miércoles, 25 de enero de 2023

Mi golondrina ya sabe volar

 



  03 de Enero de 2017  


Esta vez la acendrada tradición pegó fuerte en nuestro país, y como todas las fiestas descomedidas, anuncia una recia cruda. Así es esto.

Como ha sido frecuente desde los albores del siglo pasado, la celebración se inició con un aumento considerable del precio de los combustibles líquidos. Ya se habían tardado. El nombre popular para tal tradición es ya lo sabe usted, abatido lector, el de gasolinazo. Y a dicho incremento se prevé paulatina y rápidamente el de la práctica totalidad de los bienes de consumo. Se estima que en el año que se inicia la inflación alcance el 5%. No es poca cosa.

No es poca cosa, pero aquí entre nos, tampoco es nada del otro mundo. Muchos países, y en particular la gran mayoría de los de América Latina nos la envidiarían. Lo que la hace particularmente punzante no es tanto la economía sino la política. Y es que el gobierno de Peña Nieto se encuentra bajo la mira de poderosos y numerosos enemigos que han hecho de su gestión un verdadero Víacrucis, y que no perderán esta ocasión de oro para seguir haciéndosela de tos, esta vez con un nuevo argumento en su poder. Los argumentos numéricos son los meros buenos, los que se propagan más fácilmente entre la turba. Del 43 de Ayotzinapa al 20 de Magna.

Los desmanes callejeros ya se iniciaron y todo hace suponer que seguirán y probablemente crecerán. Todo pretexto es bueno y éste es magnífico.

Digámoslo claro: hay mucha gente que está molesta. Hay otra gente que finge y exagera su molestia con tal de justificar el pataleo. Y hay una tercera categoría, la de la gente que está de plácemes, pues tales sacudidas constituyen la coartada perfecta para aumentar ganancias, monetarias y/o políticas. Harán su agosto en enero.

La gente que está enojada, sinceramente enojada, tiene toda la razón del mundo para estarlo. Que ni qué. Ahora bien, el problema es hacia quién dirigir el enojo. Lo más fácil es hacia el gobierno, claro. Como siempre. Es la cara visible, la fachada del poder, aunque los verdaderos responsables se encuentren lejos o detrás.

La economía es la más enrevesada de las ciencias. Tanto que no es siquiera una ciencia. Y tanto no lo es que todo el mundo se arroga el derecho a opinar y a pontificar. A menudo sin ton ni son.

Sería ideal poder establecer si el  encarecimiento de los combustibles se debe a una mala gestión gubernamental (torpe o amañada) o bien a las despiadadas e inextricables leyes del mercado mundial. Estas últimas determinadas por el maquiavélico ajedrez de los grandes empresarios, dueños del petróleo y del futuro del mundo. Leyes tan inextricables que ni siquiera ellos entienden y dominan. Aquí se combinaron dos factores. El espectacular crecimiento del precio mundial del petróleo en 2016, que fue de más del 50% en promedio, con la dramática caída de la producción de Pemex, que ha disminuido hasta los dos millones de barriles diarios. Es lo que acostumbra a llamarse un “concurso de circunstancias”. La expresión la tenemos, la solución no.

México, gran productor de oro negro, importa más de la mitad de la gasolina que consume. Y ello se debe, sostiene Pero Grullo, a que nuestra paraestatal no da para más. Y aquí surge la cuestión delicada. En Pemex es preciso invertir cantidades ingentes de capital, para hacerla eficiente y suficiente. Pero ese capital, es decir ese dinero —que los eufemismos no nos confundan— no existe.

¿Cómo hacerle, además de exigirlo a gritos en las calles y en los libelos, para conseguir esa lana? A veces da la impresión que los “inconformes” consideran que el erario es inacabable, que los billetes son infinitos, y que si no los usan e invierten es porque los gobernantes no saben o no quieren. O bien que lo roban en tales cantidades y con tal desparpajo, que por eso no alcanzan.

Que la torpeza, la incapacidad y el latrocinio existen, es indiscutible. Quién sabe en qué grado y hasta qué punto. Pero también lo es el que no bastan para explicar el complejo entramado de la estructura y las relaciones económicas, ni los fenómenos que en ellas se producen.

Los factores reales vienen de lejos, en el tiempo y en el espacio, y tienen que ver con cuestiones de índoles tan diversas como la renuncia de Videgaray y la de Carstens, la subida de las tasas de interés en EU, la volatilidad de la oferta y de los precios de la OPEP, la elección de Trump, el enfrentamiento entre Irán y Arabia Saudita en Siria, la crisis en Petrobras, la abrumadora demanda china, o la cándida sonrisa de Meade.

Para acabar de retorcer el nudo últimamente muchos especuladores recobraron osadía, maniobrando en condiciones altamente eficaces. Diversos indicadores experimentaron caídas inesperadas sin incluso eximir tasas estructurales.           

Que los precios suben, siempre y en todas partes, ya lo sabíamos usted y yo, amigo mío. Pero me gustaría que aquellos que pregonan, con tanta vehemencia como estridencia, que las cosas se están haciendo mal, dedicaran un poco de su energía a decir cómo deberían hacerse. Y que lo hicieran de manera tantito convincente. Más allá de la denuncia y el exabrupto.

Mientras, y a modo de consuelo, vamos, usted y yo, amigo lector, a modo de exorcismo ritual y para bajarnos la bilis, a Xochimilco, a pasear un rato en trajinera, de esas a las que no les hace falta gasolina.

Marcelino Perelló

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