sábado, 31 de diciembre de 2022

Los barandales del puente


  28 de Marzo de 2017  


Never did sun more beautifully steep

In his first splendour, valley, rock, or hill;

Ne’er saw I, never felt, a calm so deep!

Upon Westminster


Bridge William Wordsworth(1802)


Sí se estremecieron cuando pasó. No era morena pero sí moreno. Y si abrazo hubo fue el de la muerte.

Khalid Masood, nació en Kent hace 52 años, a bordo de un Hyundai todo terreno, enfiló el puente de Westminster, al ladito de la City de Londres, en el mero centro.

Manejaba por la izquierda, cosa que allá se acostumbra —gente rara— y se subió a la banqueta, cosa que allá no se acostumbra, pero que los todo terreno permiten. Iba hecho a la mecha no porque tuviera prisa, aunque sí la tenía.

Arrolló a dos docenas de transeúntes, cosa que por raros que sean, no se acostumbra. Tres murieron, mientras otro número considerable, una buena docena, quedó malherido. Halid continuó su estrepitoso y sangriento itinerario hasta el vecino Palacio del Parlamento. Ahí estrelló su Hyundai contra las rejas que lo resguardan y lo hizo pedazos (El concepto de “todo terreno” por lo visto no incluye las cercas de hierro).

Él debe haber salido mal parado de la colisión, pero tuvo las fuerzas suficientes para descender de los restos de su vehículo y apuñalar a uno de los guardias que custodiaban el palacio, y que nunca entendió de qué iba la cosa. Otros, que sí entendieron, abatieron entonces al desaprensivo conductor.

Khalid Masood había nacido 52 años antes bajo el nombre de Adrian Elms, en el seno de una familia cristiana. Fue detenido por delitos menores varias veces y purgó algunos meses de prisión. Fue durante una de sus estancias tras las rejas que se radicalizó políticamente, se convirtió al islamismo y decidió modificar su nombre. No he sabido encontrar el origen de su familia (en los tiempos que corren cualquier referencia genealógica que no sea “strictly clean” corre el riesgo de ser anatemizada como racista y xenófoba). El caso es que era más bien negro. Y lo que se dice de él es bien poca cosa: que no fundó una familia ni tuvo hijos, que era crítico, antisocial, huraño. Que era feo y olía mal.

Escaso material para una biografía.

Después del desaguisado, Khalid Masood fue inmediata y unánimemente calificado como terrorista, cosa que no es del todo inapropiada. No del todo. Aunque existen otros adjetivos que a lo mejor le convendrían más.

Las cosas, ay, son más complicadas. Siempre lo son. A ver si nos entendemos. Empecemos por una pregunta, que es siempre la manera más aconsejable de empezar: ¿El Reino Unido está en guerra o no?

Declaración formal de guerra, hasta donde yo sé, no la ha habido. Los señores del Parlamento precisamente de Westminster no se han pronunciado. Pero los aviones de la mítica RAF, Rotal Air Force, desde hace años y hasta el momento de teclear estas líneas, no cesan de bombardear Libia, Siria e Irak. Y probablemente otros países. Eso ya no lo sé, ya se encargan ellos de que uno no lo sepa, pero de Libia, Siria e Irak, no hay duda alguna. Pongo la mano bajo la metralla. No sólo no lo esconden sino que incluso se vanaglorian. 

Las guerras no, pero las declaraciones de guerra han caído en franco desuso. No hacen falta. Ya no se llevan, como los pantalones de campana, la música disco o los flecos con crepé. Uno puede destruir, masacrar e invadir sin andarse con esas mamadas. Las dos Coreas se declararon la guerra hace casi 60 años y que yo sepa nunca se ha firmado la paz. Ai siguen, en guerra. Dizque. Así que diga uno qué bien se llevan, no exactamente. Se caen más bien mal. Pero tiznadazos, lo que se dice tiznadazos, lo que una guerra digna y respetable exige, pos no.

La última declaración de guerra formal, así, con todas las de la ley, de la que tengo noticia fue entre Georgia y Osetia del Sur en 2008. Ya llovió. Quién sabe que esté pasando por ahí.

El caso es que con declaración o sin declaración, el Reino Unido anda bombardeando y matando un chingo de gente en Oriente Medio y en África. Que si  Al Assad, que si el EI, tú túndeles.

La manera más cómoda de cometer tropelías de todo tipo, militares, comerciales o financiera, es la de callar y engañar. Cuántas más mentiras, omisiones, deformaciones y “palabras ciénaga” se lancen al aire, más difícil será hacer la luz y sacar el agua clara del estercolero.

Intentar seguir, con un discreto mínimo de aproximación el devenir del mundo se ha convertido hoy en un desafío abrumador. Como jugar una partida de ajedrez a ciegas con un ruso o resolver un sudoku de 90x90.

Para entender determinadas operaciones secretas y peligrosas es decisivo avanzar suspicacias. Maniobras inesperadas ventilan incógnitas, quizás una estrategia fundamental involucre necesariamente diversas especulaciones, que ubicar esas falsas informaciones no desanuda embrollos.

Y ni así. Desmadejar requiere poder salirse del lodazal. A mí que no me vengan con cuentos. Inglaterra está haciendo la guerra y matando cientos de inocentes, tan inocentes como los que cruzaban ese infausto mediodía el puente sobre el Támesis.

No dudo que los londinenses prefieren las “guerras de lejos”. Que se mueran ellos. Pero a lo mejor no está mal que deban acordarse tantito cómo era cuando debían sufrir, no hace tanto, los bombardeos alemanes.

Y a lo mejor tampoco está mal que empiecen a considerar que Khalid Masood era, también, un soldado. Que actuó en, no por insuficiente menos legítima, defensa. Y que lo que estremeció los barandales del Puente de Westminster ese miércoles fue en realidad un acto de guerra.

Marcelino Perelló

viernes, 30 de diciembre de 2022

Fin de fiesta

 




  29 de Marzo de 2017  


La celebración va llegando a su fin. Los festejos seguirán, sin duda, durante semanas y el año todo. Pero la fiesta, para ser fiesta, ha de ser obligatoriamente temporal, acotada. La idea de la “fiesta permanente” es la antifiesta. Perdería toda su emoción y encanto.

Es precisamente su diferencia, su contraste con los días ordinarios, con la cotidianidad y la rutina del trabajo y el reposo, lo que hace del festejo algo tan hermoso y emocionante.

La nuestra, la de todos los seres vivos, es una existencia de contrastes. El reposo no existe sin el cansancio, el frío no es sino la ausencia del calor, y el placer de comer no tendría lugar sin el hambre.

Es por ello que las religiones que prometen una vida eterna, un paraíso de felicidad interminable, más allá del tiempo y el espacio, se equivocan gravemente. Tal estado ni existe ni puede existir. El bienestar únicamente se puede experimentar si conoce uno el malestar, el dolor y la desazón, si sabe qué fueron y qué pueden volver a ser. La alegría permanente es de güeva. Deprimente.

Decía el gran mago del cine Federico Fellini que las fiestas eran el signo más punzante de la decadencia de la burguesía. Se refería, por supuesto, a esas fiestas inanes, sin ton ni son, donde acudimos como a misa, convocados por el repique del esquilón con el propósito explícito de “estar contentos” por consigna, de embotarnos y aturdirnos a base de alcohol, música —por llamarla de alguna manera— esordecedora y la posibilidad, con suerte, de ligar y, con más suerte, de coger. Una noche de erotismo de plástico.

Y después, por supuesto, la cruda, metabólica y moral. Las fiestas auténticas no dejan cruda. Ésa es precisamente la piedra de toque que permite identificarlas. No lo olvide, caro y reventado lector. Es un signo ineludible: si hay cruda, de la que sea, es que no hubo fiesta.

Un tanto de lo mismo sucede con las vacaciones calendarísticas y obligatorias. Va uno contando con amargura los días que le quedan y, al final, las tales vacaciones no son sino esa amargura.

Cuando las festividades auténticas terminan, cuando y como deben terminar, dejan sí un dejo de melancolía, pero al mismo tiempo la satisfacción de lo genuino y las pilas cargadas, la energía y el ánimo necesarios para regresar al quehacer de cada día, que vuelve, si sabemos hacerlo, con sus propias satisfacciones y gratificaciones.

Así pues, nos encaminamos hacia el final de la gran celebración de los cien años de nuestro Excélsior. Fiesta legítima, obligatoria, guiada por la euforia y el entusiasmo de saber mirar hacia atrás con orgullo, única manera de poder mirar hacia adelante con optimismo.

La semana pasada intenté un recuento apretado del acontecer mundial que se había visto plasmado en las páginas de El Periódico de la Vida Nacional. Resumen del todo insuficiente y desconsolador.

Obviamente, intentar un recuento satisfactorio de todo lo llevado a cabo durante este siglo me llevaría otros cien años, como a los geógrafos chinos del inatrapable Borges.

Escojo, pues, centrarme en ese episodio capital para la historia contemporánea de nuestro país: el magno movimiento estudiantil de 1968, que puso en serios aprietos a la prensa libre, digna y honesta, y que me concierne directamente. Era difícil, fue difícil.

En los primeros dos meses, julio y agosto, Excélsior estaba al mando de don Manuel Becerra Acosta, padre, que llevó con temple ejemplar la dirección hasta su muerte, a finales precisamente de agosto. Lo sustituyó Julio Scherer, con no menos talento y dignidad continuó la labor.

En esos días, más que nunca, Excélsior brilló con luz propia, destacándose de manera soberbia del resto de la prensa nacional. Sólo le diré una cosa, agudo lector, para que me acabe de entender: la única entrevista mía que apareció en la prensa diaria, durante todo el movimiento, fue precisamente en Excélsior. Apareció el 18 de septiembre, ya no recuerdo quién me la hizo. Habían pasado cinco días de la Manifestación Silenciosa, y era la víspera de la ocupación militar de CU.

El momento álgido, el más delicado, fue sin duda el de la noche del 2 de octubre. Los acontecimientos brutales que tuvieron lugar en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco eran, y siguen siendo, harto confusos. Era prácticamente imposible saber a ciencia cierta lo que había sucedido en realidad. Podía tratarse de una operación represiva monumental, sin antecedentes o, incluso, de un golpe de Estado.

La prensa más reaccionaria y provocadora sostenía que los estudiantes había recibido a balazos al Ejército y se contaban ya por decenas los soldados muertos. Las presiones de que ése fuera el titular del periódico el día 3 no cejaban. Publicarlo resultaba, obviamente, ultrajante. Muchas informaciones vagas intimidaban, entre noticias serias escasas sobraban telex incendiarios martillando el miedo, intentar ponderación resultaba obviamente utópico.

Y, sin embargo, la cobertura que dio Excélsior fue ejemplar. Supo manejar con elegancia y profesionalismo las múltiples incógnitas y huyó de los tremendismos y las versiones sesgadas en uno u otro sentido. Impecable.

Dos meses después salí de México con un pasaporte falso, huyendo de la persecución. Regresé 16 años después. Y la primera entrevista que me hicieron al llegar fue la de Excélsior, el 24 de marzo de 1985, a cargo de la gran Nidia Marín, que recuerda en su reciente columna la querida Ivonne Melgar, y que apareció por entregas durante seis días consecutivos en la primera plana del incomparable Excélsior. ¿Dónde si no?

Por ello estoy seguro, caro lector, no le extrañará que, declinando otras ofertas, aceptara con ojos cerrados, con orgullo y entusiasmo, la que me hizo entonces Regino Díaz Redondo de incorporarme a este equipo y a su incomparable, entrañable, insigne proyecto.

Marcelino Perelló

jueves, 29 de diciembre de 2022

La camarada


  15 de Marzo de 2017  


Es difícil, por no decir imposible, para quien no ha sido revolucionario activo, entender lo que ello implica. La inversión anímica que conlleva y la manera en que todo el ser, en cuerpo y alma, se involucra en ese vértigo incontrolable, cual corcel desbocado.

Dicen que fue Mao Tse-Tung quien habría dicho que la revolución es un drama pasional, que no es el espacio para las flores, las caricias y los perfumes, sino el escenario de la violencia más brutal, de la exaltación ígnea de los ideales y de la entrega. Exaltación que con frecuencia lleva al sufrimiento y a la muerte, propia y ajena.

La revolución es dura, mucho más y de otra manera que la guerra. Al combate convencional va uno simplemente porque toca, porque le tocó. Y lo asume uno como tal. La rebelión en cambio la elige uno y en su ara ofrece las más íntimas e intensas pulsiones.

El tiempo de las revoluciones tal vez ha terminado. Alguna permanece por ahí, si acaso, aislada, acorralada y maltrecha. Tal vez, sin embargo, tornará, se cavarán nuevas trincheras y las viejas banderas de la liberación del género humano volverán a ondear sobre campos y ciudades. Y los nuevos jóvenes volverán a sentir en sus pechos el brutal redoble de la gesta.

Hoy, por eso, es tan difícil entender a aquellos que forjaron el sueño y la lucha de emancipación no hace tanto tiempo. Por eso es tan complejo comprender la personalidad abrasadora de Ana Pauker, aquella bella y férrea revolucionaria judía rumana que se entregó del todo a esa pasión irrefrenable.

En los años previos a la Segunda Guerra Mundial fue elegida para integrarse al selecto grupo del Komintern, el Comité directivo de la Tercera Internacional, cuya misión era la de coordinar el movimiento comunista mundial y sentar las bases de la revolución universal, cuyo triunfo era la única garantía —eso lo sabían todos, desde Marx y Bakunin— de que el proyecto redentor sobreviviera.

Ello conllevó no pocos sacrificios, Ana debió dejar a sus hijos en la guardería especial que el Kremlin mantenía para todos los hijos de los dirigentes que viajaban por el mundo. Ahí debió dejar a su pequeña Tania, a modo de rehén. No fuera a ser. Rodeada de todos los cuidados, pero rehén al fin, a pesar de que ella, a sus tres o cuatro años lo ignorara. Fue ahí, entre otras cosas, donde se hizo amiga del pequeño hijo de Mao. Cuarenta años después, conviví mucho con Tania, ya convertida en una mujer espléndida y adorable.

Al terminar finalmente la bárbara conflagración, en 1945, el Ejército Rojo acababa de liberar Rumania y Stalin mandó llamar a Ana. “Camarada, le dijo en ese tono lento e imperioso que lo caracterizaba, he decidido que sea usted nombrada presidente de la nueva República Socialista de Rumania”. A lo que ella respondió, serena y en voz baja, pero firme: “No creo que sea una buena idea, camarada Iosif Visarionovich”.

Las palabras de la mujer sonaron como una deflagración en medio de la solemnidad del despacho. Los altos mandos presentes quedaron fulminados. Nadie había nunca osado contradecir al Zar Rojo y había sobrevivido para contarlo.

Stalin no pareció conmoverse, en medio del silencio espeso y agobiante, se acercó lentamente a Ana, dio un sorbo a su pipa y en voz baja, mirándola fijo a los ojos, le preguntó “¿Por qué lo cree así, camarada Ana?”. A lo que ella, sin inmutarse, sin mover un músculo, respondió: “Por tres razones, camarada. En primer lugar soy mujer, en segundo soy una intelectual, y en tercero soy judía”.

Siguieron unos segundos interminables. Finalmente, el primer secretario, sin apartar la mirada de la de ella, dejó la pipa sobre el escritorio, le tomó la cabeza con ambas manos y besó su frente. “¿A quién sugiere usted entonces, camarada? Un inaudible, pero profundo suspiro de alivio recorrió el salón. Ana propuso entonces que lo mejor sería convocar a los diversos líderes del FrenteAntifascista, consultarlos e intentar que surgiera ahí el hombre, pues debía ser hombre, ideal. Stalin accedió.

La primera reunión tuvo lugar apenas tres semanas después en Chisinau, capital de la Moldavia Soviética. Se propuso elegir una comisión representativa que designara a los integrantes del nuevo gobierno. Las cosas, como era previsible, se complicaron y las distintas facciones se enfrentaron con virulencia. Ana entendió entonces que las cosas, a pesar de la victoria no serían tan fáciles.

Propuso acabar rápido esa sesión y nombrar otros notables estrictamente sincréticos. Varios inconformes comunistas acusaron el supuesto pacto argumentando revisionismo, y obviamente socialdemócratas oportunistas ya no osaron negarse.

Surgió un nuevo comité que propuso conservar el régimen monárquico y mantener al rey Mihai I en el trono hasta que las aguas se apaciguaran. Así, bajo la dirección de Ana, se nombró como primer ministro al general Nicolae Rădescu, de filiación derechista, pero que se había opuesto a los nazis, que había sido encarcelado por el régimen fascista y que gozaba de gran prestigio militar por su desempeño en la Primera Guerra Mundial. Fue un gambito genial.  De esta manera se logró que la transición al socialismo fuera llana.

Poco sospechaba, en esos momento de euforia, la deslumbrante, inasible, indómita Ana Pauker que el poder y la legalidad le reservaban nuevos desafíos y terribles dificultades, tal vez más duras de las que había debido enfrentar en la ilegalidad. La vida es imprevisible. A lo mejor es eso lo que la hace maravillosa —en ambos sentidos de la palabra— y tan digna de ser vivida.


Marcelino Perelló


miércoles, 28 de diciembre de 2022

Dr. Koch 3

 




  05 de Abril de 2017  


Con Tania en el corazón.

 

Cotroceni es uno de los barrios más hermosos de Bucarest. A orillas del rio Dimbovita y a cuatro pasos del Palacio de la Ópera, es de una placidez embelesadora. En tiempos de la burguesía fue, sin duda, una zona aristocrática. Hoy probablemente lo vuelve a ser. No hay un solo edificio, ni un solo comercio, únicamente casas residenciales, más elegantes que señoriales. No lo atraviesa ninguna avenida, únicamente el tranvía que corre, lánguido, por las márgenes del río.

Hay muy poco tráfico por sus calles coquetas, seductoras y muy arboladas. Repletas de flores de todos colores en primavera, de todos los matices del verde en verano, ocres y sepias en otoño y de filigranas de hielo cristalino en invierno. Ahí las estaciones existen, de qué manera existen, cual calendarios vivos. Se respira un ambiente de paz y bienestar, que invita a la meditación y a caminar despacio.

Ahí vivió los últimos años de su vida, en la calle Dr. Koch 3, ese torbellino llamado Ana Pauker. Se encontraba en arresto domiciliario, de manera que nunca pudo pasear entre los tilos y las acacias que la cobijaban, no por vedadas menos suyas.

Los guardias de la puerta, sin perder la actitud severa de su misión, la admiraban y en secreto se habían vuelto sus amigos. Los días de buen tiempo le permitían sacar una silla al pequeño jardín y sentarse junto a la verja a ver pasar los escasos viandantes, los correteos de los niños y los mimos de los amantes. A veces, en invierno, se podía mirar su rostro melancólico a través de los vidrios dobles y empañados.

Todos la conocían, sabían quién era y quién había sido, y la miraban con una mezcla de curiosidad, admiración, compasión y rencor. En sus tiempos, tan cercanos, de poder y gloria, había sido más temida y respetada que admirada. Ana la Terrible, la Ana de Hierro.

En Rumanía impera, hasta la fecha, un profundo sentimiento antirruso, que automáticamente se volvió antisoviético y, por ende, anticomunista. El socialismo ahí fue claramente impuesto e importado, como consecuencia de la repartición de Europa tras la derrota de Alemania, el aplastamiento del nazismo y la creación del Telón de Acero.

Así, una vez terminada la guerra, con el país ocupado por el Ejército Rojo, se instaura el régimen socialista, durante un par de años incluso bajo el rey Mihai I. Se trató, posiblemente, de la única e insólita monarquía comunista.

Una vez proclamada en 1947 la República Popular de Rumanía, el poder de Ana se volvió inmenso. Aunque la Pauker había declinado ser secretaria general del partido y presidente del país, era ella la que, desde su cargo/fachada de ministra de Relaciones Exteriores, llevaba las riendas verdaderas del gobierno. La revista Time publicó su foto en portada con el título “La mujer en vida más poderosa del mundo”.

Y, sin embargo, las cosas no eran en absoluto fáciles. Dentro del PCR existían dos corrientes claramente diferenciadas; la del “Grupo de la cárcel”, que comandaba el presidente Gheorghe Gheorghiu Dej, y que habían estado encarcelados durante los seis años de conflagración, y el llamado “Grupo de Moscú”, encabezado por Ana, y que agrupaba a los militantes que habían actuado desde el exterior.

Paradójicamente, o precisamente por ello, Ana y los suyos eran mucho menos proclives a someterse a las directivas de Stalin. Ana, contrariamente a lo que sucedió en los otros países socialistas, permitió que los judíos que desearan migrar a Israel lo hicieran. Salieron más de 100 mil.

Se opuso ferozmente a la construcción del canal Danubio-Mar Negro, obra faraónica que había ordenado el propio Stalin, y que debía ser construido por los trabajos forzados de prisioneros políticos, a la manera del tristemente célebre canal Volga-Don. Suavizó también la agresividad con la que Moscú trataba el régimen yugoslavo de Josip Broz Tito.

Y detuvo, hasta donde le fue posible, la represión contra la antigua burguesía y las corrientes disidentes dentro del partido y las purgas, como en el resto del campo socialista, de aquellos que habían peleado en las Brigadas internacionales durante la mal llamada Guerra Civil Española y en la Resistencia Francesa. Tuve la fortuna de conocer a más de uno de esos veteranos, como Valter Roman o Alexandru Jar, que le debieron la vida. Muy en particular, fue notable la defensa que hizo de la oveja negra “cosmopolita”, Lucretiu Patrascanu.

Pero su desacato mayor, y que a la postre le acarrearía caer en desgracia y en la cárcel, fue su defensa del campesinado, y, fiel a su origen, se opuso con vigor a la estatalización forzosa de la tierra. Se le quiso imponer negociar con los campesinos, obligándolos a ceder sus parcelas para ser expropiadas.

Propuso rápidamente otra negociación totalmente opuesta. Visitó incluso cooperativas agrícolas sublevadas exponiendo relativos apoyos, sostuvo iniciativas nodales de un decidido antagonismo, mantuvo indeclinable actos y usos decididamente ancestrales negando todo estereotipo.

Finalmente, en 1952, fue defenestrada, juzgada, torturada y encarcelada. Fue tras la rejas que se enteró de la muerte de Stalin, Se la comunicó su enemigo y verdugo Vasile Luca. Cuentan que, al saberlo, soltó en llanto, y que Luca le habría dicho: “Lloras como pendeja, si no se moría él, te morías tú”.

Los vientos giraron y se le concedió el arresto domiciliario, junto a la familia de Tania, su hija adorada. En esa casa de Cotroceni, la misma en la que yo viví años después. La entrañable, intensa, donde las paredes no cesan de contar ese drama y esa epopeya. La bellísima, inolvidable, casa de Doctor Koch 3.


Marcelino Perelló


martes, 27 de diciembre de 2022

36,524 madrugadas


  21 de Marzo de 2017  


Pero a la alegría reinante y natural se añadía otro motivo que no oscurecía los demás, pero que de alguna manera los dejaba un poco en segundo plano. Rafael, junto a un grupo de amigos y colaboradores cercanos, se había propuesto fundar un periódico diario con todas las de la ley.

Ya no se trataba de una aventura juvenil, ni de reproducir sencillamente las distintas y modestas publicaciones en las que habían participado, como Revista de Revistas, El Automóvil en México o incluso en El Imparcial, poderoso, emblemático pero limitado, y que había desaparecido junto con la caída del gobierno de Victoriano Huerta.

Y, hacía apenas unas semanas había visto la luz El Universal, fundado por Félix Fulgencio Palavicini, carrancista y constitucionalista, y quien contaba con todo el apoyo del primer jefe. Alducin nunca creyó que le habían comido el mandado. Su proyecto era otro y el Diario Político de la Mañana, que se llamó entonces el de Palavicini, no le haría sombra.

Así que esa noche del 24 de diciembre, además de la euforia, había nervios. Los últimos preparativos para la aparición pública del nuevo y ambicioso diario estaban en marcha a velocidad vertiginosa, cual una rotativa, nunca mejor dicho.

Ignoro a quién se le ocurrió el nombre, que inmediatamente fue adoptado con entusiasmo: Excélsior. Se alejaba de los clichés tradicionales y reflejaba la exultante ambición que lo impulsaba y la decisión de verlo crecer como un medio excepcional, incomparable, sin precedentes.

Excélsior es el dativo superlativo en latín, equivalente no tanto a excelso como a el mejor, el superior. Insuperable. Y esa fue su vocación al nacer. El augurio del que quisieron hacerle don sus progenitores.

Tal vez habían leído una de las obras más seductoras del gran Julio Verne, la primera que escribió: Cinco semanas en globo, en la que el doctor y explorador Samuel Fergusson, junto con sus dos compañeros, atraviesa media África a bordo del globo aerostático Victoria, de su propio diseño y construcción.

El caso es que su discurso solemne de despedida, la víspera de la partida, y que todo el mundo esperaba resignado que fuera largo, altisonante y tedioso, se limitó a una sola palabra: “Excélsior”.

Y a eso aludieron precisamente los padres fundadores de nuestro periódico: a una gesta, a una aventura atrevida y decidida, y al igual que la de Fergusson, del todo exitosa. El nombre no fue sino un talismán de buen agüero. Tal vez la única diferencia notable entre una epopeya y la otra, es que la primera finalmente concluyó, mientras que la travesía de este otro globo sigue sobrevolando el país y el mundo, testimonio inigualable del acontecer, de la historia pretérita, presente y, temerariamente, futura.

Hace apenas unos días, como usted sabe bien, fiel y admirado lector, se cumplieron diez decenios, veinte lustros, cien años, 5,218 semanas, 36,524 días. 36,524 ejemplares. Uno cada día, cada mañana. Sin faltar una sola. Bajo el cielo despejado y bajo rayos y centellas. A través de logros y tropiezos. De llanuras apacibles y de riscos escarpados. Ahí estuvo siempre, en el kiosco o en la puerta de su casa. Se dice fácil. Y se dice emocionado.

Durante 36,524 noches las rotativas no dejaron de rugir, y durante 36,524 madrugadas los voceadores, sobre la banqueta, compaginaron frenéticos y salían corriendo como alma que lleva el diablo, como alma que lleva el anhelo, a sus destinos. Y salieron camiones, camionetas y aviones, transportando su preciosa carga, los paquetes de papel sagrado, el devenir del mundo.

Esas enormes páginas con el embriagador, irresistible olor a madera y a silicio, a papel y tinta, transportan algo más: son el cofre, el arca de la palabra. Estimada o repudiada, pero palabra al fin. No hay texto vano. Cada uno comporta su carga de algo que va más allá de la información: la comunicación. El enganche entre el que escribe y el que lee. Quién sabe cuál de los dos es el verdadero autor del escrito. Soy responsable de lo que plasmo y concibo, no de lo que usted lee e interpreta, amigo lector, mi contraparte. Mi contlapache. Ambos conspiramos.

Nuestro periódico es un mensajero de lujo. Pues el periodismo pasa por sus horas más bajas. El advenimiento del internet no ha hecho sino enredarlo todo. La manipulación florece y los charlatanes viven sus mejores días. Hacer periodismo serio es, hoy, más difícil que nunca. La basura prolifera.

Pasquines recientes intentan moverse en registros anacrónicos retomando esquemas ganzúa levanta audiencias: entre los recursos empleados sobresale poner eternamente titulares ostentosos. Varios informativos cometen atrocidades, omiten basarse sólo en reportes verificables editando mentiras obscenas sin legitimidad alguna.

En nuestra casa, el último sobresalto de esta conspiración se produjo hace 17 años, con el advenimiento del nuevo siglo. Y fue duro. El naufragio parecía inminente. Pero la historia, a menudo tan cruel, también sabe hacer caricias. Y esta vez, la caricia vino acompañada de un regalo. Y el Excélsior, recalafateado —si acaso se recalafatean los globos— vuelve, orgulloso y a gran altura, a surcar los cielos.

Marcelino Perelló


De pie, con la cabeza gacha

 



  03 de Mayo de 2017  


La historia no es un continuo. Se escribe a bocanadas. A veces de siglos enteros, como el de Pericles o el de las luces. A veces por instantes, como el cruce del Rubicón o la muerte de Sócrates. Unos de esos instantes parecen pasar desapercibidos y sólo cobran importancia cuando tiempo después su eco nos alcanza. Uno de esos instantes de los que se teje la historia tuvo lugar en Chicago el 1 de mayo de 1886.

El movimiento obrero mundial se hallaba en pleno apogeo. Habían pasado apenas 38 años desde la gran revolución europea que cambió radicalmente el curso de los acontecimientos por venir. La revolución de 1848 cruzó el océano y se instaló definitivamente en el Nuevo Mundo.

Millones de emigrantes sumidos en la más sórdida de las miserias en sus países de origen buscaron nuevos horizontes en la tierra de promisión americana.

Alemanes, italianos, irlandeses, se instalaron en los dos extremos de América, desde la Tierra de Fuego hasta los Grandes Lagos.

La mayoría de estos viajeros pertenecía a la clase obrera.

Y fue precisamente del otro lado de la esfera terrestre, en Australia, donde surgieron los primeros brotes de insurrección emancipadora de los recién llegados.

Es en Melbourne, 20 años antes, donde surge la idea de retomar los postulados de la primera conferencia internacional de los trabajadores, presidida por el mismísimo Karl Marx, haciendo que el protagonismo pase de la metrópolis europea a los terrenos vírgenes de la emigración.

Es así como la pujanza industrial de Estados Unidos, concentrada en las áreas industriales del norte, es ocupada por los recién llegados. En particular ese verdadero auge industrial desbocado se centra en los grandes centros fabriles de Denver, Cincinnati, Cleveland, el mismísimo Nueva York o, sobre todo, en Chicago.

Es ahí a orillas del lago Michigan donde el movimiento obrero inmigrante —principalmente alemán— cobra una fuerza inusitada, y el núcleo de la agitación sajona se encuentra en el periódico Chicagoer Arbeiter Zeitung (La Gaceta Alemana de los Trabajadores de Chicago), periódico alemán y en alemán dirigido a la inmensa colonia de trabajadores teutones residentes en Chicago.

La iniciativa australiana de fijar una fecha única en todo el planeta que aglutine a los trabajadores del mundo entero fracasa, debido a la imposibilidad de hallar una fecha conveniente a todos los países. Así, la fecha elegida por los trabajadores gringos e inmigrantes es el 1º de mayo, conocido como el Moving-Day, es decir, el día de renovación de contratos anuales en toda la Unión Americana.

Este día en todas las ciudades importantes se realizan manifestaciones reivindicativas de los derechos obreros. En particular frente a la fábrica McCormick de Chicago se realiza un gran mitin en pro de la jornada de ocho horas. La movilización es de tal envergadura que provoca la intervención de la policía, produciéndose violentísimos choques entre los manifestantes y las fuerzas represivas. El saldo es de numerosos muertos y heridos, lo cual conduce a una nueva manifestación, mayor si cabe, en protesta contra la salvaje represión en la plaza de Haymarket, que se salda con nuevas víctimas. Según la policía, uno de sus agentes resultará muerto. Por el bando proletario las bajas son incontables.

Todo el mundo sabe que se trata de una provocación y que se desatará una represión terrible, que ya deben de tener planeada y preparada desde hace tiempo. Es preciso tomar medidas de urgencia.

Pronto rehicieron una estructura básica apta de enfrentar favorablemente una embestida general organizada. Viejos integrantes corrigieron adscripciones, muchos adheridos subrepticios que utilizaban enseñas no ubicables necesitaron cambiar alias.

Esa misma noche la policía allanará el local y la imprenta de la Arbeiter Zeitung y detendrá a los trabajadores que en ese momento imprimían un número especial dedicado a los acontecimientos de esa tarde en Haymarket. Son arrestados ocho trabajadores, juzgados por la supuesta muerte del policía y condenados a su vez a morir ahorcados.

Los condenados, que ni siquiera se hallaban en Haymarket, fueron: Georg Engel, alemán; Adolf Fischer, alemán; Albert Parsons, estadunidense; August Spies, alemán, redactor en jefe, y Louis Lingg, alemán; integrantes todos ellos del consejo de redacción de la Gazette. Los cuatro primeros fueron ejecutados el 11 de noviembre de 1887 y Louis Lingg se suicidó en su celda. Un joven periodista cubano, corresponsal del periódico argentino La Nación de Buenos Aires, testigo presencial del ahorcamiento, escribió:

“… salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hileras de sillas frente al cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies, momentos antes de que le cubrieran el rostro, grita, a voz en cuello: ‘Llegará el día que nuestro silencio será más elocuente que las palabras que hoy acalla el verdugo’. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantosa”.

Ese periodista se llamaba José Martí.

Marcelino Perelló

lunes, 26 de diciembre de 2022

Bajos fondos


  09 de Mayo de 2017  


La primera de estas cuestiones es la de la credibilidad. Suena sensato, al menos a mí me lo suena, poner en duda la versión oficial. Como buen lector que soy de novelas policiacas, y en particular del maravilloso Edgar Allan Poe y su infalible Dupin, considero que la única manera confiable de esclarecer un crimen es la de establecer su móvil. Así proceden siempre Dupin y su colega Maigret. Se preguntan quién es el ganón, el beneficiario. Y si consiguen responderse, cosa que a ellos les ocurre de manera invariable, resuelven el caso ipso facto.

Desde esa perspectiva, no puedo no preguntarme a mi vez si el relato de los hechos que nos venden en este caso es del todo confiable. A mí me parece que los cuatro ejemplos que menciono le han servido a las potencias de occidente como pretexto áureo para lanzarse, a la manera de cruzados redivivos, a la conquista del Islam y su codiciado oro negro. Se trata de una conjetura irresistible y harto sostenible. La captura de los preciados yacimientos del Oriente Medio constituye un motivo más que suficiente para armar cuanta patraña sea necesaria, por aparatosa y sanguinaria que resulte.

Y por otro lado se vuelve una coartada excelente para aumentar las medidas de vigilancia y control policiaco en todo el primer mundo, hasta alcanzar niveles francamente totalitarios y filofascistas. Ello llevado a cabo, además, con el beneplácito y alivio de la población, cada vez más dispuesta a renunciar a sus ya de por sí limitadas libertades, a cambio de una mayor y aparente seguridad. El enemigo está ahí y es demoniaco. Cuantos más guardias pertrechados y armados hasta los dientes nos tropecemos por las calles y hasta en la sopa, mejor. No le hace. Más vale.

A todo ello es preciso añadir una inquietud ineludible y que se volverá directamente sospecha. Esta historia de que los presuntos autores de los ataques sean identificados, localizados, acorralados y asesinados inmediatamente, como es el caso, o a pocas horas del atentado, aquí entre nos, resulta poco creíble, por decir lo menos. Si son capturados en el lugar de los hechos, significa que la Ciudad Luz está literalmente sembrada de chota. Un tercio son terroristas, otro tercio, tiras. El otro tercio es dejado para los viandantes que no saben a quién tenerle más miedo.

El que no logren evadirse y no consigan ni siquiera esconderse, suena, de plano, a cuento de los hermanos Grimm. Yo no sé usted, indulgente lector, pero yo ésa, no me la trago. La regurgito.

O la sagacidad y eficiencia de las policías francesa, gringa o danesa es de un nivel sobrehumano, inverosímil, o los combatientes islamistas son de plano principiantes de una torpeza igualmente inverosímil, incapaces de tomar las más elementales precauciones. Parece mucho más plausible la suposición de que los respectivos responsables de la seguridad hayan recibido un telefonazo desde los más altos niveles de gobierno en los que escuetamente se les haya dado una orden parecida a ésta: “Quiero este asunto resuelto inmediatamente, o antes”. Y lo resolvieron. Para eso están los subordinados diligentes.

O bien que todo ello no sea más que un montaje, un performance. Mejor.

No deja de llamar la atención que los presuntos terroristas en los tres casos, París, Boston y Copenhague, tuvieran antecedentes penales. Es decir, estaban fichados. Es decir, su nombre y filiación estaban en los archivos de la policía. La manera más rápida y contundente de esclarecer un crimen es sin duda la de recurrir a esos índices y escoger el culpable idóneo. No estoy descubriendo ni el hilo tibio ni el agua negra. Es una práctica harto socorrida por todas las policías del mundo. Tiras y malandrines la conocen bien.

Así pues, me construyo mi propio cuento y veo a la Agencia Antiterrorista Francesa, escarbando en sus bases de datos y dando con el nombre y el perfil de Abú Karim Cheurfi de origen somalí, 22 años, fumador convicto de hashish, acusado de haber asaltado y apuñalado a un hombre en un tren, condenado y encarcelado por dos años. Liberado hace apenas dos meses. Perfecto. Ni mandado a hacer. Era indispensable que el caso fuera cerrado contundente y convincentemente.

Para lacrarlo apareció naturalmente Abú. Era suficiente encontrar el sospechoso entre las bandas underground en núcleos oscuros. Concibieron una maquinación para legitimar aquel montaje ostensiblemente sainetesco logrando obliterarlo.

Así que, dos días después, los tembleques electores franceses ya sabían por quién votar. Ni los exaltados filofascistas del Front Nationale, que no harían sino meterlos en más problemas, ni los puñales socialistas que no tienen aquello que se requiere.

Nada nuevo bajo el sol. Ya el genio de Baltimore sabía que París era propicio a las intrigas. Y ya está. Macron presidente. Por cierto, el flamante Presidente está casado con Brigitte, una millonaria que casi le dobla la edad. A propósito, pronunciado en francés “Macron” se parece mucho a “maquereaux”, padrote, proxeneta.

Y es que la democracia, amigo mío lector, no dejará de ser nunca una historia de bajos fondos.

Marcelino Perelló

domingo, 25 de diciembre de 2022

Nostrum

 



  10 de Mayo de 2017  


Es curioso constatar cómo en la historia de la sociedad humana el predominio masculino se ve a menudo interrumpido por la insurgencia súbita, siempre turbadora y a menudo vertiginosa, de las mujeres. La agobiante supremacía varonil se ha ejercido durante milenios, tanto en el plano doméstico —en las muy disímbolas estructuras familiares que han existido a lo largo del tiempo y a lo ancho de la geografía— como, sobre todo, en el social.

Es en esta última esfera, en particular en el campo del poder y la política, que han surgido fenómenos sorprendentes y brillantes, cual estrellas fugaces, que han llevado a las hembras humanas hasta la cima de la autoridad. Y que la han ejercido con la misma habilidad, dureza y eficacia, si no más. Antiguos antropólogos, desde el siglo XIX, preconizaron la existencia prehistórica de sociedades matriarcales, en las que el gobierno era detentado de manera rigurosa por las madres. Algunas de estas estructuras habrían perdurado hasta hoy en comunidades primitivas y recónditas. El ejemplo más célebre es tal vez el de las temibles amazonas que habrían habitado en el norte de Brasil, en el corazón de la jungla virgen que les da nombre y por lo visto y debido a ellas ya no sería tan virgen.

Sin embargo, tanto la veracidad de la existencia real de las amazonas como de otros pueblos matriarcales no ha sido verificada y debe ser incluida en el rango de leyendas. En cambio, lo que no constituye mito ni leyenda alguna y posee una presencia real indiscutible y con frecuencia admirable, es el caso de numerosas féminas que han liderado, por las buenas o las malas, a sus respectivos pueblos, en diversas condiciones y jerarquías.

Intentar una relación representativa de ellas, aunque somera, sería una tarea colosal e ilusoria. Pero es imposible no mencionar, por ejemplo, a la deslumbrante Anacaona, cacica de Quisqueya, hoy República Dominicana/Haití, asesinada a sus 29 años por los españoles, apenas iniciada la Conquista. Al otro lado del océano son paradigmáticas sus contemporáneas, las dos despóticas Isabeles I, tanto la de Castilla como la de Inglaterra, a cual más temperamental y despiadada.

En nuestros días han destacado gobernantes tan insignes como férreas en todos los meridianos, desde Golda Meir en Israel, hasta Angela Merkel en Alemania, pasando por Margaret Thatcher en el Reino Unido o Michelle Bachelet, que hoy volvió por sus fueros en Chile. Mención aparte merecen los asombrosos casos de Pakistán, India y Sri Lanka, naciones vecinas y supuestamente “atrasadas” que han sido gobernadas recientemente por brillantes estadistas femeninas: Benazir Bhutto, Indira Gandhi y Chandrika Kumaratunga respectivamente. No puede no llamar la atención.

No obstante, la más notable y más antigua de estas situaciones la protagoniza, por supuesto, la emperatriz Cleopatra VII, última faraona de Egipto, ya en su etapa ptolomeica, bajo la égida del dominio cultural helénico. Pero hoy escojo no hablar tanto de su poder sino del amor indecible que floreció entre la reina alejandrina y el general romano Marco Antonio. Tanto Cleo como Antonio jugaron un papel exuberante en la historia desde tres planos: como gobernantes, como guerreros y como amantes. Obviamente los tres registros son inextricables y no pueden desengranarse el uno del otro. Es ello lo que hace este episodio absolutamente excepcional.

Cleopatra luchaba a vida o muerte contra su hermano y consorte Ptolomeo XIII. Marco Antonio a su vez se enfrentaba sin cuartel a su rival Octavio. El destino, pícaro y perverso, hizo que sendos combates confluyeran. Ella ya había sido la aliada y pareja sentimental del jefe y comandante de él, Julio César. Fue ese primer capítulo erótico/bélico el que sentó el precedente para que la faraona concibiera la posibilidad de unir de nuevo sus fuerzas navales, de manera pasajera y sin mayores alcances, con las del joven general. El entendimiento entre las dos ces, César y Cleopatra, había sido finalmente fructífero, en más de un sentido.

Por el recuerdo de esa relación aceptó sellar una lábil alianza decididamente oportunista, al menos así dirían algunos, emprendiendo sutiles maniobras entre jerarcas o regentes que únicamente esperaban garantías al negociar ayuda romana. Volvió inmediatamente con aquel hombre especial cuando hubo intuido concedería ese respaldo anhelado.

Sin embargo, los motivos estrictamente estratégicos no bastan para explicar el súbito arrebato de ella, normalmente una mujer si no fría sí calculadora y dueña de sí. A diferencia de Julio, Marco Antonio parece haberle robado el corazón. Y fue en busca de sus brazos más que de sus armas. Y su pasión fue del todo correspondida. El relato afirma que cuando la flota de Cleopatra es derrotada en la batalla de Actio (hoy Accio) y debe huir, Antonio abandona a los suyos para acudir en su rescate, lo que le impondrá a él su severa derrota.

Su gran dolor, sin embargo, fue creer que ella había sido muerta, y desesperado se mata encajándose su propia espada. Nunca se sabrá el motivo por el que ella, que en realidad había logrado sobrevivir, decidiera también morir, haciéndose morder por una cobra egipcia, y pidiera a sus sirvientes se la trajeran disimulada en una canasta de fruta. Hay quien dice que fue por el temor de ser capturada y esclavizada. Otra versión afirma que recurrió a este gesto límite cuando supo del suicidio de Marco Antonio. Elijo la segunda.

Esta epopeya sin parangón constituye uno de los dramas más intensos que registran las crónicas. Ella y él entonaron juntos la más desgarradora y conmovedora canción de amor y de guerra que hayan escuchado las normalmente plácidas y azules aguas del Mare Nostrum. Más Nostrum que nunca.


Marcelino Perelló


jueves, 15 de diciembre de 2022

Cuando el sueño comienza

 


  24 de Mayo de 2017  


Fue precisamente el 24 de mayo de 1847, cuando dos viejos amigos, en la taberna The Lamb and flag, Karl Marx y Friedrich Engels, decidieron redactar y publicar una proclama, en la que conminaban a todos los obreros del mundo a organizarse y a combatir la explotación laboral a la que eran sujetos. Era de noche y era Londres.

Pocos meses después el breve, meditado y atormentado texto estaba listo. No está claro cuando llegó a prensas y dado a la luz. Parece ser que la primera edición fue en alemán y apareció en 1848. En inglés no sería sino dos años más tarde, en 1850. El título final y definitivo fue Manifiesto del Partido Comunista, partido que, aquí entre nos, aún no existía, y que en ese sentido, singular y global, nunca llegaría a existir.

Sin embargo, el lema que aparecía bajo el encabezamiento, y que venía a ser más que un epígrafe, era todo un resumen: ¡Proletarios de todos los países, únanse! Se trata sin duda de una obra maestra, y, más allá, de un texto fundacional, equivalente, a riesgo de levantar más de un escozor, a la Biblia.

A riesgo de parecer lo que soy, un simplificador, un divulgador, diré que el librejo ese puede reducirse a una sola frase, a una sola reivindicación: Que nadie viva del trabajo ajeno.

Tan simple como eso. Tan simple y tan definitivo. Pero lo que digo no es del todo verdad. Nadie dice, nunca, toda la verdad. Y ese par de bohemios refugiados en Covent Garden, tampoco.

Porque a final de cuentas, todo el entresijo es que si, uno vive del trabajo ajeno, es en la misma medida en que el “ajeno” vive del nuestro. Para que el asunto sea parejo. La clave de la que se trata, y eso el Manifiesto lo deja clarísimo, es la de terminar con el trabajo asalariado y con la propiedad de los medios de producción.

En el Plan de Ayala se establece, de manera tan contundente como en el Manifiesto, que La tierra es de quien la trabaja. Que ni qué. Pero también depende de quien trabaja para construir los aperos y los fertilizantes y los distribuidores y los vendedores. Y los consumidores.

Se trataba de establecer una red de productores libres (que incluya, por supuesto a los distribuidores y vendedores). El término, el concepto y el oficio de “comerciante” deberían desaparecer como tales. La proclama del Manifiesto constituye un auténtico decálogo de la emancipación.

Primero axiomas relacionados al movimiento obrero, pero enseguida disquisiciones revelando el gran anacronismo liberal. En seguida opiniones extremadamente severas torpedeando ópticas de oportunistas.

Estoy poco familiarizado con el mundo rural y con el trabajo de y con la tierra. En cambio soy un usuario contumaz de los taxis. Desde muy joven, prefería gastarme el dinero pa’ la torta que me daban mis padres, en un taxi. “Tú naciste para duque” me reprochaba mi madre en tono entre áspero y cariñoso.

A lo mejor sí. Me encanta ir sentado en el asiento de atrás. En el adelante me pongo nervioso. Y si voy a la izquierda más (entiéndase el retruécano). Voy platicando apaciblemente con el chofer, viendo el ir i venir de los desdichados peatones y, sobre todo, las viejas cuero y provocativas.

Y es entonces cuando me entero que a menudo el chofer debe caerse con 200 o 300 pesos de “renta” cada noche con el dueño de la nave (es decir con el dueño del chofer). Él se fleta chingándole 12 o 14 horas diarias para al final pagar un diezmo a un señor, que muy pancho en su poltrona viendo Juego de Tronos, le cobra, simplemente porque tiene un papel que dice que él es el propietario de vehículo. Y la validez de ese papel está respaldada por un ejército de policías, jueces y carcelarios. Ni le muevas. Él es el “dueño”.

Todo el ardid del capitalismo reside en las virtudes de la llamada “libre competencia” que reside en que si hay dos fabricantes del mismo producto, ambos intentarán bajar los precios para ser más “competitivos”. Mamada. Ambos se pondrán de acuerdo para subir los precios al unísono.

La cosa es que podamos ordeñar las vacas, ambos, sin que las vacas rezonguen o se nieguen a dar leche, ni que la gente se niegue a seguir bebiendo leche. Eso es todo, amigo mío, eso es todo.

El mérito no es que esos dos barbudos de Covent Garden lo supieran. El mérito es que supieran decirlo. Algún día los escucharán, los verdaderos escuchas volverán.

Marcelino Perelló