miércoles, 31 de agosto de 2022

Esa ya la vi


  


Claro que para ser confiable no basta serlo, es preciso que, aun siéndolo, el otro confíe. Ante el desconfiado nada ni nadie es confiable. Es el caso del marido celoso o del abarrotero gallego. El problema, sin embargo, es bastante más sencillo, y se reduce a un solo y simple apotegma: “El pataleo siempre reditúa”.

El infame, permanente, imbatible poder del chantaje. Chantaje que en nuestro país posee un acendrado abolengo. Cuando los caciques plataneros acarrean a sus huestes para bloquear avenida Cuauhtémoc frente a la Sagarpa para exigir “presupuesto”, no hacen más que eso, un chantaje. “O nos lo concede o no nos vamos”. En la calle las patrullas se afanan en proteger a los ejidatarios y en desviar el tránsito. Finalmente, las autoridades ceden en parte, “ni tú ni yo”, y todo en paz. Los sombrerudos se van, en sus camiones —comfortables, no vaya usted a creer que de redilas— y las “autoridades” satisfechas. Han cumplido su trabajo. No ha habido violencia y Cuauhtémoc circula. Miel sobre hojuelas.

Así funciona, amigo mío, este nuestro medio país. Con las elecciones el esquema es exactamente el mismo. Si pierdo las elecciones, alego fraude, vocifero a los cuatro vientos y si quieres que me calle, a ver cómo nos arreglamos.

Las elecciones de anteayer domingo no fueron, ni podían ser una excepción. No lo fueron en Coahuila ni, sobre todo, en el Estado de México, que es, ya lo sabemos un “nacoestado”, o para decirlo de manera más elegante y doctrinal, un “lumpenestado”.

No sólo es el más populoso, por mucho, de la República, sino que además alberga a una inmensa, inconmensurable población “interlopa”. Millones y millones de hombres y mujeres desarraigados.

Al original Estado de México le extirparon hace siglo y medio el Distrito Federal, y con ello lo condenaron a convertirse en un tumor maligno que envuelve e intoxica a la capital. El cinturón de descomposición que envuelve la ciudad desde Tlalnepantla hasta Neza, es definitivamente, tóxico, patógeno. E inevitable.

Y que conste que estaba evitando hablar aquí de Cuajimalpa o Santa Fe. Ellos también son nacos y lúmpenes, desarraigados, pero son ricos y peores.

El caso es que anteayer todo parece indicar que Atlacomulco se chingó a Texcoco. Digamos que era previsible. Como previsible era el berrinche —siempre redituable— del Señor Lagarto, lo nombro, no por su nombre, como si fuera un amigo o un cualquiera, por su apellido, como corresponde a los personajes insignes.

La “maistra” perdió, en el estado más naco del país. Eso arde. Pero en fin, se enfrentaba a Lord del Mazo Maza, y eso no son bromas. Atlacomulco 1 Texcoco 0. A pesar de que la diferencia fue menor a la que yo esperaba, era previsible, el resultado era el previsto. No se puede combatir al poder con el eslogan: “Ellos son corruptos y nosotros no”. ¿Dónde habré yo oído eso?

No nos hagamos majes, el PRI ha sido durante un siglo y sigue siendo el único partido político estructurado como tal en México. A pesar de los tropiezos y temporales que ha debido afrontar. Los demás ni tienen comités, ni activistas, ni estructura de base. Por más perniciosa que se considere ésta. El PRI es un partido, las otras siglas no.

Y eso, a la hora de la hora, se nota. Que si la compra de votos, que si el acarreo... Entendidos. Pero un partido al que le pueden hacer fraude, obviamente, no puede gobernar.

Es como si los demás ni corrompieran ni acarrearan. Vamos, amigo. A otro perro con ese hueso. El fenómeno es universal y permanente. Por supuesto se nota menos en Francia que en Zimbawue y no es sino una evidencia más de hasta qué punto la tan ensalsada democracia es una farsa.

En México compramos votos, en Inglaterra ponen bombas. Aquí entre nos, si se trata de escoger, me quedo con nuestro sistema. Tracalería por tracalería, ya en plan de utilizar al ciudadano como cuartada de nuestra codicia, intentemos al menos que la humillación sea menos degradante y sobre todo menos sangrienta.

Puestos a reconsiderar el conflicto eterno mesuremos otros sesgos ominosos sin originar sofismas. Mientras inflamados valedores increpan, inadvertidos viborones están recorriendo nuevas áreas manufacturando obediencias sumisas.

Yo no sé por qué la maestra Gómez Álvarez (¿a las mujeres hay que llamarlas obligatoriamente por su nombre de pila?, sin que las feministas protesten) acepta ser utilizada de tan deplorable manera en el proyecto de tan deplorable personaje. Esa ya la vi.

Marcelino Perelló
Excelsior 
6 de Junio de 2017

martes, 30 de agosto de 2022

Segar cadenas



En la vida, tanto individual como colectiva, se llega siempre, inexorablemente, a esos momentos decisivos, culminantes, cardinales, que dan sentido a todo el acontecer previo y dirección al acontecer venidero. Sería un error llamarlos cruciales, pues tal adjetivo remite a encrucijada, a aquella situación en la que es preciso elegir, tomar una decisión, y enfilar un camino. Lo que implica abandonar, renunciar a los otros. En los momentos cardinales ya no tiene uno nada que decidir. Todas las decisiones ya fueron tomadas antes y nos condujeron a este punto en el que todo se juega.

La situación crucial es antes de cruzar el Rubicón. Una vez atravesado, la situación se ha vuelto cardinal. Alea jacta est.

Cataluña llega, llegará este jueves, a su momento cardinal, en el que se decidirá su suerte de manera definitiva. Al menos por muchos años, decenios. Sin querer dramatizar más de la cuenta —no es necesario— tal vez para siempre. Se trata del momento más trascendental de su historia desde hace por lo menos tres siglos.

Será el momento cardinal de Cataluña, cierto. Pero con ella, en buena medida, el de toda la sociedad llamada civilizada. Por primera vez en la historia contemporánea puede surgir un nuevo país en el corazón de Europa occidental. Y esas no son bromas. Ya estuvo a punto de suceder hace un año justo en Escocia, pero los escoceses perdieron. El resultado fue justo y terriblemente injusto, desesperantemente ajustado y descorazonadoramente inmerecido. Hace veinte años lo mismo sucedió en Quebec, que no está en Europa, pero casi. Igualmente justo e igualmente injusto, y hace un siglo logró emanciparse una buena parte de Irlanda. Pero los tiempos eran otros y la dimensión del desgajamiento otra.

Este jueves, pues, el gobierno catalán anunciará la fecha definitiva del referéndum vinculante en el que los catalanes decidirán si quieren seguir sometidos al yugo español o declarar su independencia, justa y plena, arrebatada hace trescientos años. Éste se llevará a cabo el 1º o el 8 de octubre de este año. O sea ya. A aquellos leguleyos españoles y españolistas que insisten en negarles tal derecho, no hay más que recordarles que las elecciones municipales del 14 de abril de 1931 en España se volvieron por sí solas el plebiscito que destronó a Alfonso XIII e implantó la II República. Así son los momentos cardinales.

Todas las encuestas dan la victoria a los partidarios del referéndum, con 80%. Una mayoría, de nuevo, abrumadora. De las 135 curules que componen el parlamento, los soberanistas poseen poco más de 70. Es precisamente este margen tan estrecho el que ha llevado al gobierno español y a las fuerzas españolistas a un estado de desesperación histérica. Tienen la impresión de que podrían revertir la decisión. Pero ya no hallan qué hacer.

Las tácticas de convencimiento a todas luces han fracasado. Su paroxismo los ha llevado entonces al terreno de las amenazas. Que si Cataluña sería ipso facto expulsada de la Unión Europea, o que si los grandes bancos emigrarían, con las consecuentes consecuencias económicas. Catastróficas por supuesto. Se produciría inevitablemente el tan temido “corralito” argentino, o griego. El país se convertiría “en una especie de Albania” (sic), apestado, excluido y despreciado por todos. Se han lanzado a una operación internacional de gran envergadura en busca de apoyos a la “unidad de España” y han obtenido declaraciones favorables de Merkel, May, Trump y Santos. De las que no consiguieron, claro, no dicen nada. En todo caso sólo se trata de opiniones corteses, de circunstancia. De labios para afuera. Es evidente que si, finalmente, Cataluña realiza un referéndum convincente las reconsiderarán sin sonrojarse.

En otro flanco, advierten que los ciudadanos de origen español que se han asentado en el país —que son muchos— serían discriminados, su lengua materna perseguida y sus relaciones con sus familias en España enormemente dificultadas. El ministro de la Defensa ha llegado incluso a amenazar con la intervención militar si fuera necesario. En resumen, se trata de toda una auténtica y formal campaña de amedrentamiento. Donde la razón pierda y triunfe el miedo.

Como en toda coyuntura semejante también aparecen los blandos, los defensores de la tercera vía. La clásica historia de los dos torturadores: el malo y el bueno. Los terceristas ofrecen una salida menos riesgosa: modificar las leyes y lograr condiciones más ventajosas de convivencia. Una manera más de abonar el temor. Es posible y necesario impedir el choque de trenes.

Proponen evitarlo sin advertir dificultades obvias, deciden eliminar normas sacrosantas obsoletas enmendando las antiguas imposiciones reales españolas. Visiones ilusorias concitan actitudes y sentimientos únicamente sobrellevados volviendo estériles notables tentativas inéditas sin construir alternativas serias.

Todo cuadra. Sólo que en su pedestre lógica, los rústicos y proverbiales gobernantes de España olvidan que el miedo sólo triunfa entre los miedosos. Tal vez lograrán amedrentar a alguno de quienes piensan en la independencia sólo porque consideran los beneficia. Pero aquellos que sienten, vibran y actúan por amor a la libertad de su patria, ésos, no se dejarán intimidar. No darán un paso atrás.

Este jueves serán millones los que vibrarán ante la inminencia de la liberación, con un solo fervor y un solo pensamiento: Com fem caure espigues d’or, quan convé seguem cadenes.


Marcelino Perelló
Excelsior
07 de Junio de 2017  

lunes, 29 de agosto de 2022

Jugar a las muñecas

 


Candidez enternecedora. A menos, claro, que consideremos el asesinato y la amenaza de asesinato como una forma de corrupción y que éstas son simple y llanamente evitadas, u obstaculizadas, a base de leyes que las prohíban y sancionen severamente.

El vértigo de normar es tan antiguo como la civilización misma. Tan antiguo, tan ilusorio y tan inútil. Son los preceptos los que deben amoldarse a la realidad existente, y no al revés. Toda ley que pretenda retacar la dinámica de las relaciones sociales en un esquema teóricamente concebido está destinada al fracaso de antemano. Las leyes probarán ser siempre tristemente insuficientes, y los jueces encargados de dirimir y aplicarlas, también. Y eso es verdad en todos los planos y dominios.

La más sencilla de las ilustraciones que se me ocurren se da en el terreno deportivo. Todos nosotros sabemos que se puede jugar perfectamente al futbol sin necesidad de árbitro alguno. Las cascaritas y los tochitos que pueblan de recuerdos entrañables nuestra infancia y nuestra juventud prueban de modo riguroso tal aserto.

La muerte de Kennedy, de otra magnitud y en otro plano, es un magnífico ejemplo de la futilidad del intento legiferador. Cuando las normas establecidas simplemente se ignoran o se saltan. Si tiene uno la capacidad y el poder necesarios claro. Pero el Poder acostumbra a tener ese poder. La correlación y disposición de fuerzas es la que manda y a esa no la modifican ni reformas políticas ni ninguna eventual prohibición de andar balaceando presidentes. O futuros presidentes.

No es aconsejable olvidar las lecciones de la historia. Y el homicidio de JFK es una de las más importantes del siglo pasado. Existen tres hipótesis de cuáles habrían sido los móviles de tan brusca y brutal ruptura del “orden legal”. Escojo mencionar, en primer lugar, la primera, que debe ser descartada, por grotesca e inverosímil. Es la versión oficial contenida en el risible Informe Warren, según la cual el autor material e intelectual del asesinato es un solo hombre, una especie de Aburto de allá. En aquel caso un fanático marxista-leninista, que habría decidido “pasar al acto”, en términos psicoanalíticos, y le habría salido a pedir de boca, impecable. Y ridículo. Resultaría más creíble suponer que Kennedy se suicidó.

Igualmente desechables son las teorías que atribuirían el homicidio a la KGB soviética o a la contrainteligencia cubana. No tienen pies ni cabeza. Una sola y escueta pregunta basta para desmontar tal sospecha: ¿Para qué diantres lo harían? Cuestión que sólo puede responderse con el silencio o con un “yo qué sé” acompañado de un alzamiento de cejas, un encogimiento de hombros y una expresión lo más bovina posible.

La única hipótesis digna de ser tomada en cuenta es la de que John Fitzgerald fue suprimido por los círculos más duros e internos de los game masters políticos y financieros gringos. Kennedy, a todas luces, les resultó incómodo por razones que a su vez pueden ser tres, que resumo, por orden de credibilidad que personalmente yo les otorgo, en respectivas frases compactas: a) Negoció con la URSS y accedió a más que respetar, tolerar la Revolución Cubana. b) Defendió con ardor e intransigencia inusitada los derechos civiles de los negros y la integración racial. C) Formaba parte de un gran y temible grupo familiar y económico de origen irlandés. Y por lo tanto, de connotaciones y ataduras católicas, harto molestas para los más beligerantes bunkers wasp.

Digamos que hubieran preferido sacarse de encima ese güero fastidioso por otros medios, más sencillos y eficaces. Pero a todas luces no pudieron. Los Kennedy, por lo visto, no cantaban mal las baladas celtas y poseían una cota de poder muy considerable. Así que sus adversarios hubieron de recurrir al bárbaro exabrupto. Y, aunque el objetivo fue cumplido, les salió mal. Muy mal. Tales excesos luego salen mal. Demasiado aparato, demasiado escándalo, demasiados actores, demasiados vínculos y demasiados cabos sueltos. Tan es así que poco después se vieron obligados a matar a su hermano Bob y a sacar de la jugada, por medio de un montaje, tan siniestro como sangriento, a Ed.

Porque la ejecución implicó tramoyas operísticas, requirió el establecer numerosísimas complicidades utilizando esos nexos tan rigurosamente orquestados. Sólo así la intriga resultó factible ofreciendo resultados tanto al legitimar embustes como incluso desactivando objeciones serias. Mientras impidieron validar indicios manipularon interrogantes acertadas, entonces sostuvieron explicaciones estrambóticas sicalípticas enmascarando las conclusiones historiográficas ineludibles sin tales enredos.

El Poder no se anda con chiquitas. Afortunadamente es raro que se vea obligado a recurrir a tan sanguinarios como ostentosos extremos, pero no seamos cándidos y que quede claro: Al Poder real no hay normas legales, principios éticos ni reformas políticas que lo coarten.

Exigir “aliados incondicionales” o “recuento de votos”, todo sea dicho con respeto, es jugar a las muñecas.


Marcelino Perelló

Excelsior

  13 de Junio de 2017 





domingo, 28 de agosto de 2022

El juego sucio

 



Ayer mismo, en el espacio hermano —primo más bien— de éste, di un consejo de buena fe a los pejistas sin ser yo mismo pejista, sino todo lo contrario. Hoy quiero repetir el insólito ejercicio y daré un consejo a los que se reclaman defensores de la democracia, sin que yo lo sea.

En el concepto y en la palabra misma “democracia” hay problemas de base, irresolubles. En la etimología del término deberemos remitirnos al griego, en el que demos significa “pueblo” y kratos es “poder”. Así pues, estamos hablando del “poder del pueblo”. Pero, por definición, el “pueblo” es aquel que carece de poder, sobre el que se ejerce el poder. En el momento en que el pueblo accediera al poder dejaría de ser pueblo. Es ésta una reflexión que va más allá del ámbito etimológico y que se inscribe en el político. El hecho de depositar en una urna el nombre de la opción deseada por el ciudadano no le otorga poder alguno, incluso si su elección coincide con la de la mayoría de la grey. Es decir, aunque nuestro hombre “gane”.

Ya me he referido aquí al pensador canadiense McLuhan. Hoy lo vuelvo a hacer. Es otro pensador, esta vez francés, Lacan, el que sentenció que repetir es bueno, después de un ágape y una parrafada. Eso ya lo dije, y siguiendo la consigna lacaniana, lo repito.

Marx reescribió la historia del hombre sobre la Tierra en términos de los sistemas de producción y de las relaciones de producción, de las clases y de la lucha de clases: comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo. Y preconizó la llegada del socialismo y la del comunismo industrial. No tengo la intención de discutir aquí las tesis marxistas. Dejémoslo así, es muy complejo.

Por su parte, McLuhan, en su Galaxia Gutenberg, lleva a cabo una operación semejante, en la que sustituye las relaciones de producción por las comunicativas, por la historia de los medios de comunicación que, después de su muerte, fueron llamados simplemente “medios” o media: el intercambio comunicativo antes de la aparición del lenguaje, ya después entre las tribus y clanes, en la época de los pequeños asentamientos, en la de las pequeñas ciudades y en la de las grandes.

La aparición de la imprenta y de la palabra duradera supuso una conmoción, y las relaciones sociales se vieron brutalmente transformadas. Qué decir de la lengua acústicamente grabada y reproducible y, sobre todo, la de la radio y la del cine. Medio siglo más tarde irrumpirá la televisión. Ahí se quedó McLuhan. No conoció la computación ni internet, con su publicidad, su correo electrónico, su pornografía y sus “redes sociales”. Daría un ojo de la cara por resucitarlo y que escribiera su Galaxia Gutenberg II. El semiótico italiano Giovanni Sartori en su sugerente Homo videns aborda la cuestión, pero se queda descorazonadamente corto.

El asunto es, pues, que cada paso adelante en la tecnología comunicativa representa un paso atrás en la ilusión democrática. Más allá de la imposibilidad de fondo del ejercicio llamado democrático y que esbozo en las primeras líneas de esta columna, lo que McLuhan y Sartori anuncian y denuncian es que la demagogia, el engaño, la manipulación y el condicionamiento cada vez tienen más espacios para operar.

Otro pensador, Eulalio Ferrer, publicista insigne, quien publicó más de 30 libros, en los cuales rebasa los límites estrictos de su oficio de publicista, pone de relieve los mecanismos falaces de la democracia actual. Entre los últimos se cuentan: El lenguaje de la publicidad, De la lucha de clases a la lucha de frases, Información y comunicación.

Tuve el honor de platicar con él y, en nuestras charlas, abundaba en el tema en el que ya había insistido a lo largo de su obra: la política democrática, hoy, no es más que un buen manejo publicitario. Propaganda y publicidad van de la mano. Don Eulalio ha de haber sabido de los últimos desarrollos de la computación, el diseño electrónico de Paint y de Photoshop. Incluso, tal vez, supo de las “redes sociales”, pero, ¡ay!, ya no pudo escribir sobre ellas. Murió en 2009 a los 88 años.

Supongo que ahí, en el cielo, deben estar los tres en amena plática, mientras que Sartori participa también. Hace muy poco se unió a esa excelsa tertulia. Hablan de cómo en Italia se chingaron a Berlusconi, de cómo en Francia la mosquita muerta de Macron se hace de la Presidencia, aprovechando —¿montando?— el cuatro con el que Hollande sacó de la jugada al gran favorito, su “correligionario” Strauss-Kahn. Y quizá aún les queda tiempo para hablar de los estudiantes mexicanos del Cine Cosmos, hace 56 años, y los mucho más recientes de Iguala. Y se han de preguntar por qué el hecho de que el PRI haya ganado las recientes elecciones y amenace con ganar las siguientes es considerado, por los perdedores, un fenómeno antidemocrático.

Por qué claman contra el fraude a priori, antes de que éste se haya constatado, y antes de que hayan podido exhibir su imposibilidad de evitarlo. Por qué denuncian que el candidato de ese PRI es apoyado por la generalidad de los medios televisivos y en buena medida periodísticos y radiofónicos. Los 132 parecen olvidar que a través de ellos también controlan los medios de masas, cuyo peso e influencia no es negligible. Pero para ellos es impensable que en las redes sociales haya “mano negra”. Por lo visto, ellos están por encima de cualquier sospecha.

El fondo de la cuestión, y nuestros tres espíritus, más Sartori, ya han de haber dado con ella, es que al considerar que una supuesta victoria del PRI no es democrática, per se, están despreciando a las decenas de millones de ciudadanos que votarán por él. Desprecio que algo tiene de racista. A lo que hay que añadir el derecho que se arrogan de que irrumpirán, “en nombre de la libertad de expresión”, en los actos y mítines priistas. Luego podrán gemir que fueron golpeados.

Los cuatro consideran qué pasaría si un grupo de americanistas con camisetas intentara instalarse en medio de la porra de las Chivas. Eso, sentencia Eulalio, se llama provocación. Marshall asiente. Sartori también.

Marcelino Perelló
Excelsior
 14 de Junio de 2017  

sábado, 27 de agosto de 2022

El asalto final

 



 


La historia colonial de la Nueva Granada es especialmente intrincada. Pero no fue sino hasta el estallido del movimiento emancipador, simultáneo con el de casi todos los otros pueblos de América cuando surge la más brillante, compleja y controvertida figura del alzamiento latinoamericano. Simón Bolívar, en efecto, no tiene parangón. Ni para bien ni para mal. Su empresa independentista, plagada de luces y sombras, fue sin duda la más ambiciosa de todas, y junto con la de José María Morelos la más programática y sustentada ideológicamente.

Bolívar es sin duda una estrella guía para por lo menos media docena de países sudamericanos y en primerísimo lugar, por supuesto, para su natal Venezuela. Pero es al mismo tiempo una losa difícil de llevar. Su herencia política, moral y social contiene no pocos recovecos y contradicciones, algunas aparentes, otras evidentes, con las que los futuros dirigentes del pueblo venezolano han debido lidiar. No es preciso decir que el que lo ha hecho con más convicción y energía es el comandante Hugo Chávez, hace años desaparecido, dejando a su vez un legado aún más inmanejable. Chávez es muy probablemente el hombre público en el que se mezclan de manera más estrecha y enredada las dos demagogias, la positiva, que se refiere al discurso para el pueblo, y la negativa, la que consiste en el manejo hábil de la mentira. En ambas fue un maestro.

El antiguo paracaidista fue un demagogo ejemplar como conductor de su pueblo. Y lo fue de manera no menos ejemplar como charlatán. Su figura y su personalidad me resultan aun hoy, años después de su defunción, del todo inaprehensibles. Si en él se mezclan las dos caras de la demagogia, al modo de Jano, en mí se mezclan, de manera sincrónica, los sentimientos de simpatía y antipatía hacia él. De atracción y de repulsa. Sé que no soy el único.

Su heredero, Nicolás Maduro no canta mal las rancheras, pero va un paso atrás. Hay sin duda en ellos un cariz histriónico. Histriones, a menudo de baja calidad. Siempre me ha dado la impresión de que intentaban permanentemente imitar a su ídolo indiscutible, Fidel, pero sin la gracia, también indiscutible, de éste. Al mismo tiempo, sin embargo, es preciso reconocer que sus gracejadas han sido siempre acompañadas de actitudes firmes y valientes en la remodelación de su país y en el proyecto, ese sí bolivariano, de que la América pobre se sacudiera del yugo económico, político, cultural y de nuevo colonial, del nuevo Imperio. Su tarea redentora no fue una guasa.

A ellos les debemos el surgimiento de un espeso y florido ramillete de regímenes de izquierda —cualquier cosa que eso quiera decir— en todo el Cono Sur. Ramillete que se ha ido marchitando. Ahí estaban Ecuador, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia y Paraguay. A ellos debemos añadir El Salvador y Nicaragua (donde los sandinistas recuperan el poder gracias al auge del chavismo). Las iniciativas del Alba y la Celac, aún titubeantes y de pronóstico incierto, constituyeron sin duda intentos serios y loables de enfrentarse a la hegemonía gringa sobre la región a través de sus membretes espurios como la OEA, la Cepal o el Alca.

Sin embargo, la evaluación estricta del papel histórico jugado por estos dos personajes socializantes debe ser establecida en su labor y su significación dentro de su país. Y es ahí donde se complican las cosas, pues existe sin duda una enorme manipulación mediática y desinformativa acerca de lo que sucedía y de lo que sigue sucediendo hoy en tiempos de Maduro, en la República Bolivariana. Prácticamente de manera unánime y coordinada las agencias y los medios noticiosos del mundo le están cantando los responsos por la muerte que presumen inminente desde hace años, y pese al coro de los agoreros, el sistema sigue ahí, de manera mucho menos frágil de lo que la Casa Blanca y sus corifeos de todos colores quisieran.

No sé exactamente de dónde provenía la fuerza de Chávez. Sin duda, en parte por el hecho, no lo olvidemos, de ser militar (a diferencia de muchos otros no se hizo nunca ascender a general, prefirió el tratamiento de comandante, de nuevo a la manera de Fidel). Intentó, eso sí, hace 30 años, un golpe de Estado que resultó fallido. Tuvo que llegar al poder por la vía democrática, que es otra forma, no nos hagamos pendejos, de golpe de Estado. Él mismo sufrió una asonada militar que consiguió derrocarlo por unos días. Días confusos y de los cuales no se conoce su laberíntica y oscura crónica. En todo caso, se veía venir y Chávez, para desesperación de su círculo más cercano, se negó a tomar las medidas represivas que lo hubieran impedido. Por otro lado, todo parece indicar que minimizó los riesgos. O bien confió en sus aliados y en su capacidad de maniobra. Es preciso reconocer que aunque Maduro no es militar, ha tenido el puño fuerte para tener el ejército a su lado. No es poca cosa.

Permitió el reportaje vivo en radio sabiéndolo amenazador. Virajes inadvertidos condujeron a menospreciar esa faceta agresiva juzgándola anodina. Militares indecisos emprendieron negociaciones terciadas recurriendo a sectores ya organizados, consideraron otros mecanismos ofreciendo su intercesión neutral acompañada de alternativas, estipularon sus condiciones reformistas incorporando bizarras operaciones.

El tiempo, sin duda, le dio la razón, y salió reforzado. Siguió construyendo ese sistema social, político y económico híbrido, sin precedentes y en buena medida inexplicable. Serán galgos o lebreles, pero esa insólita combinación de los dos discursos parece haber tenido éxito. La represión existe, pero es mesurada. Venezuela está sometida a un régimen autoritario, sí, pero no totalitario.

Hoy cuando las garras y los colmillos de los capitalistas y “demócratas” de pro se preparan para el asalto final, quién sabe cómo le hacen, pero los bolivarianos siguen ahí. Contra viento y marea, Bolívar vive.


Marcelino Perelló

Excelsior

20 de Junio de 2017 

viernes, 26 de agosto de 2022

Al que no estará

 






El encarnizado enfrentamiento que tuvo lugar entre republicanos y franquistas, entre 1936 y 1939, representa probablemente el último gran combate idealista e ideológico de la historia. La última guerra romántica. En ese sentido, es la última verdadera guerra. Y que, para desgracia de esa misma historia, la perdieron los buenos. Es decir, la perdimos nosotros. Todo habría sido distinto si el desenlace hubiese sido el opuesto. El destino del mundo se hubiera visto definitiva y felizmente trastocado. Nada de lo que ocurrió después en el mundo habría tenido lugar. Hubieran pasado otras cosas, pero ésas, las que pasaron, no.

Siempre que me refiero a aquella conflagración, lo hago en los siguientes términos: la mal llamada guerra, mal llamada civil, mal llamada española. Ya expliqué aquí mismo esta denominación que acuño y en la que insisto. Pero hace muchos años, y es tal vez un buen momento para volverlo a aclarar.

En primer lugar, no se trató de una guerra estrictamente hablando, al menos no del todo. Fue antes que nada una revolución. La revolución socialista que tuvo lugar en Cataluña y que fue aplastada por los fascistas. En segundo lugar, eso de civil no se lo cree nadie. “¡Sí llega a ser militar..!”, se exclamaba mi tío Paquito. Y en efecto, al menos desde 1937 se enfrentaron dos ejércitos en forma, dos formaciones militares con todos sus atributos. Y tampoco puede ser considerada civil en el sentido comúnmente utilizado de que no se enfrentó una nación contra otra, y de que las fuerzas beligerantes pertenecían a un mismo país.

Estas dos connotaciones desembocan directamente en el tercer equívoco. En la lucha participaron varias naciones. Las cuatro que integraban, y que de momento siguen integrando el Estado español: Galicia, el País Vasco, Cataluña y España, propiamente dicha. Y es preciso no olvidar que en el bando fascista combatieron alemanes, italianos y marroquíes. Y los republicanos contaron con el aporte de milicianos voluntarios venidos de todo el mundo, en particular, las célebres Brigadas Internacionales.

Además, sobre todo, el conflicto bien puede ser leído en realidad como una confrontación entre España y Cataluña. Los golpistas de Franco se levantan en contra de los dos intensísimos procesos que tienen lugar en el país catalán: el irreductible movimiento de liberación nacional en busca de la independencia, y la revolución social encabezada por anarquistas y marxistas. Tan sencillo y tan complejo.

Sin embargo, fue en medio de ese horror que surgieron los episodios más luminosos y emocionantes que un conflicto armado pueda enmarcar. Así suele acontecer. El romanticismo, cuando es auténtico, no sólo no es ridículo, sino que representa la más noble, hermosa y conmovedora faceta de la condición humana. Uno de los capítulos más emocionantes fue sin duda el protagonizado por la solidaridad del gobierno y el pueblo de México con los luchadores republicanos. Su ejemplo enaltecedor brilla por encima de la mezquindad artera que dominó el comportamiento de tantos y tantos países y políticos de entonces.

Fue gracias a ese apoyo que un joven poeta catalán pudo desembarcar y guarecerse en esta cálida y hospitalaria tierra. Joaquim Torres y su bisoña esposa Montserrat se vieron obligados a rehacer sus vidas al otro lado de la Mar Océana. Para fortuna suya, en estos lares de promisión pudieron hacerlo de la mejor manera. Sin dejar de ser profundamente catalanes, se volvieron apasionadamente mexicanos. Primero de corazón y luego de pasaporte.

Pero otros refugiados visionarios emprendieron nuevas iniciativas realmente alentadoras, logrando establecer grupos republicanos estables, promovieron reuniones organizativas más incluyentes sin omitir reconciliar interpretaciones opuestas, retomaron antiguos debates incorporando aquellas nuevas temáticas emergentes. Varios intelectuales comenzaron a lanzar obras importantes, logrando una mayor incidencia notablemente acentuada.

Entre ellos se contaba Joaquim. No pasarían muchos años antes de que su pluma sabia y sensible empezara a colaborar en las páginas de Excélsior, que ya era El Periódico de la Vida Nacional. Los más veteranos y memoriosos de mis lectores recordarán las cautivadoras y sugestivas columnas de Pau Delmón. Ése fue el significativo seudónimo que eligió Torres para sus textos periodísticos. Pau en catalán, además de ser el equivalente a “Pablo”, el más bondadoso de los apóstoles, también significa “paz”. Y del món quiere decir “del mundo”. Paz del mundo. Todo un autorretrato en tres palabras.

Joaquim/Pau compartió sus reflexiones siempre agudas, siempre amables y elegantes, acerca del acontecer cultural, nacional e internacional. Acendrado humanista, hombre de una moral inquebrantable que no opacaba su ternura desarmante, Torres fue hasta sus últimos momentos fiel a sí mismo. La fidelidad capital. Sus dos grandes compañeros de viaje, el amor y el humor, no lo abandonaron nunca.

Hoy se cumplirán exactamente diez años de su visita al Mictlán, el 21 de junio de 2007, que él eligió como residencia permanente. De aquella magnífica derrota y del inicio de la tan fecunda construcción del que, gracias a él y a otros, se convirtió en El Periódico de la Vida Nacional... y más allá. Y hoy, cuando Pau Delmón ha dejado de escribir y Joaquim Torres de leer, cuando su sonrisa contagiosa y su mirada penetrante ya no están más entre nosotros, quiero erigirlo en el emblema perfecto de aquella gesta inigualable, de ese exilio pródigo e incomparable.

Pau Delmón no habrá llegado a ese promisorio y exaltante, inminente, apenas unas semanas antes del 1º de octubre, día crucial en que Cataluña, su entrañable y lejana patria, tal vez recuperará su libertad perdida hace precisamente 300 años. Si los hados son propicios, ese día pensaré una vez más, de manera especial, en ese exiliado, en ese hombre de integridad y temple ejemplares. Augurio de la Praia venidera.

Marcelino Perelló

Excelsior

  21 de Junio de 2017  

miércoles, 24 de agosto de 2022

Los hombres de Estado y el estado de los hombres

 





Hoy, más de cuarenta años después, bien podemos volver a recurrir al bronco ranchero y afirmar que también en la caballeriza parece haber poca alfalfa.

Con todos aquellos que ya han anunciado sus candidaturas o precandidaturas no se hace uno.

López Obrador, al que las buenas malas lenguas ya han bautizado como el “Cruz Azul”, por razones obvias que no honran a los cementeros, lleva en campaña, no todo el sexenio, sino tres. De hecho su carrera hacia la Presidencia la inició desde 1988, cuando dejó el PRI a raíz de que dos años antes le había sido negada por Salvador Neme Castillo la candidatura a la presidencia municipal de su natal Macuspana.

Es falso, como él se complace en afirmar, que haya formado parte de la Corriente Democratizadora del PRI en 1986, primero, ni de la Corriente Democrática en 1987 después. Tampoco fue fundador del FDN en 1988. Se adhirió a él después del formidable éxito electoral de julio. A finales de ese mes ingresa al Frente y consigue ser nombrado candidato a gobernador por Tabasco, plaza que los cardenistas tenían vacante. Aunque pierde las elecciones frente nada menos que a su béte noire, Neme Castillo.

De hecho, con esa derrota inicia su descabellada carrera hacia Los Pinos. Primero se abre paso a codazos en el recién fundado PRD desplazando a Cuauhtémoc Cárdenas y a los otros líderes fundadores, y desde ese trampolín le pasa la mano por la cara al mismísimo Fox que en su torpeza de desafuero sí, desafuero no, está a punto de hacerlo Presidente. Como las víboras, se deshace de la engorrosa piel del fragmentado PRD y se lanza a una nueva, la sexta etapa bajo los auspicios de la Virgen del Tepeyac en la que él no cree. No creía.

Por otro lado, ni de Mancera, ni de Zavala se me ocurre qué decir. Me temo que no hay nada qué decir. De Ricardo Anaya sí. No estaría mal que tuviéramos un Presidente que mudara Los Pinos a Atlanta y nos gobernara desde el otro lado del muro. Total, ya tenemos cierta experiencia.

El PRI, por su parte, profesional y mustio, calla, en buena medida descabezado y preso de sus propias y graves contradicciones internas. A menos que a última hora se saquen un conejo de la chistera, tampoco cabe esperar que aparezca ya no digamos un alazán, sino ni siquiera un jamelgo mínimamente prometedor.

El panorama es triste, pos sí. O no. Yo ya no sé qué prefiero, si un gobierno fuerte y competente, o uno débil y permisivo. Se me cruzan los cables.

El intríngulis es tanto más grave cuanto el extravío político e ideológico no se reduce a nuestro país, sino que es, ese si, global. Global del todo. La figura del Hombre de Estado ha desaparecido. El último murió hace un año. La especie se ha extinguido.

Para ilustrarlo deberé establecer, ni que sea de manera muy escueta, qué entiendo por “Hombre de Estado”. Mi definición es simple: Es un gobernante (condición sine qua non) cuyas preocupaciones y acciones van más allá de su tiempo y de su espacio. Tan simple como eso. Que no se encuentra preso por las fronteras de su país ni los términos de su mandato. Que ve más lejos, en el espacio y en el tiempo. En una palabra: que trasciende.

Grandes hombres de Estado han sido, desde el gran emperador chino Kangxi del siglo XVII, hasta Napoleón Bonaparte, pasando por el gran Ata Turk o Jawáharlál Nehru. Y por supuesto, Lenin, Mao, el mariscal Tito o Salvador Allende. Y del otro lado Churchill, Roosevelt, y si me apura, el mismísimo Hitler. En México, la figura de Morelos es indiscutible. Y un poco menos indiscutibles, Obregón, Cárdenas y el propio Salinas.

Y no quiero olvidar a los poetas-gobernantes, que aunque escasos, dieron otro matiz al mundo: Alfonso X, el Sabio, de Castilla-León, el rey Joan I de Cataluña, o incluso el efímero Rómulo Gallegos de Venezuela, caricias de la historia.

Pocos intelectuales encabezan la orden nobilísima entre faros resplandecientes iluminando tales insignes señeras. Valiosas iniciativas concitaron adhesiones externas surcando larguísimas acequias promisorias irrigando expectativas lejanas. Los argonautas nunca encontraron fácil recorrer interminables trayectos inexplicablemente serenos, sustentados en principios acendrados.

Hoy por hoy nos enfrentamos a un coro deplorable de personajes mezquinos que no ven más allá de un palmo de sus narices, y ese palmo sólo contiene intereses inmediatos y pecuniarios. Contemplar a los Trump, Macron, Putin, May, Rajoy, Tener. Escuchar sus sandeces y caérsele a uno el alma al suelo es automático.

Marcelino Perelló

Excelsior

  27 de Junio de 2017  

Liisa




No es común, pero a lo mejor lo ha experimentado usted alguna vez, curtido lector. Ese sentimiento tan desconcertante de recibir una gran alegría que viene acompañada, que remolca, una gran tristeza. Me ha ocurrido un par de veces en la vida y no se lo deseo a nadie. Queda uno anonadado, desconcertado, dépaysé, en una especie de limbo, de no-lugar.

Mi exilio en Rumanía duró exactamente ocho años, desde agosto de 1969 hasta agosto de 1977. Había huido de México a principios de enero y pasé ahí ocho meses en busca de un país que accediera a concederme el asilo permanente. Yo era comunista —y hasta donde es posible lo sigo siendo— y el lugar natural era, por supuesto, la URSS. Pero el PCM, mi partido, había condenado la intervención soviética en Checoslovaquia, cosa que a la dirigencia soviética no ha de haber caído demasiado en gracia y, además, no deseaban enrarecer las relaciones con el gobierno mexicano en caso de que éste pidiera mi extradición. De manera que, sin decir que no, pusieron una serie de condiciones inaceptables que le eran equivalentes.

Así que, gracias a los buenos oficios de Arnoldo Martínez Verdugo, primer secretario del PCM, y a la generosidad de Nicolae Ceauşescu, encontré el anhelado refugio en esa ignota y enigmática tierra que fue la República Socialiste de Rumanía. De ella sabía yo exclusivamente dos cosas: que su capital era Bucarest y que por sus montes y campiñas había retozado el más célebre de los vampiros. Así que mi nuevo destino se antojaba una aventura, y con ese espíritu abordé el Tarom que me conduciría hasta ahí.

Todos los destierros son duros. Si no lo fueran no serían utilizados como castigo y condena. Pienso a menudo en la maravillosa película de Francesco Rosi Cristo se detuvo en Éboli, y por momentos me quiero semejar a Gian Maria Volontè. Se encuentra uno alejado, segregado de todo lo que le era propio, familiar y querido. Pese a la amabilidad de los anfitriones, la soledad es una losa agobiante. Ni hablar de internet o satelitales. La clandestinidad prohibía, incluso, el teléfono (por otra parte, carísimo) y la correspondencia postal debía ser siempre indirecta.

 Y, sin embargo... para mi satisfacción y desencanto simultáneos, el mío acabó siendo un exilio de terciopelo. Rumanía resultó ser un país espléndido, y los rumanos gente incomparable. De las rumanas, ni qué decir. Mis largas estancias en el hospital me permitieron aprender rumano con relativa rapidez, de manera que mi integración fue exprés.

Enseguida tuve una multitud de cuates, algunos de los cuales se volvieron íntimos y aún conservo. Pero lo más notable de todo era la enorme cantidad de refugiados y becarios venidos del mundo entero. Trabé amistad con chilenos, peruanos, venezolanos, brasileños, angoleños, sudaneses, chipriotas, portugueses, vascos, gallegos, albaneses, griegos, mongoles, vietnamitas, cubanos, rusos.

Y finlandeses.

Liisa, Inkku y Daniel llegaron en 1971 a estudiar rumano, y fueron alojados en la misma residencia estudiantil que yo, el Edificio C de Grozavesti. En cuanto nos conocimos hicimos click. Ellos también eran comunistas. Alegres y reventados. Junto con la banda de lusos que yo frecuentaba formamos una troupe formidable. Nos veíamos todos los días, todo el día. Más bien todas las noches, toda la noche.

Al principio hablábamos en inglés, más o menos champurrado. Pero a medida que fueron aprendiendo rumano la impusimos como lengua oficial.

Liisa era la joya de la corona. Bellísima, alta y espigada con ojos zafiro y pelo trigo tierno que se deslizaba a los costados de su rostro como salto de agua. Cuando reía, y reía a menudo, salía el sol de medianoche. Alguna vez tuvimos un flirt, pero estaba casada con Daniel, que aparte de escritor era campeón de lucha olímpica, así que mejor me la llevé leve.

En 1974 se regresaron a Helsinki y nos invitaron a visitarlos. Ni cortos ni perezosos atravesamos Europa de sur a norte para llegar a otro paraíso terrenal. En Finlandia hay más lagos que gente y cada quien tiene uno. Fuimos a pasar quince días a la cabaña que tenían junto al suyo, aprovechando, sorbiendo el poco sol que la geografía les concede. Y ahí estaba Liisa retozando desnuda por los prados entrando y saliendo del agua como una náyade.

Podía uno perderse por esos bosques apacibles, misteriosos, entre abedules y pinos perfumados como ninguno, con el agridulce miedo de desorientarse y de ser rescatado por un hada o un elfo. Por otros recónditos vericuetos había numerosas inflorescencias recubriendo los ufanos matojos inconcebibles nacarados o sutilmente  opalinos. Veredas intrincadas conducen a jardines umbríos nunca trazados o apenas mínimamente intervenidos. Si los sueños tienen puestas de sol aquello fue un sueño.

Pasaron los años y los países y perdí contacto con mis finlandeses. La semana pasada, paseando por Facebook, encontré a Dunja Katz, ¡la hija de Liisa y Daniel!, la que casi vi nacer y tantas veces tuve en mis brazos. Hoy es una bella muchacha de unos cuarenta años. Le escribí, emocionado: “Dunja querida, tú no te acuerdas de mí, pero yo no te puedo olvidar”. Me respondió: “Claro que sé de ti, ese extraño personaje que aparece en las fotografías antiguas. ¡Mis papás me han hablado tanto de ti..!”.

“Liisa murió el martes.”


Marcelino Perelló

Excelsior

  28 de Junio de 2017  

martes, 23 de agosto de 2022

De fronteras y de osos

 



The Fourth of July, el cuatro de julio, pues. El Día Nacional de Estados Unidos. En esa fecha, hace 241 años, en 1776, los padres de aquella patria firmaron la llamada Declaración de Independencia, por la cual se desvinculaban del Imperio Británico y por ende a su condición de súbditos del rey Jorge III, aunque la guerra de liberación contra las fuerzas inglesas duraría algunos años más.

La efeméride no sólo les concierne a ellos, pues Estados Unidos fueron, por mucho, la primera colonia en romper los yugos de la metrópolis europea. La seguiría Haití, pero sólo hasta 1804.

La crónica posterior, obscura y sanguinaria, del quehacer y deshacer de Estados Unidos como país independiente no debería ensombrecer el brillo de aquella gesta, piedra maestra en la historia universal de la modernidad. Baste el solo ejemplo de que fue en ella, en el pensamiento de Adams, Franklin y Jefferson, en el que se inspiró la Revolución Francesa. Nada menos.

La emancipación de las “trece colonias” fue vista, y lo sigue siendo, como un sueño realizado. Mas ese sueño, como le sucede a menudo a los más bellos sueños, no tardó en convertirse en pesadilla. Hoy, nuestros vecinos del septentrión son un auténtico tumor para el conjunto de pueblos del mundo. Un tumor desde todos los puntos de vista: militar, económico y cultural.

Representan, sin duda alguna, hoy más que nunca, un régimen fundamentalista, de la más rancia especie. Ríase usted de los países árabes. Son, también sin ningún titubeo, el más rico de los países del tercer mundo.

El lema impreso en todos sus billetes de papel moneda, no tiene madre; padres sí, pero madre no: In God we Trust. La sola idea de asociar de manera tan descarnada al Divino Creador con la marmaja no tiene desperdicio. Es fantástica.

Es posible, incluso verosímil, que ellos crean en Dios, lo que es seguro es que Dios no cree en ellos. Y nosotros menos aun.

Hace ya un buen que no padecemos directamente la violencia brutal y desatada de sus gorilas uniformados. Otros pueblos del mundo, mucho más lejanos, sí. Y de qué manera.

Sin embargo, su vecindad es un verdadero grillete. La dependencia política, económica, la contaminación cultural y, sobre todo, el inmenso mercado de drogas y armas, ocasionan y estimulan una enfermedad degenerativa grave en nuestro país, que lo afecta a todos los niveles.

En la geografía humana, el primer y tercer mundo no se tocan en ningún punto. Piénselo usted, meticuloso lector. Europa está separada de África por el Mediterráneo, y el nivel de vida va disminuyendo paulatinamente hacia el este: Polonia, Bielorrusia, Rusia Occidental, el Volga, el Cáucaso, Turquía, Irán, Afganistán, la India. Y por el otro lado, Mongolia, Tuva, China Occidental, Camboya y Vietnam. Los países ricos de Asia son tres y son islas: Australia, Nueva Zelanda y Japón.

Así que el único contacto físico y real entre pobreza y riqueza en el mundo entero se da en nuestra frontera norte. 3000 Km sin solución de continuidad y sin amortiguamiento. El desierto no hace sino dificultar tantito el tránsito. Como lo hará la ya famosa barda de Trump. Verdadero monumento a la imbecilidad.

En todo caso, tal anomalía geoeconómica no puede no tener consecuencias, consecuencias graves. Dicen que alguna vez le comentaron al presidente Díaz Ordaz que en EU se decía que México era un trampolín para la droga. A lo cual, el mandatario, que tenía de sagaz lo que de feo, habría respondido: “Pues si aquí hay un trampolín, del otro lado ha de haber una alberca”.

Existen fronteras naturales y otras artificiales. Las diferencias entre ambas son claras, pero su interrelación no. Una frontera natural es aquella que marca los límites de una cierta cultura (lengua, comida, vestimenta, costumbres). Muchas especies animales conocen y practican el concepto de “territorialidad”.

Las fronteras artificiales, en cambio, reflejan una relación de poder. Son estrictamente políticas y no acostumbran a coincidir con las naturales. Parten en dos pueblos bien definidos y estructurados, y pueden prescindir con la mano en la cintura de los accidentes geográficos.

La frontera entre México y Estados Unidos es del todo artificial, como lo es la que nos separa de Guatemala.

Cuando los gringos llaman América al país que acaban de fundar, cometen una tergiversación, mezcla de ignorancia y de soberbia. ¿Acaso pretendían desde entonces “unir” al resto de naciones del continente? Conociéndolos no suena descabellado. Aunque el propio Simón Bolívar parecía cultivar una pretensión semejante.

Cuando James Monroe proclama en 1823: “América para los americanos” incurre en lo mismo. Me temo que su “América” era todo el continente, mientras que sus “americanos” eran los purititos gringos.

Y cada 4 de julio se vuelve un pretexto áureo para reafirmar esa vocación imperial que los define y estructura.

Proliferan alardes de republicanismo exacerbado secundando declaraciones inflamadas afirmándose soberanos. Monroe invirtió valores indiscutibles sobrepuso ideales genuinos muchos otros sin auténtico soporte ideológico.

Y es ahí donde la puerca tuerce el rabo, pues la política de Trump, muro incluido, parece indicar que el viejo imperialismo expansionista está siendo sustituido por un atrincheramiento que algo tiene de pusilánime.

Este oso decidió hibernar en verano.

Marcelino Perelló

Excelsior

  04 de Julio de 2017  


lunes, 22 de agosto de 2022

Se pintó de colores

 



Es probable, cinéfilo lector, que usted ya haya visto y disfrutado la maravillosa y desconcertante cinta de Jacques Rivette, La belle noiseuse, cuyo título ha sido traducido como La bella latosa, lo cual no está mal, pero sobre todo no está bien, o como en España: La bella mentirosa, lo cual indica que el traductor era un imbécil certificado o que no había visto la película. O ambas. Yo, por mi parte, defiendo a capa y espada mi propia traducción: La hermosa ladilla.

La historia es brevísima; la película, larguísima. Dura cuatro horas. En ella se narra la hechura de un cuadro, al óleo. Un pintor de renombre, Edouard Frenhofer (Michel Piccoli), su esposa Liz (Jane Birkin) y la modelo Marianne (Emmanuelle Béart) deciden encerrarse en una antigua casa de piedra en el campo, y aislarse del mundo para que él pinte la que considera de antemano la obra de su vida, un lienzo con el desnudo de Marianne. El trabajo durará meses.

Como era de preverse, se crea una relación a tres harto complicada; sin embargo la tarea continúa. Finalmente después de un tiempo interminable, Edouard anuncia que el cuadro está terminado, e invita a numerosos amigos a comer a la casa de campo para mostrarles la obra, que ni la esposa ni la misma modelo conocen, ni siquiera los espectadores que ven la película.

No tema ni se desilusione. No le voy a contar el desenlace. No cometería yo tal spoiler. Sería una falta de respeto intolerable hacia usted. Lo que sí hago es, más que invitarlo, conminarlo a que a la menor oportunidad la vea. Aunque sea en televisión, internet o DVD. Ya qué. Ahora, que si tiene el chance y la bendición divina de poder verla en sala, ya ni le digo nada. Maravilla de maravillas. Éxtasis. Experimentará usted el mítico Síndrome de Stendhal.

El colmo, la gran temeridad de Rivette es que al menos tres de las cuatro horas del film las dedica a mostrarnos y a hacer oír en primerísimo plano el pincel en su interminable ir y venir de la paleta a la tela. Una y otra vez, sin que podamos ver nada más que las cerdas brillantes deslizándose sobre un fragmento minúsculo de la imagen en ciernes. Y así hora tras hora, hasta que queda uno atrapado, hipnotizado, por ese vaivén incesante y de una suavidad lubricante y lúbrica.

Ser pintor es una bronca, un desafío. Sin duda más que las otras seis artes clásicas y que las que se han venido añadiendo a lo largo de los milenios. La soledad del pintor es mucho más densa y agobiante que la del compositor o la del escritor. En primer lugar porque su vínculo con el eventual “contemplador” (no sé cómo llamarlos; evidentemente no “público” ni “espectador”) es mucho más mediado —y por lo tanto— más lábil, difuso y confuso, que el de un músico, un poeta o un arquitecto.

No precisa de intermediarios, pero al mismo tiempo, la posibilidad de que alguien lejano vea alguna vez el original de su obra es muy remota, a menos que sea de tal valor como para ser admitida en un museo. Y el museo, aquí entre nos, no deja de ser la casa de los muertos. Aquello que se exhibe en las colecciones permanentes se vuelve rápidamente un cadáver.

Tal vez es por ello que las grandes melancolías, los grandes desvaríos y los grandes dramas, se producen con más frecuencia entre los pintores que en los creadores de otros géneros.

No sé si decir que José Luis Cuevas fue una excepción. A veces parecía que sí, pero a veces por debajo de la máscara de playboy desenfadado y frívolo asomaba cierta languidez. Al menos hasta anteayer fue el pintor mexicano mejor cotizado en las principales galerías del mundo. Cosa que no significa otra cosa. Las telas, y sobre todo las firmas, son papel moneda y están sujetas a las leyes del mercado, de un mercado abyecto, cierto, como todos los mercados.

Conocí poco a Cuevas, lo suficiente para percibir que detrás de esos lentes oscuros había una mirada triste. Los últimos años de su vida fueron amargados por el mezquino y miserable conflicto entre sus hijas y su esposa. Difícil posición, que supo llevar con tacto y dignidad. Fue un rupturista que hizo de la gráfica un alarde de insolencia. Alarde siempre auténtico, desentrañado y entrañable. Contrariamente a la opinión de no pocos academicistas, nunca se dejó seducir ni por la frivolidad ni por el canto de sirenas del mercado.

Pintar exige riguroso rigor obedeciendo aquel mandato absoluto nunca extravagante ni artificial. Notorias en numerosos artistas asoman melifluas afectaciones generando apreciaciones tediosamente oblicuas. Gracias al talento obcecado a menudo aparecen piezas excepcionales revelando radiantes osadías.

José Luis Cuevas, el eterno poltergeist, fue de esa cepa. Nunca se dejó atrapar por una corriente. Corrientes ellos. Fue él, y nadie más. Difícilmente habrá creado una escuela, un estilo imitable. Él, para quien el estilo fue la piedra maestra, el principal de sus méritos.

Anteayer la giganta quedó viuda. Anteayer el pintor, por única y última vez, se pintó de colores.

Marcelino Perelló

Excelsior  

05 de Julio de 2017  

domingo, 21 de agosto de 2022

Sesos, hígado, huevos y corazón

 




Además la tierra del Bajo Arauca constituye un cruce de culturas difícilmente hallable en otros lares; parecido digamos al de algunos países del Asia Menor. Negros y blancos, mestizos y mulatos, indios y aborígenes, conviven en una armonía fértil y abigarrada.

Sus exponentes culturales son múltiples, antiguos y contemporáneos. Desde Rómulo Gallegos y Andrés Bello hasta la proliferación de músicos y conjuntos musicales sin parangón, encabezados sin duda por el magnífico y sorprendente Gustavo Dudamel. No cabe duda, el gigante del Caribe es una tierra formidable, inabastable.

De hecho Venezuela es el único país del mundo cuyo nombre es un diminutivo. Los abundantes muelles de madera, densos y larguísimos, se adentran en el mar, en la desembocadura del Orinoco. Sobre ellos se han construido miles de viviendas, también de madera, y sus habitantes deben recorrer a menudo decenas de kilómetros en barca para desplazarse por este laberinto de canales.

Esto parece, de alguna manera, haber evocado en los colonizadores la semejanza con Venecia, y de ahí la adopción del término “Venezuela”, forma singular, pero legítima del diminutivo en español: plazuela, callejuela, zotehuela, mujerzuela...

Hoy nuestra Pequeña Venecia atraviesa una terrible crisis económica y política, una más de las muchas que ha debido sortear desde su creación como Estado independiente en 1819. Tal vez más compleja y aguda por las que ha debido librar desde entonces.

Y la considero más aguda y compleja porque los términos del enfrentamiento, las reglas del juego no están claras. En multitud de conflictos previos era relativamente sencillo inscribirse en alguno de los dos bandos —a menudo, más de dos— se sabía con harta precisión quién era quién.

La dictadura de Pérez Jiménez, por ejemplo, a pesar de las mil peripecias a que dio lugar, era bastante transparente. Él era, se reivindicaba y constituía, sin asomo de duda, un militar fascista. Como tal accedió al poder, como tal lo ejerció y como tal fue derrocado por otro golpe militar con apoyo popular.

La carrera de Pérez Jiménez es un verdadero escándalo y las denuncias de que fue objeto por parte de intelectuales por encima de cualquier sospecha son un ejemplo viviente de valor civil, que no pocas veces les costó la vida.

Pérez obtuvo con obscuras artimañas posiciones oficiales cínicamente ostentosas. Venezolanos insignes condenaron altivos, con audaz determinación aquellas violaciones escandalosamente zafias, muchas autoridades secundarias censuraron esa revuelta claramente artificial.

Uno de aquellos valientes nos es, a los mexicanos, particularmente cercano. El poeta Andrés Eloy Blanco huyó de su país para refugiarse en el nuestro, y muere en un atentado, que quiso ser presentado como accidente, al ser embestido su coche por un camión de gran tonelaje en la esquina de Xola y Adolfo Prieto.

Ahora existe ahí un hemiciclo en su memoria. En él fue colocada una placa que Andrés dedicó a su gran amigo el poeta, Enrique González Martínez, y que reza “No hay que llorar la muerte de un viajero, hay que llorar la muerte de un camino”. Hoy esa alabanza deberemos ofrendarla al propio Eloy Blanco. Pero la cuestión ahora es quién es el viajero y cuál es el camino por cuya desaparición debemos llorar. Si los hubiere.

Cierto es, con toda certeza, que los personajes Chávez y Maduro no concitan gran confianza. Hay rasgos de sus sendos discursos que van más allá de lo extravagante, y que en más de una ocasión se deslizan hacia lo grotesco. Se trata del populismo ramplón, región cuatro.

Sin embargo, detrás y por encima de esta impresión se imponen los hechos. Y el hecho fundamental es que en la República Bolivariana de Venezuela está teniendo lugar una revolución. Una revolución popular con vocación socialista.

Y si la cubana fue inverosímil por las condiciones económicas y geográficas a las que se enfrentaba, la venezolana lo está siendo debido a los tiempos que corren y a los valores que rigen estos tiempos. Aquellos eran de heroicidades y audacias. Hoy lo son de estupidez electrónica y babeante, y de cobardía.

Las revoluciones no son fáciles. Quien espere sedas, perfumes y pétalos, más vale que se pinte cuanto antes. Las revoluciones son duras, muy duras. Todas. Y la venezolana no podía ser la excepción.

En los días que corren, toda movilización popular, realmente popular, en cualquier rincón del mundo, deberá enfrentarse a Estados Unidos. Así está la cosa. Enfrentarse a todo ese entramado de bloqueos y chapucerías económicas y a la más vomitiva manipulación mediática. Dentro y fuera. En el caso del que estamos hablando, dentro y fuera de Venezuela.

El avasallamiento es brutal, total. Es ahí donde es preciso poner toda la carne en el asador. Y no estoy seguro que lo estén haciendo. Da la impresión de que quieren dar la impresión de mansedumbre. La cuestión es ríspida y determinante: ¿la liberación del saboteador Leopoldo López apaciguará los ánimos de los contras, los de adentro y los de afuera? No lo creo.

Aunque lo que yo crea o deje de creer tiene poca importancia. Lo realmente importante es que quienes encabezan esa magnífica travesía, tengan los sesos, el corazón, los huevos y el hígado necesarios para culminarla con éxito.


Marcelino Perelló

Excelsior

  11 de Julio de 2017  


viernes, 19 de agosto de 2022

Dragones a la vista

 







Hace unas semanas se celebró en toda Cataluña la fiesta ancestral de San Jorge, Sant Jordi. Tiempo atrás le platiqué de ella aquí mismo. Hoy insisto porque la de este año tuvo características diferentes, que la hicieron del todo especial.

Se trata de una celebración distinta a cuantas pueblan el universo de los festejos. El pretexto, porque no es más que eso, es la leyenda de que el mítico San Jorge, cabalgando sobre su magnífico corcel, la espada en alto, acude a rescatar a la bella princesa que el temido dragón raptó y mantiene cautiva. Obviamente se sale con la suya, matando a la temible bestia y regresando al poblado con la bella y sonriente doncella sentada en la grupa del alazán, para regocijo de propios y extraños.

Hace ya muchos decenios que la Iglesia católica decidió dar de baja del santoral al mítico caballero, alegando que no existían pruebas fehacientes de su existencia. Yo me pregunto si van a andar pidiendo “pruebas fehacientes” de la existencia de todos los ilustres santos, santas y personajes eximios que recorren la historia sacra, antes y después de la publicación de la Biblia. Me pregunto, si se abocaran al riesgoso proyecto de probar la veracidad de las cuitas y milagros de las figuras santas, cuántas quedarían en pie. Empezando por el mero mero Jefe.

Parece ser que sólo el George fue blanco de su ira purificadora, tal vez por el carácter belicoso y justiciero que se le atribuye. El caso es que ya no será sacro, pero sigue siendo el santo patrón de varios países, como Inglaterra, Georgia (en el Cáucaso) o Cataluña.

En este último país se festeja con un enorme fervor. Laico tal vez, pero fervor en serio. El caso es que el día de Sant Jordi se celebra de manera muy hermosa, especial y multitudinaria. Todo el mundo tiene que regalar un libro y una rosa a sus seres queridos, en el sentido más laxo de la palabra.

Hasta hace medio siglo, digamos, sólo se regalaban entre enamorados. Él le daba una rosa a ella y ella un libro a él. La rosa no podía ser comprada, debía ser cortada del rosal y escogida por ella. Como los rosales ya no se dieron abasto, la tradición mudó tantito. Todo alrededor del Palacio Presidencial de Sant Jordi, en la plaza de Sant Jaume, en la noche se coloca una alambrada de dos o tres metros de altura, y cientos de longitud, todo alrededor del Palacio. Durante la noche los trabajadores engarzan en ella miles, decenas de miles de rosas.

Al día siguiente, pues, cuando la gente empieza a salir, lo primero que hacen es ir a una florería callejera (que ese día son también miles), compran una rosa (él la paga), van a Sant Jordi; allá ella escoge una de la alambrada —que no hay que pagar, por supuesto— y en su lugar colocan la que compraron. De esta manera el ritual se cumple, sin necesidad de andarse trepando por los cerros en busca de un rosal silvestre.

Con los libros es lo mismo. Él escoge uno en los miles de stands que los libreros han colocado en las calles de toda la ciudad. De todas las ciudades. Esta vez es ella quien paga.

Es importante que en medio de la barbarie de la civilización industrial las fiestas populares conserven su vigor y carácter.

Proyectos institucionales no convocan hermosos eventos, pues esas rígidas reglamentaciones obstruyen. Manifestaciones independientes reclaman improvisación vivaz al liberarse, con recursos exiguos alcanzan metas espléndidas, en sus únicas normas permiten el regocijo realmente original.

Obviamente el surgimiento del feminismo llevó a cancelar esta tradición, al considerarla machista, misógina e inequitativa. De manera que hoy la mujer sigue regalando libros, pero el hombre está obligado a obsequiar la rosa y también un libro. Manera sui generis de combatir la inequidad. Y no es la única.

Este abril hubo más rosas y libros que nunca. Fue un verdadero aluvión. Y es que el 1º de octubre se celebrará el referéndum en el cual los catalanes decidirán su futuro: si prefieren seguir formando parte del estado español, al que pertenecen desde hace 300 años, cuando perdieron la guerra contra Francia y España y fueron conquistados, o si desean recuperar la libertad perdida entonces y convertirse, de nuevo, en un país independiente.

La situación, pues, es muy tensa. Tanto en Cataluña como en España. Sin embargo, no es una situación simétrica. Si en Cataluña estos días cruciales se viven con ilusión y entusiasmo, en España los sufren con el terror de la pérdida inminente. Están contra la pared y no saben cómo hacerle.

No es necesario que le diga, agudo lector, que Sant Jordi tiene la importancia y el relieve que tiene, porque al menos desde hace 300 años, el dragón ha representado a España y tiene cautiva a Cataluña, la doncella.

Ese y otros dragones seguirán pululando por el mundo, qué duda cabe. Pero la esperanza áurea de que la estocada que recibirá los deje para siempre tocados, está más viva que nunca. Yo no sé qué nuevo sentido tendrá la fábula si finalmente en octubre vence la libertad.

En ningún caso hay que cejar. Es preciso que en el mundo la estirpe de los Sant Jordi crezca, se fortalezca y triunfe. Y que la especie de los dragones vea venir, de una vez por todas, su extinción definitiva.

Marcelino Perelló

  12 de Julio de 2017  

Del Caribe al Mediterráneo

 




El escenario de ambos, así como su significación, no pueden ser más distintos. Me refiero, como ya debe usted haberlo adivinado, sagaz lector, por un lado, a la consulta popular llevada a cabo este domingo en Venezuela, y por el otro al referéndum que tendrá lugar en Cataluña otro domingo, el 1º de octubre.

A pesar de las obvias diferencias entre una y otra, ambas coinciden en que son subversivas, es decir se oponen a los respectivos regímenes establecidos.

En Venezuela, una parte considerable de la población está en contra, de manera asaz beligerante, del gobierno bolivariano presidido, desde la muerte del comandante Hugo Chávez, por su lugarteniente Nicolás Maduro.

Ayer precisamente tuvo lugar la consulta en la que según los organizadores —todos pertenecientes a la disidencia antibolivariana— habrían participado poco más de siete millones de ciudadanos, una cuarta parte de la población del país.

En Cataluña, casualmente de 7 millones de habitantes, no se tratará de una “consulta”, sino de un referéndum vinculante, es decir que, según el gobierno catalán, su resultado será de cumplimiento obligatorio por parte de las autoridades.

Ahora bien, el cuadro y las connotaciones de ambos ejercicios son muy distintos. En Venezuela se trata únicamente de exigir un cambio de régimen. Renunciar al proyecto bolivariano y convocar a nuevas elecciones que sustituyan las actuales autoridades. De hecho, estamos hablando claramente de “incitación a la rebelión”, delito gravemente penado en todos los países.

La segunda de las preguntas en el formulario de la consulta de marras dice, negro sobre blanco: “¿Demanda a la Fuerza Armada Nacional y a todo funcionario público obedecer y defender la Constitución del año 1999 y respaldar las decisiones de la Asamblea Nacional?”. La constitución de 1999 es la que regía antes de la Revolución Bolivariana en el momento en que Chávez accedió al poder, derrotando en las elecciones al hasta entonces presidente Rafael Caldera.

Proponer ese referéndum desafiante entraña repudiar avenencias. Maduro insinuó vetarlo institucionalmente, sin embargo garantizó un respeto obsecuente para instalar extensas redes de escrutinio.

Se trata de un auténtico, obsceno, llamado al golpe de Estado, frente al cual el gobierno de Maduro no parece tener mecanismos de enfrentarlo. La salida de la cárcel del líder golpista Leopoldo López, que tiene todos los visos de un gesto de buena voluntad, no sirvió para nada. Más bien al contrario. Estimuló a los sediciosos. Ya yo lo dije aquí mismo hace 15 días. Estaba cantado.

Acosado por las cuatro bandas, Nicolás Maduro no tiene demasiado para dónde hacerse. Internacionalmente está aislado. Su suerte y la del proyecto dependerá de los apoyos internos. Y ésos no son especialmente fiables.

Según los resultados de los propios golpistas, más de la mitad de la población con derecho al voto no lo ejerció. Eso quiere decir algo, pero quién sabe qué. Ya sabemos que el “apoyo popular” a final de cuentas sirve para bien poca cosa. Son otros apoyos los que definen las coyunturas. Vamos viendo.

En Cataluña la situación es la misma, es decir diferente. Ahí la reivindicación no es el derribamiento del gobierno de Madrid, sino de algo mucho más serio. Es la liberación de Cataluña, conquistada hace 300 años por los españoles, y recuperar su estatus de estado independiente. Es decir, se trata de un movimiento secesionista, independentista.

Y ahí, el gobierno español ha declarado recio y quedito, ante cualquier foro que se le atraviese, que, a diferencia del de Caracas, no va a permitir la realización del referéndum. La cosa es ver cómo lo impide, pues, al margen de las cifras, de las mayorías y las minorías, la cantidad de catalanes que están dispuestos a defender su soberanía y su separación del reino de España, es enorme. Y cuando digo enorme quiero decir enorme.

En otras palabras, impedir la realización del referéndum es un auténtico escándalo desde el punto de vista democrático. Eso de prohibir votar suena de plano paleolítico. Pero desde la óptica social es una enormidad. Únicamente podrían lograrlo mediante el uso de la fuerza. Militar o judicial. O ambas. En cualquiera de los casos con un tufo franquista ineludible.

En el “ejercicio democrático”, como le llamaron, celebrado el 9 de noviembre de 2014, los catalanistas (independentistas) obtuvieron el 80% de los votos mientras que los españolistas (unionistas) únicamente el 4%. El 16% restante eligieron otras opciones o votaron en blanco.

Así como no se entiende por qué los adversarios de Maduro no se esperan a las elecciones generales convocadas para 2018, como señala la ley. De la misma manera tampoco resulta comprensible que los españoles rehúyan medirse, con todos los instrumentos del estado a su favor, en un referéndum sobre la independencia de Cataluña. Bastaría que lo ganaran, como en Quebec o Escocia, para que el diferendo quedara resuelto. Pero por lo visto, no lo tienen demasiado claro. Por algo será.

En ambos casos, tanto los seguidores de Leopoldo López, como los de Mariano Rajoy se balconean solos. Es sorprendente esta extraña coincidencia con un océano de por medio.


Marcelino Perelló

  18 de Julio de 2017  






jueves, 18 de agosto de 2022

Los atavíos de la muerte

 





 


Son cuatro las grandes catástrofes que amenazan la vida sobre el planeta. Curiosamente cada una corresponde a los cuatro elementos clásicos en los cuales los antiguos dividían la materia: la tierra, el aire, el agua y el fuego.

Cualquiera de ellos, cuando enloquece y se desencadena, abre las puertas de la pesadilla. A mí me ha tocado vivir los cuatro, unos con más intensidad que otros, pero igualmente terroríficos.

La furia de la tierra tiene su más espantosa manifestación en los sismos. En México sabemos de ellos. Antes de 1985 no les hacíamos demasiado caso, los ninguneábamos. Pero a partir de aquella mañana trágica todo cambió, y nuestra relación con ellos se volvió crispada. Los tememos. Al menos en las zonas sísmicas y penisísmicas, los tememos y les tenemos un respeto casi sagrado.

Lo terrible del temblor de tierra, a diferencia de las catástrofes producidas por los otros tres elementos, es que no avisa. Simplemente sucede, irrumpe sin previo aviso. Las inundaciones, los incendios y los huracanes se anuncian, se hacen presentes de manera sigilosa y taimada. Llegan de a poquito antes de enfurecer.

El miedo en los temblores aparece después, cuando ya pasaron. Primero es el susto, luego aparece el terror, y una vez pasado, cuando por fin el suelo se queda quieto, aparece la angustia. De lo que puede haber pasado y de que puede repetirse de un momento a otro.

En Culiacán, en cambio, me tocó vivir el único huracán al que conocí personalmente. Era el Waldo. La gente, a pesar de las alertas radiofónicas estaba muy tranquila. “Aquí no llegan esas cosas”, aseguraban riendo. Pero Waldo llegó. Me cae que llegó. Fue de categoría 3, según los señores Saffir y Simpson, que por lo visto no estaban. Ahí la angustia es previa pues los Waldos se anuncian. El terror se instala unos minutos, y después sigue la desazón. El recuento de daños. La alegría de lo que se salvó y el dolor de lo que se perdió. Si el temblor dura unos segundos, el paso de un huracán dura interminables minutos.

La sensación de fin del mundo es la misma. En cualquiera de las cuatro variantes de las catástrofes.

En los Pirineos enfrenté un gran incendio forestal que amenazaba llegar al bellísimo pueblecito de Sant Miquel de Cuixà. Con un grupo de amigos nos incorporamos a las brigadas de combate al fuego. Pero dada nuestra eficiencia, por lo visto, los bomberos y los campesinos nos pidieron amablemente que nos retiráramos.

Déjeme decirle que lo más terrorífico en este caso es el ruido, el rugir del fuego, como una bestia monstruosa y mitológica. Más que el brillo de las llamas o el calor agobiante, lo realmente terrible era el ruido. Caminamos hasta el coche y nos fuimos, a medias humillados y a medias aliviados.

Y el agua, déjeme decirle que el agua también se las trae. Se entiende que sea la enemiga mortal del fuego. El enfrentamiento de dos titanes. El apocalipsis propio del agua son las grandes inundaciones, como las que provocó mi amigo Waldo. En América del Norte son los huracanes los que provocan el aluvión. En otras partes del mundo acostumbran a ser las lluvias torrenciales e inacabables.

Aquí es necesario que le diga, inerme lector, que en un ciclón, el verdadero daño lo provoca el agua, no el viento. El ciclón trae viento, ciertamente, girando enloquecido, pero sobre ese viento viene el agua, miles y miles de hectolitros atrapados en la vorágine, y son ellos los respondables primeros de la catástrofe. Es el agua la que arrastra casas, vehículos y seres, por última vez vivos.

Existe, sin embargo, otra manifestación mortífera del líquido elemento, y es la que hoy en día ocupa la atención de los que están atentos. Y son los naufragios. No tienen la magnitud geográfica de un ciclón, ni los daños en bienes materiales son comparables. Pero en número de víctimas superan en mucho las cobradas por los huracanes.

Cada año, desde hace años, son miles los africanos que intentan llegar a Europa desde las costas de Marruecos, Turquía y Libia, y miles son los que darán su último suspiro antes que sientan su pecho henchido de agua salada.

Las cosas han llegado al punto en que se han desarrollado técnicas específicas y complejas para el rescate de náufragos. Los especialistas, porque ya hay especialistas, han diseñado embarcaciones ad hoc e instrumentos especiales muy elaborados.

Propusieron organizar rescates que utilicen esas sofisticadas operaciones y sean útiles y oportunas. Vadearon inmediatamente cada arrecife extendiendo sus mallas implantadas alrededor.

En 2016 fueron cinco mil los que con una angustia indecible vieron, vivieron cómo se los tragaba el mar. Este año ya vamos por encima de los tres mil. La suerte del ahogado es diversa; si sabe nadar su agonía será interminable, inenarrable, hasta que las fuerzas lo abandonen y él se abandone a la madre mar. Si no sabe nadar, la pesadilla será breve, mientras manotea y patalea intentando mantenerse a flote. En cualquiera de los casos, el agua, fuente de vida, de repente se vuelve fosa de muerte. Aterrador.

No estoy seguro, pero si me dieran a escoger, tal vez escogería el ISSSTE.

Marcelino Perelló

  19 de Julio de 2017 

Se venden chivos

 


 

En general reservamos el término “accidente” para aquellos percances que tienen su origen en la actividad humana. Un huracán o un temblor de tierra no serán nunca considerados “accidentales”. En cambio, un incendio puede ser “natural”, es decir sin intervención humana, o bien “accidental” ya sea de manera involuntaria, culposa, o intencionada, dolosa. Donde tampoco hablaríamos de “accidente”.

En todo caso, si el ama de casa está friendo papas en un sartén repleto de aceite hirviendo, y se va un momento, tal vez porque llamaron a la puerta, dejando el mango del sartén de manera que su hijo de dos años lo pueda alcanzar, lo jale y se vea bañado por una cascada del fluido hirviente, dicha señora provocó un accidente terrible, de consecuencias funestas, y puede y debe ser acusada de negligencia. El daño que causó, por nefasto que haya sido el resultado, debe ser considerado dentro de la órbita de los delitos culposos.

La cuestión se vuelve peliaguda cuando la negligencia no es simplemente producto de la distracción, sino que tiene un fin utilitario. El cirujano que quiere hacer tres intervenciones el mismo día para hacerse de más morlacos, y entonces al apresurarse comete algún error grave, tal vez puede ser considerado culposo, pero de otra manera, de otro rango que la señora de las papas fritas.

Lo mismo sucede con el contratista que tiene prisa para terminar la obra o que adquiere materiales de calidad inferior a la pactada con tal de obtener beneficios colaterales. A consecuencia de lo cual la vida útil de la construcción se acorta o, peor aún, se colapsa. En ese caso, sobre todo si se producen víctimas en algún grado, tal vez, la conducta del constructor debería considerarse dolosa, aunque su intención no haya sido la de lastimar a nadie.

O a lo mejor de los mejores, quizás debería introducirse en el Código Penal una categoría intermedia entre el delito doloso y el culposo. Ai se las dejo a los leguleyos.

La cosa es, que en cualquiera de sus variantes, los accidentes, los accidentes como tal, existen. Han existido siempre, y seguirán existiendo por los siglos de los siglos, al menos mientras haya víctimas que puedan sufrir las consecuencias. Los anglos lo dicen de manera lapidaria y exacta: Shit happens, “la desventura ocurre”.

Hace apenas unos días, en el nuevo tramo carretero Paso Exprés que atraviesa Cuernavaca, con la idea de acortar el camino y el tiempo sobre la Autopista del Sol, el firme y el asfalto cedieron, dejando abierto un gran hoyanco de varios metros de diámetro y otros tantos de profundidad. Casi inmediatamente un automóvil que se dirigía a la Ciudad de México por el carril de alta velocidad se precipitó al fondo.

Todo eso usted ya lo sabe. Aunque los ocupantes del coche, padre e hijo, quedaron vivos y concientes, no pudieron ser rescatados sino horas después, y fallecieron en manos de los rescatistas.

Lo notable de este caso es el clamor nacional que ha despertado. Finalmente no se trata sino de un accidente más, de los cientos que se producen en nuestro país con víctimas mortales, y que pasan prácticamente inadvertidos para esos extraños medios informativos y para esa más extraña aún opinión pública.

No lo acabo de entender. Catástrofes de nivel mucho más terrible, y con un número mucho mayor de víctimas no han levantado tal ámpula. No es necesario que le dé ejemplos. Traigo docenas en la cabeza y no sabría cuáles escoger.

En esta ocasión se desata una verdadera cacería de brujas, y se buscan, y se encuentran, hasta debajo de las piedras. Los chivos expiatorios proliferan, desde los ejecutivos de las empresas constructoras, cuyos dueños resultan, como siempre, ser cuates del sobrino de Nabor que toca con la orquesta, a todos los funcionarios públicos tengan o no que ver, incluyendo los Secretarios de Estado y el propio Presidente de la República. Cuando no han sido negligentes, son de plano cómplices y se llevan su tajada. Aquí no se salva ni Dios.

Entre nos, la única explicación posible de esta auténtica estampida son los tiempos que vivimos. Algo muy profundo en nuestro inconsciente nos incita a la venganza, de lo que sea y contra quien sea.

Ignoro si se puedan fincar responsabilidades penales por el accidente que tanta gente no quiere que sea accidente. Tiempo al tiempo. Lo que sí sé es que una compañía de envergadura, vigila mucho lo que hace y cómo lo hace. Lo que menos quiere en este mundo es que le salga mal. Puede ser la ruina.

Pocas obras básicas requieren el dilucidar entre medidas incompatibles. Varias iniciativas coinciden al exponer sus unívocas notificaciones en numerosos indicadores garantizando máximos avales. Órganos reguladores acreditan sus inversiones, otros requisitos amparan nuevas operaciones.

Deploro la suerte trágica de Juan Mena López y de su hijo, pero deploro aún más la de los que estamos condenados a vivir en esta sociedad enferma.

Marcelino Perelló

  25 de Julio de 2017  




Canción de amor y de guerra




 

Era un huracán. Tal vez por eso el destino la llevó a la tierra de los mayas, donde hoy aún descansa, junto al que fuera el amor de su vida. No había quien pudiera con ese ciclón güero y de ojos azules. Ambiciosa, indomable y de una belleza extraña que la hacía aún más irresistible.

Alma Reed nació en casa de los Sullivan, el 17 de julio de 1889, hace casi exactamente 129 años. Algunas biografías la hacen hermana del igualmente célebre John Reed.

Contra la voluntad de su padre decidió hacerse periodista. Sin embargo, no pertenecía a la clase de personas que pudieran instalarse durante horas detrás de unaRemington. No era ella la que se dedicaría a escribir sobre lo que otros veían y vivían.

Sería reportera. Y lo fue. Sus escritos en defensa de los braceros no despertaban gran simpatía en los medios que, por californianos que fueran no dejaban de ser gringos. Se habría visto sin duda silenciada, o al menos echa a un lado, si no la hubiera rescatado, desde la otra punta de su nación, un rotativo mayúsculo y ya legendario: The New York Times.

Fue bajo su amparo que se ocupó del caso de un joven mexicano de 17 años que, acusado de homicidio, había sido condenado a muerte. Como corresponsal del Times enarboló una encendida defensa por la inocencia del muchacho, y logró no sólo se le conmutara la pena, sino que además, gracias a sus denuedos, se emitió un decreto-ley, el primero en EU, por el que quedaba suprimida la pena capital para los menores de edad.

Y fue también a cargo del diario neoyorquino que, a petición propia, fue enviada a México, a la península de Yucatán, a cubrir los sensacionales descubrimientos arqueológicos que varios antropólogos nacionales e internacionales estaban realizando en esos años al estudiar in situ las huellas de la civilización maya.

Corría 1923 y la Revolución Mexicana había entrado en la que sería su última etapa. Su curiosidad y la permanente desazón de su pensamiento la convirtieron en uno de los cientos de intelectuales del mundo que, atraídos por el deslumbrante fenómeno revolucionario, arribaron a nuestro país.

Sin embargo, no sé si en contra, pero sí al margen de las intenciones de sus editores, centró sus envíos no tanto en la cobertura de la realidad meramente etnográfica y antropológica, sino que de manera inevitable y predestinada, diría yo, se enteró de las auténticas barbaridades que, en nombre de la investigación histórica, los expedicionarios de su país estaban cometiendo.

Tuvo conocimiento y sacó a la luz el bestial atraco y la impune expoliación de que era objeto nuestro patrimonio arqueológico. Ante los reparos de la dirección del prestigiado cotidiano para el que trabajaba, la reportera debió procurarse otros patrocinios, más cercanos a la realidad y más alejados de intereses políticos.

Personalidad empecinada solicitó apoyos de un museo buscando reportajes especiales. Vio indignada cómo algunos exploradores saqueaban también antiguas haciendas uniendo rapacerías a ñagazas arteras, despojo infame sin temor a ninguna traba estatal. Sus implacables notas suscitaron un tremendo escándalo resultando necesaria una reparación apremiante, siendo incluso notable si utilizamos como acotación los objetos recuperados, negociándose otros vestigios, incluidas valiosas ofrendas.

A manera de ilustrar apenas una faceta de la importancia del trabajo de esta joven intrépida, y del coraje necesario para llevarlo a cabo, déjeme sólo informarle, encabronado lector, que el principal depredador de los tesoros mayas descubiertos, y beneficiario del verdadero asalto que se estaba llevando a cabo, era nada menos que el mismísimo cónsul de Estados Unidos en Mérida, el tristemente célebre Edward Thompson.

Debido a su testimonio se inició la restitución de numerosas piezas que habían sido no tan furtivamente hurtadas. El más reciente capítulo de sus logros se produjo apenas en 2008, con la devolución de un importante lote de ornamentos funerarios del periodo clásico.

Fue precisamente a raíz de su insólita y valerosa actividad, que el flamante gobernador del estado, el hipnótico e inasible Felipe Carrillo Puerto, se interesó por la labor de la periodista gringa, y fue inmediatamente subyugado por su inteligencia y su carácter. Y por su belleza, digamos de paso. De hecho, el deslumbramiento fue recíproco, pues el Jelipe también se las traía.

Dio así inicio una de las más hermosas, intensas y breves historias de amor conocidas. Decidieron unir sus vidas. Ella regresó a su país para realizar los preparativos de la boda y saldar cuentas con sus patrones.

Sin embargo, estaba escrito que el espléndido romance no se escribiría. Tres semanas después de su separación un pronunciamiento militar presuntamente delahuertista, patrocinado por los hacendados henequeneros y por el propio cónsul Thompson, depone y asesina a Carrillo Puerto. Ella recibirá la noticia en su hogar de San Francisco.

Nunca se repondrá. Y nunca olvidará la canción que su amado amante le había encargado a Ricardo Palmerín para dedicársela y despedirla en Puerto Progreso.

A pesar del drama desolador, o gracias a él, ella nunca cesará de amar desesperadamente esta tierra y la llevará siempre en mente y corazón. No se tiene noticia de que haya sostenido otra relación sentimental ni formó familia alguna.

Treinta años después de su partida volverá y se instalará en la Ciudad de México, hasta su muerte en 1966. Dejó escrito que la enterraran en el Cementerio General de Mérida, junto a los restos acribillados del hombre de su vida. Y ahí descansan aún hoy, Felipe Carrillo Puerto, el adalid, al lado, de su fugaz Peregrina.

 

Marcelino Perelló

  26 de Julio de 2017  


Canibalismo feral

Canibalismo feral


 

La crítica —ya lo he dicho aquí—, cuanto más negativa, mejor. El saber bien aquello que rechazo no me obliga —sólo eso faltaría— a saber qué es lo que quiero en su lugar.

Esta vez, sin embargo, sucede que no me limito a hacer astillas lo que detesto y arrojarlo a la pira, sino que, por una vez, tengo una propuesta alternativa, aunque dicha propuesta haya parecido a más de un amigo “irrealizable”, compasivo eufemismo para designar lo que se considera de plano delirante.

Varias de mis series de artículos las he querido dedicar a la convivencia armónica, o a menudo funesta, del hombre con su entorno natural, entorno que no por “natural” deja de implicar a los otros hombres. De hecho esa fue su primera connotación, y bautizada como política. Más tarde su sentido fue estrechándose y con el Renacimiento pasó a llamarse economía. Hoy en cierto prurito de exactitud la llamamos ecología y que se enfoca al estudio estricto del medio ambiente. Así lo llaman: medio ambiente, probablemente ya ha de quedar una sola mitad. La otra ya nos la echamos.

Hoy quiero dar por terminada esta reflexión interminable, aunque obligatoriamente volverá a aparecer de manera recurrente una y otra vez. El problema y las dificultades siguen ahí, y por lo tanto el esfuerzo colectivo de unos por agravarlas y de otros por enfrentarlas y resolverlas, también deben permanecer presentes, incólumes, activas y prestas. Aunque sea desde el modesto papel de una página de periódico. La realidad pasa por la conciencia o a menudo, ay, por la inconsciencia.

Albert Einstein dijo alguna vez que si las abejas desaparecieran, a la humanidad le quedarían cuatro años de vida. Einstein no era biólogo ni ecólogo, pero en general sabía lo que decía. Su pronóstico/advertencia tiene que ver precisamente con la concatenación complejísima de las distintas formas de vida sobre nuestra esfera voladora.

La mejor de las evidencias la da una isla, aislada (no todas las islas están aisladas) en la que habitan conejos, lobos y pastizales. Las fieras comen conejos, los orejones comen yerba y ésta se nutre de las heces de ambos. Ahí la llevan. El mayor de mis hermanos mayores, en todos los sentidos, Carles Perelló, construyó un modelo matemático a base de ecuaciones diferenciales para explicar esta dinámica. Y hace unos días me la recordó mi conversación con el joven y brillante biólogo Manuel Palomo, que como su nombre lo indica, es ornitólogo.

Se trata de una estructura simple, endemoniadamente compleja. Ni quiero ni puedo describírsela con detalle, ávido lector. Sólo le diré que si los lobos se extinguieran por alguna razón, una enfermedad digamos, también desaparecerían los conejos y la hierba. La isla quedaría desierta y yerma. En efecto, sin la presencia de su predador los conejos se multiplicarían como tales, su población crecería exponencialmente y terminarían acabando con el pasto. Y entonces morirían todos de hambre. El pasto, a su vez privado de nutrientes, también desaparecería al final.

No es necesario que le diga que la catástrofe se produce igualmente si la primera especie en borrarse del mapa fuera la de los dientudos o la de los vegetales. Cae por su propio peso.

El ejemplo es harto ilustrativo y no puede no hacer pensar. El asunto es que se piense bien. De otra manera sirve de bastante poca cosa, y lobos, conejos, hierbas se van al carajo. Y nosotros con ellos. Pues no es necesario darle muchas vueltas para entender que nuestro planeta es precisamente esa isla. Un poco más complicada, digamos. Ya lo dijo el gran Silvio: “No es lo mismo, pero es igual”.

La conclusión, pues, se impone sola.

Dicha conclusión es la de que aprendemos a vivir con los otros, de los otros, humanos o no, pero no contra los otros. De lo contrario nos lleva a todos la chingada. A los otros y a nosotros.

Considere ahora este ejemplo, distinto y semejante: un pequeño emprendedor, un apicultor digamos, para no alejarnos de esa complejísima interrelación que ya abordé in extenso hace meses, verbigracia áurea de la convivencia entre especies distintas, quiere montar su granja y sabe que en China saben de eso. Hacen colmenas padres y baratas. Pero no lo dejan. Los voraces productores nacionales, más caros y chafas, se lo impiden, en nombre de la defensa de la “industria nacional” y con el apoyo de leyes chovinistas e improcedentes.

Planea importar enjambres nuevos sencillamente aventajados, luego unos empresarios granujas ostentan esa xenofobia intolerable sin temer ocultarla. Mientras intenta vencer impedimentos, plantean incontables escollos normativos sentenciando expresamente el natural movimiento innovador.

El resultado es evidente, se friegan el empresario, el apicultor y las abejas. O nos queremos, a los otros y a nosotros mismos, o colaboramos o nos aniquilamos. O amamos a la Tierra o la extinguimos. Tertio excluso. O lo entendemos o no: la Tierra no es nuestra, nosotros somos de ella. El actual conflicto venezolano no hace sino modificar los roles de tan mórbida dinámica.

 

Marcelino Perelló

  01 de Agosto de 2017