19 de Octubre de 2016
Bob Dylan salta a la palestra. En fin, deberemos decir que salta en la palestra, pues ya estaba ahí. Hace unos días le fue otorgado el Premio Nobel, y aunque no aparece para reclamarlo, Nobel dado ni Dios lo quita. Es algo de lo que deberé hablar y sin duda lo haré, pero no hoy.
El galardón a Dylan me evoca de manera intensa, descarnada diría yo, a otro músico, de hecho el maestro de Bob, y no puedo sustraerme a esa evocación y a todo lo que acarrea. Pete Seeger, el trovador indomable, llegó a Barcelona el 18 de octubre de 1936, hace exactamente 80 años, como combatiente voluntario a integrarse a las Brigadas Internacionales que acudieron a defender la República Española de sus agresores fascistas. La efeméride se impone sola.
Cualquier enciclopedia o ensayo biográfico dirá que Pete Seeger fue un músico. Y tal etiqueta le quedará descorazonadamente corta. El nacido en Patterson, junto a la Gran Manzana, fue mucho más que eso. Lo que no quiere decir que no lo haya sido también y de manera absolutamente relevante.
Debe ser considerado el padre, el factótum del movimiento folk moderno. No sólo en Estados Unidos. Junto con sus colegas, contemporáneos y continuadores, otorgó lustre, presencia y dignidad a ese género otrora menospreciado y relegado. La pléyade magnífica que integran figuras como Woody Guthrie, Alan Lomax, Joan Baez, Peter, Paul and Mary o el propio Dylan, que no cesó de reconocer el papel central que jugó Pete en la conformación de ese movimiento. Todos ellos le rindieron pleitesía en vida y no cesarán, sin duda, de agradecer su aporte, mucho después de su ausencia física.
Fue un compositor inigualable, pero en el otro plano, como intérprete, fue absolutamente fascinante. De un brillo, intensidad y colorido sin igual. Inconfundible.
En un tercer dominio fue un verdadero gambusino musical. Encontró auténticas joyas ocultas en los más recónditos rincones del planeta. Desde Japón a Perú, desde Kenia a Irlanda, Noruega y México. Las retomó, las aderezó y las brindó al mundo. Nos las regaló. Fue universal y universalista. Sin duda no fue un hombre de mundo, en el sentido aristocratizante y presuntuoso del término, pero sí un hombre del mundo, en sentido pleno.
Y es esa su universalidad la que nos lleva de la mano directamente a su segunda cara, la de quien nunca tuvo, por nada del mundo, dos caras. La de luchador irredento por la justicia y la libertad de las personas y pueblos de la Tierra en todo lugar, tiempo y circunstancia. Fue un internacionalista fervoroso. Fue en esa condición que se enroló en las Brigadas Internacionales. De su participación ahí, dicho sea de paso, nace probablemente el más bello y emocionante álbum de su discografía.
Con menos riesgo, pero más tiempo e intensidad, fue un adalid inflamado de la causa de los negros en su propio país. Combatió durante toda su vida por los llamados derechos civiles y contra toda forma de discriminación racial y social. Su concierto de junio de 1963 en el Carnegie Hall de Nueva York no puede ser más elocuente en ese sentido. Consígalo, sensible y noble lector, y me lo agradecerá con lágrimas en los ojos.
Su militancia libertaria también lo hizo un combatiente feroz por la paz, con toda la intensidad paradójica de tal formulación. En particular se opuso de palabra y obra a las intervenciones militares gringas en Corea y en Vietnam, en Irak y Afganistán. Durante años recorrió el país, from California to the New York Island, reclutando adeptos para la causa pacifista y antiimperialista, y encabezó un amplio movimiento de intelectuales para modificar las leyes del servicio militar y el castigo a los remisos y objetores de conciencia.
Pete apoyó la moción altamente subversiva de emitir justamente un bando invalidando legislaciones opresivas. Visitó incontables ciudades agitando y alistando simpatizantes entusiastas interpretando notables conciertos o recitales para obtener recursos operativos, decidió extender la lucha en núcleos obreros, agrupó a los estudiantes que utilizaban ingeniosos procedimientos organizativos. Generó redes activistas nacionales entre militares objetores consiguiendo involucrar oficiales neutrales.
Conocí a Pete Seeger en Barcelona en 1980, con cierto temor de sufrir una decepción, como tan a menudo ocurre con las personalidades. No fue el caso. Pete Seeger era exactamente lo que parecía. Se mostraba tal cual, sin impostura ni afeite alguno. Fiel a sí mismo, era la congruencia personificada.
Decir que fue un hombre en toda la extensión y densidad de la palabra, y que más que excepcional fue inimitable, es sin duda hacerle justicia. Pero al mismo tiempo representa la triste evidencia de que hoy no encuentra remplazo digno. Su pérdida es definitiva. Algo mucho más extenso e intenso que su persona, vida y obra, se fueron con él. No hay consuelo posible.
Bob Dylan es posible que haya merecido el Nobel. Es inconcebible que se lo hubieran otorgado a Pete. Para hombres como él no hay premios posibles. No de esos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario