martes, 24 de enero de 2023

Siempre nos quedará Dakar


  04 de Enero de 2017  


Hace tiempo que no escribo de deportes, y hago mal. Los deportes me emocionan. Cuando era joven me la pasaba practicándolos y ahora en la vejez me la paso viéndolos (o, en la mayoría de los casos, ay, deseando verlos).

El deporte, y en general los juegos son una de las cosas más importantes de la vida. El juego no es juego. El juego pone en juego las más profundas y determinantes pulsiones humanas. No sólo los hombres juegan. Los otros animales también, y lo disfrutan tanto o más que nosotros. De los perros y gatos me consta, de los pájaros estoy convencido. De las moscas sólo lo sospecho.

El concepto mismo de juego, en sus múltiples acepciones, alude directamente al de simulación, a la representación o a la escenificación. Los jugadores de póker simulan estar haciendo negocios o ser corredores de bolsa. La niña que juega con las muñecas, simula ser madre. Y el joven que juega futbol simula un combate bélico con el enemigo. Incluso en el tranquilo, pausado y aparentemente pacífico ajedrez se escenifica un combate a muerte feroz. El jaque mate es una ejecución, cuando no un asesinato en forma.

Freud identifica dos pulsiones centrales y las denomina de acuerdo a los dioses griegos que les corresponden: Eros, la ternura, el amor, el deseo y la buena onda. Y Thánatos, la agresividad, la violencia, el odio y la muerte (incluso la propia). Se le olvidó uno, y aquí estoy yo para corregir y añadirlo: Ares, el dios de la confrontación, de la competencia, del desafío, del combate y de la guerra. Y es precisamente Ares quien preside los juegos y los deportes.

En fin, rollo complicado, extenso, con mil entresijos y apasionante, que hoy dejaré aquí. Prefiero y escojo (escojo porque prefiero) hablar del más apasionante y extraño de todos los deportes, habidos y por haber. Y tenga en cuenta, lúdico y competitivo lector, que los hay muy raros y muy intensos.

¿Qué me dice, por ejemplo, de la vuelta al mundo en solitario, sin escalas y sin asistencia, a bordo de un pequeño velero? Inimaginable. Pues eso es la Vendée Globe, que partió hace dos meses de Les Sables d’Olonne en la costa francesa del Atlántico. Los participantes que aún participan se encuentran hoy en pleno océano Índico y les resta un mes más para llegar a puerto. De locos. Bendita, maravillosa locura.

No es de ese formidable delirio del que quiero hablar hoy, pues no sé navegar, me lleva. Así que no entiendo ni conozco los mil secretos que tal proeza reclama. Prefiero ocuparme de otra gesta, con la que estoy más familiarizado y que en más de un sentido es tanto o más exultante.

El Rally París-Dakar se fundó en 1979, y se trató de una carrera de coches, por carretera como su nombre indica, pero también a través del desierto, desde la capital de Francia hasta la del Senegal, atravesando Francia, Cataluña, España, el Estrecho de Gibraltar, Marruecos, Sahara Occidental, Mauritania y Senegal, con diversas variaciones, que incluían el País Vasco, Portugal, Argelia o Mali. Duraba entre dos y tres semanas, una buena parte de las etapas fuera de las carreteras, debiendo avanzar con procedimientos de navegación a través del desierto. Aventura extraordinaria.

La proliferación de la guerra de guerrillas y de los atentados en Mali y Mauritania llevaron a la cancelación de la mágica competencia en 2008, para desconsuelo de participantes y millones de seguidores fervientes.

Al año siguiente, a los organizadores se les ocurrió una iniciativa que no puedo no considerar genial. Trasladaron la mítica carrera a Sudamérica. A Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay y Perú. Ahí también hay desiertos y también está de la chingada. La enloquecida carrera se salvó, para beneplácito de todos. Decidieron incluso conservarle el nombre de “Dakar” en homenaje a su espíritu original. “París” decidió no mudarse, allá ellos. Así son los gabachos.

En el Rally de hecho tienen lugar varias carreras simultáneas. Este año cinco. La de coches, la de camiones, la de motos, la de cuadrimotos y por primera vez en esta edición participarán los UTV (Utility Task Vehicle), una especie de bichos todo terreno, de cuatro ruedas movedizas.

Salieron de Asunción el 1º de enero, pasarán por Resistencia y entrarán a la Argentina a través de Tucumán y Jujuy para después entrar a Bolivia y llegar a Tupiza primero, luego Oruro, atravesar el desierto de dunas, repostando en los oasis, hasta La Paz, donde descansarán un día y al amanecer, va de nuez. Salen hacia Uyuni y de vuelta a Argentina. Por las escarpadas faldas orientales de los Andes hasta Salta y Chilecito. Y de ahí hacia el mar, pasando por San Juan, Río Cuarto y aterrizar finalmente, hechos polvo (en todos los sentidos de la palabra) en Buenos Aires. Donde, después de dormir se echarán un baño. En ese orden.

Pensaron el recorrido rodeando otras regiones áridas y alejadas de oasis. Muchos otros linderos indican declives arbolados de estuco resbaladizo en subida, en los cuales anidan buitres reales o negros.

Además, esta vez hay novedades. Por un lado se facilita el trayecto al incorporar motores turbo, que a tres mil metros de altura, representan una gran ventaja. Pero por otro lado, se redujo notablemente el uso del GPS, obligando a volver a las técnicas tradicionales de navegación con brújula y sextante.

El Dakar, al igual que la Vendée Globe, poseen la desconcertante característica de que no son un espectáculo en sí, pues no hay espectadores in situ. Quienes lo queremos seguir debemos hacerlo a través de la prensa.

Ya lo tendré al corriente, apasionado lector. Para los auténticos aventureros sedentarios, nos basta saber que allá lejos, en otro hemisferio hombres y mujeres se enfrentan unos a otros y todos contra la más ruda de las intemperies para que usted y yo podamos emocionarnos y vibrar.

Estos días leer el periódico tendrá un perfume y un estimulo adicional. Muchas cosas se han perdido en el mundo, pero siempre nos quedará Dakar.


Marcelino Perelló



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