07 de Febrero de 2017
Trátese de políticos o de mecánicos, confundimos con una frecuencia aterradora nuestras simpatías y antipatías con nuestras opiniones, con nuestros afectos y nuestros repudios. Hablar no cuesta nada. Hablar por hablar. Escribir, a menudo tampoco. Tú échale.
Y sin embargo establecer la verdad, aunque sea de manera formal y aproximada, es con harta frecuencia una tarea en los límites de lo imposible. La de juez es probablemente la más delicada y escabrosa de las profesiones. Debe uno darle la razón a alguien y quitársela a otro.
Con tal objetivo los tribunales cuentan con la ayuda de ese vademécum laberíntico que son los códigos y las leyes. Ayudas que tienen la mala y frecuente costumbre de volverse dificultades adicionales.
El juicio más célebre de la historia es precisamente al que se enfrentó el legendario Rey Salomón cuando se vio obligado a dirimir el contencioso de dos mujeres que alegaban con igual ímpetu, y con un gran y similar costal de argumentos, su maternidad sobre el recién nacido.
Ambas aseguraban tener la razón, y ambas, obviamente, afirmaban decir la verdad, lo que equivalía a sostener que la otra mentía. La afanosa búsqueda de elementos que probaran la razón de una y la falsedad de su contraparte no dio resultado alguno, como suele acontecer. Lo que sitúa al juzgador en la penosa situación de erigirse en moneda que gira en el aire.
Nunca he entendido el concepto y el significado del adjetivo “arbitrario”. Se supone que se trata del atributo de los “árbitros” y que por lo tanto lo arbitrario es justo y sustentado. Se supone, pues de hecho significa todo lo contrario. Se trata, sin duda, de uno de los numerosos pantanos de la lengua, pero como todos los pantanos, tiene un origen y una razón de existir. La contradicción lingüística en este caso se corresponde a la dificultad enorme del arbitrio.
En el caso de nuestro monarca, el ingenio acudió en su auxilio, como usted sabe bien, leído lector, e ideó una cruel solución para desvelar a la impostora, o para identificar a la madre verdadera, que es lo mismo. La fábula no es del todo edificante, pues si la justicia depende de la imaginación y la serendipia del juzgador, déjeme que le diga que estamos jodidos.
A ello habría que añadir la dificultad a la que se hubiera debido enfrentar nuestro soberano si las dos mujeres hubieran dicho al unísono: “¡No lo partan, que se lo quede ella!”, o aun peor si habrían concedido de común acuerdo dividir a la criatura. “Yo quiero pierna y muslo” hubiera podido decir una de ellas, mientras la otra manifestaba su preferencia por las pechugas.
Ahí hubiera querido yo ver a su sabia majestad. Lo rifaba o lo adoptaba él. En todo caso a la goma el juicio y con él la justicia.
Ya lo he dicho aquí, y no me pesa repetirlo: Un sector importantísimo de la sociedad mexicana está convencido de que Javier Duarte es una alimaña. Que robó a manos llenas y que asesinó o mandó asesinar a Juan y a Abraham.
Si le pregunta usted a quien sostiene tal opinión, persona que no le costará demasiado encontrar, le responderá, con toda certeza, que “todo el mundo lo sabe”. Lo que no sabe su interlocutor es que todo el mundo lo sabe porque todo el mundo lo sabe. No existe ninguna otra razón. Nada que ver con el juicio salomónico ni con algo que se le parezca. No hay ni sombra de ingenio ni de discernimiento. Simple rebañismo.
Que quede claro que Javier Duarte no ha sido juzgado y por lo tanto ningún juez lo ha considerado culpable de delito alguno. Quienes ya lo juzgaron, y condenaron, son los medios y la opinión pública. Todavía no sé si los primeros van detrás de la segunda, o si es ésta la que va detrás de los medios. Supongo que actúan y se pronuncian al alimón.
Los tribunales, eso sí, lo han considerado sospechoso y han dictado orden de aprehensión. Hasta ahí. Aquí entre nos más les valía, porque si no los linchados serían ellos. Si de por sí. Pero entre la sospecha y la certidumbre, amigo mío, hay un abismo. Abismo que sólo pueden salvar los imbéciles. De ellos será el reino de los cielos.
Que la corrupción y la impunidad son flores que abundan y adornan con exuberancia el jardín de nuestros gobiernos y poderes anexos, no es algo que piense discutir. No porque lo diga todo el mundo, sino porque me consta. Y la única manera de combatirlas es atacando su entorno. Un hampón no puede serlo si no está rodeado de secuaces. Toda estrategia debe enfocarse sobre ellos.
Para reconocerlos entre sus incondicionales deberemos emplear nuevas técnicas, pesquisar rigurosamente el sinuoso itinerario de esos necesarios trapaceros. Maniobras ilícitas validan insidias, y apuntalan con habladurías incuestionablementenecias groseras acusaciones motivando ordalías sañudas.
Y ése es el punto. Le confieso que Duarte me cae mal. Hasta ahí. El problema es que Miguel Ángel Yunes me cae peor.
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