miércoles, 25 de octubre de 2023

Los malos maestros


  25 de Noviembre de 2015  


-Oficio noble es el del barro, / de entre todos el señero. / Dios fue el primer alfarero / y el hombre su primer cacharro.

 

En el epígrafe con el que encabezo estas líneas podría perfectamente sustituir a Dios por el maestro y al hombre por su pupilo. En efecto, estoy convencido de que es el preceptor el que moldea la personalidad del futuro adulto que será su alumno. Uno es sus maestros.

Los padres también tienen qué decir en tal labor. Que ni qué. Su responsabilidad en la forja del sujeto al que dieron luz es grande, enorme. Infancia es destino, si hemos de creer a meister Freud. Sin embargo, las relaciones con los padres, es decir con los hijos, son siempre conflictivas. Hay un entramado complejo de afectos, celos y agravios. Los roles respectivos no acostumbran a embonar de manera armónica. No porque sí la gran mayoría de los trastornos síquicos se gestan en esa estructura familiar. Los divanes están harto familiarizados con los deseos y reproches hacia la pareja parental.

Con el profesor las cosas son distintas. Se trata de una figura paterna o materna, sin duda, pero liberada, despejada de todas esas marañas con las que el pequeño o el joven se enreda frente a sus progenitores. Digamos que la efigie del maestro es mucho más límpida y contundente.

Cuando se habla de grandes hombres, Einstein, Lenin, Bach o Shakespeare, antes de preguntarme quiénes fueron sus padres, me planteo quiénes habrán sido sus maestros, y no dudo en atribuirles una dosis más que considerable en la cocción de los genios.

Quien ha gozado de la fortuna de pasar por las manos de grandes mentores tiene asegurada la mitad de su periplo por la vida. Por lo menos. La cuestión aquí es la de determinar qué es eso de un “buen maestro”, en qué consisten su talento y su virtud.

Todos recordamos a algún preceptor. Aquel inolvidable, que consideramos nos dejó una huella imborrable y que ha determinado en buena medida nuestra deriva, en las buenas y en las malas. Normalmente le hemos perdido la pista, no acostumbramos a saber qué ha sido de él o de ella luego que nos soltó de la mano. Y, sin embargo, fantasmagórica su presencia no se separará de nuestro lado, la percibamos o no.

Yo mismo me considero un elegido. No por mis propios méritos sino por el de mis maestros ejemplares, que han sido, para ventura mía, numerosos. ¿Cómo no recordar con una nostalgia tan dulce como intensa a los profesores Vinós, Delgado, Santaló, Muñoz, Lluís, Torres, Barajas? ¿O a las maestras Elena, Oliva, Trueta? Mi propia madre fue mi maestra de segundo de primaria. Me reservo los comentarios acerca de lo que significó tal experiencia para mí. Y supongo que para ella. Es de muy mal gusto elogiar a los seres queridos.

Sin embargo, hay un punto delicado, difícil, que quiero abordar aquí. No siempre es del mejor mentor del que más aprende uno. He tomado clase con verdaderos virtuosos de la cátedra, artistas del estrado. Asistir a sus cursos es como presenciar una obra de teatro o, más aún, como ir a misa. Todo es perfecto. Todo está en su lugar, fluye como un gran río, majestuoso pero plácido y avasallador. Hay algo del orden de la fascinación ahí.

Lo he dicho más de una vez: el oficio del maestro es mil veces más desafiante que el del actor de teatro. Éste representa una y otra vez la misma obra siempre ante públicos distintos. El preceptor en cambio debe actuar una pieza distinta cada día ante el mismo público. Y ambos deben seducir al auditorio.

Y ahí reside precisamente el peligro: si el estudiante embelesado se convierte en espectador, se jodió la cosa. Dejará de inquietarse y preguntarse. Dejará de pensar. Suprimirá la actitud crítica, activa y adoptará una pasiva. Cesará el mecanismo del aprendizaje propiamente dicho. Aprendizaje, no lo olvidemos, que debe tener mucho de entrenamiento. Es decir, de esfuerzo.

A menudo es aconsejable, incluso imprescindible, que el educador, frente al pizarrón, titubee, trastabille, se vea obligado a callar, a meditar en busca de la solución. Nada más propiciatorio y más estimulante que el maestro se equivoque y que algún alumno lo corrija. Señal inequívoca de que el artefacto enseñanza-aprendizaje está funcionando en plenitud. Tal fenómeno es especialmente importante en la educación media, en los institutos, que aquí llamamos secundaria o preparatoria.

Profesores espléndidos de instituto generan resultados inciertos, obteniendo buenas valoraciones incontestablemente otorgadas. Entre los bachilleres imperan comúnmente hábitos o tendencias irreflexivas edificando nociones erróneas. Verter información cual agua termal a menudo bloquea irremisiblemente equivocaciones necesarias.

Debo a mi extraordinario maestro rumano Aristide Halanay esta lección. Tal vez la más importante que me dio. De él aprendí no sólo ecuaciones diferenciales, sino también la importancia del error que acecha, y del indispensable estado de alerta, tanto del sabio como del aprendiz. Un maestro que frente al grupo se limita a leer sus apuntes, o peor todavía, un libro, no es un maestro.  Contra la jerarquía oficial, maestro, magister, es más que doctor.

El buen maestro no es el que sabe, sino el que hace saber. Y para ello debe saber improvisar y errar. ¡Nunca a propósito! un error fingido no es un error, es una farsa. El buen maestro, con toda humildad, debe saber ser mal maestro.

Marcelino Perelló

martes, 24 de octubre de 2023

Los otros


  01 de Diciembre de 2015  


Tal predisposición y disposición, tal capacidad es particularmente útil en circunstancias críticas. Tanto en las propias como en las ajenas, en la medida en que pretendamos interiorizar la otredad, hacer nuestros, en alguna medida los avatares del otro, única posibilidad de erigirnos en entes auténticamente sociales.

Existen dos mecanismos definidos por Freud para explicar dicho fenómeno: la identificación y la proyección. No voy a entrar aquí en los vericuetos de tales propiedades. Me limitaré a definir la primera como la facultad de situar a un sujeto determinado en el lugar de otro. La segunda es uno mismo el que se ve en segunda o tercera persona. Es ponerse en el lugar del otro.

Los atentados en París, cada vez menos recientes, persisten en la actualidad como si acabaran de ocurrir, gracias sin duda a su terrible significación y desenlace, pero también gracias a la manipulación interesada que de ellos hacen los medios y los gobiernos, por razones no tan distintas. Da la impresión, a veces, que hubieran ocurrido anoche. Tal es el bombardeo de noticias, comentarios y actos de toda índole que insisten en restregárnoslos ante la vista, los oídos y la conciencia.

El periódico Le Monde, de enorme prestigio y de calidad cada vez más discutible, viene publicando cada día la semblanza de una de las ciento treinta víctimas de los ataques. Dichas semblanzas se esparcen cual llama en hojarasca en las redes sociales donde se vuelven “virales”, término que con justeza remite a una epidemia. Así, las bellas fotografías, cuidadosamente elegidas y photoshopeadas, de los hombres y mujeres, casi todos jóvenes, van acompañadas de un texto no breve, lírico y por supuesto nostálgico, en el que se plasman las mil virtudes que adornaron al susodicho en vida.

Ariane Theiller, hermosa joven de 21 años, mira a la cámara con una sonrisa tierna y ojos pícaros. “Era una muchacha que amó la vida con una intensidad inigualable. Todo en ella era alegría y desenvoltura. Desordenada como pocos había convertido el desván en su propio reino, en el que se amontonaban libros, discos y muñecos de peluche. Y esa lap sobre la cual vertió aquella vez la taza de café. Ese desván del que tan a menudo descendía su cristalina y contagiosa risa. Cuando esa tarde pidió permiso de ir a bailar al Bataclan, su padre no dudó en otorgárselo. Ariane era un torbellino de vitalidad, pero sensata y sagaz...”. imposible no conmoverse.

El problema y las reservas, ay, surgen cuando le cae a uno el veinte de que otras víctimas, igualmente vitales y desgarradoramente deplorables, en otros rincones del mundo, no han gozado ni gozarán de tal homenaje luctuoso y emocionante, pero que uno no puede dejar de considerar publicitario, propagandístico y demagógico. La muerte de Ariane está sirviendo de coartada para los brutales ataques que ha desatado Francia sobre Siria. Los Mirage 2000 que despegan cada día, cada hora, del portaaviones Charles de Gaulle matan a cientos de jóvenes sirios en su nombre. No tienen madre ni vergüenza. Ariane no merece tal ignominia, tal agravio bochornoso a su memoria. Un día antes de París, otras explosiones ocasionaron 40 muertes en Beirut. Poco después en Bamako también cayeron docenas de huéspedes en el hotel Radisson. Al día siguiente un autobús repleto estalló en Túnez matando a todos sus ocupantes. Y ayer en Dabanga murieron treinta personas cuando un suicida se hizo explotar en un mercado.

Sus fotos no aparecerán en Facebook. Sus nombres permanecerán en el anonimato, excepto para quienes los llorarán en solitario. El resto, aquellos que se enternecen ante la mirada sugestiva de Ariane, ni siquiera saben dónde queda Bamako ni menos Dabanga. Ni les interesa saberlo. Quién les manda no ser franceses.

Ayer en el gran patio de las Tullerías tuvo lugar la fastuosa celebración del funeral de las víctimas parisinas. Todo hermoso, elegante y solemne. Música célebre y triste. Cientos de uniformes y miles de medallas. Caras compungidas, la voz quebrada de monsieur Hollande. Y La Marsellesa, por supuesto La Marsellesa. Ese himno que tanto me gustaba y me hacía vibrar. El canto revolucionario de aquella gesta. El de la heroica Resistencia contra los nazis. Hoy ya lograron que la aborrezca, la abomine. Prostituida, puesta al servicio de los intereses más mezquinos, melifluos e hipócritas.

Todo ello para goce y beneficio de los poderosos del orbe, y para los medios amarillistas del mundo, que hacen su agosto en otoño. La muerte vende. Y del cocodrilo no sólo se aprovecha la piel. También sus lágrimas.

Pocos acontecimientos requieren de esta letanía abrumadora con ribetes auténticamente sombríos. Merecen especial observación noticiosa esos siniestros y cataclismos oportunos justificando ordalías sórdidas. Mientras informan vierten insidias, profieren anatemas condenatorios inhibiendo el necesario criterio independiente ajustado.

Es preciso saber mirar, sí. Y ponerse en el lugar del otro. Pero no sólo de ese otro que otros escogen y aderezan para nosotros. Hay otros, menos promovidos y ensalzados. Y que reclaman, desde la sombra, la atención que también merecen. Es más difícil, pero es imprescindible. Nuestra condición de hombres y mujeres de bien, integrales, reside en esos otros.


Marcelino Perelló


sábado, 7 de octubre de 2023

Aquella colmena


  02 de Diciembre de 2015  


Una buena noche, hace más de 40 años, estaba yo tirado sobre la cama en la residencia estudiantil Grozavesti, de la Universidad de Bucarest, en la que estudiaba, o hacía como que estudiaba, matemáticas. Era invierno y afuera hacía un frío glacial. En la habitación no, la calefacción funcionaba a todo trapo y el ambiente era harto confortable. De esos en que da gusto mirar el paisaje blanco e inhóspito del otro lado de las ventanas con doble vidrio.

Debía estar yo leyendo algún libro o examinando con atención el techo, ocupación a la que me he dedicado con fruición y esmero a lo largo de mi vida. Me lo sabía de memoria. El techo, no el libro. En ese momento tocaron a la puerta: Vâ cautâ un donm. Pare un târan, “lo busca un señor, parece campesino”. Bajé y lo conocí.

En efecto, era un hombre de campo, pero no uno cualquiera. No lo había visto antes. Me saludó en un español extraño y lo hice subir, después de registrarse obligatoriamente. Al llegar a mi cuarto se quitó los guantes, la bufanda, la shavca de lana con orejeras y los zapatos. Es costumbre arraigada en el mundo rural rumano que no se anda por la casa con zapatos. Menos en casa ajena, sería una grosería. No fue difícil darme cuenta que traía puestos como seis pares de calcetines gruesos sobrepuestos, lo que daba la impresión de que tuviera los pies hinchados.

Lo invité a sentarse y a tomar una taza de chai humeante. Antes, con una cortesía tímida y exagerada, me pidió si se podía quitar el saco, debajo del cual llevaba también tres o cuatro suéteres, que le invité a quitarse, pero no quiso. Se sentó en el borde de la cama mientras amasaba nervioso su shavca. Me lo quedé mirando, esperando con curiosidad me explicara el motivo de tan insólita visita.

Siempre en ese español raro, lentísimo y tropezado, me explicó por fin. Era apicultor en un pequeño pueblo cerca de Giurgiu, en la mera ribera del Danubio. Hacía 11 años que había decidido aprender español en los escasos libros que conseguía en la única librería de viejo de la ciudad, y dos ajadas guías de conversación turísticas que eran su tesoro y que estudiaba con pasión. Y sobre todo un libro de chistes que sabía de memoria. Así aprendió. Pero no había escuchado nunca hablar castellano ni había él hablado con nadie.

Un buen día supo de una Feria Internacional en Bucarest, y ni corto ni perezoso decidió acudir y buscar algún hispanoparlante. Era la segunda vez en su vida que subía a la capital. En el stand de Chile pudo por fin escuchar la amada lengua, y preguntó si sabían de algún español o latinoamericano que viviera en Rumania y que supiera bien el idioma. Y algún compa chileno que andaba por ahí me recomendó con él y le dio mis señas. Fue así que esa noche, perdido por el laberinto de la ciudad, de camión en tranvía, y de tranvía en camión, logró llegar a Grozavesti. Y a mí. Ahí lo tenía.

“Bue-nas no-xes, se-nior Mar-ze-li-na, me i-a-mo Grigore y soy de Giurgiu”. Así inició, para mi asombro, su relato increíble y apasionante. Y así se inició también una insólita y estrecha amistad que duró varios años, hasta que me fui de Rumania. No he vuelto a saber de él. Ni de sus abejas.

“El lo-bo se en-fer-mó muy gra-ve-men-te, pu-es se ha-bía co-mi-do u-na ca-pe-ru-zita ver-de”. Y así, uno tras otro, me contó esa noche docenas de sus chistes. Yo cada vez me reía más. Él se emocionaba y yo también.

Los meses que siguieron esperaba yo ansioso el día de su consabida visita, hasta que llegó el momento en que me invitó él a su casa. Obviamente acepté entusiasmado, y con tres amigos tomamos el vocho y emprendimos el viaje. Nos esperaba todo el pueblo, en el que Grigore era un personaje del todo especial, un poco loco, pero referencia indiscutible. El coro de niños que él había formado y dirigía nos ofreció un concierto en la pequeña iglesia. Para nuestro asombro y júbilo, en su repertorio hubo también el Zi-e-li-ta lin-da.

El momento duro vino después, a la hora de la comida. No por los manjares, que eran deliciosos, sino porque, en la canícula del verano, comimos en el porche rodeados de panales atestados de himenópteros ruidosos y agitados, a los que no estaba yo seguro si a los extraños les habíamos caído bien. “No se tur-be se-nior Mar-ze-li-na, no le van a ja-zer na-da. Si lo vi-si-ta una, no se mue-va, io  me la ie-vo”. Afortunadamente no fue necesario, pero nunca he vuelto a comer en tal tensión.

Grigore se convirtió en mi Virgilio en el misterioso y embriagador mundo de las abejas. Gracias a él me hice gran amigo de ellas. Me lo explicaba todo. En general en español, pero cuando mi ignorancia lo desesperaba pasaba al rumano. Tomaba a la reina entre sus dedos y me la presentaba, para mi terror (al principio), me explicó cómo funcionaban, cada una y en sociedad. Descubrí que pueden oler, no sólo los perfumes de las flores sino también, cuando era necesario, el hedor del predador. Para mi tranquilidad mi aroma, por lo visto, se volvió familiar y amigable.

Puestas en riesgo refuerzan el olfato. Varios individuos circundan al ladrón obligándolo bruscamente a interrumpir la agresión. Con organización no siempre uniforme ponen en resguardo recursos indispensables taponando orificios, cuidan los aposentos reales ocultos.

No he vuelto a convivir con ellas. Pero a menudo las añoro, pienso en Grigore, en su español mágico e irresistible, y en esa Rumania socialista desaparecida, y no puedo dejar de pensar en su vocación de colmena.

Marcelino Perelló