28 de Octubre de 2015
Los habitantes de las grandes ciudades hemos olvidado que, detrás de los muros de cemento que nos rodean, la naturaleza, empecinada, persiste. Hemos olvidado que, pese a todo, vivimos en la naturaleza. Que aunque cada vez lo parezca menos y, tal vez, nos guste menos, somos naturaleza.
Extraviados en el laberinto de asfalto, recluidos en nuestros nichos de concreto, ya no nos sorprende que la comida aparezca regularmente de manera mágica e incomprensible en los mercados y en los anaqueles. Para nosotros la lluvia hace mucho que dejó de ser una bendición, fuente de la vida, para convertirse en contrariedad, inevitable molestia de las tardes de verano y otoño. Incluso la metódica sucesión de los días y las noches nos aparece establecida en alguna secretaría de Estado y susceptible de ser modificada intempestivamente por algún alto funcionario con iniciativa.
Alguien me contó que en el zoológico de Chicago, entre los ciervos y los bisontes, se exhibe una vaca, para que los niños —y los no tan niños— habitantes de la urbe puedan ver a tan exótico cuadrúpedo.
Así, casi siempre la naturaleza se ve obligada a recordarnos su existencia de manera violenta, encolerizada. Parecería que sólo las catástrofes pudieran confrontarnos con nuestra frágil condición natural. Esta vez no fue así. Patricia, como las mujeres con carácter, nos amenazó, nos asustó y finalmente, con un guiño, nos perdonó.
Hace un mes el cosmos también nos mimó, y nos regaló esa asombrosa bola de fuego que se alzó hacia los cielos, junto al Popo y al Ixta, y que, a los que las pinches nubes no se los prohibieron, dejó maravillados.
La “gran linterna roja” me provocó al menos dos sentimientos que me siguen pareciendo contradictorios. Una sensación mezclada de humildad y soberbia. Por un lado, la exaltante irrupción del ballet de los astros, un intenso sentimiento de comunión, de pertenencia. Pertenencia al cosmos, al mundo, a ese mundo “ancho pero mío”. Una vertiginosa certeza de participar del curso del universo y de la futilidad de las pretensiones humanas frente al orden de los cielos y la Tierra.
Reconocí con sorpresa la misma emoción que me provocaban las grandes —en todos los sentidos— manifestaciones callejeras de los años 60. Esa sensación de formar parte de algo importante y justo. De algo definitivo.
Intoxicados como estamos por lo artificial, por lo falso, el eclipse fue calificado por muchos como “espectáculo”, en términos que lamentablemente iban más allá de la simple metáfora. Para ellos se trató, consciente o inconscientemente de un entretenimiento, de un show. Algo destinado a ser observado, que llama espectadores. Como todos los espectadores, ajenos y pasivos. (La inconcebible consigna del “vea el eclipse por televisión” no hizo sino subrayar ese carácter).
Sin duda, pensar el eclipse como espectáculo, con todo lo de programado e inocuo que implica, algo tiene de tranquilizante; el eclipse, sin embargo, no fue un show ni nosotros espectadores. El eclipse fue un fenómeno y nosotros protagonistas. No se trataba de presenciarlo sino de vivirlo.
El otro sentimiento, paradójicamente simultáneo, fue el orgullo de pertenecer a una especie animal capaz de predecir algo tan excepcional y tan complejo como un eclipse. Algo que, precisamente, no había sido programado, pero de lo que sabíamos con siglos de anticipación, con toda precisión, en milímetros y en segundos, su advenimiento.
Horas antes bromeábamos especulando qué pasaría si a la mera hora resultaba que los científicos habían equivocado sus cálculos y el eclipse no se producía. No fue así. De nuevo los astrónomos acertaron. La predicción de los eclipses es un monumento a la inteligencia humana, a la ciencia. Quiere decir que toda la historia esa de la Tierra redonda, las órbitas y todo lo demás no es tan descabellada. Finalmente, y pese a todo, sí hay una verdad detrás de todo eso. Es increíble. Sería increíble si no fuera por la contundencia del eclipse.
Si la ciencia se hubiera limitado a eso, pienso melancólico, a observar, comprender y explicar la Tierra y el cielo, como hacían los antiguos, y no hubiera pretendido transformarlos, otro gallo nos cantara. Si el hombre se limitara a ser sabio y a aceptar y querer a su mundo sin pretender cambiarlo, que es como se quiere deveras, otro sería el desenlace.
La astronomía es una ciencia noble. Tal vez la más noble de todas las ciencias, la que menos lastima aquello que estudia y la que menos pretende “aprovecharlo” (al menos hasta la aparición de los satélites artificiales). Las otras disciplinas —y en general el quehacer del hombre— deberían imitar a los astrónomos y renunciar a ese espíritu intervencionista, modificador.
Pueblos ancestrales nos dejaron en mandato un estricto respeto totalmente olvidado. Mirar ilusionados la única fortuna en los inalcanzables zafiros. Dejar impecable cada espacio que utilicemos en mantenernos mientras morimos, legando ofrendas a discípulos orgullosos resueltamente audaces.
Si llega el día en que la astronomía pueda no sólo predecir, sino intervenir y controlar, los eclipses se podrán programar y llevar a cabo, aquí y allá. Entonces, también ellos serán sólo un espectáculo, para beneplácito de los showmasters del mundo entero, los mercaderes del entretenimiento, los ponedores en escena. De Ricardo Arjona, del Pitbull, y para deleite de todos los consumidores de emociones chatarra. Prefabricadas.
Hasta ese momento, sin embargo, aún podemos constatar que el mundo y la naturaleza existen. Siempre sí.
Marcelino Perelló
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