lunes, 25 de septiembre de 2023

La embestida


  08 de Diciembre de 2015  


Ese escurridizo denominador común del que hablo al principio y que los asemeja, es por supuesto el triunfo insoslayable de la derecha, cualquier cosa que eso quiera decir. Pero para acabar de rematar la llamativa coincidencia, dejemos dicho que en los tres casos se trata de una derecha extrema, montaraz, carca.

El primero de ellos, en orden cronológico, es la derrota del peronismo, y en particular de su variedad kirchnerista, en los comicios presidenciales de hace nueve días, después de detentar el poder 14 años consecutivos, desde 2001, cuando defenestraron al radical De la Rúa y lo hicieron salir por piernas, más precisamente por aspas. Las del helicóptero con el que se pintó de la Casa Rosada.

El domingo 29 no se produjo la esperada revancha de sus eternos adversarios, los radicales, sino que fue una fantasmagórica e incestuosa alianza reaccionaria, “Cambiemos” (por lo visto el imperativo en tercera persona del plural se ha puesto de moda). Los mochos ganaron por un estrechísimo margen de 2% en la segunda vuelta.

Ya he denunciado aquí más de una vez, y más de diez, la grosera estupidez que representa otorgarle la potestad a las mayorías. La cuantificación de la razón es un dislate. Y la segunda vuelta lo es más aún. Ya también lo he argumentado en este espacio, pero hace tanto tiempo, y en vistas a que en México ciertas voces -de los ignorantes e irresponsables de siempre- la reclaman para nuestro país, voy a volver a explicar la célebre “Paradoja del Marqués de Condorcet” por la cual se demuestra que tal práctica es una soberana pendejada y que, entre otras gracias, permite el triunfo de la minoría. Es más, para no ir más lejos, la semana próxima la vuelvo a exponer. De nada.

La cosa no es broma. En primer lugar porque Argentina no es broma, ni el tal Cambiemos tampoco. Entre sus postulados está, por ejemplo, el de prohibir el condón, pues “es antinatural”. Pa’ que se dé usted un quemón.

El siguiente Día del Señor, anteayer, el poltergeist de las cavernas volvió a hacer de las suyas. Primero en Francia, donde en las elecciones regionales, de importancia muy significativa, ganó por primera vez el perifilonazi Frente Nacional de la familia Le Pen. Tampoco es broma.

El contrahecho y grotesco Partido Socialista queda en un lastimoso tercer lugar. Por supuesto, en este resultado jugaron un papel trascendental los recientes atentados en París y la deplorable, en todos los sentidos, respuesta del pobre monsieur Hollande. De todos modos queda señalada una tendencia difícilmente reversible.

Y pocas horas después, el campanazo final: el chavismo es derrotado de manera dramática en las elecciones legislativas. El drama no reside tanto en el hecho de haber perdido, cosa que las encuestas ya habían predicho, sino en la magnitud descomunal de esa derrota. En el momento de escribir estas líneas sabemos que el Partido Socialista Bolivariano obtendrá alrededor de 50 escaños, prácticamente la mitad de los 100 que poseía en la actual legislatura. La MUD de los cangrejos, en cambio, logrará más de 110.

Es la catástrofe. Se trata igualmente del inicio de un camino que no tiene retorno. Es el final del sueño bolivariano -alucinante y alucinado como todos los sueños- y de esa revolución que se quiso socialista sin serlo. La pregunta no es tanto si el chavismo sin Chávez era concebible y sostenible. La cuestión es de si se puede destruir el mecanismo de la opresión social y nacional sin arremangarse y sin tomar las medidas extremas que todo alzamiento reclama si pretende ir más allá de una llamarada de petate. Esas medidas extremas e imprescindibles Maduro no quiso o no pudo tomarlas.

Y se lo comieron vivo. Al estrangulamiento exterior se sumaron los saboteadores, acaparadores y especuladores vernáculos, que siguieron haciendo de las suyas y llevando la situación económica al límite. Un chavista que pasa hambre deja de ser chavista. Indefectible. A todo ello hay que añadir el brutal desplome de los precios del petróleo que, es innecesario argumentarlo, rompe la columna vertebral de un país totalmente petrolizado.

Una frustración más en la larga cadena de intentos revolucionarios latinoamericanos que consiguen llegar al poder y de ahí son desbarrancados por las hediondas maniobras y añagazas del imperio. La gente lo tiene claro. Lo que no tiene claro es cómo impedirlas. La injerencia es tan visible como invulnerable.

Pueblos en dificultades oponen tambaleante resistencia a semejantes planes espurios de ordenamiento. Mientras imponen valores impropios, destruyen el justo equilibrio lideral o deterioran una real organización. Los opositores tienen un papel indispensable de ocultamiento.

Se trata de una auténtica embestida. Los tres naufragios hablan de la instalación tal vez definitiva de la que ya he llamado la nueva Edad Media-tica. Los instrumentos de los Game masters parecen imbatibles. Frente a ellos sólo nos queda un arma: la palabra. Defendámosla a capa y espada. Más nos vale.


Marcelino Perelló

sábado, 23 de septiembre de 2023

Aquel domingo siete


  09 de Diciembre de 2015  


Se veía venir, pero no tan repentinamente y, sobre todo, no de aquella manera brutal. La atención de los despachos gubernamentales estaba centrada en Europa, en lo que acontecía en el Viejo Continente, sacudido por la más terrible conflagración jamás imaginada. Sus habitantes estaban acostumbrados a las guerras. Una tras otra. Aquí o allá. Cuando no era la de los Treinta Años, era la de los Cien. Pero como aquélla ninguna.

Ni siquiera “La Grande”, que acababa de acabar. No habían pasado ni 25 años. La actual convulsión no conocía precedentes. El campo de batalla se había extendido de manera estremecedora. Había rebasado con mucho los límites estrictos del continente, y ya abarcaba el Mar Mediterráneo, todo el norte de África, todo el océano Atlántico y amenazaba con adentrarse hacia el Asia profunda.

América estaba a salvo. De momento. Eran pocos los que desde estos meridianos concebían una amenaza seria. La madriza estaba allá y ningún país del Nuevo Continente se había declarado beligerante. Por su parte, el inabastable océano Pacífico hacía honor a su nombre y sus aguas eran surcadas únicamente por los mercantes y bancos de peces y cetáceos, muy quitados de la pena.

Sin embargo, allá lejos, en el Extremo Oriente, la tierra también se estremecía. La invasión de los japoneses a China representaba una operación militar mayor y sangrienta. Y, sobre todo, la evidencia era ineludible: el país del Sol Naciente, como quien no quiere la cosa, se había convertido en una auténtica y temible potencia bélica. Pero estaban lejos. Hasta que esa mañana dejaron de estarlo. La geografía engañó y el globo se contrajo.

Tokio formaba, junto con Berlín y Roma, el terrible e incontenible Eje, que se proponía la conquista del mundo. El Pacto de no agresión Molotov-Ribbentrop había cesado y los alemanes se habían lanzado sobre la URSS, mientras los nipones hacían lo mismo sobre Indochina y la propia Catay, la inexpugnable.

El impetuoso avance del Eje no dejaba dormir tranquilo a ningún gobernante del mundo. En particular en la alcoba presidencial al borde del Potomac se conciliaba el sueño con dificultad. Franklin Delano Roosevelt era un hombre enfermo. Los dolores de cabeza, propios y figurados, le amargaban la vida. Él sabía que Estados Unidos, el más poderoso país de la historia, no podía permanecer más tiempo al margen. Pero una parte importante de las “fuerzas vivas” se oponía de manera férrea a involucrarse en esa carnicería. Incluso el gran Charles Lindberg, el héroe indiscutido, abogaba por la neutralidad a toda costa.

En el Congreso las cosas no estaban mejor. Las opiniones estaban divididas en las tribunas de la Cámara de Representantes. Y en el Senado el panorama no era mucho más alentador. Los parlamentarios veían con aprensión los riesgos sociales, económicos, políticos y militares de verse envueltos en un conflicto tan lejano.

El presidente, sin embargo, sabía del peligro. Hacerse de la vista gorda traería, más temprano que tarde, consecuencias funestas. Pero necesitaba un argumento, un pretexto que rompiera las reservas y convenciera a tirios y troyanos de que no podían seguir haciéndose majes.

Para atacar de raíz ese inmovilismo necesitaba también esa nutrida tribuna opositora, Roosevelt obtenía sólo 60 adhesiones nunca aseguradas. Vencer implicaba conchabar a esos senadores más intransigentes mediante una negociación decididamente oculta, sencillamente invisible. Sin indicio ninguno, esa mañana brumosa amaneció recubierta de un gris ominoso, timbró una alarma cuando recién ordenaba su tradicional infusión con orégano, meditabundo escuchó con atención extrema, el sobresalto indicaba noticias frescas augurando malas expectativas.

Ese anhelado pretexto había llegado. Aún no se sabe a ciencia cierta si se lo otorgó la diosa Fortuna o si fue él personalmente, junto con sus oscuras fuerzas de control y operación, quien lo fabricó. En cualquier caso, la monumental provocación tuvo lugar.

A las siete y media de la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, hace 74 años y dos días, una gigantesca fuerza aeronaval japonesa atacó por sorpresa la mayor base militar estadunidense, enclavada en la isla Oahu del archipiélago de Hawái, en el mismísimo centro del océano Pacífico, a miles de kilómetros de cualquier parte. En el Salón Thomas Jefferson de la Casa Blanca eran las doce y media.

Las consecuencias del raid infernal fueron inconcebibles. Mucho mayores de lo que los gringos hubieran esperado en sus peores pesadillas, pero mucho menores de lo que los japoneses hubieran deseado. El acicate funcionó a las mil maravillas y permitieron a Estados Unidos lanzarse sobre Europa mientras mantenían en condiciones de beligerancia aceptable el frente asiático. Faltaban todavía dos años y medio para el decisivo desembarco en Normandía y tres y medio para Hiroshima.

El curso de la historia universal conoció en la Bahía de la Perla un giro dramático. Sí creo en el materialismo histórico postulado por Karl Marx, con todo el determinismo que acarrea. Pero también sé a ciencia cierta que el devenir del acontecer humano funciona a borbotones y sobresaltos.

Todo hubiera sido distinto si aquello no hubiera sucedido en aquella isla, aquella madrugada. En aquel domingo siete.


Marcelino Perelló

lunes, 18 de septiembre de 2023

Pinche Marqués


  15 de Diciembre de 2015  


En ella se expone y se demuestra, de manera cruda e indiscutible, que esa historia de “las mayorías”, y por lo tanto de la mentada “voluntad popular”, es solamente una falacia. Para decirlo de manera más sutil y elegante: una pura y simple tomadura de pelo. La demostración es matemática y por lo tanto rigurosa, al margen de cualquier categoría social, económica o política

Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, Marqués de Condorcet, vivió y murió en Francia, en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue uno de los más destacados pensadores de la llamada “Ilustración”. Amigo cercano de personajes que injustamente le hicieron y le siguen haciendo sombra, como Diderot, D’Alembert o Voltaire.

Sus preocupaciones sociales lo llevaron a las filas de la fisiocracia, siguiendo a Quesnay y a Turgot, también gran amigo suyo. Según esa doctrina toda la riqueza surge de la tierra y de su cultivo. El resto, la industria o el comercio, no son sino manifestaciones secundarias y prescindibles. Fue esa doble vertiente, matemática y política, la que lo llevó a construir y plantear su célebre y lapidaria paradoja. No por célebre menos arrinconada y oculta por los políticos profesionales, a los cuales les resulta más que incómoda.

Se la ilustro mediante el ejemplo simple que el propio Condorcet expone en su “Teoría matemática de las elecciones”. Sean 60 los electores. Y sean Alberto, Benito y Carlos los candidatos.

El razonamiento parte de que cada elector prefiere a alguno de los candidatos. Más aún, posee un orden de preferencia entre los tres. Es decir, un votante puede inclinarse en primer lugar por Carlos, digamos, seguido de Alberto y finalmente de Benito, al que aborrece. Así, cada elector tiene su propia lista de simpatías. La del votante de hace rato es CAB. Existen otras cinco posibles: ABC, ACB, BAC, BCA y CBA. Esas son todas las posibles.

Supongamos ahora que aquellos cuya inclinación está en el orden ABC son 23. En el orden ACB, cero. En BAC, 2. En BCA, 17. En CAB, como nuestro hombre, 8. Y finalmente, en CBA, 10.

Eso significa que, si cada elector se atiene a su orden de afinidad, en una primera vuelta ganaría Alberto con 23 votos. En segundo lugar quedaría Benito con 19 y al final Carlos con 18. Perfecto. Democracia impecable. Gana el que obtuvo más sufragios, aunque está muy lejos de la mayoría de los participantes, que es de 31 votos o más. 37 electores votaron en contra de él.

Hay a quienes este pequeño inconveniente los pone nerviosos y, en consecuencia, proponen una segunda vuelta en la que, en general participarán los dos candidatos más votados, pero esto, como veremos a continuación, no es ni obligatorio, ni justo, ni indicativo.

En efecto, si se presentan A contra B, e, insisto, se respetan los órdenes de preferencia, ganaría A, que sumaría los votos de los ABC con los de los ACB y CAB: 23+0+8=31, contra los 29 de B. Esto ya está mejor. Es decir, estaría mejor si no fuera una trampa. Trampa en la que incurren siempre, con desvergüenza, todos los sistemas que recurren a la segunda vuelta dizque “para limpiar la elección” y obtener una mayoría absoluta.

Y la estafa no puede ser más flagrante. Pues si en esa segunda vuelta se hubieran presentado Carlos contra Alberto, el primero habría obtenido CAB+CBA+BCA, es decir, 35 votos. Cuatro más. Pero espérese. Si los que compiten en la segunda vuelta son Benito y Carlos, Benito gana con ¡42 votos! Nada menos. Esa es la mayor de las mayorías.

Lo dejo, carísimo lector, que revise y complete los cálculos, para que se empape de esta verdad y se divierta con ella. ¿Cómo le quedó el ojo? O más bien cómo les quedaron a nuestros políticos demócratas a ultranza. Le aseguro que al menos el tercero se les frunciría si hicieran el mismo ejercicio. Pero no lo van a hacer. Para fortuna suya.

Obviamente Condorcet no tuvo en cuenta las alianzas contranatura habituales en esta cloaca que es la política institucional y que meten en aprietos a los ciudadanos, incapaces de mantenerse fieles a su orden de preferencias. Este factor subjetivo e inestable es también la pesadilla de los analistas, estadísticos y politólogos encargados de las prospecciones comiciales.

Prever resultados en determinados eventos supone también incluir normas adicionales de orden síquico. Múltiples inferencias manifiestan incontables variaciones imprevistas, los análisis menos acuciosos generan inflexiones anómalas, jugando un rol en las opciones, necesitando obligatoriamente solventar esa notoria varianza utilizada en los vaticinios electorales.

Condorcet murió joven en 1794, condenado a muerte por el régimen del Terror. Hombre íntegro, de una sola pieza, prefirió suicidarse en su calabozo antes que ser humillado y enfrentado al escarnio público.

Me digo, no sin amargura, que si se hubiera matado antes de descubrir su terrible paradoja, nos hubiera ahorrado la triste decepción de constatar hasta qué punto la democracia, también desde las puras matemáticas, es una farsa. Pinche Marqués.

domingo, 17 de septiembre de 2023

Maquiavelo y las abejas


  16 de Diciembre de 2015  


Hace quince días, en el último de esta semiserie, que era el primero, terminé dando testimonio de mi nostalgia por mi convivencia con las abejas y por aquella sociedad rumana, desaparecida tal vez para siempre más, y que se quiso colmena.

Viví ocho años, intensos, jubilosos y arraigados en la tierra de Drácula y Nadia, que se convirtió naturalmente en una más de mis patrias. Ahí nació mi hija Aina. Ahí la concebí, la engendré, la tuve y la crié. Un antiguo adagio alemán postula que la propia tierra es más la de mis hijos que la de mis padres. La Heimat es más Kinderland que Vaterland. Eso dicen ellos.

En la Rumanía socialista, bajo el régimen severo del presidente Ceausescu, me sumergí del todo en ese proyecto enloquecido y fascinante que fue la construcción de una sociedad colaborativa. Tal propósito era necesariamente revolucionario, en lo que la “revolución” tiene de contraste con  la “evolución”.

Esta última va de a poquito, de manera irreversible pero casi insensible, como el crecimiento de un cachorro o mi propio envejecimiento. La revolución en cambio es brusca, súbita, y lo transtorna todo de manera violenta, aunque no sea violenta.

Y eso no puede no concitar problemas, conflictos y tensiones. Que los hombres acepten de buenas a primeras convertirse en abejas no es cosa fácil, por más que, desde un punto de vista racional y humanista, sea indiscutiblemente positivo y encomiable. Pasar del individualismo feroz del capitalismo al colaboracionismo altruista, súbitamente, no deja de ser traumático.

El problema reside en que tal tránsito no puede ser progresivo. A los dueños de vidas y haciendas hay que darles en la madre de golpe. Pausadamente no se puede. No se dejan. Ahí están Chile, Nicaragua o Venezuela para desvanecer toda duda. Al socialismo no se llega de manera evolutiva, como algunos utópicos plantearon. La cuestión es marxista, no darwiniana.

La gran confusión reside en cuál es el propósito de la transformación socialista. Aquí salgo al paso de una serie interminable de mistificaciones. El revolucionario marxista lucha por la libertad, no por la riqueza. Por que los hombres dejen de estar sometidos, no para que dejen de ser pobres.

Que se ocupen del “combate a la pobreza” las ONG’s, los misioneros, los filántropos, los populistas y los izquierdistas. Queremos hombres y mujeres libres, ya se encargarán ellos, despojados de sus cadenas, de procurarse el bienestar.

Hoy, empiezo a abordar la recuperación de ese ideal olvidado, prostituido, banalizado y desgastado, de manera poco usual. No voy a recurrir a los grandes clásicos y teóricos de la revolución y de la sociedad socialista. Por insólito que pueda parecer, intentaré entrarle al enigma a partir de la biología y la etología. A ver hasta dónde llegamos por ese camino usted y yo, lector cómplice. A ver cuánta agua clara podremos destilar.

La observación y el estudio de las sociedades animales a lo mejor clarifican el dilema. Aunque a lo mejor lo acaban de complicar. El agudo y desconcertante escritor y pensador belga Maurice Maeterlinck, además de sus novelas y piezas de teatro escribió tres pequeñas obras maestras e imprescindibles: La vida de las abejas, La vida de las termitas y La vida de las hormigas.

Se trata, como usted ya percibió, de las tres especies animales más organizadas. En apariencia. En todo caso, de las organizadas, las más fácilmente observables. Digo yo.

El nivel de estructuración de tales comunidades es del todo asombroso. Y no deja de ser paradójico que sea mucho mayor que el de especies mucho mayores y en principio con posibilidades mayores de comportamientos asociativos.

Hay quien sostiene, por ejemplo, que una abeja no es propiamente un individuo, sino que constituye una “célula” de ese organismo mucho más grande y complejo que es el enjambre. Según esta óptica sería éste, el enjambre, quien encarnaría a ese ser vivo inaudito cuyas partes no están unidas por ningún tipo de tejido sino por el propósito de mantenerse, crecer y sobrevivir como un todo.

Es innegable que determinadas concepciones del socialismo se han inclinado por acercar el comportamiento, la dinámica del conglomerado humano al de las abejas. Todo el mundo al servicio del conjunto. Con todas las consecuencias, atractivas o repulsivas, que ello conlleve.

La experiencia formidable de la China maoísta constituye, quizás, el ejemplo más punzante. Cuando veía a todos esos cientos de millones de personas vestidas igualito, y para más inri desde nuestra torpe perspectiva occidental, de rostros idénticos, enfrascados, por gusto o por fuerza, en un proyecto común, no podía no compararlos con una enorme colmena.

Seguiremos hablando de ello. En todo caso tengamos presente que la problemática es muy anterior al pensamiento propiamente socialista. El vertiginoso Nicolás Maquiavelo, en sus maquiavélicas disquisiciones ya se acerca, en pleno Renacimiento, a tal disyuntiva: orden o libertad.

Poner orden requiere unas normas tajantes utilizando baremos obligatorios. Maquiavelo introduce varias indicaciones, en la vida individual existen reglas no estrictamente suscritas. Habiéndolas incluso juzgado obsoletas las elimina.

La pregunta central es la de si una comunidad de individuos libres y gozosos puede, al mismo tiempo, ser eficiente y participativa (lo que otros, erróneamente, llamarían democrática). No es una pregunta fácil. Lo que quiere decir que la que no es fácil es la respuesta. De hecho, más que difícil es endiablada.

Marcelino Perelló

sábado, 16 de septiembre de 2023

El fantasma del Marqués


  22 de Diciembre de 2015  


En efecto, en la primera vuelta, celebrada el 6 de diciembre, el ultraderechista, manera elegante de decir “nazoide” (acuño el término en este preciso momento), Frente Nacional de mademoiselle Le Pen arrasó y se proclamó vencedor indiscutible. En la segunda vuelta, sin embargo, se desplomó y no ganó ni una de las trece regiones que ahora integran el estado Francés. Así es este juego. Sucio.

Anteayer, en el vecino Estado español, también se realizaron comicios, esta vez parlamentarios. Las elecciones allá son indirectas y es el Parlamento, las cortes, las que eligen al primer ministro, que allá llaman “Presidente del gobierno”. Al rey no lo elige nadie, excepto Franco y Dios, en ese orden.

Y también allí, aunque de otra manera pues no hay segunda vuelta, el travieso Marqués amenaza con hacer de las suyas. Para que entienda usted, astuto lector, el busilis ibérico déjeme hacer algunas precisiones indispensables que probablemente usted ya conoce, pero que si no explico no me quedaría yo tranquilo.

En México llamamos “nación” al conjunto del país y “Estado” a cada una de las entidades que lo conforman. Allá, con más precisión, es al revés. El país es el Estado y está integrado por cuatro naciones diferentes. En sentido estricto una nación es un pueblo con rasgos propios y bien establecidos que lo definen: historia, lengua, territorio, costumbres, etcétera.

Las cuatro naciones que conforman el Estado Español son, por orden de tamaño: España, Cataluña, Galicia y País Vasco. La dominante y que sojuzga a las otras tres, no es necesario decirlo, es España, que representa como el 70% del territorio, 60% de la población y 40% del PIB. La historia de cómo se llegó a esta situación es larga y compleja, Y no voy a entrar en eso ahora.

Lo indispensable para aproximarse a lo que ocurrió este domingo y explicar el comportamiento electoral es que, una vez que la gravísima crisis económica que aqueja al país parece dar signos, aunque tibios, de remitir, el intríngulis se centró en el vigoroso movimiento separatista catalán (ellos prefieren llamarlo independentista). La inminencia de la liberación de Cataluña los trae nerviosos a todos, catalanes incluidos.

Una vez entendido esto, la dinámica resulta sencilla. En España se votó contra Cataluña y en Cataluña contra España.

Los partidos estatales claramente españolistas (allá los llaman “unionistas”) son tres: el neofranquista Partido Popular, PP, en el poder; el descafeinado Partido Socialista, PSOE; y el recién formado Ciudadanos, C’s, de vocación feroz y meramente anticatalana. Los tres, claramente favoritos en las encuestas, en Cataluña se desplomaron y obtuvieron los peores resultados de su historia. De los 47 diputados en juego, el PP obtuvo cinco, el PSOE ocho y C’s cinco. Es decir, 18 en total. Mucho menos de la mitad de los sufragios, 38 por ciento.

El resto, 62%, fueron para los catalanistas. ERC y DL son radicalmente separatistas, que consiguieron 17 curules entre los dos.

El fenómeno nuevo fue En Comú Podem (En Común Podemos), ECP, aliado de la formación estatal Podemos, y que de hecho obtuvo el mayor número de escaños, 12. ECP se declara “soberanista, no necesariamente independentista, y aboga por la realización de un referéndum resolutivo y definitivo sobre la independencia. Referéndum hasta ahora prohibido por la Constitución y el gobierno españoles.

El notable ascenso de ECP, en comparación con las elecciones catalanas de hace apenas tres meses, se debe sin duda a la ilusión —ilusoria— de que a nivel estatal su matriz Podemos impida el triunfo del PP y la reelección de Rajoy. De hecho, prácticamente la mitad de los votos de Podemos provienen de sus filiales fuera de España, en el resto de los países catalanes (Valencia y Baleares, en el País Vasco y en Galicia, arrastrados por la misma intención de contener a los facho).

Sin embargo, tal propósito se frustró, pues España, a pesar del desastre que representa el actual gobierno, votó por sostenerlo, pues representa la única “garantía” más o menos fiable de mantener encadenada a Cataluña. El PP a pesar de haber perdido 60 escaños conserva casi 125, más de 30 por encima de la segunda fuerza, el PSOE, que se benefició también en España de su papel de carcelero segundo.

La esperpéntica paradoja está ahí: en las cortes, de 350 curules, el PP necesita el apoyo del PSOE para poder gobernar. Jejeje. No sería la primera vez que izquierda y derecha se unen en un fraternal abrazo para mantener el statu quo y sobre todo la sacrosanta “unidad de España”. Grande es al jardín del señor.

Partidos antagónicos se alían, teniendo opciones distintas o posiciones ambiguas sin aliento. Mezclando ideologías validan inconsistencias, quedando un espectro necesariamente obscuro tras ocultar diferencias ostensibles para aparentar ser equivalentes.

En cualquier caso, la voluntad y los anhelos de hombres y pueblos quedarán una vez más sepultados bajo el miasma de trácalas y componendas. El fantasma del Marqués recorre Europa.


Marcelino Perelló