06 de Julio de 2016
CIUDAD DE MÉXICO.
Sin duda, más de una vez se ha preguntado usted, inquisitivo lector, por qué las sociedades animales no evolucionan. En particular las sociedades hiperorganizadas como la de las termitas, las hormigas y sobre todo la de las abejas. Sin duda, si les hemos de hacer caso a Alfred Russel Wallace y a sir Charles Darwin, obviamente siguen las leyes de la selección natural y están sometidas a la evolución de las especies, pero su transformación es lentísima, a lo largo de milenios, y no observable.
En cambio, la sociedad de los humanos no cesa de modificarse a una velocidad vertiginosa. No me refiero tanto al aspecto de los individuos que la conformamos como a las costumbres y a las normas que rigen su convivencia. Esta modificación ha adquirido en los últimos dos siglos, digamos, un ritmo frenético. ¿Cuáles serán, pues, los factores que provocan esta notable diferencia?
Hay uno indiscutible: somos la única especie que posee una lengua. Es decir, la posibilidad de hablar, escuchar y entender. Digamos. Los otros animales, las abejas, por ejemplo, poseen un inamovible código de signos, que no se presta, como la lengua, a la interpretación. En otras palabras, no constituyen “estructuras” en el sentido estricto del término. Hablar mete ruido. Y ese ruido es el responsable de la constante variabilidad y variación de las reglas filogenéticas y ontogenéticas del ser sobre la Tierra. Si se habla, se piensa. Y si se piensa, se complica uno la vida. Se desestabiliza.
Otro factor ineludible que nos diferencia es, por supuesto, ese rarísimo invento que es el dinero.
Uno de los problemas centrales de la civilización contemporánea es precisamente la acelerada desaparición de los roles, tanto sociales como familiares. La figura del papá que sale a cazar conejos y de la mamá que los despelleja y cocina mientras cuida de los niños, costumbre que perduró durante siglos, ha desaparecido prácticamente. Hoy la mamá va a la Cómer por el conejo, ya despellejado por quién sabe quién, y el marido, si existe, quién sabe si llegue a comer.
Con las abejas eso no pasa. En primer lugar, no comen conejos, pero además los “maridos” siempre hacen su trabajo, su mismo trabajo, y siempre llegan a donde deben llegar, y en la colmena no le espera ninguna sorpresa. Sus hermanas obreras chambeando como siempre, y su madre y esposa, la reina, hartándose de jalea real y poniendo huevos.
Llegamos aquí al punto más delicado de la inestabilidad de la condición humana: las relaciones eróticas, sexuales y propiamente amorosas. Los hábitos, las costumbres y los rituales son hoy especies en peligro de extinción. Nada está estipulado y tiene uno que andar siempre improvisando, lo cual a lo mejor resulta entretenido, pero es cansadísimo. Y sobre todo desestabilizador.
A menudo no puede uno evitar ansiar la estabilidad y seguridad de las abejas sociales. Y acaba uno, de pura envidia, odiando a las pinches Apis mellifera y su insolente tranquilidad.
Una estadística de la CDS (Comisión de Desarrollo Social) de la ONU establece que en la sociedad industrial cuatro de cada diez matrimonios acaba divorciándose; de los otros seis uno es entre homosexuales; en tres de los cinco restantes, el adulterio, tanto femenino como masculino, es corriente y recurrente. Entre los otros dos, uno no es estándar: los cónyuges no viven juntos o practican el amor libre. De manera que sólo uno de cada diez se inscribe dentro de aquello que llamamos “normalidad”.
Ello conlleva a cierto extravío y desconcierto a la hora de enfrentar la vida adulta y tomar decisiones. Esta variabilidad puede, claro, ser fértil y estimulante, pero puede también producir estados más o menos serios de inseguridad, ansiedad o parálisis.
Una de las variantes que desde los años sesenta ha venido cobrando popularidad—con ires y venires— es la del “poliamor” en todas sus presentaciones. Las poligamias, tanto masculinas como femeninas, a menudo simultáneas, la llamada itinerante (sin compromisos a largo plazo), las llamadas parejas dinki (double income, no kids), todas ellas proliferan, no sólo en el Primer Mundo.
El sostén moral e ideológico de tales prácticas es un supuesto anhelo de libertad. La paradoja surge cuando tales conformaciones deben enfrentarse a sentimientos tan antiguos como la pasión, la posesividad, los celos, el exclusivismo, la inseguridad y el temor —o terror— a la pérdida.
Poliamor o poligamia organizada y poligamia itinerante propiamente instrumentadas, admitiendo gentiles relaciones alternas establecen límites de manera necesaria. Mientras incluyen múltiples interacciones vetan intromisiones, quedando una estructura de intrincados arreglos.
Todo ello se encuentra cercado obviamente por la clásica dicotomía entre la aventura y la seguridad. El guerrillero vietnamita que salía en misión y que espera regresar sano y salvo al refugio donde lo esperan los suyos, entre los cuales muy a menudo se encontraba su mujer. El dilema entre la emoción del descubrimiento y la satisfacción de lo ya conocido. Dicotomías y dilemas difícilmente resolubles.
Sobra decir que la dilución de los roles que caracteriza la sociedad contemporánea no afecta únicamente las relaciones personales. Abarca todos los campos de acción humana. Y va siempre de la mano del placer y la excitación de lo inédito. Pero siempre acompañados de un insoslayable sentimiento de desazón e incertidumbre. Pero, en fin, como dicen los viejos, que de eso saben: sarna con gusto no pica.
Marcelino Perelló
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