miércoles, 26 de abril de 2023

Una de tres

 



  12 de Abril de 2016  


Lo dije aquí mismo hace 15 días. Los criminales bombazos en Bruselas no podían ser más oportunos y providenciales. Gracias a ellos, la deportación masiva de refugiados de Oriente Medio se inició pocos días después sin mayores protestas ni sobresaltos. Por lo visto, los güeritos, orgullosos y apoltronados habitantes del Viejo Continente decidieron que, a fin de cuentas, cuantos menos prietos miserables anden por ahí, mejor. No vaya a ser.

La cuestión no puede ser más dramática. Intolerable, diría yo. Miles de fugitivos del infierno sirio que habían conseguido, sacrificándolo todo, a menudo la propia vida, llegar a la tierra de promisión europea, son rebotados sin más. Sin piedad ni conmiseración alguna. Es ésta una forma de crueldad desconocida hasta ahora. Campamento, lanchón, campamento, lanchón, campamento. Hombres y mujeres, niños y viejos. Ai se ven.

Obviamente, el pulcro Primer Mundo no puede soportar el portazo de millones de mugrosos famélicos. Ya lo dijo Trump. Y ésa es la clave de su popularidad. Sencillamente no se puede. A menos de que las grandes ciudades de los países ricos se resignen a verse rodeadas por cinturones de miseria gigantescos, a la Hooverville, a la Mad Max o a la Blade Runner. Usted escoja.

Si no fuera por los estallidos y la sangre derramada, tal vez los sensibles corazones nórdicos se ablandarían tantito. Pero así no se vale. A chingar a su madre. Probablemente esos desamparados que aguardaban en Idomeni su chance de sobrevivir, de vivir, no tengan nada que ver con Zaventem, pero no le hace. Por si acaso. El color de la piel los delata. Es una credencial, un estigma.

Y yo me pregunto, y lo obligo a usted a preguntarse, concernido lector, ¿quién es, pues, más criminal, aquel que se hace estallar en medio de docenas de semejantes o aquel que, fríamente, embarca a miles en un trayecto sin retorno hacia el infierno? Uno es un acto de guerra, el otro lo es de cobardía, de bajeza.

A nadie se le escapa que la carnicería que desde hace años tiene lugar en las torturadas tierras más antiguas de la civilización, ha sido provocada y sigue siendo sostenida y alimentada por los intereses, a cual más mezquino e inconfesable, de los grandes trusts empresariales y financieros del Primer Mundo. Y ningún CEO de la British Petroleum o de la Shell corre el menor riesgo de perecer en una explosión en el Metro. En el aeropuerto tal vez sí. Pero no. Para eso tienen sus limusinas VIP, sus salas VIP, sus azafatas VIP y sus guaruras VIP.

Y son ellos, los sir, los monsieur y los herr, los que se niegan a acoger a los refugiados de una guerra que ellos mismos llevan a cabo. Por cada explosión en Bruselas o en París, hay diez mil en Damasco o en Aleppo. Cuando empiecen a llegar a nuestro país refugiados huyendo del terror en Francia o en Bélgica, tendremos que pensar si los recibimos o no. No sólo ellos, también nosotros tendremos que considerarlo. Ya asilamos a españoles y a catalanes, a argentinos y a chilenos. Pero eran otros tiempos y otras actitudes. Ahora vamos viendo.

La correlación entre África y Europa es bastante similar a la existente entre nuestra América y Estados Unidos. Allá y aquí, como siempre, los condenados de la tierra quieren ir hacia el norte, como los patos y las mariposas monarca en verano. Ley natural. Aquí tienen que atravesar un semirrío y un semidesierto, y allá un semimar, pero ai se van. Toda la diferencia, hoy por hoy, es la guerra. Que no es poca cosa.

También aquí hay petróleo, y también aquí podría haber guerra. Descartarlo sería ingenuo e irresponsable. En todo caso, árabes aquí no tenemos y ello no deja de ser un consuelo. A diferencia de los católicos, los musulmanes sí se la creen, y eso es ciertamente problemático. Están dispuestos a morir por su patria y por su Dios. No hay nada más peligroso en el mundo.

En Bélgica, en particular, hay un porcentaje importante de población islámica. No es que quiera darle yo razón a Huntington ni a Fukuyama, pero hay algo que no va a ser resuelto con medidas draconianas y policiacas. Hoy la Kasbah de Argel está en Bruselas. Y la clandestinidad de los jihadistas está asegurada. Peces en el agua.

Perseguirlos requiere, obviamente, batir las estructuras mezcladas al salafismo. Detectar en núcleos una eventual veta organizada. Musulmanes integristas viven inmersos, queriendo urdir estructuras para evitar delaciones obsecuentes.

El hombre del sombrero cayó. O bien los jihadíes son muy pendejos o la policía belga es muy ídem, o bien son ellos mismos los que armaron la sangrienta pantomima para allanarse el camino. Una de tres.


lunes, 24 de abril de 2023

Garganta Profunda (la lección)


  13 de Abril de 2016  


Es raro que los poderosos pierdan. En el campo de batalla, en el de futbol o en el de la política. Sólo sucede cuando otro, más poderoso que ellos, les inflige la derrota, cuando cometen un error fatal o cuando se produce aquello que llamamos “concurso de circunstancias”. Una de las figuras más poderosas del planeta, desde hace al menos 200 años, es sin duda la del Presidente de Estados Unidos. Dos de ellos, tal vez los más emblemáticos, perdieron cuando fueron asesinados: Abraham Lincoln en 1865 —pasado mañana se cumplirán 151 años— y John F. Kennedy en 1963. También corrieron tan trágica suerte James A. Garfield en 1881 yWilliam McKinley 20 años después.

Y hay un quinto, al que de alguna manera le fue peor. No perdió la vida en el lance, pero perdió fama, prestigio y respeto. Fue exhibido como un truhán, como aquellos condenados durante la Colonia a los que obligaban a recorrer las calles en túnica y un cucurucho sobre la cabeza, portando un cartel proclamando su ignominia.

Richard Nixon había ya perdido dos elecciones presidenciales anteriores. Era el Cruz Azul de la Casa Blanca. No había modo de que se le hiciera. En 1968 por fin lo logró. Para su desgracia. Seis años después tuvo que salir por piernas, la cabeza gacha y, si hubiera tenido vergüenza, el rubor en las mejillas. Pero no tenía. Fue un escándalo monumental, conocido mundialmente como el caso Watergate. Las cosas fueron más o menos así. Le hago un resumen apretado, caro lector, para que si las vivió las recuerde y reviva, y si no, las conozca y aquilate.

En junio de 1972 es hecho público que, siguiendo sus órdenes, se habían instalado micrófonos ocultos en la sede del Comité de Campaña de su rival McGovern del Partido Demócrata en Washington, obviamente con el fin de enterarse de los planes y estrategias con los que los hombres del asno bicolor pretendían desbancarlo. ¿Cómo fue posible que una operación tan secreta y delicada, llevada a cabo por los mayores especialistas en espionaje electrónico, saliera a la luz pública? Alguien le jugó una mala pasada al Presidente. Alguien lo traicionó. Sin duda alguna. De otra manera no se explica. Y ese alguien, entonces conocido únicamente por su seudónimo Garganta Profunda —aludiendo a la celebérrima película porno que lanzó al estrellato a la flacucha Linda Lovelace (ese es otro asunto escabroso que bien merece su propia columna, en otro momento y en otra semiserie)— acabó sabiéndose, era nada menos que el segundo al mando del temible y omnipotente FBI, W. Mark Felt.

Fue él quien estuvo filtrando la información a los periodistas Woodward y Berstein del Washington Post que la hizo pública, con la consabida marimorena. El vodevil se alargó más de dos años, hasta agosto de 1974, cuando Nixon es defenestrado con oprobio. Él mismo presentó su renuncia para evitar el juicio al que ineluctablemente sería sometido por parte del Congreso, y en el que, sin duda, habría sido condenado y desinvestido. Durante todo ese tiempo Garganta Profunda, desde el anonimato, no cesó de ir proporcionando datos y detalles de la artera maniobra. Todos los intentos de contrarrestar el demoledor ataque fueron desactivados uno a uno.

La situación, fíjese usted bien, amigo mío, no podía ser más dramática. Los hombres del Presidente, sus incondicionales en los que debía contar para su defensa, ya no eran gente de confianza. Entre ellos se encontraba, con toda certeza, Garganta Profunda. ¿Pero cómo saber quién era, si es que era sólo uno? ¿En quién apoyarse, a quién encargar la contraofensiva? Nixon aún no lo sabía, pero el único que hubiera podido desentrañar la trama ¡era precisamente Garganta Profunda! Sangrienta encrucijada, reconozca usted. Digna de todo un Shakespeare. Las intrigas de Palacio. Amargas a más no poder para quien las padece, apasionantes para quien las contempla desde lejos.

La pregunta es inevitable, ¿Quién estaba detrás de Garganta Profunda? ¿Para quién trabajaba? ¿Cuál era su móvil? Siento decepcionarlo, prendido lector, pero como suele suceder en estos casos y a esas alturas, aún hoy se desconoce. Se dice que Felt, Garganta, habría actuado por rencor, pues Nixon no lo habría puesto a la cabeza del FBI, cuando en 1972 muere el inmortal Edgar Hoover, director vitalicio del Buró. Pero aquí entre nos, no suena ni convincente ni suficiente.

Me inclino más bien por creer que Felt y sus cómplices habrían sido descubiertos en alguna maniobra sucia y se mantenían y defendían chantajeando al Presidente, soltando dardos, gota a gota, au fur et à mesure. Eso explicaría la inexplicable duración del affaire.

Puestos en dificultades acaban volteando armas, prefieren ejercer de alcahuetes vendiendo información entre núcleos escogidos. Mientras intentan vadear indemnes aquellas situaciones intrincadas, mediante estratagemas truculentas recurren a extorsiones, a la par eliminando datos oprobiosos.

Lo realmente grave aquí no es que un político transe, eso ya lo sabíamos. La cuestión es que uno de los cómplices de Garganta en la jugada fue precisamente el reportero Woodward que publicaba la información. Felt y Woodward habían trabajado juntos años atrás en inteligencia naval. Así que el papel que este último se asignó, de “periodista independiente, valiente e incorruptible” queda bastante en entredicho.

Esto es toda una lección, generalizable y extrapolable. Una lección únicamente, claro, para quienes puedan y quieran entenderla. Y aprenderla.

Marcelino Perelló

miércoles, 19 de abril de 2023

Las Vegas is waiting

 

  19 de Abril de 2016  


La República de Panamá era célebre mundialmente sólo por cuatro cosas. Ahí existe el único lugar de América en el que el Sol sale por el Pacífico y se pone por el Atlántico. Ahí también se construyó hace poco más de un siglo ese portento de ingeniería que constituye la única vía de agua que une los dos océanos, y en el que trabajó nada menos que Paul Gauguin. Sin duda, es por ello que todo ello es tan bello por allá. En tercer lugar, porque de ahí es Rubén Blades y su diente de oro. Nada menos. Y en cuarto, last but not least, ahí nació, en el mero David, mi querido e insustituible Roberto Guerra Milligan, de nuevo nada menos, nadie menos. Usted no lo conoce, pero yo sí. Y con eso basta y sobra. A él le debo buena parte de lo que hoy soy, para bien o para mal. Y por lo tanto, también se lo debe usted. También para bien y para mal.

Hoy, de la manera menos pensada posible, tienen una quinta singularidad, un quinto motivo de orgullo nacional, menos hermoso, menos emblemático y menos útil que los otros. Los ya celebérrimos “Papeles de Panamá”, que ni son de Panamá ni son papeles. Son USB’s y son de unos señores, unos tales Mossack y Fonseca. En ellos “denuncian”, y en buena medida calumnian, a varios centenares de potentados del mundo que, de ser cierto —y parece que lo es—, habrían depositado parte de sus fortunas en algunos de los llamados “paraísos fiscales” que pueblan el mapa financiero del planeta.

Vamos por partes, como dicen en la Buenos Aires. La prensa amarillista internacional, en la que se cuenta de manera destacada alguna orgullosamente mexicana, han querido criminalizar tal práctica. Entendámonos. Ser rico es una chingadera, pero todavía no un delito. Más bien un deleite. Y las empresas off shore son perfectamente legales.

Los tales “paraísos” son países o regiones donde puede uno meter su lana con tres garantías: No preguntamos, no contestamos y no cobramos. Es una práctica común, a la que sin duda han de recurrir numerosos truhanes, pero también un buen número de inversores, financieros e industriales que la llevan bien con la ley, donde los haya. En otras palabras, aparecer en los famosos papeles no implica ilegalidad alguna.

Así es el sistema capitalista, por si no lo sabían. Es común, por supuesto, que los acaudalados evadan impuestos. ¡Gran noticia! ¡No teníamos la menor idea! ¡Gracias, Carmen! Pero me temo que a nadie se le escapaba. Es una hermosa tradición milenaria. Como en todas las costumbres ancestrales, poseen mil variantes. Desde Don Gastón Billetes, colaborador inolvidable de esta sección, hasta Rico McPato, todos se la saben. Los ricos la libran y para eso tienen a sus contadores, para que les ajusten sus bisnes. De hecho, los CP saben más de geometría que de aritmética. Saben más de cuadrar que de sumar.

En nuestro país, y en los que no son nuestros, sólo cumplen al pie de la letra sus obligaciones fiscales los ricos pendejos y los pobres, que por pendejos, no son ricos. El repertorio de malabares es interminable. No sé si se ha escrito nunca un manual bien documentado: “Cómo no pagar impuestos y dormir tranquilo (en su casa)”. Me temo que levantaría escozores, pero hay muchos que no necesitan el manual.

Para empezar omiten reglas, intentan mediante pactos o sociedades invisibles burlar las exacciones. Muchos incluso vetan inversiones, negociando a ultranza fondos reservados al gestionar intervenciones opacas.

El inversor es un esquiador de slalom. Hay que ir esquivando banderitas. Si te equivocas, pos ya perdiste. A menos, claro, que seas amigo del árbitro, y te mueva los banderines a modo.

Déjeme terminar, entrañable amigo, con una información, que si no conoce, lo va a sorprender y a poner de mal humor. ¿Sabe usted cuál es el mayor “paraíso fiscal” del mundo? En este momento, suspenda usted la lectura, cierre los ojos, respire hondo, échese un farolazo de Hornitos y entonces, sí, lea: Estados Unidos.

De manera que a lo mejor, digo a lo mejor, la “sensacional revelación” panameña lo que busca, entre otras cosas, es que, en lugar de andarse arriesgando usted a meter su dinero en caracoleos siempre poco confiables, mejor, no lo dude ni tantito, métalos en Nevada. No hay santuario tan amable, acogedor y tranquilizante como las riberas del Humboldt. No lo dude más, tantos compatriotas no pueden estar equivocados: Las Vegas is waiting for you!


Marcelino Perelló

martes, 18 de abril de 2023

El miedo a las ratas

 





  20 de Abril de 2016  


Hará ya un par de meses empecé yo a hablarle, infaltable lector, de ese libro tan recomendable como insoportable que es el 1984 de Eric Blair, que se hizo llamar en vida George Orwell, adoptando el nombre del plácido arroyo que atraviesa su pueblo natal y que toda su vida ha de haber extrañado con una nostalgia dulce-amarga. En aquella ocasión ya no tuve oportunidad de aterrizar mi argumento. Permítame volver a intentarlo hoy.

Orwell es célebre por tres de sus obras: Homenaje a Cataluña, La granja de los animales y el susodicho 1984. Precisamente fue en Cataluña, donde acudió en 1937 para incorporarse como voluntario a las fuerzas republicanas que combatían al fascismo, donde se gestó esa pesadilla que vería la luz (las tinieblas más bien) en 1948. Invirtió las últimas dos cifras, convencido de que se trataba de un futuro remotísimo. Ya lo alcanzamos y lo dejamos atrás, en un pasado remotísimo. Aún no me cae el veinte.

Se trata, tal como le dije entonces, de una ucronía, es decir, una antiutopía, donde la realidad, lejos de ser ideal, es una imagen terrorífica. Existen varias ucronías célebres, como El infierno de Dante, La guerra de los mundos de H.G. Wells o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Ninguna, sin embargo, tan convincente como la de Orwell. 1984 ya quedó atrás, pero su tenebrosa predicción, me temo, todavía nos aguarda. No me atrevería a ponerle fecha. No me vaya a suceder como a él. Pero ai viene, ai viene.

Winston, nuestro héroe (¿antihéroe?) vive en una sociedad hiperorganizada. Todo está previsto. Todo el mundo tiene un rol y lo cumple a cabalidad. Más le vale. Sólo existen dos países, Interior y Exterior. Interior, su país, está en guerra con Exterior. De manera que toda disciplina es poca. Todo el territorio está cubierto de cámaras de video (en 1984 sí existían, pero en el 48 no), por medio de las cuales el Poder vigila la conducta de todos los habitantes (¿le suena?). En la calle, en la chamba e incluso en el interior de sus casas. Hay un único lugar a salvo: el inodoro.

En todos los lugares, interiores o exteriores, existen enormes pantallas de televisión en la que aparece el líder supremo, el Big Brother (¿le vuelve a sonar?). El protagonista trabaja en el Ministerio de la Verdad, encargado de censurar todo comentario incómodo, actual o del más lejano pasado. Las noticias o los textos, sean literarios o ensayos, inconvenientes, son inmediatamente suprimidos, borrados o incinerados. Ése es su trabajo.

Todo va bien, es decir mal, hasta que va de la chingada. Nuestro Winston comete la imprudencia de enamorarse. Y tal paranoia está terminantemente prohibida. Eso siempre es una pendejada, pero en el 1984 de Orwell es fatal. P’acabarla de amolar, Julia, el objeto de su pasión, es agente de Exterior. Se escriben cartas desde el excusado y se las hacen llegar quién sabe cómo.

No podía ser de otra manera: Winston y Julia son descubiertos, encarcelados y torturados. El objetivo no es suprimirlos, sino readaptarlos (¿le sigue sonando?). Las torturas son “personalizadas”, “a la medida”. Saben perfectamente cuál es el peor suplicio para Winston. Cómo no, si lo saben todo. Y están al corriente de su atávico terror por las ratas. Desde niño no las puede ver, ni imaginar, ni oír su nombre. Así que lo encierran en una especie de ataúd lleno de tan abominables alimañas. No quieren que confiese nada. ¿Qué podría confesar, que ellos no supieran? Sólo le exigen que ruegue de manera convincente que Julia sea puesta en su lugar, que lo sustituya.

Finalmente nuestro hombre no puede más y se rinde: “¡A Julia, por piedad, háganselo a ella, y a mí déjenme en paz. A Julia, métanla aquí, por el amor de Dios! En ese momento el tormento cesa. Winston es aliñado, se le sirve un apetitoso ágape y dejado en libertad. Ya habían conseguido lo que querían.

A su vez, ella fue sometida al mismo tratamiento, suponemos que sin ratas, de acuerdo con su propia pesadilla. Unos días después los que fueron amantes, abatidos, se encuentran por la calle. No se besan ni se abrazan. Simplemente se ven. “Te traicioné, Julia”, “Yo también te traicioné, Winston”. “Lo siento tanto”. “Yo también, Julia”. “Que todo te vaya muy bien”. “Y a ti. Mucha suerte”. “Que todo te salga bien, Julia”. “A ti también, Winston”. No volvieron a verse.

Ahí termina la ucronía. La de Orwell. La pesadilla real continúa y hace progresos espectaculares. Ni usted ni yo sabemos dónde ha llegado y dónde llegará. El que sale del cajón de las ratas no acostumbra a contarlo.

La modulación de la personalidad y la conducta humanas sigue su camino indefectible. De manera tal vez menos estridente que la del Big Brother. Pero ahí está. Y funciona, con sus propios mecanismos. La castración y la histeroctomía no precisan ser quirúrgicos para domarnos.

Personas en realidad distinguidas encaran represiones, padecen el rigor de esas restricciones, y acaban concediendo honores ostensibles literalmente escamoteados. Muchos intelectuales vivieron invisibles, y oportunistas neófitos ocuparon sus espacios postulando esquemas reglamentados desde el régimen.

Cuando pienso en las abejas, pienso en Orwell. Y pienso que una sociedad organizada no tiene por qué ser opresiva. En fin, eso quiero pensar. Las abejas no temen a las ratas, más bien al revés. Al fin, eso creo. Eso prefiero creer.


Marcelino Perelló


lunes, 17 de abril de 2023

De la vergüenza a la desvergüenza, tan sólo un Paso


  26 de Abril de 2016  


Éstas son más o menos las palabras con las que el novelista Fernando del Paso inicia su discurso al recibir el Premio Cervantes a las Letras Españolas. No son textuales, pues no tengo a mano la transcripción exacta y prefiero no tenerla.

Hay grandes escritores detrás de los cuales se esconden hombres pequeños. Éste es el caso. Éste es el Paso. Me duele enormemente, pues el escritor representa (representaba debo decir) un verdadero ídolo, una referencia inconmovible para mí. Cuando leí su José Trigo a mis 22 años, quedé fulminado y fascinado a la vez. Pocas veces el encuentro entre escritor y lector puede darse con tal intensidad. Siguieron Palinuro de México y Noticias del Imperio, que no hicieron sino aumentar mi admiración. Sin olvidar, incluso, Linda 67 que, considerada una obra menor, no deja de ser mayor, esta vez en el género negro.

Así pues, las palabras del galardonado no pudieron ser para mí más demoledoras, más sangrientas y desengañantes. El ídolo se derrumba. Y me deja huérfano. Desde hace cuatro días estoy y me asumo desamparado, como aquel que descubre que el amor de su vida no era más que una puta. Que una puta desvergonzada.

Del Paso no puede tragar su vergüenza. Pues no tiene. Qué necesidad tenía, me pregunto yo, de mancillar el nombre de México, precisamente en los lares de aquellos que lo destruyeron y humillaron. ¿De qué se trataba Del Paso, de lamer el escroto de los que asesinaron a tu pueblo, si es que sabes acaso cuál es ése, tu pueblo?

Acaso tu pueblo no es éste, sino el otro. ¿Tu falsa erudición, en la que creí hasta anteayer, no te hizo entender que ese payaso larguirucho que se ostenta como Felipe VI y al que le rendiste pleitesía, es “rey” de España por voluntad del fascista Francisco Franco que invistió a su padre? ¿Y no sabías, Fernando, que ése Miguel Hernández, al que tantas loas dedicaste en tu deplorable parrafada, murió en las ergástulas de aquel que le otorgó el trono que hoy lo honra y a ti te deshonra?

Mucha gente decente de mi país, y tal vez del tuyo, se reivindica como chairos, lopezobradoristas, y eso no los descalifica. Lo que sí te desautoriza, como al farsante de G. Iñárritu, en la entrega de sus propios Cervantes, llamados allá Oscares, es el denostar a tu propia gente frente a los extraños. Eso tiene una palabra, pero no la voy a proferir, la sabes, espero, perfectamente.

¿Lo que dijiste allá, no lo podías decir aquí? Pregunto. ¿Tu vida corría peligro? Pregunto. Porque esa es la impresión que dejaste, carnal. La utilización de medios extremos por las fuerzas represivas es natural y corriente en todas las naciones del mundo, incluyendo esa España que tanto admiras y en la que no pocos manifestantes han muerto ante las hordas del orden. Nomás pregunta, si te queda tiempo, entre ditirambo y ditirambo.

En tu diatriba existe una contradicción flagrante, de la que ya no sé si eres o no consciente. Hablas del alto índice de criminalidad que azota nuestro territorio y, al mismo tiempo, combates las medidas policiacas para enfrentarla. ¿En qué quedamos, Fernando mío, o nos hacemos majes o le entramos a los chingadazos? Tú di. Pero no en la Corte del Borbón. Aquí. Si tienes huevos, aquí.

Proferir improperios a nuestro país implica, además negar implícitamente todo orgullo. Menospreciar irresponsable valores indiscutibles, conduce a desinvestir al poder oficial clamando ordalías, más aún sin crear el recurso constituyente alternativo.

La cosa no queda ahí, sin embargo, además de chivato, soplón de la lengua que tú llamas castellana, te manifiestas como un apologeta de la masacre que impuso el español en estas tierras. Según los antropólogos habitaban aquí alrededor de 25 millones de indohablantes, que fueron exterminados por tus amigos.

Afirmas que ser hispanohablante es la mayor bendición que hubiera podido descendernos de los cielos. No sólo ignoras a Shakespeare, sino también a Nezahualcóyotl. Pobres noruegos, pobres rusos y pobres rumanos, a los que conozco bien y a los que amo apasionadamente. ¿Has oído, a propósito, hablar de Mihail Sadoveanu? Supongo que no. No hubieras dicho, o sí, lo que dijiste.

Fernando del Paso, perdiste una buena oportunidad de quedarte callado. Pero te entiendo. Que un rey te imponga una medalla y que un Mariano Rajoy, ataviado de frac, te aplauda, no es cualquier cosa. Y tres millones de pesos tampoco. Enhorabuena.

Marcelino Perelló

jueves, 13 de abril de 2023

Xelajú


  27 de Abril de 2016  


“Viva la reforma agraria que Árbenz hizo en Guatemala / y que los americanos acabaron a la mala”, esa era una de las estrofas que habíamos injertado en La cárcel de Cananea, que cantábamos obsesivamente en nuestras reuniones de jóvenes militantes comunistas. Y así, de melodía en trago y de trago en melodía nos agarraba el amanecer.

Hacía ya algunos años que había yo conocido a Juan José Arévalo, quien había sido presidente de Guatemala inmediatamente antes de Árbenz, que también debió exiliarse, y que trabajaba ahora en una pequeña y adorable oficina, rodeada de jardines encantadores, ahí por detrás del Auditorio Nacional, para alguna dependencia oficial, y al que fui a pedirle chamba, de la mano deAntoni Blàvia, patriota catalán y camarada de mi padre, y que cuando falleció éste decidió ayudarme a encontrar empleo. Arévalo era uno de sus contactos.

Yo tenía 16 años, y era un chavo despierto, supongo, pero Arévalo nunca encontró trabajo para mí. Ni él ni ninguno de sus otros valedores. Arévalo no halló dónde colocarme, pero me sedujo y me colocó, inamovible, en las filas de la liberación latinoamericana.

Salario, pues, no conseguí, pero conocí a personajes inolvidables, como Arévalo y el propio Blàvia. Así que mi madre tuvo que hacerse cargo de la familia, sus dos hijos menores, Mercedes y yo, tan despiertos como inútiles. Para ello trabajó los tres turnos de escuelas primarias en los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Mi mamá la hizo. Y nosotros también.

Un par de años después supe de Jacobo Árbenz y de su tan heroico como frustrado proyecto de dibujar una Guatemala diferente. En 1950 llega a la presidencia de su país y decide continuar y acentuar la obra liberal y popular de Arévalo. Cuatro años después es derrocado por un movimiento golpista dirigido desde Washington.

Faltaban casi cinco años para la Revolución Cubana y cualquier veleidad izquierdista era intolerable. En particular, las medidas agrarias de Árbenz afectaban directamente los intereses de la multinacional platanera United Fruit Co. Una de las empresas más poderosas del naciente neoimperialismo gringo de la posguerra.

Era preciso terminar con Árbenz. La defenestración de Arévalo, por lo visto, no había sido suficiente. La popularidad del nuevo líder, guapo y carismático (casado con una muy bella salvadoreña), dificultaba las cosas. De manera que era necesario montar una provocación que justificara su deposición.

Aparecía como imprescindible, pues, un montaje adecuado, que hiciera colar la maniobra. Para ello el Pentágono adquirió, a través de falsos agentes, un cargamento de viejas armas alemanas a la bisoña República Checoslovaca. Dicho arsenal fue enviado en el buque sueco Alfhem, hacia Puerto Barrios. Tal alijo, del que no tenía noticias el gobierno guatemalteco, fue utilizado por la propaganda del Departamento de Estado para demostrar la alianza entre el gobierno de Árbenz y los países socialistas.

En primer lugar se creó un miniejército sedicioso, al mando del coronel Carlos Castillo Armas, que “invadió” el país desde Honduras y El Salvador. Era medio millar de hombres, divididos en varios destacamentos, para dar la impresión de una fuerza impetuosa, y que nunca presentó combate.

Sin embargo, Jacobo Árbenz cayó en el garlito de considerar que la auténtica provocación era ésa, y determinó no atacarlos. Ello propició el malestar de sus propias fuerzas armadas que acabaron considerándolo cómplice de los alzados. El resultado, ya lo adivina usted, perspicaz lector, fue que el Presidente, acosado por unos y desconocido por otros, acabó renunciando y huyendo del país en junio de 1954. Encontró refugio primero en México y después en Europa. El proceso guatemalteco había sido descabezado y la United Fruit siguió campeando por sus lares.

Esta vez, a diferencia de las otras provocaciones de las que le he hablado en esta semiserie, el triunfo de los facciosos se debió más a la ingenuidad y torpeza del propio Presidente que a la audacia y astucia de los sublevados.

Las maniobras de los golpistas fueron bastante elementales y sin gran potencial subversivo. Se limitaron a acciones locales —a la exacerbación radiofónica, y a exiguas incursiones aéreas— siempre con la colaboración de mercenarios sembrados.

Para la agitación negociada garantizaron redes armadas necesarias para las acciones negras. Montaron incursiones vandálicas insurgentes, haciendo aparecer grotescos alzamientos mientras otros simulaban las algaradas.

El ejemplo chapín es una demostración nítida de que toda acción revolucionaria que se pretenda ganadora debe tener presente los medios perversos a los que se va a enfrentar. Y además garantizar que ella misma poseerá los medios necesarios para combatirlos con posibilidades razonables de éxito.

La liberación es un sueño, cierto. Pero si ese sueño no es pertrechado con los elementos reales para encarar y domeñar las argucias del Poder, ese sueño no dejará nunca de ser una fantasía. Fantasía embriagadora, sin duda. Pero fantasía al fin. Sólo una fantasía.


Marcelino Perelló

El poder de la lengua


  03 de Mayo de 2016  


En particular hubo dos controversias colectivas especialmente interesantes en los espacios de dos feisbuqueros especialmente interesantes: Rogelio Villarreal y Lorenzo Rafael Pratts Rivera. En ellas se discutió no tanto lo que dijo el novelista hoy radicado en la Perla de Occidente, que no tiene —dicho sin ofender a nadie, ni siquiera a él— demasiada importancia. La trascendencia reside en aquello que dijeron otros. Ni él ni yo.

Del Paso —innecesario decirlo, parecería cebarse, hacer leña del árbol caído— lopezobradorista, es decir, pejista, es decir, chairo. Sin ninguna intención peyorativa. Mero recurso a la retórica sicalíptica y popular. Así pues, no es de sorprender que haya aprovechado la oportunidad de encontrarse en aquel chiquero para aventar mierda con las patas traseras al gobierno de México, cosa que, dicho sea de paso, el gobierno, bien se merece.

De todos es sabido que esa es la función principal, y el sentido de la vida, de aquel que encabeza el partido con nombre de virgen, supuestamente india. Y al que no sé si pertenece o simplemente simpatiza nuestro galardonado (supongo que este último es el caso; no es la franqueza la mayor de sus virtudes). El punto va más allá. Mucho más allá.

La cuestión es, en primer lugar, si se trata de anunciar, enunciar o denunciar que en nuestro país las cosas no van bien. Me gustaría ver, y sobre todo oír, a aquel que proclamara que en el suyo sí. Aparte de Kim Jong-un. No. El truco está, en primer lugar, en decir, sin decirlo, que todas las cosas malas que suceden en México son responsabilidad del gobierno. Y no hablar de las cosas buenas. Si las hubiere. Chairismo puro.

Del Paso, por ejemplo, habla de feminicidios, pero no de homicidios. O sea, que si le hacemos caso a Del Paso, el mal que nos aqueja reside en el número de féminas asesinadas. Con los hombres, niños, viejos, delincuentes, tullidos u homosexuales, por lo visto no tenemos problema. Es preciso que elijamos un gobierno que resuelva todo eso. Y que, en particular, acabe con la corrupción y el narcotráfico.

Supongo que nuestro Fernando votará, sin que le tiemble la mano, por su paladín. A mí sí me temblará la mano. Es decir, ni siquiera me acercaré a la casilla. Para que no me tiemble. Igual, aunque titubeara, me temo, mi cruz iría hacia otro lado. Hace tiempo que va.

Creer que las dificultades de un país dependen de un buen o mal gobierno, permíteme que te lo diga admirado Fernando, es un gesto de infantilismo flagrante. No lo tomes como un insulto, simplemente como la denuncia de cierta ignorancia grave. La bronca es mucho más gruesa. Una lectura mínimamente atenta y ponderada de los clásicos, te lo dejará claro.

Además, sin embargo, hay otra cuestión. Utilizar un foro, por modesto que sea, para echar tierra a los enemigos de tus adalides, suena más bien barato y vulgar. Imagínate que Max Planck, Albert Einstein o Gabriel García Márquez hubieran aprovechado la tribuna, mucho más alta que la tuya, para enlodar a los adversarios de sus cabecillas. ¿Y de Jean Paul Sartre, qué me dices? ¿Sabes de él? Incluso Pau Casals evitó vilipendiar a Francisco Franco cuando habló ante la Asamblea General de la ONU. Y es que Casals era un señor. Y no todo el mundo lo es.

No eres el primero en querer sacar partido de ciertas circunstancias, coyunturas, oportunidades. Esto tiene un nombre, de más de un siglo de edad, y que no quisiera repetir aquí. No estoy seguro, pero espero que lo conozcas. La historia es larga y corta, como otros apéndices imprescindibles e impredecibles. Son muchos, como tú, que ven burro y se les ofrece viaje.

Personajes renombrados en fastuosas investiduras encuentran rutilantes oportunidades, mediante estridentes catilinarias atraen expectación, instigan debilitar instituciones oficiales torpedeando apoyos sociales. Muchos intelectuales viven indolentes, librándola ociosos sin ofrecer tentativas razonables o sensatas, ante las amenazas vestidas en regias galas atrayentes.

Hiciste un homenaje, entusiasta, y me temo que sincero, ante tus anfitriones. ¿Imaginaste acaso que ese zanquilargo estuvo más de una vez en brazos de Franco? ¿Y que tu José Trigo vio la luz en los claroscuros de Nonoalco Tlatelolco, mientras “el Caudillo”, cuyos herederos hace unos días te ponían cintitas de colores en el cuello, asesinaba una República?

En tu alocución hiciste, me cae, un magnífico elogio de la lengua. Nunca imaginé, ay, sin embargo, que esa lengua de la que hablabas no era el pincel y el cincel de Góngora y Quevedo. Sino ese apéndice, ese órgano móvil, que contiene glándulas salivales, situado en el interior de la boca, y que sirve para pasarla repetidas veces por una cosa, y rozarla blanda y suavemente.

Marcelino Perelló

Sur, sudeste, este


  04 de Mayo de 2016  


Yo voy a seguir insistiendo en dilucidar si podemos aprender de las abejas algo más que a obtener miel. No voy a cejar hasta que no me aclare, aunque para ello no tenga otro remedio que hacerlo bolas a usted; o hacernos bolas los dos. En todo caso en ese mundo dorado y zumbador hay algo fascinante que me subyuga, que me intriga y me aprisiona.

¿Qué chingaos poseen esos bichitos que no puede ser simplemente ignorado, hecho a un lado con un simple movimiento de abanico con el dorso de la mano? Y no sólo porque juegue uno a una especial ruleta rusa: picadura o no picadura, en la que la única que se juega la vida es la pequeña alada. La vida, la verdadera vida nos la jugamos nosotros, los bípedos implumes, al negarnos a observar y a admitir que otro mundo, menos chirriante que el nuestro, es posible y asequible sin necesidad de tener alas ni de libar el polen de los estambres.

Una lectora perspicaz y pertinaz, Rita Ramos Santana, me invita a un tour por el Mundo Feliz que nos propuso el perverso Aldous Huxley apenas terminada la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una ucronía que hace juego con la de George Orwell, 1984, por la que nos dimos un breve paseo hace quince días.

El primer problema lo vamos a tener que enfrentar en la tarjeta de migración, al indicar nuestro lugar de destino. A brave new world, que desde su primera traducción al español fue llamado Un mundo feliz, versión del todo insatisfactoria y que deforma la obvia intención del autor. Obviamente Aldous aludió a las palabras de Miranda, su heroína en La tempestad, y a su espejismo, tras la tierra de la realización.

Perseguir anhelos siempre aturde, tomar otros derroteros ocasiona paranoias apabullantes sin alternativa. Miranda incuba visiones irresistibles, alimenta sus utopías labrando artificios de oropel, tornando ostensibles delirios obsesivos mediante alucinaciones liberadoras para alimentar sus ansiedades.

Nadie habla de “felicidad” ahí. A lo más de “comodidad”, “confort” y “acatamiento”. Y es de eso precisamente de lo que se trata. La traslación que yo propongo —y mientras no me ocupe de mi propia transliteración, seguirá siendo una simple voluta de humo— es, después de darle muchas vueltas, Un mundo impecable.

No da igual. El título, a pesar de los muchos que se las dan de escritores y no lo entienden, es parte fundamental del texto. Aunque vaya hasta arriba, es su cimiento. Aunque más de uno lo instalemos al comienzo y sea él quien dicte el texto.

El caso es que en nuestro mundo, al revés de 1984, no hay guerras ni conflictos. Ni erotismo. Sí hay sexos, pero no sexo. Todos los seres humanos son gestados en matraces, donde permanecen hasta su “nacimiento”. Los hay de doce clases, desde los A+ hasta los E-. Los primeros son destinados a las más refinadas e intelectuales tareas. Los C  serán los barrenderos y los franeleros. Para garantizar su vocación se les proporcionan determinados estímulos a cada una de las categorías durante su desarrollo. Desde la música clásica hasta el añadir ciertas dosis bien calculadas de alcohol en sus frascos.

Todo el mundo parece estar satisfecho de su condición y categoría. No sólo lo parece, sino que lo están. No les queda de otra. Y cumplen sus funciones con docilidad y eficiencia. Todo está organizado. Digamos que como en una colmena. Existen, es cierto, relaciones entre las distintas doce clases, pero son raras y acostumbran a frustrarse. Los A se aburren de los B, y los B se entristecen junto a los A.

Sin embargo, todo parece marchar sobre ruedas. El placer —que no el goce, nosotros acostumbramos a confundirlo; ellos también— lo obtienen a partir de una droga maravillosa, el soma, a medio camino entre el peyote y el éxtasis, supongo. Su dios es Ford, al que se encomiendan en pos de una eventual vida mejor. De soñar sí sueñan, pero de coger ni hablar. La sola idea les da asco.

La perturbación, no obstante, está ahí. En algún lugar, tal vez en América del Norte, existen los primitivos, seres “humanos” sus predecesores, confinados en una especie de campo de concentración que les permite gozar de placeres prehistóricos, como el comer, el cagar y el dormir. Y el coger. Bichos raros sin duda, salvajes preelectrónicos, que son mantenidos ahí a modo de zoológico. Más bien de antropológico.

A partir de este momento, le debo advertir, querido lector, que voy a contar, en cuatro líneas el desenlace de la “novela”. Ya me acusaron de andar desvelando finales. Lo que en literatura llamamos spoiling, que en los clásicos no debería regir, pero por si las moscas lo prevengo, para por si acaso quiere usted leer el relato íntegro, no vaya a caer en la trampa del remate sabido, que afloja la tensión y la emoción de la lectura.

John es un salvaje que, a medias por interés científico, a medias por curiosidad morbosa, es introducido en ese Impecable mundo. Usted, preclaro lector, adivine el final o bien, lea la novela, cosa que las abejas y yo le recomendamos entusiastamente.

Norte, nordeste, este, sudeste, sur,sudsudoeste; después se detuvieron y, al cabo de pocos segundos, giraron, con idéntica calma, hacia la izquierda: Sudsudoeste, sur, sudeste, este.


Marcelino Perelló


miércoles, 12 de abril de 2023

Backyard


  10 de Mayo de 2016  


No lo acabo de ver claro, pues no creo que tengan pensado extraditarlo a caballo. Sin embargo, en el plano simbólico no deja de ser significativo. Las referencias alegóricas luego tienen más sentido que las que se pretenden ancladas a la realidad.

En todo caso, el presidente Peña ya anunció recio y a los cuatro vientos que El Chapo sería entregado a la justicia gringa en un corto plazo. Lo dijo en los Alpes, y lo que se dice en los Alpes, por su altura imponente, resulta indiscutible. La idea es que en Almoloya van a hacer “reformas”. Obviamente, una reforma fundamental consiste en que el hombre de Badiraguato ya no esté ahí. Sin embargo, no se ha dicho si otros de los huéspedes de tan renombrado “resort” también se verán afectados por susodichas “reformas”.

No todo lo que huele mal está podrido, ahí está el amoniaco como prueba fehaciente, pero todo lo que está podrido huele mal. Si la afirmación del primer mandatario es digna de crédito, El Chapo será extraditado. Es una atribución quasi exclusiva del Poder Ejecutivo. Pero, ay, si es así, por qué tantos circunloquios y tardanzas. Joaquín cae en enero de este año, hace casi exactamente cuatro meses. ¿Qué reformas serán esas que sólo pensarlas se llevó un cuatrimestre entero? ¿O bien es que hay otros titubeos de los que es mejor no hablar?

Es obvio, o debería ser obvio, que para Barack Obama sería toda una medalla, un Oscar a la mejor realización, terminar su segundo cuatrienio con la “captura” del fugitivo más codiciado del mundo. No hay duda alguna. Fuegos de artificio.

Ya logró doblar las manitas de Irán y de Cuba. Le falta Siria, pero todavía le queda tantito tiempo. Cobrar la presa de El Chapo Guzmán —que hace tiempo pasó de la página roja a la de Forbes— es, sin duda, una estatuilla importante.

Ahora bien, ¿por qué diantres el gobierno de México no las aflojó antes si, a todas luces, ya lo tenía decidido? Uno de los principales funcionarios del primer gobierno de Peña, el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, declaró enfáticamente, a raíz de la segunda detención del capo, hace dos años, que Guzmán Loera no sería extraditado bajo ninguna circunstancia. O Murillo se fue de la lengua o Peña cambió de opinión y de procurador o son las circunstancias las que cambiaron.

Que el jefe del Ejecutivo está sometido a un fuego cruzado virulento y permanente, de origen septentrional, no debería caber ninguna duda. Las causas y los objetivos de tal andanada, para los que estamos fuera, no son claros. No obstante, todo parece indicar, y deberíamos escribir sobre ello con más detalle, que ya las dio o, en la más optimista de las versiones, que las está dando. El Chapo es toda una ordalía, un Juicio de Dios. Una prueba de fuego.

La legislación mexicana es intolerantemente ambigua en esta cuestión. Resulta que el Poder Judicial, uno de los tres pilares de la Federación, juega un papel meramente “decorativo”. Quien decide a quién se extradita, a petición de un gobierno extranjero, independientemente de la nacionalidad del requerido, es el Presidente de la República. Suena medieval. La Reforma introdujo modificaciones leves, y la Constitución del 17 estableció normas humanistas y soberanistas.

Presos recluidos en nuevas demarcaciones administrativas merecieron indulgencias arbitrales. Viejas invocaciones constriñeron a ejercer sus mandatos in aeternum. Denegar estas normas añadiría dimensiones infamantes en menoscabo ad soberanis.

Hay aquí un problema más ético que jurídico. Más de afirmación soberana que de reglamentación internacional. ¿Cuál sería el motivo, jurídico y social, para entregar al Chapo a los gringos? ¿Que cometió delitos allá, sin haber estado allá? Pos también los cometió aquí, habiendo estado aquí. ¿Que no existen aquí las condiciones para garantizar su encierro? Tal argumento nos devalúa, nos autodefine como república bananera. No somos capaces ni de conservar nuestros presos. Menos mal que ahí están los gringos que sí saben y que sí pueden.

Es la humillación, en el sentido más estricto y denigrante del término. México no es un país. No nos hagamos ilusiones. Es únicamente una especie de territorio. Backyard.


Marcelino Perelló


martes, 11 de abril de 2023

Otros septiembres nos esperan


  11 de Mayo de 2016  


A Marcela Santis, a Carlos Molina, muestras vivas de la distinción del pueblo chileno, y del esplendor de su gesta.

 

Lo sabemos todos. Lo que no todos sabemos es que lo que tuvo lugar en Santiago de Chile el 11 de septiembre de 1973 no fue un golpe de Estado. Fue un golpe de futuro.

Ese día, a primeras horas de la mañana, el ejército chileno, traicionando una tradición que los honraba desde siempre, en un acto de bajeza repelente e inaceptable, depuso al insigne presidente Salvador Allende e impuso una dictadura militar caricaturesca. Caricaturesca y sanguinaria.

E insisto: no fue simplemente un golpe de Estado. El proyecto de la Unidad Popular, de haberse podido sostener, habría sido el inicio de una revolución socialista planetaria. El mundo hoy sería otro. Y los que ahora mandan estarían bajo la cama o bajo tierra. O trabajando en cualquier taller mecánico.

Algo muy importante se perdió ese día. La historia dio una vuelta en U. El tránsito pacífico al socialismo no se había producido ni en Alemania ni en el RU ni en Estados Unidos, tal como había predicho un profeta demasiado optimista y entusiasta. Aconteció en las Antípodas, aquel lugar donde no suele pasar nada. Y ahí sucedió. Y de qué manera.

El gobierno socialista, encabezado por el doctor Salvador Allende y sostenido por millones de chilenos, no tanto miserables como marginados, se mantuvo en el poder casi tres años, durante los cuales las reformas institucionales y sociales llevadas a cabo fueron abrumadoras y contundentes. Pero no bastó.

El Imperio contraataca. Y el Imperio aplasta. La experiencia chilena no podía progresar. De ninguna manera. Cuba de algún modo era otra historia, de dimensión y proyección mucho más modesta. Chile está en Europa. Y era preciso estrangularlo. Y lo estrangularon. Exactamente lo mismo están haciendo en este momento en Venezuela, que no cuenta con los recursos, sociales, económicos e intelectuales de aquel Chile.

No bastaba con el ahogo. Era indispensable montar una provocación. Como en todos los casos que he descrito en esta semiserie. Intentaron varias. La primera fue el asesinato del general Schneider, comandante en jefe del ejército. No fue suficiente. Montaron un incidente para que su sucesor, Carlos Prats, perdiera la cabeza y disparara contra el coche de los mafiosos. Tampoco fue bastante.

Había que pasar a acciones más atrevidas y espectaculares. Dos días después un pequeño grupo de vehículos blindados atacan La Moneda, el palacio de gobierno, esperando una respuesta violenta de Allende, que justificara el alzamiento militar. Pero ésta no se produjo. El Presidente era un hombre culto y sagaz. Su respuesta fue tan cauta como hábil. Contra viento y marea sostiene a Prats. Pero la infiltración y consecuente embestida de las fuerzas armadas no cesa.

En 1987 yo conocí a la escritora Isabel Allende, a su inolvidable esposo Romilio Tambutti y a su adorable hija Marcia. Fue Isabel la que me contó que en agosto del 73, jugando ajedrez con su padre, y viendo que éste acostaba el rey, le preguntó por qué, y el Presidente respondió melancólico y sin levantar la vista: “Ya no tengo peones, hija”.

En esos mismos días el general Prats, en efecto, había sido obligado a renunciar. Fue él mismo quien recomienda como sustituto a un militar de carrera, fiel e impecable, de nombre Augusto Pinochet. El resto no merece gran comentario. La revolución chilena fue asfixiada y asesinada.

Fueron pocos los grupos organizados que pudieron mantenerse en una tan heroica como inútil oposición. Entre ellos estaba el MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria, encabezado por el mítico Miguel Enríquez. Ellos decidieron, en una actitud tan gallarda como suicida, no recurrir al exilio. Enríquez fue acosado y finalmente acorralado un año después, en una barriada de Santiago, la Comuna de San Miguel. Junto a su esposa Alejandra. Decidieron no rendirse.

Persistió obstinado resistiendo un salvaje tiroteo enteramente desigual, presintió otra real muerte inexorable. Porque otro remoto MIR invocaba vivencias inolvidables. Para obnubilarse recordó Miguel instantes maravillosos.

Un mes antes el general Prats había sido asesinado en las calles de Buenos Aires. La muerte de Miguel y de Alejandra representa el final del desafío chileno. Intentaron hacer posible lo que, sabían, no lo era. Su epopeya —todos lo sabemos— no será estéril. Su sueño se esparcirá, más temprano que tarde, y ya no habrá quién lo detenga. Las herencias no son repudiables.

Las últimas palabras del presidente Allende, transmitidas en directo por la heroica Radio Magallanes, fueron:

“Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!”

Otros septiembres nos esperan.


Marcelino Perelló

viernes, 7 de abril de 2023

Putsch en la selva

 




  17 de Mayo de 2016  


Dos sueños majestuosos que, finalmente, no se realizaron o, más exactamente, que no realizaron el sueño que los sueños prometían. La Transamazónica a lo mejor se observa desde la Luna, pero difícilmente se ve desde la Tierra, carcomida por la selva y el abandono, miles de kilómetros de terracería a través de florestas deshabitadas.

Brasilia, la metrópolis maravillosa, alucinada por el presidente Juscelino Kubitschek y hecha cuerpo por ese demente llamado Oscar Niemeyer, con todo y su Palacio da Alvorada y la Catedral Equinodérmica, no dio de sí. Hoy es una especie de infonavit gigantesco y lejos de todas partes. Ahí residen los Poderes del Estado. Y la hueva que les da a congresistas y funcionarios desplazarse hasta ahí (pues a ninguno de ellos se les ocurriría vivir en ella) es inconmensurable.

La audacia de su ubicación, sin embargo, y la belleza etérea del Palacio de Planalto y de ese Congreso Nacional inconcebible, han servido para bien poca cosa. Toda la mierda que inundaba Río de Janeiro se mudó desenfadada hacia Brasilia. Sólo dejaron atrás Ipanema y Copacabana. Menos mal.

En esos palacios del futuro acaba de cometerse una infamia del pasado. Un auténtico golpe civil de Estado en contra de la Presidente reglamentaria y estatutariamente electa, Dilma Rousseff. No tiene nombre. O sí lo tiene: filhos da puta. “La mayoría es el peor de los tiranos” dicen que dijo alguien que sabía lo que decía. Sin embargo, quienes deponen a Dilma no es la mayoría del pueblo brasileño sino la mayoría de los que obtuvieron la mayoría de los votos en ese ejercicio infantil y perverso que son los comicios.

Quien defenestra a la Presidente Rousseff son los gringos. No cabe la menor duda. Excepto, claro, para los ingenuos y los obnubilados. A ellos no les cabe ninguna vacilación. Están repletos de certezas y consignas.

A un hombre de mi edad no puede pasar inadvertida la llamativa similitud entre los procesos de México 68 y de Brasil 16. Juegos Olímpicos. Oportunidad fantástica, inmejorable, para armar un desmadre. Y lo armaron. Aquí y allá. Imposible saber en qué medida se salieron con la suya. Allá, sin duda, lo lograron rápidamente. Aquí, o no lo lograron, o les tomó más tiempo.

Obviamente el nudo gordiano de la cuestión es el control de la política, de la economía, y muy en particular del petróleo. No perdamos de vista que todos los intentos de emanciparse del poder imperial han acabado con violencia. De una manera o de otra. Desde la iniciativa del Movimiento de los no Alineados, en los años 70, y que acabó con la “misteriosa” muerte de su líder, Olof Palme, hasta el reciente esfuerzo del BRIC, del que también participa Brasil. En medio están la OUA, en África, o el CELAC o el ALBA en América Latina.

Nada de todo esto les hace la menor gracia a nuestros pelos de trigo del piso de arriba. Y hoy fueron contra Brasil. Ya habían arremetido contra Indira Gandhi, Benazir Bhutto, Saddam Hussein, Anuar el Sadat, Omar Torrijos, Manuel Noriega, Jaime Roldós, y qué sé yo cuántos más. Si esta vez Dilma sale con vida, que se dé de santos. Significa que es prudente. En nuestro país, a Díaz Ordaz le armaron Tlatelolco, y a Peña Nieto, Ayotzinapa. Bajo todas las precauciones del caso, por supuesto. Pero recuerde usted, agudo lector, que aquello que carece de validez global difícilmente la tendrá local.

Washington tuvo una victoria importante en Buenos Aires, y se acerca a tenerla en La Habana. Así, sin demasiada cautela, se lanza contra el PT. Y nada ni nadie parece interferirlo. Obama quiere salir de escena entre aplausos de los acólitos de pie y fuegos de artificio. Quiere ser el Reagan II. Que la historia conserve su nombre y su obra, en el lugar que merece.

La maniobra, más carioca que brasileña, fue, a diferencia de otras, más de antecámaras que de manejo de muchedumbres lumpen, el lobbying y el cabildeo llegó a extremos ajedrecísticos. Y a quien pierde una torre poco le sirve un alfil. Lula y su Partido del Trabajo perdieron el centro del tablero. El pueblo ahí era lo de menos. En un momento dado consiguieron provocar enfrentamientos entre los proyankis, pero éstos, bien subvencionados y bien asesorados lograron recomponerse.

Pronto rehicieron el concierto interno ocultando serias anomalías, los arreglos velaron innumerables chanchullos turbios opacando reales ilícitos alevosos. Ministros inescrupulosos vadearon interdicciones, nutriendo, además, dudosas atribuciones, nunca acordadas de antemano imponiendo groseramente ultrajantes artimañas legales.

Éste es todo el intríngulis de la política convencional: o enfrento al enemigo y lo enardezco, o le doy campo y alas. No hay de otra. El socialismo tibio, la izquierda fresa, no tiene otra perspectiva que sobrevivir. O nos ponemos pilas, o nos encabronamos de una buena vez, o ya de plano nos ponemos a modo. Putsch en la selva.

Marcelino Perelló

jueves, 6 de abril de 2023

Papá, mamá y los nenes


  18 de Mayo de 2016  


No acabo de entender lo que estoy diciendo. Me pasa a menudo. A lo mejor porque ya soy viejo o tal vez porque digo cosas cada vez más complicadas. En particular no veo claro si una colmena de abejas debe ser considerada una sociedad, un clan, una familia o un individuo en su totalidad.

El problema quizás no está en los heminópteros sino en las palabras. ¿Qué es cada cosa? A ese dilema deberíamos añadir las sectas, los linajes o las etnias. Es un verdadero enredo e intentaré aclararme aunque sea tantito, y de paso aclararlo a usted, aplicado lector. Aunque al final acabemos ambos más hechos bolas que al principio, cosa que sucede a menudo en los debates intrincados e inteligentes; y yo pretendo, soberbio, que éste lo sea.

Hace un par de días la joven diputada catalana Anna Gabriel, homónima de nuestra tan notable como áspera cantante, se aventó un audaz lance. La Gabriel es militante —podría incluso decir la líder— de un partido político revolucionario e intransigente, que obtuvo un éxito insólito en las últimas elecciones parlamentarias: la CUP, Candidatura de Unidad Popular, que se ha vuelto, por caprichos de las estadísticas, la bisagra que va a determinar el futuro —inmediato y lejano— de Cataluña.

En una entrevista radial, la Gabriel asentó, sin morderse ni la lengua ni los labios, que la familia, todas las familias, constituyen una estructura retrógrada, reaccionaria. Que conduce necesariamente al egoísmo y al conservadurismo. La institución familiar, dice, nos hace olvidar e incluso menospreciar al resto de los seres humanos, que quedan automáticamente en segundo plano.

La diputada hizo su escandalosa declaración a propósito de la indiferencia con la que es visto el drama inconcebible de los millones de refugiados africanos y asiáticos que abruman Europa desde hace meses, años diría yo.

Sin embargo, el concepto va más lejos. El “hombre de familia”, o la “mujer de familia”, o el “hijo de familia” considera “los suyos” a quienes conforman el “núcleo familiar”. Donde haya semen, ovarios, actas y apellidos de por medio. El resto son ajenos y ai se ven, condenados a los márgenes de lo laboral, comercial o, en el mejor de los casos, de la caridad.

La cosa no es nueva y ya la hemos discutido aquí. ¿Quiénes son, pues, a fin de cuentas, “los nuestros”? La familia, en particular la monogámica, no viene a ser sino una forma obscena de egoísmo, una especie de sociedad mercantil. Los esposos son mercancías y los hijos inversiones.

Desde el siglo XIV los trovadores occitanos inventaron el amor. Concepto-coartada para sostener el arquetipo familiar monogámico. Me enamoro, luego me encadeno. Lo que en un momento dado fue deseo se ha convertido —en una forma de metamorfosis extraña— en una obligación, menos extraña y harto opresiva, para unos y otros.

Lo que la Gabriel propone no es una consigna programática. Políticamente el costo electoral será altísimo. Las “señoras” y los “señores” se jalarán las vestiduras y se rasgarán los pelos. Los niños pequeños también. Pero para fortuna de ellos y su agrupación, esos no votan. Sin embargo, enfrentarse en el primer quinto del siglo XXI a las convicciones, medievales y arraigadas, no deja de ser un gesto de valor y honestidad del todo sorprendente y encomiable.

Criticar a la familia nuclear burguesa en favor de distintas formas de estructuras familiares comunitarias implica poseer unos arrestos excepcionales. Sobre todo desde la posición política que ella ocupa. Y que le costará, júrelo, no pocos denuestos desde sus propias filas.

Ya dije aquí que a partir de 1968 se fundaron en medio mundo multitud de comunas, unas con más éxito que otras. Sin embargo, la idea parecía haber caído en desuso, en abandono. Y hete aquí, que en el mero corazón de Europa, una parlamentaria lo revive, entre clarines y timbales. La cosa es tanto más llamativa cuando quien lo declara es una mujer. Y, por ende, atractiva.

Es sabido que la estructura familiar actual es promovida y defendida por las hembras, que ven en ella una auténtica garantía de suministro y defensa, no tanto para ella como para los nenes.

La idea, sin embargo, tuvo su más brillante expresión, tanto en la Unión Soviética (ya hablé aquí de Antón Makárenko) como en la Alemania nazi, donde se fundaron granjas-guarderías gigantescas —que liberaban a los padres de “esa carga”— y en las cuales los pupilos eran educados en los valores patrióticos, más que familiares. Los niños se habituaban, desde sus primeros pasos, a las inclemencias de la vida adulta.

Pequeños aún retozaban en juegos audaces. Mocosos imberbes vivían inmersos en sus espléndidas labores libremente asumidas. Mientras instruidos maestros exponían su experiencia longeva. Tal adiestramiento les permitía así resolver aquellos conflictos uncidos al límite.

No obstante, las palabras de Anna produjeron más polvareda en España y el mundo que en la propia Cataluña, donde, por lo visto, las ideas innovadoras no asustan. Y los Seat con los papás y los dos nenes camino a la playa, todos bien encinturados, ya dan un poco de hueva.

Marcelino Perelló

miércoles, 5 de abril de 2023

Lengua de mink

 



  24 de Mayo de 2016  


La primera fue Cuba. No se desplazó él, personalmente, pero quiso colgarse la medalla de haber restablecido las relaciones diplomáticas, comerciales, financieras, y todo lo que éstas acarrean. Ya hablé de ello hace muy poco y, sin duda, volveré a hacerlo dentro de muy poco.

Siguió Japón, al que su país, Estados Unidos, sometió a una masacre indescriptible. En numerosos aspectos mucho más atroz que la cometida por el gobierno alemán en contra de los judíos, gitanos, soviéticos y pueblos circundantes.

Ahora es Vietnam, que pese a los esfuerzos del gobierno que Obama representa es hoy una nación unida. Y se verá obligado, en contra de sus inocultables reticencias a poner los pies en Ho Chí Minh, una ciudad que existe por más que sus antecesores, a los que él se niega rotundamente a descalificar, quisieron borrar del mapa.

Las tres operaciones no tienen únicamente el propósito de ensalzar su figura, intención por lo demás indudable. No ha habido en la historia de Estados Unidos un Presidente más petulante, pagado de sí mismo y preocupado por su look, tanto político como en la línea de Chris Rock y de Giorgio Armani.

En el fondo de la cuestión yacen otros dos objetivos. El primero de ellos es, sin duda, el de recuperar, hasta donde sea posible, el prestigio y la hegemonía de Washington en el mundo, tan maltratados recientemente. Tanto China como Europa han hecho grandes avances en su penetración hacia el llamado tercer mundo. Y no olvide la India y Pakistán (la Casa Blanca con toda seguridad no los olvida, pero también con toda seguridad, no sabe qué hacer con ellos).

El otro, sin duda, es amarrar la victoria electoral de la cornuda. Por más que parezca obvio, el peligro Trump está ahí, y hay un sector muy importante de la población gringa que ya está harto de tanta mamada y de convertir a su país en una especie de pileta a la que llegan todos los desheredados de los tres puntos cardinales (el norte, mientras los osos polares no se encabronen, no cuenta).

La señora Clinton será Presidente. No hay duda. La colocaron entre la izquierda nostálgica de Sanders y la derecha enloquecida de Mister Universo. Sin embargo, por lo visto, no acaban de tenerlo del todo claro, y el negrito bailarín ha de seguir haciendo su coreografía.

No obstante, el carácter que marca las tres maniobras es, por encima de todo, una hipocresía intolerable. En Cuba no se habló en ningún momento de suprimir el bloqueo criminal al que los habitantes a orillas del Potomac han impuesto desde hace casi sesenta años a la isla. En su visita a Japón prefirió no hablar ni de Hiroshima ni de Nagasaki. ¿Dónde queda eso? ¿Pedir perdón? ¿Cómo así? ¿Reconocer que el señor Presidente Truman cometió una bestialidad? ¡Por nada del mundo! Nosotros los presidentes del Gran Imperio no nos equivocamos nunca. ¡Viva Harry S. Truman! ¡Viva el Poder imbatible de “América” y de la “democracia”!

En particular el señor Obama evita cualquier declaración que sugiera que a principios de agosto del 45, Japón ya estaba derrotado. Que las bombas fueron de una crueldad indecible. Por un lado un simple experimento. A ver qué pasa. Y, por otro lado, para dejarle claro a los soviéticos que ni intentaran comerles el mandado como habían hecho en el frente occidental, en media Europa y en Alemania.

En Vietnam, la historia es un poco la misma. La salvaje agresión yanqui, durante muchos años, no consiguió fruto alguno, pero consiste en una de las brutalidades más sanguinarias e insoportables de la historia contemporánea. Pero Obama, de nuevo, no pedirá perdón. Reconocer crímenes no es lo suyo. Los vietnamitas, como los japoneses, se harán pendejos. Ellos sí saben.

El término clave, ya lo dije, es uno sólo: hipocresía. Mientras el Pentágono se muestra amistoso con pueblos a los que arrolló, sigue agrediendo sin rubor alguno a Siria y a toda la franja árabe y musulmana. Ése es el juego del Presidente mulato. Soy la buena onda. Aquí más que allá.

Presto a recuperar determinados emblemas consagrados opta por aparentar simpatía. Muestra indiferencia mientras impulsa vitriólicas insurrecciones, urde numerosas artimañas volviendo en zafios muchos acuerdos signados. Quiere uncir en gremios obedientes cada empresa.

La política es una cloaca. Ya lo sabíamos, no es necesario insistir. Pero hay cloacas más fétidas que otras. La del señor Obama, en su mezcla de hipocresía y cinismo —aunque parezcan incompatibles, él supo y sabe hermanarlos— es de las más infamantes de la historia. Quizás el único mérito en el que Donald Trump supera a Barack Hussein es en el de tener menos pelos en la lengua. La de Obama ha de ser una especie de estola de mink.

Marcelino Perelló

martes, 4 de abril de 2023

Némesis

 


  25 de Mayo de 2016  


Hasta hace cien años la historia del mundo es la historia de Europa. Por supuesto que pasaban cosas en América, África y Asia, incluso en esa entelequia llamada Oceanía. Pero la resultante definitiva fue siempre el devenir del viejo continente. Lo demás eran simples anexos, apéndices.

Incluso el día de hoy lo que cuenta, lo que realmente cuenta, es aquello que sucede en esas roturadas tierras septentrionales y al este del Meridiano de Greenwich. No es lo mismo un incendio en Londres que en Chicago. Hagámosle como queramos, pero así es.

Las dos guerras llamadas mundiales son en realidad guerras europeas. Vale madres la participación de Japón o de Estados Unidos. Los gringos, si leyeran un poco más, serían europeos. Pero no. Siguen siendo el más rico de los países tercermundistas.

A principios del siglo pasado se desató una de las nuevas guerras llamadas mundiales, que no sé por qué la historiografía considera la Primera. Ha de ser por los yanquis. Pero ellos no deberían ser tomados en cuenta. Eran una especie de “extras”. Llegaron a cosechar la victoria. Una de las especialidades en la que son maestros. Pero de mundial, ni madres.

Se enfrentaron los poderes periféricos, Inglaterra, Francia, Italia, Rusia y otros, a los llamados Poderes Centrales, agrupados en torno a aquella Alemania en ciernes, al imperio Austro-Húngaro, al de Bulgaria y al Otomano. Ahí se decidió la historia de Europa y del mundo.

Faltaba, sin embargo, un detonador, un acontecimiento espectacular que justificara el desencadenamiento de la ofensiva en contra de los insubordinados. Ese evento, puntual y del todo remarcable y difundido fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero al trono del imperio.

El autor de la ejecución fue Gavrilo Princip, miembro de la organización Joven Bosnia y cuyo objetivo era la liberación de su patria, no el de desencadenar una guerra universal. Sin embargo, ése fue el resultado. Hasta la fecha no se han esclarecido del todo los motivos del atentado. En cualquier caso se trata de una gran provocación, cuyo desenlace era perfectamente previsible.

Princip acusaba rasgos de estar acuerpado seguramente entre sediciosos. Mostró intenciones vindicativas indiscutibles, jurando una necesaria total obediencia al movimiento independentista, sin otros motivos ofrendó su última némesis oscura.

El asesinato de Francisco Fernando y de su esposa, la condesa Sofía Chotek, fue un auténtico explosivo. De inmediato se alinearon los poderes de Europa central con aquellos que pretendían la hegemonía. Los disparos de Gavrilo no consiguieron nunca la independencia de Serbia. Faltaban muchos años. Pero sí fueron suficientes para desencadenar la más sangrienta confrontación armada que la humanidad haya conocido.

La guerra de trincheras que caracterizó aquella masacre, no tiene parangón alguno. Se desató la carnicería, y no hubo quien supiera o pudiera detenerla. Fueron millones de muertos humanos. Miles de millones de kilos de carne humana. Inhumada o no. Y la miseria y la hambruna arrastraron multitudes hacia la más desgarradora de las muertes.

El enigma clave, y que probablemente jamás será resuelto, es de si Gavrilo actuó y ofrendó su vida a cambio de sus ideales o se trataba de una provocación montada por la “triple entente” en contra de la “triple alianza”, conformada por Alemania, Austria-Hungría, el Reino de Bulgaria y el Imperio Otomano.

En cualquier caso el mortal atentado de Sarajevo, capital de Bosnia, desencadenó una matanza que fue mucho más allá de los anhelos libertarios de los serbios. Ese es el nudo gordiano de toda la cuestión. ¿Para qué se sacrifica uno? ¿Por quién da uno la vida? Hasta el día de hoy la incógnita no está clara. Nadie sabe para quién trabaja.

Muchos años después, a raíz de la llamada “Segunda Guerra Mundial” se conforma un nuevo Estado, que agrupa, al menos, a siete naciones diferenciadas: Serbia, Croacia, Bosnia, Herzegovina, Montenegro, Macedonia y Eslovenia.

Se trataba, al fin, del proyecto unificador balcánico. No es lo que deseaba Gavrilo, pero casi. Lo encabezaba el mariscal Josip Broz Tito, que al ser de origen croata disipaba las sospechas de las pretensiones imperiales de Serbia. En todo caso, el ideal de la emancipación del imperio austro-húngaro, que supuestamente guiaron a Gavrilo Princip, habían sido cumplidas.

No sabemos, ni sabremos nunca, cuál fue la intención última del patriota ni de sus consecuencias posteriores. El caso, sin duda, constituye un ejemplo áureo del papel y de los resultados de una provocación extrema. Hoy la República de Serbia no es aquella en la que tal vez soñó el joven Princip, y la que añoraba durante sus fantasías carcelarias. La historia es cruel e inflexible. Sin embargo, los suyos ahí están, pese a la derrota de entonces y a la de la heroica batalla por la defensa de Kosovo. El presidente Milosevic también murió encarcelado.

Los tránsfugas y los traidores siempre han existido y seguirán existiendo. Los provocadores también, y será difícil detectarlos. Pero la historia, fiel a su Némesis, como un río majestuoso, sigue su curso y, a final de cuentas, como está previsto, desembocará donde está previsto.


Marcelino Perelló


domingo, 2 de abril de 2023

Inaceptable


  31 de Mayo de 2016  


Hay cosas que no se pueden tolerar. O, en fin, que no tenemos más remedio que tolerar, pero que no nos pueden obligar a callar. En público o en privado. Peña, al que desde hoy le retiro el atributo de Presidente, nos debe una explicación. Amplia y convincente. Nos la debe a los 120 de aquí y a los otros 20 de allá. ¿Licenciado Peña, qué le dieron? ¿O con qué lo amenazaron? ¿O cuál, si existe, es alguna otra razón para que México abdique de forma tan vergonzosa de su autonomía?

El espacio aéreo es nuestro. Las aguas territoriales también. Titubeo. Ya no sé cómo y dónde encontrar lo que sea nuestro. Ni la lengua ni los tacos, en fin, ni los tacos de lengua. Pero ahora resulta, según usted, que tampoco nuestros presos son nuestros.

¿De qué se trata? ¿De qué se trató? ¿De qué clase de trato estamos hablando? ¿Qué le hizo empinarse y doblar las rodillas? ¿Qué obtuvimos a cambio? ¿Fueron ellos, los gringos, los que liberaron por dos ocasiones a Guzmán Loera? ¿Amenazaron con volverlo a liberar si usted no se los enviaba por DHL? ¿Fue por eso por lo que se le expidió a la cana del Paso del Norte? ¿Para que desde ya lo tuvieran bien cerquita y bajo control los “warden” y los “guards”, del otro lado y pudieran torturarlo e interrogarlo a placer?

¿Posee acaso El Chapo información delicada, licenciado Peña, de la que sólo ellos deben disponer? ¿Ello lo compromete a usted de alguna manera? Es ella una hipótesis de la que es difícil deshacerse. ¿Por qué diantres pues, un bandolero se habría convertido, más allá de la fortuna que posee, en una alhaja tan preciosa que ni siquiera el honor de México lo vale?

¿Qué va a decir El Chapo que ni El Güero Palma ni García Ábrego ni Arellano Félix ni La Barbie no hubieran dicho antes? ¿Tan grave está el asunto, aquí y allá? ¿Toda esa historia de la democracia y del poder del pueblo, vale entonces madres, licenciado?

¿Qué juego pues, estamos jugando? ¿O más precisamente, a qué juego está usted jugando? ¿A qué intereses está sometido? ¿Qué eslabones lo tienen atado?

No hay vuelta de hoja, ni manera de poner cara de “yo sólo pasaba por aquí”. Sé que hay chantajes y que hay presiones y amenazas. Nací antes que usted. Y aunque hayamos jugado en ocas diferentes, sé que a menudo no hay pa’ dónde hacerse, pero también sé que en circunstancias difíciles hay de dos: dar la cara o no darla. Y que ambas tienen consecuencias distintas. Pero hoy que nuestro país (tan suyo como mío) se encuentra en tal brete, no es necesario que le diga que el corolario también posee dos desenlaces posibles. Y que no se parecen.

Siempre he sido un simpatizante de los cuatreros y bandoleros. No lo he ocultado nunca. Desde niño le fui a Bonnie and Clyde y a Robin Hood. Pero no es ése ahora el punto. Lo que me solivianta es la prepotencia de Washington y el futuro de la vida de ese otro bandolero llamado El Chapo. Sin duda mi estancia y mi contaminación sinaloense tienen que ver con ello. Pero me rompe el alma imaginarlo en manos de esos pelos de trigo, sepultado en ese infierno medieval, de los que los pinches gringos tienen muchos, que se llama “El Alcatraz de las Rocallosas”. Dante en su mejor expresión. Poseen docenas, tal vez cientos, de ergástulas clandestinas en el mundo entero.

Prisiones encubiertas requieren de opacidad nunca expuesta mediante embrollos. Muros invisibles velan infamias, solapan atrocidades bajo excusas que urden enormidades, auténticas vejaciones execrables cometidas en sevicia, nunca obsequiadas sin encontrar quimeras ultramontanas extraídas de informes gravemente ominosos.

La justicia de Estados Unidos tiene una cualidad especial: la de no ser justicia: no es juicio, es prejuicio. En esos lares así funcionan las cosas. Tal cuestión no debería preocuparnos demasiado. Allá ellos y sus trastornos psíquicos. El problema es que, contrariamente a lo que se suele creer, la locura se transmite cual si virus fuera, y hoy hemos sido contaminados por una extraña disfunción que nos hace creer en lo que no es creíble. Los protestantes gringos están como una cabra. Y a nosotros ya nos están saliendo cuernos retorcidos.

Licenciado Peña, es precisa, desde el más alto ámbito institucional de nuestro país, una explicación, mínimamente creíble de por qué se propone usted extraditar a Joaquín Guzmán Loera, de la misma manera que debió haberlo hecho anteriormente con docenas de perseguidos. Lo exigimos desde nuestra soberana condición de ciudadanos. Los circunloquios no nos van a satisfacer. Supongo que ya lo sabe. Pero también supongo que no está de más recordárselo.

Somos un país soberano e independiente, que ha luchado mucho por conquistar tal condición. Y que somos muchos los que no estamos dispuestos, como si nada, a renunciar a ella.

Marcelino Perelló

sábado, 1 de abril de 2023

La disciplina de las abejas


  01 de Junio de 2016  


Lentamente nos vamos adentrando en el meollo de la cuestión. Ya me pregunté, y de paso le pregunté a usted si las abejas eran “felices”, “disciplinadas”, “obedientes” o simplemente “ordenadas”.

El problema se levanta y al mismo tiempo se esconde cuando debemos encarar el que dichos términos tienen una significación estrictamente humana. Y lo que hace humanos a los humanos es el hecho de poseer un lenguaje. Algo muy distinto al de haber estructurado un código de símbolos y señales, cosa común en diversas especies animales. Las abejas, como otros insectos y multitud de peces y mamíferos, utilizan un determinado “código de señales”, cosa muy diferente.

La palabra es lábil, es un significante con tantos significados como usos queramos darle. En cambio, el signo es siempre el mismo. Dice lo que dice, y nunca otra cosa. Las abejas, como los delfines, tienen semáforos, no palabra.

De manera que hablar de felicidad, satisfacción o sumisión, en ese caso, no acaba de tener sentido. Pero al mismo tiempo no deja de tenerlo. ¿Acaso los humanos no estamos también sometidos a patrones de comportamiento que nos impelen o impiden determinadas conductas, ya sean morales, sociales o jurídicas?

Un ejemplo notable lo constituye la escuela/internado de Summerhill, que el maestro y pedagogo escocés A.S.Neill fundó en plena entreguerra en la costa inglesa y que sobrevive hasta la fecha mucho después de la muerte de su creador.

Summerhill es una de las variantes de la educación libertaria que surgieron en esos años, desde las Montessori a las Makarenko. Sólo que lleva sus principios mucho más lejos que lo que pudiera haberse imaginado.

En Summerhill únicamente había estudiantes de los que hoy llamamos aquí de educación media y media superior, es decir, de los doce a los dieciocho años, y los alumnos podían hacer estrictamente todo lo que les diera la gana. Si querían entrar a clase entraban, y si no, no. Tenían asambleas en las que decidían qué maestros les latían, debían permanecer, y los que no, y que, por lo tanto, tenían que largarse.

Era un internado mixto en el que los jóvenes estaban autorizados a mantener relaciones sexuales (tanto homo como hetero) o bien acostarse y levantarse a la hora en que bien les parecía pertinente.

Sé que a estas alturas, asombrado, si no escandalizado lector, tales reglas le han de parecer descabelladas. Y, sin embargo, para su sorpresa, Summerhill sigue ahí, casi un siglo después de su inicio. Y el número de solicitudes de ingreso supera con mucho al de su capacidad de alojamiento y atención. Obviamente quienes deben avalar la cédula de inscripción son los padres, y son ellos los que deben hacerse responsables de su decisión.

Los castigos no existen en Summerhill. Tal como relata el propio Neill, en el formidable libro que escribió sobre su experiencia, más que experimento, las dificultades no escaseaban. Los conflictos y las conductas problemáticas abundaban, y era labor de los maestros —que nunca lo habían sido tanto— o del mismísimo Neill, atenuarlas o disolverlas. Más de un pupilo, sin embargo, debió ser expulsado de Summerhill.

Hubo un caso, en particular, en que uno de los internos decidió dedicarse en cuerpo y alma, a romper a pedradas todos los vidrios de la escuela. Así nomás. Fue el propio A. S. el que lo hizo llamar y advertirle que todos los gastos de reparación correrían a cargo de sus padres. Que él mismo optara por si debían ser ellos los que le resolvieran los problemas en el futuro o se decidía de una buena vez a tomar ese futuro en propias manos. No volvió a hacerlo.

Cada vez que una pareja de estudiantes era sorprendida manteniendo relaciones sexuales se les invitaba a considerar las posibles consecuencias, y si habían resuelto hacerse cargo de ellas o sencillamente decidían que otros lo resolvieran. Tanto si se trataba de coitos strike o queer. Los encuentros nunca cesaron, pero tampoco tuvieron consecuencias graves.

Neill estaba preocupado por la alta deserción de sus alumnos (la escuela era muy cara), y por la evidente superioridad e iniciativa de los hombres sobre las mujeres. Y, sobre todo, por las dificultades que experimentan, unos y otras, para adaptarse al mundo exterior, a la “vida normal”. El surgimiento de líderes naturales entre ellos, resultó inevitable.

Para recordar oscuros momentos emblemáticos tomemos otro, mediante el correspondiente análisis estructuralista, siguiendo el riguroso orden tan repetidamente observado. Mientras internos valiosos involucionan ¿mejoraría el quehacer un estricto régimen reglamentario al imponer graves ultimátums al libertinaje?

Aun así, A.S.Neill nunca cedió. La suya era una escuela libertaria, con todas las consecuencias. Y así lo fue hasta su muerte en 1973; varios de sus discípulos se suicidaron, otros fueron notables en los movimientos estudiantiles de los 60, y algunos más, muy pocos, tuvieron éxito en las responsabilidades empresariales que sus padres les asignaron y patrocinaron.

En cualquier caso Summerhill sigue ahí, como demostración indeleble de que la libertad sin límites no se desboca. Al contrario. A rienda suelta sabe seguir las sendas que la llevarán al bienestar pleno. Las abejas lo saben bien. Cumplir con la responsabilidad social no puede llevar sino a la realización y al deleite.

Marcelino Perelló