sábado, 31 de diciembre de 2022

Los barandales del puente


  28 de Marzo de 2017  


Never did sun more beautifully steep

In his first splendour, valley, rock, or hill;

Ne’er saw I, never felt, a calm so deep!

Upon Westminster


Bridge William Wordsworth(1802)


Sí se estremecieron cuando pasó. No era morena pero sí moreno. Y si abrazo hubo fue el de la muerte.

Khalid Masood, nació en Kent hace 52 años, a bordo de un Hyundai todo terreno, enfiló el puente de Westminster, al ladito de la City de Londres, en el mero centro.

Manejaba por la izquierda, cosa que allá se acostumbra —gente rara— y se subió a la banqueta, cosa que allá no se acostumbra, pero que los todo terreno permiten. Iba hecho a la mecha no porque tuviera prisa, aunque sí la tenía.

Arrolló a dos docenas de transeúntes, cosa que por raros que sean, no se acostumbra. Tres murieron, mientras otro número considerable, una buena docena, quedó malherido. Halid continuó su estrepitoso y sangriento itinerario hasta el vecino Palacio del Parlamento. Ahí estrelló su Hyundai contra las rejas que lo resguardan y lo hizo pedazos (El concepto de “todo terreno” por lo visto no incluye las cercas de hierro).

Él debe haber salido mal parado de la colisión, pero tuvo las fuerzas suficientes para descender de los restos de su vehículo y apuñalar a uno de los guardias que custodiaban el palacio, y que nunca entendió de qué iba la cosa. Otros, que sí entendieron, abatieron entonces al desaprensivo conductor.

Khalid Masood había nacido 52 años antes bajo el nombre de Adrian Elms, en el seno de una familia cristiana. Fue detenido por delitos menores varias veces y purgó algunos meses de prisión. Fue durante una de sus estancias tras las rejas que se radicalizó políticamente, se convirtió al islamismo y decidió modificar su nombre. No he sabido encontrar el origen de su familia (en los tiempos que corren cualquier referencia genealógica que no sea “strictly clean” corre el riesgo de ser anatemizada como racista y xenófoba). El caso es que era más bien negro. Y lo que se dice de él es bien poca cosa: que no fundó una familia ni tuvo hijos, que era crítico, antisocial, huraño. Que era feo y olía mal.

Escaso material para una biografía.

Después del desaguisado, Khalid Masood fue inmediata y unánimemente calificado como terrorista, cosa que no es del todo inapropiada. No del todo. Aunque existen otros adjetivos que a lo mejor le convendrían más.

Las cosas, ay, son más complicadas. Siempre lo son. A ver si nos entendemos. Empecemos por una pregunta, que es siempre la manera más aconsejable de empezar: ¿El Reino Unido está en guerra o no?

Declaración formal de guerra, hasta donde yo sé, no la ha habido. Los señores del Parlamento precisamente de Westminster no se han pronunciado. Pero los aviones de la mítica RAF, Rotal Air Force, desde hace años y hasta el momento de teclear estas líneas, no cesan de bombardear Libia, Siria e Irak. Y probablemente otros países. Eso ya no lo sé, ya se encargan ellos de que uno no lo sepa, pero de Libia, Siria e Irak, no hay duda alguna. Pongo la mano bajo la metralla. No sólo no lo esconden sino que incluso se vanaglorian. 

Las guerras no, pero las declaraciones de guerra han caído en franco desuso. No hacen falta. Ya no se llevan, como los pantalones de campana, la música disco o los flecos con crepé. Uno puede destruir, masacrar e invadir sin andarse con esas mamadas. Las dos Coreas se declararon la guerra hace casi 60 años y que yo sepa nunca se ha firmado la paz. Ai siguen, en guerra. Dizque. Así que diga uno qué bien se llevan, no exactamente. Se caen más bien mal. Pero tiznadazos, lo que se dice tiznadazos, lo que una guerra digna y respetable exige, pos no.

La última declaración de guerra formal, así, con todas las de la ley, de la que tengo noticia fue entre Georgia y Osetia del Sur en 2008. Ya llovió. Quién sabe que esté pasando por ahí.

El caso es que con declaración o sin declaración, el Reino Unido anda bombardeando y matando un chingo de gente en Oriente Medio y en África. Que si  Al Assad, que si el EI, tú túndeles.

La manera más cómoda de cometer tropelías de todo tipo, militares, comerciales o financiera, es la de callar y engañar. Cuántas más mentiras, omisiones, deformaciones y “palabras ciénaga” se lancen al aire, más difícil será hacer la luz y sacar el agua clara del estercolero.

Intentar seguir, con un discreto mínimo de aproximación el devenir del mundo se ha convertido hoy en un desafío abrumador. Como jugar una partida de ajedrez a ciegas con un ruso o resolver un sudoku de 90x90.

Para entender determinadas operaciones secretas y peligrosas es decisivo avanzar suspicacias. Maniobras inesperadas ventilan incógnitas, quizás una estrategia fundamental involucre necesariamente diversas especulaciones, que ubicar esas falsas informaciones no desanuda embrollos.

Y ni así. Desmadejar requiere poder salirse del lodazal. A mí que no me vengan con cuentos. Inglaterra está haciendo la guerra y matando cientos de inocentes, tan inocentes como los que cruzaban ese infausto mediodía el puente sobre el Támesis.

No dudo que los londinenses prefieren las “guerras de lejos”. Que se mueran ellos. Pero a lo mejor no está mal que deban acordarse tantito cómo era cuando debían sufrir, no hace tanto, los bombardeos alemanes.

Y a lo mejor tampoco está mal que empiecen a considerar que Khalid Masood era, también, un soldado. Que actuó en, no por insuficiente menos legítima, defensa. Y que lo que estremeció los barandales del Puente de Westminster ese miércoles fue en realidad un acto de guerra.

Marcelino Perelló

viernes, 30 de diciembre de 2022

Fin de fiesta

 




  29 de Marzo de 2017  


La celebración va llegando a su fin. Los festejos seguirán, sin duda, durante semanas y el año todo. Pero la fiesta, para ser fiesta, ha de ser obligatoriamente temporal, acotada. La idea de la “fiesta permanente” es la antifiesta. Perdería toda su emoción y encanto.

Es precisamente su diferencia, su contraste con los días ordinarios, con la cotidianidad y la rutina del trabajo y el reposo, lo que hace del festejo algo tan hermoso y emocionante.

La nuestra, la de todos los seres vivos, es una existencia de contrastes. El reposo no existe sin el cansancio, el frío no es sino la ausencia del calor, y el placer de comer no tendría lugar sin el hambre.

Es por ello que las religiones que prometen una vida eterna, un paraíso de felicidad interminable, más allá del tiempo y el espacio, se equivocan gravemente. Tal estado ni existe ni puede existir. El bienestar únicamente se puede experimentar si conoce uno el malestar, el dolor y la desazón, si sabe qué fueron y qué pueden volver a ser. La alegría permanente es de güeva. Deprimente.

Decía el gran mago del cine Federico Fellini que las fiestas eran el signo más punzante de la decadencia de la burguesía. Se refería, por supuesto, a esas fiestas inanes, sin ton ni son, donde acudimos como a misa, convocados por el repique del esquilón con el propósito explícito de “estar contentos” por consigna, de embotarnos y aturdirnos a base de alcohol, música —por llamarla de alguna manera— esordecedora y la posibilidad, con suerte, de ligar y, con más suerte, de coger. Una noche de erotismo de plástico.

Y después, por supuesto, la cruda, metabólica y moral. Las fiestas auténticas no dejan cruda. Ésa es precisamente la piedra de toque que permite identificarlas. No lo olvide, caro y reventado lector. Es un signo ineludible: si hay cruda, de la que sea, es que no hubo fiesta.

Un tanto de lo mismo sucede con las vacaciones calendarísticas y obligatorias. Va uno contando con amargura los días que le quedan y, al final, las tales vacaciones no son sino esa amargura.

Cuando las festividades auténticas terminan, cuando y como deben terminar, dejan sí un dejo de melancolía, pero al mismo tiempo la satisfacción de lo genuino y las pilas cargadas, la energía y el ánimo necesarios para regresar al quehacer de cada día, que vuelve, si sabemos hacerlo, con sus propias satisfacciones y gratificaciones.

Así pues, nos encaminamos hacia el final de la gran celebración de los cien años de nuestro Excélsior. Fiesta legítima, obligatoria, guiada por la euforia y el entusiasmo de saber mirar hacia atrás con orgullo, única manera de poder mirar hacia adelante con optimismo.

La semana pasada intenté un recuento apretado del acontecer mundial que se había visto plasmado en las páginas de El Periódico de la Vida Nacional. Resumen del todo insuficiente y desconsolador.

Obviamente, intentar un recuento satisfactorio de todo lo llevado a cabo durante este siglo me llevaría otros cien años, como a los geógrafos chinos del inatrapable Borges.

Escojo, pues, centrarme en ese episodio capital para la historia contemporánea de nuestro país: el magno movimiento estudiantil de 1968, que puso en serios aprietos a la prensa libre, digna y honesta, y que me concierne directamente. Era difícil, fue difícil.

En los primeros dos meses, julio y agosto, Excélsior estaba al mando de don Manuel Becerra Acosta, padre, que llevó con temple ejemplar la dirección hasta su muerte, a finales precisamente de agosto. Lo sustituyó Julio Scherer, con no menos talento y dignidad continuó la labor.

En esos días, más que nunca, Excélsior brilló con luz propia, destacándose de manera soberbia del resto de la prensa nacional. Sólo le diré una cosa, agudo lector, para que me acabe de entender: la única entrevista mía que apareció en la prensa diaria, durante todo el movimiento, fue precisamente en Excélsior. Apareció el 18 de septiembre, ya no recuerdo quién me la hizo. Habían pasado cinco días de la Manifestación Silenciosa, y era la víspera de la ocupación militar de CU.

El momento álgido, el más delicado, fue sin duda el de la noche del 2 de octubre. Los acontecimientos brutales que tuvieron lugar en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco eran, y siguen siendo, harto confusos. Era prácticamente imposible saber a ciencia cierta lo que había sucedido en realidad. Podía tratarse de una operación represiva monumental, sin antecedentes o, incluso, de un golpe de Estado.

La prensa más reaccionaria y provocadora sostenía que los estudiantes había recibido a balazos al Ejército y se contaban ya por decenas los soldados muertos. Las presiones de que ése fuera el titular del periódico el día 3 no cejaban. Publicarlo resultaba, obviamente, ultrajante. Muchas informaciones vagas intimidaban, entre noticias serias escasas sobraban telex incendiarios martillando el miedo, intentar ponderación resultaba obviamente utópico.

Y, sin embargo, la cobertura que dio Excélsior fue ejemplar. Supo manejar con elegancia y profesionalismo las múltiples incógnitas y huyó de los tremendismos y las versiones sesgadas en uno u otro sentido. Impecable.

Dos meses después salí de México con un pasaporte falso, huyendo de la persecución. Regresé 16 años después. Y la primera entrevista que me hicieron al llegar fue la de Excélsior, el 24 de marzo de 1985, a cargo de la gran Nidia Marín, que recuerda en su reciente columna la querida Ivonne Melgar, y que apareció por entregas durante seis días consecutivos en la primera plana del incomparable Excélsior. ¿Dónde si no?

Por ello estoy seguro, caro lector, no le extrañará que, declinando otras ofertas, aceptara con ojos cerrados, con orgullo y entusiasmo, la que me hizo entonces Regino Díaz Redondo de incorporarme a este equipo y a su incomparable, entrañable, insigne proyecto.

Marcelino Perelló

jueves, 29 de diciembre de 2022

La camarada


  15 de Marzo de 2017  


Es difícil, por no decir imposible, para quien no ha sido revolucionario activo, entender lo que ello implica. La inversión anímica que conlleva y la manera en que todo el ser, en cuerpo y alma, se involucra en ese vértigo incontrolable, cual corcel desbocado.

Dicen que fue Mao Tse-Tung quien habría dicho que la revolución es un drama pasional, que no es el espacio para las flores, las caricias y los perfumes, sino el escenario de la violencia más brutal, de la exaltación ígnea de los ideales y de la entrega. Exaltación que con frecuencia lleva al sufrimiento y a la muerte, propia y ajena.

La revolución es dura, mucho más y de otra manera que la guerra. Al combate convencional va uno simplemente porque toca, porque le tocó. Y lo asume uno como tal. La rebelión en cambio la elige uno y en su ara ofrece las más íntimas e intensas pulsiones.

El tiempo de las revoluciones tal vez ha terminado. Alguna permanece por ahí, si acaso, aislada, acorralada y maltrecha. Tal vez, sin embargo, tornará, se cavarán nuevas trincheras y las viejas banderas de la liberación del género humano volverán a ondear sobre campos y ciudades. Y los nuevos jóvenes volverán a sentir en sus pechos el brutal redoble de la gesta.

Hoy, por eso, es tan difícil entender a aquellos que forjaron el sueño y la lucha de emancipación no hace tanto tiempo. Por eso es tan complejo comprender la personalidad abrasadora de Ana Pauker, aquella bella y férrea revolucionaria judía rumana que se entregó del todo a esa pasión irrefrenable.

En los años previos a la Segunda Guerra Mundial fue elegida para integrarse al selecto grupo del Komintern, el Comité directivo de la Tercera Internacional, cuya misión era la de coordinar el movimiento comunista mundial y sentar las bases de la revolución universal, cuyo triunfo era la única garantía —eso lo sabían todos, desde Marx y Bakunin— de que el proyecto redentor sobreviviera.

Ello conllevó no pocos sacrificios, Ana debió dejar a sus hijos en la guardería especial que el Kremlin mantenía para todos los hijos de los dirigentes que viajaban por el mundo. Ahí debió dejar a su pequeña Tania, a modo de rehén. No fuera a ser. Rodeada de todos los cuidados, pero rehén al fin, a pesar de que ella, a sus tres o cuatro años lo ignorara. Fue ahí, entre otras cosas, donde se hizo amiga del pequeño hijo de Mao. Cuarenta años después, conviví mucho con Tania, ya convertida en una mujer espléndida y adorable.

Al terminar finalmente la bárbara conflagración, en 1945, el Ejército Rojo acababa de liberar Rumania y Stalin mandó llamar a Ana. “Camarada, le dijo en ese tono lento e imperioso que lo caracterizaba, he decidido que sea usted nombrada presidente de la nueva República Socialista de Rumania”. A lo que ella respondió, serena y en voz baja, pero firme: “No creo que sea una buena idea, camarada Iosif Visarionovich”.

Las palabras de la mujer sonaron como una deflagración en medio de la solemnidad del despacho. Los altos mandos presentes quedaron fulminados. Nadie había nunca osado contradecir al Zar Rojo y había sobrevivido para contarlo.

Stalin no pareció conmoverse, en medio del silencio espeso y agobiante, se acercó lentamente a Ana, dio un sorbo a su pipa y en voz baja, mirándola fijo a los ojos, le preguntó “¿Por qué lo cree así, camarada Ana?”. A lo que ella, sin inmutarse, sin mover un músculo, respondió: “Por tres razones, camarada. En primer lugar soy mujer, en segundo soy una intelectual, y en tercero soy judía”.

Siguieron unos segundos interminables. Finalmente, el primer secretario, sin apartar la mirada de la de ella, dejó la pipa sobre el escritorio, le tomó la cabeza con ambas manos y besó su frente. “¿A quién sugiere usted entonces, camarada? Un inaudible, pero profundo suspiro de alivio recorrió el salón. Ana propuso entonces que lo mejor sería convocar a los diversos líderes del FrenteAntifascista, consultarlos e intentar que surgiera ahí el hombre, pues debía ser hombre, ideal. Stalin accedió.

La primera reunión tuvo lugar apenas tres semanas después en Chisinau, capital de la Moldavia Soviética. Se propuso elegir una comisión representativa que designara a los integrantes del nuevo gobierno. Las cosas, como era previsible, se complicaron y las distintas facciones se enfrentaron con virulencia. Ana entendió entonces que las cosas, a pesar de la victoria no serían tan fáciles.

Propuso acabar rápido esa sesión y nombrar otros notables estrictamente sincréticos. Varios inconformes comunistas acusaron el supuesto pacto argumentando revisionismo, y obviamente socialdemócratas oportunistas ya no osaron negarse.

Surgió un nuevo comité que propuso conservar el régimen monárquico y mantener al rey Mihai I en el trono hasta que las aguas se apaciguaran. Así, bajo la dirección de Ana, se nombró como primer ministro al general Nicolae Rădescu, de filiación derechista, pero que se había opuesto a los nazis, que había sido encarcelado por el régimen fascista y que gozaba de gran prestigio militar por su desempeño en la Primera Guerra Mundial. Fue un gambito genial.  De esta manera se logró que la transición al socialismo fuera llana.

Poco sospechaba, en esos momento de euforia, la deslumbrante, inasible, indómita Ana Pauker que el poder y la legalidad le reservaban nuevos desafíos y terribles dificultades, tal vez más duras de las que había debido enfrentar en la ilegalidad. La vida es imprevisible. A lo mejor es eso lo que la hace maravillosa —en ambos sentidos de la palabra— y tan digna de ser vivida.


Marcelino Perelló


miércoles, 28 de diciembre de 2022

Dr. Koch 3

 




  05 de Abril de 2017  


Con Tania en el corazón.

 

Cotroceni es uno de los barrios más hermosos de Bucarest. A orillas del rio Dimbovita y a cuatro pasos del Palacio de la Ópera, es de una placidez embelesadora. En tiempos de la burguesía fue, sin duda, una zona aristocrática. Hoy probablemente lo vuelve a ser. No hay un solo edificio, ni un solo comercio, únicamente casas residenciales, más elegantes que señoriales. No lo atraviesa ninguna avenida, únicamente el tranvía que corre, lánguido, por las márgenes del río.

Hay muy poco tráfico por sus calles coquetas, seductoras y muy arboladas. Repletas de flores de todos colores en primavera, de todos los matices del verde en verano, ocres y sepias en otoño y de filigranas de hielo cristalino en invierno. Ahí las estaciones existen, de qué manera existen, cual calendarios vivos. Se respira un ambiente de paz y bienestar, que invita a la meditación y a caminar despacio.

Ahí vivió los últimos años de su vida, en la calle Dr. Koch 3, ese torbellino llamado Ana Pauker. Se encontraba en arresto domiciliario, de manera que nunca pudo pasear entre los tilos y las acacias que la cobijaban, no por vedadas menos suyas.

Los guardias de la puerta, sin perder la actitud severa de su misión, la admiraban y en secreto se habían vuelto sus amigos. Los días de buen tiempo le permitían sacar una silla al pequeño jardín y sentarse junto a la verja a ver pasar los escasos viandantes, los correteos de los niños y los mimos de los amantes. A veces, en invierno, se podía mirar su rostro melancólico a través de los vidrios dobles y empañados.

Todos la conocían, sabían quién era y quién había sido, y la miraban con una mezcla de curiosidad, admiración, compasión y rencor. En sus tiempos, tan cercanos, de poder y gloria, había sido más temida y respetada que admirada. Ana la Terrible, la Ana de Hierro.

En Rumanía impera, hasta la fecha, un profundo sentimiento antirruso, que automáticamente se volvió antisoviético y, por ende, anticomunista. El socialismo ahí fue claramente impuesto e importado, como consecuencia de la repartición de Europa tras la derrota de Alemania, el aplastamiento del nazismo y la creación del Telón de Acero.

Así, una vez terminada la guerra, con el país ocupado por el Ejército Rojo, se instaura el régimen socialista, durante un par de años incluso bajo el rey Mihai I. Se trató, posiblemente, de la única e insólita monarquía comunista.

Una vez proclamada en 1947 la República Popular de Rumanía, el poder de Ana se volvió inmenso. Aunque la Pauker había declinado ser secretaria general del partido y presidente del país, era ella la que, desde su cargo/fachada de ministra de Relaciones Exteriores, llevaba las riendas verdaderas del gobierno. La revista Time publicó su foto en portada con el título “La mujer en vida más poderosa del mundo”.

Y, sin embargo, las cosas no eran en absoluto fáciles. Dentro del PCR existían dos corrientes claramente diferenciadas; la del “Grupo de la cárcel”, que comandaba el presidente Gheorghe Gheorghiu Dej, y que habían estado encarcelados durante los seis años de conflagración, y el llamado “Grupo de Moscú”, encabezado por Ana, y que agrupaba a los militantes que habían actuado desde el exterior.

Paradójicamente, o precisamente por ello, Ana y los suyos eran mucho menos proclives a someterse a las directivas de Stalin. Ana, contrariamente a lo que sucedió en los otros países socialistas, permitió que los judíos que desearan migrar a Israel lo hicieran. Salieron más de 100 mil.

Se opuso ferozmente a la construcción del canal Danubio-Mar Negro, obra faraónica que había ordenado el propio Stalin, y que debía ser construido por los trabajos forzados de prisioneros políticos, a la manera del tristemente célebre canal Volga-Don. Suavizó también la agresividad con la que Moscú trataba el régimen yugoslavo de Josip Broz Tito.

Y detuvo, hasta donde le fue posible, la represión contra la antigua burguesía y las corrientes disidentes dentro del partido y las purgas, como en el resto del campo socialista, de aquellos que habían peleado en las Brigadas internacionales durante la mal llamada Guerra Civil Española y en la Resistencia Francesa. Tuve la fortuna de conocer a más de uno de esos veteranos, como Valter Roman o Alexandru Jar, que le debieron la vida. Muy en particular, fue notable la defensa que hizo de la oveja negra “cosmopolita”, Lucretiu Patrascanu.

Pero su desacato mayor, y que a la postre le acarrearía caer en desgracia y en la cárcel, fue su defensa del campesinado, y, fiel a su origen, se opuso con vigor a la estatalización forzosa de la tierra. Se le quiso imponer negociar con los campesinos, obligándolos a ceder sus parcelas para ser expropiadas.

Propuso rápidamente otra negociación totalmente opuesta. Visitó incluso cooperativas agrícolas sublevadas exponiendo relativos apoyos, sostuvo iniciativas nodales de un decidido antagonismo, mantuvo indeclinable actos y usos decididamente ancestrales negando todo estereotipo.

Finalmente, en 1952, fue defenestrada, juzgada, torturada y encarcelada. Fue tras la rejas que se enteró de la muerte de Stalin, Se la comunicó su enemigo y verdugo Vasile Luca. Cuentan que, al saberlo, soltó en llanto, y que Luca le habría dicho: “Lloras como pendeja, si no se moría él, te morías tú”.

Los vientos giraron y se le concedió el arresto domiciliario, junto a la familia de Tania, su hija adorada. En esa casa de Cotroceni, la misma en la que yo viví años después. La entrañable, intensa, donde las paredes no cesan de contar ese drama y esa epopeya. La bellísima, inolvidable, casa de Doctor Koch 3.


Marcelino Perelló


martes, 27 de diciembre de 2022

36,524 madrugadas


  21 de Marzo de 2017  


Pero a la alegría reinante y natural se añadía otro motivo que no oscurecía los demás, pero que de alguna manera los dejaba un poco en segundo plano. Rafael, junto a un grupo de amigos y colaboradores cercanos, se había propuesto fundar un periódico diario con todas las de la ley.

Ya no se trataba de una aventura juvenil, ni de reproducir sencillamente las distintas y modestas publicaciones en las que habían participado, como Revista de Revistas, El Automóvil en México o incluso en El Imparcial, poderoso, emblemático pero limitado, y que había desaparecido junto con la caída del gobierno de Victoriano Huerta.

Y, hacía apenas unas semanas había visto la luz El Universal, fundado por Félix Fulgencio Palavicini, carrancista y constitucionalista, y quien contaba con todo el apoyo del primer jefe. Alducin nunca creyó que le habían comido el mandado. Su proyecto era otro y el Diario Político de la Mañana, que se llamó entonces el de Palavicini, no le haría sombra.

Así que esa noche del 24 de diciembre, además de la euforia, había nervios. Los últimos preparativos para la aparición pública del nuevo y ambicioso diario estaban en marcha a velocidad vertiginosa, cual una rotativa, nunca mejor dicho.

Ignoro a quién se le ocurrió el nombre, que inmediatamente fue adoptado con entusiasmo: Excélsior. Se alejaba de los clichés tradicionales y reflejaba la exultante ambición que lo impulsaba y la decisión de verlo crecer como un medio excepcional, incomparable, sin precedentes.

Excélsior es el dativo superlativo en latín, equivalente no tanto a excelso como a el mejor, el superior. Insuperable. Y esa fue su vocación al nacer. El augurio del que quisieron hacerle don sus progenitores.

Tal vez habían leído una de las obras más seductoras del gran Julio Verne, la primera que escribió: Cinco semanas en globo, en la que el doctor y explorador Samuel Fergusson, junto con sus dos compañeros, atraviesa media África a bordo del globo aerostático Victoria, de su propio diseño y construcción.

El caso es que su discurso solemne de despedida, la víspera de la partida, y que todo el mundo esperaba resignado que fuera largo, altisonante y tedioso, se limitó a una sola palabra: “Excélsior”.

Y a eso aludieron precisamente los padres fundadores de nuestro periódico: a una gesta, a una aventura atrevida y decidida, y al igual que la de Fergusson, del todo exitosa. El nombre no fue sino un talismán de buen agüero. Tal vez la única diferencia notable entre una epopeya y la otra, es que la primera finalmente concluyó, mientras que la travesía de este otro globo sigue sobrevolando el país y el mundo, testimonio inigualable del acontecer, de la historia pretérita, presente y, temerariamente, futura.

Hace apenas unos días, como usted sabe bien, fiel y admirado lector, se cumplieron diez decenios, veinte lustros, cien años, 5,218 semanas, 36,524 días. 36,524 ejemplares. Uno cada día, cada mañana. Sin faltar una sola. Bajo el cielo despejado y bajo rayos y centellas. A través de logros y tropiezos. De llanuras apacibles y de riscos escarpados. Ahí estuvo siempre, en el kiosco o en la puerta de su casa. Se dice fácil. Y se dice emocionado.

Durante 36,524 noches las rotativas no dejaron de rugir, y durante 36,524 madrugadas los voceadores, sobre la banqueta, compaginaron frenéticos y salían corriendo como alma que lleva el diablo, como alma que lleva el anhelo, a sus destinos. Y salieron camiones, camionetas y aviones, transportando su preciosa carga, los paquetes de papel sagrado, el devenir del mundo.

Esas enormes páginas con el embriagador, irresistible olor a madera y a silicio, a papel y tinta, transportan algo más: son el cofre, el arca de la palabra. Estimada o repudiada, pero palabra al fin. No hay texto vano. Cada uno comporta su carga de algo que va más allá de la información: la comunicación. El enganche entre el que escribe y el que lee. Quién sabe cuál de los dos es el verdadero autor del escrito. Soy responsable de lo que plasmo y concibo, no de lo que usted lee e interpreta, amigo lector, mi contraparte. Mi contlapache. Ambos conspiramos.

Nuestro periódico es un mensajero de lujo. Pues el periodismo pasa por sus horas más bajas. El advenimiento del internet no ha hecho sino enredarlo todo. La manipulación florece y los charlatanes viven sus mejores días. Hacer periodismo serio es, hoy, más difícil que nunca. La basura prolifera.

Pasquines recientes intentan moverse en registros anacrónicos retomando esquemas ganzúa levanta audiencias: entre los recursos empleados sobresale poner eternamente titulares ostentosos. Varios informativos cometen atrocidades, omiten basarse sólo en reportes verificables editando mentiras obscenas sin legitimidad alguna.

En nuestra casa, el último sobresalto de esta conspiración se produjo hace 17 años, con el advenimiento del nuevo siglo. Y fue duro. El naufragio parecía inminente. Pero la historia, a menudo tan cruel, también sabe hacer caricias. Y esta vez, la caricia vino acompañada de un regalo. Y el Excélsior, recalafateado —si acaso se recalafatean los globos— vuelve, orgulloso y a gran altura, a surcar los cielos.

Marcelino Perelló


De pie, con la cabeza gacha

 



  03 de Mayo de 2017  


La historia no es un continuo. Se escribe a bocanadas. A veces de siglos enteros, como el de Pericles o el de las luces. A veces por instantes, como el cruce del Rubicón o la muerte de Sócrates. Unos de esos instantes parecen pasar desapercibidos y sólo cobran importancia cuando tiempo después su eco nos alcanza. Uno de esos instantes de los que se teje la historia tuvo lugar en Chicago el 1 de mayo de 1886.

El movimiento obrero mundial se hallaba en pleno apogeo. Habían pasado apenas 38 años desde la gran revolución europea que cambió radicalmente el curso de los acontecimientos por venir. La revolución de 1848 cruzó el océano y se instaló definitivamente en el Nuevo Mundo.

Millones de emigrantes sumidos en la más sórdida de las miserias en sus países de origen buscaron nuevos horizontes en la tierra de promisión americana.

Alemanes, italianos, irlandeses, se instalaron en los dos extremos de América, desde la Tierra de Fuego hasta los Grandes Lagos.

La mayoría de estos viajeros pertenecía a la clase obrera.

Y fue precisamente del otro lado de la esfera terrestre, en Australia, donde surgieron los primeros brotes de insurrección emancipadora de los recién llegados.

Es en Melbourne, 20 años antes, donde surge la idea de retomar los postulados de la primera conferencia internacional de los trabajadores, presidida por el mismísimo Karl Marx, haciendo que el protagonismo pase de la metrópolis europea a los terrenos vírgenes de la emigración.

Es así como la pujanza industrial de Estados Unidos, concentrada en las áreas industriales del norte, es ocupada por los recién llegados. En particular ese verdadero auge industrial desbocado se centra en los grandes centros fabriles de Denver, Cincinnati, Cleveland, el mismísimo Nueva York o, sobre todo, en Chicago.

Es ahí a orillas del lago Michigan donde el movimiento obrero inmigrante —principalmente alemán— cobra una fuerza inusitada, y el núcleo de la agitación sajona se encuentra en el periódico Chicagoer Arbeiter Zeitung (La Gaceta Alemana de los Trabajadores de Chicago), periódico alemán y en alemán dirigido a la inmensa colonia de trabajadores teutones residentes en Chicago.

La iniciativa australiana de fijar una fecha única en todo el planeta que aglutine a los trabajadores del mundo entero fracasa, debido a la imposibilidad de hallar una fecha conveniente a todos los países. Así, la fecha elegida por los trabajadores gringos e inmigrantes es el 1º de mayo, conocido como el Moving-Day, es decir, el día de renovación de contratos anuales en toda la Unión Americana.

Este día en todas las ciudades importantes se realizan manifestaciones reivindicativas de los derechos obreros. En particular frente a la fábrica McCormick de Chicago se realiza un gran mitin en pro de la jornada de ocho horas. La movilización es de tal envergadura que provoca la intervención de la policía, produciéndose violentísimos choques entre los manifestantes y las fuerzas represivas. El saldo es de numerosos muertos y heridos, lo cual conduce a una nueva manifestación, mayor si cabe, en protesta contra la salvaje represión en la plaza de Haymarket, que se salda con nuevas víctimas. Según la policía, uno de sus agentes resultará muerto. Por el bando proletario las bajas son incontables.

Todo el mundo sabe que se trata de una provocación y que se desatará una represión terrible, que ya deben de tener planeada y preparada desde hace tiempo. Es preciso tomar medidas de urgencia.

Pronto rehicieron una estructura básica apta de enfrentar favorablemente una embestida general organizada. Viejos integrantes corrigieron adscripciones, muchos adheridos subrepticios que utilizaban enseñas no ubicables necesitaron cambiar alias.

Esa misma noche la policía allanará el local y la imprenta de la Arbeiter Zeitung y detendrá a los trabajadores que en ese momento imprimían un número especial dedicado a los acontecimientos de esa tarde en Haymarket. Son arrestados ocho trabajadores, juzgados por la supuesta muerte del policía y condenados a su vez a morir ahorcados.

Los condenados, que ni siquiera se hallaban en Haymarket, fueron: Georg Engel, alemán; Adolf Fischer, alemán; Albert Parsons, estadunidense; August Spies, alemán, redactor en jefe, y Louis Lingg, alemán; integrantes todos ellos del consejo de redacción de la Gazette. Los cuatro primeros fueron ejecutados el 11 de noviembre de 1887 y Louis Lingg se suicidó en su celda. Un joven periodista cubano, corresponsal del periódico argentino La Nación de Buenos Aires, testigo presencial del ahorcamiento, escribió:

“… salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hileras de sillas frente al cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies, momentos antes de que le cubrieran el rostro, grita, a voz en cuello: ‘Llegará el día que nuestro silencio será más elocuente que las palabras que hoy acalla el verdugo’. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantosa”.

Ese periodista se llamaba José Martí.

Marcelino Perelló

lunes, 26 de diciembre de 2022

Bajos fondos


  09 de Mayo de 2017  


La primera de estas cuestiones es la de la credibilidad. Suena sensato, al menos a mí me lo suena, poner en duda la versión oficial. Como buen lector que soy de novelas policiacas, y en particular del maravilloso Edgar Allan Poe y su infalible Dupin, considero que la única manera confiable de esclarecer un crimen es la de establecer su móvil. Así proceden siempre Dupin y su colega Maigret. Se preguntan quién es el ganón, el beneficiario. Y si consiguen responderse, cosa que a ellos les ocurre de manera invariable, resuelven el caso ipso facto.

Desde esa perspectiva, no puedo no preguntarme a mi vez si el relato de los hechos que nos venden en este caso es del todo confiable. A mí me parece que los cuatro ejemplos que menciono le han servido a las potencias de occidente como pretexto áureo para lanzarse, a la manera de cruzados redivivos, a la conquista del Islam y su codiciado oro negro. Se trata de una conjetura irresistible y harto sostenible. La captura de los preciados yacimientos del Oriente Medio constituye un motivo más que suficiente para armar cuanta patraña sea necesaria, por aparatosa y sanguinaria que resulte.

Y por otro lado se vuelve una coartada excelente para aumentar las medidas de vigilancia y control policiaco en todo el primer mundo, hasta alcanzar niveles francamente totalitarios y filofascistas. Ello llevado a cabo, además, con el beneplácito y alivio de la población, cada vez más dispuesta a renunciar a sus ya de por sí limitadas libertades, a cambio de una mayor y aparente seguridad. El enemigo está ahí y es demoniaco. Cuantos más guardias pertrechados y armados hasta los dientes nos tropecemos por las calles y hasta en la sopa, mejor. No le hace. Más vale.

A todo ello es preciso añadir una inquietud ineludible y que se volverá directamente sospecha. Esta historia de que los presuntos autores de los ataques sean identificados, localizados, acorralados y asesinados inmediatamente, como es el caso, o a pocas horas del atentado, aquí entre nos, resulta poco creíble, por decir lo menos. Si son capturados en el lugar de los hechos, significa que la Ciudad Luz está literalmente sembrada de chota. Un tercio son terroristas, otro tercio, tiras. El otro tercio es dejado para los viandantes que no saben a quién tenerle más miedo.

El que no logren evadirse y no consigan ni siquiera esconderse, suena, de plano, a cuento de los hermanos Grimm. Yo no sé usted, indulgente lector, pero yo ésa, no me la trago. La regurgito.

O la sagacidad y eficiencia de las policías francesa, gringa o danesa es de un nivel sobrehumano, inverosímil, o los combatientes islamistas son de plano principiantes de una torpeza igualmente inverosímil, incapaces de tomar las más elementales precauciones. Parece mucho más plausible la suposición de que los respectivos responsables de la seguridad hayan recibido un telefonazo desde los más altos niveles de gobierno en los que escuetamente se les haya dado una orden parecida a ésta: “Quiero este asunto resuelto inmediatamente, o antes”. Y lo resolvieron. Para eso están los subordinados diligentes.

O bien que todo ello no sea más que un montaje, un performance. Mejor.

No deja de llamar la atención que los presuntos terroristas en los tres casos, París, Boston y Copenhague, tuvieran antecedentes penales. Es decir, estaban fichados. Es decir, su nombre y filiación estaban en los archivos de la policía. La manera más rápida y contundente de esclarecer un crimen es sin duda la de recurrir a esos índices y escoger el culpable idóneo. No estoy descubriendo ni el hilo tibio ni el agua negra. Es una práctica harto socorrida por todas las policías del mundo. Tiras y malandrines la conocen bien.

Así pues, me construyo mi propio cuento y veo a la Agencia Antiterrorista Francesa, escarbando en sus bases de datos y dando con el nombre y el perfil de Abú Karim Cheurfi de origen somalí, 22 años, fumador convicto de hashish, acusado de haber asaltado y apuñalado a un hombre en un tren, condenado y encarcelado por dos años. Liberado hace apenas dos meses. Perfecto. Ni mandado a hacer. Era indispensable que el caso fuera cerrado contundente y convincentemente.

Para lacrarlo apareció naturalmente Abú. Era suficiente encontrar el sospechoso entre las bandas underground en núcleos oscuros. Concibieron una maquinación para legitimar aquel montaje ostensiblemente sainetesco logrando obliterarlo.

Así que, dos días después, los tembleques electores franceses ya sabían por quién votar. Ni los exaltados filofascistas del Front Nationale, que no harían sino meterlos en más problemas, ni los puñales socialistas que no tienen aquello que se requiere.

Nada nuevo bajo el sol. Ya el genio de Baltimore sabía que París era propicio a las intrigas. Y ya está. Macron presidente. Por cierto, el flamante Presidente está casado con Brigitte, una millonaria que casi le dobla la edad. A propósito, pronunciado en francés “Macron” se parece mucho a “maquereaux”, padrote, proxeneta.

Y es que la democracia, amigo mío lector, no dejará de ser nunca una historia de bajos fondos.

Marcelino Perelló

domingo, 25 de diciembre de 2022

Nostrum

 



  10 de Mayo de 2017  


Es curioso constatar cómo en la historia de la sociedad humana el predominio masculino se ve a menudo interrumpido por la insurgencia súbita, siempre turbadora y a menudo vertiginosa, de las mujeres. La agobiante supremacía varonil se ha ejercido durante milenios, tanto en el plano doméstico —en las muy disímbolas estructuras familiares que han existido a lo largo del tiempo y a lo ancho de la geografía— como, sobre todo, en el social.

Es en esta última esfera, en particular en el campo del poder y la política, que han surgido fenómenos sorprendentes y brillantes, cual estrellas fugaces, que han llevado a las hembras humanas hasta la cima de la autoridad. Y que la han ejercido con la misma habilidad, dureza y eficacia, si no más. Antiguos antropólogos, desde el siglo XIX, preconizaron la existencia prehistórica de sociedades matriarcales, en las que el gobierno era detentado de manera rigurosa por las madres. Algunas de estas estructuras habrían perdurado hasta hoy en comunidades primitivas y recónditas. El ejemplo más célebre es tal vez el de las temibles amazonas que habrían habitado en el norte de Brasil, en el corazón de la jungla virgen que les da nombre y por lo visto y debido a ellas ya no sería tan virgen.

Sin embargo, tanto la veracidad de la existencia real de las amazonas como de otros pueblos matriarcales no ha sido verificada y debe ser incluida en el rango de leyendas. En cambio, lo que no constituye mito ni leyenda alguna y posee una presencia real indiscutible y con frecuencia admirable, es el caso de numerosas féminas que han liderado, por las buenas o las malas, a sus respectivos pueblos, en diversas condiciones y jerarquías.

Intentar una relación representativa de ellas, aunque somera, sería una tarea colosal e ilusoria. Pero es imposible no mencionar, por ejemplo, a la deslumbrante Anacaona, cacica de Quisqueya, hoy República Dominicana/Haití, asesinada a sus 29 años por los españoles, apenas iniciada la Conquista. Al otro lado del océano son paradigmáticas sus contemporáneas, las dos despóticas Isabeles I, tanto la de Castilla como la de Inglaterra, a cual más temperamental y despiadada.

En nuestros días han destacado gobernantes tan insignes como férreas en todos los meridianos, desde Golda Meir en Israel, hasta Angela Merkel en Alemania, pasando por Margaret Thatcher en el Reino Unido o Michelle Bachelet, que hoy volvió por sus fueros en Chile. Mención aparte merecen los asombrosos casos de Pakistán, India y Sri Lanka, naciones vecinas y supuestamente “atrasadas” que han sido gobernadas recientemente por brillantes estadistas femeninas: Benazir Bhutto, Indira Gandhi y Chandrika Kumaratunga respectivamente. No puede no llamar la atención.

No obstante, la más notable y más antigua de estas situaciones la protagoniza, por supuesto, la emperatriz Cleopatra VII, última faraona de Egipto, ya en su etapa ptolomeica, bajo la égida del dominio cultural helénico. Pero hoy escojo no hablar tanto de su poder sino del amor indecible que floreció entre la reina alejandrina y el general romano Marco Antonio. Tanto Cleo como Antonio jugaron un papel exuberante en la historia desde tres planos: como gobernantes, como guerreros y como amantes. Obviamente los tres registros son inextricables y no pueden desengranarse el uno del otro. Es ello lo que hace este episodio absolutamente excepcional.

Cleopatra luchaba a vida o muerte contra su hermano y consorte Ptolomeo XIII. Marco Antonio a su vez se enfrentaba sin cuartel a su rival Octavio. El destino, pícaro y perverso, hizo que sendos combates confluyeran. Ella ya había sido la aliada y pareja sentimental del jefe y comandante de él, Julio César. Fue ese primer capítulo erótico/bélico el que sentó el precedente para que la faraona concibiera la posibilidad de unir de nuevo sus fuerzas navales, de manera pasajera y sin mayores alcances, con las del joven general. El entendimiento entre las dos ces, César y Cleopatra, había sido finalmente fructífero, en más de un sentido.

Por el recuerdo de esa relación aceptó sellar una lábil alianza decididamente oportunista, al menos así dirían algunos, emprendiendo sutiles maniobras entre jerarcas o regentes que únicamente esperaban garantías al negociar ayuda romana. Volvió inmediatamente con aquel hombre especial cuando hubo intuido concedería ese respaldo anhelado.

Sin embargo, los motivos estrictamente estratégicos no bastan para explicar el súbito arrebato de ella, normalmente una mujer si no fría sí calculadora y dueña de sí. A diferencia de Julio, Marco Antonio parece haberle robado el corazón. Y fue en busca de sus brazos más que de sus armas. Y su pasión fue del todo correspondida. El relato afirma que cuando la flota de Cleopatra es derrotada en la batalla de Actio (hoy Accio) y debe huir, Antonio abandona a los suyos para acudir en su rescate, lo que le impondrá a él su severa derrota.

Su gran dolor, sin embargo, fue creer que ella había sido muerta, y desesperado se mata encajándose su propia espada. Nunca se sabrá el motivo por el que ella, que en realidad había logrado sobrevivir, decidiera también morir, haciéndose morder por una cobra egipcia, y pidiera a sus sirvientes se la trajeran disimulada en una canasta de fruta. Hay quien dice que fue por el temor de ser capturada y esclavizada. Otra versión afirma que recurrió a este gesto límite cuando supo del suicidio de Marco Antonio. Elijo la segunda.

Esta epopeya sin parangón constituye uno de los dramas más intensos que registran las crónicas. Ella y él entonaron juntos la más desgarradora y conmovedora canción de amor y de guerra que hayan escuchado las normalmente plácidas y azules aguas del Mare Nostrum. Más Nostrum que nunca.


Marcelino Perelló


jueves, 15 de diciembre de 2022

Cuando el sueño comienza

 


  24 de Mayo de 2017  


Fue precisamente el 24 de mayo de 1847, cuando dos viejos amigos, en la taberna The Lamb and flag, Karl Marx y Friedrich Engels, decidieron redactar y publicar una proclama, en la que conminaban a todos los obreros del mundo a organizarse y a combatir la explotación laboral a la que eran sujetos. Era de noche y era Londres.

Pocos meses después el breve, meditado y atormentado texto estaba listo. No está claro cuando llegó a prensas y dado a la luz. Parece ser que la primera edición fue en alemán y apareció en 1848. En inglés no sería sino dos años más tarde, en 1850. El título final y definitivo fue Manifiesto del Partido Comunista, partido que, aquí entre nos, aún no existía, y que en ese sentido, singular y global, nunca llegaría a existir.

Sin embargo, el lema que aparecía bajo el encabezamiento, y que venía a ser más que un epígrafe, era todo un resumen: ¡Proletarios de todos los países, únanse! Se trata sin duda de una obra maestra, y, más allá, de un texto fundacional, equivalente, a riesgo de levantar más de un escozor, a la Biblia.

A riesgo de parecer lo que soy, un simplificador, un divulgador, diré que el librejo ese puede reducirse a una sola frase, a una sola reivindicación: Que nadie viva del trabajo ajeno.

Tan simple como eso. Tan simple y tan definitivo. Pero lo que digo no es del todo verdad. Nadie dice, nunca, toda la verdad. Y ese par de bohemios refugiados en Covent Garden, tampoco.

Porque a final de cuentas, todo el entresijo es que si, uno vive del trabajo ajeno, es en la misma medida en que el “ajeno” vive del nuestro. Para que el asunto sea parejo. La clave de la que se trata, y eso el Manifiesto lo deja clarísimo, es la de terminar con el trabajo asalariado y con la propiedad de los medios de producción.

En el Plan de Ayala se establece, de manera tan contundente como en el Manifiesto, que La tierra es de quien la trabaja. Que ni qué. Pero también depende de quien trabaja para construir los aperos y los fertilizantes y los distribuidores y los vendedores. Y los consumidores.

Se trataba de establecer una red de productores libres (que incluya, por supuesto a los distribuidores y vendedores). El término, el concepto y el oficio de “comerciante” deberían desaparecer como tales. La proclama del Manifiesto constituye un auténtico decálogo de la emancipación.

Primero axiomas relacionados al movimiento obrero, pero enseguida disquisiciones revelando el gran anacronismo liberal. En seguida opiniones extremadamente severas torpedeando ópticas de oportunistas.

Estoy poco familiarizado con el mundo rural y con el trabajo de y con la tierra. En cambio soy un usuario contumaz de los taxis. Desde muy joven, prefería gastarme el dinero pa’ la torta que me daban mis padres, en un taxi. “Tú naciste para duque” me reprochaba mi madre en tono entre áspero y cariñoso.

A lo mejor sí. Me encanta ir sentado en el asiento de atrás. En el adelante me pongo nervioso. Y si voy a la izquierda más (entiéndase el retruécano). Voy platicando apaciblemente con el chofer, viendo el ir i venir de los desdichados peatones y, sobre todo, las viejas cuero y provocativas.

Y es entonces cuando me entero que a menudo el chofer debe caerse con 200 o 300 pesos de “renta” cada noche con el dueño de la nave (es decir con el dueño del chofer). Él se fleta chingándole 12 o 14 horas diarias para al final pagar un diezmo a un señor, que muy pancho en su poltrona viendo Juego de Tronos, le cobra, simplemente porque tiene un papel que dice que él es el propietario de vehículo. Y la validez de ese papel está respaldada por un ejército de policías, jueces y carcelarios. Ni le muevas. Él es el “dueño”.

Todo el ardid del capitalismo reside en las virtudes de la llamada “libre competencia” que reside en que si hay dos fabricantes del mismo producto, ambos intentarán bajar los precios para ser más “competitivos”. Mamada. Ambos se pondrán de acuerdo para subir los precios al unísono.

La cosa es que podamos ordeñar las vacas, ambos, sin que las vacas rezonguen o se nieguen a dar leche, ni que la gente se niegue a seguir bebiendo leche. Eso es todo, amigo mío, eso es todo.

El mérito no es que esos dos barbudos de Covent Garden lo supieran. El mérito es que supieran decirlo. Algún día los escucharán, los verdaderos escuchas volverán.

Marcelino Perelló

martes, 13 de septiembre de 2022

Réquiem por la política




El zoon politikon, es decir el “animal social”, en el sentido más estricto de la palabra, aquel que rige la convivencia con sus congéneres por códigos más estructurados y razonados que los de la horda, la tribu o el clan, no cobra entidad con todas la de la ley —nunca mejor dicho— que en la antigua Hélade, en Atenas y sus alrededores. Los grandes textos sobre la cuestión y que han llegado hasta nosotros son los de Platón, es decir de Sócrates, es decir de Platón.

Pues bien, le tengo malas noticias, amigo mío, aquel tiempo, aquella que llamaré Edad de la Política, después de la de Piedra, de Bronce y de Hierro, ha fenecido.

Y cuando digo Edad de la Política no me refiero a la del pensamiento ni a la de la comunicación, pues éstos siguen, mal que bien —a menudo más mal que bien— existiendo. Pero la noción de elaborar un “pensar” y un “hacer” en nombre de la dinámica colectiva, esa sí, pertenece a alguna Edad anterior.

Hace ocho días, no siete, el agudo periodista Ciro Gómez Leyva, uno de los más desenvueltos en nuestro paisaje mediático, entrevistó en Imagen Televisión, largo y tendido, a Andrés López Obrador, que no necesita presentación ni adjetivos, y que repudia con bravía el epíteto de “lagarto”, pero que defiende a capa y espada el de “Peje”.

Si no lo vio en su momento, no deje de buscarlo en internet. Aí está, para desgracia de ese Peje que no quiere ser lagarto. Ya sé que es de güeva, de lugar común en lugar común hasta la otra orilla. Pero no deja de haber preciosidades y alguna madreperla en el camino.

—La cuestión es bien simple: México sufre de una grave corrupción en todo su sistema gubernamental y administrativo. —Y cómo lo vas a resolver, pregunta el Ciro. —Pues terminando con ella. Yo soy incorrupto e incorruptible, Por lo tanto, todos los funcionarios van a ser como yo.

Es formidable. Todo un hallazgo. No sé si remitirla a Lope de Vega o a Ionesco. Pero pérese, el entremés no termina ahí.—Voy a sacar al Ejército de las calles, continúa el predicador. —¿Y cómo vas a combatir a los huachicoleros, a los que se roban la gasolina? Pregunta, entre irónico y desconcertado el Ciro. —Pues porque todo el mundo tendrá un ingreso digno, nadie necesitará robar.

Tal cual. Tal vez debería yo haber transcrito textualmente la palabras del morénico, pero le dejo la chamba a usted. Le aseguro, por mi honor, que no hay gran diferencia.

Todo esto sería hasta divertido, si el tal AMLO fuera un personaje local, folclórico, destinado a animar el personal en una fiesta de barrio. El problema, es que no es así. Cuenta con millones de fans, de seguidores y de fieles, mas no de partidarios. Y el gran desastre —más allá de problema— es que se trata de un fenómeno mundial —global, como hay que decir ahora— y los ejemplos sobran.

La presidencia de Trump, para no ir más lejos. No hay política ahí. Pura imagen. Imagen y administración. Aunque parezca lo contrario, no hay discurso alguno. Puro bla bla bla. Exactamente igual, pero al revés, como diría el gran Silvio.

E idéntico al proceso francés. ¿Quién es Emmanuel Macron? Un Don Nadie. Un Nerd. Al que su maestra de francés se cogió cuando él tenía 16 añosy que por azar era la esposa de un banquero. Nadie habló entonces de pedofilia o estupro. Y menos ahora.

El caso es que nuestro Emmanuel ha de haber aprovechado el que el cornudo era banquero. Y ahí inició su carrera. En plena adolescencia. Abusado el muchacho ingresó al mundo de la banca y de ahí pa’l real.

Ante el reto europeísta, la banca francesa y europea precisaba de nuevos cuadros. Hubo concursos y oposiciones y nuestro Emmanuel las ganó todas. No, pos sí.

Puestos a reclutar algunos nuevos operadores iniciaron averiguaciones. Muchos incluso vinieron indiciados, con recomendaciones especialmente autorizadas mediante evaluaciones en sumo grado relevantes ante vicisitudes extremas.

Entre ellos estaba Macron. Y se volvió primero ministro y después Presidente. Así funcionan las cosas. La política, aquí y allá, ha muerto.


Marcelino Perelló
16 de Mayo de 2017  
Excelsior

lunes, 12 de septiembre de 2022

Pobre hombre



Y él, digámoslo negro sobre blanco, es impresentable. Siguiendo la parodia de los quince años, y si yo fuera su padre, ni hielo seco le ponía. O, al contrario, le ponía un chingo para que nadie lo viera. Es de vergüenza ajena, me cae.

O propia, ya no sabe uno.

Si lo reducimos a que es gringo, ai se va. Es su pedo. No será la primera vez, ni la última, en la que nuestros vecinos de septentrión hacen el ridículo. Es lo suyo. Pero si lo consideramos un homo sapiens de siglo XXI, es decir nuestro semejante, y dueño de la mitad del mundo de nuestros semejantes, entonces pobre sapiens, pobres de nosotros. La vergüenza ya no es ajena sino propia.

Para no ir más lejos, y a modo de verbigracia tristísima —o divertidísima, depende de cuál es su estado de ánimo, lunático lector— es suficiente ver ese minivideo, gif, dicen que hay que decir, en el que aparta con la mano, en un gesto nada gentil, al Presidente de la República de Montenegro, para quedar en frente. De una elegancia troglodita, diría yo, con perdón a los trogloditas, que, reconozco, no sé de qué manera hacían a un lado a quienes se les ponían enfrente.

Esa sola imagen lo retrata. No hay que ver ni leer nada más. Ya sabemos quién es. Y cómo es. No cabe duda alguna. No le costará a usted encontrarla, anda pululando por las redes como mosca panteonera. No sirve de nada, obviamente. Las redes son para otras cosas. Pero ahí está, como testimonio indeleble (¿será?) de la calaña de los dueños del mundo.

Aunque, para su pesar o regocijo, bipolar amigo mío, hay cosas peores-mejores. Su visita a Israel es un poema o, mejor, una leyenda digna de las Mil y una noches, si no fueran persas. Curiosamente, ahí el magnate el que apartaba a los que le hacían sombra no era él. Trump fue a Israel a rendir pleitesía.

Érase que se era, para ser fiel al estilo de los antiguos cuentos, un país legendario al que llegaron los que algunos llamaron los cuatro jinetes del apocalipsis. De hecho eran dos jinetes y dos jinetas, pero del apocalipsis todos.

Encabezaban el cortejo Donald y Melania, Ivanka y Jared Kushner. La cosa no es trivial. Se trata de un verdadero melodrama quid pro quo. Resulta que Ivanka, hija del matrimonio anterior de nuestro Donald se encula de un joven banquero judío (cosa no rara allá), con el que su papá tiene negocios, y decide, sin más, convertirse al judaísmo. Así que nuestro presbiteriano Donald se despierta un día con una esposa luterana convertida al catolicismo y una hija quién sabe qué convertida al judaísmo. Un auténtico Cardinal punch.

Así que la visita a la antigua judea se convierte, más que una visita de Estado en una peregrinación. Las demostraciones de acercamiento e incluso de veneración que la familia imperial gringa llevó a cabo en las tierras de la antigua Yehudah, no ofrecen duda alguna.

La imagen del empresario, dueño de la mitad de los casinos de Estados Unidos, contrito frente al Muro de las Lamentaciones, insertando su papelito con gemidos y peticiones a los Reyes, con todo y su capel sobre su muy personal campo de trigo, no tiene madre. Para la historia.

Y es que el show lo escenificaron los cuatro fantásticos, no sólo él, y que marca de manera indeleble esa interrelación inextricable entre la política y las pasiones, por mezquinas que sean éstas. Lo curioso es que en esta ocasión la estrella no fue él, ni su hija judía, ni su yerno más judío aun. Los reflectores se los llevó su esposa Melania. Era de esperarse, como modelo y puta sabe de eso.

Qué consecuencias tendrá ello en la guerra del Medio Oriente es imprevisible. Pero desde ahora le digo que no serán buenas. O se hace política o se cumplen los caprichos de la hijita consentida. Una de dos. No hay de otra. En todo caso las propuestas de Trump son definitivamente un portazo a las negociaciones de paz.

Propone otras reglas de índole ostensiblemente sionista. Melania incluso vistió itichel, portó inmodesta las arracadas salomónidas. Pisó indiferente los adobes sagrados.

La suerte del planeta se juega en el Medio Oriente. Y el planeta, a todas luces lleva las de perder. No es de sorprender que un imbécil esté al frente de un pueblo de imbéciles. La culpa no es suya. Finalmente, Donald Trump no es más que un pobre hombre.


Marcelino Perrelló
30 de Mayo de 2017
Excelsior  

domingo, 11 de septiembre de 2022

Ambidiestro



Con frecuencia recuerdo esa noche, en casa de mis queridísímos Ligia y Didier, en que, como juego de sobremesa, expuse la cuestión. A que si la reina está a la derecha del rey. No, ni madres, está a la izquierda. Si yo miro la foto mi derecha es ésta, luego está a la derecha. Pero el que miro soy yo, y por lo tanto está a la izquierda. En el ajedrez está a la izquierda. Depende otra vez, si juegas blancas a la izquierda, pero si juegas negras, a la derecha.

¿El Popo está a la derecha a o la izquierda del Izta? Depende. ¿Depende de qué? De dónde los mire yo. ¿Y si yo estoy del otro lado? Entonces será al revés. ¿O sea que quieres que anden dando brinquitos? En fin, se armó una tal marimorena que terminó en divorcio.

Los términos, fácil y lamentablemente se transfundieron a la política, y con ellos se transfirió su confusión. Fue la Revolución Francesa. ¿Dónde y cuándo si no? Si hay alguien especializado en confundir las cosas, desde la moral, el sexo, el orden sexual, esos son los gabachos.

En la Asamblea Nacional, resultante del derrocamiento de la monarquía, hubo tres sectores predominantes, a los que le pusieron apodos para facilitar las cosas: los girondinos, los jacobinos y los montañeses. Los primeros se sentaban a la derecha (en fin, si los miraba uno desde el presidium, los jacobinos a la izquierda, y los montañeses, como su nombre lo indica, allá arriba en la gayola).

De ahí en adelante los términos quedaron grabados en hierro: la izquierda y la derecha. Como si la Revolución Francesa siguiera existiendo. Los jacobinos, serían intransigentes, cortando cabezas, mientras los girondinos preferían contarlas. Mientras tanto los montañeses, como el chinito: no más milando.

Hoy, los términos de izquierda y derecha siguen vigentes, sin ninguna referencia definitoria con su origen. Los “jacobinos” actuales no son tan intransigentes como sus supuestos antecesores. En otras palabras, unos y otros comparten el propósito, tan próvido, como antaño, de hacer el bien. Y ese bien pasa, por supuesto, por ejercer el poder.

Lo que en 1790 no era ninguna farsa, hoy, 227 años después, se ha convertido en una pantomima impresentable. Ver a Pedro Sánchez, candidato ganador a las elecciones para secretario general del PSOE, cantando la Internacional: “Destrocemos todas las cadenas de esclavitud tradicional, los que nunca fueron nada, dueños del mundo hoy serán”, me produce no sólo escalofríos. Directamente náuseas.

Los beneméritos dueños actuales de la marca, decidieron, años ha, cambiar el símbolo del puño en alto, por otro de lado, horizontal, que quién sabe qué significa, y para acabar de embrollar el asunto lo hicieron sostener una rosa. Aquel puño apretado, que significaba guerra, lo convirtieron en uno vendedor de flores.

La hipocresía y el cinismo nunca pudieron ser más hirientes. La izquierda se ha convertido en una payasada. ¿Quién es el señor Sánchez, quiénes son los que lo sostienen y financian? Esto es, créame, desolado lector, una atarjea.

El problema, no obstante, es, ay, de mucha mayor envergadura, mucho más profundo y extenso. La desaparición de las ideologías, anunciada, años ha, por Yukuhama y Baudrillard no es broma. Aquí todo se vale. Los que mandan mandan y los que obedecen obedecen.

La izquierda, hoy, no es más que una entelequia. Confetti en los ojos. No es más que el contrapeso necesario para que la derecha siga existiendo. Pedro Sánchez es el contraste necesario para que Mariano Rajoy siga gobernando. De la misma manera que el llamado Peje (dice que lagarto no) es la garantía de que el consorcio PRI siga administrando los recursos del Estado.

La revolución tal cual, es decir el defenestramiento de los amos, la desaparición de la propiedad privada del trabajo de otros, ha fenecido. La palabra “emancipación” debería ser suprimida del diccionario. Es algo que a la izquierda no le preocupa.

Durante la Primera Conferencia Internacional de los Trabajadores se planteó la gran diatriba entre comunistas y anarquistas. La cuestión era álgida. ¿Era imprescindible erigir un Estado proletario o no? ¿la emancipación pasaba por la toma del poder del proletariado o no?

Pretendieron resolver el serio altercado gracias intervenciones oportunas endulzando las feroces intransigencias nucleares. Mantuvieron incólumes valores indispensables, entre varios intocables también estaban muchos objetivos sociales literalmente obligatorios.

El dilema se ha resuelto por la más triste de las soluciones posibles. Simplemente se ha disuelto. Hoy, todos los políticos del mundo han optado por la confortable ambigüedad. Izquierda y derecha vienen a ser lo mismo. Todos son ambidiestros.

Marcelino Perelló
23 de Mayo de 2017 
Excelsior

viernes, 9 de septiembre de 2022

Mayo

 






Cuando en México hablamos del “68” todo el mundo sabe a qué nos referimos, con tanta o más precisión que si nos referimos al “69”. El gran movimiento estudiantil marcó, sin duda, ese año. Aunque, por desgracia, por mala fe de algunos y buena fe de otros, la memoria de la magna movilización revolucionaria haya sido reducida al asunto meramente criminal y a la tarde-noche de un solo día y una sola plaza.

En todo caso, el sesenta y ocho sigue siendo el sesenta y ocho. Maltratado, manoseado, abusado, deformado, es lo que es. No son pocos los que han vivido y siguen viviendo de él. Tal vez yo no soy una excepción, pues aunque nunca me he puesto medallas ni he medrado de privilegio alguno, sin duda mi vida habría sido completamente otra.

Ya lo he dicho y repetido —y lo seguiré diciendo y repitiendo otras mil—, lo realmente destacable en la historia de la cultura no es tanto el 68 como la década a la que pertenece, la Década de los sesenta. La Gran Década de la que el 68 hace parte y que, sin ella, no hubiera sido posible. Década que yo, con la arbitrariedad axiomática del matemático, extiendo a 15 años. Desde el Primero de enero de 1959 hasta el 11 de septiembre de 1973.

Y tal vez el sesenta y ocho no es el año más significativo de esos años, pero, sin duda, sí es el más deslumbrante. Y los dos momentos culminantes, asombrosos, fueron lo movimientos estudiantiles de México y Francia, sin duda. De París y de la Ciudad de México, para ordenarlos cronológicamente y localizarlos con precisión.

La cosa es, pues, que si en México hablamos del “sesenta y ocho”, en Francia hablan de “mayo”, así de escuetos, y todo el mundo sabe de qué mayo se trata. Pasa un poco lo mismo que en Rusia, donde hablar de “octubre” no precisa de más explicaciones.

Es fácil de entender, mientras que en París y en Petrogrado el levantamiento duró apenas unas semanas, al menos su clímax, el nuestro se alargó hasta cinco meses, con intensidades oscilatorias.

El punto es que hoy, 17 de mayo se produce el momento culminante del movimiento francés. Hace exactamente 49 años (me pregunto, intrigado, de qué manera lo recordarán, evocarán y celebrarán los gabachos de allá). Ese momento fue la Toma de la Sorbona, que muchos quisieron ver paralela y equivalente a la de la Bastilla, 180 años antes.

La Sorbona, el emblemático y majestuoso edificio en el mero centro del bulevar Saint Michel, rodeado de cafés históricos, desde La Coupole al Cluny, había sido la sede misma de la Universidad, algo equivalente a nuestro San Ildefonso, y ya para entonces se había convertido, modestamente, en la Facultad de Filosofía y Letras (París I).

La movilización estudiantil no comenzó ahí, sino en Jussieu, la Facultad de Ciencias (París VI). ¡Siempre Ciencias!, ubicada en la banlieu, en los suburbios al sur del distrito XIII. La cuestión se inició en torno a ciertas irregularidades en el trato académico y administrativo a los estudiantes. En dos o tres días más se incorporaron demandas laborales, y en dos o tres más la pradera se incendió.

La algarada se volvió sublevación, con vocación de revolución, y llegó al centro de París, más exactamente al Distrito V, el llamado Barrio Latino o La Rive Gauche, la “ribera izquierda” del Sena. Izquierda ciertamente.

Todo el viejo París estaba adoquinado. Y ese fue el catalizador que volvió la situación explosiva. Los adoquines sirvieron tanto para hacer barricadas, elemento emblemático de la Revolución Francesa, como para ser usados como pesados proyectiles, de 5 o 6 kilos, contra los ataques de los CRS, los granaderos de allá.

Uno de los aspectos más brillantes y emocionantes del movimiento francés fueron, sin duda, sus eslóganes, sus consignas, y una de las más bellas rezaba: Sous les pavés, la plage, y, en efecto, bajo los adoquines había una capa de arena.

Hubo otros magníficos, muchos recogidos en una antigua e imperdible publicación: Los muros hablan. Todas las paredes de París, como en México, eran un manifiesto, a menudo una antología poética. Entre ellos, le menciono sólo los tres más célebres: “Seamos realistas, creamos en lo imposible”, “Cuando el dedo señala el Sol, el idiota mira el dedo” y “La imaginación al poder”.

En fin, surgieron, claro, líderes brillantísimos —a pesar de lo que los propios anarcos reclaman, no hay movimientos sin líderes.  Cuando llegué a París, en enero del 69, conocí a alguno de ellos. A Daniel Cohn-Bendit, con el que no congeniamos, y a Jean Sauvajot o Alain Krivine, el trotskista, con el que fuimos buenos amigos,

Sin embargo, todos se escandalizaban al saber que en México teníamos asambleas democráticas, que se contaban los votos y que se elegían por mayoría los representantes al CNH, Para ellos eso era escandaloso. “¡Si de eso venimos huyendo nosotros!”, se exclamaban. “¡La democracia es una trampa!” Me costó entenderlo y aprenderlo.

Tristemente, en sus últimos estertores, cuando el movimiento se volvió “obrerista”, se debilitó su consistencia y su belleza.

Para retomar el camino inicial propusieron iniciar conferencias ideológicas ofreciendo a los autores varias iniciativas sobre temas anarquistas. Muchos invitados vinieron ipsofacto a glorificar únicamente acciones subversivas.

Todo fue inútil. La huelga general obrera, convocada para apoyar al movimiento, acabó por hundirlo bajo sus demandas mezquinas de aumentos y prestaciones. Y es que, ay, los trabajadores no son poetas.


Marcelino Perelló

17 de Mayo de 2017  

Excelsior

jueves, 8 de septiembre de 2022

¿Eran pizarroncitos?

 


Esa tarde del invierno de 1786 hacía un frío que calaba los huesos. Afuera el viento hacía bailar las ramas desnudas de los árboles bajo un cielo de plomo. A lo mejor por eso los niños habían estado insoportables, al punto de que el viejo profesor del tercer grado de la escuela primaria de una aldea perdida en algún rincón de la Baja Sajonia, a orillas del plácido Oker, decidió castigarlos. Permanecerían ahí al terminar la clase; deberían sumar todos los números del uno al cien, y no podrían irse a sus casas hasta que terminaran.

Pusieron manos a la obra, contrariados por un castigo que se antojaba demasiado severo, pero deseosos de irse cuanto antes. 1+2 = 3, 3+3 = 6, 6+4 = 10...

Alguno, más vivillo, ya iba por el 9: 36+9=45. Ahí estaban todos, calladitos y con la cabeza gacha sobre el papel —¿o eran pizarroncitos?— suma y vuelve a sumar. Todos menos der kleine Friedrich, que así llaman allá a los Federiquitos. Al buen Friedrich se le ocurrió —¿por qué?, ¿de dónde provienen las ocurrencias?— que no tenía que sumarlos obligatoriamente en orden.

Para obtener conclusiones a medias acertadas debemos razonar empíricamente. Voltaire indicó cómo avanzar, siguiendo intuiciones que unifican ideas elementales radialmente esparcidas, empleando sus útiles nunca imaginados como artilugios.

Así que sumó primero los extremos: 1+100 = 101. Después sumó el segundo con el penúltimo: 2+99 = 101, y se dio cuenta —¿cómo?, ¿de qué manera se da uno cuenta de esas cosas?— que si seguía sumando así, de uno en uno hacia adelante en el principio, y de uno en uno hacia atrás en la cola, siempre obtendría 101, hasta que llegara al 50 + 51. De tal suerte, tendría 50 sumas parciales con el mismo resultado y los habría sumado todos. De manera que nuestro Fefé dejó de sumar y multiplicó: 101 x 50 = 5050. Esa multiplicación hasta él, a sus ocho años, se la sabía, y ese era el resultado.

Levantó la mano, respetuoso, y dijo al maestro que había terminado. Éste, ofendido, lo increpó: ¡Cómo te atreves a tomarme el pelo, mentecato! ¡Por quién me tomas! No vio el resultado que, además, ni debía conocer; sólo se fijó en que el niño había garabateado apenas cuatro o cinco operaciones y su cólera creció. ¡Ahora sabrás quién soy yo! ¡Me vas a sumar del uno al mil! ¡Aunque tengamos que pasar aquí toda la noche! ¡Te voy a enseñar yo a hacer trampas!

Federico agachó la cara, roja de vergüenza, ante las risas burlonas y contenidas de sus compañeros. El maestro, bufando, retomó su lugar. Resulta sorprendente —pensó—, este niño siempre se porta bien. Es de familia muy humilde, pero tiene buenos modales. Quién sabe qué mosca le picó, para pretender...

Pero sus pensamientos se vieron interrumpidos, porque el pequeño Friedrich levantaba una vez más la mano. Ya había terminado. ¡Esto era demasiado! Tanto, que se obligó a contenerse y a pedir explicaciones. Y las obtuvo; ciertamente no las que esperaba. Ahí estaba escrito, sin más: 1+1000 = 1001, 1000/2 = 500, 1001 x 500 = 500,500. El razonamiento del pequeño era inobjetable. Acababa de ser establecida, por primera vez, la fórmula de las progresiones aritméticas.

Bien, te puedes ir, balbuceó, atolondrado, el mentor, sin quitar la vista del papel. Der kleine Friedrich tomó sus útiles, se despidió, cortés, y salió a la ventisca. El maestro se sentó, mirando aún el papel —¿o era pizarroncito?— con la cifra mágica: 500,500. Al niño se le había olvidado escribir su nombre, así que se lo puso él mismo: C. F. Gauss. Nunca sospechó —¿o sí?— a quién tenía entre sus pupilos, tan revoltosos ese día. La noche ya caía.

El mayor matemático de la historia caminaba contra el viento, con pasitos cortos, pero rápidos, la mochila en la espalda y la cara tapada por la bufanda raída. Estaba preocupado; tendría que explicar a sus padres por qué llegaba tarde. En el salón, los otros niños continuaban en silencio: 703+38 = 741, 741+39 = ... Sólo se oía el rasgar de los lápices. ¿O eran gises?


Marcelino Perelló

31 de Mayo de 2017 

Excelsior

miércoles, 31 de agosto de 2022

Esa ya la vi


  


Claro que para ser confiable no basta serlo, es preciso que, aun siéndolo, el otro confíe. Ante el desconfiado nada ni nadie es confiable. Es el caso del marido celoso o del abarrotero gallego. El problema, sin embargo, es bastante más sencillo, y se reduce a un solo y simple apotegma: “El pataleo siempre reditúa”.

El infame, permanente, imbatible poder del chantaje. Chantaje que en nuestro país posee un acendrado abolengo. Cuando los caciques plataneros acarrean a sus huestes para bloquear avenida Cuauhtémoc frente a la Sagarpa para exigir “presupuesto”, no hacen más que eso, un chantaje. “O nos lo concede o no nos vamos”. En la calle las patrullas se afanan en proteger a los ejidatarios y en desviar el tránsito. Finalmente, las autoridades ceden en parte, “ni tú ni yo”, y todo en paz. Los sombrerudos se van, en sus camiones —comfortables, no vaya usted a creer que de redilas— y las “autoridades” satisfechas. Han cumplido su trabajo. No ha habido violencia y Cuauhtémoc circula. Miel sobre hojuelas.

Así funciona, amigo mío, este nuestro medio país. Con las elecciones el esquema es exactamente el mismo. Si pierdo las elecciones, alego fraude, vocifero a los cuatro vientos y si quieres que me calle, a ver cómo nos arreglamos.

Las elecciones de anteayer domingo no fueron, ni podían ser una excepción. No lo fueron en Coahuila ni, sobre todo, en el Estado de México, que es, ya lo sabemos un “nacoestado”, o para decirlo de manera más elegante y doctrinal, un “lumpenestado”.

No sólo es el más populoso, por mucho, de la República, sino que además alberga a una inmensa, inconmensurable población “interlopa”. Millones y millones de hombres y mujeres desarraigados.

Al original Estado de México le extirparon hace siglo y medio el Distrito Federal, y con ello lo condenaron a convertirse en un tumor maligno que envuelve e intoxica a la capital. El cinturón de descomposición que envuelve la ciudad desde Tlalnepantla hasta Neza, es definitivamente, tóxico, patógeno. E inevitable.

Y que conste que estaba evitando hablar aquí de Cuajimalpa o Santa Fe. Ellos también son nacos y lúmpenes, desarraigados, pero son ricos y peores.

El caso es que anteayer todo parece indicar que Atlacomulco se chingó a Texcoco. Digamos que era previsible. Como previsible era el berrinche —siempre redituable— del Señor Lagarto, lo nombro, no por su nombre, como si fuera un amigo o un cualquiera, por su apellido, como corresponde a los personajes insignes.

La “maistra” perdió, en el estado más naco del país. Eso arde. Pero en fin, se enfrentaba a Lord del Mazo Maza, y eso no son bromas. Atlacomulco 1 Texcoco 0. A pesar de que la diferencia fue menor a la que yo esperaba, era previsible, el resultado era el previsto. No se puede combatir al poder con el eslogan: “Ellos son corruptos y nosotros no”. ¿Dónde habré yo oído eso?

No nos hagamos majes, el PRI ha sido durante un siglo y sigue siendo el único partido político estructurado como tal en México. A pesar de los tropiezos y temporales que ha debido afrontar. Los demás ni tienen comités, ni activistas, ni estructura de base. Por más perniciosa que se considere ésta. El PRI es un partido, las otras siglas no.

Y eso, a la hora de la hora, se nota. Que si la compra de votos, que si el acarreo... Entendidos. Pero un partido al que le pueden hacer fraude, obviamente, no puede gobernar.

Es como si los demás ni corrompieran ni acarrearan. Vamos, amigo. A otro perro con ese hueso. El fenómeno es universal y permanente. Por supuesto se nota menos en Francia que en Zimbawue y no es sino una evidencia más de hasta qué punto la tan ensalsada democracia es una farsa.

En México compramos votos, en Inglaterra ponen bombas. Aquí entre nos, si se trata de escoger, me quedo con nuestro sistema. Tracalería por tracalería, ya en plan de utilizar al ciudadano como cuartada de nuestra codicia, intentemos al menos que la humillación sea menos degradante y sobre todo menos sangrienta.

Puestos a reconsiderar el conflicto eterno mesuremos otros sesgos ominosos sin originar sofismas. Mientras inflamados valedores increpan, inadvertidos viborones están recorriendo nuevas áreas manufacturando obediencias sumisas.

Yo no sé por qué la maestra Gómez Álvarez (¿a las mujeres hay que llamarlas obligatoriamente por su nombre de pila?, sin que las feministas protesten) acepta ser utilizada de tan deplorable manera en el proyecto de tan deplorable personaje. Esa ya la vi.

Marcelino Perelló
Excelsior 
6 de Junio de 2017

martes, 30 de agosto de 2022

Segar cadenas



En la vida, tanto individual como colectiva, se llega siempre, inexorablemente, a esos momentos decisivos, culminantes, cardinales, que dan sentido a todo el acontecer previo y dirección al acontecer venidero. Sería un error llamarlos cruciales, pues tal adjetivo remite a encrucijada, a aquella situación en la que es preciso elegir, tomar una decisión, y enfilar un camino. Lo que implica abandonar, renunciar a los otros. En los momentos cardinales ya no tiene uno nada que decidir. Todas las decisiones ya fueron tomadas antes y nos condujeron a este punto en el que todo se juega.

La situación crucial es antes de cruzar el Rubicón. Una vez atravesado, la situación se ha vuelto cardinal. Alea jacta est.

Cataluña llega, llegará este jueves, a su momento cardinal, en el que se decidirá su suerte de manera definitiva. Al menos por muchos años, decenios. Sin querer dramatizar más de la cuenta —no es necesario— tal vez para siempre. Se trata del momento más trascendental de su historia desde hace por lo menos tres siglos.

Será el momento cardinal de Cataluña, cierto. Pero con ella, en buena medida, el de toda la sociedad llamada civilizada. Por primera vez en la historia contemporánea puede surgir un nuevo país en el corazón de Europa occidental. Y esas no son bromas. Ya estuvo a punto de suceder hace un año justo en Escocia, pero los escoceses perdieron. El resultado fue justo y terriblemente injusto, desesperantemente ajustado y descorazonadoramente inmerecido. Hace veinte años lo mismo sucedió en Quebec, que no está en Europa, pero casi. Igualmente justo e igualmente injusto, y hace un siglo logró emanciparse una buena parte de Irlanda. Pero los tiempos eran otros y la dimensión del desgajamiento otra.

Este jueves, pues, el gobierno catalán anunciará la fecha definitiva del referéndum vinculante en el que los catalanes decidirán si quieren seguir sometidos al yugo español o declarar su independencia, justa y plena, arrebatada hace trescientos años. Éste se llevará a cabo el 1º o el 8 de octubre de este año. O sea ya. A aquellos leguleyos españoles y españolistas que insisten en negarles tal derecho, no hay más que recordarles que las elecciones municipales del 14 de abril de 1931 en España se volvieron por sí solas el plebiscito que destronó a Alfonso XIII e implantó la II República. Así son los momentos cardinales.

Todas las encuestas dan la victoria a los partidarios del referéndum, con 80%. Una mayoría, de nuevo, abrumadora. De las 135 curules que componen el parlamento, los soberanistas poseen poco más de 70. Es precisamente este margen tan estrecho el que ha llevado al gobierno español y a las fuerzas españolistas a un estado de desesperación histérica. Tienen la impresión de que podrían revertir la decisión. Pero ya no hallan qué hacer.

Las tácticas de convencimiento a todas luces han fracasado. Su paroxismo los ha llevado entonces al terreno de las amenazas. Que si Cataluña sería ipso facto expulsada de la Unión Europea, o que si los grandes bancos emigrarían, con las consecuentes consecuencias económicas. Catastróficas por supuesto. Se produciría inevitablemente el tan temido “corralito” argentino, o griego. El país se convertiría “en una especie de Albania” (sic), apestado, excluido y despreciado por todos. Se han lanzado a una operación internacional de gran envergadura en busca de apoyos a la “unidad de España” y han obtenido declaraciones favorables de Merkel, May, Trump y Santos. De las que no consiguieron, claro, no dicen nada. En todo caso sólo se trata de opiniones corteses, de circunstancia. De labios para afuera. Es evidente que si, finalmente, Cataluña realiza un referéndum convincente las reconsiderarán sin sonrojarse.

En otro flanco, advierten que los ciudadanos de origen español que se han asentado en el país —que son muchos— serían discriminados, su lengua materna perseguida y sus relaciones con sus familias en España enormemente dificultadas. El ministro de la Defensa ha llegado incluso a amenazar con la intervención militar si fuera necesario. En resumen, se trata de toda una auténtica y formal campaña de amedrentamiento. Donde la razón pierda y triunfe el miedo.

Como en toda coyuntura semejante también aparecen los blandos, los defensores de la tercera vía. La clásica historia de los dos torturadores: el malo y el bueno. Los terceristas ofrecen una salida menos riesgosa: modificar las leyes y lograr condiciones más ventajosas de convivencia. Una manera más de abonar el temor. Es posible y necesario impedir el choque de trenes.

Proponen evitarlo sin advertir dificultades obvias, deciden eliminar normas sacrosantas obsoletas enmendando las antiguas imposiciones reales españolas. Visiones ilusorias concitan actitudes y sentimientos únicamente sobrellevados volviendo estériles notables tentativas inéditas sin construir alternativas serias.

Todo cuadra. Sólo que en su pedestre lógica, los rústicos y proverbiales gobernantes de España olvidan que el miedo sólo triunfa entre los miedosos. Tal vez lograrán amedrentar a alguno de quienes piensan en la independencia sólo porque consideran los beneficia. Pero aquellos que sienten, vibran y actúan por amor a la libertad de su patria, ésos, no se dejarán intimidar. No darán un paso atrás.

Este jueves serán millones los que vibrarán ante la inminencia de la liberación, con un solo fervor y un solo pensamiento: Com fem caure espigues d’or, quan convé seguem cadenes.


Marcelino Perelló
Excelsior
07 de Junio de 2017  

lunes, 29 de agosto de 2022

Jugar a las muñecas

 


Candidez enternecedora. A menos, claro, que consideremos el asesinato y la amenaza de asesinato como una forma de corrupción y que éstas son simple y llanamente evitadas, u obstaculizadas, a base de leyes que las prohíban y sancionen severamente.

El vértigo de normar es tan antiguo como la civilización misma. Tan antiguo, tan ilusorio y tan inútil. Son los preceptos los que deben amoldarse a la realidad existente, y no al revés. Toda ley que pretenda retacar la dinámica de las relaciones sociales en un esquema teóricamente concebido está destinada al fracaso de antemano. Las leyes probarán ser siempre tristemente insuficientes, y los jueces encargados de dirimir y aplicarlas, también. Y eso es verdad en todos los planos y dominios.

La más sencilla de las ilustraciones que se me ocurren se da en el terreno deportivo. Todos nosotros sabemos que se puede jugar perfectamente al futbol sin necesidad de árbitro alguno. Las cascaritas y los tochitos que pueblan de recuerdos entrañables nuestra infancia y nuestra juventud prueban de modo riguroso tal aserto.

La muerte de Kennedy, de otra magnitud y en otro plano, es un magnífico ejemplo de la futilidad del intento legiferador. Cuando las normas establecidas simplemente se ignoran o se saltan. Si tiene uno la capacidad y el poder necesarios claro. Pero el Poder acostumbra a tener ese poder. La correlación y disposición de fuerzas es la que manda y a esa no la modifican ni reformas políticas ni ninguna eventual prohibición de andar balaceando presidentes. O futuros presidentes.

No es aconsejable olvidar las lecciones de la historia. Y el homicidio de JFK es una de las más importantes del siglo pasado. Existen tres hipótesis de cuáles habrían sido los móviles de tan brusca y brutal ruptura del “orden legal”. Escojo mencionar, en primer lugar, la primera, que debe ser descartada, por grotesca e inverosímil. Es la versión oficial contenida en el risible Informe Warren, según la cual el autor material e intelectual del asesinato es un solo hombre, una especie de Aburto de allá. En aquel caso un fanático marxista-leninista, que habría decidido “pasar al acto”, en términos psicoanalíticos, y le habría salido a pedir de boca, impecable. Y ridículo. Resultaría más creíble suponer que Kennedy se suicidó.

Igualmente desechables son las teorías que atribuirían el homicidio a la KGB soviética o a la contrainteligencia cubana. No tienen pies ni cabeza. Una sola y escueta pregunta basta para desmontar tal sospecha: ¿Para qué diantres lo harían? Cuestión que sólo puede responderse con el silencio o con un “yo qué sé” acompañado de un alzamiento de cejas, un encogimiento de hombros y una expresión lo más bovina posible.

La única hipótesis digna de ser tomada en cuenta es la de que John Fitzgerald fue suprimido por los círculos más duros e internos de los game masters políticos y financieros gringos. Kennedy, a todas luces, les resultó incómodo por razones que a su vez pueden ser tres, que resumo, por orden de credibilidad que personalmente yo les otorgo, en respectivas frases compactas: a) Negoció con la URSS y accedió a más que respetar, tolerar la Revolución Cubana. b) Defendió con ardor e intransigencia inusitada los derechos civiles de los negros y la integración racial. C) Formaba parte de un gran y temible grupo familiar y económico de origen irlandés. Y por lo tanto, de connotaciones y ataduras católicas, harto molestas para los más beligerantes bunkers wasp.

Digamos que hubieran preferido sacarse de encima ese güero fastidioso por otros medios, más sencillos y eficaces. Pero a todas luces no pudieron. Los Kennedy, por lo visto, no cantaban mal las baladas celtas y poseían una cota de poder muy considerable. Así que sus adversarios hubieron de recurrir al bárbaro exabrupto. Y, aunque el objetivo fue cumplido, les salió mal. Muy mal. Tales excesos luego salen mal. Demasiado aparato, demasiado escándalo, demasiados actores, demasiados vínculos y demasiados cabos sueltos. Tan es así que poco después se vieron obligados a matar a su hermano Bob y a sacar de la jugada, por medio de un montaje, tan siniestro como sangriento, a Ed.

Porque la ejecución implicó tramoyas operísticas, requirió el establecer numerosísimas complicidades utilizando esos nexos tan rigurosamente orquestados. Sólo así la intriga resultó factible ofreciendo resultados tanto al legitimar embustes como incluso desactivando objeciones serias. Mientras impidieron validar indicios manipularon interrogantes acertadas, entonces sostuvieron explicaciones estrambóticas sicalípticas enmascarando las conclusiones historiográficas ineludibles sin tales enredos.

El Poder no se anda con chiquitas. Afortunadamente es raro que se vea obligado a recurrir a tan sanguinarios como ostentosos extremos, pero no seamos cándidos y que quede claro: Al Poder real no hay normas legales, principios éticos ni reformas políticas que lo coarten.

Exigir “aliados incondicionales” o “recuento de votos”, todo sea dicho con respeto, es jugar a las muñecas.


Marcelino Perelló

Excelsior

  13 de Junio de 2017 





domingo, 28 de agosto de 2022

El juego sucio

 



Ayer mismo, en el espacio hermano —primo más bien— de éste, di un consejo de buena fe a los pejistas sin ser yo mismo pejista, sino todo lo contrario. Hoy quiero repetir el insólito ejercicio y daré un consejo a los que se reclaman defensores de la democracia, sin que yo lo sea.

En el concepto y en la palabra misma “democracia” hay problemas de base, irresolubles. En la etimología del término deberemos remitirnos al griego, en el que demos significa “pueblo” y kratos es “poder”. Así pues, estamos hablando del “poder del pueblo”. Pero, por definición, el “pueblo” es aquel que carece de poder, sobre el que se ejerce el poder. En el momento en que el pueblo accediera al poder dejaría de ser pueblo. Es ésta una reflexión que va más allá del ámbito etimológico y que se inscribe en el político. El hecho de depositar en una urna el nombre de la opción deseada por el ciudadano no le otorga poder alguno, incluso si su elección coincide con la de la mayoría de la grey. Es decir, aunque nuestro hombre “gane”.

Ya me he referido aquí al pensador canadiense McLuhan. Hoy lo vuelvo a hacer. Es otro pensador, esta vez francés, Lacan, el que sentenció que repetir es bueno, después de un ágape y una parrafada. Eso ya lo dije, y siguiendo la consigna lacaniana, lo repito.

Marx reescribió la historia del hombre sobre la Tierra en términos de los sistemas de producción y de las relaciones de producción, de las clases y de la lucha de clases: comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo. Y preconizó la llegada del socialismo y la del comunismo industrial. No tengo la intención de discutir aquí las tesis marxistas. Dejémoslo así, es muy complejo.

Por su parte, McLuhan, en su Galaxia Gutenberg, lleva a cabo una operación semejante, en la que sustituye las relaciones de producción por las comunicativas, por la historia de los medios de comunicación que, después de su muerte, fueron llamados simplemente “medios” o media: el intercambio comunicativo antes de la aparición del lenguaje, ya después entre las tribus y clanes, en la época de los pequeños asentamientos, en la de las pequeñas ciudades y en la de las grandes.

La aparición de la imprenta y de la palabra duradera supuso una conmoción, y las relaciones sociales se vieron brutalmente transformadas. Qué decir de la lengua acústicamente grabada y reproducible y, sobre todo, la de la radio y la del cine. Medio siglo más tarde irrumpirá la televisión. Ahí se quedó McLuhan. No conoció la computación ni internet, con su publicidad, su correo electrónico, su pornografía y sus “redes sociales”. Daría un ojo de la cara por resucitarlo y que escribiera su Galaxia Gutenberg II. El semiótico italiano Giovanni Sartori en su sugerente Homo videns aborda la cuestión, pero se queda descorazonadamente corto.

El asunto es, pues, que cada paso adelante en la tecnología comunicativa representa un paso atrás en la ilusión democrática. Más allá de la imposibilidad de fondo del ejercicio llamado democrático y que esbozo en las primeras líneas de esta columna, lo que McLuhan y Sartori anuncian y denuncian es que la demagogia, el engaño, la manipulación y el condicionamiento cada vez tienen más espacios para operar.

Otro pensador, Eulalio Ferrer, publicista insigne, quien publicó más de 30 libros, en los cuales rebasa los límites estrictos de su oficio de publicista, pone de relieve los mecanismos falaces de la democracia actual. Entre los últimos se cuentan: El lenguaje de la publicidad, De la lucha de clases a la lucha de frases, Información y comunicación.

Tuve el honor de platicar con él y, en nuestras charlas, abundaba en el tema en el que ya había insistido a lo largo de su obra: la política democrática, hoy, no es más que un buen manejo publicitario. Propaganda y publicidad van de la mano. Don Eulalio ha de haber sabido de los últimos desarrollos de la computación, el diseño electrónico de Paint y de Photoshop. Incluso, tal vez, supo de las “redes sociales”, pero, ¡ay!, ya no pudo escribir sobre ellas. Murió en 2009 a los 88 años.

Supongo que ahí, en el cielo, deben estar los tres en amena plática, mientras que Sartori participa también. Hace muy poco se unió a esa excelsa tertulia. Hablan de cómo en Italia se chingaron a Berlusconi, de cómo en Francia la mosquita muerta de Macron se hace de la Presidencia, aprovechando —¿montando?— el cuatro con el que Hollande sacó de la jugada al gran favorito, su “correligionario” Strauss-Kahn. Y quizá aún les queda tiempo para hablar de los estudiantes mexicanos del Cine Cosmos, hace 56 años, y los mucho más recientes de Iguala. Y se han de preguntar por qué el hecho de que el PRI haya ganado las recientes elecciones y amenace con ganar las siguientes es considerado, por los perdedores, un fenómeno antidemocrático.

Por qué claman contra el fraude a priori, antes de que éste se haya constatado, y antes de que hayan podido exhibir su imposibilidad de evitarlo. Por qué denuncian que el candidato de ese PRI es apoyado por la generalidad de los medios televisivos y en buena medida periodísticos y radiofónicos. Los 132 parecen olvidar que a través de ellos también controlan los medios de masas, cuyo peso e influencia no es negligible. Pero para ellos es impensable que en las redes sociales haya “mano negra”. Por lo visto, ellos están por encima de cualquier sospecha.

El fondo de la cuestión, y nuestros tres espíritus, más Sartori, ya han de haber dado con ella, es que al considerar que una supuesta victoria del PRI no es democrática, per se, están despreciando a las decenas de millones de ciudadanos que votarán por él. Desprecio que algo tiene de racista. A lo que hay que añadir el derecho que se arrogan de que irrumpirán, “en nombre de la libertad de expresión”, en los actos y mítines priistas. Luego podrán gemir que fueron golpeados.

Los cuatro consideran qué pasaría si un grupo de americanistas con camisetas intentara instalarse en medio de la porra de las Chivas. Eso, sentencia Eulalio, se llama provocación. Marshall asiente. Sartori también.

Marcelino Perelló
Excelsior
 14 de Junio de 2017  

sábado, 27 de agosto de 2022

El asalto final

 



 


La historia colonial de la Nueva Granada es especialmente intrincada. Pero no fue sino hasta el estallido del movimiento emancipador, simultáneo con el de casi todos los otros pueblos de América cuando surge la más brillante, compleja y controvertida figura del alzamiento latinoamericano. Simón Bolívar, en efecto, no tiene parangón. Ni para bien ni para mal. Su empresa independentista, plagada de luces y sombras, fue sin duda la más ambiciosa de todas, y junto con la de José María Morelos la más programática y sustentada ideológicamente.

Bolívar es sin duda una estrella guía para por lo menos media docena de países sudamericanos y en primerísimo lugar, por supuesto, para su natal Venezuela. Pero es al mismo tiempo una losa difícil de llevar. Su herencia política, moral y social contiene no pocos recovecos y contradicciones, algunas aparentes, otras evidentes, con las que los futuros dirigentes del pueblo venezolano han debido lidiar. No es preciso decir que el que lo ha hecho con más convicción y energía es el comandante Hugo Chávez, hace años desaparecido, dejando a su vez un legado aún más inmanejable. Chávez es muy probablemente el hombre público en el que se mezclan de manera más estrecha y enredada las dos demagogias, la positiva, que se refiere al discurso para el pueblo, y la negativa, la que consiste en el manejo hábil de la mentira. En ambas fue un maestro.

El antiguo paracaidista fue un demagogo ejemplar como conductor de su pueblo. Y lo fue de manera no menos ejemplar como charlatán. Su figura y su personalidad me resultan aun hoy, años después de su defunción, del todo inaprehensibles. Si en él se mezclan las dos caras de la demagogia, al modo de Jano, en mí se mezclan, de manera sincrónica, los sentimientos de simpatía y antipatía hacia él. De atracción y de repulsa. Sé que no soy el único.

Su heredero, Nicolás Maduro no canta mal las rancheras, pero va un paso atrás. Hay sin duda en ellos un cariz histriónico. Histriones, a menudo de baja calidad. Siempre me ha dado la impresión de que intentaban permanentemente imitar a su ídolo indiscutible, Fidel, pero sin la gracia, también indiscutible, de éste. Al mismo tiempo, sin embargo, es preciso reconocer que sus gracejadas han sido siempre acompañadas de actitudes firmes y valientes en la remodelación de su país y en el proyecto, ese sí bolivariano, de que la América pobre se sacudiera del yugo económico, político, cultural y de nuevo colonial, del nuevo Imperio. Su tarea redentora no fue una guasa.

A ellos les debemos el surgimiento de un espeso y florido ramillete de regímenes de izquierda —cualquier cosa que eso quiera decir— en todo el Cono Sur. Ramillete que se ha ido marchitando. Ahí estaban Ecuador, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia y Paraguay. A ellos debemos añadir El Salvador y Nicaragua (donde los sandinistas recuperan el poder gracias al auge del chavismo). Las iniciativas del Alba y la Celac, aún titubeantes y de pronóstico incierto, constituyeron sin duda intentos serios y loables de enfrentarse a la hegemonía gringa sobre la región a través de sus membretes espurios como la OEA, la Cepal o el Alca.

Sin embargo, la evaluación estricta del papel histórico jugado por estos dos personajes socializantes debe ser establecida en su labor y su significación dentro de su país. Y es ahí donde se complican las cosas, pues existe sin duda una enorme manipulación mediática y desinformativa acerca de lo que sucedía y de lo que sigue sucediendo hoy en tiempos de Maduro, en la República Bolivariana. Prácticamente de manera unánime y coordinada las agencias y los medios noticiosos del mundo le están cantando los responsos por la muerte que presumen inminente desde hace años, y pese al coro de los agoreros, el sistema sigue ahí, de manera mucho menos frágil de lo que la Casa Blanca y sus corifeos de todos colores quisieran.

No sé exactamente de dónde provenía la fuerza de Chávez. Sin duda, en parte por el hecho, no lo olvidemos, de ser militar (a diferencia de muchos otros no se hizo nunca ascender a general, prefirió el tratamiento de comandante, de nuevo a la manera de Fidel). Intentó, eso sí, hace 30 años, un golpe de Estado que resultó fallido. Tuvo que llegar al poder por la vía democrática, que es otra forma, no nos hagamos pendejos, de golpe de Estado. Él mismo sufrió una asonada militar que consiguió derrocarlo por unos días. Días confusos y de los cuales no se conoce su laberíntica y oscura crónica. En todo caso, se veía venir y Chávez, para desesperación de su círculo más cercano, se negó a tomar las medidas represivas que lo hubieran impedido. Por otro lado, todo parece indicar que minimizó los riesgos. O bien confió en sus aliados y en su capacidad de maniobra. Es preciso reconocer que aunque Maduro no es militar, ha tenido el puño fuerte para tener el ejército a su lado. No es poca cosa.

Permitió el reportaje vivo en radio sabiéndolo amenazador. Virajes inadvertidos condujeron a menospreciar esa faceta agresiva juzgándola anodina. Militares indecisos emprendieron negociaciones terciadas recurriendo a sectores ya organizados, consideraron otros mecanismos ofreciendo su intercesión neutral acompañada de alternativas, estipularon sus condiciones reformistas incorporando bizarras operaciones.

El tiempo, sin duda, le dio la razón, y salió reforzado. Siguió construyendo ese sistema social, político y económico híbrido, sin precedentes y en buena medida inexplicable. Serán galgos o lebreles, pero esa insólita combinación de los dos discursos parece haber tenido éxito. La represión existe, pero es mesurada. Venezuela está sometida a un régimen autoritario, sí, pero no totalitario.

Hoy cuando las garras y los colmillos de los capitalistas y “demócratas” de pro se preparan para el asalto final, quién sabe cómo le hacen, pero los bolivarianos siguen ahí. Contra viento y marea, Bolívar vive.


Marcelino Perelló

Excelsior

20 de Junio de 2017