miércoles, 24 de mayo de 2023

Off side

 



  03 de Febrero de 2016  


Cuando regresé a México, en 1985, después de mi largo exilio de casi 17 años, me asombraron, como es natural, una multitud de innovaciones. Debo decir, en honor a la verdad, que también me sorprendieron un sinnúmero de cosas con las que había yo estado del todo familiarizado, pero que el tiempo había ido difuminando.

Entre ellas estaban los bordes de las banquetas pintadas de amarillo. Cuando pregunté qué significaban, me respondieron que nada, que así nomás, porque sí. Me consideré bienvenido a mi nuevo México. También descubrí los tacos de bistec, los taxis de dos puertas, los ejes viales y que la Ruta 100 era todas las rutas.

Mis ganas de ver beisbol se fueron disipando al enterarme de que la Liga Mexicana no sólo no había hecho progresos, sino que estaba peor que nunca, gracias al benemérito Alejo Peralta. El beis que se seguía era el gringo, con los Dodgers y su zurdo deEtchohuaquila al frente. Con cierto disgusto lo consideré natural.

Lo que sí de plano no me esperaba y me chocó sobre manera fue la afición por el futbol americano, gringo también. Me enteré de que existían los Osos de Chicago, los Acereros de Pittsburgh, los 49’s de San Francisco y, por encima de todos, los Vaqueros de Dallas. ¿De dónde habría salido tan súbita como intensa adicción? En mis tiempos no sabíamos ni seguíamos nada de todo eso.

Naturalmente, entonces no existían las coberturas televisivas internacionales ni ese ritual cuasi-religioso que era y sigue siendo el Super Bowl. Aprendí que había que verlo en grupo —si eran sólo hombres, mejor—, que era obligatorio tomar cerveza y comer hamburguesas. Y por nada del mundo ir a mear durante el show del medio tiempo. Esa hubiera sido una herejía intolerable. Los dos primeros años concedí y, sumiso, me incorporé a la ceremonia. Por aquello de “al país que fueres...”.

Fueron sólo dos años, sin embargo. Después rehusé, digna y terminantemente, seguir siguiendo el juego incomprensible y postizo. Me gusta el americano, lo considero un deporte hermoso y desafiante. En mi niñez y primera juventud jugué mucho tochito. A veces “tacleado”, pero casi siempre “tocado”. Y no me perdía un solo clásico Poli-UNAM en el estadio de CU. Esa era nuestra apasionante liga de un solo partido al año. Apasionante en serio.

A veces venían equipos colegiales gringos, con sus bandas y cheerleaders haciendo preciosos mosaicos, tablas gimnásticas y complicadas filigranas sobre el césped. Era padre, y supongo que allá lo sigue siendo. Nada que ver con el mentado e insoportable halftime show.

Así pues, el americano me gusta. Pero todo lo que envuelve y acompaña al que nos venden desde allá, no. Más bien lo abomino. Muy gringo, una gringada intragable e indigerible. Con un tufo militar inocultable, en sus uniformes y cascos, en sus ofensivas y en sus “proyectiles”, “misiles” y “bombas”, sus “cazadores de cabezas” y, por supuesto, esas barras y estrellas que nunca pueden faltar.

De hecho, todo el encuentro y el reglamento están concebidos como un gran espectáculo. No sólo el del medio tiempo es un show, lo es el partido entero. No es necesario insistir en la importancia que tiene el espectáculo en la cultura estadunidense. Son los auténticos showmasters. Es su debilidad y, al mismo tiempo, su poderío. Su especialidad.

Todo ello aderezado por los constantes comerciales de rigor. Las propias reglas están diseñadas para que formen parte del programa. Y no son comerciales cualquiera. Alitas, hamburguesas, Steakhouse, Carl’s, Bellator. Y coches, claro, con sus respectivas divisas estimulantes, en inglés, claro. Ford Fussion, Chevrolet Spark, Nissan “innovation that excites”. Incluso la emblemática Renault se siente obligada a agringarse: “passion for life”.

Es bien sabido que el americano, que ellos llaman simplemente football (quién sabe por qué, pues los pies apenas participan) es un derivado del rugby europeo. Un derivado grotesco, diría yo, pues toda aparatosa coraza que utilizan los competidores es completamente inútil, como lo demuestra el propio rugby, y tiene propósitos exclusivamente escénicos. Se trata de exhibir su proverbial arrogancia y prepotencia.

Para revestir ese orgullo crearon una parodia artificiosa dudosamente original. Vistieron incluso con armaduras los estrambóticos jugadores otorgándoles soberbia, y entre notorias simulaciones incluyeron las enredadas normas castigando intervenciones obligadas.

En efecto, el mismo propósito dicta elniente, claramente confuso. Parece remitir al de “media educación” o “educación mediana”. Y no es ninguna de las dos cosas. Al contrario, la formación escolar que se recibe en la adolescencia es la verdadera educación superior. Es la central, la medular, la piedra angular de todo el edificio cultural y profesional.

El profesor de primaria, el enseñante enrevesadísimo reglamento del juego, que lo deja todo en manos de los “oficiales”. De hecho, los yanquis tienen una predilección enfermiza por los inquisidores deportivos. Tienen mil nombres, aparte de oficiales pueden ser árbitros, réferis, jueces o ampayers. El culto y el sometimiento a la autoridad.

En fin, toda esta parafernalia está bien, mientras sea su parafernalia. Pero que lo que no está bien es que la quieran hacer nuestra. Más bien, que queramos hacerla nuestra. Es una imposición cultural inaceptable, claramente sobrepuesta, hechiza, pues se trata de un deporte apenas jugado en nuestro país. Es una mala prótesis sobre nuestro alicaído organismo social. Somos, tal vez junto a Canadá, los únicos blancos en el mundo entero de tal intromisión. Y no nos corresponde. Me rehúso a que nos corresponda. Off side.

Marcelino Perelló

martes, 23 de mayo de 2023

Aleluya


  09 de Febrero de 2016  


Con ellos decidieron aderezar este año las parrilladas caseras, que los de allá conocen como bbq, y con las que acompañaron el partido y sus olanes, que duraron en total entre ocho y 12 horas. De hecho sus ecos todavía retumban, allá y aquí. Ése fue el primero de los megaeventos. El tercero será la entrega de los Oscares el domingo 28. Otra gran sacudida, menos ruidosa, pero más duradera y, sobre todo, más extensa. Si con el americano se encendieron cientos de millones de pantallas, planas y curvas, con las estatuillas serán mil millones en el mundo entero. Lástima que será de noche y lo de las bbq con aguacate está más cabrón. Pinche frío.

La traca final será a mediados de marzo y correrá a cargo de sus satánicas y vetustas majestades de los guijarros, los Rolling Stones. Esta vez el descuajaringue será local y, ay, no pasará por televisión. Sin embargo, con suficiente previsión y módicos cien mil pesos (reconozca que en dólares no es tanto; cada vez menos) tendrá usted asegurada su localidad en la zona platino. De todos modos si es usted un pobre menesteroso, por miserables dos mil pesos (¿qué serán cien dólares?) podrá ir a la gayola de las gayolas “naranjas” y verlos y oírlos por televisión. Esta vez gigante, eso sí.

Dejé para el final de mi comentario la segunda de las cuatro galas tan estrepitosas como fastuosas. Así, pues, este viernes se deja caer Su Santidad. La repercusión de la visita también es local, y para los interesados mucho más barata que la de los Rolling. Por eso los asistentes serán muchos más. Aunque para el gobierno será mucho más cara, muchísimo, y habrá menos parrilladas y aguacates.

Se dice que Francisco viene en su doble condición, de Vicario de Cristo y de jefe de Estado. En ese orden. Es decir la visita tiene carácter tanto político como pastoral. En otras palabras, para entendernos, más que propangandística, publicitaria. Me recuerda las del Dalai Lama, con más pompa y circunstancia. Y con más amplificadores. No acabo de entender la expectación que despierta el jesuíta Jorge Mario Bergoglio. Empecemos por decir que la Compañía de Jesús es la más taimada de las órdenes y que la católica es la religión más light de cuantas pueblan el planeta. La inmensa mayoría de los católicos de México y del mundo lo son por default. Y no son practicantes.

Y el actual Sumo Pontífice, más allá de la fe propiamente dicha, es un personaje anodino, de muy poco interés. No proclama más que lugares comunes, que no informan ni sorprenden a nadie. Ni a sus fieles ni a sus infieles. Hay que estar del lado del bien y combatir el mal. Órale. Ello no le impidió declarar, poco después de iniciar su pontificado, que era preciso “detener” al EI por todos los medios. “Dije ‘detener’ no hacer la guerra” acotó. Jesuitismo puro. Tuvo que ser el secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, el que tuviera que aclarar lo que el Santo Mandatario quiso decir: “Las medidas para acabar con el grupo terrorista del EI no deben ser únicamente militares”. Acabáramos.

La Santa Sede se ha cansado de acusar al mentado EI de contar con niños entre sus combatientes. Y ahora resulta que el mismísimo Papa se apresta a canonizar a un niño soldado en nuestro país. Incluso, se utiliza, de la manera más tramposa posible, la célebre fotografía de un jovencito armado hasta los dientes, que a todas luces forma parte del Ejército federal, como retrato del futuro santo cristero. La leyenda en torno a José Sánchez del Río es del todo insostenible. Y el milagro que se le adjudica aún más. Sin querer ofender a nadie, al borde del ridículo. No tengo espacio ni humor para desbrozarla aquí. Mejor lo remito, curioso lector, al magnífico texto/reportaje que sobre este episodio publicó Teresa Zerón-Medina Laris en la revista Nexos de enero de 2014. Lo encontrará en http://gallogallina.nexos.com.mx/?p=272. Sea usted creyente o no, léalo. No tiene desperdicio.

Pocos ilustrados necesitan celebrar hazañas épicas de rebeldes obviamente novelescos. Virtudes imaginarias concitan admiración, sin embargo glorificar ungidos requiere obsecuencia, limar obstáculos que ultrajen insolentes el recogimiento espiritual, proclive a reconocer aquellos milagros inadmisibles.

Los prodigios divinos constituyen, sin duda, el segmento más oscuro y atrasado de las creencias religiosas. Los feligreses más esclarecidos no sostienen su fe en tales fábulas. No son pocos los devotos serios, convencidos y convincentes que se mantienen al margen de tan deplorables fabricaciones.

No puedo no recomendarle aquí, como rúbrica de esta reflexión, más corta e insatisfactoria que nunca, el testimonio de otro milagro cristiano, esta vez no católico, pero al que nuestro Joselito no le pide nada. El show de los milagros es equivalente. Vealo en https://www.youtube.com/watch?v=WvnauHY0EH4. Disfrútelo o súfralo, amigo mío, ai usted. Tanto monta, monta tanto. Aleluya.


Marcelino Perelló


lunes, 22 de mayo de 2023

Los mentores


  10 de Febrero de 2016  


El término “educación media” es inconveniente, claramente confuso. Parece remitir al de “media educación” o “educación mediana”. Y no es ninguna de las dos cosas. Al contrario, la formación escolar que se recibe en la adolescencia es la verdadera educación superior. Es la central, la medular, la piedra angular de todo el edificio cultural y profesional.

El profesor de primaria, el enseñante de niños, sin dejar de tener una responsabilidad indiscutible, participa menos en el proceso de formación propiamente dicha del pupilo. Está a medio camino entre el cuidador y el sustituto de la atención parental. Los conocimientos que transmite son, no por imprescindibles, menos elementales. Constituyen los cimientos de la edificación posterior, pero no la determinan.

La educación infantil posee relativamente pocos márgenes. Puede llevarse a cabo de peor o mejor manera, claro, pero a fin de cuentas el maestro no tiene demasiado para dónde hacerse. Sus clientes no podrán entender demasiadas sutilezas ni profundidades. El profesor de primaria algo tiene de entrenador. Entrena cachorros.

En el extremo opuesto, el catedrático a nivel profesional es ante todo un transmisor de conocimientos, un informador. Si usted quiere, un “preparador”. Cuando el estudiante llega a la universidad ya está hecho, preparado, listo. Es, para que nos entendamos, la masa de las tortillas o de la pizza. Hay que cocerla, eso es todo. Pero si no está en su punto, todo esfuerzo será inútil.

Así, pues el núcleo del proceso constitutivo del sujeto adulto, del ciudadano y del profesionista, se da entre los 12 y los 18 años. Después de la pubertad y antes de la guerra. No porque sí es la etapa más gozosa y conflictiva del desarrollo del individuo. Difícil para él y para quienes lo rodean. Padres y maestros, hermanos y amigos.

El florecimiento implica necesariamente la explosión, el desgarramiento del cáliz, de la coraza que había permitido la gestación del esplendor de colores y aromas. Todos somos orugas y crisálidas, y todos tejemos capullos. Y rasgarlos no puede no ser doloroso y problemático.

Según Freud en esos años precisos, los de la pubertad, termina lo que él llama la etapa de latencia y se inicia el acceso a la condición plena de sujeto, con todas las connotaciones del caso, sexuales y sociales incluidas. Es el momento en que el niño/joven deja de considerar indiscutibles a sus progenitores. Y los discute. En buena medida se enfrenta a ellos. De judío a judío, de genio a genio, será Marx el que en su dialéctica hablará de la “negación de la negación” y de la “lucha y unidad de contrarios”.

Es en ese instante preciso y delicado que aparece el maestro mal llamado de secundaria. No sólo entra al relevo e irrumpe en esa armonía familiar fracturada, sino que debe lidiar ya no con un cachorro travieso sino con una fiera tan agresiva como irresistible. Ya no es el entrenador de los años anteriores. Será el domador. Al mismo tiempo cómplice, modelo y patrón, en todos los sentidos, que son muchos, de los términos.

Uno es sus maestros. Y cuando digo maestro me refiero en primerísimo lugar a los de secundaria y preparatoria. Los de antes y los de después son los verdaderos secundarios. Lo he dicho más de una vez, y cada vez que tenga chance lo repetiré. De hecho, a medida que envejezco, cada vez lo tengo más claro y tengo más ganas de decirlo. Afortunadamente soy profesor universitario y mi responsabilidad es menor.

Las cosas van más allá. En francés queda más claro: maitre significa a la vez maestro, guía, director y amo. El maitre d’hotel es el “capitán” de un restaurante, mientras que el “jefe”, el chef, es el cocinero. De manera que el enseñante de ese periodo es más maitre que maestro. Elijo, para desmadejarlo, hablar de mentor.

Y el mentor transmite, no sólo comunica. Y esa transmisión, si cumple su papel, acompañará al receptor el resto de su travesía vital. No son conocimientos los que están en juego. No en primer lugar. Son valores. Está bien saber algo de historia y de química. Y saber resolver ecuaciones de segundo grado. Pero aquí entre nos le servirá de bien poco al futuro adulto. Lo que sí sirve es otra cosa.

De manera que aquel preceptor que se limite a “cumplir el programa”, a dejar pasar a unos y detener a otros como cadenero de discoteca, algo habrá aportado, pero habrá renunciado al gran privilegio que el destino le ha ofrendado.

Profesores rutinarios existen sin ocasión de ejercer estrictamente la labor académica. Viajan imbuidos con aquella mediocridad espiritual ocupando cátedras únicamente para acreditarlas, meten el hombro anteponiendo buenas intenciones tristemente anodinas.

El primer gobierno estable de la Revolución Mexicana no sólo decidió cambiar el nombre de los ministerios a secretarías, sino que, mucho más importante, decidió llamar “educación” a lo que antes se denominaba “instrucción”. Otro sentido, otra órbita. No es un simple juego de palabras. Estar a la altura del nuevo propósito no está al alcance de todos. Está en manos únicamente de los mentores, de los verdaderos, magníficos, imprescindibles e insustituibles mentores.

Marcelino Perelló

sábado, 20 de mayo de 2023

Caime bien. Vuelve pronto

  16 de Febrero de 2016  


Es cierto que multitud de calles alrededor de mi casa se encuentran cortadas o cerradas, con auténticos enjambres de tiras nerviosos y diligentes que vigilan las barreras. Algunas son por supuesto porque cerca de ahí pasará Su Santidad (su de ellos). Otras, en cambio, han de ser, sin duda, para que no vaya a pasar por ahí. No encuentro otra explicación.

Toda esta parafernalia, esta puesta en escena, es, para no llamarla de otra manera, una exageración. Escojo el término con cuidado, para no herir ciertas sensibilidades. Otras, en cambio, no sólo quiero herirlas, pretendo desgarrarlas, denostarlas y exhibirlas. Entre todas las víctimas propiciatorias, adecuadas y merecedoras de mi indignación, escojo la del gobernador de Chiapas, Manuel Velasco Coello. Le cambiaría la V por una D, pero es una ocurrencia ya gastada, y en este caso del todo insuficiente.

Resulta que el mentado (dije mentado) mandatario decidió besar el anillo del dedo de la mano del ilustre huésped. Espero no ser el único que considere pertinente preguntar al cortés anfitrión la mano de quién decidió besar, en signo inequívoco de sumisión. Ya sabemos que nuestro Francisco (mero recurso retórico), a la manera del Dr. Jekyll, llegó a México y se desplaza por su territorio ostentando una ostensible doble personalidad: como Vicario de Cristo, es decir, como misionero y evangelizador y, por otro lado, como Jefe de Estado, de un Estado diferente al nuestro, y que se encuentra aquí en visita oficial, en el sentido oficial de la expresión.

¿Tons’ qué, mi güero? ¿A quién le besó asté la mano? Si fue al cura, mal, pues recuerde que el nuestro y el suyo es un Estado laico y que no le está permitido a ningún gobernante andar mostrando devoción y obediencia a un determinado credo religioso, cualquiera que éste sea. Pero si se la besó al Jefe de Estado, es peor, pues está rindiendo pleitesía y sometimiento a un país y a un poder extranjero (el país será chiquito, pero el poder es enorme). Recordemos que el bienaventurado Velasco Coello forma parte del Partido Verde. Sirva ello de atenuante.

Digamos que Enrique Peña, cuando asiste a misa en calidad de Presidente de la República, comete el mismo desacato, disminuido porque el gesto en sí es menos lacerante, pero aumentado porque su jerarquía es muy superior. Y ni siquiera puede alegar pertenecer al Verde. Aunque casi.

Ya dije en la entrega pasada que la católica es la más laxa de todas las confesiones. Ser católico es fácil. Al punto que tener fe no es un requisito demasiado estricto. El elemento esencial de todo el fausto, grandiosidad, brillo y estrépito, de todo el boato y el glamour, de todos los altavoces y reflectores que acompañan y enmarcan la visita, no es de ninguna manera la religiosidad. Ésta, entre quienes sí la practican, ocupa una posición del todo secundaria. En los primeros lugares están la demagogia, la mercadotecnia, la publicidad, la propaganda y la ostentación arrogante y avasalladora. El protagonismo, la histeria y la estulticia.

Sería una simplificación, más que ingenua grosera, pensar que la responsabilidad de tal esperpéntico montaje, recae exclusivamente en las autoridades mexicanas, que cuando les sale lo payo no hay quién les haga sombra. Obviamente el protocolo vaticano interviene, decide e impone. Y por demás está decir que el propio Pontífice también se entromete y elige. Que no se haga. De los emblemáticos estandartes que con tanta frecuencia como gatería, enarbolan las jerarquías eclesiásticas: la contención, la modestia y la humildad, por lo visto ya no queda nada. Si es que alguna vez las hubo. A otros niveles, tal vez. A ese, no. Ni sombra.

La auténtica religiosidad ha de ser obligatoriamente respetuosa de las verdades, costumbres y estilos del otro, de los otros. Todo credo ha de ser ecuménico, incluyente. Sólo hay un Dios verdadero, y ese es todos los dioses. Si algún dios hubiere.

El encuentro en La Habana entre el Papa de los católicos y el Patriarca de los ortodoxos rusos fue una hermosa promesa. Promesa que no se cumplió, y que toda la soberbia y altanería cegadora y ensordecedora de su paso por nuestro país dejó en el olvido.

Planteamientos ecuménicos necesitan además la tácita incertidumbre, más aún garantizar intactas afinidades y aversiones respetando teologías eclécticas. Muchas iglesias veneran el ser supremo inmanente, sin impugnar ninguna interpretación gnóstica unida al laicismo.

Flaco favor a la evangelización hizo el egregio pastor, vive Dios. Tal vez los espíritus más simples y rústicos fueron atraídos por los artificios deslumbrantes. Pero aquéllos, más lúcidos, críticos y cautos, los más sinceros y genuinamente místicos, no pueden no haberse sentido decepcionados y excluidos. No sólo los ateos, estoy seguro, estamos al borde del hartazgo. En buena hora el espectáculo está por terminar. Quizás el próximo sea mejor y goce del favor de los cielos. El Dios de los cristianos, esta vez, faltó a la cita.

Marcelino Perelló

La felicidad de las abejas

  17 de Febrero de 2016  


Retomo hoy la semiserie que dedico al mundo de las abejas, y que dejé estacionada algunas semanas, cuando otros asuntos que me parecieron inaplazables reclamaron su presencia en este espacio. No está mal recordar que las cosas urgentes no son siempre las más importantes. De hecho, pocas veces lo son.

Así pues, al dejarme fascinar por esos bichitos voladores y la “inteligencia” y “eficacia” con la que estructuran su quehacer de seres vivos y las reglas de sobrevivencia y convivencia que se imponen, me ha sido imposible no comparar nuestra propia sociedad, la de los humanos, con la de tales heminópteros. Y contrastar nuestros continuos tropiezos con su definitiva armonía.

Ello no quiere decir, de ninguna manera, que una comunidad bien organizada sea necesariamente deseable. Para empezar, deberíamos discutir qué debemos entender exactamente por “organización” y por “deseo”. No es fácil.

No son pocas las propuestas, algunas meramente literarias, otras teóricas y otras más llevadas a la práctica, de sociedades humanas estrictamente normadas. En el mundo de la ficción existen dos categorías, similares y al mismo tiempo opuestas, que han dado frutos apetitosos, jugosos y hermosos, tanto en una dirección como en la otra.

Hemos optado por llamar “utopía” a aquellas fantasías futuristas que imaginan un mundo mucho más vivible y placentero que el nuestro. El término procede, como usted sabe bien, soñador leyente, del texto del gran provocador inglés Thomas More, castellanizado como Tomás Moro, y que vivió y escribió precisamente en la mera génesis del Renacimiento, a caballo de los siglos XV y XVI. De hecho, su obra constituye, junto con El elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam, uno de los hitos fundacionales del fenómeno renacentista literario filosófico.

Una de las más bellas muestras del ideal utópico, sin embargo, no es un relato propiamente dicho, sino una bellísima canción basada en el texto del poeta francés Roger Fernay, al que el gran músico, alemán y comunista Kurt Weill puso las notas y los acordes: Youkali. Se trata de una auténtica perla del género, aunque el desenlace no sea el esperado (no voy a cometer aquí la impertinencia de incluir un spoiler que le revele ese final y le eche a perder la intriga del embriagante poema).

Confrontadas con las utopías existen las ucronías. Si a u-topía se le quiere dar el sentido de “en algún lugar”, las u-cronías significarían “en algún momento” o “en algún tiempo”. En este caso se trata de imaginar mundos futuros opresivos o aterradores. Aunque el género es muy antiguo, no fue homologado sino en el siglo XX, acuñando el término.

La más célebre de todas posiblemente, es El mundo feliz, de Aldous Huxley. También, por supuesto, el 1984 de George Orwell, en el que una dictadura feroz mantiene sojuzgados a los súbditos, permanentemente vigilados hasta en los más estrechos rincones por cámaras monitoreadas. El amor está, por supuesto, terminantemente prohibido. Tranquilo, amigo mío. Tampoco aquí voy a spoilear.

Así pues, la organización social puede llevar tanto al jardín de las Hespérides como a la pesadilla. No es fácil concebir un sistema que resuelva las contradicciones inherentes a la condición humana. Ser bueno acostumbra a resultar malo.

Poner un ejemplo siempre suscita inquietudes, trae reparos implícitos sobre todo entre semejantes. Los otros suelen tener reservas en seguirlo. Manías individuales vuelven imposible nutrir ópticas lucidas limitando el gregarismo animal.

Deberíamos preguntarnos, pues, qué tan felices y satisfechas están las abejas y los zánganos. Pero me temo que dicha cuestión quedará eternamente en el aire. El bienestar y la dicha son problemas exclusivamente nuestros y no podremos encontrar soluciones en los recovecos de los panales.

 

Marcelino Perelló

viernes, 19 de mayo de 2023

Por qué no soy cristiano

 



  23 de Febrero de 2016  


La cuarta de sus características la dejaré, por el momento, de lado (intrincada cuestión, aunque no excluyo que, hablando de otras cosas, me decida a abordarla). El Russell matemático es sencillamente maravilloso. Se ocupó principalmente de la lógica y los cimientos sobre los que se edifica esa construcción alucinante, y los trastocó de manera tan brutal como impecable. Leerlo y pensarlo es una aventura vertiginosa, que además de una perspicacia excepcional reclama un valor a toda prueba. El Russell activista no cejó ni un momento en la defensa irreductible de los principios de libertad e igualdad que él consideraba justos. Fue así que a mediados de los sesentas fundó el Comité Russell contra los crímenes de guerra que el ejército gringo cometía en Vietnam. Su enorme prestigio y su incansable compromiso convirtieron al Comité en un elemento esencial de la movilización mundial contra ese atropello. Movilización que finalmente jugaría un papel central en la derrota de los invasores imperialistas.

De hecho fue del Comité Russell de donde surgirían, primero la organización Amnesty International, y después el concepto mismo de esas miles de ONG’s que hoy pueblan el mundo. ONG’s que a fin de cuentas han sido fagocitadas por el poder y contribuyen a acentuar los males que dicen combatir. Pero de eso nuestro Bertrand no tiene la culpa.

La reciente y estridente visita a México del Papa de Roma, me hizo inmediata e inevitablemente evocar al pensador de Gales. Entre otras muchas cosas Russell fue un anticlerical combativo e irredento, y escribió multitud de ensayos demoledores en contra de las creencias religiosas.

En particular, y como buen matemático, puso de relieve no las  divergencias que el pensamiento eclesiástico levanta frente a otras cosmogonías, sino precisamente las discordancias internas e irresolubles al interior de cada uno de los paradigmas dogmáticos.

La presencia de Francisco en México, en efecto, me obliga a plantear hasta qué punto sus seguidores lo son también de las enseñanzas del nazareno fundador del cristianismo, y de qué manera enfrentan y resuelven sus flagrantes contradicciones. Entre otras, me conmueve e indigna esa fotografía difundida en los medios y que muestra a algunos indios chiapanecos —junto a más de un tira— adorando a El Güero Velasco, escoltado por su dulce Anahí a diestra y el Papa de Roma a siniestra. Si le gustan las imágenes obscenas, morboso lector, puede verla en http://alexdroid69.tumblr.com/post/139464170946/  Execrable. Intolerable.

Todo ello, pues, me hace recurrir a los textos cortantes y despiadados de Bertrand. En la conferencia del 6 de marzo de 1927, en el ayuntamiento de Battersea, y que tituló Por qué no soy cristiano, entre muchas otras cosas, dejó claro que la doctrina que emerge de El Nuevo Testamento, en todas sus múltiples lecturas, es prácticamente imposible de seguir y adoptar, con escasas, muy escasas excepciones. Vedada a las multitudes. El creyente lo es más por miedo que por convicción. Su fidelidad es temerosa y egoísta. Si dejara yo de creer perdería mis únicas agarraderas a una realidad huidiza y hostil. Es necesario que me afirme en lo inefable e indiscutible. Toda duda es pecado, me excluye y vuelve vulnerable.

Prestos a lacrar esa seguridad toda incertidumbre nos obscurece y oprime. Verdades insidiosas concitan angustia, objeciones básicamente válidas infunden ofuscación, mientras incuban odios delirantes a los impíos sin consideración alguna.

Russell pone el dedo en la llaga, en el costado derecho del Redentor, mediante cuatro ejemplos. Sólo cuatro, muy fácilmente contrastables con la realidad. Dolorosamente contrastables y corroborables, diría yo. En particular, y para no ir más lejos, durante los seis interminables días que duró la peregrinación papal.

Afirma el implacable filoso(fo) que Él dijo, “No hagais resistencia al agravio, y si alguno te hiriese en la mejilla derecha, vuelve también la otra” no es un precepto nuevo. Lo usaron Lao-Tse y Buda quinientos años antes de Cristo. Este principio no lo aceptan los cristianos. Estoy convencido que el señor Stanley Baldwin, nuestro Primer Ministro, es un cristiano sincero, pero no le aconsejo que vaya a abofetearlo. Me temo que para él dicho texto tiene un sentido meramente figurado.

Otro apotegma encomiable del Cristo es aquel de que “No juzgueis a los demás si no quereis ser juzgados”. No creo que tal principio sea muy popular en los tribunales de los países cristianos. Al igual que el de “Al que te pide, ofrécele, y no le des la espalda al que pretenda de ti algún préstamo”. Notable. Notable y del todo arrinconado.

La mejor de todas, sin embargo, es la máxima en la que Él conmina “Si quieres ser perfecto anda y vende cuanto tienes y lo que obtengas dáselo a los pobres”. Excelente, admirable, pero me temo que no se practica mucho.

Aunque los considere magníficos, yo no presumo de seguir dichos preceptos. Russell tampoco. Pero ni él ni yo somos cristianos, a lo mejor por eso mismo. Un cristiano en cambio sí debería acatarlos. Supongo que en ello reside la Fe auténtica. Han de ser muchos, muchísimos, los que lo son únicamente de dientes para afuera.

Es decir, la cuestión es hasta qué punto los sedicentes católicos lo son en realidad. Hasta qué punto el propio Francisco es fiel a la palabra y obra del Hijo del Hombre, del que se dice representante. No me queda claro. En absoluto.


Marcelino Perelló

miércoles, 17 de mayo de 2023

Sin asomo de duda

 



  24 de Febrero de 2016  


En esta semiserie que me he propuesto dedicar a las grandes y violentas provocaciones que han intentado, y a menudo logrado, trastocar la historia, ya han aparecido los barcos. Le conté cómo el ataque japonés a la bahía hawaiana de Pearl Harbor sirvió de pretexto, fabricado o no, para que el gobierno de Washington se decidiera por fin a declarar en 1941 la guerra al Eje, convirtiéndola así en la más mundial de todas.

Hoy va otra vez de gringos, de barcos y de guerras. Sólo que en un tiempo anterior y en una escala menor. No obstante, sus consecuencias y resonancias fueron, a mediano y largo plazo, de trascendencia no desdeñable. Es un episodio mucho más transparente, y en esa medida desvergonzado e ilustrativo, que el de aquel archipiélago del Pacífico que tendría lugar casi medio siglo después.

En febrero de 1898 el acorazado Maine de la armada estadunidense voló en pedazos cuando se encontraba amarrado en el puerto de La Habana. En esa ocasión murieron más de 200 marinos de los que se encontraban a bordo. La explosión y consecuente hundimiento del navío fueron utilizados para desencadenar en Estados Unidos una furibunda campaña en contra de España, que aún ejercía su poder colonial sobre Cuba, y finalmente declarar la guerra al agonizante imperio hispano.

En efecto, aquel emporio “sobre el que nunca se ponía el sol” había sido reducido a su mínima expresión, hecho añicos. La práctica totalidad de las colonias americanas, africanas y asiáticas habían ya declarado su independencia. 

Estados Unidos no podían desaprovechar la descomposición del gobierno de Alfonso XII. Siguiendo al pie de la letra la Doctrina Monroe del Destino Manifiesto y resumida en el “América para los americanos” decidieron primero apoyar y después cooptar los movimientos insurgentes de las islas. América, el continente, debía ser de los americanos, sí; pero con la salvedad de que con estos últimos se referían, como hasta la fecha, exclusivamente a ellos mismos.

Hacía exactamente medio siglo que ya se habían apoderado de la mitad del territorio mexicano. Las mismas pretensiones les habían fallado con los canadienses británicos. Esta vez la presa no podía escapárseles. La mayor de las Antillas no poseía grandes recursos económicos. Ni siquiera había petróleo. Pero su importancia cultural y geopolítica, en la boca misma del Golfo de México, la convertía en un objetivo codiciado.

El movimiento liberador cubano era especialmente vigoroso, y había contado con figuras señeras al frente como Máximo Gómez, Antonio Maceo o el mismísimo José Martí. Existía incluso un gobierno alterno y opuesto al de la Capitanía Española, llamado el de la “Cuba en armas” que se proclamaba republicano.

Sin embargo, pese a sus victorias militares y diplomáticas no habían conseguido desembarazarse del yugo colonial. Las concesiones hechas por Madrid, entre otras el otorgarles representación parlamentaria en las Cortes de la metrópoli, habían sembrado confusión entre los opositores. La mesa estaba servida para que se estableciera una alianza entre los independentistas y el gobierno de Washington.

Este último empezó a financiar y avituallar a los rebeldes con decisión, a pesar de que las intenciones de unos y otros eran muy distintas. Los gringos iban por la anexión, mientras Cuba en armas no estaba dispuesta a ceder un ápice en sus aspiraciones emancipadoras. Ante las pretensiones imperialistas, el general Maceo llegó a declarar:  “Creo que esa sería la única forma en que mi espada estaría al lado de la de los españoles...”.

La situación se encontraba estancada y se prolongaba el statu quo. La opinión pública estadunidense parecía harta del costo y el desgaste que representaba el apoyo a los insurgentes, sin que se vieran grandes progresos.

Pobres resultados insinuaban maquinaciones algunas veces exigiendo recursos amañados. Muchos inversionistas vacilaron indecisos, anticipando más endeudamiento manifestaban escepticismo. Resolvieron entonces buscar rápidamente otra táctica efectista mediante operaciones subrepticias.

Y esa táctica reclamaba una provocación suficientemente grave y estrepitosa que justificara la declaración formal de guerra a España y la intervención militar directa. El Maine fue enviado a Cuba en enero de 1898, sin la venia de las autoridades españolas, en abierto desafío, con el pretexto de velar por los intereses de la colonia estadunidense radicada en la isla.

Tres semanas después una parte del acorazado volaba por los aires y otra parte se hundía en las aguas del puerto. Los españoles, obviamente, fueron considerados responsables y la histeria antihispana, encabezada por el magnate William Randolph Hearst, cundió a través de todo el territorio de la margen izquierda del Bravo. El resultado fue el previsto y ya lo conoce usted: en abril se declaró formalmente la guerra.

El desenlace final, sin embargo, no fue el esperado. Los españoles fueron derrotados y expulsados de Cuba, pero los gringos no consiguieron doblegar del todo a los cubanos, que, aunque gravemente hipotecados política y económicamente, consiguieron declarar la República independiente en 1902.

A diferencia de otras maniobras sucias, la voladura del Maine, a pesar de haber cumplido su propósito, fue desvelada en 2002. El desastre no se había debido a una mina sino a una explosión interna en la santabárbara del buque. Los técnicos no supieron establecer si había sido intencional o accidental. Los técnicos no, pero usted y yo, preclaro lector, sí. Sin asomo de duda.

Marcelino Perelló

martes, 16 de mayo de 2023

Razón y sinrazón


  01 de Marzo de 2016  


Leopoldo es mixteco, de la sierra norte de Oaxaca, cerca de Nochixtlán, pertenece al culto de los Bautistas Misioneros y, tras años de estudio se hizo pastor de su iglesia. Fiel a sus dos pasiones, la ciencia y la fe, decidió trasladarse con su familia a Europa, más precisamente a Cataluña, a estudiar ahí su doctorado y, al mismo tiempo, cumplir su labor misionera. Reconocerá usted, admirado lector, que el que un indio mixteco atraviese la Mar Océana para evangelizar a los europeos paganos, tiene su gracia. Singular y excepcional.

Más aún si considera usted que El Leo lleva ya más de diez años al borde del Mediterráneo y cumple sus dos vocaciones (tres, si añadimos la de pater familia) con talento y dedicación admirables. Es un hombre sin par. Lo extraño un chingo.

El caso es que acostumbra a leer mis columnas en Excélsior, y me acaba de enviar su comentario a la que, con motivo de la visita a México del Papa de Roma, y basándome en las tesis de Bertrand Russell, titulé: Por qué no soy cristiano. Con esa mezcla tan suya de convicción y ecuanimidad, Leopoldo me hace saber su punto de vista, con tal lucidez y donaire que, aunque no concuerde con él en todo lo que expone, decido traducirlo y transcribirlo íntegro. No tiene desperdicio.

“Querido Marcel·lí: Sólo para decirte con respecto a tu artículo, que tu conclusión (o la de Russell, que me parece tú compartes) es del todo acertada. Dicen que difícilmente las personas pueden cumplir el código de conducta cristiano y esto es cierto, yo añadiría que según la Biblia ningún ser humano puede acatarlo todo.

“De hecho, el primer paso para ser realmente cristiano es reconocer la incapacidad de cumplir íntegramente la ley y, además, cuando crees que la cumples sin ningún tipo de ayuda probablemente estás mintiendo. El segundo paso, después de reconocer tu imposibilidad de ser una ‘buena’ persona y de poder llegar solo al Reino de los Cielos, es asumir que Jesucristo fue realmente lo que decía que era, es decir, el Hijo de Dios y el que pagó el precio para poder establecer la paz entre Dios y el hombre. Una vez que reconozcas esto y pidas perdón a Dios por vivir lejos de Él (por tus pecados) es sólo entonces que eres cristiano.

“Espero hayas entendido que mi punto es el de que toda la autodenominada sociedad cristiana, en realidad no lo es; ser cristiano no es algo que dependa de la herencia o de la tradición. Depende de la decisión propia e individual de cada quien; es por ello que Francisco no es cristiano, ni lo es todo el entramado de la Iglesia católica.

“En lo que sí difiero de ti es en el razonamiento según el cual ‘como hay contradicciones de los seguidores, entonces yo no puedo ser parte de ellos’, refiriéndote al hecho de ser cristiano.

“Ya que, con un argumento similar, no podría yo ser comunista, puesto que todos (o la mayoría de los comunistas que conozco) viven en realidad no como revolucionarios. Hablan y hablan de revolución, pero sus ingresos no son ni mucho menos como los de quienes dicen defender, obreros, campesinos, etc.

“Y ya puestos, ni siquiera sería anarquista, dado que son muchos los libertarios intolerantes y autoritarios. He escuchado muchas veces, por ejemplo, ‘si eres anarquista no puedes creer en Dios’ y yo me pregunto ‘¿de veras?’.

“Bien, como siempre, un fuerte abrazo desde Cataluña //*//, amigo querido y añorado”.

Está por demás decir que la argumentación del pastor matemático es inquietante y, en buena medida, demoledora. Es del todo cierto que la humildad y la conciencia de la ineludible condición de pecador son circunstancias indispensables del verdadero creyente. Y también lo es el que a menudo las doctrinas revolucionarias se han deslizado hacia el dogmatismo y el fariseismo.

Sin embargo, continúa existiendo una diferencia esencial y reside en el carácter estructurante e indiscutible de las creencias religiosas. La fe se opone a la razón. Y esa dicotomía es insalvable. El gran François-Marie Arouet, llamado Voltaire, la ilustra de manera descarnada en su célebre apotegma: “El universo me preocupa, y no puedo concebir que este reloj exista y no tenga relojero”. El vertiginoso libre-pensador, que llamaba al dogmatismo religioso, “la infamia”, nunca quiso ser calificado de ateo. Ello no impide considerar, ni en su época ni en la nuestra, a la religión como una forma particularmente nociva de obscurantismo.

Pues unos envejecidos dogmas eclesiásticos sepultan el raciocinio, mientras incluso Voltaire incluye conceptos ambiguos, tienden ante nuestras dudas una lóbrega capa encubridora. Tampoco alumbraron nunca tanta obscuridad.

Obviamente existen y han existido creyentes lúcidos y brillantes. Leopoldo Morales es un buen ejemplo. No me atrevería nunca a etiquetar a la religión como una forma de sinrazón. Pero sí, con toda vehemencia, a considerarla uno de los mayores escollos a los que debe enfrentarse la razón.


Marcelino Perelló

lunes, 15 de mayo de 2023

Pobre Wilde


  02 de Marzo de 2016  


Febrero es el mes del kitsch, el apogeo del mal gusto. Al menos del kitsch y el mal gusto gringos, que llegados al punto en que nos encontramos, ya son el kitsch y el mal gusto mundiales.

No acabábamos de recuperarnos del empalagoso Superbowl y su midtime show, cuando llegó la insoportable cursilería del San Valentín. El pobre santo no ha de tener culpa. O sí. Algún grave pecado ha de haber cometido en vida para que su nombre se vea embarrado en esa pegajosa melcocha. Y no habían cesado aún las náuseas cuando aparece el peor y más dañino de los ataques al buen gusto y a la salud pública. La cereza del pastel infame, de ese chantilly intragable: los bienaventurados premios Oscar, que esperemos pronto el Señor acoja en su gloria. Aunque no parece tener para cuándo (a los sufridos mexicanos nos tocó, además, atragantarnos con la repasada que nos otorgó el Santo Padre, pero ése ya es otro cantar).

Empecemos por decir que los verdaderos ganadores del Oscar no fueron ni Spotlight ni DiCaprio ni Inárritu ni Lubezki. Ni siquiera la osa. Los auténticos vencedores fueron, en primer lugar, la cadena ABC, titular de los derechos, y toda la recua de fiduciarias en el planeta entero, junto con los cientos o miles de “patrocinadores” del sainete más grande del mundo. Y, por supuesto, Oscar de la Renta, Louis Vuitton, Carolina Herrera, Christian Dior, Dolce & Gabbana, Giorgio Armani, Versace y toda la mariconería fina de la emblemática alfombra roja, el genuino escenario.

Ya que, déjeme decirle, cinéfilo lector, que los Oscar tienen muy poco que ver con el cine. Con el cine-cine, entendámonos. Ni siquiera la palabra tienen. Para ellos los movie theaters y sus pictures no son más que un entretenimiento. Y, por supuesto, un jugoso negocio. No porque sí, y sin enrojecer ni tantito, lo califican de showbussines. A pesar del pomposo nombre de la “Academy of Arts”, el arte no cabe. El séptimo arte no ha pasado por ahí, más que en contadas excepciones en los casi 90 años del deplorable menjurje.

Si está usted al corriente de la gran simulación, tal vez no sea una sorpresa, pero no dejará de ser un escándalo el enterarse de que de las grandes películas de la historia y de los grandes realizadores, los capos del Oscar no tienen ni idea ni conocimiento. Para darnos tan sólo un quemón, permítame decirle que han estado ausentes, entre otras, figuras de la talla de Chaplin, Buster Keaton, David Lynch, Ken Loach, Sam Peckinpah, Arthur Penn, Roger Corman o Brian de Palma. Es esta una lista que improviso al botepronto. Faltan muchos otros nombres de peso abrumador. En los que sí reparé y quise dejar al final son nada menos que Stanley Kubrick (al que sólo se le otorgó el premio a “los mejores efectos visuales” por su extraordinario 2001), Alfred Hitchcock (al que premiaron Rebecca, pero que nunca fue el mejor director) y nada menos que Orson Welles, que para los insignes cheerleaders de la Academia, simplemente no existe. Y fíjese, amigo mío, que en la relación anterior únicamente incluyo cineastas en lengua inglesa, categoría que, en los premios Oscar, distinguen especialmente. Si nos vamos al resto del panorama cinematográfico mundial, la situación es mucho más lamentable. Catastrófica diría yo.

Directores del cine mexicano, por ejemplo, no hay ni uno. Ni Alejandro Galindo ni Rogelio A. González ni Luis Alcoriza ni el Indio. Ni Gámez ni Ripstein. Buñuel nunca fue el mejor director. Sólo fue premiada El discreto encanto de su segunda etapa francesa. Ni Los olvidados ni Nazarín ni Viridiana existen.

Consolémonos, el resto de América Latina está peor. Ningún gran director. Únicamente dos películas, argentinas ambas: La historia oficial y El secreto de sus ojos. De Tomás Gutiérrez Alea, Víctor Gaviria, Eliseo Subiela, Glauber Rocha, Miguel Littín y toda la cohorte, ni sus luces.

Sin embargo, es en Europa donde la magnitud del atentado al cine alcanza niveles criminales. No tengo espacio ni hígado. Sólo le menciono un puñado, un poco al azar: no están ni Visconti ni Antonioni, ni Saura ni Juan Antonio Bardem, ni Manoel de Oliveira, ni Godard ni Chabrol. Ni Miklos Jancso ni Emir Kusturica. Ni Werner Herzog ni Rainer Fassbinder, ni Tarkovski ni Paradzhánov. ¡Ni Sergei Eisenstein!

De Japón sólo conocen a Kurosawa. Pero de Oshima ni sospechan. Del genial australiano Peter Weir y del enorme bengalí Satyajit Ray, tampoco. En cuanto a Irán, Oriente Medio y África, no me haga usted reír.

Tal es el desolador paisaje. Alguna vez la inolvidable Catherine Spaak dejó caer: “Tener éxito en Estados Unidos es sólo cuestión de saber convertirte en mercancía y estar en buenas manos; el cine allá no se encuentra en las pantallas sino en las taquillas”. En efecto, la oferta cinematográfica ha de ser banal y rentable. Nunca problematices. La receta es: sé fácil, hábil y embaucador.

Para establecer lo único que unifica el repertorio ofrecido, recordando el genial adagio de esa rutilante actriz, es suficiente tener imbuidos los intereses sobre todo aviesos. Toda oportunidad de obtener lucimiento implica ser totalmente obsecuente, poner en rescoldo recursos extraordinarios tejiendo expectativas.

En fin, allá los gringos y su concepción del cine. Como en cualquier timo, no obstante, la culpa es más del timado que del timador. Quien se vaya con esa estafa, merecido lo tiene. Sólo me duele que hayan escogido para tan deleznable fin el nombre del incomparable Wilde. Si alguien no tiene nada que ver con tal chapuza es él. No se vale.


domingo, 14 de mayo de 2023

Miarramiau


  08 de Marzo de 2016  


En segundo término porque da una pobre imagen de nuestro país, reducido a república bananera inepta para velar por la propia seguridad de su ciudadanía, y garantizar, hasta los límites razonables, el cumplimiento estricto de las penas penitenciarias. Como quien dice, equivale a confesarse incapaz. Fallido.

Y en tercer término porque, al anunciarla como un hecho consumado, el Jefe del Ejecutivo se está pasando por el perineo las atribuciones de otro de las tres Poderes de la Unión, el Judicial, en principio del todo independiente, y que es al que corresponde determinar si tal extradición procede o no. Y tal desacato el mandatario lo comete, sin rubor alguno, en público, frente al más selecto y amplio de los públicos, diría yo. Al límite de la obscenidad.

El asunto, sin embargo, se vuelve más grave aún si se considera que, de antemano, todo indica que la susodicha deportación violaría de manera flagrante la legislación mexicana en la materia, pues el reo —convicto de algunos delitos e indiciado en otros— no ha terminado de purgar su condena por los primeros, impuesta por un juez mexicano, ni ha concluido el proceso, también bajo jurisdicción nacional, por los segundos.

En otras palabras, la cuestión es doblemente grave: no sólo se vulnera la potestad soberana del Poder Judicial, sino que muy presumiblemente se vulneran incluso las leyes mismas.

No parece haberse tratado de un simple descuido, de un desliz más por parte del Presidente. Estoy convencido de que tenía buenos motivos para decir lo que dijo, donde lo dijo y cuando lo dijo. Ignoro sí, cuáles sean dichos motivos, pero aseguraría que existen y que son de peso. El que El Chapo sea un delincuente de “alta peligrosidad”, como lo calificó él mismo, no constituye en absoluto una buena razón, pues nuestra legislación no lo considera causal de extradición.

Hay pues gato encerrado. Y ese gato, estos días, ha lanzado maullidos estridentes y no cesa de arañar las paredes. Por un lado las flamígeras declaraciones de Rosa Isela Guzmán, la presunta hija mayor del capo, y según las cuales la fuga del penal de El Altiplano “habría sido pactada” y que de su padre habría financiado a altos personajes de la política mexicana (la más amarillista, marginal y vomitiva prensa de nuestro país se atreve incluso a mencionar por su nombre al presidente Peña). Sin embargo la locuaz y próspera empresaria no da nombres ni cita fuentes, así que las “sensacionales” revelaciones quedan en agua de borrajas.

Ello no impide que debamos considerarlas sintomáticas y que algún propósito tenga el menear el fondo de la cazuela. Propósito que, de momento, no se vislumbra, pero que nos obliga a estar alerta a las posibles secuelas.

Con tales exabruptos coinciden las afirmaciones, mucho más serias, de los abogados de Guzmán Loera. Afirman que su cliente está siendo sometido a un trato inhumano. Obligado, a pesar de tenerlo enjaulado en permanencia, a “pasar lista” catorce veces durante el día y tres durante la noche, que es acosado ex profeso por toda clase de ruidos (de ladridos feroces a constantes chirridos de lámina) que le impiden conciliar el sueño. El Excélsior de ayer lunes informa, además, que desde enero no ha podido ver a sus abogados.

Esto, amigo mío lector, se llama tortura. Aquí y en China. Y viola los más elementales preceptos de los derechos humanos. ¿Será necesario recordar que dichos derechos han sido formulados para amparar y proteger de los abusos de poder a los reos y a los perseguidos? Los hombres de bien no requieren dichos derechos. Y no olvidáramos nunca que los delincuentes, todos los delincuentes, no han hecho más que delinquir. Y que conservan íntegra su condición de seres humanos y que como tales son merecedores del trato digno y respetuoso que tal condición conlleva. Ignorarlo es medieval.

Es así que desde hace 227 años la humanidad lucha contra la inhumanidad, y que el combate por una justicia justa y por una legislación ecuánime y respetuosa de los castigos, corporales o no, no ha cesado. Y que pasar por alto el pensamiento de Michel Foucault o Concepción Arenal, constituye un crimen.

Promover entonces las opciones normativas, emplear sólo técnicas adecuadas para establecerlas limita omisiones negligentes. Entre las premisas esenciales resulta razonable impedir tentaciones opresivas, cuestionando las atribuciones relativamente opacas.

Quién sabe cuáles son los engranes maestros que se mueven en torno al proceso de Joaquín El Chapo Guzmán. En todo caso sabemos que son ingentes, que rechinan y crujen. Que no parece haber manera de aceitarlos. Y que ahí hay atrapado un gato. Miarramiau.


Marcelino Perelló

La gran metamorfosis


  09 de Marzo de 2016  


El siglo XX, no cabe ninguna duda, representó una auténtica convulsión de la cultura humana. Lo trastocó todo. Ni una sola certeza quedó en pie. No sólo el mundo ya es otro, sino que ni siquiera sabemos a ciencia cierta cuál es ese nuevo mundo en el que nos encontramos y a dónde conduce.

El siglo XX fue una revolución en todos los planos del quehacer y del que pensar. Sólo comparable al siglo IV a.n.e, llamado el de Pericles o el XVI, cuando hizo erupción el Renacimiento.

El gran maremágnum no conocerá límites ni riberas. Aparecerá el arte abstracto y la música concreta, los performances y las instalaciones. El rock y la canción protesta. La contracultura y el arte efímero. Los jeans y las minifaldas. El bossa nova y la canción de autor. El boom de la novela latinoamericana y el jazz.

La automatización y la masificación. La mediatización, la explosión demográfica y el torrente democrático. La plaga del transporte por todos los medios. La destrucción del medio ambiente y la extinción de miles de especies vegetales y animales. La embestida del cáncer y la irrupción del sida. Guerras de magnitud e intensidad nunca antes soñadas. Ni en las peores pesadillas. El genocidio de los judíos en Europa y de los japoneses en Oriente.

No obstante es en el plano de la organización social donde las mayores conmociones se producen. El triunfo de la primera revolución socialista en Rusia modificará para siempre más los códigos de convivencia. A pesar de que dicha revolución haya entrado en receso indefinido. La impensable y deslumbrante Revolución cubana. La guerra de Vietnam y la derrota estrepitosa del Imperio. La abrupta y definitiva descolonización africana.

La guerrilla latinoamericana, desde Lucio y Genaro en México hasta los Tupamaros en Uruguay, pasando por Yon Sosa en Guatemala, los Farabundo Martí en El Salvador y los sandinistas en Nicaragua. Tirofijo Marulanda en Colombia y Douglas Bravo en Venezuela. Hugo Blanco en Perú y Marighella en Brasil. El continente se inflama.

La reivindicación sindical, que venía de lejos, conoció a inicios del siglo, un auge importantísimo, sobre todo en su vertiente anarquista. Un solo ejemplo basta. Escojo la huelga textilista de Cataluña en 1913, de las pocas triunfantes. Y de una magnitud inaudita. Movilizó a cientos de miles de trabajadores. Dirigida por el legendario Ángel Pestaña, se convirtió en el modelo a seguir en los años siguientes en toda Europa.

Pestaña encontró numerosos seguidores obreros en núcleos vecinales ordinariamente segregados. Mientras impugnaba veredictos injustos, tajante aborreció negociar arreglos para recibir ofrecimientos pecuniarios. Tampoco aceptó nunca meterse en vericuetos abogadiles.

En Estados Unidos también cundió el ejemplo anarcosindicalista, que fue ahogado en sangre. Sacco y Vanzetti. Y el movimiento negro. El soft del reverendo Martin Luther King, y el hard de Malcolm X y sus Panteras Negras. El asesinato de ambos. El de Marilyn y el de los hermanos Kennedy. La prohibición y el crack del 29. Y Watergate.

El pacifismo y el ecologismo. La cultura hippie y los escritores gringos rabiosos, la generación beat, de Kerouac a Ginsberg y Burroughs. El video casero. El auge y la comercialización del porno.

No obstante fue en el campo de la ciencia y el saber dónde se producen los mayores fuegos de artificio. Surgen simultáneamente la teoría de la relatividad y la de la mecánica cuántica. La primera referida al macrocosmos y la segunda al microcosmos. Aún no ha sido posible elaborar la llamada y ansiada “teoría unificada” que las haga compatibles; sin embargo, ahí están ellas, inconmovibles, dejando claro que en el mundo real las cosas no son ni suceden como las pensábamos. El tiempo, por ejemplo, transcurre a veces más rápido y a veces más lento, e incluso, en el colmo, en ocasiones al revés, y los efectos preceden a las causas. Con el espacio resulta que sucede algo semejante, y ya nada es como creíamos que era.

La maldita broma se la debemos a una cohorte de irresponsables que no tenían otra cosa mejor que hacer que pensar. Sabemos sobre todo de Albert Einstein, para las madresotas gigantes y de Niels Bohr para las madrecitas minúsculas. Pero de hecho son miles los responsables de tal desacato.

En el terreno de la biología aparecen los genes, los cromosomas y ese atolondrador espiral del ADN, con toda la recua de la biología molecular, de la mano de un tal James Watson y su contlapache Francis Crick, que no sólo ponen de cabeza lo que creíamos saber, sino también lo que podíamos hacer, como los clones o los transgénicos. Qué desmadre.

Aparecen las vacunas y los antibióticos, los coches y los aviones, la píldora anticonceptiva y el rayo láser. El radio, el cine y la televisión. Los viajes espaciales, los rascacielos y el aire acondicionado. Los transistores y las computadoras, los teléfonos y la bomba atómica. El plástico y los chunches desechables. Los refrigeradores caseros y las estufas a gas. Ya nada será como antes.

Todo eso, sin embargo, lo que digo y lo que callo, la gran eclosión queda a la sombra del mayor y más brillante logro del siglo. Logro de consecuencias inabastables e impredecibles. Y cuyo advenimiento configura de manera inequívoca e irreversible todo el futuro de la raza humana. Nada es comparable con ello. La clave de toda la gran metamorfosis de nuestra sociedad es el brillo enceguecedor y el estallido ensordecedor de la irrupción de la mujer en el mundo.


Marcelino Perelló

sábado, 13 de mayo de 2023

La mochitanga

 


  15 de Marzo de 2016  


Da igual. El significado del juego en sí tal vez es obscuro, pero el de la democracia con la que lo compara es del todo transparente. Por demás está decir que en ese punto coincido plenamente con la apreciación del cacique huasteco. He dicho y repetido que la mentada democracia será muy cratos pero muy poco demos. Mucho poder pero muy poco pueblo. Se trata de un gran engañabobos. Cita por cita, se atribuye a Talleyrand la de “no hay peor tiranía que la de la mayoría”, apotegma agravado por los mecanismos que entran en juego para hacerse de tal mayoría. En México tenemos la fortuna de haber acuñado el término que desvela toda la triquiñuela: el “mayoriteo”. No puede ser más exacto.

De hecho la propaganda política y la publicidad comercial son hermanas gemelas. Más que gemelas, siamesas. Y los procedimientos por los cuales cada una seduce, conquista y se agencia clientes son del todo análogos. Las mismas mentiras, los mismos edulcorantes. Y la misma vaselina para que eso penetre más fácilmente. Las dictaduras no son mucho mejores, lo reconozco, pero tienen la ventaja de ser menos hipócritas. Una de las manifestaciones más ilustrativas del carácter ficticio de la democracia se está produciendo desde hace semanas y lo seguirá haciendo durante meses, entre nuestros vecinos de septentrión. Resulta, oh paradoja, que el más detestable de los precandidatos es, al mismo tiempo, el menos retorcido. Muchas cosas podrán reclamársele a Mr. Trump, excepto el que tenga pelos en la lengua.

El pintoresco Donald ha dicho muchas sandeces, pero también se han dicho muchas sobre él. Sería necesario, si no fuera inútil, poner y quitar pesas en ambos platillos de la balanza. La historia, esa del famoso muro, por ejemplo, debería ser aquilatada con ecuanimidad si no fuera una fantasía delirante y ridícula. Sería una bendición, para no ir más lejos, impedir el tráfico de estupefacientes hacia el norte y el de armas hacia el sur. Gran parte de los graves problemas que aquejan a nuestro país se esfumarían.

Lo terrible es que al mismo tiempo se impediría la migración masiva de trabajadores indocumentados hacia la margen izquierda del Bravo, lo cual constituiría, y eso lo sabe Trump, una auténtica catástrofe para las sociedades yanqui y mexicana y su sendas economías. En efecto, los gringos no podrían prescindir de la mano de obra baratísima que los mojados les ofrecen, y por otro lado nosotros no sabríamos qué hacer con ellos si efectivamente los obligaran a regresar. Sería una doble hecatombe. Es preciso defender a cualquier precio la ilegalidad. Apuntemos, sin embargo, que únicamente una parte de la población estadunidense se ve beneficiada con la presencia de la población ilegal. Los trabajadores y empleados locales, así como los inmigrantes legalizados obviamente no ven con buenos ojos que se dejen venir auténticas cohortes de miserables dispuestos a realizar el mismo trabajo que ellos, a mitad de sueldo, sin prestaciones ni seguridad social. No pueden no verlo como una competencia desleal.

De ahí buena parte de la relativa popularidad del bufón. No obstante, para todo el mundo debería quedar claro que la propuesta de Trump es del todo irrealizable. Mera verborrea escénica para goce de la galería. Es absurdo lo que dice y es absurdo que haya quien no lo considere absurdo. Y más que absurdo es irrisorio que las autoridades mexicanas se lo tomen en serio, le respondan y le otorguen un crédito y un rango que de ninguna manera merece. Penoso.

Figuras estrambóticas han poblado el paisaje político de todo el mundo y en todas las épocas. Desde Calígula que invistió cónsul a su penco Incitatus, hasta Abdalá el cómico ecuatoriano que llegó a presidente, pasando por Idi Amín Dadá que se nombró rey de Escocia, o Boris Yeltsin que gustaba ponerse hasta las cachas y bailar rock.

Políticos extravagantes raramente rehúsan intervenciones teatrales o sarcásticas. Vuelven inesperada cada aparición tornando irresistible esa notoriedad emperifollada de ocurrencias socarronas. Detentan el poder en las ocasiones sombrías.

Sin embargo, ese no parece ser el caso hoy en Estados Unidos. Por dignos de consideración que realmente puedan ser algunos de los exabruptos de Donald Trump, no deben ser vistos ni valorados sensatamente. Su único papel es el de hacer un poco más presentable, conveniente y convincente el triunfo de la más bien insulsa madame Clinton. Ser mujer está de moda en el mundo, es cierto. Pero ni siquiera así el pobre Bill volvería a habitar la Casa Blanca, esta vez como “Primer Caballero”, si no fuera gracias al palero-patiño-comparsa de su esposa. La cosa no deja de ser divertida, reconózcalo pícaro lector. Veamos si el Salón Oval no vuelve a hacer de las suyas.

Lo dicho: mera mochitanga, Don Gonzalo.


Marcelino Perelló


viernes, 12 de mayo de 2023

El sabor de la miel

 



  16 de Marzo de 2016  


El propio Karl Marx reconocía que el término “comunismo”, que utilizó para definir el movimiento que fundó y encabezó, no lo acababa de convencer. Hubiera preferido, aseguraba, el de “socialismo”, que reflejaba con más exactitud su proyecto. En efecto, era la sociedad en su conjunto la que él oponía a las motivaciones individuales, familiares o de clase.

Sin embargo, le preocupaba que la denominación ya era utilizada por los pensadores y activistas anteriores y que él definía como “socialistas utópicos”, entre los que había nombres tan destacados y prestigiosos como los de Fourier, Saint-Simon, Owen o Proudhon. Su inquietud casi obsesiva por diferenciarse de los anarquistas contemporáneos, y muy en particular de Nicolás Bakunin —con quien, a pesar de todo, acabaría concurriendo en Londres en la Primera Conferencia Internacional de los Trabajadores de 1864— lo hicieron optar a regañadientes por el concepto de “comunidad” que no acababa de encajar en el de sociedad.

Ello, no obstante, permitió y abrió las puertas a una reflexión muy interesante, fértil y amplia sobre las formas de organización social, más allá de los márgenes difusos y a la vez estrechos que la noción de sociedad imponía. En particular posibilitó la consideración de estructuras primitivas, estrictamente “presociales”, de donde acabaría brotando, por una parte, el brillante análisis del materialismo histórico, el estudio de la evolución de las formas familiares antiguas, de la mano de Lewis H. Morgan, y su proyección sobre el plano social. Además, y éste no es un aspecto menor, el nuevo significante también invitaba a considerar las formas del comportamiento gregario de otras especies animales que de alguna manera aludían al proyecto comunitario humano. Por demás está decir que dichas especies fueron mucho más ilustrativas en el caso de los heminópteros, abejas, avispas y termitas, que desde la más remota antigüedad ya habían interesado y fascinado a los estudiosos. Con el propósito de acercarse a los fenómenos de la horda, la tribu y el clan, fueron objeto de atención, sin duda, las especies de grandes mamíferos, etiológica y filogenéticamente mucho más cercanas al hombre. También las aves, en otro sentido, más “asociativo”. En particular los ánades y sus conductas familiares y migratorias. La visión “comunitarista”, sin embargo, llevaba a prestar mucha mayor atención a las formaciones entomológicas, con toda la carga de “altruismo”, “colaboracionismo” y “disciplina” que las caracteriza. La dicotomía que opone el individualismo feroz de la sociedad capitalista a la generosidad colectiva y compartida del pensamiento cooperativista, socialista y comunista, encontraba un modelo harto atrayente y edificante en los bichitos de seis patas.

Démonos cuenta que ahí reside toda la cuestión: individuo vs. colectivo. En términos hegelianos y del propio materialismo dialéctico marxista son las llamadas “unidad y lucha de contrarios” por una parte, y la “negación de la negación” por otra. De qué estímulo vivencial predomine dependerá el sentido en el que se inclinará la balanza.

La óptica tomista del instinto conservador de la especie no resuelve el enigma. Tanto la pulsión egocéntrica y egoísta como la asociativa y solidaria garantizan, ambas, la sobrevivencia estricta. La diferencia estriba en el “modo” en que tal objetivo es alcanzado. Y el quid de esa diferencia reside en valores de otra índole, ligados sin duda al principio del placer y del goce; de la satisfacción y la realización. Bien es cierto que a mediados del siglo XIX, cuando florecen las teorías sociales revolucionarias, todavía queda lejos el estudio de la sique y del inconsciente que guiará el deseo y su cumplimiento. El abordaje de las pasiones, de manera sistemática, y que había sido interrumpido después de la deslumbrante eclosión de la Grecia clásica, está aún en pañales. Marx antecede a Freud. O dicho con más precisión, el brujo vienés llega tarde, y eso lo complicará y lo sigue complicando todo.

Mientras tanto, tan conchas ellas, las abejas mantienen inmutables sus reglas y hábitos milenarios. Se trata de una sociedad que no evoluciona, lo que no puede no llamar la atención. Pero, cuidado, no simplifiquemos lo que no es simple. Existen más de veinte mil especies dentro del género apis, y cada una tiene características diferenciales en todos los planos. Las conductas y las respuestas a las contingencias del entorno pueden variar muchísimo.

El gran entomólogo alemán August Pollmann, antes de la muerte de Marx ya había establecido que las normas de convivencia, el enfrentamiento endógeno y exógeno de las dificultades, y el comportamiento pacífico o agresivo de ciertas colonias de abejas podía ser asombrosamente variable.

Pollmann obtuvo nuevos grupos al subdividir especies, asentando la tipología inherente revisó obsolescencias. Al hacerlo inmediatamente los estudios volviéronse oportunos y Maeterlinck incluso violos indispensables.

A tal punto que la abeja Apis mellífera carnica identificada por él, a diferencia de las otras subespecies, constituía una sociedad especialmente inédita y atractiva, de conducta y eficiencia conjugadas, y que no podía no ser imaginada como un posible modelo a seguir por el género humano.

En la entrega anterior me preguntaba yo, que es una manera de decir que le preguntaba a usted, sagaz lector, si podríamos hablar de la “felicidad de las abejas”, elongando conceptos de modo sin duda abusivo. El descubrimiento de Pollmann y sus pequeñas, plácidas, armoniosas, diligentes y aparentemente contentas amigas, nos permite y autoriza con un poco más de ilusión el pensar que el viejo Karl y toda esa runfla de soñadores no iban del todo errados, y que a lo mejor deberíamos volver a tomarnos en serio la idea de empezar a construir panales y a constituirnos en colmena.

Marcelino Perelló


jueves, 11 de mayo de 2023

El dedo y el atole


  22 de Marzo de 2016  


Hablo en el párrafo anterior de la “práctica” totalidad de los medios. Con toda prudencia tuve el cuidado de añadir el adjetivo que confina la unanimidad. En efecto, aún hay quienes, como yo, deploramos el hecho y, contracorriente, lo consideramos definitivamente una mala señal, un funesto augurio. Sin duda se trata, sí, de un acontecimiento histórico. Pero recurriendo a un no por fácil menos inevitable juego de palabras, es también un acontecimiento histérico.

Utilizo aquí la definición clásica y rigurosa del término. La histeria, contrariamente al uso que se hace normal y equivocadamente del síntoma, es aquel trastorno psíquico que nos hace tomar por verdadero aquello que no lo es. El pasajero del avión que sufre de aerofobia y que ve por doquier indicios de que la aeronave está a punto de estrellarse. El extraño ruido de los motores, ese incesante bamboleo, esas bruscas sacudidas, el rostro crispado de las azafatas, lo indican claramente; no hay ninguna duda, nos vamos a partir la madre.

Si el pobre hombre se pone de pie a lanzar alaridos de pánico o si simplemente se queda acurrucado en su asiento sudando frío, eso ya depende de otros factores. En cualquiera de los dos casos, la histeria está ahí. Y es ella la que le hace ver señales que no existen o que él interpreta de manera errónea. El peligro de la catástrofe y su inminencia no están en el aparato volador sino en el aparato psíquico del viajero.

La histeria, sin embargo, también puede producir ilusiones, alucinaciones, optimistas. Un caso célebre, el que introdujo a Lacan al psicoanálisis, es sin duda el de Marguerite Anzieu, que estaba convencida de que el Príncipe de Gales se hallaba perdidamente enamorado de ella, y por todos lados, en sus discursos y en sus fotografías, veía signos de la pasión que su alteza experimentaba y que le hacía llegar de manera subrepticia, y que sólo Marguerite sabía interpretar correctamente.

En fin, no es mi propósito aquí y ahora disertar sobre tan notable anomalía psíquica. Sólo la menciono y dilucido tantito para sostener hasta qué punto la visita de Obama a La Habana es también un fenómeno histérico. El retroceso es considerado un progreso. Las amenazas se vuelven promesas y se ven buenas intenciones donde sólo las hay perversas.

No puedo no contemplar con amargura y una tristeza profunda cómo las etapas del desmantelamiento de la heroica Revolución Cubana se van cumpliendo inexorablemente, una a una. Ya dije meses atrás, cuando se reanudaron las relaciones diplomáticas entre ambos países, que las aves de rapiña anticipan la muerte de su presa y la sobrevuelan desde días antes. Hoy finalmente el cuervo se posa.

No debería caber ninguna duda de que se trata del principio del final del régimen socialista cubano. La deslumbrante, magnífica, inconcebible travesía parece haber llegado a su fin. Los piratas ya se lanzaron al abordaje de la nave. Tal vez lo más lamentable es que lo hacen con el beneplácito de una buena parte de la tripulación.

Obama no llega a auxiliar. Llega a imponer, a clavar su estandarte. El estandarte de la conquista, de la reconquista. El del capital, el consumo, la libre competencia y la rentabilidad. El terreno ya ha sido previa y cuidadosamente abonado. Dos significativas “concesiones” allanan el camino. Los turistas yanquis ya podrán visitar la isla, alojarse en sus hoteles y gastar unos cuantos dólares a través de la flamante Priceline. Y se ha concedido la posibilidad de que empresas gringas en telecomunicaciones inviertan en Cuba.

Para refrendar el carácter imperial otorgaron sendas anuencias, la última manifestándose inmediatamente nomás orquestada su aplicación. Y bajo restricciones operativas no contempladas antes. Vetaron inversiones con  agencias estatales sólo autorizando sociedades independientes.

Digamos que se inicia un proceso de clara “chinización” o “vietnamización”, por medio del cual se mantiene la mera carcasa, la pura carrocería socialista, pero se transforma el motor, la transmisión, y hasta la suspensión y el tubo de escape. El claxon emitirá también una nueva tonada, más acorde a los nuevos tiempos, “más moderna”.

Hace apenas unos días Raúl recibió a Maduro. Significativamente se ha divulgado muy poco el contenido de sus conversaciones. Tal vez lloraron uno en el hombro del otro. Tal vez ni eso. Y resignados se aprestan a reciclarse y a sobrellevar de la manera menos traumática posible los días contados.

Obama se fue de Cuba. Pero Guantánamo se queda. Tanto la base naval como el campo de concentración. El bloqueo también sigue ahí, cuasi intacto. Es más que probable que dentro de poco los cubanos puedan gozar de internet, eso sí. Poco a poco.

No me haga demasiado caso, entrañable lector, ni comparta necesariamente mi desazón. A lo mejor donde yo veo un entierro hay en realidad un nacimiento prometedor. A lo mejor el histérico soy yo. A lo mejor me equivoco al juzgar todo el entuerto. Y al no ver ahí más que atole con el dedo.


Marcelino Perelló

miércoles, 10 de mayo de 2023

Retaliation

 



  23 de Marzo de 2016  


Escojo para el título de la entrega de hoy un término del inglés, y lo hago de manera legítima, pues se trata de un anglicismo con significado preciso y que no tiene un equivalente satisfactorio al español. Acostumbra a traducirse como “represalia”, pero no es eso. To retaliate significa responder de manera inmediata a alguna agresión. Y es esa connotación de inmediatez de la que carece la supuesta versión castellana.

Es preciso distinguir entre los “préstamos” interlingüísticos que incorporan al tesoro de una determinada lengua significantes nuevos tomados de otros idiomas y de los que no existe correspondiente adecuado. Se trata de un fenómeno común y legítimo, por el cual una lengua se enriquece. Los términos “chofer”, “restaurant”, “taxi”, “bar”, “hotel” o “currículum” son buenos ejemplos, y hay que distinguirlos de los idiotismos, simples apropiaciones sin sentido de palabras extranjeras que sí poseen el equivalente preciso, como “tsunami”, “sexy”, “penthouse” o “grill”.

Lo que sucedió la mañana de ayer martes en Bruselas fue exactamente una retaliation. Una respuesta violenta e inmediata a la espectacular detención dos días antes del líder jihadista Salah Abdeslam, considerado por algunas fuentes como “el cerebro” de los ataques parisinos del año pasado en el salón de fiestas Bataclan.

Sin embargo, la brutal acción de ayer podría tener otra lectura. O, si usted prefiere, una connotación adicional y mucho más perversa. Instalado, como estoy desde hace años, en mi confortable paranoia, no puedo no sospechar que los atentados del aeropuerto y del metro belgas tengan que ver con el grave problema al que se enfrenta estos días la mitad de Europa, frente a la avalancha incontenible de migrantes —refugiados algunos— procedentes de Siria, del Oriente Medio y de multitud de otros países musulmanes.

En efecto, el aluvión es gigantesco e imposible de manejar e integrar. Se calcula que el año pasado llegaron aproximadamente, a través de Turquía y Grecia, dos millones de personas, un millón de las cuales se encuentran hoy asentadas en Alemania. La permisividad del gobierno de la canciller Angela Merkel en este asunto ya le costó un durísimo castigo electoral.

La Unión Europea ya decidió, hace diez días, detener del todo el flujo migratorio y, para ello, llegó a un acuerdo harto discutido e impopular con Turquía, que se compromete a confinar el alud humano en su territorio y no permitir su paso a las costas griegas. Quién sabe cómo piensan hacerlo, si es que lo piensan. En este mismo momento ya hay cerca de tres millones de refugiados en suelo otomano.

Las cosas, sin embargo, son más graves y van más lejos. Pues la resolución del Consejo de Europa no sólo decide detener la corriente de fugitivos sino que, de manera mucho más drástica, regresar a Turquía a cientos de miles de los que ya se encuentran atorados en alguno de los países de los Balcanes.

La medida, por supuesto, ha causado la molestia y la indignación de capas cada vez más numerosas y tal vez mayoritarias de la población de los países afectados, muy en particular de aquellos más ricos: Austria, Dinamarca, Suecia, Francia, Italia y, por supuesto, la propia Alemania. En las calles y en los parlamentos suben de tono las voces que consideran atroz e inhumana la resolución.

Así pues, las acciones guerrilleras —en este caso sí terroristas— en Bruselas, precisa y casualmente sede del Consejo de Europa y de las oficinas centrales de la UE, no pueden no venirles como anillo al dedo. Y lo digo, con todo cinismo y desgarramiento.

En esa línea, la sospecha de que hubiera podido tratarse, como en muchas otras ocasiones a lo largo y a lo ancho de la geografía y la historia, de un autoatentado, no puede tranquilamente ser desechada. El poder es suficientemente frío y descarnado para eso y más. Tendremos que estar atentos a lo que sigue para acabar de sustentar la suspicacia o bien para descartarla del todo.

De otra parte, sin embargo, tampoco puede desdeñarse la posibilidad de que se haya tratado, efectivamente, de una acción bélica de las huestes jihadistas y muy en particular del Estado Islámico, cuya fuerza, beligerancia y crueldad están fuera de toda discusión.

Hablo en el párrafo anterior de guerra. Y de eso se trata exactamente. Las brutalidades cometidas por las potencias imperiales contra los pueblos árabes son antiguas y no han cesado en absoluto. El rencor y la rabia de aquella gente están más que justificados. En particular es especialmente sangriento verse obligado a admitir que los desdichados inmigrantes que hoy invaden Europa huyen de la brutal guerra que los propios europeos han sostenido y siguen sosteniendo en sus torturadas tierras, llevados por su codicia imperial y deshumanizada (todo ello en connivencia, claro, de Estados Unidos, pero ellos, para su injusta fortuna, están más lejos).

Bélgica, en particular, cometió el grave error de comprar una guerra que no era la suya, y hoy tal vez está pagando las consecuencias. Qué lejos queda la hábil y valiente política del exprimer ministro Guy Verhofstadt, que se negó sistemáticamente a hacerse cómplice de tal atropello. Hoy, en cualquier caso, los belgas lo tienen en chino.

Perseguir a rebeldes que utilizan estructuras laberínticas implica neutralizar dispositivos operacionales. Pero ello requiere reforzar organismos secretos, acechar redes de inmigrantes localizando los ambientes sospechosos. Ya Verhofstadt indicó cómo acometerlo.

Sean galgos o lebreles, sean belgas o sirios, gente inocente, buena gente, están pagando los platos que el imperio, en su impudicia e hipocresía, sigue haciendo pedazos sin escrúpulo alguno. Es una vergüenza difícilmente tolerable. Y lo es para el género humano en su conjunto.


Marcelino Perelló

martes, 9 de mayo de 2023

Aguas


  29 de Marzo de 2016  


En Veracruz se dice que desaparecieron, de manera inexplicable (como en todas las desapariciones), tres jóvenes que vienen a añadirse a aquellos cinco de semanas atrás y cuyo caso está lejos de haber sido dilucidado. Se dice que estos últimos habrían sido secuestrados por policías estatales. Algunos de ellos ya han sido detenidos, convictos y confesos, sin que se haya establecido el móvil del crimen. Y digo crimen porque el cuerpo de uno de los levantados ya fue hallado e identificado. De los otros cuatro —ahora siete— aún no se sabe nada.

En el litoral opuesto, precisamente, en el puerto de Acapulco, el número de homicidios y asaltos se ha brutalmente disparado (nunca mejor dicho). Se habla ya de más de un centenar de asesinatos en las últimas dos semanas. Y ello a pesar de la presencia de la enorme cantidad de policías y militares de todos los ámbitos desplazados hasta ahí. A pesar de ellos o debido a ellos, quizás debí decir. Ya no sabe uno.

El caso es que desde hace, por lo menos, un decenio nuestro país se ha vuelto escenario de una multitud exorbitante de delitos de sangre, muchos de ellos asociados a secuestros y extorsiones. Las cifras bailan y es cada vez más difícil escoger a cuáles otorgarles crédito. En estas mismas páginas, Martín Moreno habló de 55 mil homicidios en los primeros 19 meses de este sexenio. Lo cual, si las matemáticas no me fallan, da una tasa de 29 muertes por año por cada 100 mil habitantes.

A su vez, la agencia de Carmen Aristegui da, para el mismo periodo, un promedio de dos asesinatos por hora en todo el país, lo que, recurriendo siempre a la fiel y confiable aritmética, da la cifra de 15 decesos por año por 100 mil habitantes. Es decir, casi la mitad de lo asegurado por Martín. Reconocerá usted, agudo lector, que la diferencia no deja de ser desmoralizante y sorprendente, sobre todo tratándose de Carmen, que no haría esfuerzo alguno por maquillar la cifra.

Desconcertado, me lanzo en busca de datos menos elásticos y me sumerjo en las aguas turbias de las estadísticas. El resultado, ya lo adivina usted, no es en absoluto satisfactorio. En particular, sin embargo, la cifra que aparece con más frecuencia y, por lo tanto, suena más verosímil es la de 21 asesinatos por año por 100 mil habitantes. Al menos, esto es lo que afirma el portal de BBC Mundo que se basa en el informe de la Agencia de la ONU para las Drogas y Crímenes, en su Estudio Global sobre Homicidios. Ambos de 2014.

Tal vez a usted le interesará consultarlos directamente. Son análisis comparativos, relativamente creíbles y muy interesantes. Le paso los links.

El de la BBC: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/04/140408_onu_informe_homicidios_.... El de la UNODC es: http://crimisite.com/wp-content/uploads/2014/04/2014_GLOBAL_HOMICIDE_BOO....

Este último es muy prolijo y detallado, por lo tanto considerablemente largo, pero si de algo le vale mi consejo, dedíquele unas horas a leerlo y otras tantas a pensarlo. Me lo agradecerá. Es muy ilustrativo y se llevará usted, como yo, más de una sorpresa.

Entre ellas, por ejemplo, la de que a pesar del alto índice de crímenes en nuestro país, éste no es más que el décimo en nuestro continente. Por encima de nosotros se encuentran, entre otros, Brasil, Colombia y Venezuela. El dudoso honor del primer lugar lo ocupa Honduras con 90 homicidios por año por cien mil habitantes. Arriba de cuatro veces más que nosotros. Puta madre.

Son varias las conclusiones que de todo ello se pueden y deben extraer. En primer lugar habremos de admitir que a lo mejor la situación en México, siendo grave, está siendo, además, seriamente exagerada por los medios y por una opinión pública sedienta de sangre. A lo mejor. De ello hablaré la semana que viene.

Además, de los estudios en cuestión aparece que el índice en Europa es bajísimo y anda alrededor de las cinco muertes por año por 100 mil habitantes. Y que, además, está disminuyendo. Ello nos lleva a sopesar causas y efectos de toda índole. El nivel económico y cultural es determinante, por supuesto. Al igual que el vigor de los códigos morales de convivencia. Pero también lo es la eficiencia policiaca, demostrada con creces en los últimos ataques terroristas, cuyos autores fueron detenidos pocas horas después de cometido el atentado. La pregunta es si tal eficiencia es encomiable. Si se trata simplemente de reducir los índices delincuenciales la opción de aumentar la presencia y el poder de los cuerpos de seguridad es, sin duda, la correcta. Sin embargo, hay otros aspectos en juego.

Para resolver otras cuestiones la alternativa muestra ambigüedades. Vuelve inútiles consideraciones abordando el soporte moral invocado anteriormente, y legitima operaciones simbióticas entretejiendo relaciones amañadas. Sustentarlas implica  emplear métodos policiacos resueltamente escabrosos.

La hipertrofia de los cuerpos de seguridad implica el control informático de la población y la infiltración masiva de los núcleos marginales y delincuenciales, a través, por ejemplo, de un auténtico ejército de soplones e informantes. ¿Es todo ello realmente deseable? ¿Se estarán acercando los europeos a la pesadilla de un 1984 tardío? Quis custodiet ipsos custodes, se preguntó con toda razón el clásico. ¿Quién vigilará a los vigilantes? Vamos viendo. Aguas.

Marcelino Perelló

miércoles, 3 de mayo de 2023

El Holandés Volador

 






  30 de Marzo de 2016  


Dicen que ya no hay que decir Holanda sino Países Bajos. Así dicen, pero yo digo que seguiré diciendo Holanda porque así me lo enseñaron en la escuela y la escuela es sagrada. Pero, además, porque aquellos que optan por la denominación moderna, y dizque precisa, se ven en problemas a la hora de referirse a los nacidos en aquel país. No se atreven a decir “paísesabajeños”, ni siquiera “abajeños” que queda menos contrahecho, pero con un cierto perfume vernáculo que no acaba de convenir a Rembrand, de manera que se ven obligados a ceder de todas maneras y a llamarlos holandeses.

En todo caso, Holanda ha sido siempre un país simpático. Probablemente el más simpático de los países. Simplemente porque adoran los tulipanes y detestan a los alemanes. Además, es la tierra de los zuecos de madera, de las tocas aladas de las chavas, como si fueran Hijas de la Caridad (que ciertamente no lo son), del libre consumo de mota, de los molinos de viento y de los laberínticos y ensoñadores canales de sus ciudades. Por si eso fuera poco, es además la primera patria de Johan Cruyff. La segunda fue Cataluña.

Cruyff se fue, se nos fue el jueves. Él, que todo lo driblaba, no pudo driblar a la muerte. La parca lleva faldones y eso lo hace todo más difícil. Johan fue de los pocos deportistas de élite que fumó toda la vida, desdeñando olímpicamente la histeria paranoica que se apoderó de los antitabaco del mundo desde hace dos decenios. No murió joven, pero tampoco demasiado viejo, y él mismo atribuyó el cáncer terminal que lo sacó de la cancha a su tan pernicioso como delicioso e irresistible hábito. Quién sabe. Nunca entendió que la única causa de muerte es la muerte misma.

Que el cigarro no es terapéutico es indiscutible, pero que el cigarro sea letal no lo es. Fumadores compulsivos e inveterados han sido notablemente longevos. El gran escritor gringo Kurt Vonnegut presentó una demanda contra la Phillip Morris, pues en sus cajetillas le aseguraba que quemando su tabaco se iba a morir y que él llevaba 70 años humeando como chacuaco y nomás no. Incumplimiento de contrato, amenazas e intimidación. Murió sin ganar su litigio a los 86 años. El enorme barítono Dietrich Fischer-Diskau se echaba dos cajetillas diarias de sus infaltables Pall Mall, entre aria y aria, y dejó de cantar y de respirar a los 87.

A nuestro Johan le sacaron la tarjeta roja antes, pero lo bailado, lo fumado y lo driblado no se lo quita nadie. De todos modos no se puede quejar. Entre otras cosas, porque los muertos no se quejan, pero además su vida fue plena, completa y pletórica. Una docena de años más o menos no hacen diferencia alguna. Supo vivir y supo morir. Ese es el secreto.

El alma de aquella Naranja Mecánica fue un futbolista inimitable. A su habilidad habría que añadirle la gracia, la elegancia y la audacia. Es un poco absurdo querer compararlo con otros grandes de la grama, pero fue incomparable. Para dicha nuestra, y vanidad suya, surge cuando ya existe el video, y usted y yo y millones más podemos deleitarnos con sus filigranas. Si en alguna ocasión desea usted, adusto lector, separar sus mandíbulas más de lo natural, mire a Cruyff. Sólo si es usted futbolero, claro. Lo dejará con la boca abierta y tendrá usted dificultades para volverla a cerrar.

Su carrera futbolística fue deslumbrante, de principio a fin. En el Ajax y en el Barça, por supuesto. Como jugador y como técnico. El balompié es otro después de él y nunca volverá a ser el mismo. Pero en este brevísimo e insuficiente homenaje quiero destacar aquí la manera en la que terminó su centelleante y prolongada carrera como futbolista.

Es común en muchas figuras el no saber rematar. El acabar mal. Dando lástimas por ahí. El final de la carrera de Cruyff fue la excepción. Inigualable. A los 35 años de edad quiso terminar su galopar por las canchas en el mismo equipo que lo vio nacer, el Ajax de Ámsterdam, pero la directiva consideró que ya estaba acabado y lo despachó. Fue entonces cuando, en un dribling más, se permitió un alarde impensable.

Él no hubiera nunca pensado en fichar para el Feyenoord de Rotterdam, el eterno e irreconciliable rival del Ajax. La insistencia del asesor Rik Vercauteren topó siempre con su negativa. Pero el rechazo del team de toda su vida funcionó como un desafío y reconsideró la oferta del belga. Los de Rotterdam no cejaban.

Para intentar obtener tratos redituables, Feyenoord aceptó recibirlo inmediatamente y Vercauteren intervino convenciéndolo ahora. Tuvo resultados inicialmente óptimos ganando encuentros notables, incluso arrastrando lesiones. Inesperadamente nuevas dificultades interpusieron serios obstáculos lastrando un buen liderazgo exigente.

Sin embargo, con el equipo a cuestas superó todos los escollos, llevando a sus antiguos rivales a ganar tanto la Liga como la Copa, ante un Ajax cabizbajo y avergonzado. No pudo haber un fin de fiesta más brillante. La traca final de una vida de fuegos de artificio.

Dicen por ai que Cruyff es el neerlandés más ilustre, luego de Van Gogh. Es sin duda una broma, pero una broma elocuente. Johan fue mucho más que un gran deportista. Recuerdo, emocionado, al jugador inconcebible. Pero memoria en llamas al gran antifascista, gran catalanista, gran indoblegable. A aquel inabastable Holandés Volador.


martes, 2 de mayo de 2023

La séptima etapa


  05 de Abril de 2016  


La expresión mass media, que derivó simplemente en media, medios, es suya y la acuña, precisamente, en ese texto. Así, según el deslumbrante canadiense, la evolución de la sociedad contiene seis etapas.

La primera, en la más antigua de las prehistorias, es aquella en la que aún no surge la lengua hablada propiamente dicha. Ésta no aparecerá sino hace unos 100 millones de años y durará hasta hace 10 mil cuando aparece la escritura. La cuarta etapa la protagoniza, precisamente, la aparición de la imprenta y la posibilidad de reproducir escritos de manera ilimitada. Tal descubrimiento, a mediados del siglo XV, representa el prodromo del Renacimiento y el inicio de la cuarta etapa.

La quinta la señala la irrupción de la radio, en la segunda mitad del siglo XIX y su difusión masiva en el XX. Y la sexta, que constituye el desencadenante de la reflexión macluhiana, es el advenimiento de la televisión en la última posguerra a mediados del siglo XX.

La séptima, ay, no alcanzó a conocerla. Y se trata de la entrada en escena de la computación, internet, las redes sociales, los smartphones y todo el menjurje. Yo habría dado un ojo de la cara para tener el privilegio de conocer el estudio y las reflexiones del insustituible Marshall sobre este nuevo y avasallador medio.

Y es que, dejémoslo claro, la óptica de McLuhan no es una simple compartimentación inocua de la historia, sino que cada medio marca de manera ineluctable e indeleble todas las otras variables de la correlación social. Lo que Marx hizo a partir del desarrollo de los medios de producción, el pensador de Edmonton lo elabora a partir del de los de comunicación.

A esta altura, no cabe ninguna duda de la pertinencia de su abordaje. Hoy en día, nadie cuestionaría el papel nodal de la internet en la política, la economía y la cultura contemporánea, a nivel planetario. El concepto mismo de “globalidad” es sólo posible gracias a la web.

Las posibilidades que tal instrumento poderosísimo, al borde de la magia ofrece, no han dejado de despertar el entusiasmo de muchos. Permítame decirle, caro lector, que yo no me encuentro entre ellos. Me muevo, pajareando, entre la cautela y el pesimismo. Los canales de comunicación se han multiplicado exponencialmente, cierto, pero me temo que la cantidad de información que circula por ellos no sólo no ha aumentado sino que se ha visto sepultada por el alud de interferencias, de “ruido informacional”.

Se dicen muchas mentiras. Y muchas pendejadas. Muchísimas. Y tales falsedades, exageraciones, mistificaciones y mamadas encuentran un eco formidable, que ni en el Gran Cañón. Son replicadas una y otra vez, ad infinitum, y paso a paso se van desnaturalizando aún más, hasta llegar a extremos definitivamente grotescos, pero no por ello menos compartidos.

Ese mismo fenómeno ya lo había detectado McLuhan en las etapas anteriores, con énfasis especial en la de la radio y en la de la televisión. La entropía, es decir el desorden, crece de manera irreversible. Ésa es la segunda ley de la termodinámica que encuentra su símil perfecto en la teoría de la información. Ya decía el inolvidable Trespatines que su radio tenía mal el amplificador, pues lo exageraba todo.

Ello tiene que ver con esa histeria colectiva de la que le hablé la semana pasada y de la que somos víctimas no sólo los mexicanos. El tremendismo y el catastrofismo se han apoderado de los espacios noticiosos públicos y privados. Los infundios y las insidias florecen y fructifican, tanto en primavera como en verano. Verdaderos y ácidos limoneros.

Las redes sociales se han convertido —de hecho nunca dejaron de serlo— en terreno abonado para, por una parte, la “denuncia” obsesiva, cual obligación mística, devota y monacal. Sea justa o falsa, eso es lo de menos. El amarillismo cunde. Sufrimos una auténtica epidemia de ictericia maligna. Mucho peor que la de la influenza o el zika. Con el agravante de que éstas dos se curan. A veces.

Y por otra parte, para lanzarse a la descalificación, las imputaciones y el linchamiento, sin precaución alguna. Tales autos de fe, me temo, no son inocentes. Es muy sencillo para alguien con el dinero o el poder suficiente, que no precisa ser mucho, para administrar 300 o 400 cuentas falsas y trollear dos o tres redes. Con eso basta para volver viral cualquier patraña. Y ya lo decía Beaumarchais: “Calumnie, calumnie. Siempre quedará alguna cosa”. Y es muy fácil confundir las acusaciones legítimas con las espurias.

Porque el resultado de infamar muestra otras secuelas. Mientras insultos mendaces indican violencia implícita, no obligatoriamente los epítetos hirientes acarrean connotaciones estigmáticas. Numerosas opiniones se limitan a poner en liza argumentos nimios.

Anteayer mismo, con gran estridencia, se hacen públicos los Papeles de Panamá, en los que se acusa de malos manejos financieros a un centenar y medio de personalidades del mundo entero. Y usted y yo no podremos no preguntarnos si tales cargos son fundados o corresponden a alguna tan compleja como implacable maniobra contra alguien en particular, aderezada, claro, de manera conveniente.

Y para respondernos, amigo mío, no tendremos más remedio, como tantas veces que, en prudente e inevitable silencio, encogernos de hombros. Que las redes hablen, es su tiempo. La séptima etapa.

Marcelino Perelló

Mamushka

 



  06 de Abril de 2016  


Era yo muy joven cuando, en mis primeros pasos hacia la doctrina marxista, leí la breve y hermosa obra de Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Se trata de un magnífico texto de introducción al materialismo histórico, y sería del todo convincente si no fuera porque no lo es.

En ella, el cómplice de Marx relata y analiza las distintas formas que va adquiriendo la estructura familiar a lo largo de la historia, de acuerdo con la evolución de los modos de producción y de propiedad. Ai la lleva el buen Friedrich, paso a paso, de manera serena y segura: Primero fue la horda, después el clan, a continuación la familia punalúa y la sindiásmica. Impecable. No le voy a resumir aquí en qué consiste cada una. A pesar de que el estudio es sucinto, no lo es tanto y no tendría yo espacio. Prefiero recomendarle enfáticamente su lectura, placentera y edificante. Supongo que no será difícil encontrarla en internet. En librerías ya ha de estar más pelón.

Al mismo tiempo, ay, me veo en la triste obligación de advertirle que, en un momento dado, el plácido curso de las ideas sufre un serio tropiezo. Asegura el autor que la actual familia monogámica surge junto con el capitalismo. Até lá tudo bem, como dicen los portugueses, “hasta ahí todo bien”, pero sin parar en mientes el teórico nos espeta que ésa, la familia monogámica, es la que corresponde de manera natural a la especie humana (!!!). En otras palabras, en el socialismo y el comunismo la estructura familiar burguesa no se verá modificada. Se fregó el materialismo y la dialéctica. Y el sentido común.

En las últimas entregas de esta semiserie he discurrido sobre la asombrosa organización social y “familiar” de las abejas y de su posible proyección sobre la de los hombres. Claramente en ellas se observa de manera nítida el dilema, más bien el “trilema”: ¿La colmena es de hecho un solo organismo, un solo individuo, del que cada insecto no serían sino las células de sus tejidos, o bien se trata de una estructura familiar, patriarcal, con sus roles y jerarquías bien establecidos; o bien constituye una sociedad hiperorganizada en la que cada miembro y cada núcleo participa del proyecto colectivo?

Esa misma disyuntiva, “trisyuntiva”, se presenta, obviamente, en la sociedad humana de manera histórica. Y con la misma obviedad parece indiscutible que el armazón y las normas de la articulación socialista debería renunciar de manera definitiva y tajante a los principios individualistas y “familiaristas” propios de la hegemonía burguesa. No porque sí el lema, harto socorrido, de las formaciones tradicionalistas y conservadoras, incluso fascistas y ultrarreaccionarias, ha sido históricamente: “Dios, Patria y Familia”. Concebida ésta última como el reducto de los valores cristianos y decentes.

Son numerosos los movimientos revolucionarios que en el mundo han propuesto organizaciones familiares alternativas. Al inicio de mi exilio en Europa, durante mi estancia en París, me tocó conocer e incluso vivir en alguna de las comunas que los jóvenes herederos de aquel mayo habían fundado en muchos de los grandes áticos y buhardillas de los barrios populares. En ellos convivían un cierto número de muchachos y muchachas que repudiaban la monogamia y compartían la economía y las tareas del colectivo. Creo que aún sobrevive alguna, pero el experimento no prosperó. Incluso en México se integraron varias, tanto urbanas como rurales, con resultados similares. Lo más curioso y desmoralizante del caso, sin embargo, es que en ninguno de los países socialistas, notablemente en la URSS, en China o en Cuba, hubo iniciativas en ese sentido. Al contrario, sus respectivas legislaciones fueron en general retrógradas y restrictivas.

Tal vez la única excepción, bajo una situación muy particular, fueron las granjas que fundó el gran pedagogo Anton Makarenko en los inicios de la Unión Soviética. En ellas convivían miles de niños y jóvenes “problemáticos”, que de alguna manera carecían o se habían alejado de sus núcleos familiares. Las granjas de Makarenko fueron una combinación de albergue, hospicio, escuela y unidad productiva.

En la mayor de ellas, ubicada en los alrededores de la ciudad de Jarkov, habitaron cerca de tres mil jóvenes de ambos sexos, alojados en veinte grandes cabañas con todos los servicios y cuyos nexos familiares tradicionales habían sido substituidos por los de la colectividad. Los condiscípulos funcionaban como hermanos y los tutores como padres. Al principio, el experimento parecía querer naufragar, pues la dureza de las condiciones y la severidad de los mentores deslizaron el concepto hacia el de un reformatorio y muchos de los internos acabaron desertando.

Las cabañas habían sido distribuidas según el índice de conflictividad de los muchachos, y el régimen en cada una quedaba un poco al arbitrio de los responsables, mientras que la autogestión se había visto muy reducida en algunas de ellas, y las medidas disciplinarias se había ido endureciendo.

Para unificar el sistema suprimieron índices. Veinte instructores con atribuciones menos estrechas lograron liquidar esos vetustos arquetipos. Y modificaron el talante represivo antes existente. Desde entonces una nueva alternativa levantó ámpulas.

Dicha alternativa consistía en que los integrantes no abandonaran la granja al alcanzar la madurez y permanecieran en ella, constituyendo así una especie de “megafamilia” comunitaria y permanente. Ello fue demasiado para el neoconservadurismo de la bisoña nación socialista. La propuesta de Makarenko fue, pues, abortada, y no se volvió a retomar.

Lástima. El “nuevo hombre” surgido del nuevo régimen lo fue en más de un sentido, pero por lo visto, los nuevos nenes fueron obligados a seguir acurrucados en el regazo. De Mamushka.

Marcelino Perelló