15 de Diciembre de 2015
En ella se expone y se demuestra, de manera cruda e indiscutible, que esa historia de “las mayorías”, y por lo tanto de la mentada “voluntad popular”, es solamente una falacia. Para decirlo de manera más sutil y elegante: una pura y simple tomadura de pelo. La demostración es matemática y por lo tanto rigurosa, al margen de cualquier categoría social, económica o política
Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, Marqués de Condorcet, vivió y murió en Francia, en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue uno de los más destacados pensadores de la llamada “Ilustración”. Amigo cercano de personajes que injustamente le hicieron y le siguen haciendo sombra, como Diderot, D’Alembert o Voltaire.
Sus preocupaciones sociales lo llevaron a las filas de la fisiocracia, siguiendo a Quesnay y a Turgot, también gran amigo suyo. Según esa doctrina toda la riqueza surge de la tierra y de su cultivo. El resto, la industria o el comercio, no son sino manifestaciones secundarias y prescindibles. Fue esa doble vertiente, matemática y política, la que lo llevó a construir y plantear su célebre y lapidaria paradoja. No por célebre menos arrinconada y oculta por los políticos profesionales, a los cuales les resulta más que incómoda.
Se la ilustro mediante el ejemplo simple que el propio Condorcet expone en su “Teoría matemática de las elecciones”. Sean 60 los electores. Y sean Alberto, Benito y Carlos los candidatos.
El razonamiento parte de que cada elector prefiere a alguno de los candidatos. Más aún, posee un orden de preferencia entre los tres. Es decir, un votante puede inclinarse en primer lugar por Carlos, digamos, seguido de Alberto y finalmente de Benito, al que aborrece. Así, cada elector tiene su propia lista de simpatías. La del votante de hace rato es CAB. Existen otras cinco posibles: ABC, ACB, BAC, BCA y CBA. Esas son todas las posibles.
Supongamos ahora que aquellos cuya inclinación está en el orden ABC son 23. En el orden ACB, cero. En BAC, 2. En BCA, 17. En CAB, como nuestro hombre, 8. Y finalmente, en CBA, 10.
Eso significa que, si cada elector se atiene a su orden de afinidad, en una primera vuelta ganaría Alberto con 23 votos. En segundo lugar quedaría Benito con 19 y al final Carlos con 18. Perfecto. Democracia impecable. Gana el que obtuvo más sufragios, aunque está muy lejos de la mayoría de los participantes, que es de 31 votos o más. 37 electores votaron en contra de él.
Hay a quienes este pequeño inconveniente los pone nerviosos y, en consecuencia, proponen una segunda vuelta en la que, en general participarán los dos candidatos más votados, pero esto, como veremos a continuación, no es ni obligatorio, ni justo, ni indicativo.
En efecto, si se presentan A contra B, e, insisto, se respetan los órdenes de preferencia, ganaría A, que sumaría los votos de los ABC con los de los ACB y CAB: 23+0+8=31, contra los 29 de B. Esto ya está mejor. Es decir, estaría mejor si no fuera una trampa. Trampa en la que incurren siempre, con desvergüenza, todos los sistemas que recurren a la segunda vuelta dizque “para limpiar la elección” y obtener una mayoría absoluta.
Y la estafa no puede ser más flagrante. Pues si en esa segunda vuelta se hubieran presentado Carlos contra Alberto, el primero habría obtenido CAB+CBA+BCA, es decir, 35 votos. Cuatro más. Pero espérese. Si los que compiten en la segunda vuelta son Benito y Carlos, Benito gana con ¡42 votos! Nada menos. Esa es la mayor de las mayorías.
Lo dejo, carísimo lector, que revise y complete los cálculos, para que se empape de esta verdad y se divierta con ella. ¿Cómo le quedó el ojo? O más bien cómo les quedaron a nuestros políticos demócratas a ultranza. Le aseguro que al menos el tercero se les frunciría si hicieran el mismo ejercicio. Pero no lo van a hacer. Para fortuna suya.
Obviamente Condorcet no tuvo en cuenta las alianzas contranatura habituales en esta cloaca que es la política institucional y que meten en aprietos a los ciudadanos, incapaces de mantenerse fieles a su orden de preferencias. Este factor subjetivo e inestable es también la pesadilla de los analistas, estadísticos y politólogos encargados de las prospecciones comiciales.
Prever resultados en determinados eventos supone también incluir normas adicionales de orden síquico. Múltiples inferencias manifiestan incontables variaciones imprevistas, los análisis menos acuciosos generan inflexiones anómalas, jugando un rol en las opciones, necesitando obligatoriamente solventar esa notoria varianza utilizada en los vaticinios electorales.
Condorcet murió joven en 1794, condenado a muerte por el régimen del Terror. Hombre íntegro, de una sola pieza, prefirió suicidarse en su calabozo antes que ser humillado y enfrentado al escarnio público.
Me digo, no sin amargura, que si se hubiera matado antes de descubrir su terrible paradoja, nos hubiera ahorrado la triste decepción de constatar hasta qué punto la democracia, también desde las puras matemáticas, es una farsa. Pinche Marqués.
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