10 de Enero de 2017
El alboroto continúa. Ayer lunes cientos de pequeñas algaradas puntearon la práctica totalidad de nuestro territorio. El denominador común, el motivo declarado de todas ellas, está por demás decirlo, es el enojo popular por el alza en el precio de los combustibles.
El párrafo anterior, concernido lector, debería estar lleno de comillas y de paréntesis, aclarando, matizando o de plano invalidando varios de los sustantivos que aparecen en él. No lo hice para no convertirlo en un galimatías y dificultar así su lectura. Lo prefiero así, esquemático, limpio —incluso falso— y a partir de él ir desmadejando su sentido.
Obviamente dicho fenómeno, por llamarlo de alguna manera, tiene muy poco que ver con el “enojo”. Es un adjetivo-trampa. No suena razonable que alguien se enoje mucho porque algo que antes le costaba cinco pesos ahora le cueste seis. Digamos que se puede enojar tantito, pero de ninguna manera como para salir a las calles a pregonar su cólera. Es más propio en este caso, hablar de “molestia”, de “disgusto” o “inconformidad”. Si acaso. Y aun estos adjetivos en su acepción más leve y matizada. Que no nos hagan majes ni, sobre todo, no nos hagamos majes a nosotros mismos. Entre el “chale”, el “chin”, el “chingaos”, el “chingue a su madre” y el “chinga tu madre” hay una distancia abismal.
Bien es cierto que el aumento en los carburantes comportará el de prácticamente todas las mercancías. Y que muy probablemente muchas de ellas elevarán su precio muy por encima del 20%. Pero ello, como dije la semana pasada aquí mismo, con gasolina o sin ella, ya lo sabíamos y sucede cada 1 de enero. Primero dinero.
Sucede aquí y sucede en todo el mundo. La sevicia de los “años fiscales”. Todo año es de Hidalgo. Así pues no hay enojo alguno. Lo afirmo con toda la contundencia que pueda soportar el papel de periódico y los miniprocesadores. Y si lo hubiere no sería a costa de magnas y premiums.
Lo que hay más bien, y eso sí me consta, es la satisfacción de muchos, que viene a ser uno de los posibles antónimos de enojo. Satisfacción de quienes encuentran una buena justificación ya sea para aumentar precios y ganancias, o bien para descalificar, injuriar, difamar a diestra y siniestra. En las calles, en los periódicos, en las pantallas o frente a los micrófonos. La cosa es mentar madres. Lo cual siempre es harto satisfactorio.
Otro de los sustantivos que pide comillas a gritos en el párrafo de marras es el de “motivo”. El tal gasolinazo será motivo de muchas otras cosas, pero no de los desmanes callejeros y periodísticos. En ese caso se trata de un simple pretexto. Así sin comillas. De un pre-texto, de aquello que precede el discurso y aparentemente lo justifica. Y digo simple no por que sea inocente, sino porque es obvio, porque no es más que una coartada.
Los múltiples tumultitos precisaban de un pretexto y lo encontraron en el contexto. En el entorno político y temporal. Desde mucho antes de asumir la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto ha sido sometido a un intenso fuego graneado, procedente de quién sabe quién y con quién sabe qué —ora sí— motivo. Ya lo he discutido aquí en más de una y en más de dos ocasiones. La maquinación la tengo clara. Sus autores y propósitos no.
El 20%, pues, les proporcionó una buena coartada. No puedo decir que les vino como anillo al dedo porque de plano es más bien raspa. Muy forzado. Podrían haber encontrado otra mejor. O por lo visto no.
En todo caso parece haber funcionado dos tres. Hasta dónde llegará quién sabe, pero no promete grandes perspectivas. Es una maniobra muy socorrida en el mundo y en la historia. El caso más reciente que me es familiar es el de Brasil, que tuvo éxito y se saldó con la defenestración de la presidente Rousseff.
El gatuperio comenzó, igualito que en México, mucho antes de que Dilma asumiera. Inicialmente lo armaron los sectores más ligados al PSDB de Aécio Neves y al PP de Paulo Maluf, directamente supeditados a los intereses de las grandes multinacionales, sobre todo petroleras y ganaderas. Armaron el “descontento popular” movilizando todas sus palancas, influencias y operadores. El objetivo era no tanto la destitución de la primera mandataria sino únicamente el de someterla, de doblarle las manos. Al no conseguirlo debieron recurrir a la fantochada parlamentaria de inhabilitarla.
Participaron otros sectores entre sus inspiradores ofreciendo negociar favores a todo agitador lacayuno. Vertieron infundios confeccionados a modo en algunos barrios de urbes juzgadas opositoras.
El pretexto y el contexto, pues, nos son familiares. Y también debería sérnoslo el subtexto, es decir aquello que subyace, que explica, induce y da sentido a los otros dos. Y el sentido que les da —permítame el pleonasmo, indulgente y clarividente lector— es el de apoderarse del poder.
Marcelino Perelló
No hay comentarios:
Publicar un comentario