31 de Enero de 2017
La actualidad, hoy, pasa obligatoria y, diría yo, apremiantemente por aquello que está ocurriendo en la tétrica mansión en las riberas del Potomac. Hoy más tétrica que nunca a pesar de la pintura alba con la que han sido recubiertos sus muros. Al menos los exteriores.
Debería decir no tanto lo que está pasando ahí, sino, con más propiedad y con un sentido más alegórico del lenguaje, lo que está brotando de ahí. Nunca como hoy percibo a la residencia oficial del Presidente de Estados Unidos como un inmenso forúnculo, del que lo que brota, como de todos los forúnculos, es pus. Sangre y pus.
Digo que nunca como hoy, y probablemente me equivoque. De esa misma casona surgió la orden de atacar a México en 1846 o a Irak en 2003, la de arrojar las bombas atómicas sobre Japón en 1945 y tantas otras barbaridades innombrables e incontables.
Junto a ellas, lo que está sucediendo hoy podría parecer peccata minuta, y de hecho quizás lo es. Sin embargo, de alguna manera, la gravedad y el hedor de la actual purulencia hieren, asquean y mosquean más. Tal vez por la manera insidiosa en que se instalan, tal vez no tanto por lo que son hoy sino por lo que prometen, por lo que amenazan en convertirse.
Donald Trump, aunque parezca mentira llega al lugar en el que se encuentra, y goza del poder que detenta porque sesenta millones de ciudadanos del país más “desarrollado” del mundo así lo decidieron. Sesenta veces mil veces mil de adultos consideraron pertinente que este señor hiciera lo que está haciendo.
Y es que, dejémoslo claro. Trump no engañó ni engaña a nadie. Es de una honestidad y transparencia desarmante. Está haciendo, con una celeridad digna del mejor y más eficiente CEO, exactamente aquello que dijo que haría. La presidencia de Donald Trump es un fenómeno diáfano y estrictamente democrático. Como lo fue en su momento, digámoslo todo, la victoria de Adolf Hitler en 1932.
Me gustaría leer y escuchar ahora qué dice tanto entusiasta apologeta de la democracia que anda suelto por ahí. Reina un silencio sepulcral. Lo único que aciertan a balbucear es que “los republicanos hicieron trampa ayudados por los rusos”, lo cual, lamento tener que decirlo, me mueve a la hilaridad, o bien que de hecho, “voto por voto, casilla por casilla”, Mrs. Clinton debió haber sido considerada ganadora pues obtuvo más sufragios “ciudadanos” que Trump. Argumento que se desbarata solo, pues en las elecciones allá se vota por estados. El voto es universal pero no directo. De la misma manera que en México, en las elecciones legislativas, se vota por distritos o por el criterio de mayorías relativas. Esas son las reglas del juego. Ponerlas en entredicho a toro pasado es de vergüenza ajena.
Democracia pura, amigos míos, destilada. No se hagan, ni nos hagan, pendejos. Ya pueden andar rasgándose cuanta vestidura encuentren a mano, haciendo cuantas declaraciones de condena se les ocurran, organizando manifestaciones callejeras tan numerosas como sea posible y publicando tantos memes burlones como se les ocurran. Síganle.
A lo mejor les sale bien y desbancan a Trump. Qué más quisiera yo. Pero entonces que quede claro, claro del todo, que se trataría de una asonada profunda, desvergonzadamente antidemocrática. Ustedes dirán, amigos míos.
Ello habiendo sido asentado, atrevámonos a mirar de frente la magnitud de la catástrofe. La cantidad de disparates dichos y hechos por este señor es abrumadora. En apenas diez días. Imposible no pensar en aquellos que el gran John Reed dijo que conmovieron al mundo.
Entre otras, prohibió la entrada a EU de todos aquellos que procedieran de los países estigmatizados, aunque posean la célebre green card que les autoriza la residencia o incluso aunque sean también ciudadanos gringos. Inconcebible.
Tan inconcebible como proponerse gravar con un 20% adicional los productos procedentes de México, para así “hacer pagar el muro a los mexicanos”, sin caer en la cuenta que ese arancel recaerá sobre los propios consumidores gringos. Si tal razonamiento es ridículo para cualquiera con dos dedos de frente, cuánto no lo será para quien se las da, y de hecho es, un hombre de negocios.
Lo más funesto de esta situación inexplicable es que resulta insostenible. No se puede gobernar con base en exabruptos. El tiempo de las intimidaciones y chantajes se está agotando.
Porque las amenazas comienzan a sumergirse, para las actuales circunstancias apremiantes sobran, provocan los acostumbrados cochupos al socaire. Virulencias irreflexivas concitan andanadas, para obtener beneficiosas revanchas expeditas, legando a sus adversarios los únicos calificativos infamantes necesariamente atinados.
Ello conduce por fuerza a un callejón sin salida. Y no hay nada más peligroso en este mundo que una fiera acorralada.
Marcelino Perelló
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