viernes, 14 de julio de 2023

Desvergüenza

 


  26 de Enero de 2016  


Son muchos, realmente muchos, los ciudadanos que consideran a Peña Nieto un “narcopresidente”, corrupto e inepto; y en primerísimo lugar, responsable directo o indirecto de la muerte o desaparición de los famosos 43 de Ayotzinapa, lo cual lo convierte automáticamente en asesino o, en el más indulgente de los casos, en cómplice de asesinos. Por acción u omisión. Dicha opinión rebasa con mucho nuestras fronteras y es sostenida de manera pertinaz por las agencias noticiosas del mundo entero.

Digo “opinión” en el párrafo anterior, mostrando una complacencia inmerecida, pues una opinión, en sentido estricto, es un juicio y precisa de un cierta base, por frágil que sea, de una argumentación discutible pero mínimamente sostenible. Y no es ese el caso. Se trata de simples exabruptos, motivados por una antipatía, por otro lado legítima y explicable, pero no por ello menos visceral.

Estamos frente a un linchamiento mediático en toda forma y que encuentra presas dóciles en una opinión pública irreflexiva y facilota, con una proclividad desesperante hacia los esquemas elementales y maniqueos. Y tal linchamiento no es ni espontáneo ni inocente, sino que es prohijado desde núcleos concretos del poder imperial, con propósitos políticos y económicos obscuros, que adivino con facilidad pero que me veo en total imposibilidad de precisar.

No soy priista ni propriista. En absoluto. No pongo al PRI en un altar, pero tampoco en una pira. Lo pongo, sin titubeos, en una balanza. Pero soy, eso sí, un defensor apasionado de la libertad y de la verdad. Lo que me convierte, de manera irremisible, en enemigo feroz, implacable, de la mentira, la manipulación, la injusticia y la estulticia. Sin piedad, concesión ni conmiseración alguna.

Es en este sentido que he denunciado una y otra vez, sin cortapisas, la maquinación montada en contra del actual régimen de nuestro país, cuyos episodios no me he cansado de enumerar. En la etapa prepresidencial: el motín de Atenco, el caso Paulette, la frustrada candidatura de Eruviel por el PRD, la encerrona de la Ibero y los 132, y la gran algarada en las calles de la ciudad durante la toma de posesión. De la etapa propiamente presidencial: la Sección 22, las autodefensas, Tlatlaya, Michoacán, Iguala, las huelgas de la Preparatoria UACM y del IPN, las casas de las Lomas, de Malinalco y de Ixtapan de la Sal, el tren a Querétaro, Tanhuato.

Cada uno de estos cuatro merece una discusión aparte y detallada. Discusión, que más allá del batiboleo, no ha tenido lugar. A esta lista le faltan obviamente capítulos. Pero la dejo ahí. El que no dejo es tal vez el más importante y significativo: la fuga de El Chapo Guzmán.

Ya dije aquí, y hoy lo repito, que sospecho que la evasión del célebre bandolero fue llevada a cabo por alguien experto y muy poderoso. Mucho más que las ya de por sí asombrosas posibilidades del propio Chapo. Y que en esa medida, constituye una provocación más en el cuadro de la monumental trama golpista. Es más que una sospecha. Es una presunción.

Su sorpresiva y extraña reaprehensión no hace sino reafirmar la conjetura. Tal como los medios han descrito la operación, no resulta sostenible. En primer lugar, la inexplicada localización de la zona, en segundo su acorralamiento inverosímil, y en tercero, la misteriosa maquinaria misma de la captura, burlando los tan cacareados “círculos de seguridad” del fugitivo y los supuestamente numerosos vigías, llamados atalayas, que brillaron por su ausencia. Curiosamente calcada a la de Mazatlán.

Policía especializada rodeó esa zona, estrechando los ajustados márgenes operativos rápida y atropelladamente. Faltaba anular las tales atalayas en los meros accesos resguardados. Ofrecieron recompensas a los enlaces.

Todo bien, impecable. Demasiado, diría yo. Mal guión, digno de Juan Orol. Como que le falta algo, algo importante, que puede ser, me temo, la participación, más que activa, de agencias gringas. La prensa internacional la da por un hecho y así lo informa. Sin embargo, en su mensaje triunfal, Peña Nieto la ignora. “Misión cumplida” y “Lo tenemos” dirá, retomando la Mission accomplished de Bush, y la We got him de Obama. Las referencias parecen tan inconscientes como significativas.

¿Será que los yanquis fueron los que liberaron en julio a El Chapo (que según algunos, más suspicaces que yo, sería agente de ellos), y que después, a cambio de quién sabe qué, se lo devolvieron al gobierno de México? La cosa se ve negra y como que huele a petróleo. El desplome de los precios y la reciente gira presidencial autorizan la hipótesis. El Golfo de México es un flan. Apetitoso y promisorio.

¿Será que Peña, finalmente, dobló las manos? La oferta pública, y repetida en Davos, de extraditar, es decir de entregar, al codiciado reo a los gringos, no hace sino acabar de apuntalar el recelo.

En cualquier caso, de cumplirse, la decisión es grave, gravísima. La extradición de un mexicano que está encausado en México es del todo ilegal, y no se pueden, no se deberían poder, pasar nuestras leyes por aquello que tanto duele, como si nada. El precio sería la dignidad de nuestro país como Estado soberano.

Sin atenuantes. Para vergüenza de unos y desvergüenza de otros.


Marcelino Perelló

lunes, 10 de julio de 2023

Tenochcas


  27 de Enero de 2016  


La demagogia vende. Y como vende, cunde. Con bombo y platillo, en medio de tan ruidosa como deplorable parafernalia, el gobierno de la Ciudad nos informa solemnemente que su estatus se verá radicalmente modificado. Sin embargo, como aquellas carreteras que se inauguran antes de ser construidas, de momento lo único que se ha visto modificado es el nombre de la urbe. Con más precisión, ni eso. Únicamente se le retira uno de los atributos de que gozaba. Ya no se llamará Distrito Federal.

Cuestión de nombres, eso es todo. Porque hace mucho que la connotación original había desaparecido.

A fin de cuentas, en el fondo, nada había cambiado. Se ejercía el mismo poder arbitrario y despótico a cargo de lúmpenes impresentables, igualitos a los anteriores. Había aumentado de forma considerable, eso sí, el número de huesos y por consiguiente el costo de todo el adefesio administrativo. La única prerrogativa especial que se reservaba el Presidente de la República era la de nombrar al secretario de Seguridad Pública del DF. Prerrogativa que, obviamente, no ejercía.

La fórmula de definir un distrito, un territorio, de competencia federal, existe en otras repúblicas igual y formalmente federales, como en Brasil, en torno a Brasilia o en Estados Unidos y su distrito de Columbia con capitalidad en la Ciudad de Washington. La idea es preservar una zona de resguardo de los poderes federales, a salvo de los motines y los vaivenes locales y democráticos.

Los distritos federales han ido perdiendo consistencia a medida que las asonadas, levantamientos militares y golpes de Estado han ido disminuyendo. En México, el proceso fue más drástico debido al deslizamiento de la correlación de fuerzas en el DF a partir del sismo de 1985 y la fuerza adquirida gracias a él por el naciente PRD.

La hegemonía de este último se verá instalada en las elecciones de 1988 y consolidada en 1997 con la elección del primer jefe de Gobierno propiamente dicho, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. La hegemonía arrolladora que obtuvo y mantuvo el sol azteca, así como su oposición frontal al PRI que lo había engendrado y acunado, dotaron a nuestro DF de un auténtico estatuto de extraterritorialidad de facto.

En fin, deberemos esperar a que se legisle el nuevo perfil de lo que hasta ahora llamáramos Deefe. Hoy por hoy, el debate se centra únicamente en los juegos de palabras, en el dominio onomástico y de los posibles gentilicios. Digamos para empezar que la denominación aprobada: “Ciudad de México” es del todo desafortunada, pues existen en ellas amplias zonas que no son en absoluto urbanas, es decir, citadinas. Gran parte del sureste de la ”ciudad”, en Tlalpan, Milpa Alta o Xochimilco son francamente rurales y agropecuarias, Y, por otro lado, otro sector considerable, ese sí urbano del todo, está fuera de su perímetro oficial. Si no se procede a una corrección radical de los límites y las denominaciones, todo quedará en agua de borrajas.

Menos grave pero más llamativa y publicitada es la cuestión del gentilicio que nos corresponderá ahora a los naturales de la urbe. El problema viene de lejos: el apelativo de “capitalino” es insípido e inexacto, pues hay muchas otras capitales en el país. Y, por otro lado, el esperpéntico “defeño” o el enigmático, inmundo y peyorativo “chilango”, por más generalizado que sea su uso, era y seguirá siendo, del todo inconveniente y repudiable.

La cuestión de la toponimia en nuestro país es compleja y arraigada. Los nombres indios de las antiguas poblaciones sobreviven o conviven con los del repertorio mojigato de los invasores. Son pocos los países en los que su nombre coincide con el de la capital. Se me ocurren Guatemala, Panamá y alguno más, pero hasta ahí. Nuestro caso, dada la dimensión del territorio y de la población, es particularmente extraño y llamativo. Las razones, antiguas, coyunturales, históricas y culturales son complejas. En todo caso, en pleno siglo XVIII el virreinato intentó poner orden en el berenjenal toponímico y se propuso rebautizar poblaciones y provincias, pero no lo logró.

Plantean otras reglas que unifiquen esa nueva onomástica, para organizarla requieren que unos epónimos sean inhabilitados. Modismos idiomáticos viciaron innovaciones, provocando ajustes rústicos en muchas ocasiones sin linaje autóctono.

La existencia del Estado de México, al que le fue amputado el DF, acaba de complicar las cosas. La inefable RAE decide meter la cuchara y como siempre lo que mete es la pata. Nos propone el gentilicio “mexiqueños”. Válgame Dios. Nos odian, ya lo sabíamos. Allá ellos y sus ocurrencias salvadoras.

Y sin embargo la cuestión, entonces como ahora, es bastante sencilla. Basta recordar que nuestra ciudad tuvo, en su florecimiento durante la cultura india, un nombre compuesto: México-Tenochtitlan, como otras muchas ciudades de México y el mundo, desde Santa Ana Chiautempan a Clermont-Ferrand. Y que también es común el utilizar gentilicios basados en los topónimos antiguos, desde los británicos a los germanos.

Así pues, no le doy más vueltas, y puesto que ser doblemente mexicano parece complicado, decido, asumo y propongo, en plena conciencia y coherencia, que seamos, simple y honrosamente, lo que nunca debimos haber dejado de ser: tenochcas.


domingo, 9 de julio de 2023

Vertical vs. horizontal


  02 de Febrero de 2016  


Al margen de su ingenio desbordante, en esta breve novela Calvino pone una vez más el dedo en la llaga. Pocos dominios de la actividad humana son tan vulnerables a la transa y a los sucios manejos como el inmobiliario. Grandes fortunas, colosales emporios, se han generado ahí, gatos en lugar de liebres, construyendo y administrando, comprando y vendiendo viviendas.

Y por ello mismo las grandes catástrofes financieras de la historia comúnmente tienen como protagonistas tales prácticas. Ese es el caso de la Italia de Calvino en los años cincuenta. La de los EU en 2006-2008 o la del Estado español inmediatamente posterior y que aún menea la cola.

El nudo gordiano de tal fenómeno reside no tanto en la mecánica de suelos, como podría uno pensar, sino en la mecánica de los créditos. El crédito es el factótum del capitalismo. Si tiene uno crédito no es necesario que tenga capital. Éste ayuda, cierto, pero no es de ninguna manera imprescindible. Marx bien podría haber titulado su obra magna El Capital como El Crédito. La magnífica película El hombre de papel, de Ismael Rodríguez, basada en una novela de Luis Spota e interpretada por Ignacio López Tarso, ilustra de manera inmejorable esta paradoja. En nuestro sistema social, no es preciso tener dinero, basta parecerlo.

Así, las empresas inmobiliarias solicitan un crédito bancario para construir edificios y desarrollos. Y sus futuros habitantes solicitan un crédito, bajo la forma de hipoteca, para adquirirlo. El banco apuesta y espera que tanto la inmobiliaria como el propietario le vayan pagando la deuda y sus respectivos intereses. Si todo el mundo cumple, miel sobre hojuelas. Si hay morosos, se embarga, se desahucia o se desaloja y santas paces. Pero si son muchos los incumplidos, entonces toda la estructura financiera chirría, se tambalea y no puede hacer frente al desbarajuste. Es el colapso. La llamada “burbuja inmobiliaria”. No se puede vivir eternamente del cuento y el sablazo. El espejismo acaba estallando.

Al ver, azorado, cómo en nuestra ciudad, en los últimos veinte años digamos, brotan como hongos “desarrollos” lujosísimos, atrincherados como búnkers, “plazas” y malls a cual más nais y exclusivo, y rascacielos de veinte o más pisos, apelotonados en distintos rumbos de la urbe, me pregunto quién y cómo tuvo u obtuvo el dinero para construir todo eso, y quién y cómo tendrá u obtendrá el necesario para adquirirlo. Y no me puedo impedir pensar a qué horas y cómo va a tronar toda esa parafernalia.

Recuerdo que en mi primera infancia había un sólo rascacielos en la Ciudad de México, la emblemática Lotería Nacional. Años después surgiría otro, la más emblemática aún Torre Latinoamericana y frente a ella la modesta Torre Abed. Y pare de contar. Yo me entristecía, pues ciudades en principio más pobres que la nuestra podían presumir de ramilletes de tallest mucho más apantallantes. Era el caso de la Ciudad de Panamá, Bogotá, Río o Lagos. Tardé muchos años en comprender que los grandes inmuebles y los comercios de alcurnia son emblemas de pobreza, no de riqueza. Síntomas desvergonzados y ostentosos de la injusticia y desigualdad social.

Hoy, desde hace dos décadas, el degradado DF puede competir con orgullo frente a esos rivales presuntuosos. Y seguimos enrachados. Claro que nuestros relucientes gigantes deben convivir, a prudente distancia eso sí, con las inmensas extensiones del Hoyo de Iztapalapa, la San Felipe, Peralvillo, el Cuernito o cualquiera de las tres mil colonias que conforman nuestra mancha urbana (dije mancha) y que no tienen nada que pedirle a las tristemente célebres favelas brasileñas.

Antes de la catástrofe, sin embargo, otras amenazas acechan. ¿Será que nuestras ínclitas autoridades, tan populares y democráticas, prevén y reglamentan los problemas de estabilidad de terrenos, de circulación, abasto de agua y electricidad, drenaje y servicios que tales mamotretos presentan? Si le digo que me temo que no, no creo sorprenderlo, concernido lector.

Precisamente la “elasticidad” con la que se concedieron autorizaciones irresponsables en Italia propició ese crecimiento caótico, desenfrenado y opresivo que Calvino denuncia. Qué fácil resulta(ba) untar la mano de los funcionarios romanos, a pesar de la detallista y engorrosa reglamentación. La gran mayoría de las licencias son irregulares y se saltan los requerimientos, en particular de ese tan famoso como enredado “inciso tres” de la Regolamentazione edilizia, que especifica todas las innumerables restricciones y al que nadie hace el más puto caso.

Permisos extemporáneos requieren realizar interminables trámites adicionales, liberar lícitamente el gravamen arancelario sobre toda edificación, quedando ulteriormente el propietario apercibido de respetarlo escrupulosamente. También exige volver a sustentarlo, quitando únicamente el tercer requisito incluyendo sus típicos equívocos.

El resultado, ya lo puede usted adivinar, es el inevitable desorden y la más inevitable aún corrupción y usura. La descripción que hace el autor del panorama es asombrosamente similar a la que nos correspondería, no entonces, sino precisamente hoy en día.

Con la diferencia de que aquí hay más pobres que allá, y también más ricos. Más rascacielos y más ciudades perdidas. Les ganamos tanto en la vertical como en la horizontal. Bravíssimo.

Marcelino Perelló