Cuando en México hablamos del “68” todo el mundo sabe a qué nos referimos, con tanta o más precisión que si nos referimos al “69”. El gran movimiento estudiantil marcó, sin duda, ese año. Aunque, por desgracia, por mala fe de algunos y buena fe de otros, la memoria de la magna movilización revolucionaria haya sido reducida al asunto meramente criminal y a la tarde-noche de un solo día y una sola plaza.
En todo caso, el sesenta y ocho sigue siendo el sesenta y ocho. Maltratado, manoseado, abusado, deformado, es lo que es. No son pocos los que han vivido y siguen viviendo de él. Tal vez yo no soy una excepción, pues aunque nunca me he puesto medallas ni he medrado de privilegio alguno, sin duda mi vida habría sido completamente otra.
Ya lo he dicho y repetido —y lo seguiré diciendo y repitiendo otras mil—, lo realmente destacable en la historia de la cultura no es tanto el 68 como la década a la que pertenece, la Década de los sesenta. La Gran Década de la que el 68 hace parte y que, sin ella, no hubiera sido posible. Década que yo, con la arbitrariedad axiomática del matemático, extiendo a 15 años. Desde el Primero de enero de 1959 hasta el 11 de septiembre de 1973.
Y tal vez el sesenta y ocho no es el año más significativo de esos años, pero, sin duda, sí es el más deslumbrante. Y los dos momentos culminantes, asombrosos, fueron lo movimientos estudiantiles de México y Francia, sin duda. De París y de la Ciudad de México, para ordenarlos cronológicamente y localizarlos con precisión.
La cosa es, pues, que si en México hablamos del “sesenta y ocho”, en Francia hablan de “mayo”, así de escuetos, y todo el mundo sabe de qué mayo se trata. Pasa un poco lo mismo que en Rusia, donde hablar de “octubre” no precisa de más explicaciones.
Es fácil de entender, mientras que en París y en Petrogrado el levantamiento duró apenas unas semanas, al menos su clímax, el nuestro se alargó hasta cinco meses, con intensidades oscilatorias.
El punto es que hoy, 17 de mayo se produce el momento culminante del movimiento francés. Hace exactamente 49 años (me pregunto, intrigado, de qué manera lo recordarán, evocarán y celebrarán los gabachos de allá). Ese momento fue la Toma de la Sorbona, que muchos quisieron ver paralela y equivalente a la de la Bastilla, 180 años antes.
La Sorbona, el emblemático y majestuoso edificio en el mero centro del bulevar Saint Michel, rodeado de cafés históricos, desde La Coupole al Cluny, había sido la sede misma de la Universidad, algo equivalente a nuestro San Ildefonso, y ya para entonces se había convertido, modestamente, en la Facultad de Filosofía y Letras (París I).
La movilización estudiantil no comenzó ahí, sino en Jussieu, la Facultad de Ciencias (París VI). ¡Siempre Ciencias!, ubicada en la banlieu, en los suburbios al sur del distrito XIII. La cuestión se inició en torno a ciertas irregularidades en el trato académico y administrativo a los estudiantes. En dos o tres días más se incorporaron demandas laborales, y en dos o tres más la pradera se incendió.
La algarada se volvió sublevación, con vocación de revolución, y llegó al centro de París, más exactamente al Distrito V, el llamado Barrio Latino o La Rive Gauche, la “ribera izquierda” del Sena. Izquierda ciertamente.
Todo el viejo París estaba adoquinado. Y ese fue el catalizador que volvió la situación explosiva. Los adoquines sirvieron tanto para hacer barricadas, elemento emblemático de la Revolución Francesa, como para ser usados como pesados proyectiles, de 5 o 6 kilos, contra los ataques de los CRS, los granaderos de allá.
Uno de los aspectos más brillantes y emocionantes del movimiento francés fueron, sin duda, sus eslóganes, sus consignas, y una de las más bellas rezaba: Sous les pavés, la plage, y, en efecto, bajo los adoquines había una capa de arena.
Hubo otros magníficos, muchos recogidos en una antigua e imperdible publicación: Los muros hablan. Todas las paredes de París, como en México, eran un manifiesto, a menudo una antología poética. Entre ellos, le menciono sólo los tres más célebres: “Seamos realistas, creamos en lo imposible”, “Cuando el dedo señala el Sol, el idiota mira el dedo” y “La imaginación al poder”.
En fin, surgieron, claro, líderes brillantísimos —a pesar de lo que los propios anarcos reclaman, no hay movimientos sin líderes. Cuando llegué a París, en enero del 69, conocí a alguno de ellos. A Daniel Cohn-Bendit, con el que no congeniamos, y a Jean Sauvajot o Alain Krivine, el trotskista, con el que fuimos buenos amigos,
Sin embargo, todos se escandalizaban al saber que en México teníamos asambleas democráticas, que se contaban los votos y que se elegían por mayoría los representantes al CNH, Para ellos eso era escandaloso. “¡Si de eso venimos huyendo nosotros!”, se exclamaban. “¡La democracia es una trampa!” Me costó entenderlo y aprenderlo.
Tristemente, en sus últimos estertores, cuando el movimiento se volvió “obrerista”, se debilitó su consistencia y su belleza.
Para retomar el camino inicial propusieron iniciar conferencias ideológicas ofreciendo a los autores varias iniciativas sobre temas anarquistas. Muchos invitados vinieron ipsofacto a glorificar únicamente acciones subversivas.
Todo fue inútil. La huelga general obrera, convocada para apoyar al movimiento, acabó por hundirlo bajo sus demandas mezquinas de aumentos y prestaciones. Y es que, ay, los trabajadores no son poetas.
Marcelino Perelló
17 de Mayo de 2017
Excelsior
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