16 de Diciembre de 2015
Hace quince días, en el último de esta semiserie, que era el primero, terminé dando testimonio de mi nostalgia por mi convivencia con las abejas y por aquella sociedad rumana, desaparecida tal vez para siempre más, y que se quiso colmena.
Viví ocho años, intensos, jubilosos y arraigados en la tierra de Drácula y Nadia, que se convirtió naturalmente en una más de mis patrias. Ahí nació mi hija Aina. Ahí la concebí, la engendré, la tuve y la crié. Un antiguo adagio alemán postula que la propia tierra es más la de mis hijos que la de mis padres. La Heimat es más Kinderland que Vaterland. Eso dicen ellos.
En la Rumanía socialista, bajo el régimen severo del presidente Ceausescu, me sumergí del todo en ese proyecto enloquecido y fascinante que fue la construcción de una sociedad colaborativa. Tal propósito era necesariamente revolucionario, en lo que la “revolución” tiene de contraste con la “evolución”.
Esta última va de a poquito, de manera irreversible pero casi insensible, como el crecimiento de un cachorro o mi propio envejecimiento. La revolución en cambio es brusca, súbita, y lo transtorna todo de manera violenta, aunque no sea violenta.
Y eso no puede no concitar problemas, conflictos y tensiones. Que los hombres acepten de buenas a primeras convertirse en abejas no es cosa fácil, por más que, desde un punto de vista racional y humanista, sea indiscutiblemente positivo y encomiable. Pasar del individualismo feroz del capitalismo al colaboracionismo altruista, súbitamente, no deja de ser traumático.
El problema reside en que tal tránsito no puede ser progresivo. A los dueños de vidas y haciendas hay que darles en la madre de golpe. Pausadamente no se puede. No se dejan. Ahí están Chile, Nicaragua o Venezuela para desvanecer toda duda. Al socialismo no se llega de manera evolutiva, como algunos utópicos plantearon. La cuestión es marxista, no darwiniana.
La gran confusión reside en cuál es el propósito de la transformación socialista. Aquí salgo al paso de una serie interminable de mistificaciones. El revolucionario marxista lucha por la libertad, no por la riqueza. Por que los hombres dejen de estar sometidos, no para que dejen de ser pobres.
Que se ocupen del “combate a la pobreza” las ONG’s, los misioneros, los filántropos, los populistas y los izquierdistas. Queremos hombres y mujeres libres, ya se encargarán ellos, despojados de sus cadenas, de procurarse el bienestar.
Hoy, empiezo a abordar la recuperación de ese ideal olvidado, prostituido, banalizado y desgastado, de manera poco usual. No voy a recurrir a los grandes clásicos y teóricos de la revolución y de la sociedad socialista. Por insólito que pueda parecer, intentaré entrarle al enigma a partir de la biología y la etología. A ver hasta dónde llegamos por ese camino usted y yo, lector cómplice. A ver cuánta agua clara podremos destilar.
La observación y el estudio de las sociedades animales a lo mejor clarifican el dilema. Aunque a lo mejor lo acaban de complicar. El agudo y desconcertante escritor y pensador belga Maurice Maeterlinck, además de sus novelas y piezas de teatro escribió tres pequeñas obras maestras e imprescindibles: La vida de las abejas, La vida de las termitas y La vida de las hormigas.
Se trata, como usted ya percibió, de las tres especies animales más organizadas. En apariencia. En todo caso, de las organizadas, las más fácilmente observables. Digo yo.
El nivel de estructuración de tales comunidades es del todo asombroso. Y no deja de ser paradójico que sea mucho mayor que el de especies mucho mayores y en principio con posibilidades mayores de comportamientos asociativos.
Hay quien sostiene, por ejemplo, que una abeja no es propiamente un individuo, sino que constituye una “célula” de ese organismo mucho más grande y complejo que es el enjambre. Según esta óptica sería éste, el enjambre, quien encarnaría a ese ser vivo inaudito cuyas partes no están unidas por ningún tipo de tejido sino por el propósito de mantenerse, crecer y sobrevivir como un todo.
Es innegable que determinadas concepciones del socialismo se han inclinado por acercar el comportamiento, la dinámica del conglomerado humano al de las abejas. Todo el mundo al servicio del conjunto. Con todas las consecuencias, atractivas o repulsivas, que ello conlleve.
La experiencia formidable de la China maoísta constituye, quizás, el ejemplo más punzante. Cuando veía a todos esos cientos de millones de personas vestidas igualito, y para más inri desde nuestra torpe perspectiva occidental, de rostros idénticos, enfrascados, por gusto o por fuerza, en un proyecto común, no podía no compararlos con una enorme colmena.
Seguiremos hablando de ello. En todo caso tengamos presente que la problemática es muy anterior al pensamiento propiamente socialista. El vertiginoso Nicolás Maquiavelo, en sus maquiavélicas disquisiciones ya se acerca, en pleno Renacimiento, a tal disyuntiva: orden o libertad.
Poner orden requiere unas normas tajantes utilizando baremos obligatorios. Maquiavelo introduce varias indicaciones, en la vida individual existen reglas no estrictamente suscritas. Habiéndolas incluso juzgado obsoletas las elimina.
La pregunta central es la de si una comunidad de individuos libres y gozosos puede, al mismo tiempo, ser eficiente y participativa (lo que otros, erróneamente, llamarían democrática). No es una pregunta fácil. Lo que quiere decir que la que no es fácil es la respuesta. De hecho, más que difícil es endiablada.
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