martes, 13 de septiembre de 2022

Réquiem por la política




El zoon politikon, es decir el “animal social”, en el sentido más estricto de la palabra, aquel que rige la convivencia con sus congéneres por códigos más estructurados y razonados que los de la horda, la tribu o el clan, no cobra entidad con todas la de la ley —nunca mejor dicho— que en la antigua Hélade, en Atenas y sus alrededores. Los grandes textos sobre la cuestión y que han llegado hasta nosotros son los de Platón, es decir de Sócrates, es decir de Platón.

Pues bien, le tengo malas noticias, amigo mío, aquel tiempo, aquella que llamaré Edad de la Política, después de la de Piedra, de Bronce y de Hierro, ha fenecido.

Y cuando digo Edad de la Política no me refiero a la del pensamiento ni a la de la comunicación, pues éstos siguen, mal que bien —a menudo más mal que bien— existiendo. Pero la noción de elaborar un “pensar” y un “hacer” en nombre de la dinámica colectiva, esa sí, pertenece a alguna Edad anterior.

Hace ocho días, no siete, el agudo periodista Ciro Gómez Leyva, uno de los más desenvueltos en nuestro paisaje mediático, entrevistó en Imagen Televisión, largo y tendido, a Andrés López Obrador, que no necesita presentación ni adjetivos, y que repudia con bravía el epíteto de “lagarto”, pero que defiende a capa y espada el de “Peje”.

Si no lo vio en su momento, no deje de buscarlo en internet. Aí está, para desgracia de ese Peje que no quiere ser lagarto. Ya sé que es de güeva, de lugar común en lugar común hasta la otra orilla. Pero no deja de haber preciosidades y alguna madreperla en el camino.

—La cuestión es bien simple: México sufre de una grave corrupción en todo su sistema gubernamental y administrativo. —Y cómo lo vas a resolver, pregunta el Ciro. —Pues terminando con ella. Yo soy incorrupto e incorruptible, Por lo tanto, todos los funcionarios van a ser como yo.

Es formidable. Todo un hallazgo. No sé si remitirla a Lope de Vega o a Ionesco. Pero pérese, el entremés no termina ahí.—Voy a sacar al Ejército de las calles, continúa el predicador. —¿Y cómo vas a combatir a los huachicoleros, a los que se roban la gasolina? Pregunta, entre irónico y desconcertado el Ciro. —Pues porque todo el mundo tendrá un ingreso digno, nadie necesitará robar.

Tal cual. Tal vez debería yo haber transcrito textualmente la palabras del morénico, pero le dejo la chamba a usted. Le aseguro, por mi honor, que no hay gran diferencia.

Todo esto sería hasta divertido, si el tal AMLO fuera un personaje local, folclórico, destinado a animar el personal en una fiesta de barrio. El problema, es que no es así. Cuenta con millones de fans, de seguidores y de fieles, mas no de partidarios. Y el gran desastre —más allá de problema— es que se trata de un fenómeno mundial —global, como hay que decir ahora— y los ejemplos sobran.

La presidencia de Trump, para no ir más lejos. No hay política ahí. Pura imagen. Imagen y administración. Aunque parezca lo contrario, no hay discurso alguno. Puro bla bla bla. Exactamente igual, pero al revés, como diría el gran Silvio.

E idéntico al proceso francés. ¿Quién es Emmanuel Macron? Un Don Nadie. Un Nerd. Al que su maestra de francés se cogió cuando él tenía 16 añosy que por azar era la esposa de un banquero. Nadie habló entonces de pedofilia o estupro. Y menos ahora.

El caso es que nuestro Emmanuel ha de haber aprovechado el que el cornudo era banquero. Y ahí inició su carrera. En plena adolescencia. Abusado el muchacho ingresó al mundo de la banca y de ahí pa’l real.

Ante el reto europeísta, la banca francesa y europea precisaba de nuevos cuadros. Hubo concursos y oposiciones y nuestro Emmanuel las ganó todas. No, pos sí.

Puestos a reclutar algunos nuevos operadores iniciaron averiguaciones. Muchos incluso vinieron indiciados, con recomendaciones especialmente autorizadas mediante evaluaciones en sumo grado relevantes ante vicisitudes extremas.

Entre ellos estaba Macron. Y se volvió primero ministro y después Presidente. Así funcionan las cosas. La política, aquí y allá, ha muerto.


Marcelino Perelló
16 de Mayo de 2017  
Excelsior

lunes, 12 de septiembre de 2022

Pobre hombre



Y él, digámoslo negro sobre blanco, es impresentable. Siguiendo la parodia de los quince años, y si yo fuera su padre, ni hielo seco le ponía. O, al contrario, le ponía un chingo para que nadie lo viera. Es de vergüenza ajena, me cae.

O propia, ya no sabe uno.

Si lo reducimos a que es gringo, ai se va. Es su pedo. No será la primera vez, ni la última, en la que nuestros vecinos de septentrión hacen el ridículo. Es lo suyo. Pero si lo consideramos un homo sapiens de siglo XXI, es decir nuestro semejante, y dueño de la mitad del mundo de nuestros semejantes, entonces pobre sapiens, pobres de nosotros. La vergüenza ya no es ajena sino propia.

Para no ir más lejos, y a modo de verbigracia tristísima —o divertidísima, depende de cuál es su estado de ánimo, lunático lector— es suficiente ver ese minivideo, gif, dicen que hay que decir, en el que aparta con la mano, en un gesto nada gentil, al Presidente de la República de Montenegro, para quedar en frente. De una elegancia troglodita, diría yo, con perdón a los trogloditas, que, reconozco, no sé de qué manera hacían a un lado a quienes se les ponían enfrente.

Esa sola imagen lo retrata. No hay que ver ni leer nada más. Ya sabemos quién es. Y cómo es. No cabe duda alguna. No le costará a usted encontrarla, anda pululando por las redes como mosca panteonera. No sirve de nada, obviamente. Las redes son para otras cosas. Pero ahí está, como testimonio indeleble (¿será?) de la calaña de los dueños del mundo.

Aunque, para su pesar o regocijo, bipolar amigo mío, hay cosas peores-mejores. Su visita a Israel es un poema o, mejor, una leyenda digna de las Mil y una noches, si no fueran persas. Curiosamente, ahí el magnate el que apartaba a los que le hacían sombra no era él. Trump fue a Israel a rendir pleitesía.

Érase que se era, para ser fiel al estilo de los antiguos cuentos, un país legendario al que llegaron los que algunos llamaron los cuatro jinetes del apocalipsis. De hecho eran dos jinetes y dos jinetas, pero del apocalipsis todos.

Encabezaban el cortejo Donald y Melania, Ivanka y Jared Kushner. La cosa no es trivial. Se trata de un verdadero melodrama quid pro quo. Resulta que Ivanka, hija del matrimonio anterior de nuestro Donald se encula de un joven banquero judío (cosa no rara allá), con el que su papá tiene negocios, y decide, sin más, convertirse al judaísmo. Así que nuestro presbiteriano Donald se despierta un día con una esposa luterana convertida al catolicismo y una hija quién sabe qué convertida al judaísmo. Un auténtico Cardinal punch.

Así que la visita a la antigua judea se convierte, más que una visita de Estado en una peregrinación. Las demostraciones de acercamiento e incluso de veneración que la familia imperial gringa llevó a cabo en las tierras de la antigua Yehudah, no ofrecen duda alguna.

La imagen del empresario, dueño de la mitad de los casinos de Estados Unidos, contrito frente al Muro de las Lamentaciones, insertando su papelito con gemidos y peticiones a los Reyes, con todo y su capel sobre su muy personal campo de trigo, no tiene madre. Para la historia.

Y es que el show lo escenificaron los cuatro fantásticos, no sólo él, y que marca de manera indeleble esa interrelación inextricable entre la política y las pasiones, por mezquinas que sean éstas. Lo curioso es que en esta ocasión la estrella no fue él, ni su hija judía, ni su yerno más judío aun. Los reflectores se los llevó su esposa Melania. Era de esperarse, como modelo y puta sabe de eso.

Qué consecuencias tendrá ello en la guerra del Medio Oriente es imprevisible. Pero desde ahora le digo que no serán buenas. O se hace política o se cumplen los caprichos de la hijita consentida. Una de dos. No hay de otra. En todo caso las propuestas de Trump son definitivamente un portazo a las negociaciones de paz.

Propone otras reglas de índole ostensiblemente sionista. Melania incluso vistió itichel, portó inmodesta las arracadas salomónidas. Pisó indiferente los adobes sagrados.

La suerte del planeta se juega en el Medio Oriente. Y el planeta, a todas luces lleva las de perder. No es de sorprender que un imbécil esté al frente de un pueblo de imbéciles. La culpa no es suya. Finalmente, Donald Trump no es más que un pobre hombre.


Marcelino Perrelló
30 de Mayo de 2017
Excelsior  

domingo, 11 de septiembre de 2022

Ambidiestro



Con frecuencia recuerdo esa noche, en casa de mis queridísímos Ligia y Didier, en que, como juego de sobremesa, expuse la cuestión. A que si la reina está a la derecha del rey. No, ni madres, está a la izquierda. Si yo miro la foto mi derecha es ésta, luego está a la derecha. Pero el que miro soy yo, y por lo tanto está a la izquierda. En el ajedrez está a la izquierda. Depende otra vez, si juegas blancas a la izquierda, pero si juegas negras, a la derecha.

¿El Popo está a la derecha a o la izquierda del Izta? Depende. ¿Depende de qué? De dónde los mire yo. ¿Y si yo estoy del otro lado? Entonces será al revés. ¿O sea que quieres que anden dando brinquitos? En fin, se armó una tal marimorena que terminó en divorcio.

Los términos, fácil y lamentablemente se transfundieron a la política, y con ellos se transfirió su confusión. Fue la Revolución Francesa. ¿Dónde y cuándo si no? Si hay alguien especializado en confundir las cosas, desde la moral, el sexo, el orden sexual, esos son los gabachos.

En la Asamblea Nacional, resultante del derrocamiento de la monarquía, hubo tres sectores predominantes, a los que le pusieron apodos para facilitar las cosas: los girondinos, los jacobinos y los montañeses. Los primeros se sentaban a la derecha (en fin, si los miraba uno desde el presidium, los jacobinos a la izquierda, y los montañeses, como su nombre lo indica, allá arriba en la gayola).

De ahí en adelante los términos quedaron grabados en hierro: la izquierda y la derecha. Como si la Revolución Francesa siguiera existiendo. Los jacobinos, serían intransigentes, cortando cabezas, mientras los girondinos preferían contarlas. Mientras tanto los montañeses, como el chinito: no más milando.

Hoy, los términos de izquierda y derecha siguen vigentes, sin ninguna referencia definitoria con su origen. Los “jacobinos” actuales no son tan intransigentes como sus supuestos antecesores. En otras palabras, unos y otros comparten el propósito, tan próvido, como antaño, de hacer el bien. Y ese bien pasa, por supuesto, por ejercer el poder.

Lo que en 1790 no era ninguna farsa, hoy, 227 años después, se ha convertido en una pantomima impresentable. Ver a Pedro Sánchez, candidato ganador a las elecciones para secretario general del PSOE, cantando la Internacional: “Destrocemos todas las cadenas de esclavitud tradicional, los que nunca fueron nada, dueños del mundo hoy serán”, me produce no sólo escalofríos. Directamente náuseas.

Los beneméritos dueños actuales de la marca, decidieron, años ha, cambiar el símbolo del puño en alto, por otro de lado, horizontal, que quién sabe qué significa, y para acabar de embrollar el asunto lo hicieron sostener una rosa. Aquel puño apretado, que significaba guerra, lo convirtieron en uno vendedor de flores.

La hipocresía y el cinismo nunca pudieron ser más hirientes. La izquierda se ha convertido en una payasada. ¿Quién es el señor Sánchez, quiénes son los que lo sostienen y financian? Esto es, créame, desolado lector, una atarjea.

El problema, no obstante, es, ay, de mucha mayor envergadura, mucho más profundo y extenso. La desaparición de las ideologías, anunciada, años ha, por Yukuhama y Baudrillard no es broma. Aquí todo se vale. Los que mandan mandan y los que obedecen obedecen.

La izquierda, hoy, no es más que una entelequia. Confetti en los ojos. No es más que el contrapeso necesario para que la derecha siga existiendo. Pedro Sánchez es el contraste necesario para que Mariano Rajoy siga gobernando. De la misma manera que el llamado Peje (dice que lagarto no) es la garantía de que el consorcio PRI siga administrando los recursos del Estado.

La revolución tal cual, es decir el defenestramiento de los amos, la desaparición de la propiedad privada del trabajo de otros, ha fenecido. La palabra “emancipación” debería ser suprimida del diccionario. Es algo que a la izquierda no le preocupa.

Durante la Primera Conferencia Internacional de los Trabajadores se planteó la gran diatriba entre comunistas y anarquistas. La cuestión era álgida. ¿Era imprescindible erigir un Estado proletario o no? ¿la emancipación pasaba por la toma del poder del proletariado o no?

Pretendieron resolver el serio altercado gracias intervenciones oportunas endulzando las feroces intransigencias nucleares. Mantuvieron incólumes valores indispensables, entre varios intocables también estaban muchos objetivos sociales literalmente obligatorios.

El dilema se ha resuelto por la más triste de las soluciones posibles. Simplemente se ha disuelto. Hoy, todos los políticos del mundo han optado por la confortable ambigüedad. Izquierda y derecha vienen a ser lo mismo. Todos son ambidiestros.

Marcelino Perelló
23 de Mayo de 2017 
Excelsior

viernes, 9 de septiembre de 2022

Mayo

 






Cuando en México hablamos del “68” todo el mundo sabe a qué nos referimos, con tanta o más precisión que si nos referimos al “69”. El gran movimiento estudiantil marcó, sin duda, ese año. Aunque, por desgracia, por mala fe de algunos y buena fe de otros, la memoria de la magna movilización revolucionaria haya sido reducida al asunto meramente criminal y a la tarde-noche de un solo día y una sola plaza.

En todo caso, el sesenta y ocho sigue siendo el sesenta y ocho. Maltratado, manoseado, abusado, deformado, es lo que es. No son pocos los que han vivido y siguen viviendo de él. Tal vez yo no soy una excepción, pues aunque nunca me he puesto medallas ni he medrado de privilegio alguno, sin duda mi vida habría sido completamente otra.

Ya lo he dicho y repetido —y lo seguiré diciendo y repitiendo otras mil—, lo realmente destacable en la historia de la cultura no es tanto el 68 como la década a la que pertenece, la Década de los sesenta. La Gran Década de la que el 68 hace parte y que, sin ella, no hubiera sido posible. Década que yo, con la arbitrariedad axiomática del matemático, extiendo a 15 años. Desde el Primero de enero de 1959 hasta el 11 de septiembre de 1973.

Y tal vez el sesenta y ocho no es el año más significativo de esos años, pero, sin duda, sí es el más deslumbrante. Y los dos momentos culminantes, asombrosos, fueron lo movimientos estudiantiles de México y Francia, sin duda. De París y de la Ciudad de México, para ordenarlos cronológicamente y localizarlos con precisión.

La cosa es, pues, que si en México hablamos del “sesenta y ocho”, en Francia hablan de “mayo”, así de escuetos, y todo el mundo sabe de qué mayo se trata. Pasa un poco lo mismo que en Rusia, donde hablar de “octubre” no precisa de más explicaciones.

Es fácil de entender, mientras que en París y en Petrogrado el levantamiento duró apenas unas semanas, al menos su clímax, el nuestro se alargó hasta cinco meses, con intensidades oscilatorias.

El punto es que hoy, 17 de mayo se produce el momento culminante del movimiento francés. Hace exactamente 49 años (me pregunto, intrigado, de qué manera lo recordarán, evocarán y celebrarán los gabachos de allá). Ese momento fue la Toma de la Sorbona, que muchos quisieron ver paralela y equivalente a la de la Bastilla, 180 años antes.

La Sorbona, el emblemático y majestuoso edificio en el mero centro del bulevar Saint Michel, rodeado de cafés históricos, desde La Coupole al Cluny, había sido la sede misma de la Universidad, algo equivalente a nuestro San Ildefonso, y ya para entonces se había convertido, modestamente, en la Facultad de Filosofía y Letras (París I).

La movilización estudiantil no comenzó ahí, sino en Jussieu, la Facultad de Ciencias (París VI). ¡Siempre Ciencias!, ubicada en la banlieu, en los suburbios al sur del distrito XIII. La cuestión se inició en torno a ciertas irregularidades en el trato académico y administrativo a los estudiantes. En dos o tres días más se incorporaron demandas laborales, y en dos o tres más la pradera se incendió.

La algarada se volvió sublevación, con vocación de revolución, y llegó al centro de París, más exactamente al Distrito V, el llamado Barrio Latino o La Rive Gauche, la “ribera izquierda” del Sena. Izquierda ciertamente.

Todo el viejo París estaba adoquinado. Y ese fue el catalizador que volvió la situación explosiva. Los adoquines sirvieron tanto para hacer barricadas, elemento emblemático de la Revolución Francesa, como para ser usados como pesados proyectiles, de 5 o 6 kilos, contra los ataques de los CRS, los granaderos de allá.

Uno de los aspectos más brillantes y emocionantes del movimiento francés fueron, sin duda, sus eslóganes, sus consignas, y una de las más bellas rezaba: Sous les pavés, la plage, y, en efecto, bajo los adoquines había una capa de arena.

Hubo otros magníficos, muchos recogidos en una antigua e imperdible publicación: Los muros hablan. Todas las paredes de París, como en México, eran un manifiesto, a menudo una antología poética. Entre ellos, le menciono sólo los tres más célebres: “Seamos realistas, creamos en lo imposible”, “Cuando el dedo señala el Sol, el idiota mira el dedo” y “La imaginación al poder”.

En fin, surgieron, claro, líderes brillantísimos —a pesar de lo que los propios anarcos reclaman, no hay movimientos sin líderes.  Cuando llegué a París, en enero del 69, conocí a alguno de ellos. A Daniel Cohn-Bendit, con el que no congeniamos, y a Jean Sauvajot o Alain Krivine, el trotskista, con el que fuimos buenos amigos,

Sin embargo, todos se escandalizaban al saber que en México teníamos asambleas democráticas, que se contaban los votos y que se elegían por mayoría los representantes al CNH, Para ellos eso era escandaloso. “¡Si de eso venimos huyendo nosotros!”, se exclamaban. “¡La democracia es una trampa!” Me costó entenderlo y aprenderlo.

Tristemente, en sus últimos estertores, cuando el movimiento se volvió “obrerista”, se debilitó su consistencia y su belleza.

Para retomar el camino inicial propusieron iniciar conferencias ideológicas ofreciendo a los autores varias iniciativas sobre temas anarquistas. Muchos invitados vinieron ipsofacto a glorificar únicamente acciones subversivas.

Todo fue inútil. La huelga general obrera, convocada para apoyar al movimiento, acabó por hundirlo bajo sus demandas mezquinas de aumentos y prestaciones. Y es que, ay, los trabajadores no son poetas.


Marcelino Perelló

17 de Mayo de 2017  

Excelsior

jueves, 8 de septiembre de 2022

¿Eran pizarroncitos?

 


Esa tarde del invierno de 1786 hacía un frío que calaba los huesos. Afuera el viento hacía bailar las ramas desnudas de los árboles bajo un cielo de plomo. A lo mejor por eso los niños habían estado insoportables, al punto de que el viejo profesor del tercer grado de la escuela primaria de una aldea perdida en algún rincón de la Baja Sajonia, a orillas del plácido Oker, decidió castigarlos. Permanecerían ahí al terminar la clase; deberían sumar todos los números del uno al cien, y no podrían irse a sus casas hasta que terminaran.

Pusieron manos a la obra, contrariados por un castigo que se antojaba demasiado severo, pero deseosos de irse cuanto antes. 1+2 = 3, 3+3 = 6, 6+4 = 10...

Alguno, más vivillo, ya iba por el 9: 36+9=45. Ahí estaban todos, calladitos y con la cabeza gacha sobre el papel —¿o eran pizarroncitos?— suma y vuelve a sumar. Todos menos der kleine Friedrich, que así llaman allá a los Federiquitos. Al buen Friedrich se le ocurrió —¿por qué?, ¿de dónde provienen las ocurrencias?— que no tenía que sumarlos obligatoriamente en orden.

Para obtener conclusiones a medias acertadas debemos razonar empíricamente. Voltaire indicó cómo avanzar, siguiendo intuiciones que unifican ideas elementales radialmente esparcidas, empleando sus útiles nunca imaginados como artilugios.

Así que sumó primero los extremos: 1+100 = 101. Después sumó el segundo con el penúltimo: 2+99 = 101, y se dio cuenta —¿cómo?, ¿de qué manera se da uno cuenta de esas cosas?— que si seguía sumando así, de uno en uno hacia adelante en el principio, y de uno en uno hacia atrás en la cola, siempre obtendría 101, hasta que llegara al 50 + 51. De tal suerte, tendría 50 sumas parciales con el mismo resultado y los habría sumado todos. De manera que nuestro Fefé dejó de sumar y multiplicó: 101 x 50 = 5050. Esa multiplicación hasta él, a sus ocho años, se la sabía, y ese era el resultado.

Levantó la mano, respetuoso, y dijo al maestro que había terminado. Éste, ofendido, lo increpó: ¡Cómo te atreves a tomarme el pelo, mentecato! ¡Por quién me tomas! No vio el resultado que, además, ni debía conocer; sólo se fijó en que el niño había garabateado apenas cuatro o cinco operaciones y su cólera creció. ¡Ahora sabrás quién soy yo! ¡Me vas a sumar del uno al mil! ¡Aunque tengamos que pasar aquí toda la noche! ¡Te voy a enseñar yo a hacer trampas!

Federico agachó la cara, roja de vergüenza, ante las risas burlonas y contenidas de sus compañeros. El maestro, bufando, retomó su lugar. Resulta sorprendente —pensó—, este niño siempre se porta bien. Es de familia muy humilde, pero tiene buenos modales. Quién sabe qué mosca le picó, para pretender...

Pero sus pensamientos se vieron interrumpidos, porque el pequeño Friedrich levantaba una vez más la mano. Ya había terminado. ¡Esto era demasiado! Tanto, que se obligó a contenerse y a pedir explicaciones. Y las obtuvo; ciertamente no las que esperaba. Ahí estaba escrito, sin más: 1+1000 = 1001, 1000/2 = 500, 1001 x 500 = 500,500. El razonamiento del pequeño era inobjetable. Acababa de ser establecida, por primera vez, la fórmula de las progresiones aritméticas.

Bien, te puedes ir, balbuceó, atolondrado, el mentor, sin quitar la vista del papel. Der kleine Friedrich tomó sus útiles, se despidió, cortés, y salió a la ventisca. El maestro se sentó, mirando aún el papel —¿o era pizarroncito?— con la cifra mágica: 500,500. Al niño se le había olvidado escribir su nombre, así que se lo puso él mismo: C. F. Gauss. Nunca sospechó —¿o sí?— a quién tenía entre sus pupilos, tan revoltosos ese día. La noche ya caía.

El mayor matemático de la historia caminaba contra el viento, con pasitos cortos, pero rápidos, la mochila en la espalda y la cara tapada por la bufanda raída. Estaba preocupado; tendría que explicar a sus padres por qué llegaba tarde. En el salón, los otros niños continuaban en silencio: 703+38 = 741, 741+39 = ... Sólo se oía el rasgar de los lápices. ¿O eran gises?


Marcelino Perelló

31 de Mayo de 2017 

Excelsior