23 de Diciembre de 2015
La última contienda romántica de la historia, librada a sangre y fuego en nombre de ideales antagónicos, irrenunciables e irreconciliables, fue la mal llamada guerra mal llamada civil mal llamada española, que se libró de 1936 a 1939 en las torturadas tierras que otrora pateara el bravo y fiel Babieca, y que convulsionó y trastornó el destino del planeta entero.
Tales precisiones resultan indispensables para entender el significado concreto y más real posible, del acontecimiento que le quiero relatar hoy. En esta semiserie iniciada hace apenas quince días, me propongo abordar varios de aquellos hechos que, siendo o no provocaciones expresamente montadas, modificaron de manera dramática el curso de los acontecimientos.
En esa primera entrega le hablé del ataque japonés a la base naval estadunidense de Pearl Harbor, ataque que fungió como detonador de la entrada en la guerra —que en ese momento se volvió mundial de a de veras— de Estados Unidos.
Hoy le voy a hablar de otro de esos acontecimientos, de dimensiones muchísimo menores, pero de influencia y consecuencias equivalentes o tal vez incluso mayores que aquél. Y es que la trascendencia del acontecer se mide más por su repercusión y contexto que por la magnitud del suceso mismo. En aquella ocasión, en Hawái, entraron en juego miles y miles de toneladas de pólvora. En el que le voy a relatar hoy se trató de sólo una bala. De una bala sola.
Se trata de la muerte, inesperada y terrible, aún envuelta en la bruma, del formidable y legendario dirigente anarquista español Buenaventura Durruti, ocurrida en Madrid el 20 de noviembre (¡la misma fecha en la que, 39 años después, moriría Franco!) de 1936, apenas unos meses después de iniciados los combates. Dicha muerte cuarteó la frágil alianza que existía en el campo republicano, y en particular en Cataluña, entre anarquistas y comunistas, que en mayo acabaría rompiéndose del todo. Si dicha fractura no se hubiera producido, las fuerzas revolucionarias y republicanas hubieran mantenido una fuerza política y militar muy superior. Y es harto posible que el desenlace del conflicto hubiera sido otro. Y con ello, sin duda, la configuración de la Segunda Guerra Mundial también se hubiera modificado radicalmente o, incluso, tal vez ni hubiera tenido lugar.
Las cosas sucedieron así. El alzamiento militar fascista contra la República fue inmediata y totalmente derrotado en Cataluña. Los militares españoles apostados ahí fueron aplastados por el pueblo en armas (que había asaltado los cuarteles) y los Guardias de asalto, la policía militar catalana. Inmediatamente la revolución se pone en marcha. Se confiscan y cooperativizan las empresas y la vida pública queda en manos de la CNT y la FAI anarquistas, del PSUC y el POUM comunistas y de ERC y EC catalanistas.
A pesar de las distintas ópticas y objetivos de cada una de estas fuerzas, se logra un pacto de colaboración en nombre de la necesaria eficacia y unidad en el enfrentamiento con los franquistas. Surgen, sin embargo, discrepancias graves, incluso en el seno de cada una de estas formaciones. Tal vez la principal es la disyuntiva de si lo prioritario es conservar, consolidar y defender el triunfo popular en Cataluña o es necesario ir a combatir a los facciosos a España, donde el franquismo ha sentado sus reales, el apoyo popular, salvo en determinadas zonas, es escaso y las posibilidades de victoria son escasas.
Las discrepancias van acentuando y enrareciendo la situación en la retaguardia republicana. Poco a poco, la llamada “entente” entre las tres diferentes fuerzas se debilita. Los vínculos, que con tanta dificultad y urgencia se habían ido estableciendo, se aflojan. La tolerancia se endurece. Las formaciones que integran el gobierno catalán tomaron medidas cada vez más drásticas para limitar la acción de los libertarios, tanto locales como internacionales.
Para empezar requisaron núcleos anarquistas tensando así la entente, incoaron lamentables causas a numerosos extranjeros, impusieron límites generalizados a toda oposición, también estrechando esa indulgencia obtenida.
Estas divergencias estallarán finalmente a principios de mayo de 1937. Los anarquistas y poumistas se levantan contra el gobierno catalán, en el que junto a ERC participaba el PSUM y curiosamente también la CNT. Barcelona se convierte en un baño de sangre, las cárceles se llenan de revolucionarios y la suerte del conflicto parece ya echada.
Todo ello se iniciará ese funesto 20 de noviembre del 36 cuando Durruti, Pepe para los suyos, muere en Madrid. La versión “oficial” afirma que murió en combate en el frente de Ciudad Universitaria, pero no hay testimonios de haber sido visto ahí. Otros sostienen que fue asesinado por una corriente anarquista rival, y otros más que habría muerto accidentalmente cuando su fusil “naranjero” se le habría disparado al golpear contra el piso en el momento de bajar del coche. La versión más dañina, sin embargo, fue la de que el sargento Manzano, miembro del PSUM, y que viajaba con él, lo habría asesinado por órdenes de la NKVD de Moscú. Ahí se inició el desencuentro y el rompimiento. Fatal rompimiento.
Ese 20 de noviembre, a las afueras de la Ciudad Universitaria de Madrid, no sólo murió el gran Buenaventura Durruti. Quizá también murieron la República y la Revolución. La primera revolución socialista y triunfante en el mundo occidental. Una bala lo hizo. Una bala sola. Sólo una bala.