viernes, 20 de enero de 2023

Navegar es preciso


  18 de Enero de 2017  


Finalmente, y para tristeza de todos aquellos a los que no nos queda otra que disfrutar y emocionarnos de las aventuras ajenas, el Rallie Dakar tocó este domingo a su fin.

Soy injusto conmigo mismo y con otros muchos, al decir, en el párrafo anterior, que odiseas como las del Dakar me son ajenas, nos son ajenas a todos aquellos que no estamos trepados en alguna de las bestias de hierro que lo protagonizan. De hecho, la emoción sí es compartida y a través de ella nos apropiamos la experiencia y, en alguna medida, la hacemos nuestra.

Esto siempre ha sido así, y a todos los niveles. El acoplamiento, el enganche con el otro, nos hace suyos y lo hace nuestro. Hoy ese enganche con aquellos que se encuentran al otro lado del mundo se ve facilitado por los diabólicos chunches electrónicos que han irrumpido y disrumpido nuestras vidas. Pero ya tenía lugar muchísimo antes.

La gente del mundo entero —la gente interesante e interesada—, en 1871, vivió con intensidad la expedición de Henry Stanley al rescate del doctor David Livingstone, que seis años antes había partido en busca de las míticas e inaccesibles fuentes del río Nilo.

Ambos proyectos se saldaron con éxito y es emblemática la frase que pronunció Stanley al dar con ese anciano con toda la pinta de británico rodeado de nativos africanos con los que había decidido quedarse a vivir sus últimos años, lejos de los clubes londinenses y del mundanal ruido.

El rescatista se habría dirigido entonces al venerable explorador con la frase hoy célebre: “Doctor Livingstone, I presume?”. la noticia corrió entonces como reguero de pólvora por todo el mundo occidental, conmocionando y aliviando las mentes y los corazones de todos los que se habían sentido, ellos también, sumidos en el corazón de la selva africana. Lo mismo aconteció con el heroico rescate del coronel Nobile en el Ártico, a cargo, entre otros, del mismísimo Roald Amundsen, en 1828, o en la travesía del Atlántico por Charles Lindbergh en 1927. Y millones lloraron cuando fue secuestrado y asesinado su pequeño hijo.

La lista es interminable. Y es que la imaginación a menudo suple con ventaja la información e incluso la presencia. En otro dominio de la sensibilidad humana, Napoleón Bonaparte habría escrito a su Josefina de Beauharnais: “La distancia mata las pequeñas pasiones y acrecenta las grandes”.

Así es. Me cae y me consta que así es. Y no sin cierta desilusión vi terminar el mítico Rallie, casi sintiendo mi cuerpo cubierto de arena. La desilusión fue un tanto mayor porque no ganó ninguno de los catalanes. En motos, el vencedor fue el británico Sam Sunderland, dejando a Gerard Farrés i Güell en tercero y a Joan Barreda i Bort en quinto, a pesar de los espectaculares triunfos de este último en las últimas y tortuosas etapas.

En coches se produjo la chica. Ganó el francés Stéphane Peterhansel, dejando al ultrafavorito Sebastien Loeb detrás y al catalán Nani Roma en cuarto. En camiones triunfó el ruso —no pos sí— Eduard Nikolaev. Muy meritorio fue el desempeño de la también catalana Laia Sanz, que con su KTM logró llegar en el lugar 16 en motos.

Es del todo digno de encomio que en el Dakar las mujeres participan a la par, en la misma categoría y condiciones, que los hombres. Muy notable. El de 2001, incluso, celebrado aún en África, fue ganado en la categoría de coches por una fémina, la formidable alemana Jutta Kleinschmidt. Que cada quien saque sus conclusiones. Pa’ que después andemos diciendo que las mujeres manejan mal. En fin. El Dakar terminó, pero nos queda la Vendée. La inimaginable vuelta al mundo en solitario a bordo de pequeños veleros, sin escalas ni asistencia de ningún tipo. Para poner la piel de gallina.

Dura en promedio unos tres meses. Y, a diferencia de los coches, permite seguir la regata prácticamente en directo a través de internet. Es realmente exultante. Los primeros yates ya están a punto de llegar a la meta, en la costa atlántica de Francia. Los más rezagados aún no doblan el Cabo de Hornos.

La semana que viene le platico más. Hoy, más que invitarlo, templado lector, lo conmino a que entre a la página de la regata en https://www.facebook.com/VendeeGlobe/?fref=ts o, más emocionante, a la del marino catalán Dídac Costa en https://www.facebook.com/DidacCostaVG2016/ y siga sus peripecias. Lo va contando y filmando prácticamente todo. Y uno no entiende cómo la epopeya es posible ni cómo aún existen hombres así. Muchos de los mensajes son técnicos y enigmáticos, pero no por ello, o incluso gracias a ello, resultan absolutamente hipnóticos, como por ejemplo:

“Desde la reparación de la vela mayor encadeno 4-5 días a buen ritmo. El susto con esa vela me había dejado preocupado y con la idea de reservar las de proa reparadas para más adelante, pero el viento de los últimos días era idóneo para sacar la “MDTK” (triqueta de portantes o genaker pequeño).

“Posicioné el cabo en solera y giré obenques laterales encajándolos sólidamente. Salté a babor a desatar otra relinga extendiendo drizas obtusas navegando de orza”.

Fascinante. Quién sabe qué dice, pero curiosamente el misterio nos lo hace más cercano e intenso. Y ahí están los videos y los comentarios de los legos que le echan porras y nos permiten no sentirnos intrusos.

No lo deje pasar, amigo mío. ¡Si yo hubiera sabido y osado hacerme a la mar..! Decían los antiguos marinos griegos: “Navegar es preciso, vivir no es preciso”. Y al dejarme llevar a las aguas de la Antártida me convenzo más que nunca que tenían razón.

Marcelino Perelló

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