lunes, 20 de febrero de 2023

De la vergüenza a la desvergüenza

 



  04 de Octubre de 2016  


Hay cosas que no deberían suceder y sin embargo suceden. Es un fenómeno que se produce tanto en el dominio privado como en el público, y al que estamos tristemente acostumbrados.

El que nos sean familiares, sin embargo, no debería convertirlas en tolerables, ni deberíamos admitirlas con un alzamiento de hombros resignado. Quizás no podremos evitarlas o ni siquiera combatirlas, pero ello no tendría que obligarnos a abdicar de aquello que consideramos justo, propicio y aceptable.

El día que renunciemos a nuestra conciencia crítica, aunque ésta deba restringirse al estricto ámbito moral e individual, ese día la condición humana se habrá sumido en un pantano de ignominia y sinrazón del cual ya no podrá salir.

La perorata antigobiernista que lanzó el músico Roger Waters, en medio de sus conciertos multitudinarios, es del todo inadmisible, desde todos los puntos de vista. Incluso en términos legales, los menos importantes de todos. Los extranjeros, ya sea que residan aquí o estén simplemente de paso, tienen estrictamente prohibido inmiscuirse en los asuntos políticos internos del país que los acoge. En este caso el artículo 33 constitucional está pidiendo a gritos ser aplicado.

El lance fue intolerable, descarado hasta la  obscenidad, y debió ser condenado unánimemente por todos los mexicanos, por todos aquellos que, contra viento y marea, sigan defendiendo su condición de ciudadanos. Y ello muy al margen de la opinión que nos merezcan tanto el cantante como el Presidente de la República, a quien iba dirigido, en persona, el vituperio.

Yo sé bien que vivimos en un país en el cual las leyes son, con una frecuencia desmoralizante, un mero adorno. Y sé también que si algún juez o tribunal, o incluso la propia Secretaría de Gobernación, hubiera tomado algún tipo de medida o hubiera impuesto algún tipo de sanción al impertinente desacato, la respuesta de un sector considerable de la sociedad habría sido iracunda y estridente, con resultados del todo imprevisibles.

Sé bien que en este caso, como en tantos otros, el gobierno quedó con las manos atadas. Impotente. Reaccionar conforme a derecho, conforme a sus atribuciones, competencias y obligaciones, hubiera sido fatal. Y utilizar otra clase de maniobras, recurrir a dudosos arreglos previos, peor aún.

Poner otras barreras representaría establecer situaciones problemáticas una tras otra sucesivamente. Vetar intromisiones con autoridad no unificaría ningún criterio admisible, provocaría obvias barahúndas recalcitrantes enarbolando sofismas, sería el remate a sus ultimátums y amenazas.

El entramado de la situación es bastante claro. Como clara es la desfachatez del músico y de quienes manejan los hilos. Le será sencillo, aplicado lector, encontrar en internet el referido “manifiesto”, miles de veces reproducido. No abundaré, pues, aquí. Excepto en dos de los momentos. Momentos que llamaré estelares.

Uno, la gran consigna luminosa que abarcaba las tres pantallas gigantes del escenario, y que rezaba, en letras mayúsculas de diez metros: “RENUNCIA YA”, ante el regocijo y aclamación del respetable. Sin comentarios. Si fue escandaloso haberlo hecho en el Foro Sol, haberlo repetido, patrocinado por el Gobierno de la Ciudad, ya es de plano inconcebible.

La otra de las frases inolvidables, y que queda para la historia (para la historia de la ignominia en particular) fue aquella de: “Señor Presidente, es hora de derribar el muro de privilegios que divide a los ricos de los pobres”. Maravilloso. No encuentro otro adjetivo mejor. Y eso se permite decirlo nada menos que el mismísimo y multimillonario Roger Waters.

¿Cuánto habrá cobrado míster Waters por sus conciertos, con mítines incluidos? ¿Cuántos millones de pesos? ¿O son de dólares? Dicen que en el Foro Sol había unas 60 mil personas. La localidad más barata, la de los miserables del sector Naranja C, costaba 300 pesos. La más cara, Platino A, 3,500. Compradas en junio y en Ticketmaster. La semana pasada y en la reventa ya quién sabe cuánto. Así que aun considerando que todos hubieran sido naranjitos previsores (consideración del todo insostenible) la recaudación habría sido de 18 millones de pesos. ¿Cuántos de ellos fueron para la producción, y cuántos para nuestro héroe?

¡Y es él quien se permite espetar, como si nada, que es preciso terminar con el “muro” (sutil alusión, vive Dios) entre pobres y ricos! Cómo me hubiera gustado que alguien le hubiera exigido romperlo ahí mismo y que se mochara con la billetiza. Se lo hubiera merecido, me cae. Pero no sucedió. Nadie pareció indignarse. Estaban demasiado ocupados gritando “¡Fuera Peña!” y “¡Asesino!”. A cada quien su papel.

Hace unos meses critiqué y denuncié aquí mismo a Alejandro “G” Iñárritu y a Fernando del Paso por haber incurrido en alardes semejantes. Sin embargo lo de ellos fue tantito menos indignante, pues son mexicanos y, prudentemente, lo hicieron en el extranjero. Waters (evito aquí hacer un juego de palabras demasiado fácil) tuvo el mérito indiscutible de demostrar que se puede ser extranjero y denostar al gobierno de México, a voz en cuello, y a cuatro pasos de Palacio Nacional.

Honor a quien honor merece. La desvergüenza es suya, la vergüenza nuestra.


Marcelino Perelló

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