domingo, 11 de septiembre de 2022

Ambidiestro



Con frecuencia recuerdo esa noche, en casa de mis queridísímos Ligia y Didier, en que, como juego de sobremesa, expuse la cuestión. A que si la reina está a la derecha del rey. No, ni madres, está a la izquierda. Si yo miro la foto mi derecha es ésta, luego está a la derecha. Pero el que miro soy yo, y por lo tanto está a la izquierda. En el ajedrez está a la izquierda. Depende otra vez, si juegas blancas a la izquierda, pero si juegas negras, a la derecha.

¿El Popo está a la derecha a o la izquierda del Izta? Depende. ¿Depende de qué? De dónde los mire yo. ¿Y si yo estoy del otro lado? Entonces será al revés. ¿O sea que quieres que anden dando brinquitos? En fin, se armó una tal marimorena que terminó en divorcio.

Los términos, fácil y lamentablemente se transfundieron a la política, y con ellos se transfirió su confusión. Fue la Revolución Francesa. ¿Dónde y cuándo si no? Si hay alguien especializado en confundir las cosas, desde la moral, el sexo, el orden sexual, esos son los gabachos.

En la Asamblea Nacional, resultante del derrocamiento de la monarquía, hubo tres sectores predominantes, a los que le pusieron apodos para facilitar las cosas: los girondinos, los jacobinos y los montañeses. Los primeros se sentaban a la derecha (en fin, si los miraba uno desde el presidium, los jacobinos a la izquierda, y los montañeses, como su nombre lo indica, allá arriba en la gayola).

De ahí en adelante los términos quedaron grabados en hierro: la izquierda y la derecha. Como si la Revolución Francesa siguiera existiendo. Los jacobinos, serían intransigentes, cortando cabezas, mientras los girondinos preferían contarlas. Mientras tanto los montañeses, como el chinito: no más milando.

Hoy, los términos de izquierda y derecha siguen vigentes, sin ninguna referencia definitoria con su origen. Los “jacobinos” actuales no son tan intransigentes como sus supuestos antecesores. En otras palabras, unos y otros comparten el propósito, tan próvido, como antaño, de hacer el bien. Y ese bien pasa, por supuesto, por ejercer el poder.

Lo que en 1790 no era ninguna farsa, hoy, 227 años después, se ha convertido en una pantomima impresentable. Ver a Pedro Sánchez, candidato ganador a las elecciones para secretario general del PSOE, cantando la Internacional: “Destrocemos todas las cadenas de esclavitud tradicional, los que nunca fueron nada, dueños del mundo hoy serán”, me produce no sólo escalofríos. Directamente náuseas.

Los beneméritos dueños actuales de la marca, decidieron, años ha, cambiar el símbolo del puño en alto, por otro de lado, horizontal, que quién sabe qué significa, y para acabar de embrollar el asunto lo hicieron sostener una rosa. Aquel puño apretado, que significaba guerra, lo convirtieron en uno vendedor de flores.

La hipocresía y el cinismo nunca pudieron ser más hirientes. La izquierda se ha convertido en una payasada. ¿Quién es el señor Sánchez, quiénes son los que lo sostienen y financian? Esto es, créame, desolado lector, una atarjea.

El problema, no obstante, es, ay, de mucha mayor envergadura, mucho más profundo y extenso. La desaparición de las ideologías, anunciada, años ha, por Yukuhama y Baudrillard no es broma. Aquí todo se vale. Los que mandan mandan y los que obedecen obedecen.

La izquierda, hoy, no es más que una entelequia. Confetti en los ojos. No es más que el contrapeso necesario para que la derecha siga existiendo. Pedro Sánchez es el contraste necesario para que Mariano Rajoy siga gobernando. De la misma manera que el llamado Peje (dice que lagarto no) es la garantía de que el consorcio PRI siga administrando los recursos del Estado.

La revolución tal cual, es decir el defenestramiento de los amos, la desaparición de la propiedad privada del trabajo de otros, ha fenecido. La palabra “emancipación” debería ser suprimida del diccionario. Es algo que a la izquierda no le preocupa.

Durante la Primera Conferencia Internacional de los Trabajadores se planteó la gran diatriba entre comunistas y anarquistas. La cuestión era álgida. ¿Era imprescindible erigir un Estado proletario o no? ¿la emancipación pasaba por la toma del poder del proletariado o no?

Pretendieron resolver el serio altercado gracias intervenciones oportunas endulzando las feroces intransigencias nucleares. Mantuvieron incólumes valores indispensables, entre varios intocables también estaban muchos objetivos sociales literalmente obligatorios.

El dilema se ha resuelto por la más triste de las soluciones posibles. Simplemente se ha disuelto. Hoy, todos los políticos del mundo han optado por la confortable ambigüedad. Izquierda y derecha vienen a ser lo mismo. Todos son ambidiestros.

Marcelino Perelló
23 de Mayo de 2017 
Excelsior

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