sábado, 1 de abril de 2023

La disciplina de las abejas


  01 de Junio de 2016  


Lentamente nos vamos adentrando en el meollo de la cuestión. Ya me pregunté, y de paso le pregunté a usted si las abejas eran “felices”, “disciplinadas”, “obedientes” o simplemente “ordenadas”.

El problema se levanta y al mismo tiempo se esconde cuando debemos encarar el que dichos términos tienen una significación estrictamente humana. Y lo que hace humanos a los humanos es el hecho de poseer un lenguaje. Algo muy distinto al de haber estructurado un código de símbolos y señales, cosa común en diversas especies animales. Las abejas, como otros insectos y multitud de peces y mamíferos, utilizan un determinado “código de señales”, cosa muy diferente.

La palabra es lábil, es un significante con tantos significados como usos queramos darle. En cambio, el signo es siempre el mismo. Dice lo que dice, y nunca otra cosa. Las abejas, como los delfines, tienen semáforos, no palabra.

De manera que hablar de felicidad, satisfacción o sumisión, en ese caso, no acaba de tener sentido. Pero al mismo tiempo no deja de tenerlo. ¿Acaso los humanos no estamos también sometidos a patrones de comportamiento que nos impelen o impiden determinadas conductas, ya sean morales, sociales o jurídicas?

Un ejemplo notable lo constituye la escuela/internado de Summerhill, que el maestro y pedagogo escocés A.S.Neill fundó en plena entreguerra en la costa inglesa y que sobrevive hasta la fecha mucho después de la muerte de su creador.

Summerhill es una de las variantes de la educación libertaria que surgieron en esos años, desde las Montessori a las Makarenko. Sólo que lleva sus principios mucho más lejos que lo que pudiera haberse imaginado.

En Summerhill únicamente había estudiantes de los que hoy llamamos aquí de educación media y media superior, es decir, de los doce a los dieciocho años, y los alumnos podían hacer estrictamente todo lo que les diera la gana. Si querían entrar a clase entraban, y si no, no. Tenían asambleas en las que decidían qué maestros les latían, debían permanecer, y los que no, y que, por lo tanto, tenían que largarse.

Era un internado mixto en el que los jóvenes estaban autorizados a mantener relaciones sexuales (tanto homo como hetero) o bien acostarse y levantarse a la hora en que bien les parecía pertinente.

Sé que a estas alturas, asombrado, si no escandalizado lector, tales reglas le han de parecer descabelladas. Y, sin embargo, para su sorpresa, Summerhill sigue ahí, casi un siglo después de su inicio. Y el número de solicitudes de ingreso supera con mucho al de su capacidad de alojamiento y atención. Obviamente quienes deben avalar la cédula de inscripción son los padres, y son ellos los que deben hacerse responsables de su decisión.

Los castigos no existen en Summerhill. Tal como relata el propio Neill, en el formidable libro que escribió sobre su experiencia, más que experimento, las dificultades no escaseaban. Los conflictos y las conductas problemáticas abundaban, y era labor de los maestros —que nunca lo habían sido tanto— o del mismísimo Neill, atenuarlas o disolverlas. Más de un pupilo, sin embargo, debió ser expulsado de Summerhill.

Hubo un caso, en particular, en que uno de los internos decidió dedicarse en cuerpo y alma, a romper a pedradas todos los vidrios de la escuela. Así nomás. Fue el propio A. S. el que lo hizo llamar y advertirle que todos los gastos de reparación correrían a cargo de sus padres. Que él mismo optara por si debían ser ellos los que le resolvieran los problemas en el futuro o se decidía de una buena vez a tomar ese futuro en propias manos. No volvió a hacerlo.

Cada vez que una pareja de estudiantes era sorprendida manteniendo relaciones sexuales se les invitaba a considerar las posibles consecuencias, y si habían resuelto hacerse cargo de ellas o sencillamente decidían que otros lo resolvieran. Tanto si se trataba de coitos strike o queer. Los encuentros nunca cesaron, pero tampoco tuvieron consecuencias graves.

Neill estaba preocupado por la alta deserción de sus alumnos (la escuela era muy cara), y por la evidente superioridad e iniciativa de los hombres sobre las mujeres. Y, sobre todo, por las dificultades que experimentan, unos y otras, para adaptarse al mundo exterior, a la “vida normal”. El surgimiento de líderes naturales entre ellos, resultó inevitable.

Para recordar oscuros momentos emblemáticos tomemos otro, mediante el correspondiente análisis estructuralista, siguiendo el riguroso orden tan repetidamente observado. Mientras internos valiosos involucionan ¿mejoraría el quehacer un estricto régimen reglamentario al imponer graves ultimátums al libertinaje?

Aun así, A.S.Neill nunca cedió. La suya era una escuela libertaria, con todas las consecuencias. Y así lo fue hasta su muerte en 1973; varios de sus discípulos se suicidaron, otros fueron notables en los movimientos estudiantiles de los 60, y algunos más, muy pocos, tuvieron éxito en las responsabilidades empresariales que sus padres les asignaron y patrocinaron.

En cualquier caso Summerhill sigue ahí, como demostración indeleble de que la libertad sin límites no se desboca. Al contrario. A rienda suelta sabe seguir las sendas que la llevarán al bienestar pleno. Las abejas lo saben bien. Cumplir con la responsabilidad social no puede llevar sino a la realización y al deleite.

Marcelino Perelló

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