viernes, 31 de marzo de 2023

Vota y calla

 



  07 de Junio de 2016  


La democracia es una cloaca. Lo he dicho tantas veces, que cada vez que lo repito me deja un mal sabor de boca (eso es lo que acostumbra a suceder siempre que repite uno más de la cuenta). Sin embargo, esta vez la lección es ineludible, y quien no la entienda no será tanto porque no puede sino porque no le conviene. Así de rara es la condición humana.

A nivel de país pasaron cosas que a algunos les parecerán significativas y que a mí me vienen más bien guangas. No porque me queden grandes sino porque están chuecas y no son para mí.

A primera vista todo parece indicar que el PRI sufrió un tropiezo importante. Del todo previsible. El gobierno de Enrique Peña Nieto, que se encuentra apenas un poco más allá de la mitad de su mandato, está harto desgastado. En particular y en parte por la conspiración internacional montada contra él, y en parte por sus propios resbalones y decisiones mucho más allá de lo discutible.

De manera que al PRI le fue mal. No es una sorpresa para nadie. La recuperación de las gubernaturas de Sinaloa y Oaxaca no compensan en absoluto la pérdida de las de Veracruz, Tamaulipas y Chihuahua. Todos ellos estados harto emblemáticos de nuestro país. En cambio al PAN le fue bien. No para echar las campanas al vuelo, pero digamos que están en su derecho de exhibir una sonrisa franca. Durante algunos minutos. No más. Del resto de los “partidos” no vale la pena hablar. No existen.

El conjunto de alianzas pornográficas que se mostraron en este triste espectáculo electoral es nauseabundo. El PAN y el PRD aliados y tomados de la mano como hermanitos ejemplares. El PRI hecho muégano con los impresentables del Verde del Avispero (perdón, Panal), e incluso del PT (que a lo mejor algo tiene de P, pero muy poco de T).

Ya leerá usted, ahíto lector, todos los comentarios y análisis que quiera sobre lo que sucedió y lo que no sucedió. Si acaso encontrara algo interesante le ruego me lo haga llegar. Mis pestañas se queman en otros menesteres.

Lo único verdaderamente destacado son los comicios en el DF —ay, perdón. En la CDMX— que no hacen sino subrayar de manera enceguecedora la podredumbre inherente a la tan loada democracia. No a la democracia de México, ni a la democracia de ahora, sino a todas las democracias habidas y por haber.

Veamos. Si necesita usted un antivomitivo o incluso una máscara antigases, es el momento de tomarlo o de ponérsela. El que avisa no es traidor. Resulta que en el DF, ¡ay!, votó un poco más del cuarto de la población votante, bastante menos de un tercio. Es decir, unos dos millones de noble gente. O, digámoslo de una buena vez, dos millones de borregos. Dos millones de acarreados.

Entre Morena y el PRD obtuvieron como un millón doscientos mil votos. El resto se lo repartió, como pudo, el resto. Ni usted ni yo ignoramos de dónde salieron ese millón y pico de la “izquierda”. Acarreados todos, chantajeados todos. Rebaños multitudinarios pastoreados por caciques de toda laya: ambulantes, peseros, desamparados en busca de un techo, taxistas (regulares e irregulares), pepenadores, franeleros, vagoneros, putas y padrotes, sindicalizados y conectes.

Son ellos los que votaron. No nos hagamos bolas. A base de promesas, recompensas, chantajes y escarmientos. Son ellos, los que a partir de 1990 convirtieron al DF, ¡ay!, en el feudo de todas las mafias (tribus) que constituyeron primero al PRD y que ahora, escindido, se disputa la plaza con la tal Morena.

Acarreados. El sistema no es tan complicado. Tienen sus propios métodos de control sobre los miserables. Simplemente deben garantizar que si desean mantener sus “privilegios” deberán ser dóciles y obedientes. E irán a votar cuando convenga y por quien convenga. Para eso tienen sus “líderes” que les dan línea. Línea que se bifurca entre la gratificación y la punición.

La mecánica, esta vez, fue más simple que otras. Los activistas repartieron breves manuales entre los menesterosos. Para los que tenían pinta de ser obedientes y útiles, el manual llevaba una señal y una cita para que recibieran indicaciones más precisas.

Pusieron un emblema sobre sus instructivos. Varios infiltrados conminaban a expresar simpatía mediante indicios auténticos. Núcleos organizados de espías logísticos tenían órdenes de observarlos. Mientras el votante acataba la encomienda.

Vota y calla. Fueron cientos de miles de votos obtenidos con este ingenioso e infalible procedimiento. La cosa no es grave, pues comprar un voto es propio a la democracia. Comprarlo a base de promesas, de dinero o de amenazas. Eso ha sido siempre, y lo seguirá siendo, y las masas de desarrapados continuarán el juego en el que les va la vida, y en el cual los indecentes melifluos farsantes, de todos los colores, cultivarán sus fortunas. No encuentro un ejemplo mejor de la indecencia.

Marcelino Perelló

jueves, 30 de marzo de 2023

Muhammad, bro


  08 de Junio de 2016  


Entonces es verdad. El gran Cassius Clay, el increíble, el invencible, finalmente oyó el conteo hasta diez acostado. Se fue, se nos fue. Colgó los guantes. Parece mentira. ¿Qué mundo es éste pues, en que hasta los inmortales se mueren? Toda una época, un modo de vivir y de pensar que se hizo universal, se va con él.

Yo fui colega de Muhammad Ali. Así como la ve. No lo encontré nunca en persona, no crucé palabra con él. Pero sí me senté en la misma silla en la que se sentaba él a menudo. Fuimos pacientes del mismo médico, el insigne doctor Ignacio Madrazo, quien junto a su colaborador, el doctor René Drucker Colín, habrían desarrollado un procedimiento que curaría o mitigaría padecimientos neurológicos graves. Fue un trending topic de aquellos años, cuando aún no existían las redes sociales. Las redes neuronales sí.

Desde la más antigua de las antigüedades se había establecido que las células nerviosas no se regeneran. Si te rompes la médula espinal, rota quedará. Si aparecen el Parkinson o el tal Alzheimer, ya no se van. Encajosos ellos. Resulta, sin embargo, que Madrazo y Drucker, en sus investigaciones, hallaron mecanismos que contradecían esa tesis y que podían ser llevados a la práctica, para la admiración del mundo mundial de la medicina. Vinieron enfermos de los más recónditos rincones del planeta (la Tierra es la única esfera con rincones). Ali padecía precisamente Parkinson, debido sin duda a su pinche costumbre inveterada del Chicken scratch.

Junto a Muhammad llegaron al Hospital de La Raza docenas de personalidades de todos los campos y rangos, ilusionados con aquella esperanza. Corría el año de 1990. Yo no era ninguna personalidad de campo ni rango alguno, pero años atrás me había fracturado la columna vertebral y arrastraba —y sigo arrastrando— las secuelas de aquella barbaridad. Y Madrazo se ofreció a intervenir. Nunca llegamos a iniciar formalmente el tratamiento. Y yo sigo con las susodichas secuelas que con los años se han vuelto achaques. Y ya me son entrañables, diría yo indispensables. Sin ellos no sería yo. Al menos no sería yo completo.

Sin embargo, tuve la fortuna en aquellas consultas frecuentes e interminables de volverme amigo de Ignacio. No sólo un neurocirujano excepcional, sino un hombre de izquierda, radical, revolucionario inquebrantable, y que trató durante aquellos años convulsos a multitud de guerrilleros y perseguidos, sin retribución alguna. Por encima de todo ello, no obstante, fue, era y sigue siendo un emblema de la ética médica y social. Todo un personaje, al que hace demasiado tiempo no veo. Demasiado.

Yo no sé cómo le fue a mi contlapache Muhammad. Supe, sí, que si bien las mejoras fueron insuficientes, el mal logró detenerse y la mejor prueba es que murió este viernes, 26 años después, con un control, digamos razonable, de sus movimientos.

Esos movimientos que antes admiraron al mundo no sólo de la pugilística. Ali, al igual que Madrazo, no fue sólo un boxeador excelso. Fue también un showman impertinente que cautivó medios y audiencias. Su altanería y sentido del humor fueron avasalladores. Incluso sobre el ring, para deleite de los presentes y de los ausentes. Era un comediante que soltaba unos chingadazos demoledores. Cassius era un verdadero titán de ébano. Imponente, fornido, esculpido, se diría, por el propio Miguel Ángel. Y por encima, carita, guapo. Que chingue su madre. Irresistible para las mujeres. Y para los hombres.

No todo era broma, sin embargo. A finales de 1965 decide convertirse al Islam, cambiándose el nombre y adoptando el musulmán de Muhammad Ali. Es el desconcierto, pero siguió peleando y ganando. Más bien, triturando a sus contrincantes.

Y entonces, dos años después, se produce el atronador estallido. La gran estrella, de repente, en el auge de su carrera, estremeció a la opinión pública y a los gobernantes del mundo, con su declaración de que se negaba a obedecer la orden de alistarse en las tropas que combatían en Vietnam. “No tengo nada contra los vietnamitas”, declaró con su cinismo proverbial. Era intolerable. Un ejemplo funesto que debía ser sancionado inmediatamente y con toda la severidad.

Fue una auténtica bomba. El ídolo resultaba insurgente. Todas las posibilidades, mediáticas y legales, fueron lanzadas contra él con una ferocidad sin parangón. Había que noquearlo. Dejarlo en coma. Le retiraron el título mundial, para humillarlo. Se defendió, no con dientes y uñas, que no sabía usar, sino con argumentos legales, que no conocía, pero sus abogados sí (dinero tenía, que ni qué). Incluyeron la objeción de conciencia y el derecho a la neutralidad. Todo era inútil.

Por último en sus señalamientos insolentes, Muhammad impugnó varias instancias. Sus objeciones motivaron otras sentencias ultrajantes negando todo recurso interpuesto oficialmente. Una nueva corte unánimemente aprobó rechazar toda enmienda tolerando objetores, mediante artificios supuestamente bien instrumentados excomulgaron neutralismos.

Años después Ali volvió, de la mano de los abogados y los promotores. Pero ya no era el mismo. Recuperó el cinturón de campeón y siguió librando combates y defendiendo su territorio entre los encordados. Algunos años. Y se fue apagando, apaleado por el FBI y el Parkinson. Su recuerdo hoy está opacado por las nubes de un tiempo miserable. Esta vez se fue del todo. No volverá, pero su memoria sí. Y “the most beautiful fighter in the world” volverá a reinar sobre los cuadriláteros imaginarios de los nuevos mundos. Farewell, Muhammad bro.

Marcelino Perelló

miércoles, 29 de marzo de 2023

MicroMancera


  14 de Junio de 2016  


No sólo en sus expresiones extremas, también en las del día a día y en personas consideradas normales.

¿Qué onda con Orlando? Esa pequeña ciudad de Florida, que se volvió célebre hace unas tres décadas por la inauguración de Disneyworld, una especie de Disneylandia al cuadrado, el paraíso de la gusanera, el reino de la dicha y el colorido, de la alegría de los pequeñuelos y los no tan pequeñuelos, se vuelve de pronto escenario del terror y del horror, a la manera de Chucky y el payaso de It.

El preámbulo fue el asesinato de ese cuero que fue Christina Grimmie, vocalista de The Voice, inexplicado e inexplicable. Y el clímax llegó (¡esperemos que haya sido el clímax!), con la barbaridad de The Pulse el domingo en la mañana. Le cayó el chahuistle a Mickey Mouse y al Pato Donald.

El alma humana es insondable. No sólo allá. Aquí tampoco cantamos mal las rancheras. En plan sangriento o en plan estúpido. Un buen ejemplo de esta segunda variedad es la actuación del ya no tan nuevo jefe de Gobierno del DF —ay, de la CDMX— él también sufre de algún transtorno mental. Él no mata gente, en principio, pero sí le hace imposible la vida a millones. Quién sabe qué es peor.

Nunca me cayó bien. Tiene un estilo de petimetre empalagoso. Pero eso de caer bien o no, es definitivamente laxo, subjetivo e irrelevante. Mi opinión acerca de él acabó de desplomarse cuando inauguró hace un par de años la Pasión de Iztapalapa. Mientras presidía los actos de apertura de los “festejos” se produjo un temblor de tierra. Y él, que encabezaba el acto, salió corriendo, como rata apaleada —pies para qué os quiero— para abandonar el recinto antes que nadie. No se quedó, como corresponde a una autoridad mínimamente digna para llamar a la calma y decir aquello de “no corran, no empujen y no griten”. Gritar no sé. Más bien abandonó el micrófono, pero de que corrió y empujó no cabe ninguna duda. Para desgracia de él ahí estaba la televisión. Vergonzoso, Penoso, muy penoso.

En fin, culearse humanum est. Sin embargo, su estulticia, ay, va mucho más allá y tiene muchas más consecuencias que el cometer desfiguros en público.

Hace apenas unos meses hizo que se declarara extinguido el topónimo de Distrito Federal y fuera inmediatamente sustituido por el de Ciudad de México, CDMX. Para ello contó con la complicidad del gobierno federal y en, particular, con la del Presidente de la República, que decidió hacer el ridículo junto a él. Mal de muchos consuelo de badulaques.

¿Por qué? ¿Alguien me puede explicar por qué? Sólo ellos saben. O, lo más probable, es que ni siquiera ellos sepan. Showtime. Que el Distrito Federal, desde que se eligieron “democráticamente” al regente y, los que pasaron a ser “jefes delegacionales”, había de hecho desaparecido, que ni qué. Pero que la “Ciudad de México” quede ahora constituida por multitud de milpas, breñales y rebaños tampoco tiene sentido.

A continuación se decidió convocar a la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México. ¿Qué no debería haber sido hecho al revés? ¿Y que la mentada asamblea estableciera, entre otras cosas, el nombre de la nueva entidad? ¿No es ello una barbaridad? Al ilustre licenciado M.A.Mancera parece que no, pero a mí sí. Y para mí, soy yo el que cuento.

Sin embargo, la cosa no queda ahí. Un estropicio que no conoce sucesión no es un verdadero estropicio. Ahora al insigne habitante del bello inmueble en el costado sur de la Plaza de la Constitución se le ocurrió otro nuevo desvarío. Y con la complicidad de ese dócil y miserable rebaño que es la Asamblea de Representantes, decide, en su potestad mayestática, eliminar todos los micros y peseros del DF —ay, CDMX. Tal cual. Ya los están chatarrizando. Y aléguele. Total, para el año que viene ya habremos adquirido transportes modernos y bonitos para substituirlos. De aquí a entonces, ai usted vea cómo le hace. O renta una bicicleta o se va a patín, que es bueno para la salud.

Amigo Miguel Ángel —lo digo con una cierta dosis de hipocresía, que ni qué, pero no de amargura— no se hacen así las cosas. Es mala idea poner el carro por delante de los bueyes (no lo tomes como una alusión malintencionada).

Paliar rezagos exige garantizar un nuevo talante ejecutivo, al diseñar objetivos novedosos debemos examinar iniciativas básicamente asequibles. Vagas innovaciones conducen a complicar otros núcleos torales enredando sus tareas obligatorias: al hacer arduo cada especial recurso con ordenamientos sin algún sustento.

En Orlando, estos últimos días, han sufrido la trágica aparición de la insensatez. Guardando todas las distancias, nosotros en la maltratada CDMX también padecemos la nuestra.


Marcelino Perelló

martes, 28 de marzo de 2023

El silencio de las esfinges

 



  15 de Junio de 2016  


Después de la pesadilla del 2 de octubre, el país quedó tocado, durante años. De hecho, sigue estándolo. Al margen de ser indispensable una discusión seria y documentada acerca de lo que pasó exactamente en ese atardecer terrible, esa fecha, más allá de la demagogia y el alboroto, sigue siendo una especie de mito fundador y estremecedor.

Dos años y medio después, cuando ya el flamante Presidente de la República había liberado a la gran mayoría de los presos políticos, los estudiantes deciden volver a hacer rebotar sus gritos y consignas en las paredes de casas y edificios. Había que “ganar la calle”, volver a ganarla, después de tanto silencio.

El motivo —si usted quiere el pretexto— fue el solidarizarse con la UANL, Universidad Autónoma de Nuevo León, que había sido víctima de graves intervenciones por parte del gobierno de Eduardo Elizondo. La cuestión en realidad era la de reunificar y vivificar el movimiento estudiantil, que en la resaca del 68 se había visto fragmentado y gravemente deformado por los llamados “comités de lucha”, que no era fácil distinguir de los antiguos porros. Habían surgido las armas, y con ellas los muertos en distintos enfrentamientos en los campi.

La cosa, sin embargo, salió mal. Más bien salió al revés. Los distintos grupos de activistas se dividieron ríspidamente. Unos se asumían echeverristas y favorables a la “apertura” proclamada por el Presidente, y otros, al contrario, decididamente adversarios. La consigna de estos últimos, enarbolada en clamor, era: “¡No queremos apertura, queremos revolución!”

Estos últimos decidieron organizar una gran manifestación, la primera desde el 13 de septiembre de 1968, la llamada “silenciosa”, que saldría del Casco de Santo Tomás, y recorrería las avenidas México-Tacuba, San Cosme, Hidalgo y, finalmente, 5 de Mayo, para llegar y recuperar el Zócalo. El impulsor principal de dicha movilización fue el PCM, Partido Comunista Mexicano, a través de la JCM, Juventud Comunista de México. El líder indiscutible de tal corriente fue Joel Ortega, brillantísimo dirigente de la entonces Escuela Nacional de Economía.

La fracción opuesta la aglutinaron “los concretitos”, encabezados por Raúl Álvarez Garín. El mismo que 30 años después promovió una cruzada absurda para juzgar y condenar al propio Echeverría. No deja de ser curioso (para los malpensados no es curioso sino lógico). Hay dos sabios proverbios silvícolas que explican ésta y muchos otros virajes en la política y en la revolución: “El que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija” y por otro lado, decenios más tarde: “haz leña del árbol caído”.

En todo caso, el jueves 10 de junio de 1971, la manifestación, muy poblada, partió del Casco y enfiló la México-Tacuba. Había sí, un enorme entusiasmo, que se mezclaba con un cierto desasosiego ante la respuesta que el gobierno podría dar a tal desafío, que algo tenía de provocación.

Y tal cual. Al llegar al cruce con Melchor Ocampo, frente al cine Cosmos, surgieron súbitamente los pandilleros de la banda de los Halcones, que existía desde hacía muchos años. Cada día cuando yo regresaba de la secundaria por el Hipódromo-Rastro, por la lateral de Melchor Ocampo, frente a la compañía de luz, me llamaba la atención (aún no eran los tiempos de los grafiti) una pinta artística y colorida de “los Halcones”. Yo era lector asiduo de Los Halcones Negros, y aquellos fantasmagóricos bandoleros de la Santa Julia no podían no atraer mis afectos.

Ese día toda mi simpatía se vino abajo. Los Halcones, fueran ellos u otros, atacaron con bastones de kendo a los manifestantes. Poco después de desencadenada una batahola masiva y violenta, el estrépito fue sobresaltado por la detonación de un disparo. En un segundo la escena mudó de argumento. Las armas de fuego secuestraron el protagonismo. Al igual que el 2 de octubre, nunca se supo qué pasó exactamente ni quién abrió fuego al inicio. A diferencia de aquel otro atardecer, esta vez sí quedó claro que había actuado un grupo de provocadores mercenarios y organizados, desde meses atrás.

Prepararon una emboscada siguiendo sus instrucciones, y adiestraron subrepticiamente en sitios apartados brigadas especiales. Mientras instruían vagos iletrados, localizaban a grupos realmente inadaptados para encender juergas o desmanes extremos. Orquestaron numerosos operativos.

Mi inolvidable Edmundo Jardón cuenta que llevaba un arma corta y que abrió fuego sobre los agresores, que cambiaron sus bastones por carabinas M1. Igualito que en el 68, no se supo entonces, ni se sabe hoy, ni probablemente se sabrá nunca, quiénes y cuántos murieron esa noche.

Me cuenta mi gran amigo Raúl Moreno Wonchee que horas después, en la asamblea estudiantil que se celebraba en el auditorio de la Facultad de Medicina, fue traído el cadáver de un joven balaceado. Los presentes decidieron rendirle un homenaje póstumo, hasta que un grupo que llegó posteriormente lo identificó como halcón. Así de enredadas estaban las cosas.

En el lado del gobierno el asunto no era más claro. Fue una provocación, cierto. Pero fue montada por el regente Alfonso Martínez Domínguez contra Echeverría o por éste último contra Martínez Domínguez, connotado diazordacista. Hoy por hoy no hay quién lo dilucide. Cuando las esfinges callan, los viandantes pasan de largo.

Marcelino Perelló

lunes, 27 de marzo de 2023

El rebaño

 



  21 de Junio de 2016  


La mentada movilización surge, precisamente, en el momento en que la secretaria General del SNTE es encarcelada pocos meses después de que el gobierno de Peña Nieto tomara posesión. Éste no es un fenómeno nuevo en la política mexicana. Cada sexenio Cuauhtémoc le arroja una pedrada a Moctezuma. ¿Que encarcelan a Raúl? Órale, así nos llevamos. Y poco después quien decide ponerle barrotes a las ventanas de su casa es la intocable Elba Esther. En fin, no es exactamente ella quien lo decide, pero a fin de cuentas, da un poco igual.

Y en ese mismo momento (las casualidades existen), brota la virulenta movilización de los enemigos de la Elba Esther, contra quienes se declaran abiertamente sus adversarios. Que lo entienda quien pueda. Hipótesis van, hipótesis vienen. El caso es que nuestra maestra vive más segura que nunca.

Cuentas pasadas y repasadas, el caso es que mientras el SNTE calla modoso, una de sus fracciones, que se hizo llamar la CNTE, levanta la voz. La voz, las piedras y los bastones, y, si hemos de creer en la prensa, las armas de fuego.

Lo que ha sucedido estos últimos días en el sureste del estado de Oaxaca, no son juegos. La pólvora entró en juego, y eso no es cualquier cosa. No es lo mismo “vamos a darnos” que “vamos a matarnos”. Aún no existe una versión oficial de los hechos. Y aunque existiera, ni puto caso.

De cualquier manera, lo sucedido promete consecuencias. Presagia continuación. Pero al mismo tiempo nos obliga a plantearnos de qué chingaos se trata. Que la multicitada Reforma Educativa no le cuadre a todo el mundo, es perfectamente entendible.

Hay quienes dicen que la mentada reforma no es “educativa”, sino simplemente “laboral”. No me costaría estar de acuerdo. No se modifican ni los programas de cada materia ni los planes de estudio. Órale, pero eso no invalida su trascendencia y su importancia. Es correcto y deberíamos discutirlo, en las escuelas y en las cámaras.

Ahora bien. Discutir a pedradas y a balazos no parece resultar el mejor método de diálogo. Es cierto que debatir con más de una vaca echada con credencial de parlamentario no es la mejor manera. Pero tampoco es aconsejable hacerlo con un matón rural levantado y acarreado de qué sé yo qué poblado. Tal controversia no llegaría muy lejos. Yo conduzco un programa de radio. Chínguense. Se trata de Sentido Contrario, que se transmite cada martes a las 11:30 de la noche por Radio UNAM, en el 860 AM. Y he intentado mil veces entrevistar, en buen plan, a algún dirigente —si es que algo así existe— de la ya célebre Sección 22. No ha habido manera. Son fantasmagóricos.

La primera pregunta que les haría es cuánto da 7 por 8. Si lo pasan, entonces: ¿qué órgano es el primer afectado en una enfermedad hepática? Y la tercera será ¿A qué país pertenece el Río de la Plata? Si responden correctamente a las tres, la entrevista se inicia formalmente. En caso contrario, los despido cordialmente.

El problema es bastante claro. Debería ser bastante claro. Es preciso reprimir a aquellos que alteran de manera flagrante y sistemática el orden público. No hay otra solución. El gobierno no puede tolerar que se bloquee una autopista o un aeropuerto. Simplemente, no se puede. Y se han de utilizar los medios necesarios para impedirlo. Para eso es gobierno.

Y fíjese usted, comprometido lector, quién lo está diciendo. Víctima de la más brutal represión en aquellos años intricados. Pero la verdad, como dice el gran Díaz Mirón, siempre flota. Existe la represión justa y la injusta. El que haya rebeldes legítimos que se levantan contra medidas opresivas, no niega que haya falsas y disruptivas algaradas en contra de decisiones gubernamentales razonables.

Entendámonos, y soy yo quien lo digo, un gobierno que renuncia a reprimir, no es gobierno. Y el complejo que arrastran los regímenes mexicanos proviene, precisamente, del 68. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, como decía el filósofo de Güemez.

El movimiento magisterial, por llamarlo de alguna manera, ha dado más de una prueba de su inconsistencia real. No hay discurso, no hay asambleas de base que lo sostengan. A mí me gustaría tanto saber cuáles son las escuelas que le dan apoyo, si es que existen, y escuchar a sus líderes, más allá de una verborrea que no llega a demagogia. En otras palabras, me gustaría saber qué es el movimiento de la Sección 22, por encima de los bloqueos de calles, edificios y carreteras.

Hace un par de semanas se propusieron, entre otras, la paralización del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México —de Benito Juárez ya nadie parece acordarse— como expresión máxima de su fuerza. No les salió. De todos modos, fuerza sí tienen. Lo que no tienen, en absoluto, es discurso.

Perpetraron una toma ostentosa para exhibir retadores recursos organizativos. Vinieron, incluso, campesinos acarreados en su miserable indiferencia amarga, sin otro lábil objetivo más indudablemente asequible. En nuevas tentativas insurreccionales emplearon nuevos dispositivos estratégicos limitando operativos.

Hoy, la famosa CNTE, provoca entre los pobladores del sur de México una mezcla de miedo y de repudio. En todo caso no son esos los objetivos de una organización popular sincera. Quién sabe quién está detrás. Sólo algunos están al corriente. Los demás, simplemente, pastorean el rebaño. No deja de ser triste.


domingo, 26 de marzo de 2023

Run & don’t look back


  22 de Junio de 2016  


Mañana jueves está previsto llevar a cabo el decisivo referéndum que en el lenguaje popular es conocido como Brexit. Se trata nada menos, como usted, ilustre e ilustrado lector, que la ciudadanía del Reino Unido decida por medio de sus votos si desea seguir perteneciendo a la UE o mejor se pintan de colores, cosa que a ellos, habitantes del país de las nieblas y del smog, no les costará mucho. Aman los colores. En la ropa, en las calles y en las posiciones políticas.

El Brexit es una fusión de las palabras british exit, mecanismo lingüístico común a casi todas las lenguas. En español, el neologismo es optimista, pues parece predecir el “éxito” cualquiera que éste sea. En latín en cambio, en el argot médico es sinónimo de muerte. De hecho, entre ambas situaciones extremas se da la alternativa. Si se rechaza el Brexit no pasa nada, ni para bien ni para mal. Ahora bien, porque de aprobarse, más vale que se agarre fuerte, pues se vendrá en el mundo entero un tsunami financiero de connotaciones mayores, semejantes, si no más, a la caída de las bolsas gringas en 1929.

En efecto, el Reino Unido no es cualquier cosa, y el hecho que rompa de golpe, el tipo de reglas que la unen al continente conllevará, antes que inmediatamente, un rearreglo mundial de las prácticas financieras e inversionistas de repercusiones inesperadas, y cuyas ondas afectarán, sin duda, la política de precios, tanto de la tonelada de acero, como la del barril de petróleo o del gansito de la tiendita de la esquina.

Veamos, de manera muy somera, qué significa la Unión Europea. En primer lugar el intercambio de materias primas y productos elaborados, sin aranceles. Reconocerá usted que no es poca cosa, porque ya sabemos que la alteración del costo de los insumos básicos repercute, de manera inmediata en el de los destinados directamente al consumidor.

La Gran Bretaña sí produce petróleo, en el Mar del Norte, pero no en grandes cantidades. Lo que sí produce son toneladas impensables de minerales de primer orden, que súbitamente van a ser sometidos a impuestos en la Unión Europea. La sola idea da miedo, y las repercusiones de tal brusca modificación no puede no afectarnos gravemente a nosotros, al otro lado del gran charco.

Sin embargo, el problema no se detiene ahí. Cierto es que el RU nunca aceptó renunciar a su entrañable libra e incorporarse al euro, pero eso es sólo un alivio hepidérmico y que sufrirá, si gana el Brexit, una sacudida de la ancestral libra, de consecuencias aún no previstas del todo. No lo sé. Nadie lo sabe.

Más allá, si la defección tuviere éxito para las cuatro naciones que integran la Gran Bretaña y el Reino Unido, podría significar el Réquiem de la Europa unida en su totalidad. Ya Grecia representó un grave desafío. Y las cosas lograron salvarse al margen del abismo. En ese momento se trató de un país muy pobre, y ése fue el problema. Ahora se trata de un país muy rico y ese es el nuevo problema, el nuevo rompecabezas.

La diferencia es que hace un año los griegos contaban con un partido fuerte y estructurado y con líder excepcional, Syriza y Alexis Tsipras, y supieron enfrentar la crisis, y salir de ella magullados, pero relativamente indemnes. Cameron no es de ésos, y lo más probable es que el triunfo de los partidarios de abrirse, lo condene al ostracismo.

El quid de la cuestión, no obstante, reside más en el amenazante alud de inmigrantes africanos y medio orientales, cuyo objetivo es, a trancas y barrancas, instalarse en Inglaterra o en los otros tres países que integran el Reino Unido. La problemática es bastante obvia. El trabajo que realiza un plomero escocés, lo realizará con igual o mayor calidad, uno sirio. Con la diferencia que éste último cobrará un tercio de lo que recibiría el hombre del kilt.

Poner remiendos en sus acotadas ganancias implica obligaciones. Muchos industriales vacilan indecisos, varios incluso eliminan nuevas tecnologías o decididamente eligen persistir optando por atrincherarse, viendo en las andanadas sucesivas hondas intimidaciones nunca controladas hacen almenas defensivas augurando sobresaltos.

Ésas son los dos componentes del intríngulis. El precio de las mercancías y el precio del trabajo. Por lo visto a un buen de ciudadanos británicos tal arreglo no les conviene. Hasta cierto punto, lo comparto. Pero, sin duda, existe otro tipo de soluciones que no condenen a los inmigrantes a regresar a la guerra o a la hambruna. Estoy seguro de que son muchos, muchos, los ingleses e inglesas que por ese motivo mañana titubearán al insertar su boleta en la urna.

La Unión Europea, antes llamada Mercado Común, fue realmente un sueño, un hermoso sueño, en el que las fronteras se diluían. Y dio frutos magníficos que se reprodujeron exuberantes, y que creó un nuevo concepto y una nueva imagen de lo que Europa es. Un gran viento de renovación, en todos los sentidos, la recorrió, llevándose la paja seca y haciendo lugar para nuevos europeos, más abiertos, más alegres, con la cara mirando al futuro.

Mañana, la votación del Brexit, puede no cancelar esa esperanza luminosa, pero sí será, sin duda, una bofetada al sueño de otro mundo más vivible.


Marcelino Perelló

sábado, 25 de marzo de 2023

La indecencia y lo que sigue

 



  28 de Junio de 2016  


Y hete aquí, que en una de sus bromas, la sacrosanta democracia hizo triunfar a los separatistas con el 52% contra 48% de los unionistas. Nadie sabe exactamente cómo fue, pero ahora todo el mundo, los del Sí y los del No se jalan los cabellos. Ya no hay marcha atrás. La democracia dicta. Es la más severa de las dictaduras.

Ni modo que ahora hagan otro referéndum para refrendar o anular el primero. Los británicos no se atreverían ni se atreverán a tal engendro. De manera que ahora ya están abatidos, contritos e instalados en el Bregret, “el arrepentimiento”. Las consecuencias, de todo tipo, en el mundo entero, no se han hecho esperar, pero lo peor está por venir. A ver hasta dónde llegan, y a ver cómo le hacen. Ya hablaré mañana con más detalle de este brutal golpe de efecto. Hoy prefiero dedicar el espacio que me resta al otro absurdo que nos obsequió el fin de semana. Esta vez un poco más al sur, en la yermas praderas que se pateó el sufrido Rocinante. Se llevaron a cabo comicios generales en el Estado Español, también, por supuesto, bajo la égida soberana de su majestad la Democracia. Y la volvió a cagar.

Ante el pasmo de unos y otros, volvieron a ganar los neofalangistas de Mariano Rajoy. Esta vez, con un margen mucho más amplio que en las elecciones de diciembre. Es inconcebible. El prestigio de este verdadero miasma estaba por los suelos, más bien por los subsuelos. Es decir, debía haber estado, pero pues no. El pueblo español, en libre ejercicio de su irrenunciable soberanía y proverbial gentileza, le otorgó el triunfo aplastante.

Aunque parezca paradójico, tal fenómeno no lo es. Nada lo es. Aquí deberemos diferenciar entre la España estricta y los territorios sometidos de Cataluña y el País Vasco, y las cosas se aclararán bastante. Dejo aparte Galicia, Navarra, el País Valenciano y las Baleares, con problemáticas distintas.

Asi pues, en la España española el PP del tal Rajoy, obtuvo el 36% de los votos. Mientras que en Cataluña solamente 12% y en el País Vasco el 11%. Ah. El paso siguiente reclama considerar los otros partidos en liza. Fundamentalmente el PSOE, UP (Unidos Podemos) y C’s (Ciudadanos). Todos ellos perdieron votos. Y el secreto no es tan secreto. Basta tener en cuenta el vigoroso, irrefrenable movimiento de independencia de los catalanes. Y todo el movimiento electoral, campañas y comicios incluidos, giraron en torno a esta cuestión. En particular, en España para combatirlo y en Cataluña para favorecerlo. Esta circunstancia determinó que muchos de los españoles eligieran la opción más “capaz” de detener los anhelos independentistas de Cataluña. Y ese no podía ser otro que Mariano Rajoy. Cuanto más fascista e inescrupuloso, mejor. Los demás como que le daban el avión a los catalanes y eso tal vez los favoreció tantito en Cataluña, pero los hundió en España. En efecto, tanto en el País Vasco como en Cataluña no poca gente optó por votar no tanto independentista, como la opción más probable de derrocar a Rajoy. Y esa en general fue UP, que no aumentó su votación, pero que consiguió mantenerla, salvándose de la debacle de los demás (en Cataluña).

Ello explica satisfactoriamente lo sucedido hasta ahora, pero no el enredo que se viene encima para formar gobierno. Ninguno de los partidos tiene el 50% de los sufragios ni de las curules. Así pues, es preciso realizar alianzas. Y es ahí donde la puerca tuerce el rabo. Pues no hay ninguna convincente. Posible tal vez sí, si alguien está dispuesto a dar las nalgas a alguien. Se viene un juego sucio, un juego en las atarjeas.

Partidos antagónicos lograrán obtener mayorías al ofrecer transacciones impúdicas garantizando resultados estratégicos. Varios, incluso, concitarán alianzas aborrecibles sin importar exhibirse sórdidos. Obnubilarán una nutrida audiencia uncida ondeando toda retórica oportunista.

Las dos únicas alianzas a la vista son la llamada “Gran Coalición”, al modo de Alemania, en la que los archienemigos socialdemócratas y democratacristianos se coaligaron para llevar a la Cancillería a Angela Merkel, en nombre de la “estabilidad”, estabilidad en torno a quién sabe qué. Al limbo, supongo. En España eso equivaldría a ayuntar PP y PSOE, que no es tan contranatura como debería parecer. La otra sería una onírica unión de “izquierda”, entre el PSOE, UP y “alguien más”. Pero está en chino, pues Cataluña vuelve a ser el escollo insalvable. UP obtuvo sus votos catalanes prometiendo un referéndum oficial y vinculante sobre la independencia, y a los “socialistas” mesetarios se les ponen los pelos de punta al oír apenas hablar de la cuestión. A ver quién embadurna a quién. Éstas son pues las dos más recientes gracejadas de Doña Democracia. No hay ninguna sorpresa. Lo que sí me puede es que haya todavía alguien que se tome en serio esta estúpida indecencia.

Marcelino Perelló

viernes, 24 de marzo de 2023

Calais


  29 de Junio de 2016  


Llueve sobre las milpas de la Gran Albión. Sólo faltaba eso. Como alegoría tétrica de su salida de Europa, la modestísima Islandia, que participa por primera vez en un campeonato europeo, vence y elimina a Inglaterra. La manda a su casa. La refunde.

Las cosas no podrían ir peor. El resultado del reciente referéndum que pasmó a los británicos y conmocionó al mundo convirtió a la Gran Bretaña a ser más isla que nunca. Ello satisface, sin duda, al sector más recalcitrante y conservador de la sociedad inglesa, para la cual el confinamiento es un emblema de orgullo nacional.

Existe una antigua ocurrencia según la cual durante una terrible tormenta sobre el Canal de la Mancha —que significativa y modestamente los ingleses llaman “the English Channel”— el boletín meteorológico londinense anunciaba: “Se ha desatado una gran tempestad sobre el canal, que ha interrumpido la circulación tanto marítima, como ferroviaria y aérea sobre él. Las comunicaciones telefónicas y satelitales también han sido canceladas. De manera que en este momento, el continente se encuentra aislado”.

Esa es precisamente la óptica del UKIP y los otros partidarios del Brexit. Abandonar la UE es una forma de recuperar la “independencia” de su país. No deja de ser elocuente que el gran alud de los votos a favor de la escisión procedan de las ultramontanas regiones del centro y el oeste de Inglaterra. Oxford, Londres y toda la zona sureste, donde se encuentran las grandes industrias, en la cuenca del Támesis, votaron en contra.

De la misma manera lo hicieron la práctica totalidad de los escoceses y los irlandeses del norte (aquella parte de Irlanda que todavía se encuentra sometida al reino británico). Más aun, la primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, ya advirtió que su país no está dispuesto a abandonar la UE, y que si para permanecer es necesario separarse del Reino Unido, convocará a un nuevo referéndum por la independencia. En términos parecidos se expresó Martin McGuinness, del Sinn Féin, en nombre de Norirlanda.

En este sentido, la sesión plenaria del Parlamento Europeo ayer martes en Bruselas fue particularmente movida e, incluso, en algunos momentos, violenta, dados los encendidos discursos de uno y otro bando. Por su lado, el resto de los miembros de la UE obviamente simpatizan y sostienen a los unionistas, y además en una actitud claramente hostil, exigen que si se van a ir se vayan ya, sin más dilación, ante la pretensión británica de conceder un plazo para llevar a cabo los trámites y arreglos necesarios. Para salvar los muebles, digamos.

En particular solicitan que se haya instalado el nuevo gobierno, ya que David Cameron, el actual primer ministro, ya anunció su dimisión. Que yo sepa, es la primera vez en la historia que un mandatario que gana un ejercicio electoral —Cameron es conservador— se ve obligado a dimitir. Parece ser que también dimitirá el líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn. Eso se entiende más.

Y es que la situación no puede ser más paradójica y desconcertante. La impresión que se tiene es de que todos los británicos, tanto los del Sí como los del No, hayan perdido. Ninguna muestra de euforia, ni siquiera de satisfacción. Caras largas y seños fruncidos, en los foros y por las calles.

Es el Bregret, el “arrepentimiento”. La resaca del Brexit tristemente triunfador. Está corriendo por las oficinas, las escuelas y sobre todo por las redes informáticas una petición al gobierno de Londres, en el sentido de que el referéndum sea anulado y se convoque a uno nuevo, ahora que ya le pensaron tantito y empezaron a sentir el rigor. La solicitud no tiene pies ni cabeza. Dónde se ha visto un referéndum que revoque otro anterior. Se diría que eso sólo podría pasar en México. Pero ya ve. La solicitud de marras ayer ya contaba con más de seis millones de firmas. Los flemáticos ingleses no cantan mal las rancheras.

El Reino Unido no forma parte de los miembros fundadores de la Comunidad Económica Europea, el germen de la UE. Se incorporaron apenas en 1973, cuando el general De Gaulle dejó el poder. El férreo mandatario francés se opuso siempre al ingreso de la Gran Bretaña, a la que consideraba el caballo de Troya de Estados Unidos. Tal vez no le faltaba razón. Cada vez más el Reino Unido parece una colonia de los gringos, en más de un aspecto. Hoy, su salida de la UE acentuará sin duda esta impresión.

A pesar de ello, el proyecto avanzaba y se crearon estructuras suficientemente sólidas y al mismo tiempo lábiles que parecían conducir adecuadamente las divergencias, hasta que al final se aterrizó en el Tratado de Maastricht que sentó las bases de la Unión.

Pero aparecieron rápidamente entre juegos oscuros, para atenuarlos resolvieron establecer juntas arbitrales. Vislumbrando amenazas mayores obviamente necesitando otras soluciones, Maastricht introdujo vínculos inéditos, permitiendo adoptar reglas entre jurisprudencias opuestas.

De hecho, se diría que los británicos han estado siempre a regañadientes en el proyecto europeísta. Sí formaron parte del Tratado, pero no participaron en la tercera fase ni adoptaron el euro como moneda oficial. Bien orgullosos ellos siguen con sus libras y circulando por la izquierda. La cosa es despistar al personal.

Así han sido, así son y así serán. A la parte más angosta del Canal de la Mancha los franceses la llaman Paso de Calais, mientras que los ingleses, Estrecho de Dover. No pos sí. Sigmund Freud relata el siguiente diálogo: “Sentencia un lord inglés: ‘Entre lo sublime y lo ridículo no hay más que un paso’, a lo que un gentilhomme francés responde: ‘En efecto, el Paso de Calais’”.


martes, 21 de marzo de 2023

El populista

 



  05 de Julio de 2016  


Cierto que algunas de sus actitudes, palabras o decisiones, son criticables o, por lo menos, discutibles. Obvio. Pero es que de plano hemos llegado a extremos ridículos. El que no sepa echarle tierra (cosa por otra parte falsa) a un árbol recién plantado basta para echarle tierra a él. Estamos frente a un flagrante e insólito fenómeno de bullying presidencial, que no había yo observado ni siquiera bajo los regímenes totalitarios (claro que ahí está más cabrón). De todos modos éste es un hecho inveterado y universal. No existe gobierno popular, que goce de popularidad ni ha existido, en ninguna época ni en país alguno. Pero aquí de plano exageramos durísimo. Y no estoy seguro que dicha tendencia sea del todo inocente. Ya he dicho en otras ocasiones que sospecho, no sin fundamento, que en esta cuna hay una mano que la mece. Pero ahora aquí no voy a insistir. Dejémoslo ahí.

Sin embargo, uno de los momentos más absurdos de esta actitud se produjo hace apenas unos días en el encuentro que sostuvieron en Ottawa los tres presidentes de América del Norte. Peña afirmó en una parte de su discurso —bien estructurado y bien expuesto, para desencanto de aquellos que siguen afirmando que no es más que un buen lector del teleprompter— que uno de los males que aquejan a la política actualmente, sin referirse explícitamente a país, corriente o personaje alguno en particular era el populismo demagógico. Es más que probable, no obstante, que aludiera, sin demasiado recato a Andrés Manuel López Obrador y a todos aquellos que apoyan el actual movimiento —por llamarlo de alguna manera— magisterial —por llamarlo de alguna manera—.

De todos modos, por alguna razón, el Presidente Obama, sin deberla ni temerla, se puso el saco, que, digámoslo todo, le quedó a la perfección, que ni mandado a hacer. Y con evidente mal humor y un tono agresivo y retador, contradijo al Presidente mexicano y se asumió él mismo como  populista. Más allá, como un genuino modelo del más acabado populismo.

Dijo que él sí amaba a los pobres, a los niños y a los trabajadores y que se ufanaba de preocuparse por el bienestar del pueblo. No como otros, que no habían trabajado en su vida y a los que les valía madres la suerte de los pobres. Todo esto mientras iba extendiendo su mano derecha hacia donde se encontraba Peña Nieto. En resumen, toda una rabieta, que debió dar lugar a un conflicto diplomático de envergadura.

Bien es verdad que el video del encuentro fue difundido en México por el portal Regeneración, que como su nombre indica, es chairo. Quise decir “moreno” o lopezobradorista —como usted prefiera— y que tuvo la precaución de censurar u omitir —como usted prefiera— la última frase del mandatario gringo que literalmente dice: “Esto no quiere decir que, en sentido amplio, Enrique no tenga razón”. Bravo muchachos, otras cosas tal vez sí, pero coherencia no les falta.

Esto ha hecho suponer a más de un analista que la referencia iba dirigida de hecho a Donald Trump, pero no queda claro en absoluto. Es probable que haya querido matar dos pájaros de un tiro. Pero le salió mal, escandalosamente mal, pues se metió el balazo en el pie.

Resulta que en la controversia en cuestión toda la razón, independientemente de sus intenciones y destinatarios, le corresponde al Presidente mexicano. En efecto, el populismo es un vicio grave de la política, tanto de derecha como de izquierda. Consiste, para no enrollarme y decirlo de manera simplificada en “gobernar para la galería”, en otras palabras, dar atole con el dedo. Tomar medidas no, necesariamente, adecuadas sino simplemente “populares”. Tener contento al populacho y hacer, por supuesto, que tal baladí satisfacción reditúe a la hora de ejercer el poder.

Eso es el populismo, señor Obama, en Estados Unidos y aquí, y es un concepto acuñado hace muchísimos años y utilizado tanto en los textos doctrinales como en el debate político propiamente dicho. De ninguna manera es “el amor al pueblo” que usted, en su ignorancia supina, reclama. Los grandes populistas del siglo XX han sido Hitler, Mussolini, Perón o Getulio Vargas. Con ellos se está usted alineando, señor Presidente. Por supuesto, hay muchos otros, más modernos y más modestos. Su relación no acabaría nunca.

Usted en su alocución probablemente quiso referirse a la antigua acepción del siglo XVIII y que se limita a la “consideración del pueblo”, así, en abstracto, y que cayó en desuso hace ya, por lo menos, cien años. Si desea usted entenderlo lea más textos y menos diccionarios.

Para incorporar nuevas consideraciones históricas es vital incluir el juego acordado. Varias interpretaciones conducen a menospreciar el rol objetivo básicamente oportunista, buscando atender necesidades de índole definitivamente artificial, enalteciendo las concesiones otorgadas recurrentemente a zonas otrora necesitadas.

Desde luego, los fans del antipeñismo ni cortos ni perezosos volvieron a burlarse del Presidente mexicano y le dieron la razón a Barack Obama. Y desde luego, al igual que Barack Obama, hicieron el ridículo.

Marcelino Perelló

lunes, 20 de marzo de 2023

De roles e incertidumbres

 



  06 de Julio de 2016  


CIUDAD DE MÉXICO.

Sin duda, más de una vez se ha preguntado usted, inquisitivo lector, por qué las sociedades animales no evolucionan. En particular las sociedades hiperorganizadas como la de las termitas, las hormigas y sobre todo la de las abejas. Sin duda, si les hemos de hacer caso a Alfred Russel Wallace y a sir Charles Darwin, obviamente siguen las leyes de la selección natural y están sometidas a la evolución de las especies, pero su transformación es lentísima, a lo largo de milenios, y no observable.

En cambio, la sociedad de los humanos no cesa de modificarse a una velocidad vertiginosa. No me refiero tanto al aspecto de los individuos que la conformamos como a las costumbres y a las normas que rigen su convivencia. Esta modificación ha adquirido en los últimos dos siglos, digamos, un ritmo frenético. ¿Cuáles serán, pues, los factores que provocan esta notable diferencia?

Hay uno indiscutible: somos la única especie que posee una lengua. Es decir, la posibilidad de hablar, escuchar y entender. Digamos. Los otros animales, las abejas, por ejemplo, poseen un inamovible código de signos, que no se presta, como la lengua, a la interpretación. En otras palabras, no constituyen “estructuras” en el sentido estricto del término. Hablar mete ruido. Y ese ruido es el responsable de la constante variabilidad y variación de las reglas filogenéticas y ontogenéticas del ser sobre la Tierra. Si se habla, se piensa. Y si se piensa, se complica uno la vida. Se desestabiliza.

Otro factor ineludible que nos diferencia es, por supuesto, ese rarísimo invento que es el dinero.

Uno de los problemas centrales de la civilización contemporánea es precisamente la acelerada desaparición de los roles, tanto sociales como familiares. La figura del papá que sale a cazar conejos y de la mamá que los despelleja y cocina mientras cuida de los niños, costumbre que perduró durante siglos, ha desaparecido prácticamente. Hoy la mamá va a la Cómer por el conejo, ya despellejado por quién sabe quién, y el marido, si existe, quién sabe si llegue a comer.

Con las abejas eso no pasa. En primer lugar, no comen conejos, pero además los “maridos” siempre hacen su trabajo, su mismo trabajo, y siempre llegan a donde deben llegar, y en la colmena no le espera ninguna sorpresa. Sus hermanas obreras chambeando como siempre, y su madre y esposa, la reina, hartándose de jalea real y poniendo huevos.

Llegamos aquí al punto más delicado de la inestabilidad de la condición humana: las relaciones eróticas, sexuales y propiamente amorosas. Los hábitos, las costumbres y los rituales son hoy especies en peligro de extinción. Nada está estipulado y tiene uno que andar siempre improvisando, lo cual a lo mejor resulta entretenido, pero es cansadísimo. Y sobre todo desestabilizador.

A menudo no puede uno evitar ansiar la estabilidad y seguridad de las abejas sociales. Y acaba uno, de pura envidia, odiando a las pinches Apis mellifera y su insolente tranquilidad.

Una estadística de la CDS (Comisión de Desarrollo Social) de la ONU establece que en la sociedad industrial cuatro de cada diez matrimonios acaba divorciándose; de los otros seis uno es entre homosexuales; en tres de los cinco restantes, el adulterio, tanto femenino como masculino, es corriente y recurrente. Entre los otros dos, uno no es estándar: los cónyuges no viven juntos o practican el amor libre. De manera que sólo uno de cada diez se inscribe dentro de aquello que llamamos “normalidad”.

Ello conlleva a cierto extravío y desconcierto a la hora de enfrentar la vida adulta y tomar decisiones. Esta variabilidad puede, claro, ser fértil y estimulante, pero puede también producir estados más o menos serios de inseguridad, ansiedad o parálisis.

Una de las variantes que desde los años sesenta ha venido cobrando popularidad—con ires y venires— es la del “poliamor” en todas sus presentaciones. Las poligamias, tanto masculinas como femeninas, a menudo simultáneas, la llamada itinerante (sin compromisos a largo plazo), las llamadas parejas dinki (double income, no kids), todas ellas proliferan, no sólo en el Primer Mundo.

El sostén moral e ideológico de tales prácticas es un supuesto anhelo de libertad. La paradoja surge cuando tales conformaciones deben enfrentarse a sentimientos tan antiguos como la pasión, la posesividad, los celos, el exclusivismo, la inseguridad y el temor —o terror— a la pérdida.

Poliamor o poligamia organizada y poligamia itinerante propiamente instrumentadas, admitiendo gentiles relaciones alternas establecen límites de manera necesaria. Mientras incluyen múltiples interacciones vetan intromisiones, quedando una estructura de intrincados arreglos.

Todo ello se encuentra cercado obviamente por la clásica dicotomía entre la aventura y la seguridad. El guerrillero vietnamita que salía en misión y que espera regresar sano y salvo al refugio donde lo esperan los suyos, entre los cuales muy a menudo se encontraba su mujer. El dilema entre la emoción del descubrimiento y la satisfacción de lo ya conocido. Dicotomías y dilemas difícilmente resolubles.

Sobra decir que la dilución de los roles que caracteriza la sociedad contemporánea no afecta únicamente las relaciones personales. Abarca todos los campos de acción humana. Y va siempre de la mano del placer y la excitación de lo inédito. Pero siempre acompañados de un insoslayable sentimiento de desazón e incertidumbre. Pero, en fin, como dicen los viejos, que de eso saben: sarna con gusto no pica.


Marcelino Perelló

domingo, 19 de marzo de 2023

La ilusión


  12 de Julio de 2016  


Según la encuesta de una tal GlobalWebIndex en México existen unos once millones de usuarios de Twitter. Quién sabe quién es la mentada empresa de prospección y qué tanto crédito merece. En el mundo de hoy la confianza es uno de los valores más depreciados. Ai usted si la toma en serio. Bajo su responsabilidad. De todos modos no hay modo de contrastarlo, así que debemos, con todas las precauciones del caso, quedarnos con ello.

En Facebook el número debe ser mayor, quién sabe cuánto. Pero en cualquier caso por más que nos impresionen las retahílas de ceros, deberemos reconocer que se trata de un porcentaje definitivamente pequeño frente a los 120 millones de personas que pueblan la nación. Como un 10% digamos.

Bien es cierto que al número total de habitantes es preciso restarle el de los menores de edad (muy menores, pues a los 12 o 13 años ya son unos expertos en el manejo de compus y similares) y también ese sector de la población, sobre todo rural, que no tiene acceso a las maravillas de la tecnología electrónica.

Digamos pues, a ojo, que nuestro universo queda limitado a unos 60 millones de usuarios potenciales (la reducción es generosa, reconózcalo usted, ecuánime lector). De manera que el porcentaje de aquellos que utilizan las redes ha de crecer hasta un 25%, teniendo en cuenta que son muchos los que aparecen en más de una red.

La cuarta parte, pues, lo cual ni en la más abusiva de las extrapolaciones permite considerarla una muestra mínimamente confiable del conjunto. Acotemos que la encuesta se refiere únicamente a los “usuarios activos”, aquellos que define como los que intervienen, de alguna manera, por lo menos una vez al mes. Magra actividad, digamos de paso.

Lo que está sucediendo sin embargo es que un sector considerable de la difusa “opinión pública” insiste en considerar a las mentadas redes como un termómetro confiable del “sentir nacional”, lo cual resulta del todo abusivo. No sólo desde el punto de vista cuantitativo sino también estrictamente social, pues son únicamente ciertos sectores bien delimitados los que concurren a la cita cibernética.

Hay pues un engaño no tan implícito al sobrevalorar la importancia informacional y sociológica de tales redes. Se trata simplemente de una práctica y de un fenómeno recientes y perfectamente acotados. Sólo eso.

La confusión, sin embargo, es aún más grave cuando se las considera un emblema de la libertad de expresión, sin el corsé de los medios convencionales, sus criterios y su consabida selección y censura.

Las cosas no son ni mucho menos tan nítidas, pues en las redes las opiniones también están condicionadas, esta vez por las voces mayoritarias que acaban indefectiblemente absorbiendo las discrepantes. Las redes son el terreno más fértil del mundo para las cargadas y los linchamientos. Fuenteovejuna, todos a una.

La auténtica libertad de pensamiento y opinión quedan muy lejos de ahí. Ello sin tener en cuenta, además, que los grandes corporativos políticos y comerciales inciden de manera, no por subrepticia menos intensa, en la creación y amplificación de determinadas corrientes y en la asfixia de otras.

La pregunta es indeclinable: ¿cuántos de los tuiteros y feisbuqueros existen en realidad? Olvide la recurrente práctica de la utilización de sinónimos y el que no son pocos los que poseen varias cuentas simultáneas en el mismo sitio. La cosa es mucho más grave. Existe la posibilidad, y más allá, la práctica, de que determinados grupos de poder posean y controlen cientos e incluso miles de falsos usuarios.

Existen para ello, por ejemplo, los robots, los llamados “softwares de gestión de redes sociales” que permiten publicar automáticamente una multitud de mensajes previamente programados con un mensaje dado pero con elementos diferenciados aleatoriamente. Esa es sólo una de las posibilidades.

Para realizar otras funciones es conveniente introducir algoritmos. Vienen integrados con archivos, ligándose a bases ubicadas en núcleos auxiliares, vinculando el nodo con el robot asociado. Al programar una estrategia se torna operante.

Obviamente las compañías de las plataformas pueden detectar fácilmente tales maniobras, a través de los códigos de los servidores fuente, pero por lo visto prefieren hacer como que les habla la virgen, con tal de no dificultar el acceso y de no perder tan poderosos clientes.

Nos encontramos paradójicamente frente a un nuevo instrumento de manipulación y control. No es demasiado difícil percibirlo si tiene uno el tino de preguntarse cómo es posible que tan sofisticado “servicio” sea gratuito a cambio de un mínimo de publicidad explícita y aun ésta de empresas minúsculas. Alguien paga y alguien gana. Paga y gana sobre todo influencia.

Y es que, ay, deberemos resignarnos a admitir —en primer lugar los entusiastas fomos, nomófobos y ciberadictos— que todo el menjurge no es más que una ilusión, y que al despertar el dinosaurio seguía ahí.

Marcelino Perelló

sábado, 18 de marzo de 2023

Bantú


  13 de Julio de 2016  


El fenómeno es por un lado harto singular y al mismo tiempo, por otro, perfectamente explicable. Usted, sensible lector, está perfectamente al tanto. El único ejemplar de gorila de las montañas que poseía el zoológico de la Ciudad de México falleció de un paro cardiorrespiratorio a consecuencia de la aplicación de anestésicos que debían permitir su traslado a Guadalajara, con fines eróticos y reproductivos.

Hasta ahí los hechos crudos. El interés surge al considerar sus causas y repercusiones. Lo insólito reside en la reacción social absolutamente inédita, supongo que en el mundo entero, ante la muerte de un animal. No conozco ningún antecedente.

Lo natural proviene del auge del “animalismo”, cualquier cosa que eso quiera decir, y que domina la moral pública desde hace algunos, pocos, años, también en el mundo entero, y que produce una sensibilidad no sé si exacerbada hacia la suerte de nuestros hermanos de reino.

Ambas componentes, distintas y complementarias, son realmente interesantes y dignas de reflexión concienzuda. Veamos.

El que un gran mamífero, humano o no, fallezca a consecuencia de ser sometido a una anestesia general, no por deplorable deja de ser un hecho relativamente frecuente, y con el que los cirujanos están bien familiarizados. Y ello no implica necesariamente que se haya cometido error o imprudencia alguna. Simplemente, a veces pasa. Y ya. El organismo es complejo, caprichoso y a menudo indomeñable.

Es por ello –todos los que hemos sido sometidos a una intervención quirúrgica mayor lo sabemos bien– antes de ser sedados se nos pide firmar una responsiva en la que se establece que si te mueres es tu culpa.

Las iatrogenias, los errores médicos con consecuencias graves, existen por supuesto. Pero no son ni con mucho la única causa de dificultades a menudo fatales. Y establecerlas no siempre es sencillo, tanto si el primate está cubierto de pelos o no.

En el caso de nuestro Bantú tampoco lo será, aparte de que la inefable “opinión pública”, esa insoportable sabelotodo, ya se haya apresurado a condenar a los veterinarios que aplicaron el procedimiento.

Gran parte de la reacción se explica por el hecho de que la víctima no era anónima, tenía un nombre, estaba “personalizada”, y eso lo cambia todo. En los últimos meses han muerto varios ejemplares valiosos en Chapultepec: tres osos panda, ellos también con nombre, cierto, pero en principio de muerte natural (aquí entre nos, toda muerte es natural; si te meten un balazo en la sien o te atropella un trolebús, es natural que te mueras), un oso polar (irremplazable), un chimpancé y un orangután. De los que tengo noticia. Ignoro si se trata de una tasa habitual de mortalidad en cautiverio.

La cosa es que no se murió un changote, se murió Bantú, y eso lo cambia todo. También murió hace años la ballena Keiko, a causa de la estupidez humana, y en estos últimos meses han sido sacrificadas multitud de bestias que “trabajaban” en los circos, pero eso no conmueve a los estultos animalistas. “Fue por su bien”. De todo esto también tendré que hablar.

No está por demás recordar que el gorila es uno de los mamíferos más cercanos al hombre en la escala evolutiva y que eso, sin duda, facilita su “humanización” y tanto la proyección como la identificación con quienes lo conocieron.

Sin embargo, la cosa no quedó ahí. El escándalo de la necropsia salvaje e inexplicable a la que fue sometido el cuerpo de la víctima no ha hecho sino exacerbar la indignación social. Y esta vez parece que con toda razón. Esperemos a ver qué argumentos dan los forenses, pero de antemano me temo que difícilmente serán satisfactorios.

Lo notable y a todas luces destacable es el enojo mayúsculo que esta carnicería inexplicable ha provocado en el tejido social, mayor incluso que el de la muerte misma. Y es que hay en ese bárbaro acto algo del orden de la profanación, de un atentado a lo sagrado.

La irritación pública viene de la mano, por supuesto, de un clima de opinión muy negativo en contra del quehacer de las autoridades en general y en particular contra el del gobierno de Mancera. No deja de ser muy sorprendente, pero el affaire Bantú puede ser la puntilla que termine de acabar con las pretensiones presidenciales del jefe de Gobierno. Quiero ver cómo la libra.

Para remediar el malestar intenta ofrecer mejores argumentos y obtener remisión. Muchos indicios validan incertidumbres, concitan opiniones negativas unificando sentimientos tiernos extremadamente doloridos, nunca expresados tan amargamente, mientras exigen responsabilidades administrativas y ejemplares.

El remache definitivo a tan inaudito caso lo ha puesto nada menos que la Comisión de Derechos Humanos local, que protesta airadamente y decide abrir una investigación. Realmente notable. Toda una joya, que no hace sino subrayar el carácter inaudito de la cuestión. ¿Cuáles serán, según los ínclitos comisionados, los “derechos humanos” afectados? ¿Los del propio y desdichado Bantú, al que de plano humanizamos del todo, o los de los visitantes del parque que ya no podrán gozar de su presencia?

No porque sí el gran André Breton afirmó que cuando él creía haber inventado el surrealismo, los mexicanos lo vivíamos cotidianamente.


Marcelino Perelló

viernes, 17 de marzo de 2023

El nudo gordiano


  19 de Julio de 2016  


El brutal atentado en Niza concentró la atención del mundo entero, y las agencias noticiosas hicieron su agosto con dos semanas de anticipación. De hecho ya habían comenzado a hacerlo 15 días antes, con la masacre del aeropuerto de Estambul.

El negocio es el negocio y si la publicidad y las ventas aumentan, miel sobre hojuelas. Eso no quiere decir que la gente de los medios, como todo bien nacido, no lamente profundamente lo ocurrido y no se compadezca conmovida y sinceramente por la muerte trágica y absurda de esos incautos seres, de esos desdichados semejantes que, sin deberla ni temerla, se encontraban en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Ello no obsta, sin embargo, para que la muerte ejerza una atracción magnética e irresistible sobre el alma humana. Atracción paradójica, contradictoria y difícil de asumir. Confrontarse al dolor y a la tragedia ajenas produce una especie de exitación gozosa —que no placentera— con poderes casi hipnóticos. Ya lo he dicho y repetido, y antes que yo lo han afirmado muchos, Freud entre otros. Es el contradictorio e insoslayable Thanatos.

No voy a insistir en ello. Sólo le recordaré, observador leyente, la fruición con que los viandantes se detienen a observar con la mayor atención posible los accidentes viales y a las posibles víctimas. Es inevitable, y no se trata de una pulsión morbosa o malsana, sino, como afirma el propio maestro vienés, de una conducta natural, perfectamente normal y profundamente humana.

Lo que ya resulta más difícil es establecer contextos y referencias en las que inscribir lo ocurrido. Los franceses se niegan a admitir y a  entender que su país está en guerra. Y no sólo los franceses. Tal negación es universal, y es casi unánime la opinión de que calificar de “terrorismo” lo ocurrido en la costa mediterránea, queda zanjada la cuestión.

Y terrorismo es ciertamente, en el sentido estricto de la palabra. Pero es también un acto de guerra. La principal diferencia es que los franceses que matan árabes llevan uniforme mientras que los árabes que matan franceses, no.

El presidente Hollande se apresuró a decir en plena conmoción, inmediatamente después de lo ocurrido, que Francia intensificaría los bombardeos sobre Siria. Ya no sé si dijo Siria o el Estado Islámico. Pero tanto da. A los cientos de civiles que morirán despedazados bajo las bombas o los misiles, les da igual quién las lanzó y a quién iban dirigidos. Los fuegos que ellos ven en el cielo no son precisamente de artificio, como los del Boulevard des Anglais.

He ahí la gran abyección. Mientras las víctimas galas gozan de la conmiseración, el duelo solemne y el homenaje universales, los musulmanes, que no son ni más ni menos importantes ni mejores ni peores, padecen y mueren en el más ignominioso de los anonimatos, acompañados sólo de sus más cercanos, en caso de que aún sobrevivan.

Déjeme invitarlo, amigo mío, a contemplar tres testimonios gráficos. De antemano le pido disculpas. Se trata de una experiencia no precisamente agradable, pero sin duda indispensable. Presencie lo que queda hoy de tres de las principales ciudades de Siria. Vea los siguientes videos e imagine, si le da el corazón, el resto.

        Aleppo: https://www.youtube.com/watch?v=0IvFi0yMDjI

        Kobane: https://www.youtube.com/watch?v=qXmxvQwMvJw

        Homs: https://www.youtube.com/watch?v=QZhC00A5h84

La cosa es muy complicada: Francia lucha contra el EI pero también contra el gobierno de Damasco. Y de alguna manera también contra Rusia que le quiere comer el mandado. Pero el EI también lucha contra Damasco. Existen además media docena de países occidentales, encabezados por EU que participan en la doble o triple ofensiva, y un grupo indeterminado de organizaciones armadas que se enfrentan entre ellas y contra el EI y Damasco simultáneamente. Y para acabarla de amolar también están los kurdos, que se enfrentan al EI, a Damasco, a Bagdad y a Ankara. Encuéntrele usted la punta, meticuloso lector.

Únicamente hay dos cosas claras, prístinas. Una es que toda esta catástrofe, de Kabul a Bruselas, pasando por Bagdad y Niza, tiene su origen inmediato en la intervención gringa de 1990, en la llamada Guerra del Golfo. Todo el resto siguió, y seguirá, de manera automática e inexorable. La otra se llama petróleo que se llama dinero que se llama dominio que se llama estupidez criminal.

Obviamente los intereses contrapuestos e irreconciliables seguirán ad aeternum, sin embargo, por mero espíritu de sobrevivencia, en Oriente Medio, en Europa y en el mundo entero, es preciso, indispensable, terminar con la carnicería.

Para resolver el conflicto armado únicamente cabe iniciar osadas negociaciones. Varios intermediarios contribuyen a buscar rutas operativas no con artimañas. Ya otros trataron antes mediante búsquedas inútiles engañosamente neutrales. Anticipar garantías únicamente avivó suspicacias.

Si todo esto le parece un nudo gordiano inextricable, amigo mío, espérese a la semana que viene en la que hablaremos de Turquía. Y es que este mundo, ay, es cada vez menos ancho y menos ajeno.


Marcelino Perelló




jueves, 16 de marzo de 2023

Flor de invierno


  20 de Julio de 2016  


Dicen que el general Carl von Clausewitz afirmó que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Yo, por mi parte, afirmo que la guerra es la continuación de la política por otros medios. A final de cuentas, el general y yo, al decir lo contrario, venimos a decir lo mismo: la política nunca cesa. Bajo una presentación u otra.

Así el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, el 9 de mayo de 1945, no representó el final de la guerra. Ninguna termina cuando termina. Las hostilidades no cesan cuando la pólvora calla. Después de Yalta, en la conferencia de Postdam, los mandamás de las tres potencias vencedoras, Stalin, Churchill y Truman, que había sustituido a Roosevelt, decidieron cómo se iba a repartir el continente. En otras palabras, dónde exactamente se instalaría la Cortina de Hierro. Dicen que la expresión fue acuñada por el ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels, y retomada, con su cinismo habitual, por el propio Winston.

Tropezaron, sin embargo, con dos obstáculos mayores. Uno fue, por supuesto, de qué lado de la cortina quedaría ubicada Alemania. Los soviéticos habían tomado Berlín y no estaban dispuestos a ceder, lo que llevó a la consabida partición del país y de la ciudad.

La otra dificultad que demostró ser irresoluble fue, en el sur, Yugoslavia, donde el mariscal Tito, comandante de las tropas de resistencia, se negó terminantemente a alinearse y quedó en un estatus ambiguo entre los dos bloques.

La geografía jugó de parte de los serbocroatas. No corrieron la misma suerte ni los griegos ni los italianos. En efecto, las fuerzas  de partisanos prosoviéticos en ambos países era tanto o más poderosa que en Yugoslavia, pero se vieron obligados a obedecer las decisiones del armisticio, a rendirse, a entregar las armas y a someterse a la hegemonía capitalista. Es tal vez uno de los episodios más tristes de la posguerra, junto con el brutal sometimiento del pueblo alemán por las soberbias e inclementes fuerzas vencedoras.

En todo caso, la fuerza del PCI, el Partido Comunista Italiano, dirigido por Palmiro Togliatti, era inmensa y no renunció nunca a sus pretensiones de llevar a cabo la revolución socialista. Ello convirtió a la península itálica en un verdadero polvorín.

Junto a aquellos alineados que apostaban por la política de masas, parlamentaria y sindical, hubo muchos que se inclinaron por continuar con la lucha armada, entre ellos muchos expartisanos, y que llevaron a cabo multitud de atentados y acciones guerrilleras.

Ello condujo a los sucesivos gobiernos de Roma a emprender una auténtica cruzada en contra de la insurgencia. Dado que los instrumentos y procedimientos jurídicos y constitucionales se vieron insuficientes ante la magnitud de la subversión, pronto recurrieron a medidas mucho más drásticas e ilegales. Proliferaron los secuestros, las ejecuciones extrajudiciales y las provocaciones. Era la guerra sucia.

Desde instancias oficiales se armaron y sostuvieron grupos fascistas, herederos del régimen mussoliniano, para que se enfrentaran en el mismo terreno de la acción armada a los revolucionarios, y en particular que cometieran asesinatos, individuales o colectivos, que pudieran ser achacados a los comunistas y anarquistas, y justificar de esta manera la adopción de medidas excepcionales, cercanas al estado de sitio, y la represión contra los revolucionarios. A tal política se le llamó “estrategia de la tensión” destinada a desestabilizar y a poner contra la pared los órganos legítimos del Estado.

Tal estrategia se basa en la táctica conocida internacionalmente como “operación de falsa bandera”, cuando una determinada acción violenta es puesta en marcha de manera que pueda ser atribuida al adversario. Se llevaron a cabo multitud de crímenes aislados por todo el país y que demostraron ser insuficientes. Todos ellos organizados desde el SISMI, Servicio Secreto Militar Italiano. Los responsables directos de su instrumentación y realización eran dos fascistas de viejo cuño: Valerio Fioravanti y Pino Rauti.

Prestos a tomar acciones mayores acordaron localizar agitadores, mandaron a los agentes preparados a tantear activistas. Visitaron incluso cada agrupación local afiliando cuadros usando reclamos atractivos. Valerio introdujo variantes a la agenda proyectada añadiendo tácticas anarquistas.

La más terrible y conocida de tales operaciones fue el atentado cometido, a inicios de agosto de 1980, en la estación de trenes de Bolonia, cuando un explosivo de gran potencia fue hecho estallar en la sala de espera de segunda clase, provocando la muerte de casi un centenar de personas.

Ante las falsas pistas que proporcionó la policía fueron acusados, perseguidos y procesados numerosos militantes anarquistas. Sin embargo, varias inconsistencias graves hicieron que el teatro se cayera y la verdad acabara saliendo a flote. Un grupo importante de funcionarios del servicio secreto y de provocadores fascistas, entre ellos el propio Fioravanti, fue finalmente desenmascarado y encarcelado. Una de cal.

El atentado de Bolonia y sus secuelas constituyen una prueba áurea de los métodos del poder cuando los tradicionales resultan insuficientes. Su desenlace podría llamar al optimismo, pero no hay que olvidar que no es más que una flor en el desierto.


Marcelino Perelló

domingo, 12 de marzo de 2023

La sublime puerta

 

  26 de Julio de 2016  


Cuando es la China Mendoza, maestra de maestros, la que te elogia, no puede uno mas que esponjarse cual guajolote.

 

En particular el compromiso fue el de abordar, hasta donde el espacio y mis posibilidades lo permitan, la encrucijada turca. No son habas (nunca mejor dicho, pues los turcos son amantes apasionados y grandes consumidores de tales leguminosas).

Que la coyuntura otomana es compleja se demuestra solo, empezando por la geografía que coloca un pie de Turquía en Europa (¿o es la cabeza?) con todas las consecuencias que tal esquizofrenia comporta. No olvidemos que los otomanos conquistaron la tercera parte de Europa y llegaron hasta las mismísimas puertas de Viena. El hecho de haber sido aceptados como miembros de pleno derecho en la OTAN en 1952, significó acabar de sellar su estatus de país “occidental”.

Y sin embargo, la condición histórica, social, étnica y religiosa de la inmensa mayoría de su población y territorio la sitúan sin duda alguna en el ámbito asiático y tercermundista. Ello obviamente conlleva una serie interminable de conflictos y contradicciones difícilmente solucionables.

El principal responsable de esta doble circunstancia fue el mítico líder político y espiritual de Turquía, hace exactamente un siglo, Kemal Ataturk, el auténtico padre de la patria y fundador del estado independiente. Pero al mismo tiempo el iniciador de un proceso rápido e intenso de occidentalización y laicización del Estado.

Es precisamente el actual mandatario, Recep Tayyip Erdoğan, de arraigada confesión islamista el que parece, de manera sibilina, querer terminar con esa tradición laica, en medio de una condición especialmente delicada para su país.

A través de Turquía pasan buena parte de los oleoductos y gaseoductos que surten de combustible a occidente, procedente de la llamada “elipse energética”, desde el Golfo Pérsico hasta el mar Caspio. Por otra parte, el oriente del país limita con dos de las zonas más calientes y conflictivas del planeta en la actualidad: por una parte el Kurdistán, nación milenaria que lucha encarnizadamente por su independencia, a través sobre todo del PKK, lo que la enfrenta sin amortiguamiento al gobierno de Ankara.

Y por otro lado su vecindad con Siria y muy en particular con los territorios dominados por el Estado Islámico. La cosa no puede ser más comprometida. De hecho el gobierno de Erdogan ya ha sido acusado, más de una vez, de colaborar con el EI, o, en el mejor de los casos, de hacerse maje ante su beligerancia.

Además, por si fuera poco, actualmente están instalados en Turquía, en condiciones infrahumanas, dos millones y medio de refugiados sirios. La mayoría de los cuales veía a la antigua Anatolia como una simple estación de paso, como un trampolín hacia Europa. El brusco y severo cierre de la frontera griega, es decir europea, los sorprende a medio camino y los deja en una situación prácticamente insostenible. Y de paso plantea al propio Estado turco un problema mayúsculo.

Es ante este panorama que hay que analizar la reciente asonada, el intento fallido de golpe de estado. Veamos, es fallido si fue organizado en contra de Erdogan, pero parece del todo exitoso si fue en favor de éste, es decir como un “autogolpe”, una escenificación destinada a desencadenar la más brutal e inclemente persecución de sus opositores. De ser éste el caso, el golpe de Estado se estaría desarrollando precisamente ahora, de manera impune y plenamente victorioso.

Miles de disidentes de todos los colores han sido encarcelados. Se han clausurado cientos de escuelas, universidades y hospitales, en una operación represiva sin demasiados precedentes en la historia no sólo occidental. La cebeza de turco, la coartada de Erdogan, es nada menos que el imán Fethullah Gülen, residente en Estados Unidos y hasta hace tres años su aliado incondicional. La ruptura se produce a raíz de la violenta respuesta a los manifestantes de la célebre manifestación en la emblmática Plaza Taksim. Erdogan acusa a Gülen de haber sido el instigador del golpe, pero parece poco verosímil. Los seguidores del Efendi (soberano en turco) Gülen, como es conocido, son muy numerosos y su levantamiento probablemente no hubiera sido un fiasco.

Erdogan, al mismo tiempo que acusa a su adversario, asume varias de sus propuestas europeístas y ecuménicas con tal de arrebatarle banderas y de segar la hierba bajo sus pies. Lo que origina un discurso confuso y contradictorio. Mientras decreta un estado de sitio estricto y desencadena una verdadera cacería de brujas, se proclama liberal, laico y defensor de los valores primermundistas.

La gran manifestación del pasado sábado en contra de sus medidas le ha hecho entender que su avasalladora popularidad y hegemonía se encuentra en grave entredicho.

Para recuperar esa supremacía utiliza métodos oblicuos, alimenta las ansias reprimidas de expandir occidente, maneja elementos decididamente opuestos y toma acuerdos con opositores. Ve indispensable complicar alianzas entre sus más intransigentes adversarios.

De momento no parece tener demasiado éxito, y sus vecinos orientales, el PKK y el EI, ante el nuevo agrietamiento de la Sublime Puerta no pueden no frotarse las manos.


sábado, 11 de marzo de 2023

Enchílamelas ai


  27 de Julio de 2016  


Decir que la condición humana es un laberinto inextricable está de más. Es de una evidencia ofensiva. Y, sin embargo, es necesario repetirlo una y otra vez, pues por una oscura razón nos negamos de manera pertinaz a admitirlo y a conducirnos en consecuencia.

Lo terrible de esta cuestión es que el mentado “progreso”, sea éste social o tecnológico, no ha hecho sino agravar el fenómeno. Cada vez sabemos menos quiénes somos y qué somos, adónde vamos y adónde quisiéramos ir.

En particular dicha incertidumbre se vuelve crítica cuando se trata de establecer qué sabemos y qué no. Qué tenemos posibilidad de conocer y qué permanecerá indefinidamente entre las brumas de nuestra ignorancia.

El asunto no es nuevo, el antiguo bebedor de cicuta ya lo había enunciado de manera lapidaria. En mi primer artículo de esta nueva etapa de Excélsior conté el diálogo que en la maravillosa cinta Shatra sostiene el viejo gitano, cabecilla del clan, con un joven inquieto.

Pregunta el anciano: “¿A ver, muchacho, según tú quién sabe más, el ignorante o el sabio?” El mozo queda perplejo y responde, seguro de sí: “El sabio, por supuesto, pero ¿por qué me pregunta tal obviedad, abuelo?”. “Pues te equivocas de pe a pa —replica el patriarca—. El ignorante lo sabe todo, mientras que el sabio no está seguro de nada”.

Esto lo relaté entonces, en este mismo espacio, hace ya diez años. De manera que no estoy diciendo nada nuevo. Pero no me pesa repetirlo y repetirme, pues sigo pensando exactamente igual que entonces, igual que Sócrates y el viejo gitano. Es más, con el mentado “desarrollo” y el boom informativo, las cosas se han agravado. Tengo la lastimosa impresión de predicar en el desierto. Y de que mis palabras no encuentran sino oídos sordos (ojos ciegos, en este caso).

Tal exabrupto de pesimismo me permea el ánimo al leer y escuchar las noticias provenientes de los Altos de Chiapas, donde en un plazo de tres días los habitantes de San Juan Chamula fueron protagonistas de dos graves episodios extremadamente violentos.

Y dicho pesimismo, contrariamente a lo que pudiera usted pensar, apresurado lector, no me invade tanto por lo que de deplorable ambos actos hayan significado. En absoluto. La violencia existe y forma parte estructurante de la condición humana. En la selva chiapaneca, la costa azul o las riberas del Tigris. Nada nuevo bajo el sol. Ya me acostumbré. Por triste que parezca.

Lo que me desmoraliza es que haya tanta gente, entre ella tantos reporteros, periodistas y comentaristas que saben lo que sucedió en San Juan. Lo saben a pie juntillas. Realmente los envidio.

Lo grave es que cada uno, de una manera u otra, sabe cosas más bien distintas. Y no puedo no pensar en el adagio del viejo gitano. Yo no soy sabio, de ninguna manera. Dios me guarde. Pero de plano no sé a ciencia cierta qué pasó ni en el desalojo de la autopista ni en el linchamiento hacia las autoridades municipales.

Y no me pesa en absoluto mi ignorancia. La asumo como algo inevitable. Me gustaría saber, pero sé perfectamente que no puedo. Cada periódico, cada noticiero, cada portal, da su verdad. Algunos, la mayoría, son de plano desechables, pero entre el resto es muy complicado discernir y leer entre líneas. Prácticamente toda la información es de segunda o tercera mano, y no se asume como tal. Ese es el problema.

El célebre sicólogo / sicoanalista B. F. Skinner, fundador del conductismo, usaba la siguiente técnica con sus pacientes: “Dígame, ¿por qué viene usted a verme?”. “Porque mi mamá me odia, doctor”. “Ajá, dice usted que su mamá lo odia”. “No, doctor. No lo digo yo. Lo dice ella”. “Eso es. Usted dice que su mamá dice que lo odia”. “No lo digo sólo yo, doctor, todos en mi familia lo saben”. “O sea que usted dice que todos en su familia saben que su mamá lo odia”...

Era común que el paciente, si no estaba avezado en tal práctica, acabara desesperándose. Pero aquí entre nos, la técnica de Skinner era impecable. Él no sabía, en efecto, más que aquello que el paciente afirmaba. Fuera verdad o no, fuera justo o no.

Así pues, yo no he tenido más remedio que adoptar el método Skinner al leer la prensa e intentar hacerme una composición del lugar, si quiero acercarme tantito a lo ocurrido en San Juan. Excélsior dice..., La Jornada dice..., Milenio dice... Y con eso me quedo.

Algunas cosas, algunas, son definitivas. El sábado 23 en la mañana, la turba, confundida con la muchedumbre reunida en la plaza central de la cabecera municipal, linchó al alcalde, al síndico y a otra media docena de funcionarios. Y puesto que se utilizaron armas de fuego, podemos afirmar, sin demasiado riesgo a equivocarnos, que el crimen multitudinario fue premeditado. No se trató de una reacción espontánea.

Planearon la acción con alevosía, y aguardaron cuatro horas ocupando lugares estratégicos. Quienes urdieron el dispositivo apostaron trece elementos armados habiéndolos instruido, cada hombre instaló nidos gracias a otros secuaces.

Eso parece, sólo parece, establecido. Magro consuelo, pues no tenemos ninguna idea mínimamente sostenible de quiénes fueron los asesinos, quiénes dispusieron tales nidos ni cuál fue su móvil. Las versiones fáciles y maniqueas me desmoralizan profundamente. Enchílamelas ai.

viernes, 10 de marzo de 2023

Nosferatu

 


  02 de Agosto de 2016  


La que fuera primera dama aspira a volver a su antiguo hogar esta vez como primera mandataria, Bill, por su parte, también volverá pero degradado a la condición de primer consorte. Las sonrisas que reparte a diestra y siniestra, no pueden no ser mejor signo de que lo resiente como un signo de decadencia y humillación.

El asunto del blowjob presidencial parece haber quedado enterrado del todo. Tierra le echaron, cierto, en abundancia, pero son de esas cosas que no se olvidan ni se perdonan fácilmente. El Salón Oval guardará por siempre el perfume del desacato, y difícilmente, si llegan ahí, podrán coincidir en él ambos cónyuges sin una cierta crispación cierta. Imposible para la dulce e indulgente Hillary no tratar de adivinar cuál de los lujosos cojines fue el utilizado para proteger las rodillas de la turgente becaria.

Estoy adelantando vísperas. Que la Clinton gane las elecciones de noviembre es harto probable pero de ninguna manera seguro. Parecía seguro unos meses atrás, ahora ya no. El panorama se ha modificado notablemente, y las posibilidades de que el energúmeno republicano acabe imponiéndose a la heredera demócrata se han visto acrecentadas en un grado importante.

Analicemos tantito qué ha pasado, única manera de analizar tantito lo que va a pasar. Las cartas fuertes de Mrs. Clinton son tres: Garantiza la continuidad, lo que siempre es tranquilizante y evita sobresaltos. Cuenta con el apoyo de una parte importante de la población negra marginada y de los inmigrantes documentados (de los indocumentados aun más, pero esos, ay, no votan), tanto latinos como orientales, y que representan, entre unos y otros, más de la cuarta parte del censo. Y en tercer lugar, es mujer.

De unos años a esta parte el ser vieja facilita la vida y favorece el devenir social, laboral y político. Las mujeres están de moda. Supongo que tantos siglos de sumisión y marginación han creado un sentimiento de culpa que ahora se quiere expiar a toda costa. En cualquier conflicto en que se enfrenten un varón contra una fémina, tiene las de ganar, en un porcentaje altísimo, ella. Sea cual sea el motivo y las circunstancias del contencioso.

En fin, precisémoslo. La condición femenina juega a favor en los medios sociales mínimamente cultivados. En los más rústicos suele ser al revés. Los sectores más conservadores y religiosos del país verán con horror la posibilidad de que una mujer los gobierne. Y esos sectores, no lo olvidáramos, también son numerosos.

Sin embargo son los mismos que se escandalizaban ante la posibilidad de un Presidente negro (allá a los mulatos también los consideran negros; se trata de un particular y maligno daltonismo racial y racista) y pese a todo tuvieron que tragárselo. Así que su peso específico representará una incógnita de aquí a fin de año.

Estados Unidos es un país fácil. Simple y predecible. Con pocos matices, sutilezas y recovecos. En particular la política es casi geométrica, geográfica. Votarán demócrata, como siempre, el noreste y el suroeste. Por un lado Nueva York y comunidades circunvecinas, y por otro, California y alrededores. Todo el resto, las grandes planicies, todo el centro y el big south es y será republicano.

Ningún hillbilly, ni ningún predicador del Godbelt en torno a Atlanta, elegirá nunca a la respetable señora, a pesar de su apacible aire de ama de casa. Basta mirar el mapa. Me contaba mi querido y añorado Carlos Puig, que trabajó varios años allá, que los habitantes de todos los estados cuadrados del centro del país son igualmente cuadrados.

La elección se juega en realidad en territorios marginales e impredecibles: Por un lado Florida, que nunca se sabe con qué va a salir, y por otro en los limítrofes con los grandes lagos: Minnesota, Wisconsin e Illinois, y Michigan, Indiana y Ohio. Siete de cincuenta. Ahí se juega el juego.

Al principio, a pesar de todo, yo estaba seguro que tanto Bernie Sanders como Donald Trump no eran más que dos paleros, uno a la izquierda y otro a la derecha, destinados a hacer presentable la candidatura poco creíble de la buena señora. Uno, la izquierda fresa, y el otro, la derecha descabellada. Y que como buenos paleros quedarían, dado el momento, a la sombra. No me equivoqué con Sanders, pero la torpeza del equipo de la Clinton ha hecho crecer vertiginosa y amenazadoramente a Donald Trump.

“Hablen mal, pero hablen de mí”, antiguo y maquiavélico apotegma atribuido a Léon Zitrone. Y sin duda alguna, Trump ocupa el doble de espacio y de tiempo en los informativos que la demócrata. En su discurso de aceptación de la candidatura, Hillary Clinton no cesó de “atacar” a Trump. Tres cuartas partes de su alocución fueron dedicadas a su rival. Craso error.

Como craso es el inveterado vicio de quererle caer bien a todo el mundo, evitar los temas realmente conflictivos y andarse con medias tintas.

Para obtener buenos resultados es decisivo emprender medidas intrépidas. Mientras intente movilizar incontables votantes indecisos, ahuyentará un número mayor al supuestamente predicho obscureciendo buenos réditos electorales.

Sigo creyendo que madam Clinton volverá a retozar por los pasillos de su antigua mansión, pero me cae que habrá hecho todo lo posible para que sea el nuevo Nosferatu el que la convierta en su castillo.

Marcelino Perelló

jueves, 9 de marzo de 2023

La trampa


  03 de Agosto de 2016  


En los últimos meses he dedicado esta semiserie quincenal, con alguna interrupción, a describir algunas de las más célebres, efectivas y letales provocaciones de la historia en el mundo entero.

La provocación constituye una de las armas —si usted lo prefiere, puntilloso lector, diga instrumentos o recursos— más eficaces y socorridas en la confrontación bélica o política, que ya quedamos, mi carnal von Clausewitz y yo, vienen a ser lo mismo.

Y, sin embargo, no ha dejado nunca de sorprenderme hasta qué punto tal procedimiento es ignorado y no es tomado en cuenta al pretender analizar un determinado conflicto. Ignorado por los profanos, por supuesto. Los profesionales y los implicados directamente están harto familiarizados con las provocaciones, con sus efectos y propiedades. Lo que no quiere decir, de ninguna manera, que sepan siempre cómo enfrentarlas, combatirlas y neutralizarlas.

Tampoco es sencillo saberlas armar y echar a andar, con posibilidades razonables de éxito. Es un auténtico arte. Arte perverso, sin duda, pero arte al fin, que exige el talento de saber utilizar los más sutiles e innobles medios en pos de la victoria, que no es otra cosa, como la ley de la selva, que doblegar al enemigo.

Existe una multitud de géneros distintos de provocación, pero todos consisten en efectuar una determinada acción, sin valor por sí misma, pero que abra paso a otra que, esa sí, será efectiva y de consecuencias definitivas. La segunda acción, la buena, puede ser llevada a cabo por el autor de la provocación o bien, por su adversario, a modo de respuesta, respuesta que acabará, como un boomerang, actuando contra éste. El resultado, si la provocación funciona, es siempre el mismo, en perjuicio y detrimento de aquel contra quien va dirigida.

Un buen ejemplo de la primera modalidad, y de la que ya hemos hablado aquí, fue el hundimiento del acorazado estadunidense Maine frente al puerto de La Habana en 1898. El naufragio fue provocado por los propios gringos y fue utilizado para declarar la guerra a España, que entonces aún ocupaba Cuba, acusando a la primera de haber atacado inopinadamente el navío.

La provocación funcionó a medias. Sí lograron derrotar a los españoles, que debieron retirarse con el rabo entre las piernas. Sin embargo, la resistencia cubana les impidió apoderarse de la isla. Donde sí salió a pedir de boca fue en Puerto Rico, que quedó sojuzgado, hasta la fecha, bajo su égida.

Otro buen ejemplo de esta modalidad lo ofrece, como también ya relaté aquí mismo, el incendio del Reichstag, el parlamento alemán, en 1933. Fue llevado a cabo por los propios nazis, pero éstos acusaron a los comunistas de haber sido los autores, lo que justificó una represión feroz que aniquiló prácticamente al entonces poderoso movimiento revolucionario alemán y entronizó definitivamente a Hitler que, de este modo, se hizo con el poder absoluto.

Una gran ilustración de la segunda modalidad la constituye el constante y violento hostigamiento de los albaneses en contra de la población serbia de Kosovo, muy intensificado a principios de los años 90, lo que obligó al gobierno de Belgrado a intervenir en defensa de los suyos y reprimir a los albaneses; ello fue utilizado por éstos para propiciar la intervención militar de la OTAN en su defensa y finalmente derrotar a Milosevic y su gobierno. A resultas de la operación, Yugoslavia desaparece y, con ella, el último reducto de socialismo en Europa.

En otras palabras, el gobierno serbio cayó en la provocación y eso lo llevó a la derrota y al desastre. Es éste un concepto fundamental en todo el mecanismo: “Caer en la provocación”, error gravísimo que acostumbra a saldarse con consecuencias nefastas. Sólo es evitable si detecta uno de antemano el carácter “provocador” de la acción hostil, evita responder directamente y busca caminos indirectos para neutralizarla.

El otro ejemplo áureo lo tenemos muy a la mano. La Sección 22 de la CNTE ha puesto en obra, desde hace por lo menos tres años, una gran provocación que no ceja, con padrinos y propósitos difíciles de establecer con precisión, pero cuya existencia e intervención están fuera de toda duda.

El gobierno de México ha actuado con prudencia e inteligencia al no caer en la provocación, reprimir y poner fin a los desmanes. Hacerlo, como acabo de decir, sería, más que contraproducente, fatal. Pero no hacerlo también tiene un costo alto, económico, político y social. Una buena parte de la población está harta y acusa a las autoridades de tibieza, conllevancia e inoperancia, con sus respectivas consecuencias.

Ha optado por explorar vías de negociación complejísimas, de hecho impracticables, con el fin de desenmascarar y poner contra la pared a los provocadores. Enrevesado intento y de resultados inciertos y costosos, pero sin duda el único políticamente acertado. Es preciso, sin embargo, hilar fino y contar con estrategas sutiles y versados.

Pasar a soluciones extremas entrañaría más oposición social. En situaciones límite utilizar negociadores expertos sirve, trazando otros caminos alternos. Movimientos imprudentes vehiculan involuciones, lastrando las alternativas más esperanzadoras en lograr un buen entendimiento realista.

La provocación es siempre una mentira. Una trampa, un cepo. Y eludirla requiere ser extremadamente astuto, sobre todo si el trampero también lo es.



miércoles, 8 de marzo de 2023

Los juegos y el juego

 

  09 de Agosto de 2016  


Hoy, remodelado, es mucho más modesto y acoge sólo a unos 80 mil (todos sentados, excepto cuando se paran). El Maracaná, con todo y su leyenda, es un mal estadio. En primer lugar, es circular, lo que deja a la mitad de los asistentes muy lejos de la cancha. En segundo lugar, la isóptica es harto deficiente, pues las tribunas están poco inclinadas. Pero sobre todo, carece de la reglamentaria pista olímpica de carreras, que debe medir exactamente 400 metros de longitud (esta vez, el barón Pierre de Coubertin se puso las pilas y el sistema métrico se fregó al sajón).

Y empiezo hablando del estadio y de su inconveniencia porque hoy de lo que quiero hablar no es tanto de lo que pasó en él, como de lo que pasa fuera. De lo que pasó y sigue pasando. Tanto en Brasil como en nuestro país y en otros. Éstos volverán a ser, una vez más, unos Juegos Olímpicos inconvenientes.

Mientras los atletas, muy quitados de la pena, nadan y saltan, patean y golpean, alrededor, en el exterior cercano y lejano, se desarrolla otra competencia, mucho más aguerrida y feroz.

Que las Olimpiadas han sido utilizadas de manera política y demagógica por el poder, cualquiera que sea su naturaleza y desde siempre, no es necesario argumentarlo. Son un gran escaparate y el mejor escenario propagandístico para el chovinismo y el autoelogio.

Los juegos de Berlín de 1936 representan sin duda el ejemplo canónico, pero los de Los Ángeles y de Moscú, recíprocamente saboteados, no cantan nada mal las rancheras. Y qué decir de México 68.

El que sean un instrumento del establishment, sin embargo, no impide ni mucho menos que también puedan ser utilizados por facciones contrarias con el fin de desestabilizarlo, cuartearlo y meterlo en aprietos.

Este fenómeno, pues y como acabo de decir, ya se produjo en la Grecia clásica. Pero se agudiza y fortalece de manera importantísima, por supuesto, con el advenimiento de los medios de comunicación, y de manera definitiva con el de la televisión. Los Juegos de México, asentemos, fueron los primeros en ser transmitidos en directo a todo el mundo y a todo color.

Hoy, el auge de las venturosa o tristemente célebres redes sociales aumenta abrumadoramente la potencia manipuladora de la justa dizque deportiva.

El defenestramiento de la presidente Dilma Rousseff, precisamente en vísperas de la gran fiesta que ella misma organizó, prueba sin cortapisa alguna tal afirmación. Va más allá de la sospecha el sostener que sus enemigos esperaron el momento oportuno de dar el zarpazo. Y ese momento, la coartada ideal, fue, por supuesto, los Juegos.

De hecho la celebración había sido concebida en términos mucho más fastuosos y debía ser acompañada de una serie de eventos paralelos de todo tipo, espectaculares, sociales y culturales. Pero la demolición del gobierno de Dilma y el escándalo que la acompaña, aunada a la terrible crisis social y económica del gigante de Sudamérica, obligaron a moderar las ambiciones. Los tropiezos logísticos y organizativos, desde la propia Villa Olímpica, hasta cada una de las sedes, han sido mayúsculos.

Problemas en superar aquellas dificultades ocasionaron decisiones indiscutiblemente apresuradas. Ajustar las ganancias obligó sopesar sus expectativas temáticas, engendrando numerosos cambios al modelo básico inicial ofrecido, limitando el grave ultraje sufrido tan ostensiblemente.

A nadie con mirada y oídos críticos que haya presenciado la exuberante, pretenciosa, efectista, estrepitosa y aturdidora, sobradísima, ceremonia inaugural, le habrá escapado el masivo, tal vez unánime abucheo del que fue objeto Michel Temer, presidente interino, cuando osó pronunciar las cuatro palabras de rigor. Abucheo, téngase en cuenta, por parte de los miles de voluntarios y privilegiados que pudieron permitirse comprar un boleto. Téngase en cuenta.

Así pues los de Río son, también ellos, unos Juegos Olímpicos incovenientes. Fuera de lugar. Pero no únicamente por las circunstancias internas. La exclusión de los atletas y pesistas rusos es un auténtico escándalo, que no puede no despertar todas las suspicacias del mundo.

Impedir, prohibir la participación de un atleta, sin examen alguno, sólo porque es “probable” que esté dopado, es una enormidad. Los más suspicaces preferimos pensar que se trata de no hacer sombra a los gringos, cuando la candidata del señor Obama a la presidencia no las tiene todas consigo. Lo dicho, la importancia de los Juegos está fuera de los estadios.

¿Y de México qué me dice usted, esclarecido lector? El soberbio descontón que le acomodó América Móvil a los dos trusts televisivos del país no tiene precio. No puedo no dar fe de mi satisfacción. En primer lugar como aficionado deportivo, pues las transmisiones, decepcionantes los últimos cuatrienios, conocen un florecimiento más que notable. Y en segundo como interesado en la política y la economía domésticas, pues el intrépido y exitoso desafío de Carlos Slim no puede no tener repercusiones también en esos planos.

Mientras, la ruleta gira, la esferita brinca y nosotros llegamos a la conclusión de que, como era de esperarse, los Juegos no son un juego.