Visita Nariene - Marcelino Perelló
Ésta es una época
sábado, 6 de enero de 2024
viernes, 5 de enero de 2024
La intromisión
20 de Octubre de 2015
China, en efecto, se ha convertido, desde que renunció a las cortapisas que el régimen socialista impone, en la segunda potencia económica del mundo, y tiene todos los visos de volverse la primera a corto plazo. Su ingreso al capitalismo ha sido estrepitoso y avasallador, utilizando todas las ventajas y atributos de los que la dotó el socialismo y de los que los otros países occidentales carecen.
Obviamente ni Rusia ni la propia China se han sumado al susodicho y maloliente acuerdo. Otros Estados de la costa oeste de América “todavía” no han firmado: Ecuador, Colombia y todos los de América Central. Tal como inicio estas líneas, el hecho de que México lo haya hecho me sorprende y desconcierta.
Ya he dicho, escrito y repetido, que estoy convencido que la campaña, de larga cola y altos vuelos, dirigida en contra del Gobierno de México y de su Presidente, está planeada e instrumentada por el gobierno de Washington. No voy a insistir en mis argumentos. Son sólidos y convincentes. De lo que carecía (¿carece?) mi conjetura, era el establecer los motivos de tan hostil como impetuosa embestida.
Los principales capítulos de dicha conjura ya los he revisado aquí. Conjura que plumas especialmente perspicaces, como la de Raúl Moreno Wonchee, no han dudado en calificar de golpista. Tales episodios se inician el mismísimo día de la toma de posesión presidencial con la algarada, con vocación de motín, que sacudió el centro de la Ciudad de México. Continuó con las movilizaciones agresivas de la CNTE en Michoacán, Guerrero y Oaxaca, y que culminan con la irrupción e instalación de la Sección 22 y sus consecuentes e infaustos atropellos y provocaciones, en la capital del país.
Luego siguió el enredo de las policías comunitarias y las autodefensas, especialmente cruento en Michoacán. Vino Tlatlaya y vino Iguala. Y Tanhuato. Siguió la “revelación” de la Casa Blanca de Las Lomas, la cancelación del tren bala a Querétaro, la abierta campaña contra la presidencia, encabezada aquí y en el extranjero por ciertos medios especialmente poderosos, y por algunas figuras políticas prominentes, entre las cuales destaca la del mismísimo Barack Obama, con sus estridentes declaraciones injerencistas e inaceptables. Los escándalos de las empresas Oceanografía y OHL no son ajenos. Y la evasión de El Chapo Guzmán, menos.
De todos ellos, la piedra angular, central y preponderante es sin duda el caso Ayotzinapa. Es el que sostiene la maquinación pero es también la clave para desentrañarla. En efecto, al margen de los múltiples e intrincados ires y venires, el hecho fundamental es que no se ha establecido públicamente ni el móvil del crimen ni, sobre todo, el móvil de la enigmática desaparición de las víctimas.
La única explicación coherente, la única que me convence, es la de que su propósito inicial consiste en hacer olas, el de segar la hierba bajo los pies del Presidente. Y el que los estudiantes, vivos o muertos, se hayan esfumado sólo tiene una explicación: mantener el caso abierto y el conflicto cruento. Es el Alka Seltzer que mantiene efervescente la situación.
Fue providencial la intervención del grupo de los forenses argentinos, al que los “familiares” de los desaparecidos llaman “compañeros” y que son los únicos a los que rinden cuentas. El grupo fue formado por ese oscuro personaje que es el estadunidense Clyde Snow, omnipresente en multitud de episodios turbios como Irak o Kosovo.
Sólo faltaba el grave desliz del gobierno mexicano que, en un gesto de debilidad injustificable, convoca a otro grupo de expertos independientes, esta vez de la CIDH, organismo de la OEA. Como si no supieran qué es y a quién representa la desvencijada organización, con una larguísima trayectoria al servicio de los más abyectos propósitos de los EU.
Sin duda, me dije, toda esta trama ha de tener que ver con las reformas constitucionales con cuyas iniciativas inaugura su mandato Peña Nieto. En primer lugar, supuse, la energética y la de telecomunicaciones. No obstante tal sospecha no parecía suficiente. Y no lo parecía porque no lo era.
Y no lo fue sino hasta que varios indicios me hicieron ver que se estaba produciendo un claro acercamiento del Estado mexicano a la China Popular. De confirmarse, la niebla se levanta. Es un dato definitivo que, en cierto sentido, aclara.
Por otro lado oscurece, dada esa paradójica unión regional obedeciendo las usuales jerarquías oficiales, mostrando inconsistencias nodales únicamente evitables venciendo obstáculos para impedir juicios adversos mal apuntalados.
Dichas jerarquías pondrían a Peña Nieto contra la pared y se habría visto obligado a cumplir con el compromiso adquirido por el calderonismo, hace más de tres años, y estampa su firma al pie del servil e ignominioso acuerdo.
Tal vez. Pero hasta la prueba contraria, la evidencia de la intromisión está ahí. El desconcierto y el desagrado también.
jueves, 4 de enero de 2024
Los figurantes
21 de Octubre de 2015
Desde siempre, pero cada vez de manera más intensa, las instituciones educativas se están viendo convertidas en almacenes de desempleados, en drenes de desfogue; guarderías contrahechas y gigantescas. Muchos de los que están ahí lo están porque no saben dónde más estar. Qué más hacer. Un fósil es aquel cuya profesión es la de estudiante.
En la UNAM hay muchos malos estudiantes. Que ni qué. Digamos mejor que hay mucho mal estudiante. No sé por qué en singular suena más fuerte, más contundente. Es éste sin duda un privilegio que nuestra máxima casa de estudios comparte con muchas otras universidades del país e importadas. Con todas ciertamente, aunque no en esa magnitud y con alguna rarísima excepción. En todo caso, magro alivio: mal de muchos consuelo de malos estudiantes.
Los malos estudiantes existen en todos los niveles: bachillerato, licenciatura, maestría, doctorado e incluso en el penthouse de la torre de marfil, aunque su proporción vaya disminuyendo en cada piso. Hay muchas clases de malos estudiantes: los que quisieran y no pueden, los que podrían y no quieren, y los que ni quieren ni pueden y que por alguna misteriosa razón siguen ahí.
Evidentemente, el lector perspicaz no pasará por alto la objeción de que tampoco son habas eso de tipificar a alguien, así nomás, de mal estudiante. Existen aquellos que son malos en algunas materias y buenos en otras, como aquellos que son malos en determinadas épocas y buenos en otras. Me ha tocado ver personalmente el caso de alumnos mediocres que de repente, quién sabe por qué, se les prende el foco, o para estar más a tono con los tiempos, se les activa el chip, y se convierten en estudiantes excepcionales. Y conozco también el inverso, el del pupilo modelo que de buenas a primeras y por razones igualmente enigmáticas se vuelve un vagabundo irredento. De hecho, no los tengo que buscar muy lejos: mi plumaje es de esos.
En cualquier modo dejemos de lado todos esos casos ambiguos y finalmente poco comunes. Y, puestos a dejar, dejemos sentado que ser mal estudiante no quiere decir —no necesariamente— ser tonto, lento o torpe. Obviemos esa noción escurridiza que es la inteligencia, que ni existe ni deja de existir. Son muchas las causas por las que un joven ingresa a la tan poco honrosa categoría de mal estudiante, pero permítame dejarlo ahí. No quiero ahora meterme en ese berenjenal.
El caso es que por CU y campi circunvecinos (sé que lo impresioné con ese plural, conspicuo lector. Ni se imagine que lo sabía. Tuve que preguntárselo al erudito Joan Puig. El latín me pasó de noche) deambula un mundo de malos estudiantes malos. A secas. Que lo son siempre y cuya ignorancia domina todas las ramas posibles del saber posible.
Recordemos, por decirlo todo, que por fortuna contamos con un número considerable de magníficos estudiantes, muchos de los cuales hacen un papel admirable cuando van becados a universidades del Primer Mundo, a menudo por encima de sus condiscípulos locales. Su mérito es tanto mayor cuanto el ambiente en el que se desarrolló su formación aquí no fue de los más propicio.
Dado que, en efecto, esa masa creciente de malos estudiantes que inunda las aulas, obviamente baja el nivel de los cursos y disminuye su ritmo e intensidad. Constituye un lastre que entorpece seriamente el quehacer académico. Es, sin duda, un problema serio que hay que enfrentar y resolver.
La distribución desigual en el nivel y aptitudes del grupo al que se dirige causa problemas mayores en el mentor novel, que no sabe cómo desenvolverse ante ese galimatías. El docente experto, sin embargo, puede y debe ocuparse de manera diferenciada de los distintos estratos de su alumnado, a pesar de las desafiantes dificultades que esa heterogeneidad levanta.
Para resolverlas es suficiente tener oficio, atender necesidades de alumnos no tan espabilados, además de asegurar generosos incentivos ocasionales. Valorar inquietudes con atención, al liberar la energía germinal reprimida obstinadamente.
El intríngulis es más didáctico, pedagógico, que académico. El maestro debe ser sabio en más de un sentido. Ha de ser un conocedor y transmisor de conocimientos, pero, ante todo, ha de ser un guía, en la acepción más noble e ilustre del término. Un maestro es, ha de ser, más que un profesor.
El punto está en que los criterios con los que la cuestión debe ser abordada y las medidas con las que se le debe corregir han sido harto discutidas y no se ha llegado a conclusiones factibles y de amplio consenso.
Hace años se intentó enfrentarla a través de rigurosos exámenes de admisión universales y la implantación de colegiaturas. Al margen de los graves y recurrentes conflictos a los que tales medidas dieron lugar, es preciso reconocer que resultarían en buena parte ineficaces. La problemática es más amplia y compleja y su solución ha de serlo también. Sin duda reglamentaciones draconianas disminuirían la proporción de malos estudiantes, y quién sabe, pero dejaría contrahecha la que no puede dejar de ser la Universidad Nacional Autónoma de México.
Ello habiendo sido asentado, permítame, culto lector, repetir con énfasis mi convicción de que el papel que juegan los fósiles y los malos estudiantes es indispensable. Quien ha estado en la universidad, aunque sea sólo de paso, queda marcado para toda la vida. Y, en reciprocidad, sin ellos el alma máter no sería la misma. Perdería gran parte de su dinámica y de su atmósfera. Como la magna y magnífica obra que es, precisa de figurantes.
Marcelino Perelló
miércoles, 3 de enero de 2024
Por propia gónada
27 de Octubre de 2015
No hay palabras para calificar lo que ocurrió el lunes 19 en el poblado de Ajalpan, más que poblado pueblo, más que pueblo población. El municipio tiene unos 60 mil habitantes y el casco urbano, propiamente dicho, unos 30 mil. No se trata de un caserío rascuache en el que cualquier cosa pueda suceder. Como Canoa o Ixtayopan, sus hermanos de sangre, nunca mejor dicho. Ni se encuentra perdido en algún quinto infierno. Aunque infierno, desde ese malhadado lunes, sí es.
Y sin embargo, ocurrió. Como usted lo sabe bien, horrorizado y al mismo tiempo lúbrico lector, dos jóvenes presuntamente encuestadores fueron linchados, quemados vivos por los habitantes. Digamos, para ser ecuánimes, que el crimen fue cometido sólo por una parte de dichos pobladores, aunque constituían una nutrida representación de unas mil personas, entre actores y espectadores.
En efecto, el hecho no tiene nombre. En el sentido más estricto posible de la expresión. No fue ni una barbaridad ni una salvajada ni una bestialidad. Ni los salvajes ni los bárbaros ni las bestias hacen cosas así. No así. Fue un acto de humanidad, en el más atroz, obscuro, intolerable e insoportable significado. Exhibe probablemente la más lúgubre, miserable y desmoralizante de las facetas de la condición humana.
No hay palabras y debería haberlas, pues tal fenómeno, tal conducta, existe desde hace milenios, aunque no fue sino en el siglo XVIII cuando los gringos -quién si no- le pusieron nombre en honor, no del inventor de tal práctica, pero sí uno de sus más emblemáticos representantes, Charles Lynch.
Esta vez la coartada no fue el sacrilegio ni el hurto ni el homicidio, sino, aparentemente el “intento de plagio” de una menor. Nada está claro. Nunca lo está en los linchamientos. Ése es precisamente su chiste. El linchador hace caso del rumor que más le convenga y se construye el más convincente, tranquilizador y satisfactorio de los alibíes.
Somos muchos, y si somos muchos, a güevo tenemos razón, y si tenemos razón, estamos haciendo el bien y combatiendo el mal. Luego, somos buenos y por lo tanto yo soy bueno. Sobres.
Me divierten y deprimen al mismo tiempo la multitud de crónicas y disquisiciones aparecidas en la prensa escrita, hablada e ilustrada durante todos estos días. Que si los hermanos Copado Molina eran estudiantes o no, que si sus credenciales de encuestadores eran hechizas, que si la niña presuntamente en cuestión no los reconoció, que si la empresa de marketing los avaló, y qué sé yo cuántos otros detalles a cual más minucioso y rebuscado en torno al suceso.
Me pregunto indignado y asqueado, qué importancia tendrá todo eso. Es como si dijeran que en determinadas circunstancias el homicidio pudiera ser justificable, o al menos explicable. Que, en todo caso, podría haber atenuantes. En particular se repite una y otra vez que es “natural” que esas cosas sucedan dada la ineficacia y corrupción de las autoridades. Inadmisible.
Los amantes de la democracia estarán, además, del todo satisfechos, pues la orden de encender la pira sólo se tomó después de consultar a los presentes. La turba contestó con un ¡sííí! No sé si unánime pero aplastante. Ni siquiera fue necesario pedirles que levantaran la mano. Triunfo clamoroso -otra vez, nunca mejor dicho- de la democracia directa.
Fuenteovejuna de Lope o La muerte tiene permiso de Valadés es literatura, y es literatura tramposa, pues parte del supuesto, nunca sustentado, de que los pueblos respectivos estaban en lo correcto. Ah, bueno. Así qué fácil. La realidad, ay, es otra cosa, distinta y mucho más compleja. Esa realidad que sólo las grandes obras, el arte verdadero, puede reflejar. Y aun así, con serias dudas.
No hay que darle muchas vueltas. La bajeza del linchador es multifuncional. El auto de fe es el detergente que limpia su conciencia, ahuyenta la culpa, aunque sea por un rato. Es además, y sobre todo, una combinación de sadismo y cobardía. Se disimula y justifica entre y con la muchedumbre para el goce de su libido. El linchamiento es un acto sexual.
Enfrentarse pues al complejo fenómeno que tuvo lugar en Ajalpan, -¡tan cerca de la Matanza del Chivo!- requiere salir de los estrechos y acartonados márgenes de la jurisprudencia y, sin pasarlos por alto, adentrarse en el intrincado y obscuro laberinto de la psicología de las masas y del inconsciente colectivo, como lo definió y estudió el desconcertante Karl Jung.
Puestos a dilucidar razonablemente el caso impongámonos normas taxativas apropiadas. Vemos incluso cómo al linchar a vecinos infamados operan sentimientos opuestos liberando ansiedades. Los anatemas manifiestan una yuxtaposición junguiana intrínseca jamás asumida.
El sueño del racionalismo ilustrado parece venirse abajo. Yo prefiero decididamente ser linchado que linchador, pero cada uno de estos episodios hace evidente de manera descarnada hasta qué punto muchos de nuestros congéneres siguen bajo la más terrible de las esclavitudes. Esclavos de sus propias glándulas y secreciones.
Toda una victoria de la justicia por propia mano. O mejor, de la justicia por propia gónada.
Marcelino Perelló
viernes, 29 de diciembre de 2023
La naturaleza, siempre sí existe
28 de Octubre de 2015
Los habitantes de las grandes ciudades hemos olvidado que, detrás de los muros de cemento que nos rodean, la naturaleza, empecinada, persiste. Hemos olvidado que, pese a todo, vivimos en la naturaleza. Que aunque cada vez lo parezca menos y, tal vez, nos guste menos, somos naturaleza.
Extraviados en el laberinto de asfalto, recluidos en nuestros nichos de concreto, ya no nos sorprende que la comida aparezca regularmente de manera mágica e incomprensible en los mercados y en los anaqueles. Para nosotros la lluvia hace mucho que dejó de ser una bendición, fuente de la vida, para convertirse en contrariedad, inevitable molestia de las tardes de verano y otoño. Incluso la metódica sucesión de los días y las noches nos aparece establecida en alguna secretaría de Estado y susceptible de ser modificada intempestivamente por algún alto funcionario con iniciativa.
Alguien me contó que en el zoológico de Chicago, entre los ciervos y los bisontes, se exhibe una vaca, para que los niños —y los no tan niños— habitantes de la urbe puedan ver a tan exótico cuadrúpedo.
Así, casi siempre la naturaleza se ve obligada a recordarnos su existencia de manera violenta, encolerizada. Parecería que sólo las catástrofes pudieran confrontarnos con nuestra frágil condición natural. Esta vez no fue así. Patricia, como las mujeres con carácter, nos amenazó, nos asustó y finalmente, con un guiño, nos perdonó.
Hace un mes el cosmos también nos mimó, y nos regaló esa asombrosa bola de fuego que se alzó hacia los cielos, junto al Popo y al Ixta, y que, a los que las pinches nubes no se los prohibieron, dejó maravillados.
La “gran linterna roja” me provocó al menos dos sentimientos que me siguen pareciendo contradictorios. Una sensación mezclada de humildad y soberbia. Por un lado, la exaltante irrupción del ballet de los astros, un intenso sentimiento de comunión, de pertenencia. Pertenencia al cosmos, al mundo, a ese mundo “ancho pero mío”. Una vertiginosa certeza de participar del curso del universo y de la futilidad de las pretensiones humanas frente al orden de los cielos y la Tierra.
Reconocí con sorpresa la misma emoción que me provocaban las grandes —en todos los sentidos— manifestaciones callejeras de los años 60. Esa sensación de formar parte de algo importante y justo. De algo definitivo.
Intoxicados como estamos por lo artificial, por lo falso, el eclipse fue calificado por muchos como “espectáculo”, en términos que lamentablemente iban más allá de la simple metáfora. Para ellos se trató, consciente o inconscientemente de un entretenimiento, de un show. Algo destinado a ser observado, que llama espectadores. Como todos los espectadores, ajenos y pasivos. (La inconcebible consigna del “vea el eclipse por televisión” no hizo sino subrayar ese carácter).
Sin duda, pensar el eclipse como espectáculo, con todo lo de programado e inocuo que implica, algo tiene de tranquilizante; el eclipse, sin embargo, no fue un show ni nosotros espectadores. El eclipse fue un fenómeno y nosotros protagonistas. No se trataba de presenciarlo sino de vivirlo.
El otro sentimiento, paradójicamente simultáneo, fue el orgullo de pertenecer a una especie animal capaz de predecir algo tan excepcional y tan complejo como un eclipse. Algo que, precisamente, no había sido programado, pero de lo que sabíamos con siglos de anticipación, con toda precisión, en milímetros y en segundos, su advenimiento.
Horas antes bromeábamos especulando qué pasaría si a la mera hora resultaba que los científicos habían equivocado sus cálculos y el eclipse no se producía. No fue así. De nuevo los astrónomos acertaron. La predicción de los eclipses es un monumento a la inteligencia humana, a la ciencia. Quiere decir que toda la historia esa de la Tierra redonda, las órbitas y todo lo demás no es tan descabellada. Finalmente, y pese a todo, sí hay una verdad detrás de todo eso. Es increíble. Sería increíble si no fuera por la contundencia del eclipse.
Si la ciencia se hubiera limitado a eso, pienso melancólico, a observar, comprender y explicar la Tierra y el cielo, como hacían los antiguos, y no hubiera pretendido transformarlos, otro gallo nos cantara. Si el hombre se limitara a ser sabio y a aceptar y querer a su mundo sin pretender cambiarlo, que es como se quiere deveras, otro sería el desenlace.
La astronomía es una ciencia noble. Tal vez la más noble de todas las ciencias, la que menos lastima aquello que estudia y la que menos pretende “aprovecharlo” (al menos hasta la aparición de los satélites artificiales). Las otras disciplinas —y en general el quehacer del hombre— deberían imitar a los astrónomos y renunciar a ese espíritu intervencionista, modificador.
Pueblos ancestrales nos dejaron en mandato un estricto respeto totalmente olvidado. Mirar ilusionados la única fortuna en los inalcanzables zafiros. Dejar impecable cada espacio que utilicemos en mantenernos mientras morimos, legando ofrendas a discípulos orgullosos resueltamente audaces.
Si llega el día en que la astronomía pueda no sólo predecir, sino intervenir y controlar, los eclipses se podrán programar y llevar a cabo, aquí y allá. Entonces, también ellos serán sólo un espectáculo, para beneplácito de los showmasters del mundo entero, los mercaderes del entretenimiento, los ponedores en escena. De Ricardo Arjona, del Pitbull, y para deleite de todos los consumidores de emociones chatarra. Prefabricadas.
Hasta ese momento, sin embargo, aún podemos constatar que el mundo y la naturaleza existen. Siempre sí.
Marcelino Perelló
martes, 26 de diciembre de 2023
Blitzkrieg
03 de Noviembre de 2015
En principio, sólo en principio, nuestros compatriotas no tenían vela en ese entierro. Ni vela ni velo. O al menos eso creyeron ellos, pues, tal como se demostró, la acabaron teniendo, y de la manera más trágica posible.
Cuál no será el clima que reina en aquellas tierras, las arenas, de los antiguos faraones, que el ejército egipcio decide atacar un pequeño convoy de vehículos inermes que se desplazan inofensivamente por el desierto. Y atacar por tierra y aire (y por agua no, simplemente porque ahí no abunda), con armas mayores y saña inaudita.
Una de dos, o los milicos egipcios están presas de pánico y se les frunce ante el terror que puedan infundir los yijadistas y disparan a mansalva sobre todo lo que se mueve, o bien tienen órdenes lapidarias de sus comandantes: mátenlos y después virigüen.
En todo caso, es inconcebible e inadmisible. Como inadmisible es que el gobierno mexicano, más que pedir explicaciones y disculpas (por cierto, hasta donde yo sé, nunca ofrecidas), no haya denunciado de manera airada lo sucedido y haya retirado inmediatamente a su embajador en El Cairo. Mínimo.
Al margen de cualquier otra consideración, la bestial matanza demuestra a qué nivel están llegando las cosas en la zona, y en particular en Egipto. Como resultado, por supuesto, de la tan cacareada “primavera árabe”, perpetrada por los gringos hace tres años.
Este sábado un avión civil de la compañía rusa de chárters Metrojet (Kogalymavia), con más de 200 pasajeros a bordo, se desplomó en pleno desierto del Sinaí, a muy pocos kilómetros de la frontera con Israel. Se trataba de turistas que volvían a Leningrado después de sus vacaciones en las célebres -y baratas- playas de Sharm el-Sheikh, sobre el Mar Rojo.
El grupo islamista Wilayat Sina se proclamó autor del atentado en respuesta a los ataques rusos contra el Estado Islámico y los opositores a Bashar al-Assad en Siria. Sin embargo, en un principio las autoridades rusas, con premura incomprensible, atribuyeron el desastre a fallas técnicas y descartaron la hipótesis del atentado. Antes, incluso, de que hubieran recuperado las lúgubres cajas negras.
Varios indicios, no obstante, apuntaban hacia esta última posibilidad. La mitad de la aeronave siniestrada, cuyos restos se esparcieron en un área de veinte kilómetros cuadrados, aparece calcinada, mientras que la otra no, lo que podría sugerir la conjetura de una explosión, ya sea debida a un artefacto en el interior del fuselaje, o al ataque con un misil tierra-aire, con los que cuenta Wilayat Sina. Ora sí que habrían volado el avión.
Las compañías Air France y Lufthansa, por otra parte, no titubearon ni tantito en anunciar que suspendían ipso facto, sus vuelos sobre el Sinaí. No vaya a ser que ellas también sufran “fallas técnicas” en los míticos escenarios de los Diez Mandamientos.
Y por si faltaran elementos para la sospecha, el malhadado vuelo 7K9268 de Metrojet, inició su ruta sobre el Golfo de Aqaba para evitar al máximo sobrevolar la península, y sólo entró a ella, en un previsto breve trayecto, para eludir el territorio israelí al este de la península.
Pocas aeronaves sobrevuelan oasis diseminados en los intrincados corredores adunados del oriente. Milicias insurgentes vagan incesantes, suben a las montañas ocultando nichos artillados, pertrechan otros núcleos guerrilleros al sur entre tribus rebeldes utilizándolas como hostigamiento alternativo.
Si para las desdichadas víctimas las cosas acabaron ahí, para los que seguimos en esta ribera de la laguna Estigia no. Resulta que tres días antes Barack Obama anunció, rompiendo de manera desvergonzada su compromiso público y solemne, que ordenaba el envío de tropas terrestres a Siria. “Son sólo 50 asesores”. Omitió decir que se trata de los “primeros” cincuenta.
La coincidencia no casual no puede ser más elocuente. Es la jugada de ajedrez en respuesta a la ofensiva rusa sobre sus mercenarios en el terreno. El flamante premio Nobel de la Paz no lo rumió demasiado. El tablero se calienta y la partida entra en fase crítica.
Dicen por ai que la inteligencia es la capacidad de asociar datos aparentemente inconexos. Según como se asocien, añado yo, también puede ser signo de burricie. En todo caso, puestos a asociar, no me parece descabellado suponer que, coordinado con el arribo de los “asesores”, el presunto ataque al avión estepario haya sido también obra de los ajedrecistas de Washington. (A través de sus aliados árabes o israelíes. En este caso es lo mismo). Un tate quieto difícil de pasar por alto.
Blitzkrieg.