jueves, 16 de marzo de 2023

Flor de invierno


  20 de Julio de 2016  


Dicen que el general Carl von Clausewitz afirmó que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Yo, por mi parte, afirmo que la guerra es la continuación de la política por otros medios. A final de cuentas, el general y yo, al decir lo contrario, venimos a decir lo mismo: la política nunca cesa. Bajo una presentación u otra.

Así el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, el 9 de mayo de 1945, no representó el final de la guerra. Ninguna termina cuando termina. Las hostilidades no cesan cuando la pólvora calla. Después de Yalta, en la conferencia de Postdam, los mandamás de las tres potencias vencedoras, Stalin, Churchill y Truman, que había sustituido a Roosevelt, decidieron cómo se iba a repartir el continente. En otras palabras, dónde exactamente se instalaría la Cortina de Hierro. Dicen que la expresión fue acuñada por el ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels, y retomada, con su cinismo habitual, por el propio Winston.

Tropezaron, sin embargo, con dos obstáculos mayores. Uno fue, por supuesto, de qué lado de la cortina quedaría ubicada Alemania. Los soviéticos habían tomado Berlín y no estaban dispuestos a ceder, lo que llevó a la consabida partición del país y de la ciudad.

La otra dificultad que demostró ser irresoluble fue, en el sur, Yugoslavia, donde el mariscal Tito, comandante de las tropas de resistencia, se negó terminantemente a alinearse y quedó en un estatus ambiguo entre los dos bloques.

La geografía jugó de parte de los serbocroatas. No corrieron la misma suerte ni los griegos ni los italianos. En efecto, las fuerzas  de partisanos prosoviéticos en ambos países era tanto o más poderosa que en Yugoslavia, pero se vieron obligados a obedecer las decisiones del armisticio, a rendirse, a entregar las armas y a someterse a la hegemonía capitalista. Es tal vez uno de los episodios más tristes de la posguerra, junto con el brutal sometimiento del pueblo alemán por las soberbias e inclementes fuerzas vencedoras.

En todo caso, la fuerza del PCI, el Partido Comunista Italiano, dirigido por Palmiro Togliatti, era inmensa y no renunció nunca a sus pretensiones de llevar a cabo la revolución socialista. Ello convirtió a la península itálica en un verdadero polvorín.

Junto a aquellos alineados que apostaban por la política de masas, parlamentaria y sindical, hubo muchos que se inclinaron por continuar con la lucha armada, entre ellos muchos expartisanos, y que llevaron a cabo multitud de atentados y acciones guerrilleras.

Ello condujo a los sucesivos gobiernos de Roma a emprender una auténtica cruzada en contra de la insurgencia. Dado que los instrumentos y procedimientos jurídicos y constitucionales se vieron insuficientes ante la magnitud de la subversión, pronto recurrieron a medidas mucho más drásticas e ilegales. Proliferaron los secuestros, las ejecuciones extrajudiciales y las provocaciones. Era la guerra sucia.

Desde instancias oficiales se armaron y sostuvieron grupos fascistas, herederos del régimen mussoliniano, para que se enfrentaran en el mismo terreno de la acción armada a los revolucionarios, y en particular que cometieran asesinatos, individuales o colectivos, que pudieran ser achacados a los comunistas y anarquistas, y justificar de esta manera la adopción de medidas excepcionales, cercanas al estado de sitio, y la represión contra los revolucionarios. A tal política se le llamó “estrategia de la tensión” destinada a desestabilizar y a poner contra la pared los órganos legítimos del Estado.

Tal estrategia se basa en la táctica conocida internacionalmente como “operación de falsa bandera”, cuando una determinada acción violenta es puesta en marcha de manera que pueda ser atribuida al adversario. Se llevaron a cabo multitud de crímenes aislados por todo el país y que demostraron ser insuficientes. Todos ellos organizados desde el SISMI, Servicio Secreto Militar Italiano. Los responsables directos de su instrumentación y realización eran dos fascistas de viejo cuño: Valerio Fioravanti y Pino Rauti.

Prestos a tomar acciones mayores acordaron localizar agitadores, mandaron a los agentes preparados a tantear activistas. Visitaron incluso cada agrupación local afiliando cuadros usando reclamos atractivos. Valerio introdujo variantes a la agenda proyectada añadiendo tácticas anarquistas.

La más terrible y conocida de tales operaciones fue el atentado cometido, a inicios de agosto de 1980, en la estación de trenes de Bolonia, cuando un explosivo de gran potencia fue hecho estallar en la sala de espera de segunda clase, provocando la muerte de casi un centenar de personas.

Ante las falsas pistas que proporcionó la policía fueron acusados, perseguidos y procesados numerosos militantes anarquistas. Sin embargo, varias inconsistencias graves hicieron que el teatro se cayera y la verdad acabara saliendo a flote. Un grupo importante de funcionarios del servicio secreto y de provocadores fascistas, entre ellos el propio Fioravanti, fue finalmente desenmascarado y encarcelado. Una de cal.

El atentado de Bolonia y sus secuelas constituyen una prueba áurea de los métodos del poder cuando los tradicionales resultan insuficientes. Su desenlace podría llamar al optimismo, pero no hay que olvidar que no es más que una flor en el desierto.


Marcelino Perelló

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