bien del mundo entero no hilamos más fino y no renunciamos a alzar nuestras voces en favor de la generosidad y la convivencia. Por la inteligencia y la cordura.

miércoles, 25 de octubre de 2023

Los malos maestros


  25 de Noviembre de 2015  


-Oficio noble es el del barro, / de entre todos el señero. / Dios fue el primer alfarero / y el hombre su primer cacharro.

 

En el epígrafe con el que encabezo estas líneas podría perfectamente sustituir a Dios por el maestro y al hombre por su pupilo. En efecto, estoy convencido de que es el preceptor el que moldea la personalidad del futuro adulto que será su alumno. Uno es sus maestros.

Los padres también tienen qué decir en tal labor. Que ni qué. Su responsabilidad en la forja del sujeto al que dieron luz es grande, enorme. Infancia es destino, si hemos de creer a meister Freud. Sin embargo, las relaciones con los padres, es decir con los hijos, son siempre conflictivas. Hay un entramado complejo de afectos, celos y agravios. Los roles respectivos no acostumbran a embonar de manera armónica. No porque sí la gran mayoría de los trastornos síquicos se gestan en esa estructura familiar. Los divanes están harto familiarizados con los deseos y reproches hacia la pareja parental.

Con el profesor las cosas son distintas. Se trata de una figura paterna o materna, sin duda, pero liberada, despejada de todas esas marañas con las que el pequeño o el joven se enreda frente a sus progenitores. Digamos que la efigie del maestro es mucho más límpida y contundente.

Cuando se habla de grandes hombres, Einstein, Lenin, Bach o Shakespeare, antes de preguntarme quiénes fueron sus padres, me planteo quiénes habrán sido sus maestros, y no dudo en atribuirles una dosis más que considerable en la cocción de los genios.

Quien ha gozado de la fortuna de pasar por las manos de grandes mentores tiene asegurada la mitad de su periplo por la vida. Por lo menos. La cuestión aquí es la de determinar qué es eso de un “buen maestro”, en qué consisten su talento y su virtud.

Todos recordamos a algún preceptor. Aquel inolvidable, que consideramos nos dejó una huella imborrable y que ha determinado en buena medida nuestra deriva, en las buenas y en las malas. Normalmente le hemos perdido la pista, no acostumbramos a saber qué ha sido de él o de ella luego que nos soltó de la mano. Y, sin embargo, fantasmagórica su presencia no se separará de nuestro lado, la percibamos o no.

Yo mismo me considero un elegido. No por mis propios méritos sino por el de mis maestros ejemplares, que han sido, para ventura mía, numerosos. ¿Cómo no recordar con una nostalgia tan dulce como intensa a los profesores Vinós, Delgado, Santaló, Muñoz, Lluís, Torres, Barajas? ¿O a las maestras Elena, Oliva, Trueta? Mi propia madre fue mi maestra de segundo de primaria. Me reservo los comentarios acerca de lo que significó tal experiencia para mí. Y supongo que para ella. Es de muy mal gusto elogiar a los seres queridos.

Sin embargo, hay un punto delicado, difícil, que quiero abordar aquí. No siempre es del mejor mentor del que más aprende uno. He tomado clase con verdaderos virtuosos de la cátedra, artistas del estrado. Asistir a sus cursos es como presenciar una obra de teatro o, más aún, como ir a misa. Todo es perfecto. Todo está en su lugar, fluye como un gran río, majestuoso pero plácido y avasallador. Hay algo del orden de la fascinación ahí.

Lo he dicho más de una vez: el oficio del maestro es mil veces más desafiante que el del actor de teatro. Éste representa una y otra vez la misma obra siempre ante públicos distintos. El preceptor en cambio debe actuar una pieza distinta cada día ante el mismo público. Y ambos deben seducir al auditorio.

Y ahí reside precisamente el peligro: si el estudiante embelesado se convierte en espectador, se jodió la cosa. Dejará de inquietarse y preguntarse. Dejará de pensar. Suprimirá la actitud crítica, activa y adoptará una pasiva. Cesará el mecanismo del aprendizaje propiamente dicho. Aprendizaje, no lo olvidemos, que debe tener mucho de entrenamiento. Es decir, de esfuerzo.

A menudo es aconsejable, incluso imprescindible, que el educador, frente al pizarrón, titubee, trastabille, se vea obligado a callar, a meditar en busca de la solución. Nada más propiciatorio y más estimulante que el maestro se equivoque y que algún alumno lo corrija. Señal inequívoca de que el artefacto enseñanza-aprendizaje está funcionando en plenitud. Tal fenómeno es especialmente importante en la educación media, en los institutos, que aquí llamamos secundaria o preparatoria.

Profesores espléndidos de instituto generan resultados inciertos, obteniendo buenas valoraciones incontestablemente otorgadas. Entre los bachilleres imperan comúnmente hábitos o tendencias irreflexivas edificando nociones erróneas. Verter información cual agua termal a menudo bloquea irremisiblemente equivocaciones necesarias.

Debo a mi extraordinario maestro rumano Aristide Halanay esta lección. Tal vez la más importante que me dio. De él aprendí no sólo ecuaciones diferenciales, sino también la importancia del error que acecha, y del indispensable estado de alerta, tanto del sabio como del aprendiz. Un maestro que frente al grupo se limita a leer sus apuntes, o peor todavía, un libro, no es un maestro.  Contra la jerarquía oficial, maestro, magister, es más que doctor.

El buen maestro no es el que sabe, sino el que hace saber. Y para ello debe saber improvisar y errar. ¡Nunca a propósito! un error fingido no es un error, es una farsa. El buen maestro, con toda humildad, debe saber ser mal maestro.

Marcelino Perelló

martes, 24 de octubre de 2023

Los otros


  01 de Diciembre de 2015  


Tal predisposición y disposición, tal capacidad es particularmente útil en circunstancias críticas. Tanto en las propias como en las ajenas, en la medida en que pretendamos interiorizar la otredad, hacer nuestros, en alguna medida los avatares del otro, única posibilidad de erigirnos en entes auténticamente sociales.

Existen dos mecanismos definidos por Freud para explicar dicho fenómeno: la identificación y la proyección. No voy a entrar aquí en los vericuetos de tales propiedades. Me limitaré a definir la primera como la facultad de situar a un sujeto determinado en el lugar de otro. La segunda es uno mismo el que se ve en segunda o tercera persona. Es ponerse en el lugar del otro.

Los atentados en París, cada vez menos recientes, persisten en la actualidad como si acabaran de ocurrir, gracias sin duda a su terrible significación y desenlace, pero también gracias a la manipulación interesada que de ellos hacen los medios y los gobiernos, por razones no tan distintas. Da la impresión, a veces, que hubieran ocurrido anoche. Tal es el bombardeo de noticias, comentarios y actos de toda índole que insisten en restregárnoslos ante la vista, los oídos y la conciencia.

El periódico Le Monde, de enorme prestigio y de calidad cada vez más discutible, viene publicando cada día la semblanza de una de las ciento treinta víctimas de los ataques. Dichas semblanzas se esparcen cual llama en hojarasca en las redes sociales donde se vuelven “virales”, término que con justeza remite a una epidemia. Así, las bellas fotografías, cuidadosamente elegidas y photoshopeadas, de los hombres y mujeres, casi todos jóvenes, van acompañadas de un texto no breve, lírico y por supuesto nostálgico, en el que se plasman las mil virtudes que adornaron al susodicho en vida.

Ariane Theiller, hermosa joven de 21 años, mira a la cámara con una sonrisa tierna y ojos pícaros. “Era una muchacha que amó la vida con una intensidad inigualable. Todo en ella era alegría y desenvoltura. Desordenada como pocos había convertido el desván en su propio reino, en el que se amontonaban libros, discos y muñecos de peluche. Y esa lap sobre la cual vertió aquella vez la taza de café. Ese desván del que tan a menudo descendía su cristalina y contagiosa risa. Cuando esa tarde pidió permiso de ir a bailar al Bataclan, su padre no dudó en otorgárselo. Ariane era un torbellino de vitalidad, pero sensata y sagaz...”. imposible no conmoverse.

El problema y las reservas, ay, surgen cuando le cae a uno el veinte de que otras víctimas, igualmente vitales y desgarradoramente deplorables, en otros rincones del mundo, no han gozado ni gozarán de tal homenaje luctuoso y emocionante, pero que uno no puede dejar de considerar publicitario, propagandístico y demagógico. La muerte de Ariane está sirviendo de coartada para los brutales ataques que ha desatado Francia sobre Siria. Los Mirage 2000 que despegan cada día, cada hora, del portaaviones Charles de Gaulle matan a cientos de jóvenes sirios en su nombre. No tienen madre ni vergüenza. Ariane no merece tal ignominia, tal agravio bochornoso a su memoria. Un día antes de París, otras explosiones ocasionaron 40 muertes en Beirut. Poco después en Bamako también cayeron docenas de huéspedes en el hotel Radisson. Al día siguiente un autobús repleto estalló en Túnez matando a todos sus ocupantes. Y ayer en Dabanga murieron treinta personas cuando un suicida se hizo explotar en un mercado.

Sus fotos no aparecerán en Facebook. Sus nombres permanecerán en el anonimato, excepto para quienes los llorarán en solitario. El resto, aquellos que se enternecen ante la mirada sugestiva de Ariane, ni siquiera saben dónde queda Bamako ni menos Dabanga. Ni les interesa saberlo. Quién les manda no ser franceses.

Ayer en el gran patio de las Tullerías tuvo lugar la fastuosa celebración del funeral de las víctimas parisinas. Todo hermoso, elegante y solemne. Música célebre y triste. Cientos de uniformes y miles de medallas. Caras compungidas, la voz quebrada de monsieur Hollande. Y La Marsellesa, por supuesto La Marsellesa. Ese himno que tanto me gustaba y me hacía vibrar. El canto revolucionario de aquella gesta. El de la heroica Resistencia contra los nazis. Hoy ya lograron que la aborrezca, la abomine. Prostituida, puesta al servicio de los intereses más mezquinos, melifluos e hipócritas.

Todo ello para goce y beneficio de los poderosos del orbe, y para los medios amarillistas del mundo, que hacen su agosto en otoño. La muerte vende. Y del cocodrilo no sólo se aprovecha la piel. También sus lágrimas.

Pocos acontecimientos requieren de esta letanía abrumadora con ribetes auténticamente sombríos. Merecen especial observación noticiosa esos siniestros y cataclismos oportunos justificando ordalías sórdidas. Mientras informan vierten insidias, profieren anatemas condenatorios inhibiendo el necesario criterio independiente ajustado.

Es preciso saber mirar, sí. Y ponerse en el lugar del otro. Pero no sólo de ese otro que otros escogen y aderezan para nosotros. Hay otros, menos promovidos y ensalzados. Y que reclaman, desde la sombra, la atención que también merecen. Es más difícil, pero es imprescindible. Nuestra condición de hombres y mujeres de bien, integrales, reside en esos otros.


Marcelino Perelló


sábado, 7 de octubre de 2023

Aquella colmena


  02 de Diciembre de 2015  


Una buena noche, hace más de 40 años, estaba yo tirado sobre la cama en la residencia estudiantil Grozavesti, de la Universidad de Bucarest, en la que estudiaba, o hacía como que estudiaba, matemáticas. Era invierno y afuera hacía un frío glacial. En la habitación no, la calefacción funcionaba a todo trapo y el ambiente era harto confortable. De esos en que da gusto mirar el paisaje blanco e inhóspito del otro lado de las ventanas con doble vidrio.

Debía estar yo leyendo algún libro o examinando con atención el techo, ocupación a la que me he dedicado con fruición y esmero a lo largo de mi vida. Me lo sabía de memoria. El techo, no el libro. En ese momento tocaron a la puerta: Vâ cautâ un donm. Pare un târan, “lo busca un señor, parece campesino”. Bajé y lo conocí.

En efecto, era un hombre de campo, pero no uno cualquiera. No lo había visto antes. Me saludó en un español extraño y lo hice subir, después de registrarse obligatoriamente. Al llegar a mi cuarto se quitó los guantes, la bufanda, la shavca de lana con orejeras y los zapatos. Es costumbre arraigada en el mundo rural rumano que no se anda por la casa con zapatos. Menos en casa ajena, sería una grosería. No fue difícil darme cuenta que traía puestos como seis pares de calcetines gruesos sobrepuestos, lo que daba la impresión de que tuviera los pies hinchados.

Lo invité a sentarse y a tomar una taza de chai humeante. Antes, con una cortesía tímida y exagerada, me pidió si se podía quitar el saco, debajo del cual llevaba también tres o cuatro suéteres, que le invité a quitarse, pero no quiso. Se sentó en el borde de la cama mientras amasaba nervioso su shavca. Me lo quedé mirando, esperando con curiosidad me explicara el motivo de tan insólita visita.

Siempre en ese español raro, lentísimo y tropezado, me explicó por fin. Era apicultor en un pequeño pueblo cerca de Giurgiu, en la mera ribera del Danubio. Hacía 11 años que había decidido aprender español en los escasos libros que conseguía en la única librería de viejo de la ciudad, y dos ajadas guías de conversación turísticas que eran su tesoro y que estudiaba con pasión. Y sobre todo un libro de chistes que sabía de memoria. Así aprendió. Pero no había escuchado nunca hablar castellano ni había él hablado con nadie.

Un buen día supo de una Feria Internacional en Bucarest, y ni corto ni perezoso decidió acudir y buscar algún hispanoparlante. Era la segunda vez en su vida que subía a la capital. En el stand de Chile pudo por fin escuchar la amada lengua, y preguntó si sabían de algún español o latinoamericano que viviera en Rumania y que supiera bien el idioma. Y algún compa chileno que andaba por ahí me recomendó con él y le dio mis señas. Fue así que esa noche, perdido por el laberinto de la ciudad, de camión en tranvía, y de tranvía en camión, logró llegar a Grozavesti. Y a mí. Ahí lo tenía.

“Bue-nas no-xes, se-nior Mar-ze-li-na, me i-a-mo Grigore y soy de Giurgiu”. Así inició, para mi asombro, su relato increíble y apasionante. Y así se inició también una insólita y estrecha amistad que duró varios años, hasta que me fui de Rumania. No he vuelto a saber de él. Ni de sus abejas.

“El lo-bo se en-fer-mó muy gra-ve-men-te, pu-es se ha-bía co-mi-do u-na ca-pe-ru-zita ver-de”. Y así, uno tras otro, me contó esa noche docenas de sus chistes. Yo cada vez me reía más. Él se emocionaba y yo también.

Los meses que siguieron esperaba yo ansioso el día de su consabida visita, hasta que llegó el momento en que me invitó él a su casa. Obviamente acepté entusiasmado, y con tres amigos tomamos el vocho y emprendimos el viaje. Nos esperaba todo el pueblo, en el que Grigore era un personaje del todo especial, un poco loco, pero referencia indiscutible. El coro de niños que él había formado y dirigía nos ofreció un concierto en la pequeña iglesia. Para nuestro asombro y júbilo, en su repertorio hubo también el Zi-e-li-ta lin-da.

El momento duro vino después, a la hora de la comida. No por los manjares, que eran deliciosos, sino porque, en la canícula del verano, comimos en el porche rodeados de panales atestados de himenópteros ruidosos y agitados, a los que no estaba yo seguro si a los extraños les habíamos caído bien. “No se tur-be se-nior Mar-ze-li-na, no le van a ja-zer na-da. Si lo vi-si-ta una, no se mue-va, io  me la ie-vo”. Afortunadamente no fue necesario, pero nunca he vuelto a comer en tal tensión.

Grigore se convirtió en mi Virgilio en el misterioso y embriagador mundo de las abejas. Gracias a él me hice gran amigo de ellas. Me lo explicaba todo. En general en español, pero cuando mi ignorancia lo desesperaba pasaba al rumano. Tomaba a la reina entre sus dedos y me la presentaba, para mi terror (al principio), me explicó cómo funcionaban, cada una y en sociedad. Descubrí que pueden oler, no sólo los perfumes de las flores sino también, cuando era necesario, el hedor del predador. Para mi tranquilidad mi aroma, por lo visto, se volvió familiar y amigable.

Puestas en riesgo refuerzan el olfato. Varios individuos circundan al ladrón obligándolo bruscamente a interrumpir la agresión. Con organización no siempre uniforme ponen en resguardo recursos indispensables taponando orificios, cuidan los aposentos reales ocultos.

No he vuelto a convivir con ellas. Pero a menudo las añoro, pienso en Grigore, en su español mágico e irresistible, y en esa Rumania socialista desaparecida, y no puedo dejar de pensar en su vocación de colmena.

Marcelino Perelló

lunes, 25 de septiembre de 2023

La embestida


  08 de Diciembre de 2015  


Ese escurridizo denominador común del que hablo al principio y que los asemeja, es por supuesto el triunfo insoslayable de la derecha, cualquier cosa que eso quiera decir. Pero para acabar de rematar la llamativa coincidencia, dejemos dicho que en los tres casos se trata de una derecha extrema, montaraz, carca.

El primero de ellos, en orden cronológico, es la derrota del peronismo, y en particular de su variedad kirchnerista, en los comicios presidenciales de hace nueve días, después de detentar el poder 14 años consecutivos, desde 2001, cuando defenestraron al radical De la Rúa y lo hicieron salir por piernas, más precisamente por aspas. Las del helicóptero con el que se pintó de la Casa Rosada.

El domingo 29 no se produjo la esperada revancha de sus eternos adversarios, los radicales, sino que fue una fantasmagórica e incestuosa alianza reaccionaria, “Cambiemos” (por lo visto el imperativo en tercera persona del plural se ha puesto de moda). Los mochos ganaron por un estrechísimo margen de 2% en la segunda vuelta.

Ya he denunciado aquí más de una vez, y más de diez, la grosera estupidez que representa otorgarle la potestad a las mayorías. La cuantificación de la razón es un dislate. Y la segunda vuelta lo es más aún. Ya también lo he argumentado en este espacio, pero hace tanto tiempo, y en vistas a que en México ciertas voces -de los ignorantes e irresponsables de siempre- la reclaman para nuestro país, voy a volver a explicar la célebre “Paradoja del Marqués de Condorcet” por la cual se demuestra que tal práctica es una soberana pendejada y que, entre otras gracias, permite el triunfo de la minoría. Es más, para no ir más lejos, la semana próxima la vuelvo a exponer. De nada.

La cosa no es broma. En primer lugar porque Argentina no es broma, ni el tal Cambiemos tampoco. Entre sus postulados está, por ejemplo, el de prohibir el condón, pues “es antinatural”. Pa’ que se dé usted un quemón.

El siguiente Día del Señor, anteayer, el poltergeist de las cavernas volvió a hacer de las suyas. Primero en Francia, donde en las elecciones regionales, de importancia muy significativa, ganó por primera vez el perifilonazi Frente Nacional de la familia Le Pen. Tampoco es broma.

El contrahecho y grotesco Partido Socialista queda en un lastimoso tercer lugar. Por supuesto, en este resultado jugaron un papel trascendental los recientes atentados en París y la deplorable, en todos los sentidos, respuesta del pobre monsieur Hollande. De todos modos queda señalada una tendencia difícilmente reversible.

Y pocas horas después, el campanazo final: el chavismo es derrotado de manera dramática en las elecciones legislativas. El drama no reside tanto en el hecho de haber perdido, cosa que las encuestas ya habían predicho, sino en la magnitud descomunal de esa derrota. En el momento de escribir estas líneas sabemos que el Partido Socialista Bolivariano obtendrá alrededor de 50 escaños, prácticamente la mitad de los 100 que poseía en la actual legislatura. La MUD de los cangrejos, en cambio, logrará más de 110.

Es la catástrofe. Se trata igualmente del inicio de un camino que no tiene retorno. Es el final del sueño bolivariano -alucinante y alucinado como todos los sueños- y de esa revolución que se quiso socialista sin serlo. La pregunta no es tanto si el chavismo sin Chávez era concebible y sostenible. La cuestión es de si se puede destruir el mecanismo de la opresión social y nacional sin arremangarse y sin tomar las medidas extremas que todo alzamiento reclama si pretende ir más allá de una llamarada de petate. Esas medidas extremas e imprescindibles Maduro no quiso o no pudo tomarlas.

Y se lo comieron vivo. Al estrangulamiento exterior se sumaron los saboteadores, acaparadores y especuladores vernáculos, que siguieron haciendo de las suyas y llevando la situación económica al límite. Un chavista que pasa hambre deja de ser chavista. Indefectible. A todo ello hay que añadir el brutal desplome de los precios del petróleo que, es innecesario argumentarlo, rompe la columna vertebral de un país totalmente petrolizado.

Una frustración más en la larga cadena de intentos revolucionarios latinoamericanos que consiguen llegar al poder y de ahí son desbarrancados por las hediondas maniobras y añagazas del imperio. La gente lo tiene claro. Lo que no tiene claro es cómo impedirlas. La injerencia es tan visible como invulnerable.

Pueblos en dificultades oponen tambaleante resistencia a semejantes planes espurios de ordenamiento. Mientras imponen valores impropios, destruyen el justo equilibrio lideral o deterioran una real organización. Los opositores tienen un papel indispensable de ocultamiento.

Se trata de una auténtica embestida. Los tres naufragios hablan de la instalación tal vez definitiva de la que ya he llamado la nueva Edad Media-tica. Los instrumentos de los Game masters parecen imbatibles. Frente a ellos sólo nos queda un arma: la palabra. Defendámosla a capa y espada. Más nos vale.


Marcelino Perelló

sábado, 23 de septiembre de 2023

Aquel domingo siete


  09 de Diciembre de 2015  


Se veía venir, pero no tan repentinamente y, sobre todo, no de aquella manera brutal. La atención de los despachos gubernamentales estaba centrada en Europa, en lo que acontecía en el Viejo Continente, sacudido por la más terrible conflagración jamás imaginada. Sus habitantes estaban acostumbrados a las guerras. Una tras otra. Aquí o allá. Cuando no era la de los Treinta Años, era la de los Cien. Pero como aquélla ninguna.

Ni siquiera “La Grande”, que acababa de acabar. No habían pasado ni 25 años. La actual convulsión no conocía precedentes. El campo de batalla se había extendido de manera estremecedora. Había rebasado con mucho los límites estrictos del continente, y ya abarcaba el Mar Mediterráneo, todo el norte de África, todo el océano Atlántico y amenazaba con adentrarse hacia el Asia profunda.

América estaba a salvo. De momento. Eran pocos los que desde estos meridianos concebían una amenaza seria. La madriza estaba allá y ningún país del Nuevo Continente se había declarado beligerante. Por su parte, el inabastable océano Pacífico hacía honor a su nombre y sus aguas eran surcadas únicamente por los mercantes y bancos de peces y cetáceos, muy quitados de la pena.

Sin embargo, allá lejos, en el Extremo Oriente, la tierra también se estremecía. La invasión de los japoneses a China representaba una operación militar mayor y sangrienta. Y, sobre todo, la evidencia era ineludible: el país del Sol Naciente, como quien no quiere la cosa, se había convertido en una auténtica y temible potencia bélica. Pero estaban lejos. Hasta que esa mañana dejaron de estarlo. La geografía engañó y el globo se contrajo.

Tokio formaba, junto con Berlín y Roma, el terrible e incontenible Eje, que se proponía la conquista del mundo. El Pacto de no agresión Molotov-Ribbentrop había cesado y los alemanes se habían lanzado sobre la URSS, mientras los nipones hacían lo mismo sobre Indochina y la propia Catay, la inexpugnable.

El impetuoso avance del Eje no dejaba dormir tranquilo a ningún gobernante del mundo. En particular en la alcoba presidencial al borde del Potomac se conciliaba el sueño con dificultad. Franklin Delano Roosevelt era un hombre enfermo. Los dolores de cabeza, propios y figurados, le amargaban la vida. Él sabía que Estados Unidos, el más poderoso país de la historia, no podía permanecer más tiempo al margen. Pero una parte importante de las “fuerzas vivas” se oponía de manera férrea a involucrarse en esa carnicería. Incluso el gran Charles Lindberg, el héroe indiscutido, abogaba por la neutralidad a toda costa.

En el Congreso las cosas no estaban mejor. Las opiniones estaban divididas en las tribunas de la Cámara de Representantes. Y en el Senado el panorama no era mucho más alentador. Los parlamentarios veían con aprensión los riesgos sociales, económicos, políticos y militares de verse envueltos en un conflicto tan lejano.

El presidente, sin embargo, sabía del peligro. Hacerse de la vista gorda traería, más temprano que tarde, consecuencias funestas. Pero necesitaba un argumento, un pretexto que rompiera las reservas y convenciera a tirios y troyanos de que no podían seguir haciéndose majes.

Para atacar de raíz ese inmovilismo necesitaba también esa nutrida tribuna opositora, Roosevelt obtenía sólo 60 adhesiones nunca aseguradas. Vencer implicaba conchabar a esos senadores más intransigentes mediante una negociación decididamente oculta, sencillamente invisible. Sin indicio ninguno, esa mañana brumosa amaneció recubierta de un gris ominoso, timbró una alarma cuando recién ordenaba su tradicional infusión con orégano, meditabundo escuchó con atención extrema, el sobresalto indicaba noticias frescas augurando malas expectativas.

Ese anhelado pretexto había llegado. Aún no se sabe a ciencia cierta si se lo otorgó la diosa Fortuna o si fue él personalmente, junto con sus oscuras fuerzas de control y operación, quien lo fabricó. En cualquier caso, la monumental provocación tuvo lugar.

A las siete y media de la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, hace 74 años y dos días, una gigantesca fuerza aeronaval japonesa atacó por sorpresa la mayor base militar estadunidense, enclavada en la isla Oahu del archipiélago de Hawái, en el mismísimo centro del océano Pacífico, a miles de kilómetros de cualquier parte. En el Salón Thomas Jefferson de la Casa Blanca eran las doce y media.

Las consecuencias del raid infernal fueron inconcebibles. Mucho mayores de lo que los gringos hubieran esperado en sus peores pesadillas, pero mucho menores de lo que los japoneses hubieran deseado. El acicate funcionó a las mil maravillas y permitieron a Estados Unidos lanzarse sobre Europa mientras mantenían en condiciones de beligerancia aceptable el frente asiático. Faltaban todavía dos años y medio para el decisivo desembarco en Normandía y tres y medio para Hiroshima.

El curso de la historia universal conoció en la Bahía de la Perla un giro dramático. Sí creo en el materialismo histórico postulado por Karl Marx, con todo el determinismo que acarrea. Pero también sé a ciencia cierta que el devenir del acontecer humano funciona a borbotones y sobresaltos.

Todo hubiera sido distinto si aquello no hubiera sucedido en aquella isla, aquella madrugada. En aquel domingo siete.


Marcelino Perelló

lunes, 18 de septiembre de 2023

Pinche Marqués


  15 de Diciembre de 2015  


En ella se expone y se demuestra, de manera cruda e indiscutible, que esa historia de “las mayorías”, y por lo tanto de la mentada “voluntad popular”, es solamente una falacia. Para decirlo de manera más sutil y elegante: una pura y simple tomadura de pelo. La demostración es matemática y por lo tanto rigurosa, al margen de cualquier categoría social, económica o política

Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, Marqués de Condorcet, vivió y murió en Francia, en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue uno de los más destacados pensadores de la llamada “Ilustración”. Amigo cercano de personajes que injustamente le hicieron y le siguen haciendo sombra, como Diderot, D’Alembert o Voltaire.

Sus preocupaciones sociales lo llevaron a las filas de la fisiocracia, siguiendo a Quesnay y a Turgot, también gran amigo suyo. Según esa doctrina toda la riqueza surge de la tierra y de su cultivo. El resto, la industria o el comercio, no son sino manifestaciones secundarias y prescindibles. Fue esa doble vertiente, matemática y política, la que lo llevó a construir y plantear su célebre y lapidaria paradoja. No por célebre menos arrinconada y oculta por los políticos profesionales, a los cuales les resulta más que incómoda.

Se la ilustro mediante el ejemplo simple que el propio Condorcet expone en su “Teoría matemática de las elecciones”. Sean 60 los electores. Y sean Alberto, Benito y Carlos los candidatos.

El razonamiento parte de que cada elector prefiere a alguno de los candidatos. Más aún, posee un orden de preferencia entre los tres. Es decir, un votante puede inclinarse en primer lugar por Carlos, digamos, seguido de Alberto y finalmente de Benito, al que aborrece. Así, cada elector tiene su propia lista de simpatías. La del votante de hace rato es CAB. Existen otras cinco posibles: ABC, ACB, BAC, BCA y CBA. Esas son todas las posibles.

Supongamos ahora que aquellos cuya inclinación está en el orden ABC son 23. En el orden ACB, cero. En BAC, 2. En BCA, 17. En CAB, como nuestro hombre, 8. Y finalmente, en CBA, 10.

Eso significa que, si cada elector se atiene a su orden de afinidad, en una primera vuelta ganaría Alberto con 23 votos. En segundo lugar quedaría Benito con 19 y al final Carlos con 18. Perfecto. Democracia impecable. Gana el que obtuvo más sufragios, aunque está muy lejos de la mayoría de los participantes, que es de 31 votos o más. 37 electores votaron en contra de él.

Hay a quienes este pequeño inconveniente los pone nerviosos y, en consecuencia, proponen una segunda vuelta en la que, en general participarán los dos candidatos más votados, pero esto, como veremos a continuación, no es ni obligatorio, ni justo, ni indicativo.

En efecto, si se presentan A contra B, e, insisto, se respetan los órdenes de preferencia, ganaría A, que sumaría los votos de los ABC con los de los ACB y CAB: 23+0+8=31, contra los 29 de B. Esto ya está mejor. Es decir, estaría mejor si no fuera una trampa. Trampa en la que incurren siempre, con desvergüenza, todos los sistemas que recurren a la segunda vuelta dizque “para limpiar la elección” y obtener una mayoría absoluta.

Y la estafa no puede ser más flagrante. Pues si en esa segunda vuelta se hubieran presentado Carlos contra Alberto, el primero habría obtenido CAB+CBA+BCA, es decir, 35 votos. Cuatro más. Pero espérese. Si los que compiten en la segunda vuelta son Benito y Carlos, Benito gana con ¡42 votos! Nada menos. Esa es la mayor de las mayorías.

Lo dejo, carísimo lector, que revise y complete los cálculos, para que se empape de esta verdad y se divierta con ella. ¿Cómo le quedó el ojo? O más bien cómo les quedaron a nuestros políticos demócratas a ultranza. Le aseguro que al menos el tercero se les frunciría si hicieran el mismo ejercicio. Pero no lo van a hacer. Para fortuna suya.

Obviamente Condorcet no tuvo en cuenta las alianzas contranatura habituales en esta cloaca que es la política institucional y que meten en aprietos a los ciudadanos, incapaces de mantenerse fieles a su orden de preferencias. Este factor subjetivo e inestable es también la pesadilla de los analistas, estadísticos y politólogos encargados de las prospecciones comiciales.

Prever resultados en determinados eventos supone también incluir normas adicionales de orden síquico. Múltiples inferencias manifiestan incontables variaciones imprevistas, los análisis menos acuciosos generan inflexiones anómalas, jugando un rol en las opciones, necesitando obligatoriamente solventar esa notoria varianza utilizada en los vaticinios electorales.

Condorcet murió joven en 1794, condenado a muerte por el régimen del Terror. Hombre íntegro, de una sola pieza, prefirió suicidarse en su calabozo antes que ser humillado y enfrentado al escarnio público.

Me digo, no sin amargura, que si se hubiera matado antes de descubrir su terrible paradoja, nos hubiera ahorrado la triste decepción de constatar hasta qué punto la democracia, también desde las puras matemáticas, es una farsa. Pinche Marqués.

domingo, 17 de septiembre de 2023

Maquiavelo y las abejas


  16 de Diciembre de 2015  


Hace quince días, en el último de esta semiserie, que era el primero, terminé dando testimonio de mi nostalgia por mi convivencia con las abejas y por aquella sociedad rumana, desaparecida tal vez para siempre más, y que se quiso colmena.

Viví ocho años, intensos, jubilosos y arraigados en la tierra de Drácula y Nadia, que se convirtió naturalmente en una más de mis patrias. Ahí nació mi hija Aina. Ahí la concebí, la engendré, la tuve y la crié. Un antiguo adagio alemán postula que la propia tierra es más la de mis hijos que la de mis padres. La Heimat es más Kinderland que Vaterland. Eso dicen ellos.

En la Rumanía socialista, bajo el régimen severo del presidente Ceausescu, me sumergí del todo en ese proyecto enloquecido y fascinante que fue la construcción de una sociedad colaborativa. Tal propósito era necesariamente revolucionario, en lo que la “revolución” tiene de contraste con  la “evolución”.

Esta última va de a poquito, de manera irreversible pero casi insensible, como el crecimiento de un cachorro o mi propio envejecimiento. La revolución en cambio es brusca, súbita, y lo transtorna todo de manera violenta, aunque no sea violenta.

Y eso no puede no concitar problemas, conflictos y tensiones. Que los hombres acepten de buenas a primeras convertirse en abejas no es cosa fácil, por más que, desde un punto de vista racional y humanista, sea indiscutiblemente positivo y encomiable. Pasar del individualismo feroz del capitalismo al colaboracionismo altruista, súbitamente, no deja de ser traumático.

El problema reside en que tal tránsito no puede ser progresivo. A los dueños de vidas y haciendas hay que darles en la madre de golpe. Pausadamente no se puede. No se dejan. Ahí están Chile, Nicaragua o Venezuela para desvanecer toda duda. Al socialismo no se llega de manera evolutiva, como algunos utópicos plantearon. La cuestión es marxista, no darwiniana.

La gran confusión reside en cuál es el propósito de la transformación socialista. Aquí salgo al paso de una serie interminable de mistificaciones. El revolucionario marxista lucha por la libertad, no por la riqueza. Por que los hombres dejen de estar sometidos, no para que dejen de ser pobres.

Que se ocupen del “combate a la pobreza” las ONG’s, los misioneros, los filántropos, los populistas y los izquierdistas. Queremos hombres y mujeres libres, ya se encargarán ellos, despojados de sus cadenas, de procurarse el bienestar.

Hoy, empiezo a abordar la recuperación de ese ideal olvidado, prostituido, banalizado y desgastado, de manera poco usual. No voy a recurrir a los grandes clásicos y teóricos de la revolución y de la sociedad socialista. Por insólito que pueda parecer, intentaré entrarle al enigma a partir de la biología y la etología. A ver hasta dónde llegamos por ese camino usted y yo, lector cómplice. A ver cuánta agua clara podremos destilar.

La observación y el estudio de las sociedades animales a lo mejor clarifican el dilema. Aunque a lo mejor lo acaban de complicar. El agudo y desconcertante escritor y pensador belga Maurice Maeterlinck, además de sus novelas y piezas de teatro escribió tres pequeñas obras maestras e imprescindibles: La vida de las abejas, La vida de las termitas y La vida de las hormigas.

Se trata, como usted ya percibió, de las tres especies animales más organizadas. En apariencia. En todo caso, de las organizadas, las más fácilmente observables. Digo yo.

El nivel de estructuración de tales comunidades es del todo asombroso. Y no deja de ser paradójico que sea mucho mayor que el de especies mucho mayores y en principio con posibilidades mayores de comportamientos asociativos.

Hay quien sostiene, por ejemplo, que una abeja no es propiamente un individuo, sino que constituye una “célula” de ese organismo mucho más grande y complejo que es el enjambre. Según esta óptica sería éste, el enjambre, quien encarnaría a ese ser vivo inaudito cuyas partes no están unidas por ningún tipo de tejido sino por el propósito de mantenerse, crecer y sobrevivir como un todo.

Es innegable que determinadas concepciones del socialismo se han inclinado por acercar el comportamiento, la dinámica del conglomerado humano al de las abejas. Todo el mundo al servicio del conjunto. Con todas las consecuencias, atractivas o repulsivas, que ello conlleve.

La experiencia formidable de la China maoísta constituye, quizás, el ejemplo más punzante. Cuando veía a todos esos cientos de millones de personas vestidas igualito, y para más inri desde nuestra torpe perspectiva occidental, de rostros idénticos, enfrascados, por gusto o por fuerza, en un proyecto común, no podía no compararlos con una enorme colmena.

Seguiremos hablando de ello. En todo caso tengamos presente que la problemática es muy anterior al pensamiento propiamente socialista. El vertiginoso Nicolás Maquiavelo, en sus maquiavélicas disquisiciones ya se acerca, en pleno Renacimiento, a tal disyuntiva: orden o libertad.

Poner orden requiere unas normas tajantes utilizando baremos obligatorios. Maquiavelo introduce varias indicaciones, en la vida individual existen reglas no estrictamente suscritas. Habiéndolas incluso juzgado obsoletas las elimina.

La pregunta central es la de si una comunidad de individuos libres y gozosos puede, al mismo tiempo, ser eficiente y participativa (lo que otros, erróneamente, llamarían democrática). No es una pregunta fácil. Lo que quiere decir que la que no es fácil es la respuesta. De hecho, más que difícil es endiablada.

Marcelino Perelló

sábado, 16 de septiembre de 2023

El fantasma del Marqués


  22 de Diciembre de 2015  


En efecto, en la primera vuelta, celebrada el 6 de diciembre, el ultraderechista, manera elegante de decir “nazoide” (acuño el término en este preciso momento), Frente Nacional de mademoiselle Le Pen arrasó y se proclamó vencedor indiscutible. En la segunda vuelta, sin embargo, se desplomó y no ganó ni una de las trece regiones que ahora integran el estado Francés. Así es este juego. Sucio.

Anteayer, en el vecino Estado español, también se realizaron comicios, esta vez parlamentarios. Las elecciones allá son indirectas y es el Parlamento, las cortes, las que eligen al primer ministro, que allá llaman “Presidente del gobierno”. Al rey no lo elige nadie, excepto Franco y Dios, en ese orden.

Y también allí, aunque de otra manera pues no hay segunda vuelta, el travieso Marqués amenaza con hacer de las suyas. Para que entienda usted, astuto lector, el busilis ibérico déjeme hacer algunas precisiones indispensables que probablemente usted ya conoce, pero que si no explico no me quedaría yo tranquilo.

En México llamamos “nación” al conjunto del país y “Estado” a cada una de las entidades que lo conforman. Allá, con más precisión, es al revés. El país es el Estado y está integrado por cuatro naciones diferentes. En sentido estricto una nación es un pueblo con rasgos propios y bien establecidos que lo definen: historia, lengua, territorio, costumbres, etcétera.

Las cuatro naciones que conforman el Estado Español son, por orden de tamaño: España, Cataluña, Galicia y País Vasco. La dominante y que sojuzga a las otras tres, no es necesario decirlo, es España, que representa como el 70% del territorio, 60% de la población y 40% del PIB. La historia de cómo se llegó a esta situación es larga y compleja, Y no voy a entrar en eso ahora.

Lo indispensable para aproximarse a lo que ocurrió este domingo y explicar el comportamiento electoral es que, una vez que la gravísima crisis económica que aqueja al país parece dar signos, aunque tibios, de remitir, el intríngulis se centró en el vigoroso movimiento separatista catalán (ellos prefieren llamarlo independentista). La inminencia de la liberación de Cataluña los trae nerviosos a todos, catalanes incluidos.

Una vez entendido esto, la dinámica resulta sencilla. En España se votó contra Cataluña y en Cataluña contra España.

Los partidos estatales claramente españolistas (allá los llaman “unionistas”) son tres: el neofranquista Partido Popular, PP, en el poder; el descafeinado Partido Socialista, PSOE; y el recién formado Ciudadanos, C’s, de vocación feroz y meramente anticatalana. Los tres, claramente favoritos en las encuestas, en Cataluña se desplomaron y obtuvieron los peores resultados de su historia. De los 47 diputados en juego, el PP obtuvo cinco, el PSOE ocho y C’s cinco. Es decir, 18 en total. Mucho menos de la mitad de los sufragios, 38 por ciento.

El resto, 62%, fueron para los catalanistas. ERC y DL son radicalmente separatistas, que consiguieron 17 curules entre los dos.

El fenómeno nuevo fue En Comú Podem (En Común Podemos), ECP, aliado de la formación estatal Podemos, y que de hecho obtuvo el mayor número de escaños, 12. ECP se declara “soberanista, no necesariamente independentista, y aboga por la realización de un referéndum resolutivo y definitivo sobre la independencia. Referéndum hasta ahora prohibido por la Constitución y el gobierno españoles.

El notable ascenso de ECP, en comparación con las elecciones catalanas de hace apenas tres meses, se debe sin duda a la ilusión —ilusoria— de que a nivel estatal su matriz Podemos impida el triunfo del PP y la reelección de Rajoy. De hecho, prácticamente la mitad de los votos de Podemos provienen de sus filiales fuera de España, en el resto de los países catalanes (Valencia y Baleares, en el País Vasco y en Galicia, arrastrados por la misma intención de contener a los facho).

Sin embargo, tal propósito se frustró, pues España, a pesar del desastre que representa el actual gobierno, votó por sostenerlo, pues representa la única “garantía” más o menos fiable de mantener encadenada a Cataluña. El PP a pesar de haber perdido 60 escaños conserva casi 125, más de 30 por encima de la segunda fuerza, el PSOE, que se benefició también en España de su papel de carcelero segundo.

La esperpéntica paradoja está ahí: en las cortes, de 350 curules, el PP necesita el apoyo del PSOE para poder gobernar. Jejeje. No sería la primera vez que izquierda y derecha se unen en un fraternal abrazo para mantener el statu quo y sobre todo la sacrosanta “unidad de España”. Grande es al jardín del señor.

Partidos antagónicos se alían, teniendo opciones distintas o posiciones ambiguas sin aliento. Mezclando ideologías validan inconsistencias, quedando un espectro necesariamente obscuro tras ocultar diferencias ostensibles para aparentar ser equivalentes.

En cualquier caso, la voluntad y los anhelos de hombres y pueblos quedarán una vez más sepultados bajo el miasma de trácalas y componendas. El fantasma del Marqués recorre Europa.


Marcelino Perelló

lunes, 28 de agosto de 2023

Sólo una bala


  23 de Diciembre de 2015  


La última contienda romántica de la historia, librada a sangre y fuego en nombre de ideales antagónicos, irrenunciables e irreconciliables, fue la mal llamada guerra mal llamada civil mal llamada española, que se libró de 1936 a 1939 en las torturadas tierras que otrora pateara el bravo y fiel Babieca, y que convulsionó y trastornó el destino del planeta entero.

Tales precisiones resultan indispensables para entender el significado concreto y más real posible, del acontecimiento que le quiero relatar hoy. En esta semiserie iniciada hace apenas quince días, me propongo abordar varios de aquellos hechos que, siendo o no provocaciones expresamente montadas, modificaron de manera dramática el curso de los acontecimientos.

En esa primera entrega le hablé del ataque japonés a la base naval estadunidense de Pearl Harbor, ataque que fungió como detonador de la entrada en la guerra —que en ese momento se volvió mundial de a de veras— de Estados Unidos.

Hoy le voy a hablar de otro de esos acontecimientos, de dimensiones muchísimo menores, pero de influencia y consecuencias equivalentes o tal vez incluso mayores que aquél. Y es que la trascendencia del acontecer se mide más por su repercusión y contexto que por la magnitud del suceso mismo. En aquella ocasión, en Hawái, entraron en juego miles y miles de toneladas de pólvora. En el que le voy a relatar hoy se trató de sólo una bala. De una bala sola.

Se trata de la muerte, inesperada y terrible, aún envuelta en la bruma, del formidable y legendario dirigente anarquista español Buenaventura Durruti, ocurrida en Madrid el 20 de noviembre (¡la misma fecha en la que, 39 años después, moriría Franco!) de 1936, apenas unos meses después de iniciados los combates. Dicha muerte cuarteó la frágil alianza que existía en el campo republicano, y en particular en Cataluña, entre anarquistas y comunistas,  que en mayo acabaría rompiéndose del todo. Si dicha fractura no se hubiera producido, las fuerzas revolucionarias y republicanas hubieran mantenido una fuerza política y militar muy superior. Y es harto posible que el desenlace del conflicto hubiera sido otro. Y con ello, sin duda, la configuración de la Segunda Guerra Mundial también se hubiera modificado radicalmente o, incluso, tal vez ni hubiera tenido lugar.

Las cosas sucedieron así. El alzamiento militar fascista contra la República fue inmediata y totalmente derrotado en Cataluña. Los militares españoles apostados ahí fueron aplastados por el pueblo en armas (que había asaltado los cuarteles) y los Guardias de asalto, la policía militar catalana. Inmediatamente la revolución se pone en marcha. Se confiscan y cooperativizan las empresas y la vida pública queda en manos de la CNT y la FAI anarquistas, del PSUC y el POUM comunistas y de ERC y EC catalanistas.

A pesar de las distintas ópticas y objetivos de cada una de estas fuerzas, se logra un pacto de colaboración en nombre de la necesaria eficacia y unidad en el enfrentamiento con los franquistas. Surgen, sin embargo, discrepancias graves, incluso en el seno de cada una de estas formaciones. Tal vez la principal es la disyuntiva de si lo prioritario es conservar, consolidar y defender el triunfo popular en Cataluña o es necesario ir a combatir a los facciosos a España, donde el franquismo ha sentado sus reales, el apoyo popular, salvo en determinadas zonas, es escaso y las posibilidades de victoria son escasas.

Las discrepancias van acentuando y enrareciendo la situación en la retaguardia republicana. Poco a poco, la llamada “entente” entre las tres diferentes fuerzas se debilita. Los vínculos, que con tanta dificultad y urgencia se habían ido estableciendo, se aflojan. La tolerancia se endurece. Las formaciones que integran el gobierno catalán tomaron medidas cada vez más drásticas para limitar la acción de los libertarios, tanto locales como internacionales.

Para empezar requisaron núcleos anarquistas tensando así la entente, incoaron lamentables causas a numerosos extranjeros, impusieron límites generalizados a toda oposición, también estrechando esa indulgencia obtenida.

Estas divergencias estallarán finalmente a principios de mayo de 1937. Los anarquistas y poumistas se levantan contra el gobierno catalán, en el que junto a ERC participaba el PSUM y curiosamente también la CNT. Barcelona se convierte en un baño de sangre, las cárceles se llenan de revolucionarios y la suerte del conflicto parece ya echada.

Todo ello se iniciará ese funesto 20 de noviembre del 36 cuando Durruti, Pepe para los suyos, muere en Madrid. La versión “oficial” afirma que murió en combate en el frente de Ciudad Universitaria, pero no hay testimonios de haber sido visto ahí. Otros sostienen que fue asesinado por una corriente anarquista rival, y otros más que habría muerto accidentalmente cuando su fusil “naranjero” se le habría disparado al golpear contra el piso en el momento de bajar del coche. La versión más dañina, sin embargo, fue la de que el sargento Manzano, miembro del PSUM, y que viajaba con él, lo habría asesinado por órdenes de la NKVD de Moscú. Ahí se inició el desencuentro y el rompimiento. Fatal rompimiento.

Ese 20 de noviembre, a las afueras de la Ciudad Universitaria de Madrid, no sólo murió el gran Buenaventura Durruti. Quizá también murieron la República y la Revolución. La primera revolución socialista y triunfante en el mundo occidental. Una bala lo hizo. Una bala sola. Sólo una bala.

Marcelino Perelló

jueves, 24 de agosto de 2023

Desde la magia y la ternura


  29 de Diciembre de 2015  


Pasado mañana será Noche Vieja y nos esforzaremos en creer que algo termina y que algo se inicia. Contrariamente a lo que muchos suponen, estamos en Navidad, y lo seguiremos estando algunos días más. La sociedad industrial nos impone la brevedad, en nombre de ese bien supremo que es la eficiencia. En particular nos condena a las fiestas breves. Unas cuantas horas de jolgorio y ya. A hacer la meme para estar listos para la grisura y el esfuerzo que siguen.

No siempre ha sido así, y en algunos lugares privilegiados sigue sin serlo. Las fiestas, ciertas fiestas, duran días enteros, con sus altas y bajas, con sus relevos. La Navidad es una de ellas. No es una fecha sino una época.

En abono de esta idea piense sólo, sensible lector, en el formidable Oratorio de Navidad del no menos formidable Johann Sebastian. Y si además de pensarla la escucha, me lo agradecerá. Se compone de seis cantatas, para ser interpretadas los “seis días de Navidad”. El primero es el 25 de diciembre, el Nacimiento; el segundo, el 27, la Buena Nueva; el tercero, el 29, la Adoración de los Pastores. El cuarto, el Primero de Enero, la Circuncisión. El quinto, el Primer Domingo del Año; y el sexto, la Epifanía, que los católicos representan como la Adoración de Los Reyes.

Es decir, para Bach y sus compinches la Navidad duraba 13 días. En México es mucho más larga, pues empieza con la primera Posada, el 16 de diciembre, con el peregrinaje de María y José. Y  aun hay quien la prolonga hasta Vestir al Niño para la Candelaria.

Así debería ser, digamos. Pero de tal festejo y ceremonial sólo restan jirones percudidos, mancillados por la lógica de la sociedad del capital, la producción, el consumo y la ganancia. Tal como acierta Tlacahellel Cuauhyotl, uno de mis cercanos lejanos, hoy la Navidad es la venganza de los mercaderes que alguna vez el Mesías expulsó del templo.

La Navidad, entonces, las Navidades son, originaria y eminentemente, celebraciones árticas, boreales, en torno al solsticio de invierno. En el hemisferio septentrional son las noches más largas, frías y oscuras del año.

Y es que, en efecto, en el fondo de esa negrura que parece querer volverse eterna, es imposible que la aprensión no se apodere de los mortales. Sobre todo antes del advenimiento de focos y calefactores, pero, en alguna medida, también al día de hoy. Y si no, pregúntele al primer sueco o noruego que tenga a mano. No les hace ninguna gracia.

Ese es precisamente el sentido de los rituales navideños. El exorcismo. Cuando la vida parece cesar, los árboles pierden sus hojas y las plantas se secan. Cuando los animales que no hibernan se van, migran, y la Tierra palidece y se hiela, en un estremecedor rigor mortis.

Cuando la intemperie, apenas unas semanas atrás nuestra amiga tierna, generosa y acogedora, nos vuelve la espalda y se nos torna ahora agresiva, inhóspita y huraña, una angustia sorda se adueña de cuerpos y almas.

Es por ello que invitan al indómito abeto a hospedarse en casa, la pervivencia del verde, de la vida, a modo de talismán contra la muerte. Es exactamente el mismo sentido del pequeño perseguido que nace y resiste, desguarnecido y amenazado. Ambas son metáforas de la sobrevivencia. De la salvación.

En cualquier caso, la Natividad no es una fiesta religiosa. No en sentido estricto. Es pagana y precristiana. Antiquísima. Litúrgica y mística, sí, pero que atañe y conmueve por encima de los dictados canónicos. Es resistencia y amor. Es ternura. Y es la alegría lánguida del que se sabe vivo y que por lo tanto morirá. Como el pino, como ese niño. En esa medida es también la nostalgia de los primeros años, de esa infancia en la que nos sabíamos a salvo y en la que la muerte no existía. La irresistible magia del misterio.

Prestos a reproducir aquella atmósfera melancólica adoptamos rituales, primero recobrando ilusiones mediante el recuerdo olvidado de afectos remotos. Mitos inmemoriales vuelven inasibles, despertando esa secreta pulsión ungida en sueños que urden ensueños resguardada entre recelos.

Quiero terminar estas líneas con otras que no son mías. Mucho más sabias, vibrantes, exactas y conmovedoras. Pertenecen al inigualable Miquel Martí i Pol. Con ellas le deseo, carísimo lector, que el año que empieza y lo que resta de esta Navidad sean para usted y los suyos, pródigos, intensos y alegres. Aquel abrazo.

“Tal vez la Navidad es que todo el mundo se diga/ a sí mismo y en voz muy baja el nombre/ de cada cosa, masticando las palabras/ con mucho cuidado, con tal de percibir/ todo su sabor, su consistencia./ Tal vez es reposar los ojos en los objetos/ cotidianos, para descubrir con sorpresa/ que ni sabemos cómo son de tanto mirarlos./ Tal vez es un sentimiento, una ternura/ que se apodera de todo; tal vez una sonrisa/ inesperada en alguna esquina./ Y tal vez es todo esto y, además, la fuerza/ para retomar el camino de cada día/ cuando el misterio se haya desvanecido, y todo/ vuelve a ser triste, y lejano, y difícil”.


Marcelino Perelló

martes, 22 de agosto de 2023

Las maestras mieleras


  30 de Diciembre de 2015  


No fue sino hasta el siglo XVIII que el naturalista sueco Carolus Linnæus postuló, para sorpresa de unos y escándalo de otros, que el ser humano era un animal. Parece mentira. Ni siquiera a los iluminados de la Hélade se les había ocurrido tal enormidad. Lo que hoy luce como una evidencia banal fue ignorado por los más agudos pensadores y estudiosos durante milenios.

Basta tener un perro en casa, o un canario, para percibir que un cercanísimo parentesco nos une. Dos ojos y cuatro extremidades. No le hace que uno sea cuadrúpedo y el otro tenga plumas y alas. Somos igualitos. Los resultados recientes de la biología molecular demuestran lo que ya era obvio: el genoma del homo sapiens coincide en más de 98% de sus componentes con cualquiera del de otro animal. Sea éste una ballena o un alacrán, gusano de seda o lombriz de tierra.

Somos diferentes en el aspecto, eso sí. Difícilmente confundiremos a un búfalo con una boa constrictor. Aunque, reconozcamos, que entre los propios homínidos hay también grandes contrastes que nos pueden inducir en el error. Lo que nos singulariza del todo, sin embargo, es la lengua. Somos la única especie que habla. Otros animales usan códigos de interacción más o menos complejos, como los rituales de lucha o apareamiento. Pero un lenguaje estructurado propiamente dicho sólo lo poseemos nosotros.

Cuando hablo de “lenguaje estructurado” me refiero a la posibilidad de articular mensajes inéditos, originales, nunca antes expresados. Un pavo real puede extender su deslumbrante cauda, pero siempre querrá decir lo mismo. Nosotros, en cambio, gestamos a cada rato expresiones únicas, combinando de manera única nuestra panoplia de signos, de símbolos, de palabras. Para ello utilizamos una serie de reglas, la gramática.

El hablante es un creador permanente (los hay que no lo son, que no hacen más que repetir; pero son pocos y poco interesantes). Lo que acabo de escribir puede ser relevante o no, lo seguro es que nadie lo había dicho antes. No así. Y es esta extrañísima propiedad de generar y vincularse con el otro, lo que nos hace definitiva e irremisiblemente distintos. Es ello lo que le hizo afirmar al irritante Jacques Lacan que lo humanos nos parecemos más a las máquinas, a las computadoras, que a los animales; en la medida, dice, que sólo ellas y nosotros tenemos, utilizamos y funcionamos en base a un lenguaje (estructurado).

Existe, no obstante, otra coordenada que nos distingue de nuestros hermanos de reino, y que los distingue también entre ellos: se trata de las distintas formas en que se organiza el funcionamiento gregario. Es decir, las maneras de constituirse en sociedad, llevando este término a su sentido más general.

Así, aquí entiendo por sociedad los rebaños, las manadas, los hatos, las parvadas, los cardúmenes, los enjambres o las marabuntas, entre otras muchas formaciones colectivas que no conozco o que se me escapan.

Dichos conjuntos constituyen también estructuras, en la medida en que su armazón y comportamiento están regidos por reglas. Están dotados de una “gramática”. Es esa colección de normas la que permite su división en entidades más pequeñas, articuladas entre sí. La más conocida de ellas, la más familiar, es precisamente la familia.

De entre todas las sociedades animales posibles, mi atención está centrada desde hace unas semanas, como usted lo sabe bien, disciplinado lector, en la de las abejas. Y lo está tanto por lo que ellas son y representan, como por el hecho de constituir un modelo de organización en el que podemos reflejarnos y contrastarnos los humanos.

Las abejas son fascinantes, en el sentido estricto del término. Hipnóticas. Son muchas las cuestiones y enigmas que levantan. ¿Cuáles son las propiedades que las distinguen y que les permiten asociarse de una manera organizativa y colaborativa tan eficiente y espectacular? ¿Hasta qué punto son sus órganos los que posibilitan e imponen su conducta, o bien al revés, es esa conducta la que ha llevado al surgimiento y desarrollo de tales órganos? Pero hay tres que se alzan, desde nuestra óptica, como las preguntas clave: ¿debemos, de alguna manera, contrastarnos, compararnos y reflejarnos en ellas? ¿Hay aspectos suyos que quizás deberíamos intentar imitar y adoptar? ¿Podemos aprender de ellas?

Tanto desde el punto de vista individual, ontogenético, como desde el colectivo, filogenético, están dotadas de capacidades insólitas que les permiten ese comportamiento insólito. Vienen equipadas con los cinco sentidos clásicos de que gozamos los hombres, pero con funciones, registros y rangos muy diferentes. Incluso, poseen para ello órganos adicionales.

Excepcional y asombroso, por ejemplo, es su sentido de la vista. Tienen la propiedad de identificar, como botánicas expertas, prácticamente, todas las especies florales existentes en su entorno, lo que les permite acercarse a su objetivo antes de que el olfato, y luego el gusto entren en acción.

Poseen unos cromosensores heteróclitos en respectivos ocelos, brindándoles registros ópticos notables con amplitud y tonalidad increíblemente observables. Flores inodoras esparcen sus tenues aromas característicos ondeando magníficos pétalos luminiscentes entre tropas abejeras.

Los ocelos no reconocen formas, pero sí colores. De esta manera, dichos pétalos las guiarán desde grandes distancias antes de que el polen sea percibido.

Sólo así se aseguran la sobrevivencia de la colmena. De ahí surge una lección: haz aquello para lo que estás dotado, pero no renuncies a dotarte de aquello que te permitirá hacer lo que te atrae y requieres. Lección fundamental de las maestras mieleras. Algún día la aprenderemos.


Marcelino Perelló