martes, 31 de enero de 2023

La piñata


  13 de Diciembre de 2016  


En efecto, el oso en esta ocasión era suyo. Ya no saben cómo hacerle para salir del mal paso. Ahora resulta que fueron los rusos los que hackearon su sistema de cómputo para hacer ganar a Trump. Lo dice todo serio el propio Presidente. ¿Cómo la ve, jocoso lector? Ya ni la chingan. Eso no se le había ocurrido ni al mismísimo López Obrador.

Están a un paso del “voto por voto, casilla por casilla”, me cae. Quién sabe a dónde llegará el berrinche, pero parece obvio que no va a ninguna parte y que se quedará en eso, en berrinche. Un berrinche vergonzoso, impropio de una “democracia madura” como la que pretenden ejercer desde hace casi dos siglos y medio, con algún sobresalto por ahí, es cierto. Dos que tres magnicidios, el vodevil de Florida del año 2000, y poca cosa más. Nada importante.

Ahora sin embargo no saben qué hacer para impedir que el neardenthal convierta la Casa Blanca en su caverna. Echaron toda la carne en el asador para garantizar la permanencia del establishment a través de la inocente Mrs. Clinton y falloles. No estaba en el guión.

Nunca antes se había visto a un Presidente de EU convertido en un agitador de campaña como quiso serlo y hacerlo el señor Obama. Ferviente y apasionado como el que más. Nunca antes se había visto a una primera dama ir repartiendo propaganda electoral de puerta en puerta.

A medida que el proceso avanzaba y el diluvio de encuestas arreciaba, el pánico en las filas de los clintonistas (mucho más amplias que las de los simples demócratas) se adueñaba del espíritu y del discurso. Se dedicaron de tiempo completo a mentarle la madre a Trump, sin caer en cuenta hasta qué punto eso lo favorecía. Ellos y nadie más lo hicieron Presidente.

El pánico se convirtió en histeria y la histeria en derrota. El que se enoja pierde. Es algo que en México sabemos bien, y alguien habría debido pasarles el tip. De la misma manera que alguien debió recordarles la importancia de “verse con fama, aunque infame” como ilustra el sapientísimo don Alonso Quijano de Salazar.

En fin, aún tienen más de un mes para seguir dando patadas de ahogado y volviéndose el hazmerreír de propios y extraños. Sin duda lo van a aprovechar. De la vergüenza a la desvergüenza no hay más que un paso.

Era pues el momento en que desde México las instituciones públicas se mantuvieran al margen de tan triste espectáculo y dieran una imagen de seriedad y sobriedad. Aunque sólo fuera la imagen. Pero no. Somos incapaces. Nuestra idiosincrasia no permite que alguien sea más chapucero. Es más fuerte que nosotros.

Y esta vez le correspondió a la bancada del PRD en el Senado dejar claro que a nacos nadie nos gana. Que los del sol azteca constituyen un colectivo cada vez menos colectivo y en plena descomposición, es algo que todos sabemos, excepto tal vez ellos mismos. Aunque a lo mejor son ellos los primeros en ser conscientes de tal degradación.

El paso del Pejelagarto por ahí no podía no dejar huella. Lo hizo mierda todo y se fue. De aquel sueño de los fundadores, hace treinta años, no queda nada. Ha tiempo que se ha vuelto una pesadilla. Una de aquellas, terribles, de las que no puede uno despertar.

La lumpenización de los amarillos ya no la para nadie. Y aprovecho aquí la ocasión para mandar un respetuoso saludo a su insigne, flamante e intachable Presidente Nacional.

Usted lo sabe perfectamente, y yo sé que usted lo sabe, pero hay cosas que exigen ser repetidas. Pleonasmo más que conveniente, imperioso. Resulta que los H. senadores del PRD (aún existe tal cosa, quién sabe por cuánto tiempo) organizaron su preposada, con todo y prepiñata con la efigie del prepresidente gringo. Con despreocupación y desparpajo infantiles, la agarraron a palos mientras le espetaban inocentes improperios de la más pura raigambre popular. Nunca se informó, creo, de qué estaba relleno el simpático monigote, cuál fue la recompensa de las festivas y candorosas criaturas.

Nunca pensaron en si su desenfadado festejo podía ser leído en clave política o provocar algún tipo de reacción allende el Bravo. Si allá se difundieron imágenes y si ello podría complicar aún más la situación de los mexicanos residentes. Son cosas en las que los niños no piensan.

Es encomiable sin duda enarbolar la defensa de nuestros compatriotas y defender sus derechos, adquiridos y por adquirir. Pero hay que saber cuándo y sobre todo cómo y con qué.

Planteamientos incendiarios no garantizan poder orquestarlos ni ganarlos. Ondear reclamos anticipados únicamente sirve teniendo el dominio, obteniendo recursos asequibles y oportunos. Manejar invectivas valida irritaciones, y además concita hostilidades originando lamentables exabruptos.

Decir que Miguel Barbosa y su kínder fueron irresponsables es defenderlos. Consentirlos y consecuentarlos como pequeñuelos que aún no saben lo que hacen. No se trata de un acto imprudente, fue un acto intolerable, indigno. La próxima vez ojalá manden hacer una piñata mejor. A mí se me ocurre una, con parentesco más cercano, digamos.

Marcelino Perelló


lunes, 30 de enero de 2023

De fracs y de Miss Universo


  14 de Diciembre de 2016  


Algo hay sin duda de abyecto en los “premios”. En casi todos, excepción hecha de aquellos que reconocen el triunfo de una competencia deportiva. La premiación de los ganadores del salto de garrocha en las olimpiadas o de una carrera de Fórmula 1, digamos que tiene cierto sentido, en la medida en que el concepto de “competencia” en sí lo tenga.

Hay otras dos categorías de premiaciones que no pondría yo en la hoguera: aquella en la que se reconoce el valor de quien realiza un acto heroico que no estaba previsto, poniendo a salvo vidas o bienes. Los otros premios encomiables son aquellos que funcionan como estímulo para jóvenes que están desarrollando una determinada actividad de manera excepcional y se los anima a continuar en la misma línea, con la misma actitud, y el mismo denuedo.

Todo ello digamos que tiene sentido, y en esa medida el premio juega un papel ya sea lúdico o funcional. Pero todos los demás, todos los que no son sino el mero pretexto para el boato y el espectáculo, los que concitan aplausos y encomios convencionales, cuando no hipócritas, son una demostración flagrante de las más deplorables facetas de la personalidad humana, que insiste en clasificar y calificar sin ton ni son.

Tal es el caso de los innumerables “premios literarios” que pululan por el mundo, de los de cine, sean Oscares o Bafta, o en los festivales de Cannes o Venecia. Los más lastimosos, sin embargo, son los resultados de “concursos” de todo tipo. Desde aquellos en los que se premia al que come más hamburguesas hasta al que escupe más lejos.

Mención aparte merecen los “certámenes de belleza”, empezando por las humillantes parafernalias de Trump, y siguiendo con todas las “reinas” de la fiesta o de la kermesse.

En todos ellos existe por supuesto un conjunto de señorones designados para designar, y que en esa misma condición ya son los primeros laureados. Son ellos los que, basándose en criterios tan subjetivos como abstrusos, decidirán quiénes son los premiados o premiadas. El concepto mismo de jurado ya es abominable. Injusto por definición.

En fin, toda esta disquisición que da para una reflexión mucho más larga, detallada, cuidadosa y profunda, no tiene hoy otro fin que el de introducir mi comentario a los Premios Nobel que se otorgaron este domingo.

No me voy a meter, no demasiado, con los cuatro que se destinan a trabajos científicos: en física, química, medicina y economía. Me es del todo imposible normar un criterio acerca de los méritos que poseen aquellos que se hicieron acreedores a tal distinción. Supongo que la inmensa mayoría de los seres humanos están, en ese sentido, en la misma situación que yo. Especialistas incluidos. Allá los jurados —tan arbitrarios como cualquier tribunal— y sus particulares criterios.

A los que sí puedo calificar, y califico, son los otorgados en nombre de la Paz y de la Literatura. El primero es definitivamente un escándalo. Escándalo sí, novedad no. El Premio Nobel de la Paz ya fue otorgado a personajes tan mortíferos como Menájem Beguín o Barack Obama. De manera que concedérselo al verdugo Juan Manuel Santos, responsable entre otras, como ministro de Defensa del gobierno colombiano, del tristemente célebre caso de los “falsos positivos” en el que fueron pasados por las armas cientos, tal vez miles de campesinos sospechosos de colaborar con las FARC. El domingo con carita angelical y sonrisa seráfica agradeció tiernamente la distinción. Afortunadamente tiene la cara suficientemente dura; de lo contrario se podría romper cuando se le cayera de vergüenza. Pero eso, descuide usted, indignado lector, no va a suceder.

El festejo, sin embargo, se lo llevó el convidado de piedra, Bob Dylan. El cantante judío/gringo brilló por su semiausencia. Obvio se hizo bolas y no supo cómo reaccionar ante tan insólita designación. No fue pues tenía que atender “otros compromisos”, lo cual no dejaba de ser una denuncia digna de elogio, pero aceptó el millón de dólares de la dotación del premio, lo que no deja de ser un gesto miserable. Otro con la cara dura.

Digamos que me parece acertado incluir a la canción de autor como una manifestación propiamente literaria. Es una decisión que aplaudo. Ahora bien, en ese plan hay muchos más poetas/compositores con méritos superiores a los de Dylan. Sólo por mencionar los primeros que me vienen a la cabeza, digo los nombres de Silvio, de Chico o de Leonard Cohen. Digo, para empezar.

Dylan tiene méritos indiscutibles, como músico y como intérprete, pero déjeme decirle que es un mal poeta. Sus textos son más bien banales, y sus metáforas escolares no van muy lejos. Le falta el pathos, el desgarramiento que distingue al poeta del versificador. Pocos escritores resultan sinceros independientemente si tienen atributos, incluso numerosos suenan impostados sin tramar artimañas. Muchos ilustran vivencias íntimas, no obstante toda introspección tiene una base estrictamente esquizofrénica. Nuestro Bob se quedó con un pie en cada orilla. O rechazaba el premio del todo, y quedaba como un señor, a la Sartre, o lo aceptaba también del todo y aparecía como un triunfador. Así, su confusión lo deja fuera de lugar. Como su obra misma digamos.

En todo caso, el ridículo en este affaire no es tanto ni de Santos ni de Dylan, que aparecen sencillamente como comparsas. El auténtico esperpento es el Nobel mismo, con sus majestades reales y sus fracs convertidos ya en un penoso show comparable al de Miss Universo.


Marcelino Perelló

domingo, 29 de enero de 2023

La Tercera y pequeña Guerra Mundial


  20 de Diciembre de 2016  


Al llegar los israelitas la hicieron suya. Más tarde, como siempre, aterrizarían primero los griegos y después los romanos. Ahí residía Julián el Apóstata cuando fue incendiada por el persa Cosroes, al negarse, o al no poder pagar el abusivo impuesto exigido. Formó parte del Imperio Bizantino, hasta que los árabes la capturaron en el siglo VII ne. Las dos cruzadas lanzadas para cristianizarla fracasaron.

En el año 1138, cansada de ser destruida por los humanos, decidió perecer a manos de la Madre Tierra y el terremoto más terrible de los que recuerda la historia la borró del mapa. El gran Saladino la reconstruyó hasta que los mongoles se la arrebataron. A éstos los expulsaron los otomanos e incorporaron la torturada y cien veces magnífica ciudad a Antioquía, que acabaría siendo un dominio francés hasta la descolonización que siguió a la Segunda Guerra Mundial.

¿Cómo la ve, atribulado lector? Y tenga en cuenta que le ahorré, y de paso me ahorré a mí mismo, no pocos episodios no poco dramáticos. No se asombre, sin embargo. Estamos hablando del origen del mundo. De uno de los orígenes del mundo. Origen que por lo visto no acaba de acabar.

El suplicio y la catástrofe continúan. Decir que después de 50 siglos aquella gente ya debe estar habituada y resignada es más que una pendejada, es una equivocación. Una grave equivocación y una irresponsabilidad. Nadie se acostumbra nunca al horror, ni nadie se resigna al desgarramiento. No hay tradiciones ni credos que valgan.

Al apretado resumen que le ofrezco al principio de estas líneas habrá que añadir hoy a los gringos y a los rusos. Esos faltaban. Porque, no nos hagamos bolas, son ellos los auténticos protagonistas del actual capítulo de este drama (¿o debí decir tragedia?). Y que quede claro que bajo esos dos gentilicios, que no son más que una simplificación, también como siempre, se oculta el siniestro e inextricable entramado de intereses económicos y políticos, de dominio y hegemonía, de esa hidra insaciable que es el universo del capital.

Hasta ahora la atención de esa necia y frívola opinión pública se ha centrado en la muerte, otra vez como siempre, de miles y miles de hombres y mujeres como usted y como yo, cuya única diferencia es el mal fario de ser de allá y de estar allá. No son ellos ni los autores ni los causantes de la carnicería. Tampoco son los actores. Ni siquiera los figurantes. Son simplemente la escenografía, el “material”, en la más aciago y lúgubre de los sentidos.

Las naciones vecinas no quieren saber de ellos. Nunca han querido. La lástima por los menesterosos es siempre un elemento de ornato. Las escasas y desabastecidas medidas de auxilio no se dan abasto. La magnitud de la catástrofe los desborda y paraliza.

Los organismos internacionales y las tan a menudo fatuas oenegés no saben cómo enfrentarla ni están dispuestos a asumir costos y secuelas. Y no se avizora la posibilidad de que su actitud se vea sensiblemente modificada. 

Providencias ocasionales no garantizarán alivio local importante mientras iniciativas temerarias enfrenten suspicacias, Mosul igualmente vive incendiada. Los apurados socorristas calificados operan sin ayuda suficiente, aplicando soluciones improvisadas, no obteniendo pertrechos indispensables necesitan transformar artilugios necesarios buscando ingeniárselas entre neblinas.   

La auténtica solución, pues, no está ni en los hospitales de campaña, ni en el simulacro de abasto de víveres y medicinas, ni en los corredores de evacuación, que ni siquiera podemos considerar atenuantes.

Estamos frente a un tumor, maligno a más no poder, y sus metástasis son múltiples, lejanas y temibles. Siria produce muy poco petróleo y gas, pero se encuentra en el corazón de la llamada “elipse energética”, una zona de tres millones de kilómetros cuadrados, desde el Mar Rojo al Caspio, en el que se genera aproximadamente el 80% de los hidrocarburos del planeta. Poca cosa.

Su importancia estratégica es inconmensurable. Para acabar de aquilatarla baste decir que el régimen del Partido Baas que encabeza el presidente Bashar Al-Assad es el único de todo el mundo árabe que no se encuentra sometido a los dictados que salen de las riberas del Potomac.

Sólo así se entiende la participación de las grandes potencias en una guerra que hace tiempo dejó de ser civil. La batalla de Alepo parece haber terminado con la victoria de las fuerzas gubernamentales, apoyadas —más que apoyadas— por Rusia e Irán, sobre las fuerzas rebeldes encabezadas por un abigarrado e inabordable “Frente Islámico”, apoyado —más que apoyado— por Estados Unidos y ad-láteres.

Ello, conjugado con la inminente llegada del tal Donald Trump, que estaría más en su lugar entre los Simpson que en la Casa Blanca, abre un sombrío panorama en el que se mezclan todos los matices del negro.

No sólo para los sirios —ni vaya usted a creer, despreocupado lector- sino para el planeta entero. En la milenaria y legendaria Alepo se acaba de librar la que ya me atrevo a llamar Tercera y pequeña Guerra Mundial.

Marcelino Perelló

sábado, 28 de enero de 2023

514 kilómetros


  21 de Diciembre de 2016  


Anteayer lunes, apenas unos días, unas horas diría yo, antes de la celebración de la Navidad de los cristianos, un terrible atentado sacudió el centro de Berlín y con él las conciencias de la opinión pública alemana y del mundo entero. Un camión de gran tonelaje embistió una feria callejera de artículos navideños, provocando la muerte de al menos 12 personas y dejando heridas a cientos.

En el momento de escribir estas líneas aún no existe una confirmación oficial de qué fue exactamente lo ocurrido. Aún no se sabe a ciencia cierta la identidad del responsable de la matanza, si sobrevivió o no, o incluso si se encuentra ya detenido. Sin embargo, ya se da por hecho que se trató de un ataque terrorista llevado a cabo por guerrilleros yihadistas. De hecho el ISIS ya se atribuyó la acción. Aunque ello no prueba nada de manera definitiva, todo apunta en esa dirección. La canciller teutona Angela Merkel consideró que sería del todo imperdonable que el autor fuera alguno de los miles de refugiados árabes que su país ha acogido en los últimos meses; se trataría de un gesto de ingratitud inconcebible, añadió.

Tiene una buena dosis de razón la gobernante, pero quizás no toda. Tal vez pasa por alto la masacre permanente a la que están sometidos desde hace años los habitantes de los países árabes de levante, en particular Irak y Siria, y las reacciones de odio y desesperación que tal bestialidad deben provocar en no pocos de sus habitantes.

En particular, y en sangrienta coincidencia, ese mismo día se dio por concluida la ocupación militar de la ciudad de Alepo, en el norte de Siria, por parte de las fuerzas gubernamentales y sus aliados, dejando tras ellas un panorama de destrucción y desolación difícilmente imaginable. La otrora floreciente Alepo, que fuera la más importante ciudad del país, más aún que la capital Damasco, ha quedado reducida hoy a un amasijo de ruinas y cascajo color de arena.

El número de muertos ahí, tan sólo en los últimos días, no son 12; deberemos multiplicar esa cifra al menos por diez mil. Ninguno de ellos ha gozado de la atención y conmiseración pública de la que han sido objeto sus hermanos en desgracia europeos. Ni mucho menos. Ellos sufren y mueren frente a la indiferencia del mundo, si no unánime sí ampliamente compartida, y en completo anonimato.

Tiene usted razón sin duda frau Merkel, pero deberá usted reconocer que igualmente imperdonable, abominable, resulta que en la tétrica bolsa de valores de la muerte, la de los rubios cristianos esté cotizada tan por encima de la de los morenos musulmanes.

Curiosamente, la efeméride sagrada que nos aprestamos a celebrar este 25 de diciembre tiene su origen simultáneo tanto en las tierras yermas del Cercano Oriente, como en los hoy gélidos parajes de la Europa septentrional.

En efecto, es en aquellos desiertos que rodean el Mar Rojo donde se encuentra enclavada la Tierra Santa y en particular el pueblo de Belén donde habría visto la luz el redentor. El Pesebre, el Nacimiento, con el que en tantos hogares se evoca tan fausto acontecimiento, tiene su origen ahí.

Y por otra parte el entrañable abeto navideño, que estos días también encuentra lugar en plazas públicas y en los rincones de millones de casas del mundo cristiano, proviene precisamente de rituales antiquísimos de la Europa boreal.

En ambos casos se trata de exorcismos de sobrevivencia. Ya sea tanto frente a la persecución y el hostigamiento, en el caso Medioriental, como ante la intemperie inhóspita del invierno. Muy en particular en Alemania, donde la veneración del tannenbaum, el pino que insiste en mantenerse verde y conservar sus hojas, cuando todo en derredor parece fenecer. 

En este sentido la celebración navideña, en ambos casos, es solsticial y septentrional, por origen y antonomasia. Los habitantes australes de nuestro planeta se ven obligados, por mera empatía, a adoptar los ritos invernales en pleno verano, sin conseguir, ay, dotarlos de esa atmósfera tan especial que los caracteriza en este lado del ecuador.

El predominio del hemisferio norte sobre el austral es inmemorial e inevitable, por razones geográficas, demográficas e históricas. No porque sí la práctica totalidad de los mapas sitúan el Norte arriba, encima, en posición de supremacía. No existe razón astronómica ni práctica alguna para tal costumbre. Antiguamente hubo mapas invertidos, con Argentina arriba y Noruega abajo, basándose en las travesías de los primeros viajeros y exploradores, pero a medida que la cartografía se afinó dicha extravagancia—explicable, reconozcamos— desapareció.

Pese a sureños aferrados, toda orientación del orbe pone al sur abajo. Hace añísimos se tomaban algunas libertades al considerar idóneas rutas utilizadas en las avanzadas para abastecer sitios alejados.

Muy al margen de lo que los mapas quieran decir o sugerir, la celebración de este domingo, y el recogimiento que debería presidirla, de polo a polo, en este año preciso y frente a los nuevos y lúgubres presagios que hoy se ciernen sobre esta torturada humanidad, ante la nueva sobrevivencia amenazada, dediquemos aunque sea uno solo de nuestros brindis a aquellos que deberán vivirla en medio del dolor, la tristeza y el desamparo.

En la noche mágica trate usted de recordar que Berlín queda lejos, pero lo que resta de la mítica Alepo se encuentra sólo a 514 kilómetros del no menos mítico portal de Belén. Un abrazo especialmente estrecho, caro lector.


Marcelino Perelló

viernes, 27 de enero de 2023

Los cuatros


  27 de Diciembre de 2016  


Rebajemos un poco los términos de la cuestión para hacerla más asequible y menos lapidaria: ¿habrá Javier Duarte exagerado?, ¿se le pasó la mano?, ¿robó más de lo que es habitual y aconsejable? o ¿acaso simplemente lo hizo mal y le cayeron?

Toda esta recua de preguntas, que no es sino la misma replanteada con distintas luces y matices, no es trivial y no vaya usted a considerarla una simple perogrullada. Tan no lo es que no tengo noticia de que alguien, en algún espacio o en algún momento, la haya ya planteado.

Y no lo es, en primer lugar, porque conduce a otra que resulta ineludible y en la que reside el verdadero quid de la cuestión. Es ésta: ¿no será simplemente que Duarte, sin ser mejor ni peor que el resto de los gobernadores, por una razón u otra, tiene enemigos muy poderosos interesados en defenestrarlo, ponerle un cuatro endiablado y situarlo en postura de indefensión absoluta?

Digámoslo con claridad meridiana: los gobernadores de los estados en México son auténticos emires y como tales usan y abusan de sus prerrogativas con absoluta desenvoltura. Recurren a prácticas y dispendios que resultarían dudosos si no fueran indiscutibles. Son arbitrarios y despóticos. Todos.

Me permito afirmarlo y sostenerlo sin resquemor alguno y con la contundencia del caso. Sólo conozco personalmente a un par de ellos, y no tengo prueba alguna de las usanzas ilícitas a las que recurren. Pero me autorizo a sostenerlo y a generalizarlo por una razón tan definitiva como indiscutible: simplemente porque no hay nada ni nadie que se los impida.

O dicho de otra manera porque no puede ser de otra manera. Un gobernador intachable ni existe ni puede existir. El sistema y el entorno no lo permiten. Si alguien, por alguna razón, lo intentara, sería inmediatamente defenestrado y devorado, tanto por sus pares como por sus subalternos.

Ya sabe usted que no me gusta el concepto de “corrupción” y sus derivados. La palabreja de moda, en México y en buena parte del mundo, me parece eufemística y confusa. Prefiero decir que los políticos roban y transan. Unos más que otros, quiero suponer, pero a final de cuentas todos, sin excepción. No sólo en nuestro país, por supuesto, pero sí con grados y modalidades distintas. Existen, en otros lares, mecanismos diferentes de control y sanción, sociales y legales. En general más estrictos que los nuestros, pero me consta que los hay incluso más laxos y permisivos.

Autoríceme a contarle una anécdota de la que, de esa sí, tengo todos los pelos en la mano (las anécdotas, no lo perdiéramos de vista, también acostumbran a tener pelos). Hace años vino a visitarme a México un entrañable amigo gallego, hoy tristemente fallecido. Mi amigo había conocido a un joven mexicano en el tour que realizó por la antigua Leningrado.

El joven, amabilísimo, le pidió que si venía a México no dejara de buscarlo. El gallego y su esposa así lo hicieron. Para su dicha y mi desdicha. Pues el joven en cuestión secuestró a mis amigos y apenas pude verlos. Se los llevó a un formidable y prolongado paseo por buena parte del centro del país, montañas y playas incluidas. Conocieron los mejores hoteles, restaurantes y resorts, todo por cuenta, claro, de su magnánimo cicerone. El hecho, sin embargo, no sería tan sobresaliente si dicho paseo, de más de una semana, no hubiera sido realizado en helicóptero.

La cosa es que, tanto ellos como yo, acabamos enterándonos de que el magnífico anfitrión era hijo del renombrado gobernador de un renombrado estado de nuestro país. Tal cual. Si así se las gastan, nunca mejor dicho, los hijos, cómo no se las gastarán los padres. Omito los nombres, de mis amigos, del hijo y del padre en cuestión, sencillamente para evitar dar a este texto un sesgo que no quiero.

En todo caso lo que sí quiero que quede claro  es que tal episodio no es especialmente singular. Al contrario, lo considero del todo representativo de cómo andaban las cosas entonces y de cómo no hay razones para que hoy anden de otra manera.

A modo de cierto alivio, déjeme repetirle que tales “generosidades” son comunes en el mundo entero. Son propias, intrínsecas, a la política y más precisamente al poder, en todos sus niveles.

Puestos a reconsiderar a distintos estadistas sin tener en resguardo ninguna intención lesiva lograremos absolver regímenes sorprendentemente escasos. Veremos incluso contubernios asombrosos y encontraremos laberintos trapaceros increíblemente obscenos.

Todo ello habiendo sido dicho y sopesado, es inevitable considerar cuáles serán los asegunes por los cuales la implacable y siempre justa opinión pública se ceba sobre Borge o los Duarte y a la mayoría de los restantes los deja en paz. Relativa, pero paz al fin.

El papá del amigo de mis amigos, sin ir más lejos, no tuvo que enfrentar ningún reclamo serio, y terminó su mandato de manera si no elogiosa sí al menos apacible. No sé si se habrá llevado el helicóptero.

Hoy las zancadillas proliferan, pero no acaban de quedar claros los criterios con los que se reparten. Lo que sí parece indiscutible es que al licenciado Duarte, en la rifa de los cuatros, le tocó el gordo.


Marcelino Perelló

jueves, 26 de enero de 2023

Inadmisible


  28 de Diciembre de 2016  


Que la publicidad hoy en día no es sino el reino de la mentira, una más sofisticada que otra, es cosa sabida. No siempre fue así. Si uno ve o lee los anuncios de hace uno o dos siglos, digamos, se dará cuenta de que antiguamente la publicidad era esencialmente informativa. Se limitaba a hacer del conocimiento público que se vendían determinados productos o se ofrecían determinados servicios. “Vendo huevo de ganso a $1.50 la docena. Ericsson 13-231”. Así por el estilo.

Las cosas, ya lo sabe usted perfectamente, sufrido lector, se han refinado enormemente, lo que equivale a decir que se han pervertido. Ahora ya no se trata simplemente de informar y ni siquiera de convencer. El objetivo, hoy por hoy, es condicionar, domesticar y amansar.

En principio la publicidad se restringe al mundo del comercio, al dominio del comprar y vender. Se trata de enjaretarle algo al mayor número posible de incautos clientes, consumidores potenciales.

Lo que sucede es que ese universo del comercio ha extendido sus fronteras de manera alarmante. Y lo que se ofrece a la venta ya no son únicamente productos o servicios. Hoy en día la publicidad se ha apoderado de los terrenos de la política, del arte y del espectáculo. Ya no hay diferencia alguna entre propaganda política y publicidad comercial. Como aseguraba y ponía en evidencia el maestro Eulalio Ferrer, los métodos de ambas son exactamente los mismos.

Es una manera de vender ideas, proyectos y personas. La gestión pública se ha vuelto simplemente un negocio. Lo mismo sucede en el mundo del arte y del espectáculo. Así se trate de un Botero o de Lady Gaga. La cosa es ponerle el mayor precio posible, es decir aquel que garantice que la mercancía se venda y que la ganancia sea óptima.

El ejercicio en sí de tales prácticas es bastante mezquino, cierto. Pero digamos que es natural y en esa medida, tolerable. El asunto se enturbia cuando se recurre a la trampa, al engaño. Cuando ya no se trata simplemente de “colocar” objetos o sujetos, sino de engañar, timar, tomar el pelo. Vender gato por liebre, o simplemente vender la liebre sin liebre y sin gato.

Es esta una especialidad cada vez más frecuente, y que a menudo traspasa los límites de la ética y de la ley, y se vuelve definitivamente inmoral cuando no ilegal. Los ejemplos sobran. El muy reciente caso de la falsa muerte del cantante británico George Michael es una ilustración magnífica de hasta dónde puede llegar la manipulación y el engaño. No es la primera vez que se anuncia la desaparición de una estrella con el único propósito de llamar la atención, ocupar titulares de periódicos, tuits en las redes y minutos de televisión en horario triple A.

Es un recurso harto sobado. Hace ya muchos años “mataron” a Paul McCartney. De hecho todavía no lo resucitan del todo y sigue por ahí el rumor de que quien se ostenta como tal no es sino un doble. También, en su momento, lanzaron los borregos de las muertes de Britney Spears, Shakira, Will Smith o Paris Hilton, entre otros muchos.

Se trata en todos los casos de maniobras sucias, marrulleras, con tal de conmover almas sensibles y de rebote aumentar el consumo, es decir el flujo de billetes. Después resulta que todo fue un engaño, y los pobres seguidores no saben si tranquilizarse o emputarse. O ambos. De cualquier manera, el parné ya no regresará.

El caso George Michael, sin embargo, es mucho más deleznable, si cabe. Se anunció su deceso con bombo y platillo, asegurándose de matizar que “las causas no se habían podido establecer del todo”, y se tardaron casi 48 horas en desmentirlo y hacernos saber que andaba de parranda.

En el momento de escribir estas líneas aún no está claro si la engañifa fue montada por sus managers, productores y la compañía disquera Sony Music, sin conocimiento del cantante, o si éste fue cómplice del borrego. Él asegura que se encontraba en su residencia de Palm Springs y no se enteró de nada, pero aquí entre nos su versión resulta poco creíble. Ni siquiera el consumo ingente de sicotrópicos y su explicación de que “quería desconectarse del mundanal ruido durante la Navidad” parecen justificar su silencio.

Su muerte y resurrección se inscriben en ese fenómeno que los sociólogos han definido recientemente como la “post verdad”, concepto complejo y que remite a que ciertas creencias o versiones inverosímiles tienden, cada vez más, a volverse reales y verdaderas. Es el caso, por ejemplo de los resultados inexplicables de los referenda en el Reino Unido y Venezuela, o el triunfo de Donald Trump en las elecciones gringas.

Postverdades representan ideas muy extendidas rompiendo obviedades, las ocasiones propicias reproducen indiscutibles mentiras en riguroso orden. Mentiras indiscutibles validando incertidumbres, exhiben sin ambajes esa supuesta urdimbre sin trama entretejiendo desvaríos. En el caso de nuestro pop singer el resultado es un sentimiento generalizado de confusión en el que, a la manera del Gato de Schrödinger, ya no se sabe del todo si está vivo o muerto. Y esté como esté, de qué manera lo está.

George Michael seguirá cantando y engrosando sus cuentas bancarias. Si la mentira le salió bien, que es lo más probable, la engorda será notable. Ello no resta un ápice a la indignidad de tales engañifas innobles. Inadmisible.

El único atenuante que podemos esgrimir es que el susodicho desmentido se produce precisamente hoy, 28 de diciembre.

Reciba, querido amigo lector, un abrazo apretado y mis deseos sinceros de un nuevo año nuevo para usted y los suyos. Recuerde que el día de hoy también tiene 24 horas y que es probable que más de uno le quiera ver la cara. Es un antiguo y entrañable juego. Póngase pilas. Y si George Michael se cuenta entre sus amores musicales, consuélese sabiendo que aquí quedan centenares de grabaciones que le endulzarán el duelo.

Marcelino Perelló

miércoles, 25 de enero de 2023

Mi golondrina ya sabe volar

 



  03 de Enero de 2017  


Esta vez la acendrada tradición pegó fuerte en nuestro país, y como todas las fiestas descomedidas, anuncia una recia cruda. Así es esto.

Como ha sido frecuente desde los albores del siglo pasado, la celebración se inició con un aumento considerable del precio de los combustibles líquidos. Ya se habían tardado. El nombre popular para tal tradición es ya lo sabe usted, abatido lector, el de gasolinazo. Y a dicho incremento se prevé paulatina y rápidamente el de la práctica totalidad de los bienes de consumo. Se estima que en el año que se inicia la inflación alcance el 5%. No es poca cosa.

No es poca cosa, pero aquí entre nos, tampoco es nada del otro mundo. Muchos países, y en particular la gran mayoría de los de América Latina nos la envidiarían. Lo que la hace particularmente punzante no es tanto la economía sino la política. Y es que el gobierno de Peña Nieto se encuentra bajo la mira de poderosos y numerosos enemigos que han hecho de su gestión un verdadero Víacrucis, y que no perderán esta ocasión de oro para seguir haciéndosela de tos, esta vez con un nuevo argumento en su poder. Los argumentos numéricos son los meros buenos, los que se propagan más fácilmente entre la turba. Del 43 de Ayotzinapa al 20 de Magna.

Los desmanes callejeros ya se iniciaron y todo hace suponer que seguirán y probablemente crecerán. Todo pretexto es bueno y éste es magnífico.

Digámoslo claro: hay mucha gente que está molesta. Hay otra gente que finge y exagera su molestia con tal de justificar el pataleo. Y hay una tercera categoría, la de la gente que está de plácemes, pues tales sacudidas constituyen la coartada perfecta para aumentar ganancias, monetarias y/o políticas. Harán su agosto en enero.

La gente que está enojada, sinceramente enojada, tiene toda la razón del mundo para estarlo. Que ni qué. Ahora bien, el problema es hacia quién dirigir el enojo. Lo más fácil es hacia el gobierno, claro. Como siempre. Es la cara visible, la fachada del poder, aunque los verdaderos responsables se encuentren lejos o detrás.

La economía es la más enrevesada de las ciencias. Tanto que no es siquiera una ciencia. Y tanto no lo es que todo el mundo se arroga el derecho a opinar y a pontificar. A menudo sin ton ni son.

Sería ideal poder establecer si el  encarecimiento de los combustibles se debe a una mala gestión gubernamental (torpe o amañada) o bien a las despiadadas e inextricables leyes del mercado mundial. Estas últimas determinadas por el maquiavélico ajedrez de los grandes empresarios, dueños del petróleo y del futuro del mundo. Leyes tan inextricables que ni siquiera ellos entienden y dominan. Aquí se combinaron dos factores. El espectacular crecimiento del precio mundial del petróleo en 2016, que fue de más del 50% en promedio, con la dramática caída de la producción de Pemex, que ha disminuido hasta los dos millones de barriles diarios. Es lo que acostumbra a llamarse un “concurso de circunstancias”. La expresión la tenemos, la solución no.

México, gran productor de oro negro, importa más de la mitad de la gasolina que consume. Y ello se debe, sostiene Pero Grullo, a que nuestra paraestatal no da para más. Y aquí surge la cuestión delicada. En Pemex es preciso invertir cantidades ingentes de capital, para hacerla eficiente y suficiente. Pero ese capital, es decir ese dinero —que los eufemismos no nos confundan— no existe.

¿Cómo hacerle, además de exigirlo a gritos en las calles y en los libelos, para conseguir esa lana? A veces da la impresión que los “inconformes” consideran que el erario es inacabable, que los billetes son infinitos, y que si no los usan e invierten es porque los gobernantes no saben o no quieren. O bien que lo roban en tales cantidades y con tal desparpajo, que por eso no alcanzan.

Que la torpeza, la incapacidad y el latrocinio existen, es indiscutible. Quién sabe en qué grado y hasta qué punto. Pero también lo es el que no bastan para explicar el complejo entramado de la estructura y las relaciones económicas, ni los fenómenos que en ellas se producen.

Los factores reales vienen de lejos, en el tiempo y en el espacio, y tienen que ver con cuestiones de índoles tan diversas como la renuncia de Videgaray y la de Carstens, la subida de las tasas de interés en EU, la volatilidad de la oferta y de los precios de la OPEP, la elección de Trump, el enfrentamiento entre Irán y Arabia Saudita en Siria, la crisis en Petrobras, la abrumadora demanda china, o la cándida sonrisa de Meade.

Para acabar de retorcer el nudo últimamente muchos especuladores recobraron osadía, maniobrando en condiciones altamente eficaces. Diversos indicadores experimentaron caídas inesperadas sin incluso eximir tasas estructurales.           

Que los precios suben, siempre y en todas partes, ya lo sabíamos usted y yo, amigo mío. Pero me gustaría que aquellos que pregonan, con tanta vehemencia como estridencia, que las cosas se están haciendo mal, dedicaran un poco de su energía a decir cómo deberían hacerse. Y que lo hicieran de manera tantito convincente. Más allá de la denuncia y el exabrupto.

Mientras, y a modo de consuelo, vamos, usted y yo, amigo lector, a modo de exorcismo ritual y para bajarnos la bilis, a Xochimilco, a pasear un rato en trajinera, de esas a las que no les hace falta gasolina.

Marcelino Perelló

martes, 24 de enero de 2023

Siempre nos quedará Dakar


  04 de Enero de 2017  


Hace tiempo que no escribo de deportes, y hago mal. Los deportes me emocionan. Cuando era joven me la pasaba practicándolos y ahora en la vejez me la paso viéndolos (o, en la mayoría de los casos, ay, deseando verlos).

El deporte, y en general los juegos son una de las cosas más importantes de la vida. El juego no es juego. El juego pone en juego las más profundas y determinantes pulsiones humanas. No sólo los hombres juegan. Los otros animales también, y lo disfrutan tanto o más que nosotros. De los perros y gatos me consta, de los pájaros estoy convencido. De las moscas sólo lo sospecho.

El concepto mismo de juego, en sus múltiples acepciones, alude directamente al de simulación, a la representación o a la escenificación. Los jugadores de póker simulan estar haciendo negocios o ser corredores de bolsa. La niña que juega con las muñecas, simula ser madre. Y el joven que juega futbol simula un combate bélico con el enemigo. Incluso en el tranquilo, pausado y aparentemente pacífico ajedrez se escenifica un combate a muerte feroz. El jaque mate es una ejecución, cuando no un asesinato en forma.

Freud identifica dos pulsiones centrales y las denomina de acuerdo a los dioses griegos que les corresponden: Eros, la ternura, el amor, el deseo y la buena onda. Y Thánatos, la agresividad, la violencia, el odio y la muerte (incluso la propia). Se le olvidó uno, y aquí estoy yo para corregir y añadirlo: Ares, el dios de la confrontación, de la competencia, del desafío, del combate y de la guerra. Y es precisamente Ares quien preside los juegos y los deportes.

En fin, rollo complicado, extenso, con mil entresijos y apasionante, que hoy dejaré aquí. Prefiero y escojo (escojo porque prefiero) hablar del más apasionante y extraño de todos los deportes, habidos y por haber. Y tenga en cuenta, lúdico y competitivo lector, que los hay muy raros y muy intensos.

¿Qué me dice, por ejemplo, de la vuelta al mundo en solitario, sin escalas y sin asistencia, a bordo de un pequeño velero? Inimaginable. Pues eso es la Vendée Globe, que partió hace dos meses de Les Sables d’Olonne en la costa francesa del Atlántico. Los participantes que aún participan se encuentran hoy en pleno océano Índico y les resta un mes más para llegar a puerto. De locos. Bendita, maravillosa locura.

No es de ese formidable delirio del que quiero hablar hoy, pues no sé navegar, me lleva. Así que no entiendo ni conozco los mil secretos que tal proeza reclama. Prefiero ocuparme de otra gesta, con la que estoy más familiarizado y que en más de un sentido es tanto o más exultante.

El Rally París-Dakar se fundó en 1979, y se trató de una carrera de coches, por carretera como su nombre indica, pero también a través del desierto, desde la capital de Francia hasta la del Senegal, atravesando Francia, Cataluña, España, el Estrecho de Gibraltar, Marruecos, Sahara Occidental, Mauritania y Senegal, con diversas variaciones, que incluían el País Vasco, Portugal, Argelia o Mali. Duraba entre dos y tres semanas, una buena parte de las etapas fuera de las carreteras, debiendo avanzar con procedimientos de navegación a través del desierto. Aventura extraordinaria.

La proliferación de la guerra de guerrillas y de los atentados en Mali y Mauritania llevaron a la cancelación de la mágica competencia en 2008, para desconsuelo de participantes y millones de seguidores fervientes.

Al año siguiente, a los organizadores se les ocurrió una iniciativa que no puedo no considerar genial. Trasladaron la mítica carrera a Sudamérica. A Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay y Perú. Ahí también hay desiertos y también está de la chingada. La enloquecida carrera se salvó, para beneplácito de todos. Decidieron incluso conservarle el nombre de “Dakar” en homenaje a su espíritu original. “París” decidió no mudarse, allá ellos. Así son los gabachos.

En el Rally de hecho tienen lugar varias carreras simultáneas. Este año cinco. La de coches, la de camiones, la de motos, la de cuadrimotos y por primera vez en esta edición participarán los UTV (Utility Task Vehicle), una especie de bichos todo terreno, de cuatro ruedas movedizas.

Salieron de Asunción el 1º de enero, pasarán por Resistencia y entrarán a la Argentina a través de Tucumán y Jujuy para después entrar a Bolivia y llegar a Tupiza primero, luego Oruro, atravesar el desierto de dunas, repostando en los oasis, hasta La Paz, donde descansarán un día y al amanecer, va de nuez. Salen hacia Uyuni y de vuelta a Argentina. Por las escarpadas faldas orientales de los Andes hasta Salta y Chilecito. Y de ahí hacia el mar, pasando por San Juan, Río Cuarto y aterrizar finalmente, hechos polvo (en todos los sentidos de la palabra) en Buenos Aires. Donde, después de dormir se echarán un baño. En ese orden.

Pensaron el recorrido rodeando otras regiones áridas y alejadas de oasis. Muchos otros linderos indican declives arbolados de estuco resbaladizo en subida, en los cuales anidan buitres reales o negros.

Además, esta vez hay novedades. Por un lado se facilita el trayecto al incorporar motores turbo, que a tres mil metros de altura, representan una gran ventaja. Pero por otro lado, se redujo notablemente el uso del GPS, obligando a volver a las técnicas tradicionales de navegación con brújula y sextante.

El Dakar, al igual que la Vendée Globe, poseen la desconcertante característica de que no son un espectáculo en sí, pues no hay espectadores in situ. Quienes lo queremos seguir debemos hacerlo a través de la prensa.

Ya lo tendré al corriente, apasionado lector. Para los auténticos aventureros sedentarios, nos basta saber que allá lejos, en otro hemisferio hombres y mujeres se enfrentan unos a otros y todos contra la más ruda de las intemperies para que usted y yo podamos emocionarnos y vibrar.

Estos días leer el periódico tendrá un perfume y un estimulo adicional. Muchas cosas se han perdido en el mundo, pero siempre nos quedará Dakar.


Marcelino Perelló



lunes, 23 de enero de 2023

De pretextos, contextos y subtextos


  10 de Enero de 2017  


El alboroto continúa. Ayer lunes cientos de pequeñas algaradas puntearon la práctica totalidad de nuestro territorio. El denominador común, el motivo declarado de todas ellas, está por demás decirlo, es el enojo popular por el alza en el precio de los combustibles.

El párrafo anterior, concernido lector, debería estar lleno de comillas y de paréntesis, aclarando, matizando o de plano invalidando varios de los sustantivos que aparecen en él. No lo hice para no convertirlo en un galimatías y dificultar así su lectura. Lo prefiero así, esquemático, limpio —incluso falso— y a partir de él ir desmadejando su sentido.

Obviamente dicho fenómeno, por llamarlo de alguna manera, tiene muy poco que ver con el “enojo”. Es un adjetivo-trampa. No suena razonable que alguien se enoje mucho porque algo que antes le costaba cinco pesos ahora le cueste seis. Digamos que se puede enojar tantito, pero de ninguna manera como para salir a las calles a pregonar su cólera. Es más propio en este caso, hablar de “molestia”, de “disgusto” o “inconformidad”. Si acaso. Y aun estos adjetivos en su acepción más leve y matizada. Que no nos hagan majes ni, sobre todo, no nos hagamos majes a nosotros mismos. Entre el “chale”, el “chin”, el “chingaos”, el “chingue a su madre” y el “chinga tu madre” hay una distancia abismal.

Bien es cierto que el aumento en los carburantes comportará el de prácticamente todas las mercancías. Y que muy probablemente muchas de ellas elevarán su precio muy por encima del 20%. Pero ello, como dije la semana pasada aquí mismo, con gasolina o sin ella, ya lo sabíamos y sucede cada 1 de enero. Primero dinero.

Sucede aquí y sucede en todo el mundo. La sevicia de los “años fiscales”. Todo año es de Hidalgo. Así pues no hay enojo alguno. Lo afirmo con toda la contundencia que pueda soportar el papel de periódico y los miniprocesadores. Y si lo hubiere no sería a costa de magnas y premiums.

Lo que hay más bien, y eso sí me consta, es la satisfacción de muchos, que viene a ser uno de los posibles antónimos de enojo. Satisfacción de quienes encuentran una buena justificación ya sea para aumentar precios y ganancias, o bien para descalificar, injuriar, difamar a diestra y siniestra. En las calles, en los periódicos, en las pantallas o frente a los micrófonos. La cosa es mentar madres. Lo cual siempre es harto satisfactorio.

Otro de los sustantivos que pide comillas a gritos en el párrafo de marras es el de “motivo”. El tal gasolinazo será motivo de muchas otras cosas, pero no de los desmanes callejeros y periodísticos. En ese caso se trata de un simple pretexto. Así sin comillas. De un pre-texto, de aquello que precede el discurso y aparentemente lo justifica. Y digo simple no por que sea inocente, sino porque es obvio, porque no es más que una coartada.

Los múltiples tumultitos precisaban de un pretexto y lo encontraron en el contexto. En el entorno político y temporal. Desde mucho antes de asumir la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto ha sido sometido a un intenso fuego graneado, procedente de quién sabe quién y con quién sabe qué —ora sí— motivo. Ya lo he discutido aquí en más de una y en más de dos ocasiones. La maquinación la tengo clara. Sus autores y propósitos no.

El 20%, pues, les proporcionó una buena coartada. No puedo decir que les vino como anillo al dedo porque de plano es más bien raspa. Muy forzado. Podrían haber encontrado otra mejor. O por lo visto no.

En todo caso parece haber funcionado dos tres. Hasta dónde llegará quién sabe, pero no promete grandes perspectivas. Es una maniobra muy socorrida en el mundo y en la historia. El caso más reciente que me es familiar es el de Brasil, que tuvo éxito y se saldó con la defenestración de la presidente Rousseff.

El gatuperio comenzó, igualito que en México, mucho antes de que Dilma asumiera. Inicialmente lo armaron los sectores más ligados al PSDB de Aécio Neves y al PP de Paulo Maluf, directamente supeditados a los intereses de las grandes multinacionales, sobre todo petroleras y ganaderas. Armaron el “descontento popular” movilizando todas sus palancas, influencias y operadores. El objetivo era no tanto la destitución de la primera mandataria sino únicamente el de someterla, de doblarle las manos. Al no conseguirlo debieron recurrir a la fantochada parlamentaria de inhabilitarla.

Participaron otros sectores entre sus inspiradores ofreciendo negociar favores a todo agitador lacayuno. Vertieron infundios confeccionados a modo en algunos barrios de urbes juzgadas opositoras.

El pretexto y el contexto, pues, nos son familiares. Y también debería sérnoslo el subtexto, es decir aquello que subyace, que explica, induce y da sentido a los otros dos. Y el sentido que les da —permítame el pleonasmo, indulgente y clarividente lector— es el de apoderarse del poder.   

Marcelino Perelló

domingo, 22 de enero de 2023

Guepardos de arena

 


  11 de Enero de 2017  


Lo pensé, pero al final la tentación venció. Las tentaciones siempre vencen. Menos mal, pues cuando llegan a perder dejan un muy mal sabor de boca, una resaca interminable.

Consideré la posibilidad de no volverlo a llevar hoy, ansioso lector, a las dunas andinas donde, mientras recorre usted estas líneas, cientos de animales de hierro recorren, entre rugidos, los más agrestes e inhóspitos páramos.

La semana pasada le platiqué aquí mismo del legendario Rally Dakar, que por los imprevisibles e imperiosos caprichos de la historia se corre hoy en Sudamérica, sobre las faldas de los majestuosos Andes, entre buitres, cóndores y llamas, muy lejos de la capital del Senegal, allá en ultramar y a la que le debe el nombre.

No acostumbro, ya lo sabe usted, a escribir series consecutivas en este espacio. Prefiero irlas alternando, y hoy le tocaba a la peliaguda cuestión de la libertad, su concepción y connotación, sus obstáculos y desafíos. Pero, en fin, que espere. Una semana más es poca cosa. No es mañana la víspera del estallido de las cadenas, de la liberación de los hombres. Brincos diéramos.

Y el Rally termina este sábado. Sería una auténtica lástima que dejáramos pasar las cuatro etapas que nos separan de la ansiosa Buenos Aires. Que dejáramos correr a los intrépidos pilotos, más aventureros que deportistas, ante nuestra indiferencia.

Ya lo dije la semana pasada, se trata de un ejercicio único, en que la competencia, seguida apasionadamente por millones de aficionados, no es un espectáculo. No hay lugar para ellos en los desiertos. Apenas pequeñas muchedumbres en los pueblos y ciudades que señalan cada etapa. Los expectantes seguidores deben conformarse en ver y leer lo que va ocurriendo a toro pasado. En la inquietud y la emoción de la distancia y la incertidumbre.

Es realmente lamentable el olvido con el que en México se desprecia la gesta. Uno solo de los más de 600 participantes es mexicano. Se trata del guanajuatense Carlos Gracida Garza, que compite en la categoría de motos, con su Husqvarna FR 450. No le está yendo demasiado bien, ayer estaba en el lugar 96 entre 200 participantes. Mantenerse en la competencia y seguir hundiendo las llantas en la arena ya es una proeza. Se han retirado más de 40, en las cuatro categorías.

Y sin embargo no es excusa. Desdeñar esa belleza y esa exaltación es propio de badulaques. Nos mantienen embobados y adormecidos con propuestas impresentables como la Liga MX o los deportes gringos, con todo el tufo de la fayuca, de lo ajeno y lo mercantil.

En el Dakar hay un buen número de pilotos sudamericanos, sobre todo argentinos, claro, pero también chilenos, bolivianos o venezolanos. La plana mayor, sin embargo y por supuesto, corresponde a los europeos: franceses en primer lugar y los nórdicos.

La escasísima presencia mexicana se ve compensada, en mí, por la muy importante de los catalanes y sus 26 equipos. Los vecinos del sur de los Pirineos son los reyes del motociclismo, pero también participan con éxito en la categoría de autos. Los gigantescos tractocamiones son del dominio de rusos y polacos. Es muy significativa la ausencia total de los gringos. Ellos a los que supuestamente los enloquecen los motores brillan por su eclipse. Aquello que decíamos del adormecimiento, el comercio y la pendejez.

Al escribir estas líneas acaba la octava etapa que fue de la boliviana Uyuni a la Salta argentina. En motos se produjo una fiera batalla entre los franceses Soultrait y Michael Metge. El catalán Joan Barreda quedó relegado a la tercera posición. En coches domina el galo ultrafavorito Sébastien Loeb. El catalán Nani Roma le pisaba los talones pero en esta etapa ha de haber sufrido un percance grave pues en este momento aún no llega a la meta de Salta.

Las tres últimas etapas han sido especialmente difíciles, ante los incontrolables berrinches de la intemperie. De hecho la sexta, de Oruro a La Paz debió de plano suspenderse, y los equipos se trasladaron por carretera.

La tormenta no cesa, y ha obligado a eliminar sectores y a mover los puntos de control. Los indicadores en las dos especiales prácticamente se volvieron invisibles. Sin embargo la dirección de la carrera, a cargo del catalán Marc Coma, decidió mantener, ora sí que contra viento y arena el calendario.

Planearon iniciar las arrancadas simultáneamente. Modificaron incluso varios indicadores, no obstante mientras el levante arreciaba vieron acercarse ya amenazantes nubarrones, obligándolos rápidamente a suprimir itinerarios, atravesar varios arroyos no dilatados al librar interminables zonas altamente riesgosas.

En esta edición, gracias a los dioses Aymara, no se ha producido ningún accidente fatal, y esperamos que no los haya. Hay sí heridos serios, una multitud de vehículos hechos pedazos y un torrente de lágrimas y maldiciones. El mítico Carlos Sainz convirtió su Peugeot en chatarra.

Usted, dilecto y conocedor lector, también puede seguir las incidencias del mágico Rally a través de internet (nuestra televisión, ay, olvídela). Vaya al sitio oficial del Dakar en  http://www.dakar.com/dakar/2017/es. También es muy bueno y está muy al corriente el periódico peruano El Comercio.

En un mundo dominado por la ficción, la falsedad y las apariencias, en el cual la más intrépida aventura de un habitante de las ciudades es el de salir a pasear el perro a las once de la noche, no deja de ser refrescante y estimulante participar, aunque sea desde la pantalla, de la real, auténtica y magnífica epopeya de los guepardos de arena.

Nota Bene. En el momento de enviar a máquinas este texto, la dirección del Dakar anuncia que debido a las tormentas cancela la novena etapa de Salta a Chilecito. Sigamos atentos.

Marcelino Perelló

sábado, 21 de enero de 2023

Del negro al blanco al negro


  17 de Enero de 2017  


Aunque no lo parezca —porque sí lo parece— estoy utilizando las palabras con toda precisión y propiedad. En efecto, Donald Trump algo tiene de demoniaco, en más de un sentido. No me lo negará usted, intranquilo amigo lector. Y tal como están las cosas no es del todo descabellado que a última hora alguien se saque un conejo de la chistera para impedir que el Gremlin mojado se mude a la Casa Blanca.

Además también coincidirá usted conmigo en que a final de cuentas, el enorme territorio que se extiende del Bravo al San Lorenzo no viene a ser sino un inmenso rancho. Con todos sus atributos y habitado por supuesto por rancheros.

Si no fueran rancheros no hubieran elegido al Gremlin, claro. Aunque eso de votar por la Peggy tampoco era señal de demasiadas luces. Y es que en los ranchos, ya lo sabemos, no hay mucho para dónde hacerse.

Y mi prudente acotación de que Trump tomará posesión si la toma, tampoco está fuera de lugar. El clima, tanto dentro de los propios Estados Unidos como fuera, en el mundo entero, no es de los más propicios. De hecho es de una hostilidad manifiesta en prácticamente todos los medios y sectores, y los verdaderos Game Masters son capaces de salir con su domingo siete en un viernes 20, con tal de impedir el desaguisado que se ve venir.

No es algo que suceda con frecuencia, pero usted y yo sabemos que no sólo las cosas frecuentes ocurren. Las poco frecuentes, con menos frecuencia, también. Y esas son las que acostumbran a ser determinantes.

En fin, dejemos de ver moros con tranchetes, aunque el panorama esté repleto de moros y de tranchetes. Digamos que Trump tome posesión y empiece a gobernar. Y digamos también que el hecho de persignarnos no nos ayude de gran cosa.

No sabemos qué tanto poder real tendrá una vez investido. Aquí entre nos, no lo sabe ni él. Qué tanto margen de maniobra le dejarán los Masters de hace rato. Quién sabe cuántas de sus echadas podrán ser llevadas a la práctica. Me temo —es decir me congratulo— que bien pocas.

El poder político, eso sí lo sabemos, no es más que la fachada, el revestimiento. El poder real —el dinero, las armas, el ascendiente— está en la obra negra. Y en el cableado, claro. El drenaje va por cuenta del inquilino.

Los funcionarios, todos, de la punta a la base de la pirámide no son sino administradores. El Presidente de la República viene a ser el gerente, si usted quiere. Si prefiere otras metáforas puede usted considerarlo el mayordomo o el ama de llaves. Incluso el jefe de custodios o, allá, el caporal o el capataz, ya que de un rancho se trata. Ai usted, todas son alegorías apropiadas. No hay fijón.

El peligro real son dos. Es decir nos enfrentamos a dos peligros, tan real el uno como el otro. Uno es que los think tanks del búnker más obscuro de ese poder verdadero se anime y aproveche la demagogia desbocada de Trump para lanzarse al ruedo. El otro es que los sectores más retrógrados de la ciudadanía de a pie también se sientan respaldados por los mismos exabruptos y también hagan de las suyas.

En otras palabras, el gran peligro es que Trump sea el gran pretexto de los licántropos de todas las especies para salirse de madre. No es lo que el Gremlin haga o deje de hacer, es lo que desencadena, lo que los Morlocks y los Uber-Morlocks se verán autorizados a emprender. He ahí.

Ante la angustia de un futuro sombrío, el único remedio efectivo que nos resta, como en todas las angustias, es que la situación de la que venimos tampoco es un lecho de rosas. Hablando de sombríos, Barack H. Obama no fue precisamente un dechado de virtudes. Para decirlo con todas sus letras, Obama fue un fraude. Un gran fraude.

Ninguno de los compromisos que prometió, ninguna de las expectativas que despertó, se cumplieron. La lista de sus deslealtades es interminable. La cuestión migratoria levita, igual que hace ocho años. Su famosa Obamacare es agua de borrajas.

Pocas acciones determinantes resultaron efectivas, entre sus tácticas aplicadas resalta el nunca facilitar esas réplicas manifiestamente oportunas. Volteó impasible cada argumento manteniendo el mensaje incólume mediante artificios.

El aspecto más sangrante, más purulento diría yo, es el de la guerra y la agresión imperialista  que él propició, apadrinó y patrocinó. Se irá con el honor de haber sido el único presidente de la historia de los EU que mantuvo en guerra a su país durante todo su mandato; de ocho años ésta vez. El único. Auténtico logro para un premio nobel de la paz. Todo en minúsculas. De Guantánamo mejor no hablemos, mejor no hablar. Duele.

En fin, por ahí dicen que quien no se consuela es porque no quiere. Difícilmente Trump lo va a hacer peor. Del negro al blanco al negro.

Marcelino Perelló

viernes, 20 de enero de 2023

Navegar es preciso


  18 de Enero de 2017  


Finalmente, y para tristeza de todos aquellos a los que no nos queda otra que disfrutar y emocionarnos de las aventuras ajenas, el Rallie Dakar tocó este domingo a su fin.

Soy injusto conmigo mismo y con otros muchos, al decir, en el párrafo anterior, que odiseas como las del Dakar me son ajenas, nos son ajenas a todos aquellos que no estamos trepados en alguna de las bestias de hierro que lo protagonizan. De hecho, la emoción sí es compartida y a través de ella nos apropiamos la experiencia y, en alguna medida, la hacemos nuestra.

Esto siempre ha sido así, y a todos los niveles. El acoplamiento, el enganche con el otro, nos hace suyos y lo hace nuestro. Hoy ese enganche con aquellos que se encuentran al otro lado del mundo se ve facilitado por los diabólicos chunches electrónicos que han irrumpido y disrumpido nuestras vidas. Pero ya tenía lugar muchísimo antes.

La gente del mundo entero —la gente interesante e interesada—, en 1871, vivió con intensidad la expedición de Henry Stanley al rescate del doctor David Livingstone, que seis años antes había partido en busca de las míticas e inaccesibles fuentes del río Nilo.

Ambos proyectos se saldaron con éxito y es emblemática la frase que pronunció Stanley al dar con ese anciano con toda la pinta de británico rodeado de nativos africanos con los que había decidido quedarse a vivir sus últimos años, lejos de los clubes londinenses y del mundanal ruido.

El rescatista se habría dirigido entonces al venerable explorador con la frase hoy célebre: “Doctor Livingstone, I presume?”. la noticia corrió entonces como reguero de pólvora por todo el mundo occidental, conmocionando y aliviando las mentes y los corazones de todos los que se habían sentido, ellos también, sumidos en el corazón de la selva africana. Lo mismo aconteció con el heroico rescate del coronel Nobile en el Ártico, a cargo, entre otros, del mismísimo Roald Amundsen, en 1828, o en la travesía del Atlántico por Charles Lindbergh en 1927. Y millones lloraron cuando fue secuestrado y asesinado su pequeño hijo.

La lista es interminable. Y es que la imaginación a menudo suple con ventaja la información e incluso la presencia. En otro dominio de la sensibilidad humana, Napoleón Bonaparte habría escrito a su Josefina de Beauharnais: “La distancia mata las pequeñas pasiones y acrecenta las grandes”.

Así es. Me cae y me consta que así es. Y no sin cierta desilusión vi terminar el mítico Rallie, casi sintiendo mi cuerpo cubierto de arena. La desilusión fue un tanto mayor porque no ganó ninguno de los catalanes. En motos, el vencedor fue el británico Sam Sunderland, dejando a Gerard Farrés i Güell en tercero y a Joan Barreda i Bort en quinto, a pesar de los espectaculares triunfos de este último en las últimas y tortuosas etapas.

En coches se produjo la chica. Ganó el francés Stéphane Peterhansel, dejando al ultrafavorito Sebastien Loeb detrás y al catalán Nani Roma en cuarto. En camiones triunfó el ruso —no pos sí— Eduard Nikolaev. Muy meritorio fue el desempeño de la también catalana Laia Sanz, que con su KTM logró llegar en el lugar 16 en motos.

Es del todo digno de encomio que en el Dakar las mujeres participan a la par, en la misma categoría y condiciones, que los hombres. Muy notable. El de 2001, incluso, celebrado aún en África, fue ganado en la categoría de coches por una fémina, la formidable alemana Jutta Kleinschmidt. Que cada quien saque sus conclusiones. Pa’ que después andemos diciendo que las mujeres manejan mal. En fin. El Dakar terminó, pero nos queda la Vendée. La inimaginable vuelta al mundo en solitario a bordo de pequeños veleros, sin escalas ni asistencia de ningún tipo. Para poner la piel de gallina.

Dura en promedio unos tres meses. Y, a diferencia de los coches, permite seguir la regata prácticamente en directo a través de internet. Es realmente exultante. Los primeros yates ya están a punto de llegar a la meta, en la costa atlántica de Francia. Los más rezagados aún no doblan el Cabo de Hornos.

La semana que viene le platico más. Hoy, más que invitarlo, templado lector, lo conmino a que entre a la página de la regata en https://www.facebook.com/VendeeGlobe/?fref=ts o, más emocionante, a la del marino catalán Dídac Costa en https://www.facebook.com/DidacCostaVG2016/ y siga sus peripecias. Lo va contando y filmando prácticamente todo. Y uno no entiende cómo la epopeya es posible ni cómo aún existen hombres así. Muchos de los mensajes son técnicos y enigmáticos, pero no por ello, o incluso gracias a ello, resultan absolutamente hipnóticos, como por ejemplo:

“Desde la reparación de la vela mayor encadeno 4-5 días a buen ritmo. El susto con esa vela me había dejado preocupado y con la idea de reservar las de proa reparadas para más adelante, pero el viento de los últimos días era idóneo para sacar la “MDTK” (triqueta de portantes o genaker pequeño).

“Posicioné el cabo en solera y giré obenques laterales encajándolos sólidamente. Salté a babor a desatar otra relinga extendiendo drizas obtusas navegando de orza”.

Fascinante. Quién sabe qué dice, pero curiosamente el misterio nos lo hace más cercano e intenso. Y ahí están los videos y los comentarios de los legos que le echan porras y nos permiten no sentirnos intrusos.

No lo deje pasar, amigo mío. ¡Si yo hubiera sabido y osado hacerme a la mar..! Decían los antiguos marinos griegos: “Navegar es preciso, vivir no es preciso”. Y al dejarme llevar a las aguas de la Antártida me convenzo más que nunca que tenían razón.

Marcelino Perelló

jueves, 19 de enero de 2023

Misión cumplida

  24 de Enero de 2017  


Procedo a transcribir el texto íntegro cumplidamente oportuno. Me invaden varias inquietudes, mejor espero completarlo ad excursus.

“He alzado la voz en más de una ocasión, y en más de dos, en contra de la demagogia vociferante de aquellos que consideran loable y pertinente denostar al gobierno de la República y al presidente Enrique Peña Nieto, sin fundamento alguno, más allá del partidismo ramplón o del borreguismo inane. Ello me ha valido no pocas veces el ser calificado, si no estigmatizado, como “priista”. No hay fijón. Aparte de ser mentira, el epíteto es inocuo y no me quita el sueño.

“Son muchos, realmente muchos, los ciudadanos que consideran a Peña Nieto un ‘narcopresidente’, corrupto e inepto; y en primerísimo lugar, responsable directo o indirecto de la muerte o desaparición de los famosos 43 de Ayotzinapa, lo cual lo convierte automáticamente en asesino o, en el más indulgente de los casos, en cómplice de asesinos. Por acción u omisión. Dicha opinión rebasa con mucho nuestras fronteras y es sostenida de manera pertinaz por las agencias noticiosas del mundo entero.

“Digo ‘opinión’ en el párrafo anterior, mostrando una complacencia inmerecida, pues una opinión, en sentido estricto, es un juicio y precisa de cierta base, por frágil que sea, de una argumentación discutible, pero mínimamente sostenible. Y no es ese el caso. Se trata de simples exabruptos, motivados por una antipatía, por otro lado legítima y explicable, pero no por ello menos visceral.

“Estamos frente a un linchamiento mediático en toda forma y que encuentra presas dóciles en una opinión pública irreflexiva y facilota, con una proclividad desesperante hacia los esquemas elementales y maniqueos. Y tal linchamiento no es ni espontáneo ni inocente, sino que es prohijado desde núcleos concretos del poder imperial, con propósitos políticos y económicos obscuros, que adivino con facilidad, pero que me veo en total imposibilidad de precisar.

“No soy priista ni pro priista. En absoluto. No pongo al PRI en un altar, pero tampoco en una pira. Lo pongo, sin titubeos, en una balanza. Pero soy, eso sí, un defensor apasionado de la libertad y de la verdad. Lo que me convierte, de manera irremisible, en enemigo feroz, implacable, de la mentira, la manipulación, la injusticia y la estulticia. Sin piedad, concesión ni conmiseración alguna.

“Es en este sentido que he denunciado una y otra vez, sin cortapisas, la maquinación montada en contra del actual régimen de nuestro país, cuyos episodios no me he cansado de enumerar. En la etapa prepresidencial: el motín de Atenco, el caso Paulette, la frustrada candidatura de Eruviel por el PRD, la encerrona de la Ibero y los 132, y la gran algarada en las calles de la ciudad durante la toma de posesión. De la etapa propiamente presidencial: la Sección 22, las autodefensas, Tlatlaya, Michoacán, Iguala, las huelgas de la Preparatoria UACM y del IPN, las casas de las Lomas, de Malinalco y de Ixtapan de la Sal, el tren a Querétaro, Tanhuato.

“Cada uno de estos cuatros merece una discusión aparte y detallada. Discusión, que más allá del batiboleo, no ha tenido lugar. A esta lista le faltan obviamente capítulos. Pero la dejo ahí. El que no dejo es tal vez el más importante y significativo: la fuga del Chapo Guzmán.

“Ya dije aquí, y hoy lo repito, que sospecho que la evasión del célebre bandolero fue llevada a cabo por alguien experto y muy poderoso. Mucho más que las ya de por sí asombrosas posibilidades del propio Chapo. Y que en esa medida, constituye una provocación más en el cuadro de la monumental trama golpista. Es más que una sospecha. Es una presunción.

“Su sorpresiva y extraña reaprehensión no hace sino reafirmar la conjetura. Tal como los medios han descrito la operación, no resulta sostenible.

“Todo bien, impecable. Demasiado, diría yo. Mal guión, digno de Juan Orol. Como que le falta algo, algo importante, que puede ser, me temo, la participación, más que activa, de agencias gringas. La prensa internacional la da por un hecho y así lo informa. Sin embargo, en su mensaje triunfal, Peña Nieto la ignora. ‘Misión cumplida’ y ‘Lo tenemos’ dirá, retomando la Mission aclomplished de Bush, y la We got him de Obama. Las referencias parecen tan inconcientes como significativas.

“¿Será que los yanquis fueron los que liberaron en julio al Chapo (que según algunos, más suspicaces que yo, sería agente de ellos), y que después, a cambio de quién sabe qué, se lo devolvieron al gobierno de México? La cosa se ve negra y como que huele a petróleo. El desplome de los precios y la reciente gira presidencial autorizan la hipótesis. El Golfo de México es un flan. Apetitoso y promisorio.

“¿Será que Peña, finalmente, dobló las manos? La oferta pública, y repetida en Davos, de extraditar, es decir de entregar, el codiciado reo a los gringos, no hace sino acabar de apuntalar el recelo.

“En cualquier caso, de cumplirse, la decisión es grave, gravísima. La extradición de un mexicano que está encausado en México es del todo ilegal, y no se pueden, no se deberían poder, pasar nuestras leyes por aquello que tanto duele, como si nada. El precio sería la dignidad de nuestro país como Estado soberano.

“De cometerse, no sabría yo cómo calificarlo. Si como un acto vergonzoso o como una crasa desvergüenza. Me quedaría con los dos”.

No tengo nada que añadir.

Marcelino Perelló

martes, 17 de enero de 2023

Que es mi dios la libertad

 



  25 de Enero de 2017  


En el momento de teclear estas líneas, nuestro Dídac Costa, el navegante solitario del que le hablé la semana pasada, y que está dando la vuelta al mundo en su pequeño velero, sin tocar tierra ni recibir asistencia alguna, se encuentra en medio del Océano Atlántico frente a las costas de Brasil, más o menos a la altura de Belice.

Le falta aproximadamente una semana, si no intervienen nuevos sobresaltos, para que atraque finalmente en la Vendée francesa, completando así su singular —en todos los sentidos de la palabra— odisea.

Otros participantes ya terminaron la enloquecida carrera, mientras que otros más navegan detrás de Dídac, algunos sin haber doblado aún el Cabo de Hornos. Finalmente “ganó” el francés Armel Le Cléac’h a bordo de su sofisticado bajel de la Banque Populaire.

Y pongo “ganó” entre comillas, porque en realidad, bajo el pretexto de una competencia, cada uno de los participantes se enfrenta en realidad a sí mismo. Gana el que consigue alcanzar su objetivo, la meta, sin importar demasiado si otros lo hicieron antes o después.

En este sentido, la navegación de altura es parecida al alpinismo, y en particular al de alta montaña, donde también lo realmente significativo es coronar, alcanzar la cima, sin que tenga ninguna importancia el tiempo empleado. Si otros lo hicieron antes no tiene trascendencia. En ambos casos, de la misma manera que en los rallies campo-traviesa tampoco es decisivo. Lo que está en juego es conseguirlo, es decir, terminarlo.

En esta medida, ninguno de los tres ejemplos puede ser considerado estrictamente un deporte. Se trata, con más exactitud, de un desafío, un desafío personal. Una aventura, con todos sus componentes, con todos sus agobios y recompensas. A quién se enfrenta uno en realidad es a la naturaleza y a las circunstancias, al azar. Al mundo y a la vida. E, insisto, a uno mismo. En primerísimo lugar.

Dídac pone a prueba su embarcación y su suerte. La de encontrar mares y vientos propicios. Pero se pone a prueba, ante todo, él. Sus fortalezas y debilidades de todo tipo y orden.

Considere usted, envidioso lector, la simple experiencia de encontrarse solo, en medio del mar infinito, durante tres meses. Olvídese ya de la brújula y del viento, de si va en la buena dirección y a buena velocidad. Eso es además. El primer lugar lo ocupa la soledad. El único referente de uno mismo es uno mismo.

Y es aquí donde surge, de manera inexcusable, la cuestión central. Hasta dónde tal ejercicio es una experiencia de libertad y de goce, o todo lo contrario. ¿Se encuentra uno a sus anchas o, al contrario, más constreñido y más preso de las contingencias que nunca?

¿Es la libertad una componente esencial de la vida sobre la tierra o no es más que una entelequia, a lo más una especia, un condimento del que puede uno prescindir? ¿Será que Los Tigres del Norte tienen razón cuando retoman el viejo adagio y afirman que “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”?

No sé si todos los canarios manifestarían su acuerdo a tal afirmación. Algo hay del orden del confort y la seguridad en las rejas y en el alpiste. Si el mejor herrero del mundo construye la más hermosa y atractiva reja, a lo mejor nuestro cantarín amarillo se dejaría seducir.

Sin duda se trata aquí de un “enigma de opción múltiple”, sin posibilidad de generalizar una solución única y satisfactoria.

Porque orfebres sensatos nunca ofrecerían jaulas a las águilas. Mociones instintivas vuelven inútil proponerse a guardar un equilibrio, no interesando mantener otras diversas opciones.

Los condicionantes anteriores y posteriores, las herencias y las expectativas someten al sujeto a situaciones simpar, que sólo cobran sentido al inscribirse en una trayectoria.

Al hablar de libertad estamos hablando del riesgo, es decir, de la renuncia a la seguridad y al confort.

Cuentan de aquel curso de filosofía en la Sorbona. Para el examen final, el maestro mandó a los alumnos escribir un ensayo de máximo tres cuartillas sobre el tema “el placer del riesgo”. Tienen ustedes dos horas, les dijo. Al cabo de un minuto, uno de los pupilos se levanta y le entrega su examen. Para sorpresa del mentor, el joven le dice: “Ya está maestro, aquí tiene”. Entre asombrado e irritado el profesor mira la hoja sobre la cual hay una sola frase: “Es esto”. ¿Cómo habría usted calificado al audaz estudiante? El que está ahora en dificultades es el examinador, el calificador.

Al pensar una vez más en Dídac, allá indefenso, hormiga en medio del interminable desierto azul, no puedo no pensar en el bellísimo y exultante poema de José de Espronceda y su pirata cantador. Y renacen en mí aquellas inquietudes, mezcla de seducción y angustia, que me acompañaron en la infancia cada vez que leía los versos. Han pasado los años y los decenios y el titubeo del alma sigue ahí.

“Que es mi barco mi tesoro,/ que es mi dios la libertad,/ mi ley la fuerza y el viento / y mi única patria la mar”.

Marcelino Perelló

lunes, 16 de enero de 2023

La fiera democrática


  31 de Enero de 2017  


La actualidad, hoy, pasa obligatoria y, diría yo, apremiantemente por aquello que está ocurriendo en la tétrica mansión en las riberas del Potomac. Hoy más tétrica que nunca a pesar de la pintura alba con la que han sido recubiertos sus muros. Al menos los exteriores.

Debería decir no tanto lo que está pasando ahí, sino, con más propiedad y con un sentido más alegórico del lenguaje, lo que está brotando de ahí. Nunca como hoy percibo a la residencia oficial del Presidente de Estados Unidos como un inmenso forúnculo, del que lo que brota, como de todos los forúnculos, es pus. Sangre y pus.

Digo que nunca como hoy, y probablemente me equivoque. De esa misma casona surgió la orden de atacar a México en 1846 o a Irak en 2003, la de arrojar las bombas atómicas sobre Japón en 1945 y tantas otras barbaridades innombrables e incontables.

Junto a ellas, lo que está sucediendo hoy podría parecer peccata minuta, y de hecho quizás lo es. Sin embargo, de alguna manera, la gravedad y el hedor de la actual purulencia hieren, asquean y mosquean más. Tal vez por la manera insidiosa en que se instalan, tal vez no tanto por lo que son hoy sino por lo que prometen, por lo que amenazan en convertirse.

Donald Trump, aunque parezca mentira llega al lugar en el que se encuentra, y goza del poder que detenta porque sesenta millones de ciudadanos del país más “desarrollado” del mundo así lo decidieron. Sesenta veces mil veces mil de adultos  consideraron pertinente que este señor hiciera lo que está haciendo.

Y es que, dejémoslo claro. Trump no engañó ni engaña a nadie. Es de una honestidad y transparencia desarmante. Está haciendo, con una celeridad digna del mejor y más eficiente CEO, exactamente aquello que dijo que haría. La presidencia de Donald Trump es un fenómeno diáfano y estrictamente democrático. Como lo fue en su momento, digámoslo todo, la victoria de Adolf Hitler en 1932.

Me gustaría leer y escuchar ahora qué dice tanto entusiasta apologeta de la democracia que anda suelto por ahí. Reina un silencio sepulcral. Lo único que aciertan a balbucear es que “los republicanos hicieron trampa ayudados por los rusos”, lo cual, lamento tener que decirlo, me mueve a la hilaridad, o bien que de hecho, “voto por voto, casilla por casilla”, Mrs. Clinton debió haber sido considerada ganadora pues obtuvo más sufragios “ciudadanos” que Trump. Argumento que se desbarata solo, pues en las elecciones allá se vota por estados. El voto es universal pero no  directo. De la misma manera que en México, en las elecciones legislativas, se vota por distritos o por el criterio de mayorías relativas. Esas son las reglas del juego. Ponerlas en entredicho a toro pasado es de vergüenza ajena.

Democracia pura, amigos míos, destilada. No se hagan, ni nos hagan, pendejos. Ya pueden andar rasgándose cuanta vestidura encuentren a mano, haciendo cuantas declaraciones de condena se les ocurran, organizando manifestaciones callejeras tan numerosas como sea posible y publicando tantos memes burlones como se les ocurran. Síganle.

A lo mejor les sale bien y desbancan a Trump. Qué más quisiera yo. Pero entonces que quede claro, claro del todo, que se trataría de una asonada profunda, desvergonzadamente antidemocrática. Ustedes dirán, amigos míos.

Ello habiendo sido asentado, atrevámonos a mirar de frente la magnitud de la catástrofe. La cantidad de disparates dichos y hechos por este señor es abrumadora. En apenas diez días. Imposible no pensar en aquellos que el gran John Reed dijo que conmovieron al mundo.

Entre otras, prohibió la entrada a EU de todos aquellos que procedieran de los países estigmatizados, aunque posean la célebre green card que les autoriza la residencia o incluso aunque sean también ciudadanos gringos. Inconcebible.

Tan inconcebible como proponerse gravar con un 20% adicional los productos procedentes de México, para así “hacer pagar el muro a los mexicanos”, sin caer en la cuenta que ese arancel recaerá sobre los propios consumidores gringos. Si tal razonamiento es ridículo para cualquiera con dos dedos de frente, cuánto no lo será para quien se las da, y de hecho es, un hombre de negocios.

Lo más funesto de esta situación inexplicable es que resulta insostenible. No se puede gobernar con base en exabruptos. El tiempo de las intimidaciones y chantajes se está agotando.

Porque las amenazas comienzan a sumergirse, para las actuales circunstancias apremiantes sobran, provocan los acostumbrados cochupos al socaire. Virulencias irreflexivas concitan andanadas, para obtener beneficiosas revanchas expeditas, legando a sus adversarios los únicos calificativos infamantes necesariamente atinados.

Ello conduce por fuerza a un callejón sin salida. Y no hay nada más peligroso en este mundo que una fiera acorralada.

Marcelino Perelló

domingo, 15 de enero de 2023

La noche iluminada


  01 de Febrero de 2017  


En esta semiserie que me he propuesto dedicar a las festividades rituales a lo ancho del planeta y a lo largo del tiempo, hoy parece obligatorio hablar de la que se celebrará mañana en todo el universo cristiano y, si hemos de dar crédito a ciertas versiones, mucho más allá.

El santoral católico la asigna desde el siglo XVI a Santa Candelaria, pero está documentado que sería muy anterior. Algunos cronistas afirman que procedería de Oriente en tiempos inmemoriales. Otros le atribuyen un origen romano que sería después, como tantas otras, absorbida por la institución propiamente religiosa.

El cristianismo elige ese día para conmemorar la presentación del pequeño redentor en el templo de Jerusalén. En varias regiones del mundo, entre ellas nuestro país, “se viste al niño”, es decir, se atavía y se engalana la figura que permaneció desnuda en el pesebre y se lleva a bendecir. La costumbre, como tantas otras, se encuentra en vías de extinción, pero aún se conserva.

El solo nombre del santoral, no obstante, ya nos da dos pistas para explorar tanto el origen real como el posible auténtico significado de tan inusual y entrañable festejo. La versión romana se sustentaría en ese fenómeno lingüístico tan común que consiste en la permutación de fonemas y que en español conoce múltiples ejemplos. De entre los más conocidos está el paso del canónico “crocodilo” al actual “cocodrilo”, la conversión de “Algeria” en “Argelia” o la de “Ucraina” en “Ucrania”. La lista es interminable y su explicación está en los oscuros laberintos inconscientes que transportan el lenguaje.

Así la “Candelaria” remitiría al “Calendario” y éste a su vez a las “Calendas”, los primeros días de cada uno de los meses romanos. El desplazamiento del 1 al 2 de febrero no parece tener, en este sentido, gran significación. En todo caso recordemos que este mes, febrero, era, en aquella cronología, el último del año y, por lo tanto, su calenda también, lo que explicaría que se le diera un sentido especial. Pero además, y ello va más allá de las arbitrariedades culturales y mitológicas, resulta que el 2 de febrero se encuentra aproximadamente a la mitad entre el solsticio de invierno, en el calendario actual el 21 de diciembre y el equinoccio de primavera, el 21 de marzo. A unos 45 días de uno y otro. Es decir, marca la mitad, el “ecuador” digamos, del invierno.

En distintas latitudes del hemisferio norte señala, con sus correspondientes diferencias, el máximo del frío y el inicio de su declive.

Mas las cosas no quedan ahí. Pues como usted sabe bien, perspicaz lector, “candela” es un parónimo de “vela”, que representa el arquetipo de la luz nocturna. En más de una cultura se refirieron a las estrellas celestes precisamente como velas.

Sin embargo, la diferencia esencial es que la vela propiamente dicha, la terrestre, al contrario de las del firmamento, ilumina y, en esa medida, facilita la vida de los humanos después de la puesta del sol y antes del amanecer. El reino de las candelas se erige entre los dos crepúsculos, el del amanecer y el del anochecer.

Ello cobra especial relevancia en la época del año en que ese intervalo entre el alba y el ocaso empieza a disminuir de manera sensible, lo que haría razonable la hipótesis de que el vocablo “candelaria”, así con minúsculas, sería un sinónimo o deslizamiento del de “candelabro”, el sostén de las candelas.

La multiplicidad de las formas adoptadas por la cera que se funde para sostener la mecha que se consume, desde la vela a la candela, a la bujía, a la veladora, al cirio, pone de manifiesto la importancia tanto práctica como ritual de dichos artilugios.

La cosa se vuelve aún más sugerente si pensamos en la manera en que los pueblos indios de América se iluminaban durante la noche. No he sabido encontrar fuente ni referencia alguna que lo explique. Las antorchas obviamente cumplen con dificultad e ineficiencia dicha función.

Y el enigma se vuelve todavía más seductor si pensamos en la importancia, a pesar de su disminución, que la celebración de la Candelaria posee aún en nuestras tierras.

El arraigo queda de manifiesto al pensar en la entrañable tamalada que acompaña y que, de hecho, acuerpa del todo la celebración. El tamal, a diferencia del taco, la torta o la tortilla, sí parece de claro origen americano. El atole, con leche, no tanto. Estaríamos pues frente a una nueva manifestación de la amalgama cultural y gastronómica.

Especialmente intrigante resulta la transcripción que hace José Fernando Ramírez de la crónica del monje Diego Durán, en la que relata el testimonio, quizá apócrifo, de dos expedicionarios que describen la utilización de “velas” o “cirios” en cierta ceremonia religiosa presincrética en algún lugar de la costa oriental del istmo de Tehuantepec.

Para acabar de redondearlo escribieron sendas epístolas relatando intrépidas aventuras. Setenta indígenas peregrinos aparecían de repente exhibiendo fervorosos una efigie ricamente adornada. Mientras instalaban velas iluminadas, pusieron algunas detrás resplandeciendo entre sus extraños ropajes abigarrados.

En todo caso, es un hecho que entre los numerosos pueblos indios de Oaxaca se celebra con indiscutible vigencia la fiesta nocturna, en la que no dejan de participar los célebres y desconcertantes “monos de calenda”. Mientras el fuego ilumina la noche, el aroma de lo sugerente y lo inexplicable, perfuma el misterio.


Marcelino Perelló

sábado, 14 de enero de 2023

El sucio, el malo y el otro


  07 de Febrero de 2017  


Trátese de políticos o de mecánicos, confundimos con una frecuencia aterradora nuestras simpatías y antipatías con nuestras opiniones, con nuestros afectos y nuestros repudios. Hablar no cuesta nada. Hablar por hablar. Escribir, a menudo tampoco. Tú échale.

Y sin embargo establecer la verdad, aunque sea de manera formal y aproximada, es con harta frecuencia una tarea en los límites de lo imposible. La de juez es probablemente la más delicada y escabrosa de las profesiones. Debe uno darle la razón a alguien y quitársela a otro.

Con tal objetivo los tribunales cuentan con la ayuda de ese vademécum laberíntico que son los códigos y las leyes. Ayudas que tienen la mala y frecuente costumbre de volverse dificultades adicionales.

El juicio más célebre de la historia es precisamente al que se enfrentó el legendario Rey Salomón cuando se vio obligado a dirimir el contencioso de dos mujeres que alegaban con igual ímpetu, y con un gran y similar costal de argumentos, su maternidad sobre el recién nacido.

Ambas aseguraban tener la razón, y ambas, obviamente, afirmaban decir la verdad, lo que equivalía a sostener que la otra mentía. La afanosa búsqueda de elementos que probaran la razón de una y la falsedad de su contraparte no dio resultado alguno, como suele acontecer. Lo que sitúa al juzgador en la penosa situación de erigirse en moneda que gira en el aire.

Nunca he entendido el concepto y el significado del adjetivo “arbitrario”. Se supone que se trata del atributo de los “árbitros” y que por lo tanto lo arbitrario es justo y sustentado. Se supone, pues de hecho significa todo lo contrario. Se trata, sin duda, de uno de los numerosos pantanos de la lengua, pero como todos los pantanos, tiene un origen y una razón de existir. La contradicción lingüística en este caso se corresponde a la dificultad enorme del arbitrio.

En el caso de nuestro monarca, el ingenio acudió en su auxilio, como usted sabe bien, leído lector, e ideó una cruel solución para desvelar a la impostora, o para identificar a la madre verdadera, que es lo mismo. La fábula no es del todo edificante, pues si la justicia depende de la imaginación y la serendipia del juzgador, déjeme que le diga que estamos jodidos.

A ello habría que añadir la dificultad a la que se hubiera debido enfrentar nuestro soberano si las dos mujeres hubieran dicho al unísono: “¡No lo partan, que se lo quede ella!”, o aun peor si habrían concedido de común acuerdo dividir a la criatura. “Yo quiero pierna y muslo” hubiera podido decir una de ellas, mientras la otra manifestaba su preferencia por las pechugas.

Ahí hubiera querido yo ver a su sabia majestad. Lo rifaba o lo adoptaba él. En todo caso a la goma el juicio y con él la justicia.

Ya lo he dicho aquí, y no me pesa repetirlo: Un sector importantísimo de la sociedad mexicana está convencido de que Javier Duarte es una alimaña. Que robó a manos llenas y que asesinó o mandó asesinar a Juan y a Abraham.

Si le pregunta usted a quien sostiene tal opinión, persona que no le costará demasiado encontrar, le responderá, con toda certeza, que “todo el mundo lo sabe”. Lo que no sabe su interlocutor es que todo el mundo lo sabe porque todo el mundo lo sabe. No existe ninguna otra razón. Nada que ver con el juicio salomónico ni con algo que se le parezca. No hay ni sombra de ingenio ni de discernimiento. Simple rebañismo.

Que quede claro que Javier Duarte no ha sido juzgado y por lo tanto ningún juez lo ha considerado culpable de delito alguno. Quienes ya lo juzgaron, y condenaron, son los medios y la opinión pública. Todavía no sé si los primeros  van detrás de la segunda, o si es ésta la que va detrás de los medios. Supongo que actúan y se pronuncian al alimón.

Los tribunales, eso sí, lo han considerado sospechoso y han dictado orden de aprehensión. Hasta ahí. Aquí entre nos más les valía, porque si no los linchados serían ellos. Si de por sí. Pero entre la sospecha y la certidumbre, amigo mío, hay un abismo. Abismo que sólo pueden salvar los imbéciles. De ellos será el reino de los cielos.

Que la corrupción y la impunidad son flores que abundan y adornan con exuberancia el jardín de nuestros gobiernos y poderes anexos, no es algo que piense discutir. No porque lo diga todo el mundo, sino porque me consta. Y la única manera de combatirlas es atacando su entorno. Un hampón no puede serlo si no está rodeado de secuaces. Toda estrategia debe enfocarse sobre ellos.   

Para reconocerlos entre sus incondicionales deberemos emplear nuevas técnicas, pesquisar rigurosamente el sinuoso itinerario de esos necesarios trapaceros. Maniobras ilícitas validan insidias, y apuntalan con habladurías incuestionablementenecias groseras acusaciones motivando ordalías sañudas.

Y ése es el punto. Le confieso que Duarte me cae mal. Hasta ahí. El problema es que Miguel Ángel Yunes me cae peor.

Marcelino Perelló

Mamá cumple cien años

 


  08 de Febrero de 2017  


Raras veces los gentilicios de la geografía urbana tienen sentido. En un claro abuso del lenguaje me permito llamar aquí “topónimos” o “gentilicio” al nombre de las calles, colonias y barrios en las que se divide la urbe. Pero reconozca usted, indulgente lector, que algún sentido tiene. “Soy tepiteño” o “soy de Coyoacán” son expresiones comunes que, con cierta desenvoltura, pueden extenderse a las calles y avenidas.

A pesar de los encomiables esfuerzos de antiguos nomencladores por dar coherencia a los nombres de las vialidades, las denominaciones resultan a menudo divertidas cuando no aberrantes. La colonia Roma es un buen ejemplo. Ya me contará usted a qué Medellín se refiere la calle homónima, o bien, cómo es posible que Zacatecas se encuentre entre Querétaro y Guanajuato o Londres entre Hamburgo y Marsella.

Algunas colonias, sin embargo, pese a los embates del tiempo y de los reformadores arbitrarios e ignorantes, resisten. Ya le dieron en la madre a los hermosos bosques de la San Rafael, pero los ilustres escritores y pensadores de Polanco mantienen sus fueros. Y el entramado fluvial de la Cuauhtémoc se conserva. Las bahías, los lagos siguen ahí, aunque nadie sepa dónde diablos se encontrará el “Lago Gascasónica”.

Una lectura atenta de la toponimia resulta a menudo muy divertida. Pero hay una esquina en particular (tal vez más de una) que tiene todo el sentido del mundo: Cinco de febrero y Venustiano Carranza, pese a que el Palacio de Hierro y la Parisina quién sabe qué buscan ahí.

Este domingo se cumplió exactamente un siglo de cuando los congresistas de Querétaro dieron a luz la Constitución Política que hoy nos rige. Es un decir, pues la vieja señora se ha vuelto achacosa y se le han practicado más liftings, liposucciones e implantes que a Silvia Pinal.

A pesar de todo, la gran Silvia sigue siendo ella y la Carta Magna, contra viento y marea, también. No fue fácil dar a luz ese proyecto que ya llevaba en la grupas de su caballo el no menos grande Venustiano cuando años antes atravesó el país al frente de ese ejército que ya se llamaba Constitucionalista, pensando más en la que se proponía engendrar que en la liberal de sesenta años antes.

El país se encontraba sin estructura política alguna. El último presidente, Francisco Lagos Cházaro, había renunciado dos años antes, y Carranza se ostentaba como el “Jefe Máximo”, con base en el poder militar que le otorgaba estar al mando de un ejército de 150 mil hombres.

Cuatro años antes, cuando en Aguascalientes se celebró la Convención que reunió a los también cuatro adalides: Villa, Zapata, Obregón y él mismo, las cosas no le habían salido bien. Por ello precisamente la sede había salido por piernas de la Ciudad de México y se había desplazado al reconfortante Bajío. De todos modos don Venustiano acabó refugiándose en Veracruz, lo más cerca posible de otro posible y providencial Ipiranga. En el 17 la Ciudad de los Palacios tampoco resultaba del todo confiable y, con todo y tiliches, los constituyentes electos se refugiaron de nuevo en el Bajío. Esta vez en el Teatro Iturbide de Querétaro.

A pesar de que los villistas y los zapatistas ya habían sido defenestrados, las cosas no fueron fáciles. La influencia de ambos, agrupados en los que fueron dados en llamar “jacobinos”, fue decisiva y dificultó que el proyecto carrancista transcurriera sin sobresaltos. La Batalla de Celaya ya había tenido lugar y faltaban apenas dos años para que el Caudillo del Sur fuera asesinado al mismo tiempo que su causa y consigna. Por otro lado, las diferencias con Obregón ya se encontraban en pleno proceso de incubación y tampoco se dejaron pastorear fácilmente.

Si la de 1857 se vio marcada en gran medida por la de Estados Unidos, la del 17 no podía ignorar las impetuosas corrientes de pensamiento revolucionario que recorrían Europa. De manera que el trabajo de Querétaro consistió fundamentalmente en respetar el antiguo texto, pero dotarlo de un espíritu social y libertario de la que aquélla carecía. No olvidemos que otros de los grandes convidados de piedra fueron los hijos del Ahuizote Ricardo Flores Magón.

Hubo que frenar las pretensiones de los más radicales y dejar las grandes reivindicaciones, por supuesto, las normas de gobierno y la no reelección, pero también sobre la propiedad de la tierra, la política fiscal y la educación en un tono relativamente moderado.

Pocos ordenamientos básicos revolucionarios exigieron sostener la esencia negando todo escamoteo sectario. Para obtener buenos resultados establecieron de entrada mecanismos intransigentes. Muchos independientes votaron inopinadamente, los antiguos villistas estaban orillados y nunca obstaculizaron.

En otras palabras, la Nación Mexicana moderna se estructura en torno a Querétaro, pero el precio fue la renuncia a las aspiraciones mucho más audaces de aquellos que concebían la Revolución como un auténtico derrumbe de las instituciones burguesas.

Tal vez, años más tarde, Álvaro Obregón las hubiera abanderado, pero aquel balazo en La Bombilla, al son de El limoncito, truncó de raíz la expectativa.

Aunque un tanto descafeinada, es imposible desconocer el carácter fundador de aquella valiente e inteligente gesta legislativa. En triste contraste con el engendro que, queriéndola supuestamente honrar, sus falsos herederos presentaron en sociedad precisamente este domingo. La alegría de la efemérides no oculta la pantomima grotesca de los actuales saltimbanquis.


Marcelino Perelló


viernes, 13 de enero de 2023

Las sombras largas


  14 de Febrero de 2017  


El norte, los nortes, son los que rigen. Rigen a nivel planetario. Es conocida la escala de riqueza que puede establecerse sobre el meridiano de 30ºE, digamos, que parte a Europa y a África en dos. Existen en esa latitud cinco clarísimas y distintas franjas de “desarrollo”, cualquier cosa que eso quiera decir.

En la primera, la más septentrional, se encuentran los países escandinavos, el summum de la prosperidad y la civilidad. Hacia abajo sigue la franja anglosajona, que no canta mal las rancheras. A continuación, el norte del Mediterráneo, donde ya la pobreza y el atraso empiezan a hacer de las suyas. Atravesando el mar llegamos al mundo árabe y al desierto, en el cual la vida se vuelve áspera. Y más al sur, en el África verde (o negra, depende de en qué se fije usted) las condiciones ya se tornan de plano rudas, al borde de lo invivible.

Lo curioso es que ese mismo fenómeno se reproduce en todas las latitudes y, en el colmo, en cada país en particular. El norte de México es más rico que el sur, el de EU también. Incluso en Cuba, en la cual hablar de norte y sur es difícil. Pero es fácil en Venezuela, en Colombia, en Perú, en Ecuador, en Chile. Incluso en Brasil, a pesar de la selva. Obviamente Canadá es una excepción, por razones precisamente obvias.

Y Escocia es más rica que Inglaterra. Y el norte de Escocia es más rico que el sur de Escocia. Y en España, y en Cataluña, y en el País Vasco, y en Francia, y en Italia. Y en Egipto, y en Rusia, y en la India, y en China, y en Japón. Usted sígale, si tiene suficiente paciencia y quedó suficientemente intrigado. Australia, como Canadá, es otra excepción, de aquellas que confirman las reglas.

Las razones de tal inequidad geográfica son sin duda geográficas. El clima, la hidrografía, la orografía y otras múltiples grafías, incluyendo la orto y la cali. Pero no es sencillo explicar su influencia y mecanismos. En absoluto.

En todo caso ello provoca que las comunidades humanas, hoy en día, posean una irresistible tendencia a ir hacia el norte. Ello no siempre ha sido así, pero desde hace por lo menos una buena docena de siglos, parece indiscutible. Hacia el norte y hacia poniente, lo cual es aún más enigmático. Vaya usted a saber la dinámica profunda de tal conducta. Averígüelo Vargas.

El caso es que el antiguo fenómeno ha cobrado de manera brusca y sorpresiva una gran y cruenta actualidad a ambos lados de la Mar Océana, con modalidades distintas pero al fin y al cabo equivalentes.

La presidencia de Donald Trump está indisolublemente marcada por su intención de construir el ya famoso muro en la frontera que separa su país del nuestro. Es su estigma y estandarte al mismo tiempo, no sólo aquí y allá, sino en el mundo entero, por encima de cualquiera de las otras estridentes medidas que anuncia y que ya ha empezado a poner en práctica.

Se trata, no es necesario decirlo, de frenar ese alud migratorio que describo más arriba. Estúpida pretensión. Lo es porque la multitud de trabajadores indocumentados en la ribera izquierda del Bravo favorece obviamente a ambos pueblos y de retruque a sus gobiernos. Estúpida, sin embargo y en primer lugar, porque, como ya quedamos, es un comportamiento atávico y, como tal, detenerlo es sencillamente imposible.

Otra cosa es que, con la misma obviedad, sea absurdo exigir que el gobierno de un estado cualquiera permita o incluso patrocine cualquier ilegalidad. Su obligación precisamente es perseguirlas e impedirlas. Y recordemos que “indocumentado” es un eufemismo para “ilegal”.

En otras palabras, no se puede gobernar con la ley en la mano. Las leyes, por lo general (por no decir siempre) estorban. Lo que sucede es que Mr. Trump, en su estulticia, no sabe hacerse de la vista gorda, condición y habilidad indispensable en cualquiera que se precie de ser medianamente buen político.

Todo el chiste es lograr el equilibrio deseable de la manera más armónica posible y conjugar intereses no siempre compatibles. Pero que no se haga pendejo el nombre de pato. ¿Qué buena ama de casa, bien wasp ella, no desea tener una nana barata y confiable, y una cocinera oaxaqueña que sepa hacer algo más que hot cakes para el desayuno?

Pero alcanzar la ansiada concordia indispensable exige garantizar alternativas, lograr aquellas condiciones esenciales necesariamente accesibles. Vaticinar incluye consideraciones aleatorias, mediante iniciativas políticas rígidas introduciríamos necesariamente conflictos entre sensibilidades antagónicas.

Es de sabios hacerse pendejo. Y por más maromas que dé, y órdenes ejecutivas que se saque de la chistera, más le vale al marido de la eslovena entender cuanto antes que los condenados de la tierra seguirán pertinaces, irreductibles, su milenario éxodo hacia las tierras de las sombras largas.

Marcelino Perelló