Uno de los probemas al querer escribir es la proyección personal abaratada de nuestras experiencias individuales. La literatura no se hizo para vertir en ella nuestros sentimientos al desnudo sin ninguna correción, sin reflexión; cuando esto sucede, estamos hablando de superación personal sin ningún valor artístico.
Así, no basta escribir nuestras andadas por la vida, se necesita algo más, saber hacerlo, saber escribir. Existen muchos hombres, poco inteligentes, que han tenido experiencias formidables, o que han crecido en ambientes culturales extremadamente ricos; sin embargo, no son capaces de plasmar esas experiencias en obras literarias. Existen otros hombres que sí logran rescatar su cultura y plasmarla en verdaderas obras que valen la pena.
Uno de esos hombres que logra plasmar el ambiente y la cosmovisión de un barrio marginal de la Ciudad de México es Armando Ramírez. con su maestría logra universalizar un barrio común como lo es tepito, pero a la vez cualquier otro que se encuentre en la periferia de la Ciudad de México y es que sin más hay que reconocerle a Armando Ramírez su excelente prosa que logra atrapar al lector a través de su muy conciente estilo con faltas ortográficas como en Chin chin el teporocho o quinceañera. Y es que pese a que no tiene formación académica o literaria o quizá gracias a ello, Armando Ramírez es un escritor universal no así uno regional.
Al leer sus obras uno se da cuenta que en primera instancia es un gran lector; su lenguaje barrial provoca en el lector un enganche pasional en cada una de sus personajes marginales.
Vivir en la ciudad de méxico y no leer su obra es tanto como no saber que existe el tianguis del chopo o que la plaza de mariachis está en garibaldi o bien creer que por las noches está ciudad está dormida sin vida nocturna.
Además hay otra razón por la que hay que leer a Armando Ramírez: lo divertido que es burlarse de lo grotesco.
Sin duda el barrio de Tepito ha dado mucho al foklore mexicano y además ha visto nacer a un buen escritor.
domingo, 25 de octubre de 2015
martes, 20 de octubre de 2015
Utilidad e inutilidad d la religión en la vida cotidiana.
Mis padres nunca se acercaron a la iglesia. Aunque mis abuelos eran más que creyentes -eran fanáticos- mis padres no heredaron la costumbre de asistir a las misas religiosas, ni tuvieron ningún acercamiento con la fé; por ello se sorprendieron tanto el día en que yo comencé a asistir regularmente a eventos religiosos; mi padre se alarmó creyendo que su única hija con tan sólo 14 años quería ser religiosa; mi madre se sorprendió de mi voracidad por leer libros de santos; mi hermano se preocupó cuando le dije que tenía amistad con algunos sacerdotes y mis abuelos se llenaron de alegría por ser yo la primera nieta que se acercaba al catolicismo.
Después de cruzar casi toda mi adolescencia metida entre salmos, ritos y lecturas religiosas; había decidido estudiar teología y demostrar que Dios no era lo que pintaban en la iglesia. Admiré mucho a Ivone Gebara una teóloga muy reconocida en esos ámbitos.
Pronto me encontré con lecturas muy interesantes que me proporcionaba un amigo mío, un sacerdote oblato nacido en California. Una vez me dió un texto, - que perdí - donde se hablaba de la iglesia como santa y prostituta.
¡Cuánta razón tenía ese artículo! La iglesia se ha prostituido tanto como se ha santificado porque ha sido víctima y victimaria, ha destrozado y construido, etc.
Después de varias lecturas- muchas de ellas de Morris West- deseché mil mitos y ahora me río de quien los practica; por ejemplo, nunca me confieso, pues opto por contar mis triunfos a los amigos; así, la ayuda es sin cobrar, no estorban las culpas y no hay penitencias.
Cuando paso ante una imagen nunca me persigno; mucho menos al dormir. No doy dinero a la iglesia, pues descubrí que es eso lo que más tiene; los viernes de vigilia no tengo que preocuparme por comer carne. No voy a misa porque a veces los sacerdotes sólo dicen incoherencias y prefiero no perder mi tiempo.
Lo único que conservo de la iglesia es a ese buen amigo. Él es ami amigo, y aunque sé que la distancia es muy grande entre nosotros y que la vida se le está acabando; lo quiero como a un guía espiritual; más no religioso, porque espiritualidad y religión no son la misma cosa.
Después de cruzar casi toda mi adolescencia metida entre salmos, ritos y lecturas religiosas; había decidido estudiar teología y demostrar que Dios no era lo que pintaban en la iglesia. Admiré mucho a Ivone Gebara una teóloga muy reconocida en esos ámbitos.
Pronto me encontré con lecturas muy interesantes que me proporcionaba un amigo mío, un sacerdote oblato nacido en California. Una vez me dió un texto, - que perdí - donde se hablaba de la iglesia como santa y prostituta.
¡Cuánta razón tenía ese artículo! La iglesia se ha prostituido tanto como se ha santificado porque ha sido víctima y victimaria, ha destrozado y construido, etc.
Después de varias lecturas- muchas de ellas de Morris West- deseché mil mitos y ahora me río de quien los practica; por ejemplo, nunca me confieso, pues opto por contar mis triunfos a los amigos; así, la ayuda es sin cobrar, no estorban las culpas y no hay penitencias.
Cuando paso ante una imagen nunca me persigno; mucho menos al dormir. No doy dinero a la iglesia, pues descubrí que es eso lo que más tiene; los viernes de vigilia no tengo que preocuparme por comer carne. No voy a misa porque a veces los sacerdotes sólo dicen incoherencias y prefiero no perder mi tiempo.
Lo único que conservo de la iglesia es a ese buen amigo. Él es ami amigo, y aunque sé que la distancia es muy grande entre nosotros y que la vida se le está acabando; lo quiero como a un guía espiritual; más no religioso, porque espiritualidad y religión no son la misma cosa.
lunes, 12 de octubre de 2015
La abdicación y la diplomacia en la obra de Morris West
Cuando un diplomático dice sí, quiere decir "quizá" cuando dice quizá, quiere decir "no" y cuando dice no, no es un diplomático.
Este texto de Voltaire utilizado en la lingüistica para explicar la lengua como código, sirve a propósito para pensar en la obra de Morris West. En casi toda su literatura, este autor presume su inteligencia a través de su habilidad para manejar asuntos "delicados" de manera diplomática. Estos asuntos son tratados en los temas de sus obras y también en los personajes que en muchas ocasiones salen bien librados porque han sido buenos diplomáticos.
Más allá de que Morris sea un individuo dotado para la literatura, es su experiencia en la industria religiosa lo que ha ayudado a este autor a tocar temas escabrosos sin salir denostado; sin embargo, no es sólo haber sido religioso lo que convierte a West en un hábil juez de cualquier tipo de doctrina. La posición que lo coloca en un ser neutral debido a su amplio conocimiento de las leyes religiosas y mundanas es precisamente su abdicación.
Gracias a que Morris West es un desertor tenemos más de treinta obras que valen la pena ser leídas.
Un hombre que abdica debe ser escuchado ya que tendrá mucho que decirnos, pero no busquemos la causa de su deserción; eso no me parece interesante, no, en tanto que todo mundo buscaría una razón cuando es el conjunto de posibilidades lo que provoca una deserción.
La obra de West está permeada de diplomacia gracias a su conocimiento de la institución religiosa. Es este autor uno de los símboos más sofisticados de alta diplomacia y esta maestría logra conjugar todas las esferas que se utilizan para desentrañar los más enredados asuntos escabrosos.
Basta leer Los bufones de Dios para darnos cuenta de su gran sentido de las artes diplómaticas para esclarecer los artificios de poder que se juegan en el vaticano.
Este texto de Voltaire utilizado en la lingüistica para explicar la lengua como código, sirve a propósito para pensar en la obra de Morris West. En casi toda su literatura, este autor presume su inteligencia a través de su habilidad para manejar asuntos "delicados" de manera diplomática. Estos asuntos son tratados en los temas de sus obras y también en los personajes que en muchas ocasiones salen bien librados porque han sido buenos diplomáticos.
Más allá de que Morris sea un individuo dotado para la literatura, es su experiencia en la industria religiosa lo que ha ayudado a este autor a tocar temas escabrosos sin salir denostado; sin embargo, no es sólo haber sido religioso lo que convierte a West en un hábil juez de cualquier tipo de doctrina. La posición que lo coloca en un ser neutral debido a su amplio conocimiento de las leyes religiosas y mundanas es precisamente su abdicación.
Gracias a que Morris West es un desertor tenemos más de treinta obras que valen la pena ser leídas.
Un hombre que abdica debe ser escuchado ya que tendrá mucho que decirnos, pero no busquemos la causa de su deserción; eso no me parece interesante, no, en tanto que todo mundo buscaría una razón cuando es el conjunto de posibilidades lo que provoca una deserción.
La obra de West está permeada de diplomacia gracias a su conocimiento de la institución religiosa. Es este autor uno de los símboos más sofisticados de alta diplomacia y esta maestría logra conjugar todas las esferas que se utilizan para desentrañar los más enredados asuntos escabrosos.
Basta leer Los bufones de Dios para darnos cuenta de su gran sentido de las artes diplómaticas para esclarecer los artificios de poder que se juegan en el vaticano.
domingo, 4 de octubre de 2015
Morris West y la abdicación
Hace algunos años conocí a un sacerdote Jesuita cuyas características fundamentales - o al menos las que yo siempre recordaré- son: su absoluto ateísmo mezclado con un existencialismo incierto, su insomnio y su devastadora forma de devorar libros. Sus tres cualidades se combinaban tan estrechamente que su insomnio le convidaba leer ávidamente y en su profunda creencia sabía de memoria La nausea de Sartre, La peste de Camús, Cristo de nuevo crucificado de Kazantzakis y todo y digo todo es todo de Morris West.
Naturalmente yo admitía que un hobre tan culto como mi amigo profundizara en los grandes filósofos existencialistas pero...¿en un best seller? Leerlo para creerlo.
La verdad es que siempre he pensado que la vida no alcanza para leer lo verdaderamente importante; Proust incluso exhortaba a no perder el tiempo en los diarios.
Ahora bien, ¿un best seller? ¿Me tomaría la molestia de leerlo? Sí. Gracias a mi amigo sacerdote.
Con escepticismo pero con mucha curiosidad comencé a leer a West: el verano del lobo rojo que me pareció un tratado existencial filosófico profundo. De ahí ya no paré de best seller en best seller y con ello conseguí leer gran parte de la obra de este autor que también abdicó, pero él a la orden de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, mejor así, su conocimiento profundo del ejercicio cristiano nos permite tener obras magistrales como Las sandalias del pescador, Eminencia, Los bufones de Dios, El abogado del diablo, El embajador. Así, que una obra sea un best seller no la hace mejor; evidentemente no todos los éxitos taquilleros valen la pena de ser leídos. En definitiva hay cuantiosos best seller que no leería.
Ahora me pregunto por mi amigo, hace años que no sé nada de él; también abdicó de su ejercicio sacerdotal pero estoy segura que sigue devorando libros que le deja su insomnio y pensando que lo más lamentable es que todo es soportable.
Naturalmente yo admitía que un hobre tan culto como mi amigo profundizara en los grandes filósofos existencialistas pero...¿en un best seller? Leerlo para creerlo.
La verdad es que siempre he pensado que la vida no alcanza para leer lo verdaderamente importante; Proust incluso exhortaba a no perder el tiempo en los diarios.
Ahora bien, ¿un best seller? ¿Me tomaría la molestia de leerlo? Sí. Gracias a mi amigo sacerdote.
Con escepticismo pero con mucha curiosidad comencé a leer a West: el verano del lobo rojo que me pareció un tratado existencial filosófico profundo. De ahí ya no paré de best seller en best seller y con ello conseguí leer gran parte de la obra de este autor que también abdicó, pero él a la orden de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, mejor así, su conocimiento profundo del ejercicio cristiano nos permite tener obras magistrales como Las sandalias del pescador, Eminencia, Los bufones de Dios, El abogado del diablo, El embajador. Así, que una obra sea un best seller no la hace mejor; evidentemente no todos los éxitos taquilleros valen la pena de ser leídos. En definitiva hay cuantiosos best seller que no leería.
Ahora me pregunto por mi amigo, hace años que no sé nada de él; también abdicó de su ejercicio sacerdotal pero estoy segura que sigue devorando libros que le deja su insomnio y pensando que lo más lamentable es que todo es soportable.
viernes, 25 de septiembre de 2015
La memoria y sus recovecos: el lenguaje
Piense el perpicaz lector. ¿Cuántas palabras cree que conoce en su lengua materna? Un adulto reconoce y emplea aproximadamente 50000 palabras. Es evidente que hablo de un adulto con cierta educación. Cree usted, lector atento, ¿qué son muchas o pocas las palabras que nuestra memoria es capaz de almacenar?. Eso depende de la óptica desde donde se mire: muchas en comparación de los chimpances más "inteligentes" -que son capaces de emplear alrededor de 200- con mucho entrenamiento; pocas porque es real que no tenemos para todos los conceptos. Piénsese de esta manera, con sólo estas palabras, realizamos millones de combinaciones y oh maravilla, somos capaces de ser comprendidos; es como un juego de ajedrez: limitados por un tablero y cierto número de piezas podemos obtener posiciones de ataque y defensa a través de combinaciones.
Pero aún hay más, los seres humanos somos capaces de localizar las palabras necesarias con una velocidad de aproximadamente 200 milisegundos. Entonces, ¿Será que la memoria tiene algo que ver en esto? Pues sí, la capacidad de organización de la memoria permite encontrar las palabras en milésimas de segundo, algo naturalmente privilegiado en el ser humano.
Esta capacidad memorística nos hace pensar que la organización de todo ese léxico no es azarosa sino que por el contrario la estructura tiene una organización tal que permite encontrar las palabras en el preciso instante de necesitarlas. La oranización tiene que ver con campos semánticos, es decir, estructuras parecidas fonética, semántica o sintácticamente se agrupan y en todas estas lenguas naturales se ligan para crear una super estructura léxica.
Una evidencia que nos permite pensar en los campos semántics son los famosos lapsus linguae; más allá de pensarlos como una traición de nuestro inconciente, -que ciertamente algo de deseo reprimido hay- veámoslo como intercambios lingüisticos desafortunados que anuncian la cercanía de los campos lingüisticos. Algunos lapsus interesantes son los que se han dado en la política, por ejemplo uno de los recientes que causó controversia fue el de Nicolas Madura al referirse a la multiplicación de los panes de Jesucristo en una comparación de lo que su gobierno haría por la eduación:
"meterse escuela por escuela, niño por niño, comunidad por comunidad, meternos allí, multiplicarnos, así como Cristo multiplicó los penes..."
Penes por panes, en realidad sólo un fonema cambió en estas dos palabras, nada para alarmarse, palabras cercanas, campos lingüisticos parecidos.
En resumen es la memoria una de las responsables del almacenamiento del lexicón; la memoria, una capacidad que los seres humanos podemos presumir pues ni el más entrenado chimpancé poseerá una lengua natural. Es el ser humano, ya desde su concepción, capaz de aprender cualquier lengua de mundo y la memoria forma parte fundamental de ello.
Pero aún hay más, los seres humanos somos capaces de localizar las palabras necesarias con una velocidad de aproximadamente 200 milisegundos. Entonces, ¿Será que la memoria tiene algo que ver en esto? Pues sí, la capacidad de organización de la memoria permite encontrar las palabras en milésimas de segundo, algo naturalmente privilegiado en el ser humano.
Esta capacidad memorística nos hace pensar que la organización de todo ese léxico no es azarosa sino que por el contrario la estructura tiene una organización tal que permite encontrar las palabras en el preciso instante de necesitarlas. La oranización tiene que ver con campos semánticos, es decir, estructuras parecidas fonética, semántica o sintácticamente se agrupan y en todas estas lenguas naturales se ligan para crear una super estructura léxica.
Una evidencia que nos permite pensar en los campos semántics son los famosos lapsus linguae; más allá de pensarlos como una traición de nuestro inconciente, -que ciertamente algo de deseo reprimido hay- veámoslo como intercambios lingüisticos desafortunados que anuncian la cercanía de los campos lingüisticos. Algunos lapsus interesantes son los que se han dado en la política, por ejemplo uno de los recientes que causó controversia fue el de Nicolas Madura al referirse a la multiplicación de los panes de Jesucristo en una comparación de lo que su gobierno haría por la eduación:
"meterse escuela por escuela, niño por niño, comunidad por comunidad, meternos allí, multiplicarnos, así como Cristo multiplicó los penes..."
Penes por panes, en realidad sólo un fonema cambió en estas dos palabras, nada para alarmarse, palabras cercanas, campos lingüisticos parecidos.
En resumen es la memoria una de las responsables del almacenamiento del lexicón; la memoria, una capacidad que los seres humanos podemos presumir pues ni el más entrenado chimpancé poseerá una lengua natural. Es el ser humano, ya desde su concepción, capaz de aprender cualquier lengua de mundo y la memoria forma parte fundamental de ello.
jueves, 17 de septiembre de 2015
La memoria olvidada y su perpetuidad
Cuántas veces vamos a la cocina o al cuarto por algo sumamente importante, algo en lo que hace unos instantes habíamos pensado y ¡oh! Sorpresa, lo hemos olvidado. En cuántos momentos hemos olvidado un nombre, las capitales que aprendimos desde niños o bien el nombre de nuestra maestra de kínder. Los recuerdos sí, muchos los hemos olvidado. Quizá porque no se practican, al menos las tablas de multiplicar no se olvidan tan fácilmente después de utilizarlas en lo cotidiano. Sin duda nuestra memoria posee una naturaleza imperfecta, pues ya que no podemos practicarlo todo, gran parte de nuestra vida la hemos olvidado; por ejemplo, los recuerdos de la primera infancia; en general, hay muy pocos de ellos, a veces sólo queda imaginar lo que nosotros hacíamos al observar la conducta de otros niños. Y es que si bien la memoria nos sirvió en un primer momento para retener la información, con el transcurso de los años pocas veces se recupera esta información.
Con tantos instantes en la vida y con esa sensación que a menudo los seres humanos tenemos de que cada instante será único en nuestra corta y mortal vida y sin embargo pasarán debido a la fugacidad de la memoria, algunos se han impuesto a la tarea de recuperarla sin recurrir a la práctica por supuesto, pues ¿cómo podríamos practicar una experiencia vivida de tal manera que la hace única e irrepetible?
Uno de los escritores mayores de la literatura francesa se dio a esta tarea, perpetuar la memoria en cada instante de la rutinización de su vida. Hablo sí, de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust una obra en siete tomos que busca encontrar aquellos recuerdos anegados en el pasado para inmortalizarlos en la escritura y así conservarlos en la memoria de un ser finito y que sean capaces de traspasar algunos siglos.
¿Cómo comienza esta aventura Proust? Sencillo, al ligar un estímulo sensorial con un recuerdo del pasado se desencadenan todos sus recuerdos. Toma un té con margaritas y pronto se encuentra en su pasado. A partir de ahí el mundo de recuerdos queda plasmado en cada uno de los libros que componen esta magna obra.
Es así que la escritura inmortaliza lo que la memoria no puede. Imaginemos ¿cuántos recuerdos del ser humano se han perdido en el tiempo?
Algunos individuos objetarán que no todos los instantes vividos valdrían la pena ser recordados; incluso, en algunos casos sería mucho mejor olvidarlos, pero no es así porque el olvido absoluto no es más que un vacío, una inexistencia, como aquel árbol que cayó en el bosque pero que nadie vio ni escuchó, entonces ¿existió verdaderamente el árbol caído?
La escritura salva muchos recuerdos y los hace existir, se perpetua el instante; pensemos en esos días en el sanatorio de los Alpes Suizos que recrea Tomas Mann en su novela La montaña mágica, o cuando a Ana Karenina la envuelven los celos o bien Madame Bovary deja caer los papelitos rotos, con sus perfectas manos, por la ventana del carruaje.
La costumbre, los instantes se rebelan en la literatura, la memoria permanece intacta en los libros. Sin embargo, no siempre ha sido así, cuando no existía la escritura era la trasmisión oral lo que perpetuaba la memoria; incluso algunas culturas memorizaban sus epopeyas, cantos o poesías y las trasmitían de generación en generación de manera impecable.
En nuestra concepción occidental lo que nos queda es consagrar la memoria a la escritura, los diarios íntimos, los periódicos, los libros nos ayudan a saber quiénes somos y fuimos y quizá quienes seremos.
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