domingo, 26 de febrero de 2023

La gesta


  13 de Septiembre de 2016  


A pesar de que usted, ilustrado lector, los conoce perfectamente y los considera y sopesa cada vez, permítame volverlos a mencionar. Escojo hacerlo en orden cronológico inverso. Ese día, en 2001, fueron derruidas de manera brutal las llamadas Torres Gemelas de Nueva York, verdadero emblema del Sky- Line de Manhattan y de la fanfarronería arrogante de nuestros vecinos de septentrión. Se trata sin duda de la más confusa de las tres efemérides.

Confusa en al menos dos sentidos. Por un lado, hoy, 15 años después, aún no está claro ni quiénes fueron realmente los autores ni, ni por ende, sus propósitos. Por otro, no son pocos los ciudadanos del mundo que la consideran con regocijo, a pesar de la masacre multitudinaria que representó. La ven como una especie de revancha histórica a las barbaridades cometidas por Estados Unidos a lo largo de los siglos y los meridianos. Recuerdo al gran músico Guillermo Briseño, con el que ese día, ese año, compartía yo una mesa redonda y en la que afirmó: “Que al menos una de las torres vaya a la memoria del presidente Salvador Allende”.

Ésa es precisamente la segunda de las conmemoraciones. Segunda en el orden que escogí, no en su importancia y significado. En 1973, en Santiago de Chile, el Ejército comete algo más que un golpe de Estado. Trunca de tajo el extraordinario proceso pacífico hacia el socialismo —que, de haberse consumado, hubiera servido de modelo y precedente para el mundo entero, y modificado radicalmente la historia universal— asesinando a decenas de miles de ciudadanos, encabezados por el insigne y heroico Salvador Allende. El hecho de que haya sido él mismo el que apretó el gatillo que puso fin a su vida no significa en absoluto que no haya sido estrictamente asesinado.

La tercera de las fechas es la más lejana. En 1714 Barcelona capitula ante el sitio al que la habían sometido durante más de un año las tropas franco-españolas, consumándose así la ocupación militar de Cataluña y su sometimiento al gobierno de Madrid. Sometimiento que hoy, trescientos dos años después, continúa.

Y es a ésta, por más de una razón, a la que quiero dedicar mi rememoración. Por aquellas piruetas a las que nos tiene acostumbrados la historia, se trata en efecto de la más antigua de las tres catástrofes, pero es sin duda la que hoy goza de una mayor y cruenta actualidad.

Los catalanes convirtieron aquella terrible derrota en la señal del inicio de su irredenta resistencia en contra del invasor y del usurpador. Y escogieron esa fecha como su fiesta nacional. Junto con los serbios creo que son los únicos pueblos que adoptan una tan sorprendente y en apariencia paradójica actitud. El descalabro que se convierte en el anuncio y presagio de la victoria.

Hace exactamente cuatro años, el 11 de septiembre, la tradicional festividad se convirtió en un auténtico alzamiento cívico y masivo en pos de recuperar la libertad perdida entonces. Y cada vez que llega la ansiada fiesta, Cataluña se inflama, y millones de personas salen a las calles a reclamar el derecho a que su patria sea independiente. La movilización, sin precedentes en el mundo entero, es desbordante, enérgica y alegre al mismo tiempo. Es llamada la Revolución de las Sonrisas.

La exigencia es bien simple, y, para nadie en su sano juicio, imposible de rechazar: La realización de un referéndum, a la manera de Noruega, Irlanda, Quebec o Escocia, en el que el pueblo demuestre que el clamor de las calles es aritméticamente mayoritario. Dije en su sano juicio. El gobierno español —tanto el definitivo anterior como el provisional actual— deniega, pues, tal derecho elemental. Y así le va a ir. Está cavando su propia tumba. No hay estulticia ni prepotencia alguna que pueda demoler, hoy por hoy, la voluntad incontenible, entusiasta y decidida del pueblo catalán.

La celebración de ayer estuvo marcada por la desaparición de una de las dos lideresas indiscutibles del actual estallido. La extraordinaria, incomparable, irrepetible Muriel Casals murió hace unos meses atropellada por una bicicleta. Ni la historia ni el destino tienen madre. Par de huérfanos desdichados.

Casals supo como nadie defender con su insólita “ternura férrea” la razón y las razones de la patria hoy sometida. Frente a las tentaciones precipitadas, impacientes y arrebatadas que inevitablemente pueblan el panorama, su prudencia y su firmeza campearon el domingo sobre la multitud. Cuando todo parece ya resuelto, la fuerza debe ir de la mano con la malicia. Ésa es su lección.

Planteado incluso el discurso reivindicativo aparentemente sensato, Muriel identificó vicisitudes inevitables. Entre nutridas expresiones lógicamente clamorosas aconsejó mesura intuyendo nuevos obstáculos, escogió nivelar expectativas limitando abiertamente los maximalismos aventurados.

Hoy España es, desde hace casi un año, un país sin gobierno. Y no lo tiene simplemente porque no saben de qué manera enfrentar el desafío catalán. Quién sabe cómo le harán. Pero háganle como le hagan, esto ya no lo para nadie.

A pesar del empecinamiento anacrónico e imperial de los mesetarios, la formidable gesta emancipadora de Cataluña contará con la solidaridad y simpatía de todas las naciones y los hombres libres del mundo. E igual que antaño, México y los mexicanos volverán a estar al frente. Estoy convencido.

Marcelino Perelló

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