16 de Noviembre de 2016
It’s time that we began / to laugh and cry/ and cry and laugh / about it all again.
Se está muriendo mucha gente que no se había muerto antes, reflexiona el sabio de Güemes. Y tiene razón, se está muriendo mucha gente, pero yo diría que hay unos que se mueren más que otros.
En principio se podría pensar que las muertes más intensas, más dolorosas son las de los jóvenes, las de los prometedores, las de los que no acabaron de florecer.
Y también las de los mayores, de los grandes, de los que dejaron tantos pendientes, de los que nos quedaron debiendo, de los que dejaron inconcluso su periplo por éste, el único mundo.
También existe, sin embargo, el descorazonador caso de aquellos que no se mueren a tiempo, el de aquellos a los que la dama de la guadaña les concede una prórroga envenenada, como para que tengan justo el tiempo de echar a perder todo lo valioso que hubieran podido elaborar y ofrecer tiempo atrás.
Mas existe una cuarta categoría. La de los que habiéndolo dado todo, dejan la impresión de que en realidad aún tenían más, mucho más, que ofrecer. De los que, como manjares suculentos, nunca queda uno satisfecho, colmado. De aquellos de los que siempre anhelamos nuevos obsequios, nuevas vivencias. Nuevas sorpresas y deleites.
Aquellos que nos convierten en codiciosos ávidos e irrefrenables, egoístas mezquinos y posesivos. Sibaritas insoportables.
Nunca había yo sido testigo de una manifestación de duelo tan unánime, tan dolorosa y dolida, tan inconsolable. Sé sí, como lo sabe usted, abatido lector, de esas exequias multitudinarias, de las plañideras exhibicionistas y de los lamentos grandilocuentes. De los funerales con vocación de evento. Ocasión inmejorable de hacerse público haciendo pública su desazón, pocas veces sincera. Sé, sabemos, de los grandes decesos y los grandes cortejos, que llenan calles, periódicos e informativos.
Todo homenaje es un autohomenaje.
Admiro a este grande y me duele su desaparición, luego yo también soy grande, soy de los grandes. Que quede claro.
No me había sido dado, sin embargo, ser testigo y protagonista de ese luto multitudinario y recatado. Universal y discreto. La tristeza del silencio, del recogimiento, colectivo e individual simultáneamente. De ese desgarramiento tanto más lacerante cuanto no se disipa en estridencias y boatos.
Más que nunca me percibo frente a una muerte plural. Somos muchos los que, ahora sí, morimos un poco con él, de los que una parte de nosotros se fue con él.
Figurantes de un performance lúgubre y planetario. Él sigue aquí, con nosotros, entre nosotros, en cada esquina de nuestra más recóndita sensibilidad. Está en esos discos compactos, menos compactos que nunca, y que ya no merecen —nunca lo merecieron— ser alineados, amontonados con los otros. Ahora precisan de un lugar especial, aparte.
Está en cada ayfon y en cada aypod. Y se desliza por los cables y los audífonos hasta el fondo de nuestra aurícula izquierda. En sus videos de YouTube, que cada vez que los reproducimos ennoblece y dignifica esa pantalla tantas veces mancillada.
¿De dónde pues nuestro desconsuelo? Ahí sigue él, y con él siguen Marianne, Suzanne y Alexandra. Los partisanos, las Hermanas de la Caridad y los pájaros en el alambre, cual notas sobre un pentagrama. Así los vieron él y ella.
Ahí está todo ese universo, esa cornucopia, tan coherente y tan abigarrada, tan única y tan diversa. Nada de eso se ha perdido, todo permanece y pertenece. No es necesario estarlo escuchando una y otra vez, al contrario. Se quemaría y desgastaría. Basta que sepamos que sigue a nuestro abasto, dócil y cálido, que lo tarareemos de vez en cuando, si nos sentimos solos y necesitamos compañía. O cuando estamos acompañados y necesitamos soledad.
Fue el hombre que quiso. Y fue un hombre que quiso, que amó. Y que nos enseñó a amar. Amó a la gente, a las casas, a los paisajes. Amó al mundo y a él mismo en el mundo. Amó estar sobre esta Land of plenty, tierra de plenitud. Y amó a las mujeres. Ah, cómo amó a las mujeres. Cómo se complicó la vida con las mujeres. Y a través de ellas, cual catalizador, amó a la vida.
La amó, amó a su manera, con esa melancolía inigualable, luminosa sí, pero siempre a media luz. La melancolía que arrastra la ternura y la pervivencia. Que es nostalgia y promesa a la vez. Lo perdido y lo atesorado. Quien no conoce y no ha hecho suya esa languidez le falta un matiz, un color, una caricia y una vibración, a su encaje consigo mismo.
Decir que padeció mil veces está de más. Padecer es condición indefectible del goce que espera a la vuelta de la esquina. A veces. Si pasa uno por la esquina correcta. Se hundió, sí, en el sieno del desencanto, pero no se adormiló en él. La vida es tal vez ese ímpetu.
Pronto encontró resquicios reales o simulados olvidando las ofensas, germinando a través o sobre otros lacerantes olvidos, y obtuvo serenidad oteando lejanos oasis. Se obsequió la esencia de aquellas delicias.
Es difícil seguir adelante sabiendo que ese viejo entrañable ya no anda por ahí rasgando su guitarra y cantando su tenue intensidad. Es difícil sobrellevar el encanto y el desencanto sin su presencia. Pero fue él quien nos enseñó a vivir sin él. So long.
Marcelino Perelló
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