27 de Octubre de 2015
No hay palabras para calificar lo que ocurrió el lunes 19 en el poblado de Ajalpan, más que poblado pueblo, más que pueblo población. El municipio tiene unos 60 mil habitantes y el casco urbano, propiamente dicho, unos 30 mil. No se trata de un caserío rascuache en el que cualquier cosa pueda suceder. Como Canoa o Ixtayopan, sus hermanos de sangre, nunca mejor dicho. Ni se encuentra perdido en algún quinto infierno. Aunque infierno, desde ese malhadado lunes, sí es.
Y sin embargo, ocurrió. Como usted lo sabe bien, horrorizado y al mismo tiempo lúbrico lector, dos jóvenes presuntamente encuestadores fueron linchados, quemados vivos por los habitantes. Digamos, para ser ecuánimes, que el crimen fue cometido sólo por una parte de dichos pobladores, aunque constituían una nutrida representación de unas mil personas, entre actores y espectadores.
En efecto, el hecho no tiene nombre. En el sentido más estricto posible de la expresión. No fue ni una barbaridad ni una salvajada ni una bestialidad. Ni los salvajes ni los bárbaros ni las bestias hacen cosas así. No así. Fue un acto de humanidad, en el más atroz, obscuro, intolerable e insoportable significado. Exhibe probablemente la más lúgubre, miserable y desmoralizante de las facetas de la condición humana.
No hay palabras y debería haberlas, pues tal fenómeno, tal conducta, existe desde hace milenios, aunque no fue sino en el siglo XVIII cuando los gringos -quién si no- le pusieron nombre en honor, no del inventor de tal práctica, pero sí uno de sus más emblemáticos representantes, Charles Lynch.
Esta vez la coartada no fue el sacrilegio ni el hurto ni el homicidio, sino, aparentemente el “intento de plagio” de una menor. Nada está claro. Nunca lo está en los linchamientos. Ése es precisamente su chiste. El linchador hace caso del rumor que más le convenga y se construye el más convincente, tranquilizador y satisfactorio de los alibíes.
Somos muchos, y si somos muchos, a güevo tenemos razón, y si tenemos razón, estamos haciendo el bien y combatiendo el mal. Luego, somos buenos y por lo tanto yo soy bueno. Sobres.
Me divierten y deprimen al mismo tiempo la multitud de crónicas y disquisiciones aparecidas en la prensa escrita, hablada e ilustrada durante todos estos días. Que si los hermanos Copado Molina eran estudiantes o no, que si sus credenciales de encuestadores eran hechizas, que si la niña presuntamente en cuestión no los reconoció, que si la empresa de marketing los avaló, y qué sé yo cuántos otros detalles a cual más minucioso y rebuscado en torno al suceso.
Me pregunto indignado y asqueado, qué importancia tendrá todo eso. Es como si dijeran que en determinadas circunstancias el homicidio pudiera ser justificable, o al menos explicable. Que, en todo caso, podría haber atenuantes. En particular se repite una y otra vez que es “natural” que esas cosas sucedan dada la ineficacia y corrupción de las autoridades. Inadmisible.
Los amantes de la democracia estarán, además, del todo satisfechos, pues la orden de encender la pira sólo se tomó después de consultar a los presentes. La turba contestó con un ¡sííí! No sé si unánime pero aplastante. Ni siquiera fue necesario pedirles que levantaran la mano. Triunfo clamoroso -otra vez, nunca mejor dicho- de la democracia directa.
Fuenteovejuna de Lope o La muerte tiene permiso de Valadés es literatura, y es literatura tramposa, pues parte del supuesto, nunca sustentado, de que los pueblos respectivos estaban en lo correcto. Ah, bueno. Así qué fácil. La realidad, ay, es otra cosa, distinta y mucho más compleja. Esa realidad que sólo las grandes obras, el arte verdadero, puede reflejar. Y aun así, con serias dudas.
No hay que darle muchas vueltas. La bajeza del linchador es multifuncional. El auto de fe es el detergente que limpia su conciencia, ahuyenta la culpa, aunque sea por un rato. Es además, y sobre todo, una combinación de sadismo y cobardía. Se disimula y justifica entre y con la muchedumbre para el goce de su libido. El linchamiento es un acto sexual.
Enfrentarse pues al complejo fenómeno que tuvo lugar en Ajalpan, -¡tan cerca de la Matanza del Chivo!- requiere salir de los estrechos y acartonados márgenes de la jurisprudencia y, sin pasarlos por alto, adentrarse en el intrincado y obscuro laberinto de la psicología de las masas y del inconsciente colectivo, como lo definió y estudió el desconcertante Karl Jung.
Puestos a dilucidar razonablemente el caso impongámonos normas taxativas apropiadas. Vemos incluso cómo al linchar a vecinos infamados operan sentimientos opuestos liberando ansiedades. Los anatemas manifiestan una yuxtaposición junguiana intrínseca jamás asumida.
El sueño del racionalismo ilustrado parece venirse abajo. Yo prefiero decididamente ser linchado que linchador, pero cada uno de estos episodios hace evidente de manera descarnada hasta qué punto muchos de nuestros congéneres siguen bajo la más terrible de las esclavitudes. Esclavos de sus propias glándulas y secreciones.
Toda una victoria de la justicia por propia mano. O mejor, de la justicia por propia gónada.
Marcelino Perelló
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