05 de Octubre de 2016
La Ciudad de México tiene forma de gota de agua. Sin duda se había usted fijado, meticuloso lector. En el norte es delgadita y puntiaguda, hacia los límites de la GAM con Ecatepec. Y se va engordando hacia mediodía, cuando se vuelve panzona en tierras de Tlalpan, Xochimilco y Milpa Alta, camino de las exuberantes tierras que se pateaba el As de Oros, con el Caudillo del Sur sobre sus lomos.
La cosa es que desde su fundación, hace casi doscientos años, el llamado Centro no lo es. No lo es en la perspectiva cartográfica. El centro de gravedad territorial, el ombligo digamos, queda por ahí de la frontera entre Tlalpan y Xochimilco, precisamente. En cambio, el centro de gravedad demográfico está más arriba, en la BJ, exactamente en el baño de mi casa, en la regadera, en el triángulo rectángulo que forman Avenida Universidad, la hipotenusa, Miguel Laurent y Pitágoras, los catetos (yo vengo viviendo en un cateto llamado Pitágoras; reconozca, jocoso lector, que tiene jugo la cosa).
De manera que el viejo centro queda en el norte, muy al norte. Es verdad que hay algo engañoso en los mapas y las denominaciones, pues ese sur hipertrofiado no es urbano ni propiamente debería ser englobado en una “ciudad”. El término de Distrito Federal, injusta e irresponsablemente abandonado, era en ese sentido menos aberrante. Para que la Ciudad de México parezca ciudad deberíamos practicarle una severa lipotomía abdominal, y considerar los ranchos y las milpas, altas y bajas, como municipios adyacentes, que no conurbados. Para salud, satisfacción y regocijo de todos.
Mas en fin, donde manda jefe de Gobierno no gobierna ciudadano.
Además, sin embargo, ese fenómeno de “meridionalización” de la metrópolis se ha ido acentuando y acelerando decenio a decenio. La vida cultural y comercial como que se va cayendo. Y los arrabales sureños han ido secuestrando el protagonismo y la vitalidad de que antaño gozaban colonias como la Santa María, la San Rafael o la propia Merced, hoy en franco y triste decaimiento. Por lo visto, la atracción gravitacional que ejerce el Caminero le va ganando claramente la partida a aquellos Indios que se volvieron Verdes.
Coyoacán es, sin duda, el primer beneficiario. Yo supongo que gran parte del fenómeno lo explica la fundación de Ciudad Universitaria y no menos la de la Central de Abastos. Sobre ellas recae una buena porción de responsabilidad, pero no sólo. Las migraciones se producen no sólo entre continentes y países, por lo visto también entre barrios, y constituyen dinámicas sociales y económicas complejas.
Que si esto que si aquello, que si galgos o lebreles, mientras el goteo continúa; no obstante, ciertamente Reforma y Avenida Juárez luchan por sus fueros a contracorriente, pero no sin serias dificultades, de las cuales no es la menor el gravísimo problema de la circulación. De la circulación de vehículos y de manifestantes. Maratones, ciclotones, conciertos y otras simpáticas ocurrencias no contribuyen precisamente a aliviar la situación.
El caso es que nuestra casa, la entrañable casa que compartimos los cientos de inquilinos que, desde ópticas, posiciones y responsabilidades distintas, hacemos el Excélsior, el legendario, insubstituible, más vital que nunca Periódico de la Vida Nacional, también decide dar un paso más adelante, pasar a una nueva y ambiciosa etapa y migrar también hacia el sur, al ladito del campus universitario más importante de México y el más bello del mundo, arroparse en la efervescencia incontenible e irresistible del viejo nuevo Coyoacán.
Siendo nuestro rotativo un feraz vivero en sí mismo, la vecindad de los mágicos Viveros no puede no ser al mismo tiempo una bella alegoría y un estimulante augurio.
El Excélsior se va. Se queda. El Excélsior crece y se renueva. Para, más que beneplácito, el entusiasmo de quienes lo hacen y de quienes lo frecuentan día a día, con las manos sobre el papel o sobre el teclado.
Que los vientos le sean, nos sean propicios, que en el flamante bajel haga aún más ambiciosa, audaz y triunfante, la antigua travesía. Que bajo la buenaventuranza de San Francisco de Sales, aquel impensable periodista e impresor del siglo XVI, padrino y talismán de todos los periodiqueros del mundo, nuestro nuevo periplo esté colmado de nuevos aciertos, logros y conquistas. Seguiremos rindiendo nuestro culto laico a los dioses celestes y terrenales en nuestro nuevo templo, en nuestro nuevo temple.
Pondremos al santo en otro sitio, se obsequiarán los oficios al legendario patrono editor rogándole rutas odiseicas. Y orgullosos quizá urdiremos el mejor encaje con hebras inimaginablemente nuevas glosando una epopeya.
El sitio será otro, el espíritu el mismo, el ímpetu renovado, estimulado, fortalecido. Y todo ello no podrá no verse reflejado en las páginas y en las pantallas. Los que chambeamos en y para el Excélsior somos por supuesto grandes favorecidos del espectacular advenimiento. Pero el principal beneficiario será sin duda usted, querido lector, destinatario y justificación última de todo este esfuerzo.
No es sin una cierta melancolía que nos despedimos de la ya mítica Esquina de la Información, del abolengo de aquellos espacios, de aquella atmósfera, pero su legado viene con nosotros. Hacia el sur. Hacia un nuevo horizonte, que sin dejar de ser el mismo, no podrá no ser más transparente. Adiós, Bucareli. Quihúbo, Coyoacán.
Marcelino Perelló
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