02 de Noviembre de 2016
Nada es original. Todo es plagio. Cualquier invento, obra o creación humana se basa en otra ajena y anterior. En algo ya hecho en otro tiempo y lugar. Uno puede modificarlo, enriquecerlo, simplificarlo o sofisticarlo, pero la matriz siempre será otra. Siempre hay un antecedente, de la misma manera que todo ser vivo posee un ancestro.
Como si fuera necesario acabar de probarlo, esta idea ya la he expuesto antes, y sin duda se inspira en otras ajenas a las que de una manera u otra, en un tiempo u otro, he tenido acceso. Cuando hablamos, por ejemplo, de los grandes descubrimientos científicos o de las maravillosas creaciones artísticas, en todos los casos podremos reconstruir su árbol genealógico, su taxonomía.
Antes de Bach estuvo Monteverdi y antes de Einstein, Poincaré. Por supuesto, de la misma manera también podemos decir que todo es nuevo, que todo se transforma, para bien, pero a veces, ay, para mal. Existe la evolución y también la degradación. E incluso la extinción. Ley de vida, y ley de muerte.
Si lee usted estas líneas cuando es debido, puntual lector, es decir saliditas del horno ya sea de la rotativa o del servidor, hoy será dos de noviembre, en buena parte de la civilización occidental, Día de Muertos. Lo es para diferentes culturas y con significados distintos. Y en consecuencia con rituales y tradiciones igualmente propios.
Sin embargo, dichas culturas no son estancas. Conviven y de alguna manera, siempre complicada y asimétrica, ejercen influencia unas sobre otras, dando lugar a prácticas y fenómenos híbridos y sincréticos.
En México desgraciadamente lo sabemos bien. El cristianismo, a base de golpes de espada y cruz, exterminó los cultos autóctonos y con ellos toda la cosmogonía y todos los rituales que los acompañaban. Hoy de éstos no quedan más que mínimos resquicios, y algún matiz, estilo o perfume específico sobre las creencias y prácticas impuestas.
Es el caso, no es necesario decirlo y sin embargo lo digo, de la festividad de muertos, en la que en nuestro país convergen tres tradiciones distintas y en buena medida contradictorias, creando una constelación mítica complejísima y de difícil armonización.
A lo largo de los siglos e incluso de los milenios, para acabar de enredar las cosas, las tres eligen prácticamente la misma fecha (o casi) para celebrarlas. Por un lado, claro, el culto indio (al que nunca llamaré “prehispánico”, por falso y ofensivo, ni “indígena”, por eufemístico y culpígeno). Es, ya lo sabe usted, la visita a Mictlán y la adoración a Tezcatlipoca, hoy condensados en las hermosas y entrañables ofrendas.
En segundo lugar el culto cristiano a los “fieles difuntos”, por los que se ruega su bienestar en el Reino de Dios, culto que se traslapa y confunde, dependiendo del lugar y de la época, con la celebración de la víspera a Todos los Santos, que parece ser incluso más antigua que la del día siguiente.
Y para acabar de enmarañarlo todo, desde hace ya un par de siglos —desde la colonización de los Estados Unidos— pero sobre todo en los últimos dos o tres decenios, irrumpe la festividad celta del Halloween, palabra que deriva del All Hallows Eve (“Víspera de Todos los Santos”, en inglés antiguo) y que a su vez procede del Samhain escocés e irlandés, y del Calan Gaef galés, con las que se festejaba el final de las cosechas y se exorcizaba al Diablo, que por lo visto pretendía aprovechar la ocasión para apoderarse de las almas incautas. Es por ello que aparecían los disfraces de bruja, los nabos y calabazas del Jack Lantern con los cuales se intentaba confundir y desanimar al maligno.
No me negará usted, abrumado lector, que tal ménage a trois no puede no complicar las cosas, pero, hasta eso podríamos sobrellevarlo con cierto donaire. Tal como digo más arriba, el contagio cultural es inevitable y en principio enriquecedor. Es decir, lo sería si no hubiera sido acompañado de una implacable y atroz persecución e imposición.
Pueblos enteros retomaron ritos inmemoriales tornándolos obligatorios, siempre empleando terroríficos escarmientos acabaron con apostasías básicamente ortodoxas, ordalías recurrentes atizaban sospechas infames, en las villas estigmatizadas imperaban normas terriblemente estrictas. Al ejecutar sus torturas utilizaban distintos instrumentos atrozmente refinados.
Y si además no hubiera intervenido la contaminación mercantil y mercantilista de los ritos mágicos y populares, y su apoderamiento por parte de los mercaderes del Templo, que se proponen hacer su agosto también en noviembre.
Reconozcamos que bajo estas condiciones, la mixtura en nuestro país está resultando, a fin de cuentas, desastrosa. El festivo y encantador Simhain de los celtas se ha convertido aquí, ya degradado y corrompido, en una caricatura miserable. Los disfraces y máscaras de calavera, inventados al alimón por Alejandro Jodorowsky y James Bond, son un verdadero esperpento sin lugar ni sentido. Las catrinas auténticas y el mismísimo José Guadalupe se han de estar revolcando en sus tumbas.
La frivolidad y la banalidad más kitsch se han apoderado de la festividad convirtiéndola en una especie de carnaval trasnochado, en una borrachera vomitiva —en todos los sentidos de la palabra— y en un pretexto deplorable para el desfiguro y el mal gusto.
Bienvenidas sean siempre la frescura y la innovación, la adopción de prácticas ajenas, hermosas y enriquecedoras. Pero malhayan las epidemias nefastas que se abren paso a base de dólares y codazos.
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