miércoles, 8 de febrero de 2023

Las apariencias no engañan

 




  15 de Noviembre de 2016  


Como si hubiera querido contradecirme a mí mismo, predije lo predecible. Dije que ganaría las elecciones gringas Mrs. Clinton. Dejé, eso sí, la puerta abierta por si acaso se producía aquello que no parecía poder producirse. Y se produjo. Me vi timorato y prudente al mismo tiempo y por partida doble.

En mi descargo debo decir que fuimos una auténctica multitud los analistas que sostuvimos que la derrota de los republicanos estaba cantada. Mal de muchos consuelo de pendejos. De hecho no sé de nadie que haya sabido anticipar, antes del martes 8 a las dos de la tarde, el triunfo de Donald Trump.

No era fácil, reconózcalo, indulgente lector. Todas las encuestas otorgaban la mayoría a doña Hilaria. Sin embargo un matemático como el que yo me precio de ser debió advertir lo que a otros, menos iniciados en los misterios de los números debió escapárseles.

Esto es que, a pesar de que la distancia entre las preferencias electorales por Clinton y Trump se mantenía a favor de la primera, ésta se iba reduciendo a ojos vista cada día que pasaba. En otras palabras, y en lenguaje matemático, que usted sabrá excusar, una cosa es el valor de la función en un punto dado y otra su derivada. Es decir su tendencia.

Y fue esa tendencia, que se mantuvo hasta el mero final, hasta las primeras horas del miércoles 9, las que dieron la victoria al pelirrojo postizo. En efecto (eso sí lo preví correctamente) fueron los triunfos en Florida y en Ohio los que decantaron definitivamente la balanza.

De hecho es sabido que la candidata demócrata obtuvo unos 200 mil votos más que su rival, pero  el sistema de elección indirecta que impera allá no les otorga ninguna significación y además resultan insignificantes frente a los 120 millones que se emitieron.

Sin embargo, y ése es el punto que quiero subrayar hoy, no es el hecho circunstancial de que a fin de cuentas sea el grotesco personaje el que habite en la Casa Blanca. No tiene demasiada importancia. Finalmente gobernará como hubiera gobernado la buena señora o cualquier otro. Como me confesaba una secretaria de Estado que me es particularmente cara, a esos niveles “no hay para dónde hacerse”. Los “poderes fácticos” mandan y rigen.

La cuestión es otra, y esa sí es verdaderamente preocupante, y se trata de una cierta corriente “social antisocial” que está permeando el mundo entero, para la cual los términos de “derecha” o “izquierda” se vuelven inútiles y obsoletos, y de la cual el resultado de las elecciones en los EU no es más que un síntoma.

Dicha corriente la representan hoy los gobiernos de Hungría, Filipinas o incluso Grecia, pero también pujantes movimientos alternativos, igualmente desafiantes, y que amenazan con volverse hegemónicos. Es el caso del Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, el Movimiento 5 Estrellas, del caricaturesco Beppe Grillo, en Italia. El UKIP de Nigel Farage, en Inglaterra, Geert Wilders y su VVD en Holanda, o el austríaco Heinz-Christian Strache, en Austria.

Normalmente se había asociado el neoliberalismo a las fuerzas de derecha, pero todas las organizaciones que acabo de mencionar son contrarias a ese neoliberalismo y se acercan más a cierto tipo de neofascismo con clara influencia del populismo de izquierda. 

El panorama es complicado. Resulta que en los propios Estados Unidos un personaje tan deleznable como el magnate George Soros es el enemigo acérrimo de Trump, y fiel aliado de Hillary Clinton. Ya nadie entiende nada. Soros es considerado el principal impulsor de las “Revoluciones de colores” ultraderechistas en Europa Oriental y en los países árabes.

En la misma margen izquierda del Bravo ya se habían producido atisbos de tales iniciativas que de momento, y a falta de un adjetivo mejor, llamaré “anómalas”. Es el caso, por ejemplo de otro potentado que intentó asaltar el poder en 1992. Ross Perot compitió contra Bush padre y Bill Clinton. No ganó, pero su propuesta impertinente y antisistema recibió un apoyo nada despreciable. Es el antecedente más cercano, desde todos los puntos de vista, de Trump. Sus iniciativas implicaban la adopción de medidas implacables y casernarias. Toda la acción política sería acotada y normada desde un poder hipercentralizado.

Perot ofrecía la implantación con intrincados argumentos sofistas. Las aventuradas disposiciones requerían obtener necesariamente especiales soportes. Pero esas reglas impedirían totalmente organizar sociedades. Para ejercer respaldos requerían informar toda operación suscrita.

En el mundo llamado occidental, desde el final de la última gran conflagración en 1945 se instaló una especie de gran tregua, en la que los sobresaltos vinieron desde los estratos más ilustrados y libertarios de los pueblos. Todo parece indicar que después de 70 años de aparente placidez, nuevas y temibles corrientes de fondo conmueven el tejido social, político y cultural. Con deriva y resultados, de nuevo, impredecibles.

No tanto Trump, como el triunfo de Trump, simboliza, representa ese inquietante resurgimiento. Ésa es la amenaza, que el maremoto que propicia confirme ser lo que parece. Y es que suele suceder, ay, que las apariencias no engañen.


Marcelino Perelló


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