martes, 14 de febrero de 2023

La gran chapuza

 


  25 de Octubre de 2016  


La situación política española, que se hallaba hace unos días al borde del precipicio, ahora se encuentra en el fondo de éste. Sólo había una manera de desencallar la nave del Estado, y ésta era desballestándola, desarmándola. Y, pues sí, la desbarataron. De ella hoy sólo quedan los restos del naufragio. El pecio.

Quiero ver cómo le van a hacer ahora, para salir del atolladero en que se metieron para salir del otro atolladero. Quiero verlo.

La cosa estaba así: después de dos elecciones consecutivas, una en diciembre pasado y la otra en junio, ningún partido ni ninguna coalición tenían la mayoría suficiente de escaños (así le llaman allá a las curules; ha de venir de “caño”) en las Cortes (así le llaman allá al Parlamento; ha de ser un término de matarifes) para gobernar.

Así que era necesario encontrar otra solución. La barrera insalvable tenía y sigue teniendo un nombre: Cataluña. Los catalanes decidieron años ha realizar un referéndum en el que se establezca de una buena vez si siguen formando parte del Estado español o de plano se pintan de colores. Para que nadie se sienta ofendido y me contradiga, lo aclaro:no son todos los catalanes los que desean que se lleve a cabo el mentado referéndum. Sólo el 85%. Lo que sea de cada quien.

En esta situación, tres de los cuatro grandes partidos estatales: PP, PSOE y Ciudadanos están absoluta y categóricamente en contra de que tal consulta se lleve a cabo. Más allá, se oponen terminantemente a que ni siquiera se hable de ello. La unidad y la soberanía de España son innegociables. Así dicen. Aunque a los catalanes no les parezca. Ellos sí quieren que se discuta y defienden su derecho a decidir su propio destino. Vale madres.

Ahora bien, sin los votos de los diputados independentistas ninguna de las tres fuerzas obtendrá la mayoría necesaria. Y los primeros están sentados en su macho de que o se inicia un proceso de reforma a la Constitución que permita la realización de plebiscitos de desconexión, o nadie contará con su apoyo.

La cuarta formación estatal de importancia es Podemos, pero ella también se ha declarado en favor de la realización del referéndum, y por lo tanto queda igualmente fuera de la jugada. Aquí entre nos, el partido de Pablo Iglesias afirma estar por la modificación de las leyes actuales, sencillamente porque sabe que es imposible. Es como aquel doncel que le promete a su amada “te bajaré la luna y las estrellas”. Igualito.

El hecho es que para que Rajoy y su PP puedan gobernar es necesario que los socialistas al menos se abstengan en la votación de investidura. En otras palabras que la izquierda apoye a la derecha. De lo contrario el fatídico impasse continuaría hasta unas terceras elecciones, en las que muy probablemente el PSOE acabaría de venirse abajo y el PP obtendría, entonces sí, los votos suficientes.

El secretario general de los socialistas, Pedro Sánchez, se opuso terminantemente a dicho apoyo, en nombre de ciertos principios maltrechos y que llevarían sin duda su partido al desguace. Y en nombre de la realpolitik, los “barones” (y sobre todo la baronesa andaluza, Susana Díaz), más terrenales ellos, le dieron cran a Sánchez y decidieron investir a Rajoy.

Los “carcas” y los “progres” de la manita, dispuestos a mangonear a su gusto y discreción sin más estorbos. Ésta es una figura que se ha popularizado en Europa, y es la que tiene en el poder a Angela Merkel, por ejemplo. Pero se practica ya en una buena docena de países del viejo continente. A esta connivencia contranatura de la izquierda y la derecha se le ha llamado la “Gran Alianza” y es el gran hallazgo de moda. Que de paso pone al descubierto, de manera obscena, hasta qué punto todo el montaje no es más que una comedia miserable.

Así pues, el impresentable gobierno de Mariano Rajoy entrará finalmente en funciones dentro de unos días, frente a los cachetes enrojecidos de los socialistas. Enrojecidos de vergüenza, pero también por el aluvión de cachetadas que se han arrimado los unos a los otros. El PSOE se encuentra al borde del desmembramiento. Tal vez sería lo mejor que les podría pasar. Borrón y cuenta nueva. Así no podrán seguir. Ninguna de las fracciones se atreverá a enfrentarse abiertamente al poder constituido. 

Pero unidos tampoco osarían, quizás una escisión supondría que unos emergieran. Vetar impugnaciones conllevaría alimentar la oposición de innumerables colectivos eclécticos. Al limitar otras manifestaciones estimulan juicios ordinariamente rupturistas.

Éste es pues el desolador paisaje que se abre frente a la política española. Ni el gobierno podrá gobernar ni la oposición se podrá oponer. Al contrario de lo que ha sucedido en los países del norte de Europa, la Gran Alianza ahí no resolverá ni facilitará absolutamente nada. Al contrario. En medio del lodazal se habrá convertido en la Gran Chapuza.       

Marcelino Perelló

No hay comentarios:

Publicar un comentario