domingo, 26 de marzo de 2023

Run & don’t look back


  22 de Junio de 2016  


Mañana jueves está previsto llevar a cabo el decisivo referéndum que en el lenguaje popular es conocido como Brexit. Se trata nada menos, como usted, ilustre e ilustrado lector, que la ciudadanía del Reino Unido decida por medio de sus votos si desea seguir perteneciendo a la UE o mejor se pintan de colores, cosa que a ellos, habitantes del país de las nieblas y del smog, no les costará mucho. Aman los colores. En la ropa, en las calles y en las posiciones políticas.

El Brexit es una fusión de las palabras british exit, mecanismo lingüístico común a casi todas las lenguas. En español, el neologismo es optimista, pues parece predecir el “éxito” cualquiera que éste sea. En latín en cambio, en el argot médico es sinónimo de muerte. De hecho, entre ambas situaciones extremas se da la alternativa. Si se rechaza el Brexit no pasa nada, ni para bien ni para mal. Ahora bien, porque de aprobarse, más vale que se agarre fuerte, pues se vendrá en el mundo entero un tsunami financiero de connotaciones mayores, semejantes, si no más, a la caída de las bolsas gringas en 1929.

En efecto, el Reino Unido no es cualquier cosa, y el hecho que rompa de golpe, el tipo de reglas que la unen al continente conllevará, antes que inmediatamente, un rearreglo mundial de las prácticas financieras e inversionistas de repercusiones inesperadas, y cuyas ondas afectarán, sin duda, la política de precios, tanto de la tonelada de acero, como la del barril de petróleo o del gansito de la tiendita de la esquina.

Veamos, de manera muy somera, qué significa la Unión Europea. En primer lugar el intercambio de materias primas y productos elaborados, sin aranceles. Reconocerá usted que no es poca cosa, porque ya sabemos que la alteración del costo de los insumos básicos repercute, de manera inmediata en el de los destinados directamente al consumidor.

La Gran Bretaña sí produce petróleo, en el Mar del Norte, pero no en grandes cantidades. Lo que sí produce son toneladas impensables de minerales de primer orden, que súbitamente van a ser sometidos a impuestos en la Unión Europea. La sola idea da miedo, y las repercusiones de tal brusca modificación no puede no afectarnos gravemente a nosotros, al otro lado del gran charco.

Sin embargo, el problema no se detiene ahí. Cierto es que el RU nunca aceptó renunciar a su entrañable libra e incorporarse al euro, pero eso es sólo un alivio hepidérmico y que sufrirá, si gana el Brexit, una sacudida de la ancestral libra, de consecuencias aún no previstas del todo. No lo sé. Nadie lo sabe.

Más allá, si la defección tuviere éxito para las cuatro naciones que integran la Gran Bretaña y el Reino Unido, podría significar el Réquiem de la Europa unida en su totalidad. Ya Grecia representó un grave desafío. Y las cosas lograron salvarse al margen del abismo. En ese momento se trató de un país muy pobre, y ése fue el problema. Ahora se trata de un país muy rico y ese es el nuevo problema, el nuevo rompecabezas.

La diferencia es que hace un año los griegos contaban con un partido fuerte y estructurado y con líder excepcional, Syriza y Alexis Tsipras, y supieron enfrentar la crisis, y salir de ella magullados, pero relativamente indemnes. Cameron no es de ésos, y lo más probable es que el triunfo de los partidarios de abrirse, lo condene al ostracismo.

El quid de la cuestión, no obstante, reside más en el amenazante alud de inmigrantes africanos y medio orientales, cuyo objetivo es, a trancas y barrancas, instalarse en Inglaterra o en los otros tres países que integran el Reino Unido. La problemática es bastante obvia. El trabajo que realiza un plomero escocés, lo realizará con igual o mayor calidad, uno sirio. Con la diferencia que éste último cobrará un tercio de lo que recibiría el hombre del kilt.

Poner remiendos en sus acotadas ganancias implica obligaciones. Muchos industriales vacilan indecisos, varios incluso eliminan nuevas tecnologías o decididamente eligen persistir optando por atrincherarse, viendo en las andanadas sucesivas hondas intimidaciones nunca controladas hacen almenas defensivas augurando sobresaltos.

Ésas son los dos componentes del intríngulis. El precio de las mercancías y el precio del trabajo. Por lo visto a un buen de ciudadanos británicos tal arreglo no les conviene. Hasta cierto punto, lo comparto. Pero, sin duda, existe otro tipo de soluciones que no condenen a los inmigrantes a regresar a la guerra o a la hambruna. Estoy seguro de que son muchos, muchos, los ingleses e inglesas que por ese motivo mañana titubearán al insertar su boleta en la urna.

La Unión Europea, antes llamada Mercado Común, fue realmente un sueño, un hermoso sueño, en el que las fronteras se diluían. Y dio frutos magníficos que se reprodujeron exuberantes, y que creó un nuevo concepto y una nueva imagen de lo que Europa es. Un gran viento de renovación, en todos los sentidos, la recorrió, llevándose la paja seca y haciendo lugar para nuevos europeos, más abiertos, más alegres, con la cara mirando al futuro.

Mañana, la votación del Brexit, puede no cancelar esa esperanza luminosa, pero sí será, sin duda, una bofetada al sueño de otro mundo más vivible.


Marcelino Perelló

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