sábado, 28 de enero de 2023

514 kilómetros


  21 de Diciembre de 2016  


Anteayer lunes, apenas unos días, unas horas diría yo, antes de la celebración de la Navidad de los cristianos, un terrible atentado sacudió el centro de Berlín y con él las conciencias de la opinión pública alemana y del mundo entero. Un camión de gran tonelaje embistió una feria callejera de artículos navideños, provocando la muerte de al menos 12 personas y dejando heridas a cientos.

En el momento de escribir estas líneas aún no existe una confirmación oficial de qué fue exactamente lo ocurrido. Aún no se sabe a ciencia cierta la identidad del responsable de la matanza, si sobrevivió o no, o incluso si se encuentra ya detenido. Sin embargo, ya se da por hecho que se trató de un ataque terrorista llevado a cabo por guerrilleros yihadistas. De hecho el ISIS ya se atribuyó la acción. Aunque ello no prueba nada de manera definitiva, todo apunta en esa dirección. La canciller teutona Angela Merkel consideró que sería del todo imperdonable que el autor fuera alguno de los miles de refugiados árabes que su país ha acogido en los últimos meses; se trataría de un gesto de ingratitud inconcebible, añadió.

Tiene una buena dosis de razón la gobernante, pero quizás no toda. Tal vez pasa por alto la masacre permanente a la que están sometidos desde hace años los habitantes de los países árabes de levante, en particular Irak y Siria, y las reacciones de odio y desesperación que tal bestialidad deben provocar en no pocos de sus habitantes.

En particular, y en sangrienta coincidencia, ese mismo día se dio por concluida la ocupación militar de la ciudad de Alepo, en el norte de Siria, por parte de las fuerzas gubernamentales y sus aliados, dejando tras ellas un panorama de destrucción y desolación difícilmente imaginable. La otrora floreciente Alepo, que fuera la más importante ciudad del país, más aún que la capital Damasco, ha quedado reducida hoy a un amasijo de ruinas y cascajo color de arena.

El número de muertos ahí, tan sólo en los últimos días, no son 12; deberemos multiplicar esa cifra al menos por diez mil. Ninguno de ellos ha gozado de la atención y conmiseración pública de la que han sido objeto sus hermanos en desgracia europeos. Ni mucho menos. Ellos sufren y mueren frente a la indiferencia del mundo, si no unánime sí ampliamente compartida, y en completo anonimato.

Tiene usted razón sin duda frau Merkel, pero deberá usted reconocer que igualmente imperdonable, abominable, resulta que en la tétrica bolsa de valores de la muerte, la de los rubios cristianos esté cotizada tan por encima de la de los morenos musulmanes.

Curiosamente, la efeméride sagrada que nos aprestamos a celebrar este 25 de diciembre tiene su origen simultáneo tanto en las tierras yermas del Cercano Oriente, como en los hoy gélidos parajes de la Europa septentrional.

En efecto, es en aquellos desiertos que rodean el Mar Rojo donde se encuentra enclavada la Tierra Santa y en particular el pueblo de Belén donde habría visto la luz el redentor. El Pesebre, el Nacimiento, con el que en tantos hogares se evoca tan fausto acontecimiento, tiene su origen ahí.

Y por otra parte el entrañable abeto navideño, que estos días también encuentra lugar en plazas públicas y en los rincones de millones de casas del mundo cristiano, proviene precisamente de rituales antiquísimos de la Europa boreal.

En ambos casos se trata de exorcismos de sobrevivencia. Ya sea tanto frente a la persecución y el hostigamiento, en el caso Medioriental, como ante la intemperie inhóspita del invierno. Muy en particular en Alemania, donde la veneración del tannenbaum, el pino que insiste en mantenerse verde y conservar sus hojas, cuando todo en derredor parece fenecer. 

En este sentido la celebración navideña, en ambos casos, es solsticial y septentrional, por origen y antonomasia. Los habitantes australes de nuestro planeta se ven obligados, por mera empatía, a adoptar los ritos invernales en pleno verano, sin conseguir, ay, dotarlos de esa atmósfera tan especial que los caracteriza en este lado del ecuador.

El predominio del hemisferio norte sobre el austral es inmemorial e inevitable, por razones geográficas, demográficas e históricas. No porque sí la práctica totalidad de los mapas sitúan el Norte arriba, encima, en posición de supremacía. No existe razón astronómica ni práctica alguna para tal costumbre. Antiguamente hubo mapas invertidos, con Argentina arriba y Noruega abajo, basándose en las travesías de los primeros viajeros y exploradores, pero a medida que la cartografía se afinó dicha extravagancia—explicable, reconozcamos— desapareció.

Pese a sureños aferrados, toda orientación del orbe pone al sur abajo. Hace añísimos se tomaban algunas libertades al considerar idóneas rutas utilizadas en las avanzadas para abastecer sitios alejados.

Muy al margen de lo que los mapas quieran decir o sugerir, la celebración de este domingo, y el recogimiento que debería presidirla, de polo a polo, en este año preciso y frente a los nuevos y lúgubres presagios que hoy se ciernen sobre esta torturada humanidad, ante la nueva sobrevivencia amenazada, dediquemos aunque sea uno solo de nuestros brindis a aquellos que deberán vivirla en medio del dolor, la tristeza y el desamparo.

En la noche mágica trate usted de recordar que Berlín queda lejos, pero lo que resta de la mítica Alepo se encuentra sólo a 514 kilómetros del no menos mítico portal de Belén. Un abrazo especialmente estrecho, caro lector.


Marcelino Perelló

No hay comentarios:

Publicar un comentario