06 de Diciembre de 2016
El de Italia, celebrado este domingo, habrá sido el tercer referéndum al hilo en el que ganan los malos, es decir aquellos que no estaba previsto que ganaran. Entre otras cosas porque complican notablemente, y cada uno a su manera, el panorama.
El primero fue el del Brexit, ya lo sabe usted perfectamente, atento y atento lector. Se trató de una verdadera patada en la entrepierna del proyecto unionista europeo y todo el esquema económico que lo acompaña. Nadie pensaba que la vanidad británica iba a estar por encima de las poderosas razones sociales y mercantiles que conminaban a permanecer en el cuadro de la UE.
Si querían seguir manejando al revés y mantener la libra, muy su bronca. No tenía demasiada importancia, pero renunciar al comercio europeo libre de aranceles y, sobre todo, a la libre circulación, residencia y estatuto laboral continental de sus ciudadanos, eso ya cuesta más de entender. Son palabras mayores.
En el Reino Unido ganó el miedo. Para evitar que siguiera llegando gente de fuera, trancaron las puertas y se impidieron a sí mismos salir. Ora resulta que esa maravilla hecha realidad, y soñada por tantos años y siglos, el formidable túnel, submarino y subterráneo al mismo tiempo (¿”subterráneomarino”?) que cruza el Canal de la Mancha, pierde las tres cuartas partes de su sentido y se convierte casi en una curiosidad frívola. La circulación a través de él, en ambos sentidos, se ha visto dramáticamente reducida. Allá ellos.
No olvidemos que el RU representa la tercera, tal vez la segunda economía europea, sólo detrás de Alemania y Francia. Aunque la escisión no es únicamente pecuniaria sino, en primer lugar diría yo, social y cultural. Los británicos, les guste o no, son medularmente europeos. Son incluso, me atrevo a decir, el paradigma de la europeidad. Los escoceses lo tienen claro, los ingleses no. Con su pan (de molde) se lo coman.
No habían pasado ni tres meses que, al otro lado de la Mar Océana, otro referéndum lo gana quien no debía, y vuelve a imponerse el miedo. En Colombia, contra todos los pronósticos y contra el más elemental sentido común, la población rechaza el Tratadode Paz entre el gobierno y la megaguerrilla de las FARC.
El margen entre unos y otros, igual que en la antigua Albión, fue ajustado, pero no le aunque. Así funciona la rupestre democracia. Ganaron a los que ponían nerviosos que los exguerrilleros formaran parte del Parlamento y pudieran participar abiertamente en el entrejuego político. Las FARC ya se habían desmantelado y no podían regresarse al monte, pero el FLN no, es decir sí, y la coyuntura se volvió extremadamente compleja e impredecible. Aún andan en esas.
Aquí deberé añadir el resultado de las elecciones en Estados Unidos. No fue propiamente un plebiscito, pero casi. Volvió a ganar el miedo. Trump llega a la Casa Blanca simplemente porque es —o parece, que es lo que cuenta— más enérgico que la abuelita Hillary. Es el “padre severo” que castiga pero también protege. Y los gringos son unos culeros. Le tienen miedo a salir y a que entren. Esa es la razón fundamental del éxito del estrambótico magnate. Ese miedo que va de la mano, como en su colonia europea (eso es hoy Inglaterra), con la xenofobia, el chauvinismo y el proteccionismo. Social y por supuesto económico.
Y ahora fue Italia. El primer ministro Matteo Renzi apostó su resto en una reforma parlamentaria que disminuía el poder del Senado, de gran peso e importancia ahí, y aumentaba el del gobierno. Gobierno al frente del cual estaba él, claro. Allá el Presidente de la República es un cargo casi decorativo, como los reyes en las monarquías parlamentarias, digamos. Quien parte el queso es el primer ministro, jefe de Gobierno o presidente del Consiglio dei Ministri.
Renzi puso toda la carne al asador para lograr una reforma audaz que garantizara la permanencia de Italia en la UE, y advirtió que de perder dejaría el cargo. Y perdió y lo dejó. Ahora los desaprensivos del Movimiento de las Cinco Estrellas del estrepitoso y grotesco Beppe Grillo (una especie de López Obrador de allá) se ven con fuerzas y ánimos para hacer de las suyas. Chivos en cristalería. La ínsula ya se fue de Europa; vamos a ver la península.
El planteamiento era razonable pero tal vez demasiado drástico para una población temerosa, que no está para osadías ni ruletas rusas. Más seguro, más marrao.
Plantear una especie de examen significó enfrentar riesgos, sembrar inquietudes que unos italianos externaron repudiando enmiendas, manifestando acentuados resquemores al votar impidiendo lograr las obvias soluciones aplicables. Matteo intentó maniobrar intimidándolos viéndose incapaz.
Y esa incapacidad le costó el poder; tal vez no la carrera, pues en el país de la pasta las reapariciones y los revivals son frecuentes. Para lo que sí ya no habría retorno sería la salida de la Unión. El Viejo Continente se tambalea. Al revés del lema de la Ciudad de París: Fluctuat nec mergitur, “Se ladea pero no se hunde”, ahora quizás deberemos decir que Europa fluctuat et mergitur.
Marcelino Perelló
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