viernes, 29 de diciembre de 2023

La naturaleza, siempre sí existe


  28 de Octubre de 2015  


Los habitantes de las grandes ciudades hemos olvidado que, detrás de los muros de cemento que nos rodean, la naturaleza, empecinada, persiste. Hemos olvidado que, pese a todo, vivimos en la naturaleza. Que aunque cada vez lo parezca menos y, tal vez, nos guste menos, somos naturaleza.

Extraviados en el laberinto de asfalto, recluidos en nuestros nichos de concreto, ya no nos sorprende que la comida aparezca regularmente de manera mágica e incomprensible en los mercados y en los anaqueles. Para nosotros la lluvia hace mucho que dejó de ser una bendición, fuente de la vida, para convertirse en contrariedad, inevitable molestia de las tardes de verano y otoño. Incluso la metódica sucesión de los días y las noches nos aparece establecida en alguna secretaría de Estado y susceptible de ser modificada intempestivamente por algún alto funcionario con iniciativa.

Alguien me contó que en el zoológico de Chicago, entre los ciervos y los bisontes, se exhibe una vaca, para que los niños —y los no tan niños— habitantes de la urbe puedan ver a tan exótico cuadrúpedo.

Así, casi siempre la naturaleza se ve obligada a recordarnos su existencia de manera violenta, encolerizada. Parecería que sólo las catástrofes pudieran confrontarnos con nuestra frágil condición natural. Esta vez no fue así. Patricia, como las mujeres con carácter, nos amenazó, nos asustó y finalmente, con un guiño, nos perdonó.

Hace un mes el cosmos también nos mimó, y nos regaló esa asombrosa bola de fuego que se alzó hacia los cielos, junto al Popo y al Ixta, y que, a los que las pinches nubes no se los prohibieron, dejó maravillados.

La “gran linterna roja” me provocó al menos dos sentimientos que me siguen pareciendo contradictorios. Una sensación mezclada de humildad y soberbia. Por un lado, la exaltante irrupción del ballet de los astros, un intenso sentimiento de comunión, de pertenencia. Pertenencia al cosmos, al mundo, a ese mundo “ancho pero mío”. Una vertiginosa certeza de participar del curso del universo y de la futilidad de las pretensiones humanas frente al orden de los cielos y la Tierra.

Reconocí con sorpresa la misma emoción que me provocaban las grandes —en todos los sentidos— manifestaciones callejeras de los años 60. Esa sensación de formar parte de algo importante y justo. De algo definitivo.

Intoxicados como estamos por lo artificial, por lo falso, el eclipse fue calificado por muchos como “espectáculo”, en términos que lamentablemente iban más allá de la simple metáfora. Para ellos se trató, consciente o inconscientemente de un entretenimiento, de un show. Algo destinado a ser observado, que llama espectadores. Como todos los espectadores, ajenos y pasivos. (La inconcebible consigna del “vea el eclipse por televisión” no hizo sino subrayar ese carácter).

Sin duda, pensar el eclipse como espectáculo, con todo lo de programado e inocuo que implica, algo tiene de tranquilizante; el eclipse, sin embargo, no fue un show ni nosotros espectadores. El eclipse fue un fenómeno y nosotros protagonistas. No se trataba de presenciarlo sino de vivirlo.

El otro sentimiento, paradójicamente simultáneo, fue el orgullo de pertenecer a una especie animal capaz de predecir algo tan excepcional y tan complejo como un eclipse. Algo que, precisamente, no había sido programado, pero de lo que sabíamos con siglos de anticipación, con toda precisión, en milímetros y en segundos, su advenimiento.

Horas antes bromeábamos especulando qué pasaría si a la mera hora resultaba que los científicos habían equivocado sus cálculos y el eclipse no se producía. No fue así. De nuevo los astrónomos acertaron. La predicción de los eclipses es un monumento a la inteligencia humana, a la ciencia. Quiere decir que toda la historia esa de la Tierra redonda, las órbitas y todo lo demás no es tan descabellada. Finalmente, y pese a todo, sí hay una verdad detrás de todo eso. Es increíble. Sería increíble si no fuera por la contundencia del eclipse.

Si la ciencia se hubiera limitado a eso, pienso melancólico, a observar, comprender y explicar la Tierra y el cielo, como hacían los antiguos, y no hubiera pretendido transformarlos, otro gallo nos cantara. Si el hombre se limitara a ser sabio y a aceptar y querer a su mundo sin pretender cambiarlo, que es como se quiere deveras, otro sería el desenlace.

La astronomía es una ciencia noble. Tal vez la más noble de todas las ciencias, la que menos lastima aquello que estudia y la que menos pretende “aprovecharlo” (al menos hasta la aparición de los satélites artificiales). Las otras disciplinas —y en general el quehacer del hombre— deberían imitar a los astrónomos y renunciar a ese espíritu intervencionista, modificador.

Pueblos ancestrales nos dejaron en mandato un estricto respeto totalmente olvidado. Mirar ilusionados la única fortuna en los inalcanzables zafiros. Dejar impecable cada espacio que utilicemos en mantenernos mientras morimos, legando ofrendas a discípulos orgullosos resueltamente audaces.

Si llega el día en que la astronomía pueda no sólo predecir, sino intervenir y controlar, los eclipses se podrán programar y llevar a cabo, aquí y allá. Entonces, también ellos serán sólo un espectáculo, para beneplácito de los showmasters del mundo entero, los mercaderes del entretenimiento, los ponedores en escena. De Ricardo Arjona, del Pitbull, y para deleite de todos los consumidores de emociones chatarra. Prefabricadas.

Hasta ese momento, sin embargo, aún podemos constatar que el mundo y la naturaleza existen. Siempre sí.


Marcelino Perelló

martes, 26 de diciembre de 2023

Blitzkrieg

  03 de Noviembre de 2015  


En principio, sólo en principio, nuestros compatriotas no tenían vela en ese entierro. Ni vela ni velo. O al menos eso creyeron ellos, pues, tal como se demostró, la acabaron teniendo, y de la manera más trágica posible.

Cuál no será el clima que reina en aquellas tierras, las arenas, de los antiguos faraones, que el ejército egipcio decide atacar un pequeño convoy de vehículos inermes que se desplazan inofensivamente por el desierto. Y atacar por tierra y aire (y por agua no, simplemente porque ahí no abunda), con armas mayores y saña inaudita.

Una de dos, o los milicos egipcios están presas de pánico y se les frunce ante el terror que puedan infundir los yijadistas y disparan a mansalva sobre todo lo que se mueve, o bien tienen órdenes lapidarias de sus comandantes: mátenlos y después virigüen.

En todo caso, es inconcebible e inadmisible. Como inadmisible es que el gobierno mexicano, más que pedir explicaciones y disculpas (por cierto, hasta donde yo sé, nunca ofrecidas), no haya denunciado de manera airada lo sucedido y haya retirado inmediatamente a su embajador en El Cairo. Mínimo.

Al margen de cualquier otra consideración, la bestial matanza demuestra a qué nivel están llegando las cosas en la zona, y en particular en Egipto. Como resultado, por supuesto, de la tan cacareada “primavera árabe”, perpetrada por los gringos hace tres años.

Este sábado un avión civil de la compañía rusa de chárters Metrojet (Kogalymavia), con más de 200 pasajeros a bordo, se desplomó en pleno desierto del Sinaí, a muy pocos kilómetros de la frontera con Israel. Se trataba de turistas que volvían a Leningrado después de sus vacaciones en las célebres -y baratas- playas de Sharm el-Sheikh, sobre el Mar Rojo.

El grupo islamista Wilayat Sina se proclamó autor del atentado en respuesta a los ataques rusos contra el Estado Islámico y los opositores a Bashar al-Assad en Siria. Sin embargo, en un principio las autoridades rusas, con premura incomprensible, atribuyeron el desastre a fallas técnicas y descartaron la hipótesis del atentado. Antes, incluso, de que hubieran recuperado las lúgubres cajas negras.

Varios indicios, no obstante, apuntaban hacia esta última posibilidad. La mitad de la aeronave siniestrada, cuyos restos se esparcieron en un área de veinte kilómetros cuadrados, aparece calcinada, mientras que la otra no, lo que podría sugerir la conjetura de una explosión, ya sea debida a un artefacto en el interior del fuselaje, o al ataque con un misil tierra-aire, con los que cuenta Wilayat Sina. Ora sí que habrían volado el avión.

Las compañías Air France y Lufthansa, por otra parte, no titubearon ni tantito en anunciar que suspendían ipso facto, sus vuelos sobre el Sinaí. No vaya a ser que ellas también sufran “fallas técnicas” en los míticos escenarios de los Diez Mandamientos.

Y por si faltaran elementos para la sospecha, el malhadado vuelo 7K9268 de Metrojet, inició su ruta sobre el Golfo de Aqaba para evitar al máximo sobrevolar la península, y sólo entró a ella,  en un previsto breve trayecto, para eludir el territorio israelí al este de la península.

Pocas aeronaves sobrevuelan oasis diseminados en los intrincados corredores adunados del oriente. Milicias insurgentes vagan incesantes, suben a las montañas ocultando nichos artillados, pertrechan otros núcleos guerrilleros al sur entre tribus rebeldes utilizándolas como hostigamiento alternativo.

Si para las desdichadas víctimas las cosas acabaron ahí, para los que seguimos en esta ribera de la laguna Estigia no. Resulta que tres días antes Barack Obama anunció, rompiendo de manera desvergonzada su compromiso público y solemne, que ordenaba el envío de tropas terrestres a Siria. “Son sólo 50 asesores”. Omitió decir que se trata de los “primeros” cincuenta.

La coincidencia no casual no puede ser más elocuente. Es la jugada de ajedrez en respuesta a la ofensiva rusa sobre sus mercenarios en el terreno. El flamante premio Nobel de la Paz no lo rumió demasiado. El tablero se calienta y la partida entra en fase crítica.

Dicen por ai que la inteligencia es la capacidad de asociar datos aparentemente inconexos. Según como se asocien, añado yo, también puede ser signo de burricie. En todo caso, puestos a asociar, no me parece descabellado suponer que, coordinado con el arribo de los “asesores”, el presunto ataque al avión estepario haya sido también obra de los ajedrecistas de Washington. (A través de sus aliados árabes o israelíes. En este caso es lo mismo). Un tate quieto difícil de pasar por alto.

Blitzkrieg.

Marcelino Perelló

martes, 19 de diciembre de 2023

Día de muertos, noche de muerte


  04 de Noviembre de 2015  


Han pasado cuarenta años justos. Amanece sobre Roma. Se termina la noche de muertos y hace fresco. Es domingo y la ciudad se despereza lentamente y un poco de mejor humor que de costumbre. En el barrio de Ostia, junto al viejo aeropuerto, los escasos trabajadores que hoy deben laborar caminan apresurados, las manos en los bolsillos, a tomar los autobuses de suburbios. Ya se escuchan a lo lejos los primeros claxons y los ruidosos y obscenos saludos de las mujeres que van a la pila por las cubetas de agua.

Muy cerca de las pistas hay un terregal grande. A esta hora del domingo todavía está desierto. Por ahí no pasa nadie. Salvo Lollobrigida. No Gina, sino Maria Teresa, una comadre del barrio, que se acerca, sin duda atraída por el bulto que se distingue cerca del borde del baldío, junto a una zanja. Es un amasijo de ropa azul verde gris. Basura seguro. Una de esas cosas que luego dejan caer los camiones. Pero a lo mejor se puede aprovechar algo.

Más tarde, pasado el mediodía, Maria Teresa Lollobrigida declarará a la prensa: “Fui yo la que encontró al muerto... Tenía la cabeza destrozada. El pelo impregnado de sangre seca. Estaba boca abajo, con las manos debajo del cuerpo. Iba sucio y mal vestido, con una camiseta y unos jeans manchados de grasa. Llevaba unas botas café y un cinturón también café”.

Algún crimen de rutina, sin duda. Un arreglo de cuentas entre “accattoni”. Pero esta vez, incluso, el forense se impresionará un poco. Esta vez se pasaron; no es común ver tanta saña y brutalidad. Pondrá cinta adhesiva con una clave apresurada en la muñeca del cadáver y dará su visto bueno para que lo levanten. En el parte escribirá: “...rostro desfigurado, tórax ensanchado e informe, los dedos de las manos fracturados...”.

Sólo hacia las primeras horas de la tarde se sabrá el nombre que llevó en vida el amasijo hallado en el baldío de Ostia. En el esparadrapo del brazo, y en los papeles que van y vienen de una oficina a otra, en la policía y en los tribunales romanos, se garabatean tres letras. O, mejor, una sola letra se repite cada vez tres veces: P P P: las iniciales de Pier Paolo Pasolini.

Es la noche del domingo 3 de noviembre de 1975. Un pasmo recorre el mundo intelectual, a velocidad vertiginosa: primero por teléfono entre los romanos. Suena el de Moravia, y suena el de Bolognini, y suenan los de Fellini y de Visconti. Suena el de Quasimodo y el de Eco. Suena también el de Andreotti, el de los aposentos más reservados del Vaticano y del Chirinale: Hanno amazzato Pasolini. Hanno amazzato Pasolini. Es el alarido del grand finale de Cavaleria Rusticana, sin aplausos.

Esa misma madrugada repicarán los teléfonos de todas las ciudades del mundo: Mataron a Pasolini. La noticia se expande como flama en pajar, como reguero de pólvora, como si hubieran asesinado a Pasolini. A Pier Paolo Pasolini. A las diez de la mañana del lunes 4, hora de Roma, todos lo saben. Todos los que deben saberlo. Su muerte no ocupará los encabezados. No es presidente de Estado alguno, ni cantante de ningún grupo. No es deportista ni ha salido demasiado por televisión. Pero entre los que saben, entre aquellos que sospechan lo que significó, es la conmoción.

¿Quién y por qué? No tiene la más remota importancia. Todos sabemos quién y todos sabemos por qué. Ignoramos tal vez los nombres concretos y las circunstancias exactas, pero ¿qué desdichada y puta importancia tiene? Hicieron callar a Pier Paolo. Tenía 53 años. Su boca yace, llena de tierra, sobre un solar de los suburbios de Roma. Sus ojos, opacos para siempre más, no volverán a mirar por nosotros.

El crimen nunca será esclarecido. Esa misma mañana será detenido, manejando como un demente el Alfa Romeo Giulia 2000 GT de Pasolini, un jovencito prostituto, Giuseppe Pelosi, llamado Pino la Rana, de 17 años, que confesará sin demasiados problemas haber matado al artista. Demasiado pocos problemas. Un Aburto cualquiera. El caso es rápidamente resuelto y cerrado. Ese tal Pino a la cárcel y, sobre todo, Pasolini bajo tierra y en silencio.

Han transcurrido ocho lustros y el señor Pelosi, hoy de 57 años, anda por ahí tan campante.

Pasó un rato en intermitente libertad condicional ameritando nuevos encierros, incluso logró ganar algunos tolecos ofreciéndose en intrigas odiosas. Muchos agraviados suyos en numerosas zonas aseguran tenerle encono, Visconti incluso consideró asesinarlo.

Sin embargo, finalmente, aquí no pasó nada. Pero a Pasolini no lo revive ni Dios. Ni a Pasolini ni a todo lo que fue y representó. Él sigue bajo tierra, la boca llena de tierra. O ya no. Él es tierra ya. Y su boca y sus manos y sus ojos son tierra. Así lo quiso el poder. El silencio para siempre más, por los siglos de los siglos. Amén.

Mas no. No. Ahí están todos sus poemas, y cada una de sus películas, y cada una de sus novelas, y cada uno de sus gestos. Y ahí estamos todos los que lo hemos visto y lo hemos leído, todos los que lo hemos llorado y todos los que vamos a hablar de él y por él. A ver cómo le hacen. Por los siglos de los siglos. Amén.

Marcelino Perelló

martes, 5 de diciembre de 2023

La otra estrella de cinco puntas

 


  10 de Noviembre de 2015  


Se declaró formal, solemne y textualmente “iniciar el proceso de constitución del Estado Catalán Independiente bajo la forma de República”. A la resolución se añade el compromiso de garantizar los servicios y prestaciones sociales dignas al conjunto de la población. Y proclama que a partir de ese momento se desconoce al Tribunal Constitucional Español y sus resoluciones. En otras palabras, se instituye de manera oficial el principio y el derecho a la desobediencia.

La cosa es muy seria y no es necesario subrayar que se trata tan sólo de un paso, pero de un paso decisivo. Así como lo predije, hace algunas semanas, es el Rubicón. No hay marcha atrás.

El hecho constituye un acto, en el sentido estricto, doctrinario, del término, es decir, de una acción significativa, con implicaciones y consecuencias fundamentales. Y tal como digo al principio, la trascendencia de ese acto rebasa con mucho las fronteras catalanas, y se extiende por encima de los Pirineos y más allá del Ebro. Asistimos al alumbramiento de un nuevo país libre, en condiciones y con características históricas, sociales, políticas, económicas, culturales y geográficas sin precedentes.

Acto que no podrá no encontrar eco y provocar réplicas en todos los rincones del mundo. Nuestro mundo, esa esfera con rincones.

La cosa es muy seria y la situación es de enorme exaltación y, al mismo tiempo, de extrema gravedad. En el momento de teclear estas líneas, doce horas después, el gobierno español no ha respondido, entre otras cosas porque a todas luces no sabe cómo. Mariano Rajoy ha convocado a un Consejo de Ministros extraordinario para mañana miércoles, pero por lo visto no hay ni prisa ni urgencia. Lo que hay es el susto y el pasmo. Todo lo que han acertado a mascullar es “aténganse a las consecuencias”.

Como dice Osiris que dijo el ciego: ya veremos.

La decisión del Parlamento es, jurídica y políticamente, inapelable. Los diputados, democráticamente electos, votaron y se contaron los votos: 72 a favor, 63 en contra. Ni una abstención. No habría nada qué alegar, pero alegan. Los españolistas alegan. Y, a la Ripley, aunque usted no lo crea, sostienen que no había mayoría para tomar tal determinación. Que no es legítima. El debate es tan absurdo como interminable. Y las razones esgrimidas por intelectuales y estudiosos catalanes de primera línea no encuentran sino oídos sordos en la meseta castellana.

Pensadores independientes lanzan argumentaciones sólidas. Mientras intentan vadear incongruencias, promueven otro nivel general al menos otro nivel operativo sin permitirse ignorar las amenazas subyacentes. Urge realmente generar expectativas.

La principal razón de los detractores, si razón se le puede llamar, es tan simple como falaz: ante la prohibición de Madrid de celebrar un referéndum formal, se convocan los comicios extraordinarios del 27S a modo de plebiscito. Hubo dos partidos explícitamente a favor de la independencia y tres explícitamente en contra. Además, otros que no se pronunciaron, es decir, que no tomaron parte en el plebiscito propiamente dicho. Que la gente decida y vote. Se hace el escrutinio y ya. Participó el 77.5 del padrón. Afluencia sin precedentes. Por el sí votó el 47.8%, por el no 39.1%. Por las opciones ajenas al plebiscito, más los votos en blanco y nulos 13.1 por ciento.

Es decir, en el plebiscito tal cual participó el 67.3% de los empadronados, y de ellos 55% votó a favor de la independencia y 45% en contra. El resultado es incuestionable y definitivo. La trampa grosera de los unionistas es considerar como “no” el 13.1% de los sufragios a las opciones que se abstuvieron de pronunciarse ante la disyuntiva. Más claro que el agua Bonafont. Y la manipulación más burda que el show de Laura Bozzo.

Como si fuera poco, y para acabarlo de adobar, muchos de los votantes de ese 13% no plebiscitario son independentistas declarados. Entre ellos el propio Lluis Rabell, líder de CSQP que obtuvo 9% de los votos, o la mismísima Ada Colau, alcaldesa de Barcelona. A ellos habría que añadir a personalidades como el histórico Manuel Delgado o los emblemáticos Arcadi Oliveres y Teresa Forcades. O la exvicepresidente Joana Ortega de UDC.

De manera que incluso esas cifras abrumadoras aún deberían ser corregidas a favor del anhelo y voluntad independentistas. Y todo ello bajo el diluvio de amenazas y mentiras inconcebibles que desató el gobierno español y que no pueden no haber acobardado a los más crédulos o timoratos (entre ellos —ya puestos a contar— una tía de mi yerno, anciana soberanista de toda la vida y que acabó votando por los fascistas de Ciudadanos para que no le fueran a quitar su pensión).

Así están las cosas. Y hoy por sobre el vertedero inmundo brilla una estrella de cinco puntas. La estrella de la libertad. Que no se eclipse. Que por nada del mundo se eclipse.