21 de Febrero de 2017
Tal reflexión no puede no ir acompañada de una consideración, igualmente ecuánime y severa, de la figura, función y desempeño de los verdaderos jueces y procuradores, del estatus de todo el sistema judicial en su amplia y profunda complejidad.
La muy reciente entrega —dije entrega— de Joaquín Guzmán a los gringos no hace sino poner el dedo en la llaga. Una llaga cruenta y a menudo purulenta. En principio, un ciudadano mexicano, acusado por la justicia mexicana de haber cometido delitos en México, debe ser procesado y debe cumplir sus condenas en México, antes de enfrentar cualquier otra reclamación de gobiernos extranjeros. Ésa es la opinión de respetabilísimos juristas —que los hay— constitucionalistas, penalistas y especialistas en derecho internacional.
La Suprema Corte de Justicia, ante tal entredicho, decidió “pilatear” y lavarse las manos. Y, al lavárselas, embadurnárselas. Si tal desvergüenza nos sorprendiera diríamos que es inconcebible, pero tristemente no nos sorprende y sí la concebimos.
Sin embargo la cuestión, es decir, la gangrena, es mucho más extensa y profunda. El pasado jueves la justicia española exoneró a Cristina de Borbón, hermana de quien se ostenta como rey de España, y la consideró inocente de todos los cargos de corrupción y enriquecimiento ilícito que se le imputaban.
Su esposo, el que fuera grande como estrella del equipo de handbol del Barça, y quien se volvió pequeño, minúsculo, miserable, como duque de Palma y esposo de la dulce infanta, fue condenado a seis años de prisión. Más que probablemente con derecho a fianza. No dejarán ni una ni otro de revolotear de palacio en palacio y de resort en resort. Por lo visto, los gachupas, aunque sea por bulerías, no cantan mal las rancheras.
Casi al mismo tiempo, como si se hubieran sincronizado, los jueces mexicanos deciden concederle el beneficio de la prisión domiciliaria a Elba Esther Gordillo. Yo suponía que eso no iba a suceder sino hasta dentro de dos años, cuando se produjera el relevo presidencial, tal como lo prescribe una acendrada tradición.
No obstante, hete aquí que algo intervino y obligó a adelantar la medida. Algo, por supuesto en las oscuras, y no por eso menos concurridas, catacumbas del poder. Pero si la sentencia española era más predecible que una película de González Iñárritu, la mexicana habla de que algo muy serio chirría en los engranajes de la intrincada maquinaria de la auténtica correlación y enfrentamiento de fuerzas.
Sean galgos o lebreles, la confianza de la ciudadanía en la probidad y firmeza de los magistrados es escuálida. Si en el Estado español es escasa, en México se encuentra bajo mínimos.
No conozco personalmente ningún juez mexicano en ejercicio, pero sí un puñado considerable de abogados litigantes, y ante mis cuestionamientos me han contestado de manera distinta. Los tres de los que doy testimonio son de trayectoria intachable y de prestigio reconocido. Velo sus nombres por motivos obvios; los más perspicaces, entendidos, y que además me conocen, tal vez sabrán a quiénes me refiero. A los tres les pregunté, seco y directo, si existían jueces honestos en México.
T.J. me contestó que no existía un solo magistrado honrado, que a todos se les podía untar la mano, sin excepción. C.A. admitió que tuvo que vérselas con algunos a los que “no les llegó al precio”. Y finalmente J.V. afirmó tajante que jamás se había visto obligado a entrar en corruptelas con los tribunales.
En todo caso parece indispensable una depuración. ¿Mas tal fumigación masiva es acaso posible? ¿Qué clase de pesticidas se usarían y, sobre todo quién rociaría? Las pomposas declaraciones de López Obrador en ese sentido no pueden ser más demagógicas e insostenibles. Terminar con la corrupción, órale. Pero ¿cómo? y sobre todo ¿quién? Los patos tirándole a las escopetas.
Supongamos sin conceder que existe en México un cierto número indeterminado de jueces nobles, orgullosos de su oficio. Y que han resistido a los infinitos mecanismos y presiones del sistema para que dejen de serlo.
¿Y cómo le harían, me pregunto yo, para convencer de su rectitud a los directamente implicados y a la población en general? ¿Les creerían? Difícilmente. Sería imprescindible, en primer lugar, exponer sus argumentos de la manera más convincente posible, apta para legos.
Pero ofrecer razones palpables o que ubiquen implica tener oficio. Mientras insistan vehementes en seducirnos sin informarnos, sólo aparentemente lograrán vencer esas necias objeciones soterradas.
Tal cual. Este es el panorama. Y parece obvio que ahí radica la madre del cordero. Si la corrupción de jueces y procuradores, desapareciera por arte de birlibirloque, todas las demás posibles corrupciones se verían acorraladas, maniatadas e imposibilitadas.
A lo mejor, la señorial madonna deberá quitarse de una vez por todas la venda de los ojos, arremangarse la túnica, afilar y enarbolar amenazadora su sable, colgar su balanza en un garfio del techo y sentarse, altiva y desafiante, sobre uno de los platillos.
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