15 de Marzo de 2017
Es difícil, por no decir imposible, para quien no ha sido revolucionario activo, entender lo que ello implica. La inversión anímica que conlleva y la manera en que todo el ser, en cuerpo y alma, se involucra en ese vértigo incontrolable, cual corcel desbocado.
Dicen que fue Mao Tse-Tung quien habría dicho que la revolución es un drama pasional, que no es el espacio para las flores, las caricias y los perfumes, sino el escenario de la violencia más brutal, de la exaltación ígnea de los ideales y de la entrega. Exaltación que con frecuencia lleva al sufrimiento y a la muerte, propia y ajena.
La revolución es dura, mucho más y de otra manera que la guerra. Al combate convencional va uno simplemente porque toca, porque le tocó. Y lo asume uno como tal. La rebelión en cambio la elige uno y en su ara ofrece las más íntimas e intensas pulsiones.
El tiempo de las revoluciones tal vez ha terminado. Alguna permanece por ahí, si acaso, aislada, acorralada y maltrecha. Tal vez, sin embargo, tornará, se cavarán nuevas trincheras y las viejas banderas de la liberación del género humano volverán a ondear sobre campos y ciudades. Y los nuevos jóvenes volverán a sentir en sus pechos el brutal redoble de la gesta.
Hoy, por eso, es tan difícil entender a aquellos que forjaron el sueño y la lucha de emancipación no hace tanto tiempo. Por eso es tan complejo comprender la personalidad abrasadora de Ana Pauker, aquella bella y férrea revolucionaria judía rumana que se entregó del todo a esa pasión irrefrenable.
En los años previos a la Segunda Guerra Mundial fue elegida para integrarse al selecto grupo del Komintern, el Comité directivo de la Tercera Internacional, cuya misión era la de coordinar el movimiento comunista mundial y sentar las bases de la revolución universal, cuyo triunfo era la única garantía —eso lo sabían todos, desde Marx y Bakunin— de que el proyecto redentor sobreviviera.
Ello conllevó no pocos sacrificios, Ana debió dejar a sus hijos en la guardería especial que el Kremlin mantenía para todos los hijos de los dirigentes que viajaban por el mundo. Ahí debió dejar a su pequeña Tania, a modo de rehén. No fuera a ser. Rodeada de todos los cuidados, pero rehén al fin, a pesar de que ella, a sus tres o cuatro años lo ignorara. Fue ahí, entre otras cosas, donde se hizo amiga del pequeño hijo de Mao. Cuarenta años después, conviví mucho con Tania, ya convertida en una mujer espléndida y adorable.
Al terminar finalmente la bárbara conflagración, en 1945, el Ejército Rojo acababa de liberar Rumania y Stalin mandó llamar a Ana. “Camarada, le dijo en ese tono lento e imperioso que lo caracterizaba, he decidido que sea usted nombrada presidente de la nueva República Socialista de Rumania”. A lo que ella respondió, serena y en voz baja, pero firme: “No creo que sea una buena idea, camarada Iosif Visarionovich”.
Las palabras de la mujer sonaron como una deflagración en medio de la solemnidad del despacho. Los altos mandos presentes quedaron fulminados. Nadie había nunca osado contradecir al Zar Rojo y había sobrevivido para contarlo.
Stalin no pareció conmoverse, en medio del silencio espeso y agobiante, se acercó lentamente a Ana, dio un sorbo a su pipa y en voz baja, mirándola fijo a los ojos, le preguntó “¿Por qué lo cree así, camarada Ana?”. A lo que ella, sin inmutarse, sin mover un músculo, respondió: “Por tres razones, camarada. En primer lugar soy mujer, en segundo soy una intelectual, y en tercero soy judía”.
Siguieron unos segundos interminables. Finalmente, el primer secretario, sin apartar la mirada de la de ella, dejó la pipa sobre el escritorio, le tomó la cabeza con ambas manos y besó su frente. “¿A quién sugiere usted entonces, camarada? Un inaudible, pero profundo suspiro de alivio recorrió el salón. Ana propuso entonces que lo mejor sería convocar a los diversos líderes del FrenteAntifascista, consultarlos e intentar que surgiera ahí el hombre, pues debía ser hombre, ideal. Stalin accedió.
La primera reunión tuvo lugar apenas tres semanas después en Chisinau, capital de la Moldavia Soviética. Se propuso elegir una comisión representativa que designara a los integrantes del nuevo gobierno. Las cosas, como era previsible, se complicaron y las distintas facciones se enfrentaron con virulencia. Ana entendió entonces que las cosas, a pesar de la victoria no serían tan fáciles.
Propuso acabar rápido esa sesión y nombrar otros notables estrictamente sincréticos. Varios inconformes comunistas acusaron el supuesto pacto argumentando revisionismo, y obviamente socialdemócratas oportunistas ya no osaron negarse.
Surgió un nuevo comité que propuso conservar el régimen monárquico y mantener al rey Mihai I en el trono hasta que las aguas se apaciguaran. Así, bajo la dirección de Ana, se nombró como primer ministro al general Nicolae Rădescu, de filiación derechista, pero que se había opuesto a los nazis, que había sido encarcelado por el régimen fascista y que gozaba de gran prestigio militar por su desempeño en la Primera Guerra Mundial. Fue un gambito genial. De esta manera se logró que la transición al socialismo fuera llana.
Poco sospechaba, en esos momento de euforia, la deslumbrante, inasible, indómita Ana Pauker que el poder y la legalidad le reservaban nuevos desafíos y terribles dificultades, tal vez más duras de las que había debido enfrentar en la ilegalidad. La vida es imprevisible. A lo mejor es eso lo que la hace maravillosa —en ambos sentidos de la palabra— y tan digna de ser vivida.
Marcelino Perelló
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