lunes, 9 de enero de 2023

Mi schizofriend


  22 de Febrero de 2017  


A Luminita.A quienes lo supieron y tuvieron. A quienes lo perdieron.

 

Las primeras luces que vieron sus ojos de recién nacido fueron los de la puesta de sol sobre el mar de Vieira de Leiria, un pequeño poblado en la costa portuguesa. Exactamente a medio camino entre Lisboa y Porto.

Pronto correteó por sus calles arriba y abajo, incansable. Conoció todos los escondrijos del pueblo. Era un hurón, un hurón solitario, un hurón huraño. No se estaba quieto y fue la pesadilla de su madre, la farmacista del pueblo, y de sus maestros enloquecidos. Pero ese no era el principal agobio. El problema mayor es que además de un auténtico dolor de cabeza, era un pequeño seductor, adorable e irresistible.

No estudió demasiado, pero devoraba los libros que le caían en la mano cual una termita con pantalones cortos. Se volvió un sabio ignorante cuando aún las muchachas no le decían nada. Luego sí le dijeron, y de qué manera. Los libros quedaron arrumbados.

Eran los años cincuenta, los tiempos del brutal dictador Oliveira Salazar, el que mandó grabar sobre el frontispicio de la Universidad de Lisboa su lema maestro; “Si supieras lo duro que es mandar, serías feliz de obedecer”.

Sin embargo, no debe haber convencido demasiado a nuestro joven. Cuando entró al servicio militar fue designado a Angola, la mayor de las colonias portuguesas en África, A matar negros, a los guerrilleros del MPLA del gran Agostinho Neto. Eso no era para él. Sin avisar, sin encomendarse ni a dios ni al diablo desertó. Con una muda en la petaca y doscientos escudos en el bolsillo, huyó. Atravesó toda Europa, trabajando de todo, amando a todas, bebiendo sólo vino blanco. Y acabó recalando en la Rumanía de Ceausescu, que le concedió el estatuto de refugiado político y le dio chamba en las emisiones en onda corta de Radio Bucarest en portugués.

La aventura había terminado. Se quedó ahí medio siglo. El canto de las sirenas de Occidente nunca le dijeron nada. “Merda —decía— merda e doidice mesmo”.

Dos años después, en 1969, fui yo quien llegó refugiado a Bucarest. Y fue ahí que el destino me hizo encontrarlo —tampoco era tan difícil. Encontrar a ese portuga insólito: Adelino, Adelino Branco.

Menos joven, menos revoltoso y menos esquivo. Y mucho más sabio y agudo. Conocer a Adelino ha sido uno de los grandes momentos de mi vida. Y convivir con él, tenerlo, saberlo, la etapa más intensa y formativa.

El grupo de refugiados políticos en aquella Rumanía no era grande, un par de cientos a lo más, pero constituía una banda apasionante de gente apasionante, proveniente de las cuatro esquinas del planeta. Caí en blandito. El exilio se convirtió en fiesta.

Por razones ni obvias ni oscuras, rápidamente me incorporé a la banda lusitana. Ahí estaban, imprescindibles y adorables, Claudio y Manuela, Nara, Jorge y el Zé pernambucano, Couto el angolano irresistible, Ciel y Jovinha. Eugenio, Rogelio. Víctor y mi Stela. Y estaban, alabado sea el Señor, Olavo y Rosaura. Rosaura.

Y estaba Adelino. Adelino. Mientras vivía allá lejos, en Drumul Taberei, nos veíamos poco, dos veces por semana digamos. Pero cuando se mudaron al mero centro, en Piata Româna, nos veíamos todos los días, todas las noches. Noches maravillosas, mágicas, irrepetibles. Pronto se sumó lo más selecto, lo más vivaz, delicioso e irreverente de la juventud bucarestina.

En esas tertulias rituales, primero en casa de Claudio y Manuela, después en la de Adelino y Nelly, me formé, me forjé. En mucha mayor medida que en la Facultad de Matemática-Mecánica donde se suponía estudiaba. Comíamos, bebíamos, reíamos, gritábamos y jugábamos. Y hablábamos, sobre todo hablábamos, no parábamos de hablar, en ese dialecto rumano-portuñol que ahí, a la Tolkien, forjamos. Decir que esas veladas fueron y siguen siendo inolvidables, es decir muy poco.

Con Adelino hablábamos a menudo de sicoanálisis. También en eso fue mi maestro. Y jugábamos a referirnos el uno al otro como schizofriends, vanidosos y orgullosos de nuestra locura de alcurnia, para distinguirnos de los pedestres paranoicos.

Y también salíamos, no crea usted. A bares, restaurantes y cîrciume, en bola y por separado. El socialismo, créame caro lector, es la más adelantada de las sociedades, el más dulce y propiciatorio de los entornos. No se deje entrampar por sus amargos e ignaros detractores. Nada de todo esa atmósfera, de toda esa aventura fantástica hubiera sido posible en el hosco mundo del capitalismo. Cuando por entonces iba yo a París lo encontraba siempre triste, seco y aburrido. Después ya no.

Luego íbamos lejos. Recuerdo especialmente mi viaje con Adelino a Bucovina, al norte de Moldavia, al que Lucian Blaga llamó el “espacio miorítico”, esas tierras indecibles donde la nostalgia se hace paisaje.

Portentosa aquella zona. Montes iridiscentes verde intenso, praderas azul zafiro.

E iridiscente y portentoso, plácido e hipnótico, Adelino. Ahí, entre cuatro ojos, conversando horas y horas, solos, bajo la bóveda de luciérnagas inmóviles, caminando y fumando, me empapé como nunca de ese mi Pessoa personal.

Muchos años más tarde vino a verme México, acompañado de la entrañable Luminita, cómplice indispensable. Se enamoraron de Tepoztlán, y juraron, se juraron y me juraron que vendrían a vivir ahí.

Ya no tuvieron tiempo. El Tepozteco y yo nos lo perdimos. Adelino, el inigualable, mi insustituible schizofriend, emigró esta vez, refugiado de lujo, a ese cielo que él aseguraba no existía.


Marcelino Perelló


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