30 de Noviembre de 2016
Llegué a Bucarest en agosto de 1969, después de pasar ocho meses en París —cinco de ellos en el entrañable hospital Saint Louis— y después de que la URSS impusiera condiciones inaceptables para concederme el asilo político.
El gobierno del presidente Ceausescu, en cambio, no puso el menor reparo. Hacía exactamente un año de la ocupación militar de Checoslovaquia y tanto Rumanía como el Partido Comunista Mexicano la habían condenado, lo que enfrió notablemente las relaciones de ambos con el Kremlin.
Así que Laura, Raulito y yo llegamos al antiguo aeropuerto de Baneasa por la noche de ya no sé qué día, y sabiendo a duras penas dónde nos encontrábamos.
Se inició así para mí la maravillosa estancia de ocho años en esa tierra fascinante, fértil y generosa, en todos los sentidos, y que representa uno de los periodos más placenteros y formativos —también en todos los sentidos— de mi vida.
La República Socialista de Rumanía era un país enrevesado. Ya lo era mucho antes de ser socialista, pero el nuevo régimen acabó de complicar las cosas. Me costó años entenderlo e integrarme. Debo reconocer que mis continuas estancias en el no menos entrañable Hospital Elias me facilitaron las cosas. Pero ora sí que una vez integrado ya no hubo qué ni quién me desintegrara. Rumanía se convirtió en mi tercera patria.
Los alemanes se preguntan cuál es la verdadera tierra de uno, ¿la de sus padres o la de sus hijos? Kinderland o Vaterland. Pues eso. Fue precisamente en el Hospital Elias, cuando yo no estaba, que mi hija Aina vio por primera vez la luz del sol de invierno.
Mi primer amigo fue Mihai. Lo fue porque era un gran tipo y porque hablaba francés, pero sobre todo —eso lo sabría después— porque era el agente de la temible Securitate designado para vigilarme y probablemente emitir un informe a sus superiores acerca de mi verdadera identidad y de mi comportamiento. El informe ha de haber sido positivo pues nunca me molestaron. Al contrario.
El caso es que alguna vez le he de haber dicho a Mihai algo del estilo de “a ustedes los rumanos les gusta el maíz, como a nosotros los mexicanos”, a lo que me respondió “no, yo no soy rumano, y no me gusta el maíz”. “Ah chingaos —debo haber replicado yo— ¿entonces qué eres?”, “húngaro, soy húngaro”. Le contesté, entre asombrado y divertido, que no tenía yo idea. “¿Y cuándo llegaste tú a Rumanía?”, “no llegué, aquí nací” contestó con naturalidad. “Ah —he de haber dicho yo— ¿y tus papás, cuándo llegaron?”, “no, tampoco llegaron, aquí nacieron”. Ante mi desconcierto, abundó “igual que mis abuelos y todos mis ancestros. Todos han sido de aquí”.
“¿Y entonces, por qué dices que eres húngaro?”, “porque lo soy, pues”. Yo ya no entendía nada, “si son de Rumanía, ¿cómo diantres dices que son húngaros?”. “Pues porque somos húngaros —me respondió con toda naturalidad— mi lengua es el húngaro, mis costumbres son húngaras, mi religión es la católica, no la ortodoxa de los rumanos”.
Ese fue mi primer contacto con el intrincado mosaico nacional que constituyen los Balcanes y todo el este europeo. Las naciones no coinciden ni han coincidido nunca con las movedizas fronteras que delimitan los estados y que las constantes guerras modifican y llevan de un lado a otro a su antojo.
De hecho existen casi dos millones de húngaros que son originarios y viven en Rumanía. También hay alemanes, ucranianos, serbios, turcos, griegos fanariotas, judíos, macedonios, gitanos, y varias otras naciones de las que difícilmente ha oído usted hablar, culto lector, como los sajones o los mestechen. En total son como cuarenta los pueblos que comparten ese territorio. También hay rumanos. Y son mayoritarios, lo que sea de cada quién.
(En particular tal descubrimiento me confrontó con mi propia identidad y me la enredó, condenándome a una especie de bigamia nacional, que como digo al principio después se volvió trigamia y si me apura, poligamia).
La mayoría de los húngaros de Rumanía habitan en Transilvania, la región noroeste del país, que representa las dos quintas partes del territorio, y que los rumanos llaman Ardeal, separada del resto por la cordillera de los Cárpatos.
La historia de Transilvania ha sido un eterno ir y venir entre Rumanía y Hungría. La última vez que se mudaron fue en 1945, al término de la guerra, y quedaron bajo la soberanía rumana. Los acuerdos posbélicos fueron muy complejos y conflictivos, con la intervención de los soviéticos y los serbios.
Para obtener resultados fiables iniciaron negociaciones, cada estado solicitó establecer antes las fronteras utilizando estudios geográficos oficiales. Mientras intentaban ventilar incompatibilidades, quedaron unánimemente en diseñar una ruta estratégica.
El resultado fue el que rige aún hoy y que no satisface a nadie, y que nunca va a convenir a todos. A ver cuánto les dura. En cualquier momento serán de nuevo desahuciados con todo y tiliches, Cárpatos incluidos.
Ayer fue el aniversario de la unión de Transilvania con el resto de Rumanía en 1918, al término de la otra guerra, y los rumanos lo festejaron por todo lo alto. Los húngaros no tanto.
Y en plena celebración no puedo no pensar en el pobre príncipe rumano Vlad Tepes, llamado Drácula, que desde su emblemático féretro espera con inquietud a ver a qué horas tiene que volver a cambiar de pasaporte.
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