lunes, 28 de agosto de 2023

Sólo una bala


  23 de Diciembre de 2015  


La última contienda romántica de la historia, librada a sangre y fuego en nombre de ideales antagónicos, irrenunciables e irreconciliables, fue la mal llamada guerra mal llamada civil mal llamada española, que se libró de 1936 a 1939 en las torturadas tierras que otrora pateara el bravo y fiel Babieca, y que convulsionó y trastornó el destino del planeta entero.

Tales precisiones resultan indispensables para entender el significado concreto y más real posible, del acontecimiento que le quiero relatar hoy. En esta semiserie iniciada hace apenas quince días, me propongo abordar varios de aquellos hechos que, siendo o no provocaciones expresamente montadas, modificaron de manera dramática el curso de los acontecimientos.

En esa primera entrega le hablé del ataque japonés a la base naval estadunidense de Pearl Harbor, ataque que fungió como detonador de la entrada en la guerra —que en ese momento se volvió mundial de a de veras— de Estados Unidos.

Hoy le voy a hablar de otro de esos acontecimientos, de dimensiones muchísimo menores, pero de influencia y consecuencias equivalentes o tal vez incluso mayores que aquél. Y es que la trascendencia del acontecer se mide más por su repercusión y contexto que por la magnitud del suceso mismo. En aquella ocasión, en Hawái, entraron en juego miles y miles de toneladas de pólvora. En el que le voy a relatar hoy se trató de sólo una bala. De una bala sola.

Se trata de la muerte, inesperada y terrible, aún envuelta en la bruma, del formidable y legendario dirigente anarquista español Buenaventura Durruti, ocurrida en Madrid el 20 de noviembre (¡la misma fecha en la que, 39 años después, moriría Franco!) de 1936, apenas unos meses después de iniciados los combates. Dicha muerte cuarteó la frágil alianza que existía en el campo republicano, y en particular en Cataluña, entre anarquistas y comunistas,  que en mayo acabaría rompiéndose del todo. Si dicha fractura no se hubiera producido, las fuerzas revolucionarias y republicanas hubieran mantenido una fuerza política y militar muy superior. Y es harto posible que el desenlace del conflicto hubiera sido otro. Y con ello, sin duda, la configuración de la Segunda Guerra Mundial también se hubiera modificado radicalmente o, incluso, tal vez ni hubiera tenido lugar.

Las cosas sucedieron así. El alzamiento militar fascista contra la República fue inmediata y totalmente derrotado en Cataluña. Los militares españoles apostados ahí fueron aplastados por el pueblo en armas (que había asaltado los cuarteles) y los Guardias de asalto, la policía militar catalana. Inmediatamente la revolución se pone en marcha. Se confiscan y cooperativizan las empresas y la vida pública queda en manos de la CNT y la FAI anarquistas, del PSUC y el POUM comunistas y de ERC y EC catalanistas.

A pesar de las distintas ópticas y objetivos de cada una de estas fuerzas, se logra un pacto de colaboración en nombre de la necesaria eficacia y unidad en el enfrentamiento con los franquistas. Surgen, sin embargo, discrepancias graves, incluso en el seno de cada una de estas formaciones. Tal vez la principal es la disyuntiva de si lo prioritario es conservar, consolidar y defender el triunfo popular en Cataluña o es necesario ir a combatir a los facciosos a España, donde el franquismo ha sentado sus reales, el apoyo popular, salvo en determinadas zonas, es escaso y las posibilidades de victoria son escasas.

Las discrepancias van acentuando y enrareciendo la situación en la retaguardia republicana. Poco a poco, la llamada “entente” entre las tres diferentes fuerzas se debilita. Los vínculos, que con tanta dificultad y urgencia se habían ido estableciendo, se aflojan. La tolerancia se endurece. Las formaciones que integran el gobierno catalán tomaron medidas cada vez más drásticas para limitar la acción de los libertarios, tanto locales como internacionales.

Para empezar requisaron núcleos anarquistas tensando así la entente, incoaron lamentables causas a numerosos extranjeros, impusieron límites generalizados a toda oposición, también estrechando esa indulgencia obtenida.

Estas divergencias estallarán finalmente a principios de mayo de 1937. Los anarquistas y poumistas se levantan contra el gobierno catalán, en el que junto a ERC participaba el PSUM y curiosamente también la CNT. Barcelona se convierte en un baño de sangre, las cárceles se llenan de revolucionarios y la suerte del conflicto parece ya echada.

Todo ello se iniciará ese funesto 20 de noviembre del 36 cuando Durruti, Pepe para los suyos, muere en Madrid. La versión “oficial” afirma que murió en combate en el frente de Ciudad Universitaria, pero no hay testimonios de haber sido visto ahí. Otros sostienen que fue asesinado por una corriente anarquista rival, y otros más que habría muerto accidentalmente cuando su fusil “naranjero” se le habría disparado al golpear contra el piso en el momento de bajar del coche. La versión más dañina, sin embargo, fue la de que el sargento Manzano, miembro del PSUM, y que viajaba con él, lo habría asesinado por órdenes de la NKVD de Moscú. Ahí se inició el desencuentro y el rompimiento. Fatal rompimiento.

Ese 20 de noviembre, a las afueras de la Ciudad Universitaria de Madrid, no sólo murió el gran Buenaventura Durruti. Quizá también murieron la República y la Revolución. La primera revolución socialista y triunfante en el mundo occidental. Una bala lo hizo. Una bala sola. Sólo una bala.

Marcelino Perelló

jueves, 24 de agosto de 2023

Desde la magia y la ternura


  29 de Diciembre de 2015  


Pasado mañana será Noche Vieja y nos esforzaremos en creer que algo termina y que algo se inicia. Contrariamente a lo que muchos suponen, estamos en Navidad, y lo seguiremos estando algunos días más. La sociedad industrial nos impone la brevedad, en nombre de ese bien supremo que es la eficiencia. En particular nos condena a las fiestas breves. Unas cuantas horas de jolgorio y ya. A hacer la meme para estar listos para la grisura y el esfuerzo que siguen.

No siempre ha sido así, y en algunos lugares privilegiados sigue sin serlo. Las fiestas, ciertas fiestas, duran días enteros, con sus altas y bajas, con sus relevos. La Navidad es una de ellas. No es una fecha sino una época.

En abono de esta idea piense sólo, sensible lector, en el formidable Oratorio de Navidad del no menos formidable Johann Sebastian. Y si además de pensarla la escucha, me lo agradecerá. Se compone de seis cantatas, para ser interpretadas los “seis días de Navidad”. El primero es el 25 de diciembre, el Nacimiento; el segundo, el 27, la Buena Nueva; el tercero, el 29, la Adoración de los Pastores. El cuarto, el Primero de Enero, la Circuncisión. El quinto, el Primer Domingo del Año; y el sexto, la Epifanía, que los católicos representan como la Adoración de Los Reyes.

Es decir, para Bach y sus compinches la Navidad duraba 13 días. En México es mucho más larga, pues empieza con la primera Posada, el 16 de diciembre, con el peregrinaje de María y José. Y  aun hay quien la prolonga hasta Vestir al Niño para la Candelaria.

Así debería ser, digamos. Pero de tal festejo y ceremonial sólo restan jirones percudidos, mancillados por la lógica de la sociedad del capital, la producción, el consumo y la ganancia. Tal como acierta Tlacahellel Cuauhyotl, uno de mis cercanos lejanos, hoy la Navidad es la venganza de los mercaderes que alguna vez el Mesías expulsó del templo.

La Navidad, entonces, las Navidades son, originaria y eminentemente, celebraciones árticas, boreales, en torno al solsticio de invierno. En el hemisferio septentrional son las noches más largas, frías y oscuras del año.

Y es que, en efecto, en el fondo de esa negrura que parece querer volverse eterna, es imposible que la aprensión no se apodere de los mortales. Sobre todo antes del advenimiento de focos y calefactores, pero, en alguna medida, también al día de hoy. Y si no, pregúntele al primer sueco o noruego que tenga a mano. No les hace ninguna gracia.

Ese es precisamente el sentido de los rituales navideños. El exorcismo. Cuando la vida parece cesar, los árboles pierden sus hojas y las plantas se secan. Cuando los animales que no hibernan se van, migran, y la Tierra palidece y se hiela, en un estremecedor rigor mortis.

Cuando la intemperie, apenas unas semanas atrás nuestra amiga tierna, generosa y acogedora, nos vuelve la espalda y se nos torna ahora agresiva, inhóspita y huraña, una angustia sorda se adueña de cuerpos y almas.

Es por ello que invitan al indómito abeto a hospedarse en casa, la pervivencia del verde, de la vida, a modo de talismán contra la muerte. Es exactamente el mismo sentido del pequeño perseguido que nace y resiste, desguarnecido y amenazado. Ambas son metáforas de la sobrevivencia. De la salvación.

En cualquier caso, la Natividad no es una fiesta religiosa. No en sentido estricto. Es pagana y precristiana. Antiquísima. Litúrgica y mística, sí, pero que atañe y conmueve por encima de los dictados canónicos. Es resistencia y amor. Es ternura. Y es la alegría lánguida del que se sabe vivo y que por lo tanto morirá. Como el pino, como ese niño. En esa medida es también la nostalgia de los primeros años, de esa infancia en la que nos sabíamos a salvo y en la que la muerte no existía. La irresistible magia del misterio.

Prestos a reproducir aquella atmósfera melancólica adoptamos rituales, primero recobrando ilusiones mediante el recuerdo olvidado de afectos remotos. Mitos inmemoriales vuelven inasibles, despertando esa secreta pulsión ungida en sueños que urden ensueños resguardada entre recelos.

Quiero terminar estas líneas con otras que no son mías. Mucho más sabias, vibrantes, exactas y conmovedoras. Pertenecen al inigualable Miquel Martí i Pol. Con ellas le deseo, carísimo lector, que el año que empieza y lo que resta de esta Navidad sean para usted y los suyos, pródigos, intensos y alegres. Aquel abrazo.

“Tal vez la Navidad es que todo el mundo se diga/ a sí mismo y en voz muy baja el nombre/ de cada cosa, masticando las palabras/ con mucho cuidado, con tal de percibir/ todo su sabor, su consistencia./ Tal vez es reposar los ojos en los objetos/ cotidianos, para descubrir con sorpresa/ que ni sabemos cómo son de tanto mirarlos./ Tal vez es un sentimiento, una ternura/ que se apodera de todo; tal vez una sonrisa/ inesperada en alguna esquina./ Y tal vez es todo esto y, además, la fuerza/ para retomar el camino de cada día/ cuando el misterio se haya desvanecido, y todo/ vuelve a ser triste, y lejano, y difícil”.


Marcelino Perelló

martes, 22 de agosto de 2023

Las maestras mieleras


  30 de Diciembre de 2015  


No fue sino hasta el siglo XVIII que el naturalista sueco Carolus Linnæus postuló, para sorpresa de unos y escándalo de otros, que el ser humano era un animal. Parece mentira. Ni siquiera a los iluminados de la Hélade se les había ocurrido tal enormidad. Lo que hoy luce como una evidencia banal fue ignorado por los más agudos pensadores y estudiosos durante milenios.

Basta tener un perro en casa, o un canario, para percibir que un cercanísimo parentesco nos une. Dos ojos y cuatro extremidades. No le hace que uno sea cuadrúpedo y el otro tenga plumas y alas. Somos igualitos. Los resultados recientes de la biología molecular demuestran lo que ya era obvio: el genoma del homo sapiens coincide en más de 98% de sus componentes con cualquiera del de otro animal. Sea éste una ballena o un alacrán, gusano de seda o lombriz de tierra.

Somos diferentes en el aspecto, eso sí. Difícilmente confundiremos a un búfalo con una boa constrictor. Aunque, reconozcamos, que entre los propios homínidos hay también grandes contrastes que nos pueden inducir en el error. Lo que nos singulariza del todo, sin embargo, es la lengua. Somos la única especie que habla. Otros animales usan códigos de interacción más o menos complejos, como los rituales de lucha o apareamiento. Pero un lenguaje estructurado propiamente dicho sólo lo poseemos nosotros.

Cuando hablo de “lenguaje estructurado” me refiero a la posibilidad de articular mensajes inéditos, originales, nunca antes expresados. Un pavo real puede extender su deslumbrante cauda, pero siempre querrá decir lo mismo. Nosotros, en cambio, gestamos a cada rato expresiones únicas, combinando de manera única nuestra panoplia de signos, de símbolos, de palabras. Para ello utilizamos una serie de reglas, la gramática.

El hablante es un creador permanente (los hay que no lo son, que no hacen más que repetir; pero son pocos y poco interesantes). Lo que acabo de escribir puede ser relevante o no, lo seguro es que nadie lo había dicho antes. No así. Y es esta extrañísima propiedad de generar y vincularse con el otro, lo que nos hace definitiva e irremisiblemente distintos. Es ello lo que le hizo afirmar al irritante Jacques Lacan que lo humanos nos parecemos más a las máquinas, a las computadoras, que a los animales; en la medida, dice, que sólo ellas y nosotros tenemos, utilizamos y funcionamos en base a un lenguaje (estructurado).

Existe, no obstante, otra coordenada que nos distingue de nuestros hermanos de reino, y que los distingue también entre ellos: se trata de las distintas formas en que se organiza el funcionamiento gregario. Es decir, las maneras de constituirse en sociedad, llevando este término a su sentido más general.

Así, aquí entiendo por sociedad los rebaños, las manadas, los hatos, las parvadas, los cardúmenes, los enjambres o las marabuntas, entre otras muchas formaciones colectivas que no conozco o que se me escapan.

Dichos conjuntos constituyen también estructuras, en la medida en que su armazón y comportamiento están regidos por reglas. Están dotados de una “gramática”. Es esa colección de normas la que permite su división en entidades más pequeñas, articuladas entre sí. La más conocida de ellas, la más familiar, es precisamente la familia.

De entre todas las sociedades animales posibles, mi atención está centrada desde hace unas semanas, como usted lo sabe bien, disciplinado lector, en la de las abejas. Y lo está tanto por lo que ellas son y representan, como por el hecho de constituir un modelo de organización en el que podemos reflejarnos y contrastarnos los humanos.

Las abejas son fascinantes, en el sentido estricto del término. Hipnóticas. Son muchas las cuestiones y enigmas que levantan. ¿Cuáles son las propiedades que las distinguen y que les permiten asociarse de una manera organizativa y colaborativa tan eficiente y espectacular? ¿Hasta qué punto son sus órganos los que posibilitan e imponen su conducta, o bien al revés, es esa conducta la que ha llevado al surgimiento y desarrollo de tales órganos? Pero hay tres que se alzan, desde nuestra óptica, como las preguntas clave: ¿debemos, de alguna manera, contrastarnos, compararnos y reflejarnos en ellas? ¿Hay aspectos suyos que quizás deberíamos intentar imitar y adoptar? ¿Podemos aprender de ellas?

Tanto desde el punto de vista individual, ontogenético, como desde el colectivo, filogenético, están dotadas de capacidades insólitas que les permiten ese comportamiento insólito. Vienen equipadas con los cinco sentidos clásicos de que gozamos los hombres, pero con funciones, registros y rangos muy diferentes. Incluso, poseen para ello órganos adicionales.

Excepcional y asombroso, por ejemplo, es su sentido de la vista. Tienen la propiedad de identificar, como botánicas expertas, prácticamente, todas las especies florales existentes en su entorno, lo que les permite acercarse a su objetivo antes de que el olfato, y luego el gusto entren en acción.

Poseen unos cromosensores heteróclitos en respectivos ocelos, brindándoles registros ópticos notables con amplitud y tonalidad increíblemente observables. Flores inodoras esparcen sus tenues aromas característicos ondeando magníficos pétalos luminiscentes entre tropas abejeras.

Los ocelos no reconocen formas, pero sí colores. De esta manera, dichos pétalos las guiarán desde grandes distancias antes de que el polen sea percibido.

Sólo así se aseguran la sobrevivencia de la colmena. De ahí surge una lección: haz aquello para lo que estás dotado, pero no renuncies a dotarte de aquello que te permitirá hacer lo que te atrae y requieres. Lección fundamental de las maestras mieleras. Algún día la aprenderemos.


Marcelino Perelló

lunes, 21 de agosto de 2023

Gracias CUP


  05 de Enero de 2016  


Todos ellos, sin embargo, fueron reveses frente a los extranjeros, y eso constituye si no un consuelo, sí una explicación. La de anteayer, en cambio, fue un descalabro interno, a manos de propios catalanes, y ello acentúa el dolor, el desgarramiento, hasta volverlo insoportable. Y agrava las consecuencias, haciéndolas tal vez irreversibles. Al menos por un largo periodo histórico.

No voy a entrar en detalles, tal vez imprescindibles. Pero no puedo ni quiero. El caso es que como usted ya sabe bien, hace cuatro o cinco años, el movimiento de liberación nacional de Cataluña conoció un auge tan impensado como arrollador. Cientos de organizaciones, de las más diversas características y dimensiones, se unieron a la causa, pasando por alto los rencores y discrepancias que hasta entonces las habían dividido. El objetivo era uno solo: la independencia nacional.

Millones de personas salieron a las calles, con un entusiasmo, convicción y alegría desbordante y sin precedentes. La victoria era segura, contundente e inminente. Salvando todas los perversos, ingentes y continuos obstáculos que tendió el gobierno español, se llegó finalmente a las elecciones decisivas del 27 de septiembre que los independentistas ganaron con mayoría absoluta.

El triunfo estaba cantado. Sólo faltaba formar gobierno. El primer gobierno independentista de los últimos 300 años. Bastaba que las dos formaciones soberanistas se pusieran de acuerdo: JxS, Junts pel Sí, “Juntos por el Sí”, una amplísima alianza policroma que ganó 62 escaños, y la CUP, “Candidatura de Unidad Popular”, integrada por ultraizquierdistas, que obtuvo 10.

Ahí la puerca torció el rabo, pues estos últimos se negaron a votar por Artur Mas, el candidato de JxS, alegando que era “burgués” y “procapitalista”. Tal cual. No obstante, se entablaron negociaciones y se elaboró un listado de requisitos y exigencias. En un momento dado la unión pareció posible, aunque las concesiones nunca eran suficientes.

Propusieron entonces rehacer diversos incisos mediante ofrecimientos seductores, Mas incorporando valiosas iniciativas, dejando esta naciente unidad en vía óptima. Además tantearon rutas alternas integradas con instrumentos organizativos nuevos.

Todo fue inútil. Era no. Y fue no. Este domingo fue el definitivo. Dando al traste con todo lo logrado hasta ahora. Los anhelos y la ilusión de millones fueron hechos añicos. De aquella “revolución de las sonrisas” no queda nada. Contra el sectarismo, la estulticia y la más que probable infiltración de agentes provocadores en la CUP, no hubo qué hacer. El desánimo y la tristeza señorean por pueblos y ciudades. Cataluña hoy es un páramo.

Decido, para ilustrar la magnitud del estrago, traducir y reproducir in extenso el texto que escribe y me hace llegar mi hija Aina. No es su estilo ni tiene por costumbre escribir textos políticos. Tal vez debí decir que no era su costumbre. Su magnífica, desgarradora y despiadada filípica es el mejor retrato de la situación hoy, de los sentimientos, frustración y rabia de buena parte del pueblo catalán.

“Gracias CUP. Gracias por habernos hecho perder las elecciones, tanto en porcentaje como en escaños. Gracias por estar a la altura del proyecto de la República Catalana. Gracias  por votar junto a los españolistas del PSC, C’s y PP. Gracias por decir sí a la independencia pero actuar en contra. Gracias por dar la gran alegría a Rajoy, a Soraya, a Montoro y a todo el PP.

“Gracias CUP. Gracias por todo lo que dirán de Cataluña los medios extranjeros. Gracias por imponer que el mundo es el que debe adaptarse a la CUP. Gracias por actuar como si tuvieran ustedes 62 diputados a la hora de exigir y sólo 10 a la hora de aceptar responsabilidades de gobierno. Gracias por su “lo que importa es el qué, el cuándo y el cómo, y no el quién” y clavarse en ese quién para dinamitar el proceso.

“Gracias CUP. Gracias por ese “gobernémonos”, haciéndonos creer que el sufijo “nos” aludía a todos los catalanes, cuando en realidad se refería sólo a ustedes. Gracias por priorizar la caída de Mas por encima de una movilización social a favor de los desposeídos. Gracias por aleccionarnos que el enemigo era tan sólo el Tribunal Constitucional Español. Gracias por ponerle “pausa” al proceso. Era eso precisamente lo que necesitábamos. Gracias por llevarnos a nuevas elecciones. Gracias por ser un partido sin ninguna pretensión de gobierno. Gracias por habernos hecho creer que eran ustedes políticos diferentes a los habituales. Gracias por haber captado el voto de los jóvenes y haberlos dejado ahora colgados de la brocha. Gracias por la imagen que través de ustedes dio este domingo todo el independentismo.

“Gracias CUP. Gracias por ser demócratas que respetan el resultado de las elecciones y el 62 a 10. Gracias por dar la razón a los escépticos y a los pesimistas. Gracias por haber dado la razón a La Razón. Gracias por debilitar una lucha social y burlarse del esfuerzo de tanta gente en los últimos cinco años. Gracias por escuchar esa cadena humana de 400 kilómetros, la gran V chica de dos millones de personas o el maremágnum de la Meridiana hace apenas cuatro meses. Gracias por obedecer el mandato de las consultas ciudadanas que llevaron a cabo los pueblos del país. Y gracias porque los votos que recibirán ustedes en marzo ya no serán contados como independentistas.

“Gracias CUP. Pero recuerden que en este país, el suyo y el nuestro, quien pone y quita presidentes somos los ciudadanos, no la CUP. Aprendan de una buena vez cómo funciona la democracia. Quien decide son las urnas”.

Marcelino Perelló

miércoles, 9 de agosto de 2023

A pedir de boca


  06 de Enero de 2016  


Es la primera vez en la historia milenaria de Europa que sus habitantes han podido vivir medio siglo en paz. En paz relativa, por supuesto. Conflictos no pequeños pero sí locales la han seguido sacudiendo aquí y allá, pero las grandes conflagraciones que la incendiaron otrora, del Báltico al Mediterráneo, del Atlántico al Caspio y de los Pirineos a los Urales han cesado. O, para ser más cautos, digamos que han hecho una pausa.

Sin duda alguna, el más funesto de los inventos que llegaron de Oriente fue la pólvora. Dicen que los refinados chinos, en la mítica Catay utilizaban la curiosa sal de azufre y potasio únicamente para fuegos de artificio. Que habían sido los lejanos –en tiempo y espacio– descendientes de los godos los que descubrieron que también podía ser útil en la incesante tarea de deshacerse de indeseables.

De todas las guerras, sin embargo, la más cruel, mortífera y sanguinaria, fue la del 14-19. Tal vez las cifras totales fueron mayores 25 años después, pero no es de números, no solamente, a lo que me refiero. Estoy hablando del dolor y del terror, de la crueldad y el encarnizamiento.

No queda claro quién ganó aquel dantesco aquelarre. No cabe duda, sin embargo, de quién lo perdió. La derrota de los alemanes fue total, tremenda y definitiva. El país quedó en ruinas y en la ruina. La efímera y esperanzadora República de Weimar fue una más de las víctimas. De ella quedó sólo el recuerdo, y si me apura, ni siquiera eso. La orgullosa Germania se hundió en la miseria. Y a la miseria se unió la humillación, tal vez más terrible e insoportable.

Los Tratados de Versalles constituyen una auténtica vergüenza desde todos los puntos de vista: político, social, económico y moral. Los vencedores se cebaron sobre los derrotados con una ignominia, indecencia y prepotencia inadmisibles, condenando a los teutones a la más profunda de las postraciones.

La escasez se volvió drástica y dramática. La paz les resultó peor que la guerra. La inflación se desbocó. No habiendo ninguna posibilidad de imprimir nuevos, los antiguos billetes de banco fueron resellados una y otra vez. Los de diez marcos se volvieron primero de mil, después de un millón y de cien millones, hasta que ya no había espacio para tanto cero. Llegó el momento en que ya no se contaban, sino que directamente se pesaban. Un kilo de papa vale 300 gramos de billete. Las señoras salían al mandado con bolsas repletas de billetes y volvía con algunos víveres en ellas. Con suerte.

Es en ese panorama que aparece un judío austriaco esmirriado y gruñón, pero ambicioso cual más y con una visión política más que envidiable, incomparable. Del todo incomparable. Se llama Adolf, Adolf Hitler.

Conocedor como nadie del alma humana, sabe que el mejor remedio contra la depresión es el enojo. Lo sabe por experiencia propia y lo saben hasta el día de hoy todos los siquiatras del mundo. Se enoja él y acabará enojando a todo el mundo. A todo el mundo contra el mundo, contra el destino, contra los vencedores de Versalles y contra los judíos. Sobre todo contra los judíos, a los que responsabiliza en primer lugar de la miseria al esconder en bancos suizos sus fortunas.

Y en terrible paradoja, de los judíos, que él conoce bien, tomará la idea del “pueblo elegido”. Sólo que esta vez serán ellos, los que él y los suyos pretenden ser la mítica y pura raza aria.

El éxito es inmediato y fulgurante. Alemania sale de su postración y cual Ave Fénix renace de sus cenizas. Adolf, el vertiginoso, funda el Partido Nacional Socialista de los Obreros y con él llega al poder en 1933. Es nombrado canciller, lo que allá equivale a primer ministro, que equivale al mero mero.

No obstante, el Parlamento le estorba. El Partido Nazi no tiene mayoría y es una piedra en el zapato. Decide corregir la situación de manera expedita, a su manera. Es necesaria una gran provocación que permita sacar de en medio a los socialistas y comunistas y convocar a nuevas elecciones que le otorguen el poder absoluto.

Junto a su equipo más cercano y confidencial se conjuran y optan por la más espectacular y estremecedora acción: incendiarán el Reichstag, sede del Parlamento. Cuentan con fuerzas considerables en el seno del ejército, entre altos mandos y sobre todo medios, los temibles capitanes y tenientes, los hauptsturmführer y los obersturmführer. Entre los conspirados se encuentran Goering, Hess, Roehm. Y Ribbentrop. Es éste último el designado para dirigir la operación.

Para optimizar resultados Ribbentrop elaboró y ejecutó simulacros. Venció inconvenientes con astucia, siempre ingenió estrategias magistrales para reducir errores, mientras instruía reclutas escogidos gracias a los obersturmführer.

Todo salió a pedir de boca. La cacería de brujas y la imposición de la dictadura más popular de la historia. Cuando una provocación se hace bien, el resultado está asegurado. Y lo que siguió a las llamas de ese 27 de febrero de 1933 ya lo sabe usted. El infierno.


Marcelino Perelló

martes, 8 de agosto de 2023

El deshielo


  12 de Enero de 2016  


Sin duda alguna la caída del legendario bandolero es de una enorme importancia política, económica y social, pero ya habrá tiempo, espero, de hablar de ello. Hoy prefiero recordar que el mundo es ancho y cada vez menos ajeno. No se acaba en Los Mochis. Suceden cosas de gran trascendencia en meridianos lejanos y que también deben —deberían— llamar nuestra atención. Tómelo usted, si quiere, como un remanso.

La historia es voluble y caprichosa. No porque sí tiene nombre de mujer. Da giros inesperados y contundentes. Los ejemplos a lo largo de los siglos son inacabables. Son muchas las generaciones que se han despertado en la mañana ante un mundo distinto al que dejaron la noche anterior cuando se acostaron.

Eso les sucedió a los catalanes cuando se levantaron anteayer domingo. El proceso de liberación nacional emprendido hace más de tres años y la espléndida movilización popular que lo acompañó parecían haber naufragado del todo. Así lo escribí, presa del desánimo, en este mismo espacio hace una semana. El desencuentro entre las dos formaciones independentistas en el Parlamento había hecho imposible formar gobierno desde las elecciones del 27S. La suma de las curules de ambas constituían mayoría absoluta, 72 de las 135 de las que se compone la Cámara. Sin embargo, la cerrazón de la CUP impedía el acuerdo. Sus diez diputados se negaban a votar por Artur Mas, el candidato de la plataforma JxS, que contaba sólo con 62. Lo consideraban “burgués y corrupto” y se cerraron en banda. Típico.  Lo medio expliqué en la anterior entrega.

El veto a Mas resultaba, además de una vejación inaceptable, un atentado insostenible a los más elementales principios de la democracia parlamentaria, pues había obtenido cinco veces más votos que sus detractores. Y a todas luces conduciría a la desactivación y desbandada del movimiento independentista. Si Mas cedía al chantaje se habría convertido en un traidor a Cataluña. Tal era el panorama ese sábado, cuando al anochecer se dieron por cerrados sin acuerdo los últimos intentos de negociación.

El plazo para postular un candidato vencía a la medianoche. El fracaso era un hecho. Y entonces sucedió lo que ya nadie esperaba. Casi nadie, debí decir. No sé si el presidente Mas tenía planeada ya esa jugada maestra, o si la ingenió en el último momento. El caso es que al diez para las once renuncia, se hace a un lado, y el pacto se logra. Para muchos, entre los que me incluyo, en un primer momento, se trató de una decepción terrible, mezcla de desaliento y rabia. Ignorábamos —o en medio de la desazón lo olvidamos— la habilidad y la grandeza de ese político del todo incomparable. Verdadera excepción en la grisura que domina el espectro actual de los jefes de Estado en el mundo. Mas es, él sí, un estadista, en el pleno sentido de la palabra. Tal vez el único en vida.

Aceptó apartarse con dos condiciones sine qua non: debía ser él, personal y únicamente, quien designara a su sucesor. Y la CUP se compromete a no votar en ningún momento y bajo ninguna circunstancia al lado de los diputados españolistas, durante toda la legislatura.

Todo un gambito. Pero esta vez un verdadero gambito de dama, como lo calificó mi gran Raúl Moreno Wonchee. De esa manera, Mas consigue que el nuevo gobierno, tal como muchos temíamos, no quede como rehén de caprichos minoritarios. Y designa como nuevo candidato —ganador de antemano— a un personaje de segunda línea que había pasado inadvertido: Carles Puigdemont, hijo y nieto de reposteros, no por modestos menos legendarios, y a la sazón, alcalde de la bellísima ciudad de Gerona.

Al momento de escribir estas líneas, prematuras y entusiastas, la maniobra parece haber tenido un éxito apabullante. Mas aparece como el líder providencial, admirado por todos, que deshace las malignas asechanzas tendidas por la Moncloa y salva el proceso de emancipación. Puigdemont, por su parte, resulta un hombre ponderado, de temple, buen orador y excelente polemista. Pero sobre todo catalanista inconmovible y con un gran sentido del humor. No  sé si de manera un tanto precipitada, pero el caso es que la euforia en este momento cunde en Cataluña.

Puigdemont ofrece razones que unifican el sector independentista, logrando acuerdos que urge implementar en resoluciones oficiales. Mas impidió vacilaciones inútiles, preservando objetivos realistas que ultras exaltados saboteaban invariablemente, liquidando así aquellas maquinaciones ocultas.

Este invierno está resultando excepcionalmente cálido en Cataluña. Los dueños de las estaciones de ski están preocupados. Pero son los únicos. No sólo se deshielan las pistas. También los corazones.


Marcelino Perelló

viernes, 4 de agosto de 2023

Bzzz


  13 de Enero de 2016  


Actualmente la diferencia y la distancia entre los conceptos de “familia” y “sociedad” parecen abismales. Y digo parecen porque no siempre ha sido así, y sigue sin serlo en algunos pueblos llamados primitivos. En el mundo sometido a la cultura y civilización judeo-greco-germana, hoy hegemónica, se trata de dos formas de organización inconfundibles. La familia forma parte de la estructura social. Es una de sus células, digamos. Sin embargo, a lo largo de la historia ambas entidades se han confundido y se han vuelto indistinguibles.

Grandes antropólogos como Lewis H. Morgan en el siglo XIX o Claude Lévy-Strauss en el XX se encargaron de estudiar con gran profundidad dichas formas de organización. El propio Federico Engels en su pequeña y hermosa obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado aborda la cuestión en nombre del materialismo histórico que prohijó.

En las antiguas formaciones del clan y de la tribu ambos conceptos, familia y sociedad, se confunden y, de hecho, coinciden. Las primeras tenues diferencias comienzan a aparecer milenios después con el advenimiento de la llamada “familia punalúa” o más tarde la “sindiásmica”. La cuestión no es trivial, pues se llega al punto en que ambos paradigmas, el familiar y el social, se contraponen. En la familia, en principio, se impone el interés y los valores de grupo por encima de los individuales. En el marco social, en cambio, se produce una permutación y los objetivos del individuo se diferencian del todo, y a menudo se oponen a los de la sociedad.

Sigmund Freud, sin el cual la comprensión de la conducta humana es del todo imposible, lo explica así en su vertiginoso y desmoralizante “Más allá del principio del placer”. Todo organismo está integrado por otros subordinados, y éstos a su vez por otros aún más elementales. Así, el cuerpo humano se compone de tejidos y órganos con funciones específicas, y éstos también están formados por los más pequeños de los organismos propiamente dichos, las células.

Las células del riñón tienen funciones específicas que hacen que el riñón opere. De manera correcta si dichas células hacen bien su trabajo, y de manera deficiente si no. La fisiología del individuo en su conjunto, por su parte, sólo andará como Dios manda si el riñón cumple con sus obligaciones.

¿Es posible acaso llevar más lejos esta dinámica y hacerla análoga con las características de formas superiores de organización? La familia, por ejemplo, bien puede ser concebida como un organismo del cual sus miembros serían los órganos, al servicio del conjunto. En principio. Hace unos cuantos decenios y siglos era más claro que ahora.

¿Es posible, entonces, extrapolar, concibiendo y convirtiendo al individuo en células del tejido social, es decir, al servicio de éste? He ahí el nudo gordiano. Ese fue, y de alguna manera sigue siendo, el sueño, realizado a medias, del socialismo. Y ese fue el principio de conducta, realizado del todo, en las formaciones sociales y de parentesco elementales que menciono antes.

Ello nos lleva inevitablemente a considerar con seriedad las sociedades que se han montado algunos de nuestros hermanos animales. Reflejarnos, aunque sea en un espejo de feria, y contrastarnos con ellos. En particular, escogí aquí la sociedad fascinante de las abejas. Qué tanto, hasta dónde y de qué manera podemos tomarlas como modelo. Qué y cuánto podemos aprender de ellas.

Hoy, a guisa de ejemplo, mencionaré una de sus más sorprendentes características, y que no puede no remitirlas a nuestros propios códigos de convivencia.

¿Sabía usted acaso, inquisitivo lector, que la estructura de la colmena de abejas eusociales (hay de otras) se parece muchísimo a la de nuestras ciudades? Incluso a algunas de las imaginarias e ideales ciudades del futuro.

La colmena es la casa del enjambre; está constituida por panales, que vienen a ser barrios. Los hay populares, de trabajadores (trabajadoras), los hay industriales (fabriles), los hay lujosos (privilegiados) y hay incluso suburbios.

En cada barrio hay casas y hoteles. Algunas casas tienen camas y alacenas, perfectamente organizadas en forma de una retícula hexagonal, y lo más sorprendente de todo es que las casas, los barrios y las calles en y entre los panales están señalizados, de manera que en su, no por frenético menos organizado, vaivén, las nuevas o las despistadas no se pierdan. Dado que los inquilinos son siempre temporales, poseen una serie de reglas para asignar habitaciones a las recién llegadas, aunque la pertenencia al enjambre es estricta y rigurosa. Rara vez se admiten migrantes o refugiados.

Para identificar lugares ocupados trazan algunas viñetas alusivas, ponen indicadores laterales orientando trasvases a veces enredados. Maeterlinck intentó verificar esta señalización social insólita, juntando algunos secones obtuvo nuevas colmenas intercambiando nidos centrales.

Con ese fin poseen varios códigos de señales relativamente complejos, tanto escritos, en forma de glifos, o bien en patrones de vuelo. No hay la menor duda de que se entienden bastante más que nosotros, y que siguen las normas muchísimo mejor. Se trata de una sociedad familiar en toda forma.

¿La socialización implica necesariamente la despersonalización? Es ese un dilema central, fundamental, ineludible. Yo estoy convencido de que no necesariamente, pero eso requiere ser argumentado con un mínimo de solidez, y es eso lo que intento, en una mezcla extraña de modestia y arrogancia, llevar a cabo en esta semiserie, con todas las limitaciones que el marco periodístico impone. ¿Hasta qué punto estaría bien ser abejas? ¿Y qué clase de abejas? Bzzz.

Marcelino Perelló

jueves, 3 de agosto de 2023

El intríngulis

 



  19 de Enero de 2016  


El Chapo Guzmán es pues una leyenda. Pero es también un caso. Un caso en términos jurídicos y un caso en términos sicológicos, históricos, políticos y económicos. Un caso que tiene mil facetas y, por lo tanto, si hemos de hacer caso a la geometría de los poliedros, tiene mucho más de mil aristas.

En particular su reciente reaprehensión permite un sin fin de lecturas. Y no sólo las permite, sino que las exige. Muchas de ellas ya han sido elaboradas y dadas a la luz por multitud de colegas. Con algunas coincido y con otras, por supuesto, no. En cualquier caso no todo ha sido dicho, ni lo será nunca me temo. Se trata de un suceso de complejidad descomunal.

Déjeme dejar sentado que la noticia de su captura a mí me entristeció. A mí y a otros muchos millones, júrelo, de personas. En Sinaloa, en México y en el mundo. Ello tiene que ver sin duda con su condición legendaria.

Y tiene que ver también con mi incierta relación con la ley. Desde muy niño, en las películas de vaqueros o de policías y ladrones, le iba invariablemente a los malos. Lo que me acarreó obviamente no pocos disgustos, pues en aquellos años, los del funesto Código Hays, pocas veces los villanos se salían con la suya.

He sido y sigo siendo buen amigo de delincuentes confesos y he frecuentado con asiduidad los bajos fondos de diversas ciudades, y he aprendido que entre ellos y en ellos hay grandes personas. No me atrevo, por cobardía, a decir que mejores que en otros medios, pero casi. Yo mismo he delinquido en más de una ocasión. A pesar de ello me considero un hombre de bien, pero más por respeto a mis propios códigos morales y éticos que a los de la ley en sí, cuyos castigos me arredran sólo a medias.

El fenómeno no es inusual. Son una auténtica cohorte los bandoleros que han gozado de la simpatía y la admiración de multitudes, aquí y allá, ahora y entonces. Reales o ficticios. O incluso, no pocos, los que son una mezcla de ambos. Desde Robin Hood a Jesús Malverde, de Bonnie and Clyde a Chucho el Roto, de Joan de Serrallonga a Heraclio Bernal.

La cuestión con El Chapo debe abordarse con toda la distorsión que acompaña, al contrario de lo que pudiera parecer, los acontecimientos recientes. La distancia distorsiona, es cierto, pero también filtra y depura. La simpatía por el hombre de la Tuna se basa, obviamente y como siempre, por un lado en el irresistible vértigo de la transgresión, en la atracción del peligro y la desobediencia, frente a los cuales ninguno de nosotros es inmune. Y por otro lado, porque representa un desafío, un poder que se enfrenta al establecido y que no goza de gran estimación.

Sin embargo, todo ello no es sino una estructura elemental, enturbiada por sus connotaciones políticas y mediáticas. Una de sus manifestaciones más enigmáticas es sin duda el papel jugado por el gobierno de Washington, tanto en la espectacular -demasiado espectacular, diría yo- fuga de julio, como en su rocambolesca -demasiado rocambolesca, diría yo- detención de enero. Ni una ni otra están claras, hay indicios y contradicciones más que evidentes, y que no han sido dilucidadas por quien debería hacerlo.

De otra parte, la cuestión meramente judicial, como está planteada no se sostiene ni con pinzas. Los cargos contra El Chapo son numerosos, algunos graves, pero nunca ha sido acusado de homicidio o de narcotráfico explícitamente, ni su posible extradición a los Estados Unidos puede llevarse a cabo respetando las leyes vigentes en nuestro país. Hay quienes parecen olvidar que Joaquín Guzmán tiene derecho a todas las prerrogativas que dichas leyes otorgan a todos los ciudadanos, muy por encima de la demagogia oficial y de la tan a menudo amaestrada y deleznable opinión pública (la otra mitad de la opinión pública, digamos). Esa vox populi que tanto acostumbra a dar tanta pena.

Mi gran amigo y gran abogado litigante, Saúl Velasco, me comenta, desmoralizado, los obstáculos a los que se enfrentan los defensores de El Chapo, que gozan, afirma él, de indiscutible calidad y honorabilidad. Obstáculos que, según Saúl, son más políticos, “grillos”, que jurídicos, y que los obligan a sortearlos mediante estratagemas en apariencia contraproducentes, pero de eficacia notable, técnica en la que él es un auténtico experto.

La dificultad para procesar a Guzmán Loera no reside en una presunta, y por otro lado factible, corrupción, sino que obedece a la complejidad misma del sumario, y a la sólida armadura de los alegatos de la defensa.

Preparar otros recursos forzó idear nuevos subterfugios especialmente minuciosos e hizo imprescindible zanjar objeciones. Los abogados consideraron oportuno negar otros cargos inocuos, también imitaron a Velasco en repetidas ocasiones.

No soy yo quien deba hablar de todo ello, pero no logro deshacerme de mi inveterado vicio de hablar de lo que no debo. Digo lo que pienso y no pienso lo que digo. Y ademas me enloquecen los intríngulis enredados. Me enloquecen.

Marcelino Perelló

martes, 1 de agosto de 2023

La bandera agujerada


  20 de Enero de 2016  


Nicolae Ceausescu nació en el seno de una familia humilde en Scornicesti, poblado de Oltenia, la región más pobre de Rumanía, entre los Cárpatos Transilvanos y el Danubio. Debían correr los años 20 y la posguerra había acrecentado, sin duda, la miseria. A pesar de ello sus padres le dieron un ambiente familiar propicio, con inquietudes culturales y sociales. Ello lo condujo a integrarse a las filas del Partido Comunista Rumano, ya clandestino bajo la monarquía del rey Carol —que después viviría refugiado en México, por cierto— y la dictadura feroz del general Antonescu, aliado de los nazis.

Fue capturado y recluido por años en el siniestro penal de Doftana, junto a otros combatientes. Cuando viví allá lo visité (el penal, no a Ceausescu), entonces convertido en museo. Es probable que hoy cuando la purria anticomunista ha vuelto a tomar el timón, bajo el indecente estandarte de la democracia, tanto la cárcel como el museo ya no existan.

Los años duros y heroicos transcurrieron. La Rumanía de Antonescu combatió junto al eje fascista e invadió la URSS. La resistencia de los revolucionarios se volvió más cruenta. El joven Nicolae estaba ahí. Llegó la liberación. El Ejército Rojo tomó el control del país el 23 de agosto de 1944. Faltaban cuatro días para que, al otro lado del mundo, naciera yo. Ni los rumanos ni yo sospechamos entonces que 25 años después nos conoceríamos.

El régimen de Gheorghe Gheorghiu-Dej fue especialmente represivo. Era la dictadura del proletariado, en un país en el que el proletariado apenas existía y que no había hecho la revolución. El sistema socialista le fue impuesto. Los imprevisibles e incomprensibles caprichos de la historia hicieron que en 1965, a la muerte de Gheorghiu-Dej, el hombre de Scornicesti llegara al poder y encabezara un auténtico florecimiento. Las ataduras se aflojaron, miles de presos fueron liberados, la prensa y los sindicatos conocieron unos aires de libertad que desconocían. Fue la Primavera de Bucarest.

En 1968 todos los países del Pacto de Varsovia, encabezados por la URSS, invadieron Checoslovaquia. Todos menos uno. Rumanía se negó a participar. Ceausescu incluso armó al pueblo y dinamitó los puentes sobre el río Prut, temiendo ser también invadido. Fueron días de inquietud y fervor patriótico.

Y todo tiene su tiempo. Y las cosas pasan cuando suceden. Ni antes ni después. Diez años más tarde empieza la ofensiva final del Imperio contra el campo socialista. Reagan y Thatcher acceden al poder y la encabezan. Polonia es el eslabón más débil. Su catolicismo acendrado los aleja de los rusos ortodoxos y de los alemanes protestantes. Sobre Varsovia los hachazos. Se crea el fantasmagórico sindicato anticomunista Solidarnosc y en los laboratorios de la CIA se incuba al pelele tan adecuado como impresentable de Lech Walesa. La “oportuna” muerte de Juan Pablo I permite investir al funesto Wojtila, tan obscuro como la Virgen Negra de Chestohova de la que se dice devoto. Todo sale a la perfección. Como si lo hubieran planeado.

Seguirá una retahíla de eventos aparentemente inconexos, pero enlazados de manera flagrante hacia un objetivo: la explosión en Chernobil, el asesinato de Olof Palme, las muertes “providenciales” de los dirigentes soviéticos Breznev, Chernenko y Andropov, o la terrible derrota de los mineros galeses tras una huelga interminable. El guiso está en su punto. Sólo falta ponerlo al fuego.

 La muerte del histórico líder del comunismo húngaro Janos Kadar, en julio de 1989, da la señal de partida del ataque final. Los adalides de todos los países socialistas van cayendo uno tras otro y se llevan entre las patas los regímenes que encabezaron. Tras Kadar, Jaruzelski en Polonia, Honecker en la RDA, Jivkov en Bulgaria, Husak en Checoslovaquia, Alia en Albania y finalmente el propio Gorbachov en la URSS. Todos ceden o huyen. Todos menos uno. Ceausescu resiste y no se rinde. Rumanía no cae.

Cada  estratagema va fallando. Maquinaciones desarmadas, agentes descubiertos e inmovilizados. Se sabotean sistemáticamente las líneas de producción y abastecimiento. Pero la estructura gubernamental permaneció leal y fue haciendo frente a la embestida.

Provocadores infiltrados no consiguieron hacer el boicot obstaculizando intermitentemente las entregas requeridas. Milicianos impidieron varias intentonas, y al sofocar otras ya constituidas hicieron imposible nuevas operaciones. ¿Limitar el liquidacionismo acarrearía también eliminarlo?

Todo parecía indicar que sí. Que Rumanía permanecería como ínsula socialista con un solo vecino aliado, Yugoslavia, en medio de un océano hostil, proceloso y rabiosamente restaurador de los privilegios capitalistas.

Sin embargo, ay, vendría Timisoara. En la bella y antigua capital del Banat se produce una manifestación insólita en protesta por el desabasto y en contra del gobierno. Inconcebible e inverosímil. La manifestación es disuelta a tiros y la pequeña multitud ametrallada. Las fotos y videos de la plaza cubierta de cadáveres, los primeros planos sobre los rostros de las víctimas, dan la vuelta al mundo. Particularmente impactante fue la fotografía de “securisti”, la policía política, torturando a un disidente al arrastrarlo amarrado a un cable por las calles. La indignación cunde. La población se amotina, enarbolando banderas rumanas, a las que han recortado el escudo del socialismo en el centro. El presidente Ceausescu, junto a su esposa Elena serán fusilados.

Un año después, reporteros del rotativo francés Le Monde demostrarán, documentarán y publicarán que todo fue un montaje, una escenificación tan ignominiosa como efectiva. Todo ello deberé relatárselo, picado lector, en la próxima entrega de esta semiserie. Vale la pena, es ilustrativo de los modos y procedimientos a los que recurren los Game Masters. Todo fue mentira. Todo menos el asesinato del presidente Ceausescu. Y menos ese vacío infamante en el centro de una bandera que otrora había sido heroica.


Marcelino Perelló