25 de Enero de 2017
En el momento de teclear estas líneas, nuestro Dídac Costa, el navegante solitario del que le hablé la semana pasada, y que está dando la vuelta al mundo en su pequeño velero, sin tocar tierra ni recibir asistencia alguna, se encuentra en medio del Océano Atlántico frente a las costas de Brasil, más o menos a la altura de Belice.
Le falta aproximadamente una semana, si no intervienen nuevos sobresaltos, para que atraque finalmente en la Vendée francesa, completando así su singular —en todos los sentidos de la palabra— odisea.
Otros participantes ya terminaron la enloquecida carrera, mientras que otros más navegan detrás de Dídac, algunos sin haber doblado aún el Cabo de Hornos. Finalmente “ganó” el francés Armel Le Cléac’h a bordo de su sofisticado bajel de la Banque Populaire.
Y pongo “ganó” entre comillas, porque en realidad, bajo el pretexto de una competencia, cada uno de los participantes se enfrenta en realidad a sí mismo. Gana el que consigue alcanzar su objetivo, la meta, sin importar demasiado si otros lo hicieron antes o después.
En este sentido, la navegación de altura es parecida al alpinismo, y en particular al de alta montaña, donde también lo realmente significativo es coronar, alcanzar la cima, sin que tenga ninguna importancia el tiempo empleado. Si otros lo hicieron antes no tiene trascendencia. En ambos casos, de la misma manera que en los rallies campo-traviesa tampoco es decisivo. Lo que está en juego es conseguirlo, es decir, terminarlo.
En esta medida, ninguno de los tres ejemplos puede ser considerado estrictamente un deporte. Se trata, con más exactitud, de un desafío, un desafío personal. Una aventura, con todos sus componentes, con todos sus agobios y recompensas. A quién se enfrenta uno en realidad es a la naturaleza y a las circunstancias, al azar. Al mundo y a la vida. E, insisto, a uno mismo. En primerísimo lugar.
Dídac pone a prueba su embarcación y su suerte. La de encontrar mares y vientos propicios. Pero se pone a prueba, ante todo, él. Sus fortalezas y debilidades de todo tipo y orden.
Considere usted, envidioso lector, la simple experiencia de encontrarse solo, en medio del mar infinito, durante tres meses. Olvídese ya de la brújula y del viento, de si va en la buena dirección y a buena velocidad. Eso es además. El primer lugar lo ocupa la soledad. El único referente de uno mismo es uno mismo.
Y es aquí donde surge, de manera inexcusable, la cuestión central. Hasta dónde tal ejercicio es una experiencia de libertad y de goce, o todo lo contrario. ¿Se encuentra uno a sus anchas o, al contrario, más constreñido y más preso de las contingencias que nunca?
¿Es la libertad una componente esencial de la vida sobre la tierra o no es más que una entelequia, a lo más una especia, un condimento del que puede uno prescindir? ¿Será que Los Tigres del Norte tienen razón cuando retoman el viejo adagio y afirman que “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”?
No sé si todos los canarios manifestarían su acuerdo a tal afirmación. Algo hay del orden del confort y la seguridad en las rejas y en el alpiste. Si el mejor herrero del mundo construye la más hermosa y atractiva reja, a lo mejor nuestro cantarín amarillo se dejaría seducir.
Sin duda se trata aquí de un “enigma de opción múltiple”, sin posibilidad de generalizar una solución única y satisfactoria.
Porque orfebres sensatos nunca ofrecerían jaulas a las águilas. Mociones instintivas vuelven inútil proponerse a guardar un equilibrio, no interesando mantener otras diversas opciones.
Los condicionantes anteriores y posteriores, las herencias y las expectativas someten al sujeto a situaciones simpar, que sólo cobran sentido al inscribirse en una trayectoria.
Al hablar de libertad estamos hablando del riesgo, es decir, de la renuncia a la seguridad y al confort.
Cuentan de aquel curso de filosofía en la Sorbona. Para el examen final, el maestro mandó a los alumnos escribir un ensayo de máximo tres cuartillas sobre el tema “el placer del riesgo”. Tienen ustedes dos horas, les dijo. Al cabo de un minuto, uno de los pupilos se levanta y le entrega su examen. Para sorpresa del mentor, el joven le dice: “Ya está maestro, aquí tiene”. Entre asombrado e irritado el profesor mira la hoja sobre la cual hay una sola frase: “Es esto”. ¿Cómo habría usted calificado al audaz estudiante? El que está ahora en dificultades es el examinador, el calificador.
Al pensar una vez más en Dídac, allá indefenso, hormiga en medio del interminable desierto azul, no puedo no pensar en el bellísimo y exultante poema de José de Espronceda y su pirata cantador. Y renacen en mí aquellas inquietudes, mezcla de seducción y angustia, que me acompañaron en la infancia cada vez que leía los versos. Han pasado los años y los decenios y el titubeo del alma sigue ahí.
“Que es mi barco mi tesoro,/ que es mi dios la libertad,/ mi ley la fuerza y el viento / y mi única patria la mar”.
Marcelino Perelló
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