07 de Diciembre de 2016
Hablé en la entrega pasada de cómo el comportamiento gregario puede convertirse en una negación terminante del libre albedrío. En otras palabras, los valores de la libertad y los de la conducta colectiva estarían reñidos.
Acuñé el término “rebañismo”, más exacto o si usted quiere una forma extrema del borreguismo, es decir, aquella actitud por la que normamos nuestros gustos, actitudes y conductas de acuerdo con los de la comunidad. Ello explicaría, dije, fenómenos tan conocidos como el surgimiento de las modas —tanto en la indumentaria como en la filiación ética, estética o ideológica— o la lamentable práctica del linchamiento en todas sus variantes: físico o simbólico, legal o ilegal.
Las modas no precisan de ninguna argumentación. Todos sabemos de su existencia y de su poder. De lo que carecen y si están urgidas es de reflexiones y explicaciones. Por qué en un momento dado “todo el mundo” anda tras los tamagochis o los pokemones, o por qué los botines de los futbolistas y los brazos de los anteojos se vuelven de colores, es algo que permanece en la oscuridad, en los recovecos más oscuros de la mente humana (me temo que acabo de incurrir en un pleonasmo flagrante, ¿hay acaso mentes no humanas?). La mejor definición que conozco de tal pulsión imitativa se la debo a un gran pensador gallego (aunque suene a oxímoron) cuyo nombre, quién sabe por qué ahora se me escapa. Se lo debo. En todo caso afirmó, con toda precisión, que “moda es aquello que pasa de moda”. Excelente. Excelente pero, pese a todo y como todo, discutible. Pues hay modas que se quedan. El más contundente de los casos es el de los jeans, livais, pantalones vaqueros o de mezclilla, que se impusieron en los años sesenta y no se han ido.
De todos modos, hoy no voy a insistir en ello. Ya recordé hace unas semanas que así, discurriendo ampliamente acerca de dicha compulsión, inicié esta columna hace once años y de ahí su nombre.
Los linchamientos están en la misma situación. Hablé de ellos largo y tendido hará esta vez unos veinte años y no voy a insistir. Si de plano le interesa mucho, búsquele y encuéntrele. Buena suerte. Sin embargo, tampoco se me angustie demasiado. Volveré sobre ellos muy pronto. Urge.
El miedo, los miedos, son otra buena muestra de comportamientos grupales. El miedo contamina y se contagia con enorme facilidad también a todos los niveles. Es ésta una dinámica que igualmente puede ser ilustrada con miles de casos de toda índole. De hecho, a medida que el modelo civilizatorio que llamamos occidental se desarrolla, la población se vuelve cada vez más cauta y temerosa. Y se vuelve extremadamente vulnerable a los maremotos de miedo colectivo que la sacuden.
Un caso que encuentro no especialmente grave, pero sí muy ilustrativo, y que tanto usted, ideático lector, como yo vivimos de manera muy directa y con reacciones tal vez similares, es el de la reciente “epidemia” de la gripe A H1N1, que pasó a llamarse “influenza” (¡como si no fueran sinónimos!), que nos invadió recientemente y que provocó actitudes de histeria colectiva cercanas al pánico y reforzada por las medidas irresponsables y, en buena medida, ridículas de la autoridad.
Lo curioso y ejemplar de este caso es que el miedo, en todas sus modalidades, de la aprehensión al terror, no se quedó en nuestro país, donde se habían producido los focos, sino que atravesó fronteras y océanos. No sólo recibí docenas de llamadas de amigos y familiares europeos alarmados e interesados por mi estado de salud, sino que los noticieros transmitieron imágenes de Barcelona y otras ciudades en que la gente andaba por la calle con tapabocas, a la mexicana (¡!). Verlo para creerlo. Afortunadamente tanto usted como yo lo vimos, lo vivimos y no necesitamos que nadie nos lo cuente. Lo creemos, me cae que lo creemos.
Al final, como era de esperarse, todo quedó en agua de borrajas y las cosas volvieron a la “normalidad”. Aquí no pasó nada. Pudimos volvernos a sentar en el cine y en los restaurantes, unos junto a otros, sin mayor precaución, prevención ni preocupación. Supongo que la tan temida A H1N1 por ahí sigue haciendo de las suyas, pero ni quién la pele.
Los conductistas consideran tales fenómenos como formas de “aprendizaje”, dándole un sentido negativo y retorcido al término. Existen numerosos experimentos sobre ello y algunos puede usted encontrarlos en internet. Busque, por ejemplo, el clásico de “la sala de espera” en https://www.youtube.com/watch?v=yJoYMV4RifY
También hay otro muy ilustrativo que utiliza nada menos que los simpáticos erizos, pero no sé encontrarlo en la red. Se les enseñó, a base de castigos, a recorrer determinados trayectos cada vez más complicados, y sus descendientes ya los utilizaban sin necesidad de penalizaciones ni de herencia genética. Por simple reproducción automática, de generación en generación. Fueron seleccionando a los más “aplicados” y sofisticando los retos y las rutinas.
Prestos a repetir el juego anterior, ofrecieron recompensas a los erizos. Montaron independientemente varios itinerarios, juzgaron a los educandos por aquellos resultados espontáneos justamente obtenidos.
Al final se obtuvieron bichitos de un rigor, previsión y precisión asombrosos, muy superior al de los hamsters o al de los niños de escuelas religiosas o militares.
La cuestión, que no puede no ser angustiosa, es la de si los tiernos y espinosos alumnos son más “inteligentes”, “saben más” que sus congéneres iletrados, y si eso los hace acaso más libres. O simplemente son más disciplinados y condicionados. Por ahí dicen: “el saber nos hará libres”. ¿Será? Ay.
Marcelino Perelló
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